Mi?rcoles, 26 de mayo de 2010
LAS VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - LIBRO 9 - CAPÍTULOS 20 AL 25)

Lamentablemente ya nos queda muy poco para terminar estas interesantes visiones que nos han ido acompañando a lo largo de tanto tiempo, pero en fín, os recomiendo leerlas pues a nadie dejan indiferente. EL AUTOR DEL BLOG.

San Juan Bautista habla a santa Brígida, elogiando la paciencia de cierto sacerdote.

 

                   Capítulo 21

 

Hija, no tienes de qué afligirte con la victoria de tu amigo espiritual, pues este amigo de Dios ha ganado una insigne victoria contra el enemigo del Señor. Este corría confiadamente en pos de él queriéndole hacer daño, porque debería irritarse contra los ladrones que lo despojaban; mas él saltó sobre la lanza de su enemigo rompiéndola, y con la suya lo atravesó, porque después que le había quitado todo, sin la menor vislumbre de ira, les decía:

Amigos, bebed más, que todavía tengo con qué regalaros. Atravesó, en segundo lugar, a su enemigo con otra lanzada, cuando le quitaron la capa, porque sin impaciencia les daba la túnica. Y lo atrevesó, por último, con la tercera lanzada, cuando retirándose ellos y dejándolo desnudo, daba con alegría gracias a Dios por sus tribulaciones y penalidades orando con amor de Dios, y en seguida emprendió su camino, sin cuidarse de su desnudez; y por esta victoria dábase el parabién toda nuestra corte.

 

 

Graves amenazas de Jesucristo contra cierto reino y cómo deba aplacarse su ira.

 

                   Capítulo 22

 

Te he dicho antes, le dice el Señor a la Santa, que quiero visitar a los cortesanos de este reino con espada, con lanza y con ira; pero responden: Dios es misericordioso, no llegará la desgracia, hagamos nuestra voluntad, que nuestro tiempo es breve. Pero oye lo que ahora te digo. Quiero levantarme, y no he de perdonar ni al joven ni al viejo, ni al rico ni al pobre, ni al justo ni al injusto; sino que iré con mi arado, y arrancaré las espigas y los árboles, de suerte, que donde había mil apenas quedarán cien, y las casas estarán sin moradores; brotará también la raíz de la amargura, y caerán los poderosos; prosperarán con sus uñas las aves rapaces, y comerán lo que no les pertenece.

 

Sin embargo, con tres cosas puede aplacarse y ser mitigada mi justicia; porque tres son los pecados que abundan en ese reino, a saber. Soberbia, gula y codicia. Por consiguiente, si se acepta la humildad y el decoro en los vestidos, hay moderación en el deber, y se refrena la codica del mundo, entonces se mitigará mi ira.

 

 

Reprende Dios con palabras muy fuertes la vanidad y graves delitos de cierta señora principal, y la convida con su misericordia.

 

                   Capítulo 23

 

Oyéndolo santa Brígida, le dice Jesucristo a una señora: Tus ojos eran curiosos para ver cosas voluptuosas; tus oídos para oir tu alabanza y chocarrerías; tu boca estaba preparada para murmuraciones y necedades, y tu vientre lleno siempre de regalos, y nunca le negaste lo que quería. Ataviabas con lujosos vestidos tu cuerpo para alabanza suya, ni mía, mientras que en la puerta de tu casa estaban mis amigos miserables, hambrientos y desnudos, y daban voces, pero no los oías; deseaban entrar, y te indignabas; les echabas en cara sus miserias y te mofabas de ellos, sin tenerles ninguna compasión. Parecíate muy poco todo cuanto hacías para enaltecer tu cuerpo, y juzgabas de suma importancia lo que por mí hacías. Te acostabas y te sentabas cuando querías, sin considerar mi justicia, buscabas todo lo que era hermoso en el mundo, y no cuidaste de mí, Creador del mundo y más hermoso que todas las cosas.

 

Por tanto, si te aplicara yo ahora tu justa sentencia, por la soberbia de tu boca y de todos tus miembros, merecerías que todos te detestaran y te confundiesen públicamente con oprobio y vergüenza. Por tu lujuria serías digna de que se deshicieran las coyunturas de todos tus miembros, se consumiera de podredumbre tu carne, tu cútis se rompiera lleno de tumores, tus ojos saltaran, la boca quedara torcida, manos y pies se te cortasen y todos tus miembros sin cesar te los estuviesen mutilando. Por despreciar a los pobres y a mis amigos, y por tu avaricia, justo sería que te acometiera una hambre tal, que de buena gana, como si fuera un pedazo de carne, devoraras tus miembros, y comieras tu estiercol y bebieses tu podre, y sin embargo, no pudiera extinguirse tu hambre.

 

Por tu reposo y pereza serías digna de no tener reposo alguno, sino miseria y tristeza en todas partes. Por el favor de los hombres que buscabas más que a mí, mereces tanto desprecio de todos, que huyan de ti hasta tus hijos y más íntimos amigos, y como carne fétida y estiercol humano hiedas ante sus ojos y narices, y quisieran cien veces oir decir que habías muerto, más bien que verte viva. Porque hiciste daño a tu prójimo, y para extender tu soberbia tomaste y retuviste lo ajeno, justo sería que una espada hiciera pedazos tus miembros y huesos, y una afiladísima sierra destrozara continuamente tus carnes, porque el miserable estaba afligido, y no te compadecías de él. Por la envidia e ira de que estabas llena, justo sería que con su boca te despedazaran los demonios, y con sus dientes te moliesen como harina, de modo que desearas la muerte y no pudieras morir, sino que siempre estuvieras siendo despedazada, y siempre vivieras para padecer el mismo suplicio.

 

No obstante, porque soy misericordioso y no hago justicia alguna sin misericordia, ni misericordia sin justicia, estoy dispuesto a tener misericordia de todos los que se arrepientan, de modo que no deje yo por eso la justicia, sino que trueque en penas más leves el rigor de la misma justicia; pues no hago injuria a los demonios, como tampoco a los ángeles en el cielo. Así, pues, del mismo modo que con todos tus miembros has pecado, igualmente debes satisfacer con todos ellos, y por corto trabajo recibirás gran dulzura.

 

Tu boca, pues, debe abstenerse del mucho hablar y de toda palabra ociosa. Tus oídos han de estar cerrados para la murmuración, y tus ojos para ver cosas vanas. Tus manos han de abrirse par dar limosna a los pobres, y tus rodillas deben doblarse para lavarles los pies. Tu cuerpo ha de abstenerse de regalos, aunque se alimente de modo que pueda ser constante en mi servicio y no se ponga vicioso. En tus vestiduras no ha de haber un solo hilo por donde se trasluzca la soberbia, sino solamente para el provecho y necesidad, pero no para lo superfluo.

 

 

Hace Jesucristo magnífica relación de sus atributos y virtudes, invitando al pecador con su misericordia, y amenazándole con su eterna justicia.

 

                   Capítulo 24

 

Yo soy, dice Jesucristo a la santa, el Dios de todas las cosas, cuya voz oyó Moisés en la zarza, Juan en el Jordán, y Pedro en el monte. Yo clamo, oh hombre, a ti con misericordia, yo que con lágrimas clamé por ti en la cruz. Aplica tus oídos y óyeme, abre tus ojos y mírame; mírame, que yo que te hablo soy poderosísimo y fortísimo, sapientísimo y virtuosísimo, justísimo y piadosísimo, y además hermosísimo sobre todas las cosas. Mira y examina mi poder en la ley antigua, y lo encontrarás maravilloso y digno de ser tenido en la creación de todas las criaturas. Encontrarás también mi fortaleza con los reyes y príncipes rebeldes: mi sabiduría igualmente en la creación y dignidad del rostro humano, y en la sabiduria de los profetas.

 

Examina además mi incomparable virtud, y la encontrarás en haber dado la ley y libertad a mi pueblo. Mira mi justicia en el primer ángel y en el primer hombre, mírala en el diluvio, mírala en la destrucción de varias ciudades y pueblos. Mira también mi piedad en tolerar y sufrir a mis enemigos, mírala igualmente en las amonestaciones hechas por medio de los profetas. Mira, por último, y considera mi hermosura por la hermosura y obras de los elementos y por la glorificación de Moisés, y medita entonces cúan dignamente me eliges y debes amarme.

 

Mira, además, que soy el mismo que hablaba en la nueva ley, poderosísimo y pobrísimo: poderosísimo en haberme adorado los reyes y anunciado una estrella; y pobrísimo, porque estaba envuelto en unos pañales y reclinado en un pesebre. Mírame también sapientísimo y tenido por muy necio: sapientísimo, a quien no pueden responder sus adversarios; y muy necio, porque era reconvenido como mentiroso y juzgado como reo. Mírame virtuosísimo y vilísimo; virtuosísimo, en sanar los enfermos y expulsar los demonios, y vilísimo, en la flagelación de todos los miembros.

 

Mírame justísimo, y reputado por injustísimo: justísimo, en la institución de la verdad y de la justicia; y considerado como injustísimo, cuando fuí condenado a una infame muerte. Mírame asimismo piadosísimo, y tratado sin compasión: piadosísimo, en redimir y perdonar los pecados; y tratado con compasión, porque en la cruz tuve por compañeros unos ladrones. Mírame finalmente hermosísimo en el monte, y feísimo en la cruz, porque no tenía forma ni belleza.

 

Mírame y considera, que yo que por ti padecía, te estoy hablando ahora. Mírame no con los ojos de la carne, sino del corazón, mira lo que te di, lo que de ti exijo y lo que me has de dar. Te di un alma sin manchas, devuélvemela sin mancha. Padecí por ti, para que me siguieras. Te enseñé a que vivieses según mi ley, no según tu voluntad: oye todavía mi voz con la que clamé a ti en mi vida: Haced penitencia. Oye mi voz con que clamé a ti en la cruz: Tengo sed de ti.

 

Oye ahora en más alta voz, que si no hicieres pentiencia, te llegará el formidable ¡ay!; pero ¡qué ay! Tu carne se secará, tu alma se deshará de pavor, se consumirá toda la médula, se destruirá tu fortaleza, desaparecerá la hermosura, aborrecerás la vida y querrás huir; pero no encontrarás adónde. Acógete, pues, pronto al asilo de mi humildad, no sea que llegue ese formidable ¡ay! que amenaza, y que está amenazando, a fin de que huyas de él si de corazón creyeres; mas si no, los hechos probarán las palabras. Pero indaga de los sabios lo que yo había prometido; aunque por paciencia no lo omitiré, y espero sufridamente el fruto de esa misma paciencia.

 

 

Amenaza Jesucristo abandonar a los malos cristianos y llamar en su lugar a los gentiles.

 

                   Capítulo 25

 

Yo soy como el escultor, dice Jesucristo a la Santa, que de la arcilla hace una hermosa imagen, para dorarla con lucimiento. Después de algún tiempo, examinando el escultor la imagen, la vió húmeda y como desfigurada con el agua; perdida todo su hermosura, la boca había quedado como la de un perro, las orejas colgando, arrancados los ojos, y hundidas las mejillas y la frente. Entonces dijo el artista: No eres digna de que te cubra con mi oro, Y cogiéndola, la destrozó, e hizo otra digna de ser cubierta con él.

 

Yo soy el Divino escultor, que de tierra hice al hombre, para realzarlo con el oro de mi divinidad. Mas ahora el amor del placer y de la codicia lo han afeado de tal manera, que es indigno de mi oro; porque la boca, que fué creada para mi alabanza, no habla más que de lo que le agrada y es perjudical al prójimo; sus oídos no oyen sino cosas de la tierra; sus ojos no ven sino lo deleitable; de su frente ha desaparecido la humildad, y se halla erguida con la soberbia.

 

Por consiguiente, escogeré para mí los pobres, esto es, los paganos menospreciados, a quienes diré: Entrad a descansar en el brazo de mi amor. Pero a vosotros que deberiais ser míos y lo menospreciasteis, vivid ahora según vuestra voluntad, y cuando llegare mi tiempo, que es el del juicio, os diré: Se os darán tantos tormentos, cuanto fué vuestro amor en querer el placer más que a vuestro Dios. Este, pues, vino a mí como el cachorro que presenta su cabeza y cuello para que le pongan el collar, y se tiene por un siervo; por tanto se le han perdonado sus culpas.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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