Jueves, 13 de mayo de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - SOBRE LA ORDEN FRANCISCANA Y DEL NACIMIENTO DEL SALVADOR

Aqui os traigo los CAPITULOS del 7 AL 11 del SEPTIMO libro de Santa Brígida de Suecia en la que Jesús encomía la Orden Franciscana y la Virgen habla sobre el nacimiento y algunas cosas del nacimiento de nuestro Señor en Belen. EL AUTOR DEL BLOG.

Jesucristo encomia la religión de los franciscanos.

 

                   Capítulo 11

 

Infinita acción de gracias y rendido homenaje, honra y alabanza sean dadas a Dios en su poder y majestad eterna, el cual es un solo Dios en tres personas, a cuya inmensa bondad agradó que su dignísima humanidad hablara a una persona que estaba en oración, y le dijese así: Oye tú, a quien es dado oir y ver espiritualmente, conserva con cuidado en tu memoria estas palabras mías.

 

Hubo un hombre llamdo Francisco, que cuando se apartó de la soberbia y ambición del mundo y del vicioso deleite de la carne para emprender la vida espiritual de perfección y penitencia, obtuvo verdadera contrición de todos sus pecados y perfecto deseo de enmendarse, diciendo: Nada hay en el mundo que no quiera yo dejar de buena gana por amor y honra de mi Señor Jesucristo; ni nada tampoco hay tan duro en esta vida, que no quiera yo sufrir de buena voluntad por amor suyo, trabajando por su honra todo lo que pudiere según mis fuerzas de cuerpo y alma, y a todos cuantos yo pueda, quiero también estimularlos a lo mismo, y darles ánimo, para que de todo corazón amen a Dios sobre todas las cosas.

 

La regla que comenzó a observar este amigo mío Francisco, no fué dictada ni compuesta por su humano entendimiento y prudencia, sino por mí, según mi voluntad, de modo que cada palabra escrita en ella le fué inspirada por mi espíritu, y después él mismo presentó y comunicó a otros aquella regla. Igualmente acontece con las demás reglas que establecieron otros amigos míos, y las guardaron y observaron ellos mismos, y las enseñaron con esmero y las propagaron a otros, las cuales no fueron dictadas ni compuestas por el entendimiento y humana sabiduría de ellos, sino por inspiración del mismo Espíritu Santo.

 

 

Muy tierna revelación en la que la Virgen María describe a santa Brígida el nacimiento de su divino Hijo en Belén.

 

                   Capítulo 12

 

Estaba yo en Belén, dice la Santa, junto al pesebre del Señor, y vi una Virgen encinta muy hermosa, vestida con un manto blanco y una túnica delgada, que estaba ya próxima a dar a luz. Había allí con ella un rectadísimo anciano, y los dos tenían un buey y un asno, los que después de entrar en la cueva, los ató al pesebre aquel anciano, y salió fuera y trajo a la Virgen una cadela encendida, la fijó en la pared y se salió fuera para no estar presente al parto.

 

La Virgen se descalzó, se quitó el manto blanco con que estaba cubierta y el velo que en la cabeza llevaba, y los puso a su lado, quedándose solamente con la túnica puesta y los cabellos tendidos por la espalda, hermosos como el oro. Sacó en seguida dos paños de lino y otros dos de lana muy limpios y finos, que consigo llevaba para envolver al Niño que había de nacer, y sacó otros dos pañitos del lienzo para cubrirle y abrigarle la cabeza al mismo Niño, y todos los puso a su lado para valerse de ellos a su debido tiempo.

 

Hallábase todo preparado de este modo, cuando se arrodilló con gran reverencia la Virgen y se puso a orar con la espalda vuelta hacia el pesebre y la cara levantada al cielo hacia el oriente. Alzadas las manos y fijos los ojos en el cielo, hallábase como suspensa en éxtasis de contemplación y embriagada con la dulzura divina; y estando así la Virgen en oración, vi moverse al que yacía en su vientre, y en un abrir y cerrar los ojos dió a luz a su Hijo, del cual salía tan inefable luz y tanto esplendor, que no podía compararse con el sol, ni la luz aquella que había puesto el anciano daba claridad alguna, porque aquel esplendor divino ofuscaba completamente el esplendor material de toda otra luz.

 

Al punto vi a aquel glorioso Niño que estaba en la tierra desnudo y muy resplandeciente, cuyas carnes estaban limpísimas y sin la menor suciedad e inmundicia. Oí también entonces los cánticos de los ángeles de admirable suavidad y de gran dulzura.

 

Así que la Virgen conoció que había nacido el Salvador, inclinó al instante la cabeza, y juntando las manos adoró al Niño con sumo decoro y reverencia, y le dijo: Bien venido seas, mi Dios, mi Señor y mi Hijo. Entonces llorando el Niño y trémulo con el frío y con la dureza del pavimento donde estaba, se revolvía un poco y extendía los bracitos, procurando encontrar el refrigerio y apoyo de la Madre, la cual en seguida lo tómo en sus manos y lo estrechó contra su pecho, y con su mejilla y pecho lo calentaba con suma y tierna compasión; y sentándose en el suelo puso al Hijo en su regazo, y comenzó a envolverlo cuidadosamente, primero en los paños de lino, y después en los de lana, y sujetando el cuerpecito, piernas y brazos con la faja, que por cuatro partes estaba cosida en el paño de lana que quedaba encima. Puso después en la cabeza del Niño y los dejó atados aquellos dos pañitos de lino que para esto llevaba. Después de todo entró el anciano, y postrándose en tierra delante del Niño, lo adoró de rodillas y lloraba de alegría.

 

La Virgen no tuvo mudado el color durante el parto, ni sintió dolencia alguna, ni le faltó nada la fuerza corporal, según suele acontecer con las demás mujeres, sino que permaneció como embriagada de amor; y en este deliciosísimo arrobamiento quedó, sin darse cuenta, en el mismo estado de conformación de su cuerpo, en que se hallaba antes de llevar en su purísimo seno al Hijo que acababa de nacer. Levantóse en seguida la Virgen, llévando en sus brazos al Niño, y ambos, esto es, ella y José, lo pusieron en el pesebre, e hincados de rodillas, lo adoraban con inmensa alegría y gozo.

 

 

Revelación hecha también en Belén a la Santa sobre el mismo nacimiento del Señor.

 

                   Capítulo 13

 

Por segunda vez se me apareció después la Virgen María en el mismo paraje, y me dijo: Hija mía, mucho tiempo hace que te había prometido en Roma, que te manifestaría aquí la manera cómo fué mi parto. Y aunque sobre el mismo particular te mostré algo en Nápoles, esto es, cómo estaba yo cuando di a luz a mi Hijo, has de tener sin embargo por muy cierto, que estuve como ahora has visto, dobladas las rodillas y orando sola en el establo.

 

Lo di, pues, a luz con tanto gozo y alegría de mi alma, que cuando salió él de mi cuerpo no sentí molestia ni dolor alguno. Y al ver esto José, se maravilló con sumo gozo y alegría; y como la gran muchedumbre de gente que a Belén había acudido estaba ocupada en distribuirse, atendía a esto sólo, y no podían divulgarse entre ella las maravillas de Dios. Pero has de tener por cierto, que aun cuando algunos malos hombres según su humano sentir, se empeñen en afirmar que mi Hijo nació del modo común, la verdad, sin la menor duda, es que nació como ahora te he dicho, y como tú acabas de ver.

 

 

Prosigue la muy dulce historia del nacimiento del Salvador, y cómo la adoraron los pastores.

 

                   Capítulo 14

 

Vi también en el mismo paraje, dice santa Brígida, mientras la Virgen María y san José estaban en el pesebre adorando al Niño, que los pastores y guardas de los ganados vinieron entonces a ver y adorar el recién nacido. Y habiéndolo visto, lo adoraron al punto con gran júbilo y reverencia, y volviéronse después alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído.

 

 

Sigue la misma dulcísima historia con la adoración de los Reyes.

 

                   Capítulo 15

 

También me dijo la misma Madre del Señor: Has de saber, hija mía, que cuando vinieron al pesebre los tres reyes Magos para adorar a mi Hijo, ya yo sabía con anticipación su venida; y cuando entraron y lo adoraron, saltó de gozo mi Hijo, y con esta alegría tenía el semblante más alegre. Yo también estaba muy contenta y me alegraba en mi alma con admirable gozo de júbilo, observando todas las palabras y acciones, y conservándolas y meditándolas en mi corazón.

 

 

La santísima Virgen dice a santa Brígida cuánto la Señora y su divino Hijo eran humildes mientras vivían sobre la tierra, y se digna añadirle que no son menos humildes y apacibles ahora que están en el cíelo. Es revelación que llena el alma de consuelo y confianza.

 

                   Capítulo 16

 

La misma humildad, dice la Virgen a la Santa, tiene ahora mi Hijo, sentado a la diestra de su divino Padre, que tuvo cuando se hallaba reclinado en el pesebre y estaba entre dos animales; y aunque todo lo sabía según la divinidad, nada hablaba sin embargo según la humanidad. Igualmente ahora que está sentado a la diestra del Padre, oye a todos los que con amor le hablan, y les responde por medio de las inspiraciones del Espíritu Santo, a unos con palabras y pensamientos, a otros les habla como de boca a boca, según la place.

 

De la misma manera yo, su Madre, soy ahora tan humilde en mi cuerpo, que está sublimado sobre todas las cosas criadas, como lo fuí entonces cuando me desposé con José. No obstante, has de saber por muy cierto, que José antes de desposarse conmigo comprendió por el Espíritu Santo, que yo había ofrecido a Dios mi virginidad y ser inmaculada en pensamientos, palabras y obras, y se desposó conmigo con intención de servirme, teniéndome por señora más que por esposa.

 

Yo también supe de positivo por el Espíritu Santo, que había de permanecer ilesa mi perpetua virginidad, aunque por oculta disposición de Dios me desposaba con un varón. Mas después que di mi consentimiento al mensajero de Dios, viéndome José encinta por virtud del Espíritu Santo, se asustó mucho, no porque sospechara de mí nada malo, sino que acordándose de los dichos de los Profetas, que anunciaban que el Hijo de Dios nacería de una Virgen, se consideraba él indigno de servir a semejante Madre, hasta que el ángel le mandó en sueños que no temiese, sino que con amor me sirviera.

 

En cuanto a las riquezas, José y yo no nos reservamos nada, sino lo necesario para la vida, en honra de Dios, y lo demás lo dimos por amor del Señor. Al acercarse la hora del nacimiento de mi Hijo, del cual tuve perfecto conocimiento, fuí a Belén, según lo tenía Dios dispuesto, llevando conmigo una envoltura muy limpia de paños para mi Hijo, los que nunca había nadie usado antes, y en los cuales lo envolví, cuando nació de mí con tanta pureza. Y aunque desde la eternidad me hallaba predestinada para colocarme en sublimísimo asiento y dignidad sobre todas las criaturas y sobre todos los hombres, sin embargo, por mi humildad no me desdeñaba de preparar y servir lo que era necesario para José y para mí misma.

 

También mi Hijo se hallaba igualmente sometido a José y a mí. Y como yo en el mundo fuí humilde y conocida solamente de Dios y de José, de la misma manera soy ahora humilde sentada en sublimísimo trono, y dispuesta a presentar a Dios las oraciones razonables de todos los fieles. Pero a unos les respondo por medio de inspiraciones divinas, y a otros les hablo de un modo más secreto, según es voluntad de Dios.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
Publicado por jose
Jueves, 28 de abril de 2011 | 16:27

hola, me interesa saber sobre las profesias llamado "el discipulo" de hermosillo sonora mexico y de las tres zonas de recuperacion y brigada..gracias por tener estos luigares de reflexion.....mi [email protected]

 
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