Lunes, 17 de mayo de 2010
NUESTRA SEÑORA DEL VALLE DE CATAMARCA - APARICIONES Y DEVOCIONES MARIANAS

Provincia de Catamarca, al Noroeste de la Argentina. Entre los años de 1619 y 1620 fue hallada una pequeña imagen de la Virgen en una gruta oculta en el monte agreste. El misterio rodeópor siglos  la existencia de esa imagen, que era venerada en secreto por los nativos del lugar. ¿Como llegó alli? Nunca se supo.

Este descubrimiento, al impulso de los milagros sorprendentes que se produjeron a partir de la veneración a la Madre del Verbo, suscitó el desarrollo de una advocación que perdura a través de los siglos. Hoy en día, Nuestra Señora del Valle de Catamarca configura un foco de atención de la fe del pueblo Argentino, que junto a la Virgencita de Luján y la Virgen de Itatí, hacen un conjunto que envuelve y enriquece la tradición Mariana de este pueblo.

La Argentina fue fundada desde el norte hacia el sur (partiendo desde el alto PerúGui?o, y es por eso que Catamarca fue una zona rica en tradición hispánica desde temprana época. La difícil convivencia del español con los naturales del lugar (Calchaquíes fundamentalmente) hizo que nuestra Madre Celestial decidiera tender un puente entre los pueblos, como lo hizo en Guadalupe y en tantos otros lugares de América.

Dios siempre pone en el camino de los hombres a Su Madre, para que sea Ella la que guíe a sus rebeldes hijos. Y es desde Ella que nacen las más profundas expresiones de amor a Jesús, de devoción popular que dura por siglos y siglos ¡Ese es el mayor signo que caracteriza su Presencia!

Ella fue Madre de las históricas comarcas de San Fernando del Valle de Catamarca, cuando comenzó a brillar sobre las mismas la feliz aurora del cristianismo, y más tarde en bello florecer de sus virtudes de las que hoy hace gala el noroeste de la Argentina. María fue Madre en su vida eclesial, desde el primer bautizado, desde el primer sacerdote nativo, e ilustres Obispos que por su actuación se destacaron valientemente en las páginas de la Historia Nacional.

Volviendo los ojos a nuestra amada Mamá, pocas veces se escribió sobre Ella algo tan bello y profundo como este texto que les proponemos, obra del Poeta Don Juan Oscar Ponferrada, que transcribimos de su libro "Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle", publicado en 1941:

Con motivo de sus tradicionales "fiestas de diciembre" y las conmemorativas de la Coronación, que se viven por lo general en el mes de abril, de todos los ámbitos de la Patria acuden sus hijos y forman muchedumbre ante sus plantas de Reina y Madre siempre buscada.

Muchos llegan a su presencia; unos con el sabor amargo de sus lágrimas, otros con el pesado ropaje de sus dolores; pero todos animados con la esperanza de obtener su intercesión materna ante su Hijo Divino, para la solución de sus problemas.

Como a Madre le traen la dificultad de sus trabajos y lágrimas, porque Ella sabe comprenderlas. Al pie de la Cruz, sufrió con ternura infinita, y sus lágrimas silenciosas ante la Divina Voluntad, unidas al dolor de su Jesús moribundo regeneran las nuestras, a menudo egoístas y por su calidad de humanas siempre débiles y disconformes.

Ella convierte el pesar y la angustia de sus hijos mediante la fuerza de la resignación cristiana, en piedras preciosas de valor sobrenatural. Como en el trabajoso caminar en nuestra vida hay tantas espinas camino a la meta, Ella enseña a recogerlas, aceptarlas y bendecirlas con valor y ánimo esperanzado.

Ante sus plantas maternales y benditas se depositan insistentemente, afanes y esperanzas, en la seguridad de que cristalizarán en luminosas realidades a la súplica de su intercesión que hace obrar milagros. Si para escribir su portentosa y larga historia, tuviéramos que usar como letras los corazones de los devotos que de Ella recibieron protección y socorro, tantos serían que de seguro saldría una interminable narración.

Como Madre de Dios y de los hombres, en sus múltiples advocaciones, pasea sus plantas por el universo entero prodigando bondades. Pero con singular gracia y exquisita fineza las prodigó y las prodiga en este Valle de Catamarca, y los frutos son de vida espiritual y material lozanos y prometedores.

La serie ininterrumpida de sus portentos va ornando de luz y de fe los siglos que transcurren, desde que quiso entrar y vivir en nuestro Valle con el título de Madre.

Lo que pasamos a narrar, luego de cuidadosa información documental, aconteció entre 1619 a 1620. Corrían las horas de un avanzado atardecer que caía apacible sobre las lomadas de Choya.

Un indio, de los jornalizados, al servicio del vizcaíno Don Manuel de Salazar, Comisario de los Nativos y Juez para los españoles, andaba por aquellos ásperos parajes, recogiendo alguna majada para llevarla de vuelta a los corrales, para librar a las cabras u ovejas del puma hambriento o de zorros que atacaban a las crías pequeñas.

Cuando en el silencio de la tarde, el indio percibe voces apagadas y un rumor de pisadas en la arena movediza y cálida de la estrecha quebrada que corría en la hondonada. El instinto de su raza lo impulsa y se oculta atisbando entre "tuscas" y punzantes “chaguares". En verdad que era incómodo el improvisado escondite; pero no le importaba pues la posición satisfacía el de espiar sin ser descubierto.

Allí espera con paciencia hasta que ve aproximarse y luego pasar un reducido grupo de indiecitas. Caminaban recelosas como temiendo que alguien las sorprendiera. Iban conversando y el rumor bajo y cadencioso de sus voces, mitad kakan, mitad castellano se mezclaba con el susurro del viento. El indio no pudo comprender lo que decían pero algo muy importante las llevaba por aquellos lugares. A las últimas luces del día, vio que llevaban lamparillas listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes flores de la montaña.

En aquellas horas le fue imposible ver más y tampoco quiso seguirlas; pero su espíritu se turbó. Sin saber porqué, con una gran curiosidad, no sabía explicarse lo qué sentía. Luego emprendió el regreso a los ranchos de Choya a donde fuera enviado por su señor desde el pueblo de Motimo (hoy San Isidro) lugar en que habitualmente residía el Administrador del Valle.

Al despuntar el alba del día siguiente, retornó a sus tareas y lo visto la tarde anterior volvió a preocuparlo por lo que regresó afanoso hacia aquellos parajes. Pronto dio con las huellas. Unas pocas, frescas; las más, ya de cierto tiempo. La pericia que caracterizaba a estos hombres en el arte de rastrear, le facilitó seguirlas sin desviarse un ápice. Mientras recorría el sendero, silencioso y tenaz en su empeño, iba comprendiendo que ese camino era muy transitado.

Contando desde el pueblo de Choya, habría caminado unos cinco kilómetros, remontó la quebrada como unas quince cuadras, cuando de pronto apareció, en una pendiente muy inclinada y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra bastante disimulado entre garabatos y chaguares pero al que podía llegar con relativa facilidad. Hacía aquel lugar se dirigía el frecuentado sendero. Lleno de asombro continuó investigando y vio cómo, al pie del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta espacios bien talados donde evidentemente habían encendido fogatas e incluso bailado sus hermanos las tradicionales danzas tribales. Por otras cuidadosas observaciones vio rústicos asientos, restos de pequeños "fogones" y llegó a la conclusión de que la mayoría de sus hermanos choyanos acostumbraban reunirse en aquel lugar de modo un tanto secreto.

(Continuará...)

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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