Domingo, 23 de mayo de 2010
VISIONES Y REVELACIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - CAPITULOS 1 AL 10 DEL LIBRO 9

Comenzamos el LIBRO 9 de Santa Brígida, llamado de LAS REVELACIONES, en donde Jesús y la Vírgen revelan una serie de secretos del cielo y del enemigo el Diablo. EL AUTOR DEL BLOG.

Jesucristo manda a santa Brigida que vaya a Roma, donde por quince años padeció la Santa muchas tribulaciones, y cómo se estableció en su Orden el canto del: Ave Maris Stella.

 

                   Capítulo 1

 

Hallábase la Santa en el monasterio de Alvastro, cuando le dijo Jesucristo: Ve a Roma y permanece allí hasta que veas al Pontífice y al emperador, y les hables de parte mía las palabras que te he de decir. A los cuarenta y dos años de edad fué a Roma la esposa de Jesucristo, y por mandato de Dios permaneció allí quince años antes que viniera el Papa, el cual fué Urbano V, y el emperador Carlos Boamo, a quienes presentó las revelaciones para la forma de costumbres y la regla de la Orden que iba a fundar.

 

En aquellos quince años que la Santa permaneció en Roma, antes de la llegada del Pontífice y del emperador, tuvo muchas revelaciones, en las cuales nuestro Señor Jesucristo denunciaba los excesos y pecados de los moradores de Roma, amenazándolos con graves castigos. Y como llegasen a noticia de los que habitaban en esta ciudad las referidas revelaciones y amenazas, dieron pábulo a un terrible odio contra santa Brígida. Amenazábanla unos con quemarla viva, y otros la injuriaban apellidándola impostora y pitonisa.

 

Sufría con resignación la Santa las amenazas y oprobios de ellos, pero temía que escandalizados con tales tribulaciones y oprobios decayesen de ánimo los de su casa y otros parientes y amigos suyos que estaban con ella en Roma; y resolvió marcharse de allí por algún tiempo para mitigar el furor de los mal intencionados, mas no se atrevía a ir a parte ninguna sin especial mandato de Jesucristo, porque durante los veintiocho años transcurridos desde que salió de su patria, jamás fué sin orden de Jesucristo a ciudad alguna o provincias u otros lugares donde yacieran los santos.

 

Por lo cual como la Santa pidiese en sus oraciones una respuesta sobre este punto, le dijo Jesucristo: Tú deseas saber mi voluntad sobre si debas permanecer en Roma, donde muchos envidiosos atentan contra tu vida, o si debes ceder y dar tregua a la malicia de ellos. A lo cual te respondo, que cuando me tienes a Mí, a nadie debes temer: yo contendré su malicia con el brazo de mi poder, para que no puedan dañarte; y aunque por permisión mía mis enemigos me crucificaron, a ti de ninguna manera conseguirán darte muerte o hacerte daño.

 

Apareciósele también entonces a la Santa la gloriosa Virgen María, y le dijo: Mi Hijo, que es poderoso sobre todos los hombres, sobre los demonios y sobre todas las criaturas, reprime invisiblemente cualquier conato de la malicia de tus enemigos; y yo seré el escudo de tu protección y de los tuyos contra todas las acometidas de tus adversarios espirituales y corporales. Quiero, pues, que todas las vísperas os reunáis tú y tu familia para cantar el himno Ave Maris Stella, y yo os auxiliaré en todas vuestras necesidades.

 

Por esta razón D. Pedro Olavo, confesor que fué de santa Brígida por espacio de veintinueve años, y la hija de la misma, doña Catalina, de santa memoria, dispusieron que en la orden se cantara diariamente ese himno, y afirmaron que santa Brígida había ordenado que así se hiciera por mandato de la misma gloriosa Virgen, porque esta Señora había prometido que quería proteger con especial gracia y favorecer con las bendiciones de dulzura del Espíritu esa orden que su hijo le había dedicado.

 

 

Dícele Dios a santa Brígida por qué se vale de ella para manifestar a los hombres su voluntad.

 

                   Capítulo 2

 

Manifestarte quiero, le dice el Señor a la Santa, la regla que se ha de guardar en el monasterio de mi Madre. Pues también los solitarios y los santos padres recibieron de mi Espíritu inspiraciones; por consiguiente, todo lo que oyeres en mi Espíritu, dilo a quien lo haya de escribir y guárdate de agregar a mis palabras una sola que sea de tu espíritu.

 

Pero podrás admirarte por qué yo, Creador de todas las cosas, no habló a los sabios, o en tal lengua que todos la puedan entender y saber. A lo cual te respondo, que tuve muchos profetas que sólo por medio de intérprete y de escribiente pudieron revelar las palabras de mi Espíritu, y no obstante, llegaron a la luz y al conocimiento; porque cuando se confía el don de Dios, es mucho más glorificado el Señor. Igualmente acaece contigo; pues tengo amigos por los cuales manifiesto mi voluntad; pero a ti como a instrumento nuevo quiero manifestarte cosas nuevas y antiguas, a fin de que se humillen los soberbios y sean glorificados los humildes.

 

 

Cómo se comunicó a santa Brígida el Espíritu del Señor.

 

                   Capítulo 3

 

Como algunos años después del fallecimiento de su esposo se hallase inquieta santa Brígida acerca de su estado, rodeóla el Espíritu del Señor inflamándola, y arrebatada en espíritu vió una reluciente nube, de la cual salió una voz que le decía: Yo soy tu Dios que quiero hablar contigo. Atemorizada, porque no fuese aquello ilusión del enemigo, oyó por segunda vez: No temas, yo soy el Creador de todas las cosas y no engañador.

 

Has de saber que no hablo por ti sola, sino por la salud de todos los cristianos. Oye, pues, lo que te digo: Tú serás mi esposa, y oirás mi voz, y verás las cosas espirituales y secretas del cielo, y mi Espíritu permanecerá contigo hasta tu muerte. Cree, por tanto, firmemente que yo soy el que nací de la Virgen pura , padecí y morí por la salvación de todas las almas, resucité de entre los muertos y subí al cielo, y ahora hablo contigo con mi Espíritu.

 

 

Jesucristo manda al prior del monasterio de Alvastro que escriba las revelaciones de la Santa, y cómo el Señor castigó su resistencia.

 

                   Capítulo 4

 

Hallábase en oración santa Brígida, cuando se le apareció Jesucristo y le dijo: Di de mi parte al P. Pedro, subprior, que yo soy como el señor cuyos hijos estaban cautivos en estrecho cepa, el cual envió sus mensajeros para libertar a sus hijos, y advertir a los demás a fin de que no cayeran en manos de los enemigos, a quienes juzgaban amigos. Del mismo modo yo, Dios, tengo mucho hijos, esto es, muchos cristianos, los cuales están sujetos con los pesadísimos lazos del demonio. Así, pues, por mi amor les envío las palabras de mis labios, que hablo por medio de una mujer. Oyelas tú, P. Pedro, y escribe en lengua latina lo que esa te dice de mi parte, y por cada letra te daré no oro o plata, sino un tesoro que no se envejece.

 

Al punto santa Brígida notificó de parte de Jesucristo esta revelación al mismo prior, el cual entonces era subprior. Mas queriendo éste deliberar acerca del asunto, estaba por la tarde en la iglesia luchando consigo con tales pensamientos, y como por último, por humildad determinase no aceptar ese cargo, ni escribir las mencionadas revelaciones divinas juzgándose indigno para ello y dudando si sería o no ilusión del demonio, recibió tal golpe que al punto quedó como muerto, privado de sentidos y de fuerzas corporales, mas conservó todo su entendimiento y quedó sano en su alma.

 

Encontráronlo allí los monjes tendido por el suelo, lleváronlo a su celda y lo pusieron en la cama, donde siguió medio muerto por un largo espacio de la noche. Finalmente, por providencia divina ocurriósele esta idea: Quizá estoy padeciendo todo esto, porque no quise obedecer la revelación y santo mandamiento que la madre Brígida me comunicó de parte de Jesucristo. Y decía en su corazón: Señor Dios mío, si es por esto, perdonadme, porque estoy dispuesto y quiero obedecer y escribir todas las palabras que de parte vuestra esa mujer me dijere. En aquel mismo instante consintiendo en su corazón, quedó curado repentinamento y corriendo fué a santa Brígida y se ofreció a escribir todas las revelaciones según la Santa se lo había dicho de parte de Jesucristo.

 

Refirió también el Prior, que después oyó a santa Brígida, que en otra revelación Jesucristo le había dicho a ella lo siguiente: Lo golpeé, porque no quierá obedecer, y después lo curé, porque yo soy médico que sané a Tobías y al rey de Israel. Dile, pues: Anda, hojea y revuelve la obra de los escritos de mis palabras, y escribe, que te daré por ayuda a un maestro en mi ley; y has de saber por muy cierto, que quiero hacer esta obra por medio de mis palabras que tú escribes por boca de esa mujer, con lo que se humillarán los poderosos y enmudecerán los sabios. Y no creas que proceden del espíritu maligno esas palabras que esta mujer te habla, porque lo que te digo lo probaré con obras.

 

En seguida comenzó el Prior a escribir y traducir todas las revelaciones y visiones divinas comunicadas a santa Brígida, según ésta se las decía, aunque algunas también escribió el P. Pedro su compañero y confesor, juntamente con el mencionado Prior, cuando éste no estaba con la Santa. Y dijo el Prior, que después la acompañaba él por mandato de Jesucristo, y fué su confesor, y estuvo escribiendo estas revelaciones por espacio de treinta años hasta el fallecimiento de santa Brígida. Y antes de morir la Santa, le mandó Jesucristo que las entregase a D. Alfonso, ermitaño español, que había sido obispo Giennense, y de este modo se escribieron estos libros de las celestiales revelaciones.

 

 

Prosigue la revelación anterior con los trámites por donde Jesucristo se manifestó a santa Brígida en esta revelaciones.

 

                   Capítulo 5

 

Yo soy como el escultor, le dice el Hijo de Dios a su esposa, que corta un madero, lo lleva a su casa, hace de él una hermosa imágen, y la adorna con dibujos y colores: y viendo sus amigos que aún todavía puede adornarse con más hermosos colores, la pintan con los colores que ellos tienen. Asimismo yo, Dios, corté de la selva de mi divinidad mis palabras, y las puse en tu corazón; pero mis amigos las dispusieron en libros, según la gracia que a ellos se les ha concedido; les dieron colores y las adornaron.

 

Mas ahora, a fin de que se acomoden a muchos idiomas, entrega todos los libros de las revelaciones de mis palabras a mi obispo ermitaño, el cual los arregle y declare, y mantenga el sentido católico de mi espíritu; pues a veces mi espíritu deja entregados a sí mismos a mis escogidos, para que a la manera de una balanza examinen y discutan en su corazón mis palabras, y después de mucho pensar y meditar sobre ellas las expliquen más claramente y hagan resaltar lo mejor.

 

Pues así como tu corazón no siempre está capaz y fervoroso para expresar y escribir lo que sientes, sino que ya lo vuelves y revuelves en tu mente, ya lo escribes y vuelves a escribir, hasta que llegas al propio sentido de las palabras; del mismo modo mi Espíritu Santo subía y bajaba con mis doctores, porque ya ponían cosas que después quitaron, ya eran juzgados y reprendidos por algunos, y no obstante, después vinieron otros que discutieron más sutilmente, y explicaron sus palabras con mayor claridad. Pero en cuanto a mis evangelistas, tuvieron de mi espíritu por medio de la inspiración las palabras que hablaban y que después escribieron.

Di también al mismo ermitaño, que haga y desempeñe el oficio de evangelista.

 

 

Elogios de Jesucristo a la Virgen María, y misericordia de ambos.

 

                   Capítulo 6

 

Bendito seas tú, amadísimo Hijo mío, dijo la Virgen, que eres sin principio y sin fin, porque en ti hay tres cosas: poder, sabiduría y virtud. Manifestaste tu poder en la creación del mundo, el cual lo creaste de la nada; mostraste tu sabiduría en la ordenación del mundo, cuando todas las cosas en el cielo, en la tierra y en el mar las dispusiste sabia y equitativamente; y manifestaste en especial tu virtud, cuando fuiste enviado por el que te llevó a mi seno virginal.

 

A la par de esas tres dotes tienes otras dos: la misericordia y la justicia. Manifestaste también toda sabiduría, cuando lo dispusiste todo con misericordia, cuando luchaste con el fuerte y lo venciste con sabiduría; y manifestaste asimismo tu virtud con toda misericordia y sabiduría, cuando quisiste nacer de mí, y redimir al que por sí podia caer, y sin ti no podía levantarse.

 

Bendita seas tú, respondió el Hijo, Madre del Rey de la gloria y Señora de los ángeles. Tus palabras son dulces y llenas de verdad. Bien has dicho, que todo lo hago con justicia y misericordia. Vióse esto al principio de la creación del mundo en los ángeles, quienes en el instante de ser creados, vieron en su conciencia cómo soy yo, aunque todavía no lo gustaron. Por esta razón varios de ellos, valiéndose bien de la libertad de su voluntad, determinaron en su conciencia permanecer por amor firmemente adheridos a mi voluntad; pero ensoberbecidos otros, volvieron su voluntad contra mí y contra la razón; y por tanto fué justicia, que cayeran los soberbios, y que los justos gustaran mi dulzura y se afirmaran con más solidez.

 

Para manifestar después mi misericordia y para que no quedase vacío el puesto de los caídos, hice por mi amor en la tierra al hombre, el que abusando igualmente de su propia libertad, perdió el primer bien, y fué espelido de la dulzura, aunque por misericordia no quedó del todo abandonado, y su pena fué, que así como por el libre albedrío se había apartado de la primera ley, del mismo modo debía volver por la libre voluntad, y por medio de quien no tuviese pecado alguno sino suma pureza. Mas no se encontraba nadie que bastase para pagar su propia pena, y mucho menos la de los demás, y a causa de la primera desobediencia nadie podía nacer limpio de pecado.

 

No obstante, por su misericordia envió Dios al linaje humano un alma creada por la divinidad, que fué la tuya, Madre mía, a fin de que esperase y permaneciese firme, hasta que llegara el excelente y purísimo, quien con su libertad sería suficiente para levantar al caído, a fin de que el demonio no se alegrara por siempre de su caída. Por lo que al llegar el tiempo aceptable y eternamente previsto, fué beneplácito de Dios Padre enviarme a mí, su Hijo, a tu bendito vientre, y que tomara yo carne y sangre de ti por dos motivos.

 

Primero, para que el hombre no sirviera a nadie sino a su Dios, Creador y Redentor suyo; y segundo, para manifestar yo el amor que he tenido al hombre, y al mismo tiempo mi justicia, de modo que cuando moría por amor, yo, que en nada he pecado, justo fué que salvara al que justamente estaba cautivo.

 

Así, pues, bien dijiste, amadísima Madre, que todo lo hice con justicia y misericordia. Bendita seas, porque fuiste tan dulce, que fué del agrado de la divinidad venir a ti y nunca separarte de ti. También fuiste pura al modo de una casa muy limpia, perfumada con los olores de las virtudes, y ataviada con toda hermsoura. Tú fuiste tan brillante como la estrella es refulgente y clara, la cual, sin embargo de ser ardiente, no se consume: igualmente, tú ardiste más que los demás en tu amor a mí, el cual nunca se consumía. Con razón dicen que estás llena de amor y de misericordia, porque por medio de ti floreció el amor de todos, y por mí hallan todos misericordia, porque en ti encerraste la fuente de la misericordia, de cuya abundancia aun el peor enemigo tuyo, el cual es el demonio, darías misericordia, si con humildad la pidiera. Por tanto, se te concederá todo lo que pidas.

 

Y respondió la Madre: Hijo mío, desde la eternidad conoces mi petición; y así, para que esta esposa tuya entienda las cosas espirituales, te ruego, que las palabras que te has dignado manifestar, se arraiguen en los corazones de tus amigos y se cumplan en un todo. Y dijo el Hijo: Bendita seas por todo el ejército celestial. Tú eres como la aurora, que se levanta con amor de toda virtud. Eres como el astro que va delante del sol, porque con tu piedad precedes mi justicia. Tú eres la sabia mediadora que hace las paces entre los disidentes, esto es, entre Dios y el hombre. Por tanto, será oída tu petición, y mis palabras se cumplirán según quieres.

 

Y puesto que todo lo ves y sabes en mí, manifiesta a tu hija mi esposa, cómo estas palabras habrán de cundir por el mundo, y cómo hayan de publicarse con justicia y misericordia. Yo soy como aquella ave que nada desea comer sino el corazón fresco de las aves, y nada quiere beber sino la sangre pura del corazón de las aves: la cual ave tiene una vista tan perspicaz, que en el vuelo de las aves conoce si tienen el corazón fresco o corrompido, y así no admite aves sino de corazón fresco. Yo soy esa ave, yo no deseo sino el corazón fresco, esto es, el alma del hombre fresca y pura con buenas obras y afectos divinos, y deseo beber la sangre de este amor. Esta es mi comida, el ardiente amor a Dios, y el alma purificada de los vicios.

 

Y puesto que soy justo y caritativo, y no quiero a ninguno sino a los que sean ardientes en amor, mis palabras deben entrar en el mundo con justicia y con misericordia. Con justicia, para que no me sirva el hombre por temor de mis palabras, ni por cierta dulzura carnal sea movido a servirme, sino por amor de Dios, el cual proviene de la íntima consideración de mis obras, y de la memoria de los pecados; y quien frecuentemente piensa estas dos cosas, encuentra amor, y me encontrará a mí, que soy digno de todo bien. Mis palabras deben también entrar con misericordia, para que considere el hombre que estoy dispuesto a tener de él misericordia, y para que el hombre entienda a su Dios a quien había abandonado, y el cual hace mejores a los pecadores arrepentidos.

 

 

Quéjase el Salvador de las maldades del mundo, y describe los inmensos dolores de su divina Pasión. Tres clases de poseídos por el demonio.

 

                   Capítulo 7

 

Yo soy, dice Jesucristo a santa Brígida, el que fuí enviado a las entrañas de la Virgen por aquel que me enviaba, tomé carne y nací. Y ¿para qué? Ciertamente para manifestar la fe con palabras y hechos; por esto morí, para abrir el cielo, y por esto después de sepultado resucité, y he de venir a juzgar. Ahora que están reunidos los obispos, dile al arzobispo: Te admiras de las palabras que hablo. Alza los ojos y mira. Pon los oídos y oye. Abre tu boca y pregunta cómo es que soy abandonado de todos. Levanta tus ojos y mira cómo he sido expulsado por todos, mira que nadie me desea tener en su amor.

 

Aplica tus oídos y oye, que desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, el corazón de los hombres es ambicioso y cruel para derramar por codicia la sangre de su prójimo. Oye que por soberbia todos adornan sus cuerpos. Oye que el deleite de los hombres es irracional como el de los animales. Abre tu boca, e indaga dónde están los defensores de la fe, dónde se encuentran los que han de acatar a los enemigos de Dios, dónde los que por su Señor arriesguen su vida. Indaga esto con cuidado, y hallarás muy pocos amigos míos. Piensa todo esto, y conocerás que no hablo sin motivo. He ahí lo que me pagan por mi amor.

 

Yo los crié y los redimí con tanta equidad y justicia como, si hablando por medio de un símil, se hubiera colocado delante de mí una balanza, en la que para buscar que estuviera en fiel, fuera necesario poner un peso y yo no pusiera otra cosa más que mi propio corazón. Yo nací y fuí circuncidado. Tuve muchos trabajos y tribulaciones; oí palabras injuriosas y oprobios; fuí preso y azotado, atado con cuerdas, y como puesto en una prensa; estirábanse mis nervios, rompíanse mis venas y dislocábanse mis coyunturas. Mi cerebro y toda mi cabeza estaba traspasada con agudas espinas.

 

La sangre corría coagulada y cubría todo mi rostro y barba. Llenas de sangre estaban también la boca y la lengua, y las encías estaban hinchadas con los golpes. Extendido después en la cruz, mi cuello no tuvo otro reclinatorio que mis hombros; mis brazon fueron estirados con cuerdas hasta los agujeros de la cruz; mis pies, doblados hacia abajo y traspasados con dos clavos, no tenían otro apoyo sino los mismos clavos; mis entrañas estaban secas y contraídas; mi corazón lleno de dolor, el cual, por ser de muy buena y robusta naturaleza, podía resistir el que subiese unas veces desde los nervios al corazón, y otras desde el corazón a los nervios, y aumentándose así este dolor, se prolongaba la muerte.

 

Como me hallase de este modo lleno de dolores, abrí los ojos y vi a mi Madre que estaba llorando, cuyo corazón se hallaba lleno de amargura, con todos sus miembros yertos y pálidos, y sus ayes y gemidos me atormentaban más que mi propio dolor. Vi también a mis amigos estar en suma ansiedad, y algunos casi dudaban, pero otros conservaban, aunque muy trastornados. Hallándome yo en tan cruel agonía y continuando en tan graves amarguras, rompióse al fin mi corazón con la violencia de la pasión, y salió mi alma, al salir la cual alzóse un poco la cabeza, estremeciéronse todos los miembros, abriéronse los ojos como a la mitad, y apoyándose en los pies todo el peso del cuerpo, quedé colgando como un lienzo hecho jirones. Esto padecí yo, tu Creador, y nadie hay que lo considere, y de ello me quejo delante de ti, para que pienses lo que yo hice, y cómo se me paga.

 

Te ruego, en segundo lugar, que trabajes conmigo. Todo el que deseare hacer alguna obra, debe tener tres cosas: primera, la materia de que se haga la obra; segunda, los instrumentos con que haya de hacerse; y tercera, una esmerada premeditación para que se haga bien. Yo mismo soy la materia y la sabiduría misma, la cual y de la cual dimana toda sabiduría, puesto que he enviado mis palabras al mundo. Los instrumentos son mis amigos.

 

Recoge, pues, mis palabras, y mira si están frescas y no corrompidas, si indican y tienen el sabor de la fe sana y recta; mira si son dignas y adecuadas para mi tesoro; considera si encaminan del amor del mundo al amor de Dios, de la senda del infierno a la altura del cielo, y si así las hallares, procura mi honra con mis amigos, como con buenos instrumentos; procúrala con prudencia como el hombre sabio; trabaja varonilmente, como el varon fuerte, trabaja con fervor, como amigo del Señor.

 

Te mando, en tercer lugar, como Señor, para que acabes lo que has comenzado. Tú fuiste por mi camino, echaste tu arado en una pequeña porción de tierra y principiaste a arar. Mas ahora te mando que vuelvas con mayor frecuencia, que estirpes las raíces y espinas, y edifiques allí iglesias con los bienes de tu iglesia, pues entrego en tus manos esa parte de la tierra, y esa reclamo de ti. Por tanto, trabaja con fervor y asuduidad.

 

Refiriéndome ahora a los posesos, digo que se admiran algunos de que el espíritu no se aparte del poseído, y en esto pueden considerar mi grandísima justicia, pues yo no le hago mayor injuria al demonio que al ángel en el cielo. Y pues es justicia que como una cosa viene, así se retire; y pues el espíritu llega alguna vez desde lejos, así también se retirará lentamente.

 

Tres clases de demonios hay. Una es como el aire, que con facilidad se escurre, y obscurece la conciencia del hombre para que hable y haga cosas impúdicas: esta clase de espíritus malos viene fácilmente, y sale lo mismo.

 

La segunda clase es como el fuego, que con la impaciencia aflige todo el cuerpo y la carne, y hace al hombre la vida tan amarga, que desearía morir más que vivir, y por impaciencia es impelido a todo lo que le sugiere aquel espíritu impuro: esta clase tan fácilmente como viene, sale, pero quedando la dolencia en el cuerpo.

 

La tercera clase de demonios es como el humo, y al modo que el humo dondequiera que entra, lo mancha todo y se mezcla con todas las cosas, así también esta clase de demonios se mezcla totalmente con el alma y cuerpo del hombre. Por tanto, como el humo cuando encuentra un agujero va saliendo poco a poco y desde lejos, de la misma manera este espíritu, que con las oraciones principió a salir, se irá poco a poco, hasta que el poseído se haya purificado por completo.

Y cuando se hubieren derramado tantas lágrimas como son necesarias, y se hubieren hecho todas las abstinencias debidas, entonces saldrá del todo el mal espíritu, y el hombre se verá purificado; porque así como ese espíritu llegó paulatinamente y desde lejos, del mismo modo es justicia que se retire.

 

 

Se acusa santa Brígida delante de la Virgen María de las distracciones de su mente, y cómo la Señora la consuela.

 

                   Capítulo 8

 

Bendita seáis vos, Reina del cielo, le dice la Santa a la Virgen, que no despreciáis a ningún pecador, cuando de todo corazón os invoca. Dignaos oirme, aunque soy indigna de abrir mis labios para suplicaros. Sé, pues, que sin estar robustecida con vuestra ayuda, no puedo gobernarme a mí misma, porque mi cuerpo es como el animal indómito, que si no tiene puesto el freno en la boca, va corriendo a todos los parajes adonde acostumbra tener sus deleites. Mi voluntad es ligera como el ave, y continuamente quiere seguir sus frívolos pensamientos y cruzar por todas partes como las aves que vuelan. Os pido, pues, que se le ponga un freno a mi cuerpo, antes que quiera correa hacia alguna parte adonde desagradare a vuestro Hijo, y llevadlo donde pueda cumplir su voluntad. Ponedle también un cordel a esa ave, que es mi voluntad, para que no vuele más lejos de lo que sea del agrado de vuestro amadísimo Hijo.

 

Y respondió la Virgen: La oración hecha con devoto corazón para honra de Dios, merece ser oída para concederle la gracia que pide. Y por tanto, a fin de que se ponga un freno a tu cuerpo para que sea regido según la voluntad de Dios, conviene que se te ponga también una carga, que hayas de llevar para honra de quien te gobierna, a fin de que tu voluntad sea tal, que más bien quieras callar que hablar con la gente del mundo, y te sea más grato sufrir en tu casa la pobreza, que disfrutar de todas las riquezas en los palacios de los príncipes, cuya amistad no estimas, con tal que pueda merecer la amistad de Dios. Así, pues te ponga la carga de que digas palabras que agraden a Dios.

 

 

Simbólica visión de la Santa, en la que se le muestra la envidia de nuestro enemigo.

 

                   Capítulo 9

 

Como en cierto tiempo estuviese orando santa Brígida, vió delante de sí en visión espiritual un escaso fuego y una ollita puesta sobre éste, y en ella una comida apetitosa. Vió también a un mancebo vestido de muy reluciente púrpura de oro, el cual, dobladas las rodillas estaba alrededor de la olla, unas veces soplando el fuego, otras moviendo la leña, y así la estaba cuidando, hasta que por último, dijo a la Santa que lo estaba mirando: Tú que estás viendo todo esto, ¿has visto jamás una persona tan humilde como soy yo?

 

Yo, como ves, ataviado con vestiduras de oro, hago tamaños servicios a esta olla; dobladas las rodillas doy vuelta alrededor de ella, inclino la cabeza hasta la tierra soplando el fuego, arreglo y amontono la leña, a veces también la desvío sin escusarme molestia alguna; por tanto, reconóceme por muy humilde. Pero me importa manifestarte lo que esto significa. Por esa olla entiendo tu corazón; por la comida que en ella está, entiendo esas dulcísimas palabras que Dios te da desde lo alto; por el fuego, el fervor de amor divino que tienes de Dios.

 

Yo soy el demonio, envidioso de tu consuelo, que me muestro tan humilde servidor, soplando no tanto para que arda más el fuego, como para que las cenizas, que son los afectos de las cosas de la tierra, suban a la olla, esto es, a tu corazón, a fin de que esa sabrosa comida, que son las palabras del Espíritu Santo que se te han inspirado, se hagan insípidas. Revuelvo las teas y la leña, para que la olla, que es tu corazón, se incline a la tierra, esto es, a personas conocidas de la tierra o parientes, a fin de que de este modo sea Dios menos amado.

 

 

Revela Dios a un santo monje la santitud y virtud insigne de santa Brígida.

 

                   Capítulo 10

 

Un monje de santa vida del mismo monasterio de Alvastro refirió con lágrimas y juramento al prior el P. Pedro, que cuando santa Brígida fué allí para residir en el mismo monasterio, se admiró el monje en su corazón, y por celo de la regla y de la santidad dijo interiormente: ¿Por qué esta señora habita aquí en el monasterio de los monjes contra nuestra regla e introduciendo una nueva costumbre? Arrebatado entonces en oración el mismo religioso, oyó en un arrobamiento mental una voz que le decía: Esa mujer es amiga de Dios, y viene al monasterio para coger flores debajo de este monte, con las cuales recibirán medicinas todas las gentes allende el mar y de los confines del mundo.

 

Este religioso llamábase Gerequino, y fué de tan gran santidad de vida, que por espacio de cuarenta años jamás salió fuera del monasterio, sino que de día y noche estaba dedicado a la oración. Alcanzó de Dios la singular gracia de que casi continuamente veía en la oración a los nueve coros de la jerarquía angélica, y al alzar la hostia consagrada veía a Jesucristo en forma de un niño.

 

ADICIÓN.

 

Este mismo P. Gerequino vió en cierta ocasión en el referido monasterio de Alvastro a santa Brígida elevada en el aire, y saliendo de su boca un caudaloso río, y entonces puesto en oración oyó en espíritu que le decían: Esta es la mujer, que saliendo de los confines de la tierra, suministrará la sabiduría a innumerables gentes, y te servirá de señal que ella por boca de Dios te ha de decir el fin de tu vida, y te alegrarás con sus palabras y venida, y se llevará a cabo más pronto tu deseo, para que no veas las calamidades que Dios ha de enviar sobre esta casa.

 

Refiérese acerca de este mismo religioso, que como una vez le mandara el abad que ayudase a los que estaban en la panadería, él, que no entendía el oficio de panadero, miró con reverencia según tenía costumbre una imagen de la Virgen María que estaba pintada en la pared, y le habló así: Amadísima Señora, el P. Abad me manda trabajar con los panaderos, y vos sabéis que no entiendo este oficio, mas no obstante, haré lo que queráis. Y le respondió la imagen: Haz lo que hasta ahora has hecho, y yo serviré por ti en la panadería. Y así sucedió, creyendo los que en la panadería estaban, que el P. Gerequino trabajaba con ellos personalmente, mientras este había estado muy despacio orando en la iglesia.

Autora: Santa Brígida de Suecia
Transcrito por: Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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