LA FUNDACIÓN DE LA PRIMITIVA IGLESIA CRISTIANA - HISTORIA DE LA IGLESIA
En este artículo vamos a ver como se fundo la Iglesia y veremos sus entresijos, acompañadme blogueros:
Desde el punto de vista de la teología, la Iglesia fue fundada el
primer viernes santo, en el que Cristo con su muerte en la cruz dio cima
y remate a su obra de redención. Extinguióse el Viejo Testamento, o
sea, el tiempo de la preparación, y se inició el nuevo orden salvífico.
Sin embargo, atendiendo a consideraciones puramente históricas, puede
afirmarse que la fundación de la Iglesia no se hizo de golpe, sino paso
a paso. El proceso fundacional empieza ya cuando Cristo llamó a los
apóstoles, prosigue con la designación de Pedro como piedra fundamental
de la Iglesia, con la instauración de los sacramentos, y llega a su
consumación cuando los apóstoles, después de la resurrección, empiezan
a poner en obra los mandatos del Maestro.
No debe esto entenderse en el sentido de que la idea de la Iglesia
sufriera una evolución paulatina; tal cosa ocurre con los fundadores de
religiones puramente humanos, que trabajan incansablemente en la
elaboración de sus ideas y son empujados por las circunstancias ora en
ésta, ora en aquella dirección, para llegar al fin a un resultado en el
que poco o nada subsiste de la concepción primitiva. Nada semejante
puede advertirse en Cristo. Su plan para el establecimiento del reino
de Dios en la tierra estaba desde el primer momento concluso y bien
determinado, y cada uno de los pasos a que hemos aludido contribuyó a
darle realidad.
No es incumbencia de una historia eclesiástica narrar la vida de Jesús
dando una descripción de su personalidad histórica o una exposición de
su doctrina. Es verdad que la vida y la doctrina de Jesús entran a
formar parte de la historia de la Iglesia; más aún, para la recta
inteligencia de tal historia, es absolutamente indispensable un
conocimiento a fondo de los Evangelios. Pero tal conocimiento podemos
darlo por supuesto, como común posesión de todas las personas cultas.
Jesús no asignó a su reino de Dios ningún centro de culto determinado
espacialmente, como el que la religión judía poseía primero en el
tabernáculo y luego en el templo. En cambio, desde el primer momento
cuidó de echar los cimientos para la futura organización de su Iglesia.
No pertenecían a esta organización las piadosas mujeres de Galilea,
que facilitaban los medios de subsistencia a Jesús y a los suyos, como
tampoco los amigos acomodados de las distintas localidades, en cuyas
casas sabía que en todo tiempo sería recibido hospitalariamente. En
cambio, los setenta y dos discípulos eran auxiliares designados ex
profeso por Jesús. Venían a ser, por así decir, los hombres de
confianza con que Jesús contaba en los distintos lugares, y en los
viajes del Maestro eran enviados por delante a la ciudad cercana para
preparar su visita.
Una clase especial, y la más alta, era la constituida por los Doce,
también elegidos, es decir, nombrados por Jesús, y que le acompañaban
en todos sus viajes. El nombre de «apóstol», o sea, enviado o
mensajero, no correspondía por de pronto a su misión, sino que más bien
anunciaba el futuro.
Los apóstoles sabían muy bien que, mientras el Maestro estuviera con
ellos, todo su afán debía consistir en prepararse para la misión que en
el porvenir les estaba reservada. Si más de una vez discutieron entre
sí acerca de la primacía, como se nos relata en los Evangelios, no hay
que ver en ello una vanidad pueril, sino un ardiente celo por su tarea:
cada uno quería asegurarse la mayor participación posible en los
trabajos que les aguardaban. Sobre todo, no hemos de imaginarnos a los
apóstoles como gente totalmente obtusa, ni creer que fuera vano el
esfuerzo del Maestro en educarlos. La manera cómo Pedro, inmediatamente
después de la ascensión del Señor, tomó en sus manos las riendas y
propuso que se completara el número de los Doce, muestra bien a las
claras que los apóstoles se daban perfecta cuenta de su misión. En
cambio, estaban a obscuras sobre muchas cosas, aun después de haber
recibido el Espíritu santo. Fue necesaria una revelación especial, para
que Pedro se decidiera a impartir el bautismo a los paganos, a pesar
de lo inequívoco que era el mandato del Señor.
Al tiempo de la ascensión, la comunidad contaba más de quinientas
almas, a juzgar por el número de los que estaban reunidos cuando la
gran aparición en Galilea. Sólo una parte de ellos vivía en Jerusalén o
siguió a los apóstoles a esta ciudad, como lo indica el hecho de que
en el cenáculo no asistieran más de ciento veinte. Pero en Jerusalén se
produjo el primer gran incremento.
Después del sermón de san Pedro el
día de pentecostés, unas tres mil almas recibieron el bautismo; entre
ellos debía haber muchos habitantes de Jerusalén. Poco tiempo después
la comunidad contaba ya con cinco mil varones, lo que hace suponer un
número total de diez mil a quince mil miembros cuando menos, cifra muy
considerable si se tiene en cuenta que la ciudad tenía entonces poco
más de cincuenta mil habitantes. A consecuencia de este aumento los
apóstoles se vieron tan agobiados de trabajo, que tuvieron que
procurarse auxiliares. Acaso podamos ver ya unos auxiliares de
categoría inferior en los «jóvenes» que dieron sepultura a Ananías y
Safira; sus funciones corresponderían a las que luego vemos desempeñar a
los ostiarios o fosores. Además, los apóstoles consagraron por medio
de la imposición de manos a los siete diáconos (literalmente,
sirvientes), que atendían al servicio de los pobres y actuaban también
como predicadores o catequistas.
Fdo. Cristobal Aguilar.