Viernes, 21 de mayo de 2010
LAS VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - CONCLUSIÓN DEL LIBRO 8

En este libro el Señor le revela a Santa Brígida como reparar ciertos pecados cometidos frecuentemente y habla también del castigo al pueblo hebreo en el Desierto. EL AUTOR DEL BLOG.

Por que castigó Dios al pueblo de Israel en el Desierto y no en Egipto.

 

                   Capítulo 8

 

Tres clases de hombres había en el pueblo de Israel, le dice el Señor a santa Brígida. Unos amaban a Dios y a Moisés: otros se amaban a sí mismo mas que a Dios; y estos otros no amaban a Dios ni a Moisés, sino solamente las cosas terrenales. Cuando este pueblo se hallaba en Egipto, todos se llamaban hijos de Dios e hijos de Israel, mas no todos servian a Dios con el mismo corazón. Igualmente, cuando fué voluntad de Dios sacar de Egipto a su pueblo, unos creyeron en Dios y en Moisés; pero otros se exasperaban contra Dios y contra Moisés, y por eso con unos manifestó el Señor su gran misericordia, y su justicia con los de corazón empedernido.

 

Pero acaso me digas ¿porqué el Señor sacó el pueblo, y no lo castigó más bien en Egipto, cuando sabía que aún no había llegado el tiempo de la misericordia, ni había llegado a su colmo la malicia de los hombres? A lo cual te contesto que Dios escogió el pueblo de Israel para instruirlo y probarlo en el desierto, como a escolares que necesitaban un pedagogo que los guiase con palabras y con obras. Y para que los discípulos fuesen instruidos con mayor perfección, fué mas conveniente el desierto que el Egipto, a fin de que no fuesen inquietados por los Egipcios en la enseñanza de la justicia de Dios, ni se criasen malamente entre las señales de misericordia que debían ocultarse a los ingratos.

 

También Moisés debió ser probado como maestro del pueblo, para que, quien se había manifestado a Dios, fuese igualmente conocido por sus discípulos a fin de que lo imitasen; y para que quien con la ignorancia del pueblo quedó más probado con las señales se hiciese más ilustre y fuese más conocido de todos. En verdad, te digo, que aun sin Moisés hubiera salido de Egipto el pueblo, y aun sin Moisés habría muerto. Mas a causa de la bondad de Moisés murió el pueblo con mayor benignidad y a causa del amor que Moisés tuvo a Dios, recibió el pueblo más sublime corona. Y no es esto de extrañar, pues en la muerte de todos padeció Moisés por la compasión que les tuvo. Dios, pues, difirió su promesa para probar el pueblo, y para que el Señor fuese conocido por sus señales, por su misericordia y por su paciencia, y para enseñanza de los venideros se manifestase también la ingratitud y mala voluntad del mismo pueblo.

 

Igualmente, muchos santos entraron en tierras de infieles por inspiración del Espíritu Santo, y no consiguieron lo que habían querido; mas no obstante, por su buena voluntad recibieron sublime corona; y por su paciencia y esta buena voluntad aceleró Dios el tiempo de la misericordia, y llevó a cabo más pronto el nuevo camino que aquellos emprendieron. Así, pues, siempre deben ser venerados y temidos los juicios de Dios, y hay que precaver en gran manera que la voluntad del hombre sea contraria a la de Dios.

 

 

El Salvador manda a decir al emperador de Alemania que estas revelaciones han sido dadas por El a santa Brígida, y hace de ellas alabanza.

 

                   Capítulo 9

 

Escribe, le dice Jesucristo a su esposa, de parte mía al emperador las siguientes palabras: Yo soy aquella luz que alumbré todas las cosas cuando se hallaban cubiertas con las tinieblas. Yo soy también aquella luz, que siendo visible por la divinidad, aparecí visible por la humanidad. Soy igualmente esa luz que te he puesto en el mundo como lumbrera para que en ti se encontrase mayor luz que en muchos otros, y para que como príncipe los encaminaras a todos a la piedad y a la justicia. Por tanto, me manifiesto a ti yo, la verdadera luz, que te hice subir a la silla imperial, porque así fué de mi agrado. Yo hablo con una mujer palabras de mi justicia y misericordia. Recibe, pues, las palabras de los libros que esta misma mujer ha escrito dictándolas yo, medítalas, y procura sea temida mi justicia, y mi misericordia sea deseada con discreción.

 

También has de saber tú, que posees el imperio, que yo Creador de todas las cosas dicté una regla para religiosas en honor de mi amantísima Madre la Virgen, y se la di a esta mujer que te escribe. Léela toda, y media con el Sumo Pontífice, para que esa regla dictada por mis propios labios, el que es mi Vicario en el mundo la apruebe delante de los hombres, así como yo, Dios, la aprobé delante de toda la corte celestial.

 

 

Manda Dios a santa Brígida que no tema manifestar al mundo estas revelaciones, y que ni se ensalze por las alabanzas ni se abata por los desprecios que puedan ocasionarle.

 

                   Capítulo 10

 

Tú que ves las cosas espirituales, le dice a la Santa el Hijo de Dios, no debes callar porque te vituperen, ni tampoco hablar porque te alaben los hombres, ni debes temer porque sean menospreciadas mis palabras que de un modo divino te he revelado, y no se cumplan al punto. Pues al que me desprecia, lo juzga la justicia, y al que me obedece, lo remunera la misericordia de dos modos: primero, porque se borra del libro de la justicia la pena del pecado, y segundo, porque se aumenta la recompensa según la satisfacción de los pecados. Y así, todas mis palabras van enviadas con la condición de que, si aquellos a quienes se envían las oyeren y creyeren, y además las pusieren por obra, entonces se cumplirán mis promesas.

 

Por tanto, como Israel no quiso seguir mis preceptos, dejó el camino derecho y breve y se fué por otro malo y escabroso, granjeóse el odio de todos, y muchos fueron al infierno, y varios están en el cielo. Igualmente acontece ahora; porque el pueblo de este reino, al cual he castigado, no se ha hecho más humilde ni más obediente por el castigo; sino a la inversa, más audaz contra mí y más contrario mío.

 

Después de esto, oí una voz del Eterno Padre, que decía: Oh Hijo mío, que con tu muerte libraste del infierno al linaje humano, levántate y defiéndete, porque muchos hombres y mujeres te han excluído de su corazón. Entra en tu reino con la sabiduría como Salomón; arranca de sus quicios las altas puertas con la fortaleza como Sansón; pon lazos ante los pies de los soldados; aparta con las armas a las mujeres, y arrojas a los poderosos delante de los pueblos, de suerte que no se escape ningún enemigo tuyo, hasta que, con verdadera humildad, vengan a pedir misericordia los que están obstinados contra ti.

 

 

Manifiéstase a santa Brígida el terrible juicio y espantosa sentencia dada contra un rey que aún vivía, con otras cosas muy para considerarse. No deje de leerse.

 

                   Capítulo 11

 

Hablaba a la Santa Dios Padre y le decía: Oye lo que te estoy hablando, y di lo que mando, no por honra ni vituperio tuyo, sino sobrelleva con la misma serenidad de ánimo al que te alabe como al que te vitupere, de suerte, que ni por el vituperio te muevas a ira, ni por la alabanza te engrías con soberbia. Pues digno es de honra el que eternamente es en sí mismo y fué, y por amor creó a los ángeles y a los hombres solamente para que muchos participasen de su gloria. Yo, pues, soy ahora el mismo en poder y voluntad que fuí cuando tomó carne mi Hijo, en el cuál estoy y estuve, y él en mí, y el Espíritu Santo en ambos; y aunque fué cosa oculta al mundo que era Hijo de Dios, con todo, lo supieron varios.

 

Por consiguiente, has de saber que es justicia de Dios, la cual nunca tuvo principio, como tampoco el mismo Dios, que antes que viesen a Dios, se manifestara la luz a los ángeles, los cuales no cayeron por ignorar la ley y la justicia de Dios, sino porque no quisieron retenerla y observarla. Sabían que todos cuantos amasen a Dios, verían a Dios y permanecerían con él para siempre; y que los que aborrecieran a Dios, serían castigados eternamente, y nunca lo habían de ver en su gloria; y con todo, su ambición y codicia prefirió aborrecer a Dios y el paraje donde serían premiados, antes que amar al Señor, para tener perpetuo goce. La misma justicia hay respecto al hombre, que con los ángeles hubo. El hombre, pues, debe primeramente amar a Dios, y después verlo; y así, mi Hijo quiso nacer por amor después de la ley de justicia, a fin de que por la humanidad fuese visible el que en su divinidad no podía ser visto. Dióseles también a los hombres, igualmente que a los ángeles, para que deseasen las cosas celestiales y aborreciesen las terrenas.

 

Por eso yo, Dios, visito a muchos de muchas maneras, aunque no se ve mi divinidad, y en muchas partes de la tierra he manifestado a muchas personas cómo podía enmendarse el pecado de cada país, y cómo debía alcanzarse la misericordia, antes de mostrar el rigor de mi justicia en esos parajes, mas los hombres no atienden ni hacen caso de nada de esto. También es justicia en Dios, que todos los que están sobre la tierra, esperen primero con confianza las cosas que no ven, y crean en la Iglesia de Dios y en su santo Evangelio; amen también sobre todas las cosas a Dios, que se las dió todas, y aun a sí mismo se entregó por ellos a la muerte, para que todos se alegraran eternamente con él. Por tanto, yo, el mismo Dios, hablo con quienes es mi voluntad, para que se sepa cómo deben enmendarse los pecados, y cómo se haya de disminuir la pena y aumentar la corona.

 

Vi después que todos los cielos eran como una casa, en la cual estaba sentado en un trono el Juez, y la casa estaba llena de servidores que alababan al Juez cada cual con su voz; pero debajo del cielo veíase un reino, y al punto resonó una voz que, oyéndola todos, dijo: Venid al juicio vosotros dos, ángel y demonio. Tú, ángel, que eres el custodio del rey, y tú, demonio, que eres gobernador del rey. Y al acabar de pronunciarse estas palabras, se hallaban delante del rey el ángel y el demonio. El ángel parecía estar como una persona triste, y el demonio como una alegre. Entonces dijo el Juez: Oh ángel, yo te designé por custodio del rey, cuando éste formó alianza conmigo e hizo confesión de todos los pecados que había cometido en su juventud, para que estuvieses más próximo a él que el demonio. ¿Cómo es que ahora te has alejado de él.

 

Y respondió el ángel: Oh Juez, yo estoy ardiendo en el fuego de vuestro amor, con el que alguna vez estuvo calentado el rey; pero cuando detestó y menospreció lo que le dijeron vuestros amigos, y se cansó de hacer lo que vos le aconsejasteis, entonces se fué retirando, según lo atraía su propio deleite, y alejándose de mí, se iba acercando por instantes a su enemigo. Y respondió el demonio: Oh Juez, yo soy el frío mismo, y tú eres el calor y el fuego divino. Y a la manera que cada cual que se acerca a ti, se hace más ardiente para las obras buenas, así el rey acercándose a mí, se ha hecho mas frío para tu amor, y mas ardiente para mis obras. Y dijo el Juez: Se le persuadió al rey a que amara a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. ¿Por qué tú me arrebatas el hombre, que yo redimí con mi propia sangre, y le haces que dañe a su prójimo no solamente en bienes temporales, sino hasta en la vida?

 

Respondió el demonio: Ahora me toca a mí hablar, y al ángel callar. Cuando el rey se apartó de tus consejos y vino a mí, le aconsejé, que se amara a sí mismo más que al prójimo, y que no se cuidase del provecho de las almas, con tal que tuviese la honra del mundo; ni atendiese que estaba necesitado o recibía engaño, con tal que sus amigos nadaran en la abundancia. Entonces dijo el Juez al demonio: Todo el que quisiere apartarse de ti podrá hacerlo, pues tú no puedes retener violentamente a nadie. Por tanto todavía enviaré al rey varios amigos míos que le adviertan el peligro en que se halla. Y respondió el demonio: Justicia es que todo el que quiera obedecerme, deba ser gobernado por mí; y por consiguiente, también enviaré yo al rey mis consejeros, y se verá a qué consejos se inclina más. Entonces le dijo el Juez: Ve, porque mi justicia es dar al verdugo lo que es suyo, y a el que es objeto de ella lo que se le debe en su causa.

 

Al cabo de algunos años volví a ver al Juez Jesucristo más disgustado que de costumbre y casi lleno de ira, y dijo al ángel y al demonio: Decid quién de vosotros dos ha vencido. Y respondió el ángel: Cuando fuí yo al rey con las inspiraciones divinas y vuestros amigos con palabras espirituales, al punto los mensajeros del demonio zumbaron en los oídos del rey, diciendo: ¿Quieres acaso privarte de tus bienes temporales y de tu honra, y de las almas y de los cuerpos, para que esos aduladores tuyos a quienes amas más que a ti mismo, no puedan prosperar y ser honrados?

 

Y consintiendo el rey con estas ideas, respondió a las inspiraciones de vuestros amigos: Bástame, que yo soy suficiente y muy entendido en cuanto a consejos aun sin vosotros: apartaos, pues, de mí llenos de rubor. Y de este modo el rey, volviéndonos la espalda y el rostro al enemigo, arrojó de sí a vuestros amigos después de infamarlos, llenarlos de injurias y hacerlos objeto de mofa para los amadores del mundo. Entonces dijo en alta voz el demonio: Oh Juez, ya me toca gobernar al rey y darle consejo por medio de mis amigos. Y respondió el Juez: Ve, y en cuanto te es permitido, aflige al rey, porque me ha provocado a indignación contra sí.

 

Transcurridos dos años después de esto, apareció otra vez el Juez, al cual acompañaban el ángel y el demonio, y éste le decía: Oh Juez, sentencia, pues yo proclamaré la justicia; porque tú eres la caridad misma, y por tanto no debes estar en el corazón donde se hallan arraigadas la envidia y la ira. Tú eres la sabiduría misma, y así, no debes estar en el corazón de quien desea atentar contra la vida de los prójimos, contra sus bienes y su honra. Tú eres también la verdad misma, y por consiguiente, no te corresponde morar con el hombre que con juramento ha prometido hacer traición. Y puesto que ese rey te escupe como se escupe lo que es abominable, permíteme molestarlo y oprimirlo, para que se quede todo sin fuerzas, porque tiene por sabios mis consejos y se burla de los tuyos: deseo, pues, pagarle con esta recompensa, porque ha hecho mi voluntad; pero no puedo hacerle nada sin permiso tuyo.

 

Después de esto veíase al Eterno Juez con una maravillosa mudanza, y apareció refulgente como el sol y en el mismo sol leíanse estas palabras: virtud, verdad y justicia. La virtud decía: Yo lo crié todo, sin que precediesen méritos de nadie, y así, soy digno de ser honrado por mi criatura y de no ser menospreciado, soy también digno de alabanza por parte de mis amigos; y por mi caridad debo también ser honrado y temido por mis enemigos, porque los sufro con paciencia, sin que hagan mérito para ello, antes bien, son dignos de condenación. Por tanto, oh demonio, a mí me corresponde juzgarlos a todos según mi justicia, no según tu malicia.

 

En seguida habló la Verdad y dijo: Yo en mi divinidad tomé de la Virgen la humanidad, en la cual hablaba y predicaba a las naciones. También envié el Espíritu Santo a los ápostoles, y hablaba por sus lenguas, como en el día hablo a quien quiero por inspiraciones espirituales. Sepan, pues, mis amigos, que yo mismo que soy la verdad, he enviado mis palabras a un rey, y este las ha menospreciado. Por consiguiente, tú, demonio, oye ahora, pues quiero hablar, para que se sepa si ese rey ha obedecido mis consejos o tus persuasiones.

 

Voy a hablar de los consejos dados a ese rey , repitiendo ahora en pocas palabras lo que antes he dicho con más extensión. Se le aconsejó a ese rey que se guardase de todos los pecados prohibidos por la Iglesia santa, que observara ayunos moderados, que oyera y respondiese a sus súbditos, cuando se quejaran, y estuviese dispuesto a administrar justicia por amor de Dios, y a los pobres que la pidieran, y si tuviese demasiada abstinencia a fin de que por causa de ella no sufriera detrimento la gente de su reino y el gobierno de la républica, ni tampoco incurriese en excesos, a fin de que por causa de estos no se hiciese más remiso para dar audiencia a todos. Aconsejósele también al rey cómo había de servir a Dios y orar, y en qué días y tiempos debería desocuparse para gloria mía y provecho de todo su reino.

 

Se le aconsejó igualmente al rey en qué días había de llevar la corona real para honra de Dios, y que todos sus negocios, los tratase con varones amantes de la verdad y amigos de Dios, y que nunca a sabiendas fuese hollada la verdad ni la ley, ni impusiera a sus pueblos desacostumbradas contribuciones, a no ser para defender el reino y pelear contra infieles. Aconsejósele al rey que tuviese el número de criados y servidores según las rentas del Fisco en su reino y todo lo que sobrara, lo dividiese con los necesitados y con los amigos suyos. Y se le aconsejó, por último, que a los insolentes y necios los amonestara con prudencia, con palabras y con amor, y los corrigiera con vigor, y que amara a los prudentes y adelantados en el amor de Dios; que defendiese a los moradores del reino, distribuyese con discreción sus donativos, no disminuyera ni enajenara nada perteneciente a la corona, administrara recta justicia así a los suyos propios como a los extraños, amara al clero, uniese a sí la milicia por medio del amor y mantuviese en paz todos los pueblos de su reino.

 

Después de estas palabras respondió el demonio al Juez y le dijo: Y yo, por el contrario, le aconsejé al rey hacer a escondidas ciertos pecados que no se atrevía a hacerlos a las claras. Persuadile también a leer por largo espacio de tiempo muchas oraciones y salmos sin atención ni devoción de corazón, a fin de que alucinando así su conciencia y ocupándose de esta suerte, ni oyera las quejas de nadie ni hiciese justicia al injuriado. Persuadile igualmente al rey, a que menospreciando a los buenos varones de su reino, elevara a un hombre sobre todos, lo ensalzara sobre las demás, y de todo corazón lo amara más que a sí mismo, a que aborreciera aun a su propio hijo, a que gravase con exacciones todos los pueblos de su reino, a que matara varios hombres y despojara las iglesias.

 

Persuadile además, a que aparentando justicia, permitiera a cada cual hacer daño a otro, y que a cierto gran príncipe de otro reino, hermano mío ligado con juramento, le vendiese algunas tierras pertenecientes a su corona, a fin de que se suscitasen rebeliones y guerras, a que fuesen atribulados los buenos y justos, a que los malos se hundiesen más profundamente en el infierno, y los que han de purificarse en el purgatorio fueran más afligidos, también a que fuesen violadas las mujeres, robadas en el mar las naves, menospreciados los sacramentos de la Iglesia, continuada con mayor libertinaje la vida lujuriosa, y cumplida libremente mi voluntad. Así, oh Juez, por estos hechos ya consumados por el rey, y por otras muchas culpas, puede saberse y probarse, si ha obedecido a tus consejos o a los míos.

 

Habló después de esto la Justicia y dijo: Puesto que el rey aborreció la virtud y menospreció la verdad, te corresponde aumentarle de tu maldad algo malo, y yo debo por justicia disminuirle algo bueno de las gracias que le he dado. Y respondió el demonio: Yo, oh Juez, aumentaré y multiplicaré al rey mis dones, y en primer lugar le infundiré cierta pereza, para que no considere en su corazón las obras divinas, ni piense en los hechos y ejemplos de tus amigos. Y contestó la Justicia: Yo le disminuiré las inspiraciones de mi Espíritu Santo, y le quitaré los buenos pensamientos y recuerdos que antes tuvo.

 

Y respondió el demonio: Yo le infundiré osadiá para pensar y hacer pecados mortales y veniales sin ningún rubor ni vergüenza. Entonces dijo la Justicia: Yo le disminuiré la razón y el buen juicio, a fin de que no distinga ni discuta el pago y sentencia de los pecados mortales ni de los veniales. Respondió el demonio: Yo le infundiré cierto temor, para que no se atreva a hablar ni a proceder en justicia contra los enemigos de Dios. Dijo la Justicia: Yo le disminuiré la prudencia y la sabiduría en el obrar, de modo que en sus palabras y obras parezca más semejante a un necio y a un truhan, que a un hombre juicioso.

 

Entonces dijo el demonio: Yo le enviaré ansiedades y aflicciones de corazón, porque no prosperará según su deseo. Y dijo la Justicia: Yo le disminuiré los consuelos espirituales que en otro tiempo tuvo en sus oraciones y obras. Respondió el demonio: Yo le daré astucia para pensar ingeniosos recursos, conque envuelva y engañe a los que desea perder. Y dijo la Justicia:

 

Yo le disminuiré el entendimiento hasta el punto de que no mire por su propia honra y comodidad. Y respondió el demonio: Yo le daré tanta altanería mental, que hasta ha de alegrarse en su ignominia, en su daño y en el peligro de su alma, con tal que pueda prosperar temporalmente según desea. Dijo la Justicia: Yo le disminuiré la premeditación y asiento que en sus palabras y actos acostumbran a tener las personas juiciosas.

 

Entonces respondió el demonio: Yo le daré osadía mujeril, temor indecoroso y ademanes de tal suerte, que más se parezca a un cómico que a un rey coronado. Y dijo la Justicia: Digno es de ser juzgado el que se aparta de Dios, pues debe ser menospreciado por sus amigos, aborrecido de todo su pueblo, y desechado por los enemigos de Dios, porque abusó de los dones del amor divino, así espirituales como temporales.

 

Otra vez habló la Verdad y dijo: Estas cosas que se han manifestado, no lo son a causa de méritos del rey, cuya alma todavia no ha sido juzgada, aunque lo será en el último punto de su llamamiento.

 

Después vi que aquellas tres cosas, la virtud, la verdad y la justicia, eran idénticas al Juez que antes estaba hablando, y entonces oí una voz como de pregonero, la cual decía: Vosotros, cielos todos con todos los planetas, guardad silencio; y todos los demonios que estáis en las tinieblas, escuchad; y vosotros todos los demás que estáis en las osbcuridades, oíd, que el sumo Emperador se propone oir los juicios sobre los príncipes de la tierra. Y al punto aquellas cosas que vi, no eran corporales sino espirituales, y mis ojos espirituales se abrieron para oir y ver. Y entonces vi venir a Abraham con todos los santos nacidos de su generación, y vinieron todos los Patriartas y Profetas.

 

Vi después a los cuatro Evangelistas, cuya forma era semajante a los cuatro animales como se pintan en el mundo, los cuales sin embargo aparecían vivos y no muertos. Vi enseguida doce asientos, y en ellos a los doce Apóstoles, esperando el poder que iba a llegar. Venían después Adán y Eva con los mártires, confesores y demás santos descendientes de ellos: pero aun no se veía la persona de Jesucristo, ni a su bendita Madre, aunque todos estaban esperando que viniesen. Veíanse también la tierra y el agua elevarse hasta los cielos, y todas las cosas que en ellas había se humillaban e inclinábanse con reverencia al poder.

 

Vi después un altar que en el asiento de la majestad estaba, y un cáliz con vino y agua, y pan a semejanza de la hostia que se ofrece en nuestros altares. Y entonces vi que en una iglesia del mundo, cierto sacerdote comenzaba una misa revestido con el traje sacerdotal, el cual después de concluir todo lo perteneciente a la misa, antes de llegar a las palabras con que se bendecía el pan, vi como que el sol y la luna, las estrellas con todos los planetas, y todos los cielos con su cursos y movimientos, alternando las voces resonaban con dulcísima entonación, y oíase todo el canto y armonía. Veíanse también innumerables clases de músicos, cuyo dulcísimo sonido es imposible al sentido comprenderlo ni explicarlo. Los que estaban en la luz, miraban al sacedote e inclinábanse ante el poder con honra y reverencia; y los que estaban en las tinieblas, espantábanse y temían. Cuando el sacerdote hubo pronunciado sobre el pan las palabras de Dios, parecíame que el mismo pan estaba en el asiento de la majestad en las tres figuras, permaneciendo no obstante en manos del sacerdote. Y este mismo pan se convertía en un cordero vivo, en el cual aparecía el rostro de un hombre, y dentro y fuera del cordero y del rostro veíase una llama ardiente. Fijaba yo la vista con atención, y mirando el rostro, veía en él al cordero; y mirando al cordero, veía en él el mismo rostro, y la Virgen estaba sentada con el cordero coronado, y servíanles todos los ángeles, los cuales eran en tan gran muchedumbre como los átomos del sol, y del cordero salía un resplandor maravilloso.

 

Era también tan grande la muchedumbre de las almas santas, que mi vista no podía abarcar su longitud, su latitud ni su profundidad; y vi también muchos tronos vacíos, que todavía han de llenarse para honra de Dios. Oí entonces una voz venida de la tierra y salida de infinitos millares de seres que clamaban y decían: Oh Señor Dios, Juez justo, juzgad a nuestros reyes y príncipes, mirad el derramamiento de nuestra sangre, y las angustias y lágrimas de nuestras mujeres e hijos. Ved nuestra hambre y desventura, nuestras heridas y nuestro cautiverio, ved los incendios de nuestras casas, las violencias y atropello de las doncellas y de las mujeres. Mirad los desacatos de las iglesias y de todo el clero, y ved las engañadoras promesas de los príncipes y de los reyes, las traiciones y los impuestos que exigen con ira y violencia, porque no se cuidan de los muchos millares de seres que mueren, con tal de que puedan ensanchar su soberbia.

 

Clamaban después del infierno infinitos millares de espíritus, y decían: Oh Juez, sabemos que eres Creador de todas las cosas. Juzga, pues, a los señores a quienes servimos en la tierra, porque nos han sumergido más profundamente en el infierno. Y aunque te deseamos el mal, no obstante, la justicia nos obliga a decir la verdad. Esos nuestros señores temporales nos amaron sin amor de Dios, porque no se cuidaron de nuestras almas más que de los perros, y les fué indiferente el que te amáramos o no a ti, que eres Dios Creador de todas las cosas, y solamente deseaban ser amados y servidos por nosotros. Son, pues, indignos del cielo, porque no se cuidan de ti, y dignos del infierno, porque nos perdieron, a no ser que los socorra tu gracia, y de consiguiente, desearíamos padecer aún mucho más de lo que padecemos, con tal de que nunca tuviera fin la pena de ellos.

 

En seguida los que estaban en el purgatorio, hablando por semejanzas, decían: Oh Juez, nosotros merecimos ser enviados al purgatorio por la contrición y buena voluntad que al final de la vida tuvimos; y por tanto, nos quejamos de los señores que todavía viven en la tierra, porque éstos debieron habernos dirigido y amonestado con palabras y correcciones, y habernos enseñado con saludables consejos y ejemplos; pero más bien nos impelían y provocaban a las malas obras y a los pecados; y así, por causa de ellos es ahora más grave nuestra pena, más larga su duración, y mayor la aflicción y la ignominia.

 

Habló después Abraham juntamente con todos los patriarcas, y dijo: Oh Señor, lo que más deseábamos nosotros era que vuestro Hijo naciese de nuestra progenie, el cual ahora es menospreciado por los príncipes de la tierra; por consiguiente, pedimos justicia contra ellos, porque ni miran vuestra misericordia, ni temen vuestro juicio. Hablaron entonces los profetas, y dijeron:

 

Nosotros profetizamos la venida del hijo de Dios, y dijimos que era menester que para libertar el pueblo naciese de una Virgen, fuese entregado, preso, azotado, coronado de espinas, y por último, muriese en una cruz, a fin de que se abriera el cielo y se borrara el pecado. Y puesto que ya se ha cumplido lo que dijimos, pedimos justicia contra los príncipes de la tierra que menosprecían a vuestro Hijo, el cual, por amor murió por ellos. Los evangelistas dijeron también entonces: Nosotros somos testigos de que vuestro Hijo cumplió en sí mismo todo lo que había sido anunciado. Los apóstoles decían igualmente: Nosotros somos jueces; por lo que nos corresponde sentenciar según la verdad; y así, a los que menosprecian el Cuerpo de Dios y sus mandamientos, los condenamos a la perdición eterna.

 

Después de esto, la Virgen que estaba sentada con el cordero, dijo: Oh dulcísimo Señor, tened misericordia de ellos. A lo cual respondió el Juez: No es justo negarte nada, pues los que dejaren de pecar e hicieren con digna penitencia, hallarán misericordia y apartaré de ellos mi juicio.

 

Vi enseguida, que aquel rostro que se veía en el cordero hablaba al rey y le decía: Yo hice contigo una gran misericordia, pues te manifesté mi voluntad, cómo te habías de dirigir en tu gobierno, y cómo te gobernarías a ti mismo con rectitud y prudencia. Te acariciaba también como una madre con dulces palabras de amor, y cual padre piadoso te amedrenté con amonestaciones. Pero, obedeciendo tú al demonio, me arrojaste de ti, como la madre que arroja al hijo abortivo, a quien no se digna tocar, ni acercarle al corazón ni a sus pechos. Por tanto, se te quitará todo el bien que se te ha prometido, y se le dará a un descendiente tuyo.

 

Hablóme después la Virgen que estaba sentada con el cordero, y me dijo: Quiero manifestarte cómo se te ha dado la inteligencia de estas visiones espirituales. Los santos de Dios recibieron de diferentes maneras el Espíritu Santo. Unos sabían anticipadamente el tiempo en que habían de acontecer aquellas cosas que se les mostraban, como fueron los profetas; otros santos sabían en espíritu lo que habían de responder a las personas que vinieran a ellos, cuando les preguntasen algo; estos otros sabían si estaban vivos o muertos los que residían muy lejos de ellos; y aquellos otros santos conocían también el resultado y término que podría tener cualquiera guerra, antes de entrar en ella los combatientes.

 

Mas a ti no te es lícito saber nada, más que oir y ver las cosas espirituales, y escribir lo que ves y decirlo a las personas a quienes se te manda. Ni tampoco te es permitido saber si están vivos o muertos a los que se te manda escribir; ni si obedecerán o no los consejos que les escribas, o la visión espiritual que por causa de ellos se te manifesta. Pero aunque ese rey haya menospreciado mis palabras, otro vendrá que las ha de recibir con honra y reverencia, y se valdrá de ellas para su salvación.

 

 

La santísima Virgen da a conocer tres clases de vicios por los que Dios afligía mucho a cierto reino, y cómo deban repararse.

 

                   Capítulo 12

 

Por tres pecados viene el castigo al reino, dice la Madre de Dios a santa Brígida; por la soberbia, por la incontinencia y por la codicia. Y así, Dios puede aplacarse con tres cosas, para que se abrevie el tiempo del castigo. La primera es, que todos tengan verdadera humildad en los vestidos, los cuales no deben ser demasiado largos a estilo de los de las mujeres, ni muy cortos como los de los bufones, ni muy costosos, vanos e inútiles, que hayan de abrirse o rasgarse, porque todo esto desagrada a Dios.

 

Los cuerpos también deben llevarlos tan honestos, que ni por ostentación aparezcan más voluminosos de lo que Dios los ha criado, ni más cortos o más delgados por medio de ligaduras o ataduras y otros artificios, sino que todo sea para provecho y honra de Dios. También las mujeres deben dejar los vestidos ostentosos que han adoptado por soberbia y vanagloria, porque a las mujeres que desprecian las antiguas y loables costumbres de su patria, les ha sugerido el demonio nuevos abusos y adornos indecentes en la cabeza, en los pies y en todo su cuerpo, para excitar la lujuria e irritar a Dios.

 

Lo segundo es, que den limosna con ánimo alegre. Lo tercero es, que cada sacerdote de las parroquias una vez al mes por un año entero celebren la misa de la Santísima Trinidad, a cuya misa deben concurrir todos sus feligreses confesados y contritos, y aquel dia han de ayunar, orando y pidiendo con fervor, que les sean perdonados sus pecados y que se aplaque la ira de Dios. También los obispos durante este tiempo deben hacer todos los meses por sí mismos o por otros procesiones solemnes en sus iglesias catedrales, celebrando también misa de la Santísima Trinidad.

Autora: Santa Brígida de Suecia

Transcrito por: Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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