Lunes, 24 de mayo de 2010
LAS RELIQUÍAS DE LA BASÍLICA DE SANTA CRUZ DE JERUSALÉM EN ROMA - LOS SANTOS LUGARES

En esta basílica digna de visitar se encuentran lo que es a la postre uno de los -- recuerdos -- por llamarlos así de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo (aunque no se sabe con certeza si son auténticos) según la tradición y solo con eso nos basta a los cristianos, veamos pues:

Después de la derrota de la revuelta judía del año 132 d.C. liderada por Simón Bar Kochba por parte de los romanos, la provincia de Judea fue colonizada con paganos y rebautizada como Palestina. A los judíos les fue prohibida la entrada en Jerusalén reconstruida con el nombre de Aelia Capitolina. Sobre la explanada del antiguo templo hebreo fue levantada una imagen de Adriano, y sobre el Calvario y el Santo Sepulcro un templo a Afrodita.

    La elección de Afrodita para desterrar el culto cristiano en el Calvario y el Santo Sepulcro no parece casualidad. Adriano, que era estoico, consideraba la multiplicidad de dioses como manifestación del único Dios creador. Según el mito, Afrodita descendió al Hades para sacar de entre los muertos al joven Adón. Que el emperador relacionase a Jesús con Adón lo demuestra el hecho que transformó la gruta de la Natividad en un lugar sacro dedicado al héroe griego. Monedas del siglo II nos muestran a Afrodita como protectora de Jerusalén, apoyando un pie en la colina del Gólgota, y sosteniendo con la mano derecha una estatua que representa a Adón. Así el culto a Afrodita en la colina del Gólgota era una reinterpretación pagana de la resurrección de Cristo. Los mismos cristianos entendieron claramente la sacrílega comparación entre Afrodita/María y Adón/Jesús, como lo atestigua Teodoreto de Ciro en su “Historia de la Iglesia” escrita cerca del 440.

    Este hecho nos habla en primer lugar de la existencia de culto cristiano en el Calvario/Santo Sepulcro y también en Belén. Pero además refuerza la certificación histórica del lugar de la muerte y resurrección de Cristo pues Adriano al construir allí un templo no hizo más que fijar el lugar.

    Los primeros sucesores de Santiago como obispo de Jerusalén fueron judeo-cristianos (Eusebio cita 14 obispos), pero con la posterior prohibición de Adriano de entrar en la ciudad santa a los circuncisos, una comunidad cristiana proveniente de la gentilidad tomó el puesto de los judeo-cristianos con el obispo Marcos a la cabeza. Por lo cual la continuidad de conocedores del lugar del Calvario continua ininterrumpida. El historiador Eusebio nos cuenta: “Algunas personas impías y malvadas (los romanos) decidieron velar a los ojos de los hombres esta gruta salvífica… Con un grande esfuerzo transportaron desde otra localidad una gran cantidad de tierra y con ella ocultaron todo aquel lugar; después elevaron el nivel del suelo y lo cubrieron de piedras, ocultando así la santa gruta… y consagraron un templo a la disoluta divinidad Afrodita”. Los testimonios de San Jerónimo (385) y Sozomeno (370-380), confirman estos datos.

    Otros datos importantes que atestiguan esta tradición son:

  • En el año 160 el obispo Melitón de Sardes visitó Palestina y le mostraron “los lugares en donde estas cosas fueron enseñadas y se verificaron”.
  • En el 212 Alejandro de Capadocia, discípulo de Clemente alejandrino vino a Jerusalén a “rezar y visitar los lugares santos”, lo que produjo tanta alegría en la comunidad cristiana local que no lo dejó marchar y fue consagrado obispo.
  • Orígenes estuvo en Tierra Santa en el 215 y en el 230 y deja testimoniado: “Hemos visitado los lugares (santos) para reconstruir las huellas de Jesús, de sus discípulos y de los profetas”. De la gruta de la Natividad dice que vienen a verla “visitantes de todo el mundo”.
  • Una inscripción en las afueras del Santo Sepulcro donde se ve un barco con el asta mayor quebrada y las siguientes palabras: “Domine ivimus” (Señor, llegamos). No es difícil entender el mensaje: peregrinos occidentales (en oriente se hablaba griego) que en marcha hacia Jerusalén estuvieron a punto de perecer en una tormenta pero que finalmente llegaron a su meta de peregrinaje, el Calvario. Si bien no se conoce bien la datación de esta inscripción es cierto que fue en una época en que no había acceso al Santo Sepulcro pues se encuentra en un muro externo que sostenía el templo de Afrodita. Por lo tanto nos habla del conocimiento del lugar de la muerte de Cristo aún durante la época del templo de Afrodita (135-325).
  • Otro dato interesante es una predicación de Melitón de Sardes en la que acusaba a los judíos de haber crucificado a Cristo “en medio de la ciudad, en una plaza principal”. En efecto, era tan segura la tradición de la ubicación del Calvario, que con los cambios topográficos había quedado dentro de la ciudad y no fuera como en tiempo de Cristo, que hizo creer a los cristianos que Cristo había muerto dentro de los límites de la Ciudad Santa.

    Por eso afirma el A. que “cuando los mensajeros imperiales de Constantino llegaron a Jerusalén, sabían exactamente donde buscar y donde cavar .

    Comenzados los trabajos fue derribado el templo de Afrodita y se hicieron excavaciones para encontrar el Santo Sepulcro. “Cuando, estrato tras estrato, aparece el nivel más bajo del terreno, entonces, contra cualquier expectativa, se ofreció a la vista el venerable santísimo santuario de la resurrección del Señor, y la caverna, que es el lugar más sagrado que exista en el mundo, recobró el mismo aspecto que tenía cuando resucitó el Señor”, nos cuenta un testigo ocular del acontecimiento, el obispo Eusebio de Cesarea.

    No fue difícil identificar el Sepulcro vacío de Cristo; se trataba de un sepulcro individual a solo 38 metros del Calvario y coincidía con las descripciones que de él se tenían: el ingreso era bajo por lo que había que agacharse para entrar, conducía a una antecámara, desde la cual se pasaba a la cámara sepulcral.

    Diversos estudios arqueológicos confirmaron los datos relativos a la topografía del Gólgota:  

  • en 1883 y años subsiguientes en el hospicio ruso de Alejandro.
  • Entre 1973 y 1978 se confirma la teoría de un templo pagano construido sobre el Santo Sepulcro. En 1977 se encontró un altar pagano para los sacrificios y otro altar para las libaciones.
  • En 1986 fue hallado un estrato calcáreo que cubría la piedra del Calvario. Al removerlo los investigadores se encontraron con un descubrimiento sorprendente: un anillo, tallado en la roca, de 11,5 centímetros de diámetro. Los expertos calcularon que podría haber sido utilizado para sostener la cruz pues tenía la capacidad de sostener un palo de hasta 2,5 metros de alto. Es importante notar que no puede ser una falsificación cristiana antigua porque ninguna fuente lo cita. Y coincidiría perfectamente con la tradición en cuanto es muy probable su uso para ejecuciones por crucifixión.

 

Descubrimiento de los instrumentos de la Pasión

    La expedición imperial que se dirigió a Jerusalén para venerar los Santos Lugares y encontrar el Sepulcro de Cristo (probablemente en el verano del 325) fue dirigida por la emperatriz misma. Esto lo atestiguan Gelasio de Cesarea en su “Historia de la Iglesia”, citado por Rufino de Aquilea, y Alejandro de Chipre ambos del siglo IV.

    El descubrimiento de la cruz de Cristo: a pesar de que muchas leyendas han adornado el hecho, lo cierto es que es un acontecimiento histórico probado: los contemporáneos del gran descubrimiento lo incluyeron en sus libros de historia, nunca hubo voces discordantes que rechazasen el hecho como mentira (cuando aparecieron los primeros testimonios escritos habían pasado apenas 20 años y vivían muchos testigos oculares), y recién cuando tardíamente aparecen (fines del siglo V) historias legendarias el historiador Sozomeno toma partido rechazando las exageraciones.

    Nada menos que San Ambrosio, obispo de Milán, predicando la oración fúnebre del emperador Teodosio es uno de los que evoca el evento del descubrimiento de la Vera Cruz. Dice así: “Llegó Elena, y comenzó a visitar los lugares santos. Entonces el Espíritu de Dios le sugirió de buscar el leño de la cruz. Se llegó al Gólgota, hizo excavar…, y aparecieron tres instrumentos de martirio que yacían desordenados, sepultados bajo los escombros, escondidos del enemigo, pero el triunfo de Cristo no podía permanecer sepultado en las tinieblas”.

    El problema era reconocer entre las tres cruces la Vera Cruz. San Ambrosio dice que se debió al titulus crucis que estaba unido a la cruz de Cristo mientras que las otras dos cruces no tenían inscripciones. Teodoreto de Ciro y Rufino de Aquilea por su parte hablan de un milagro: el obispo Macario para conocer con exactitud cual era la cruz de Cristo habría pedido un signo al cielo y había llevado los tres leños al lecho de una mujer enferma, que en contacto con la Vera Cruz se curó de inmediato.

    En el mismo mes de setiembre de 325 la emperatriz dispone su retorno a Roma, porque una vez comenzado el invierno el viaje por el Mediterráneo se tornaba peligroso. Dispuso dividir las sacras reliquias porque tanto Roma como Jerusalén tenían derecho a ellas. Probablemente una mitad del palo vertical quedó en la Ciudad Santa mientras que la otra mitad y el palo horizontal, junto con los clavos y tierra del Gólgota fueron a Roma. En cuanto al titulus fue dividido: a Roma marchó la mitad que decía “I. NAZARINVS R”, mientras que en Jerusalén quedó la parte en la que se leía “EX IVDAEORVM”.

    Otros testimonios históricos importantes que acreditan la historicidad del hallazgo de la cruz de Cristo lo dan:  

  • San Cirilo de Jerusalén, solo 23 años después del descubrimiento y 13 de la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro dice en una de sus catequesis: “El sagrado leño de la Cruz es testigo, como se puede ver aquí y en otros partes aun hoy, porque todo el globo terrestre está lleno de sus fragmentos, que gente movida por la fe ha llevado consigo y que desde aquí se ha irradiado por el mundo”.
  • Una inscripción en Algeria del año 350 que atestigua la existencia y veneración de reliquias del lignun crucis.
  • Gregorio de Niza atestigua la posesión de una partícula de la Vera Cruz por parte de Macrina, muerta en el 379.
  • Según San Juan Crisóstomo (350-407) los cristianos llevaban al cuello relicarios de oro con reliquias de la Vera Cruz.
  • En la partícula más pequeña descansa toda entera la fuerza de la Cruz” decía una inscripción en la basílica que Paulino de Nola hizo erigir al inicio del siglo V, en cuyo altar incluyó una reliquia de la cruz.
  • San Cirilo de Jerusalén escribe al emperador Constanzo, hijo de Constantino que “durante el reinado del hombre pío, tu padre Constantino, predilecto por Dios, fue encontrado en Jerusalén el leño salvífico de la cruz, con el que la gracia divina concedió el reencuentro de los lugares santos a quien buscaba con pureza de corazón”.
  • Del titulus nos dan testimonio tanto Egeria como San Ambrosio.
  • Sigue una larga lista de testimonios que dejamos para no alargar.

    Más aún, es cosa casi segura que “el motivo que determinó la edificación de la iglesia en Jerusalén resida en el descubrimiento de la Cruz y no en el del Santo Sepulcro". Si damos fe al Breviarius, la basílica del Martyrion fue erigida sobre la cripta de Elena, es decir el lugar donde fueron encontradas las cruces. Además la solemne consagración de la Iglesia no fue en ocasión de la fiesta de la Resurrección, es decir la Pascua, sino en el décimo aniversario del descubrimiento de la Cruz. Es algo perfectamente lógico si pensamos en la devoción de Constantino que quiso realzar el signo con el cual había vencido.

    La ausencia de este hecho en los escritos de Eusebio de Cesarea que se presentaba como una fuerte objeción cae por la fuerza de tantos y tan valiosos testimonios. El A. busca motivos para tal ausencia y nota como uno de los más fuertes la reticencia del historiador en insistir ante un mundo todavía pagano sobre un signo que se mostraba todavía como ignominia.

    A pesar que el A. nos trae una detallada investigación sobre las distintas reliquias de la Pasión (las que permanecieron en Jerusalén, las transportadas a Constantinopla, y las que fueron enviadas a Roma) nos detendremos más extensamente en el titulus crucis.

 

Las reliquias de la Pasión que quedaron en Jerusalén

    En el 614 los persas entraron en la Ciudad Santa, la ciudad fue devastada y el obispo de Jerusalén, Zacarías, fue deportado a Ctesifonte, cerca de la actual Bagdad, junto con el relicario de la Santa Cruz. Tras el asesinato de Cosroes II por mano de su hijo que quedó como emperador comenzaron las negociaciones de paz. El arreglo permitió el retorno del sagrado leño a Jerusalén. A partir de entonces, sin embargo, la mitad del titulus que había quedado en la Ciudad Santa, deja de aparecer en los manuscritos, por lo que se supone que se perdió en el saqueo de la ciudad.

    Con la llegada de los musulmanes a Jerusalén la situación se mantuvo más o menos estable al principio, los Lugares Santos fueron respetados así como las sagradas reliquias. Pero en el siglo X las cosas cambiaron: en el 966 indignados los musulmanes por la pérdida de Cilicia y parte de Siria a manos de los bizantinos incendiaron la Basílica del Santo Sepulcro. Con los califas siguientes otros infortunios tuvo que sufrir la iglesia. Finalmente en 1009 el califa al-Hakim Bin Amr-Illah hizo destruir la Basílica intentando incluso partir con hachas la piedra del Santo Sepulcro. Este hecho desencadenó la primera cruzada. Durante casi 100 años el reino cruzado volvió a su antiguo esplendor a Jerusalén y a la iglesia del Santo Sepulcro, que fue reconstruida.

    En el año 1187 Salah ed Din derrota a los cruzados. Según el historiador musulmán Imad ad Din los cristianos lucharon como leones hasta que el ejército árabe logró tomar posesión de la reliquia de la Vera Cruz. Su pérdida fue peor que la captura del rey, y así la batalla se decidió rápidamente a favor de Salah ed Din. A partir de ese día se pierde toda huella de la reliquia de la cruz que había quedado en Jerusalén.

El 1 de febrero de 1492, en la Basílica de la Santa Cruz, mientras se realizaban tareas de reparación del techo de la capilla de Santa Elena, fue encontrado un azulejo con una inscripción prometedora: Titulus crucis.  Removido el azulejo se encontró –amurada -una caja de plomo, con el sello del Cardenal Gerardo, y con la inscripción de la cruz dentro. Veamos la historia de la Basílica de la Santa Cruz.

    El emperador Heliogábalo (218-222), un joven sirio, corrupto y disoluto, había hecho construir un palacio imperial: el Sesorium. En tiempos de Constantino fue también su palacio. Allí fueron transportadas las reliquias de la cruz, para lo cual se reestructuró el palacio, y una parte del cual (donde fueron depositadas las reliquias) fue transformado en iglesia. Esta se transformará con el correr del tiempo en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén.

    En la capilla de Santa Elena, se encuentra la siguiente inscripción que atestigua sobre la tierra del Gólgota que Elena llevó a Roma: “Aquí fue esparcida la tierra santa del Monte Calvario y custodiada por la Beata Elena en el piso inferior, sobre el cual erigió esta capilla que toma el nombre de Jerusalén”.

    En las Crónicas del Papa Silvestre I (314-335) se afirma que fue él quien consagró la basílica (año 326 o 327).

    La basílica gozó de grande popularidad y grandes privilegios ya desde el comienzo. Y pasó siglos sin grandes cambios estructurales. Pero todo cambió con el Cardenal Gerardo (futuro Lucio II -1144/1145), que ordenó una completa reestructuración del edificio sacro. Así se convirtió en una basílica a tres naves, con un transepto, un nártex, un campanario, y un claustro.

    Fue para esa ocasión que el titulus fue descubierto gracias al azulejo con la inscripción Titulus crucis. No sabemos a que época pertenece el azulejo. Podría ser del 410 cuando los godos de Alarico saquearon Roma. Lo que si sabemos es que gracias a él el Cardenal Gerardo pudo identificar el titulus. Después hizo poner la reliquia en una caja de plomo, con su sello y la hizo amurar sobre el arco de la capilla de Santa Elena, con el mismo azulejo a modo de identificación.

    Este hecho no es para nada extraño, pues la costumbre de exponer las reliquias para veneración de los fieles se remonta recién al siglo XIV. Antes de eso en occidente lo común era amurar las reliquias ya sea en el altar, ya en las paredes de la iglesia.

    En 1797 las tropas napoleónicas entraron en Roma, y arrestaron al Papa (lo llevaron a Francia donde murió en 1799). Muchas iglesias y monasterios fueron saqueados, incluido el de la Santa Croce. Gracias a la previsión de un monje que había escondido las reliquias éstas no cayeron en manos enemigas. Solamente se llevaron los relicarios vacíos.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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