Martes, 11 de mayo de 2010
LAS PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - LIBRO 7: CAPITULOS 7 AL 10

Bueno ya casi finalizando estas fabulosas visiones que a nadie deja indiferente. EL AUTOR DEL BLOG.

Ordena el Señor a santa Brígida que por temor a los sarracenos no haga variación en los vestidos, sino que se entregue a su voluntad.

 

                   Capítulo 7

 

Aconsejaron algunos a santa Brígida que a causa de los sarracenos mudara de vestidos y se pusiera ennegrecido el rostro, y acerca de esto le dice Jesucristo:

¿Qué es lo que te han aconsejado? ¿No es que te disfraces los vestidos y ennegrezcas tu rostro? Yo, Dios, que te gobierno, ¿soy acaso como quien ignora lo futuro, ó como el impotente, que de todo se asusta? De ninguna manera. Yo soy la sabiduría misma, el poder mismo, y todo lo tengo previsto y todo lo puedo. Por consiguiente, no hagáis variación en los vestidos ni en el rostro, y entregadme a mí vuestra voluntad. Yo, que conservé pura a Sara entre las manos de los que la tuvieron cautiva, os guardaré a vosotros así en el mar como en la tierra, y miraré por vosotros según os conviene.

 

 

Desde la caída de Adán están en oposición, Dios, para que el bombre haga la divina voluntad, y el demonio, para que siga sus diabólicos deseos.

 

                   Capítulo 8

 

Yo soy Dios Creador de todas las cosas, dice el Señor a la Santa. Yo concedí el libre albedrío a los ángeles y a los hombres, a fin de que los que quisieran hacer mi voluntad permaneciesen eternamente conmigo, y los que opinasen lo contrario, fueran separados de mí; y por esto algunos ángeles se hicieron demonios, porque no quisieron amarme ni obedecerme. Después que crié al hombre, viendo el demonio el amor que yo a este hombre le tenía, no solamente se hizo enemigo mío, sino que movió guerra contra mí, incitando a Adán a que desobedeciera mis mandamientos, y entonces por mi justicia y permitiéndolo y prevaleció el demonio, y desde aquel tiempo discordamos y estamos en oposición yo y el demonio, porque yo quiero que el hombre viva para hacer mi voluntad, y el demonio se empeña en que el hombre siga sus diabólicos deseos.

 

Así, pues, desde el instante en que con la sangre de mi corazón abrí el cielo, quedó privado el demonio de la justicia que parecía tener, y las almas que eran dignas, fueron salvas y libres. Entonces también se estableció la ley, para que fuese muy fácil al hombre seguirme a mí, su Dios, a fin de alcanzar la corona perpetua; mas si siguiera los deseos del demonio, sufrirá el suplicio sempiterno. De esta suerte luchamos yo y el demonio, buscando las almas como los esposos a sus esposas. Yo deseo las almas para darles el gozo y la honra eterna, y el demonio las quiere para darles el eterno horror y tormento.

 

 

Favorable sentencia dada por Jesucristo a Carlos, hijo de santa Brígida, por quien abogaban en el juicio de Dios su ángel de guarda y la santísima Virgen, y contra quien el demonio oponía gravísimos cargos. Léase con devoción.

 

                   Capítulo 9

 

Voy a manifestarte, dice a santa Brígida la santísima Virgen, lo que hice con el alma de tu hijo Carlos cuando se apartaba del cuerpo. Hijo lo que una mujer al asistir a otra que está de parto, que la ayuda a fin de que no muera en el parto ni el niño sea ahogado al nacer, y cuida además de que no puedan matar al niño los enemigos de éste que existen en la misma casa. De igual modo obré yo, pues estuvo junto a tu hijo Carlos desde antes de expirar, a fin de que no tuviese en su memoria el amor carnal, de suerte que por él pensara o hablase algo contrario a Dios, ni omitiese algo agradable al Señor, ni en menoscabo de su alma quisiera de modo alguno hacer algo que pudiera ser contrario a la voluntad divina. También en el duro trance de salir del cuerpo su alma lo ayudé, a fin de que no padeciese tan grave pena al morir, que por ella pudiera hacerse inconstante, desesperando en algún modo, y para que en la muerte no se olvidase de Dios.

 

Igualmente custodié su alma de tal manera de sus mortales enemigos, esto es, de los demonios, que ninguno de ellos pudiera tocarla, sino que al punto que salió del cuerpo, la recibí bajo mi custodia y defensa; de tal modo que al instante echó a huir y se retiró la gran turba de demonios, que por su malicia deseaban tragársela y atormentarla eternamente. Pero cómo después del fallecimiento de tu hijo Carlos fué juzgada su alma, se te manifestará del todo cuando de mi agrado fuere.

 

SEGUNDA REVELACIÓN SOBRE LA MISMA MATERIA.

 

A los pocos días aparecióse la bienaventurada Virgen a santa Brígida, que velaba en oración, y le dijo: Ya por la bondad de Dios te es lícito ver y oir cómo tuvo lugar el juicio de la referida alma; y lo que entonces aconteció en un momento delante de la incomprensible majestad de Dios, se te manifestará detenidamente con intervalos y semejanzas corporales, para que tu entendimiento pueda comprenderlo.

 

En aquella misma hora, arrebatada en espíritu santa Brígida, se halló en un grande y hermoso palacio y vió a nuestro Señor Jesucristo sentado en un trono como Emperador coronado, acompañado de un ejercitó de infinito número de ángeles y santos, y junto a El veíase a su dignísima Madre, que estaba de pie y atendiendo mucho al juicio de que se trataba. Delante del Juez veíase también cierta alma que estaba con gran miedo y terror, desnuda como un niño recién nacido y caso del todo ciega, de modo que nada veía en su conciencia, aunque entendía lo que se hablaba y hacía en el palacio.

 

Al lado derecho del Juez y junto al alma estaba un ángel, y a la izquierda un demonio, pero ninguno de ellos palpaba o tocaba el alma. Entonces rompió el silencio el demonio y dijo: Oye, poderosísimo Juez. Me querello en tu presencia de que una mujer que es al mismo tiempo Señora mía y Madre tuya, y a la cual amas tanto, que la has hecho poderoso en el cielo y en la tierra, y sobre nosotros los demonios infernales, haya hecho conmigo una injusticia tocante a esta alma que se halla presente. Porque según justicia, así que esa alma salió del cuerpo, debí apoderarme de ella y presentarla ante tu juicio en mi compañia. Pero justo Juez, esa mujer, Madre tuya, cogiéndola en sus manos casi aun antes que saliese del cuerpo del hombre, la presentó a tu juicio protegida por su robusta tutela.

 

Entonces respondió la Virgen María, Madre de Dios: Oye mi respuesta, enemigo de todo bien; cuando fuiste creado, conocías esa justicia que existía en Dios desde la eternidad y sin principio; tuviste también el libre albedrío para hacer lo que más te agradara, y aunque escogiste aborrecer a Dios más bien que amarlo, no por eso dejas de comprender bien lo que con arreglo a justicia deba hacerse.

 

Te digo, pues, que a mí más bien que a ti me correspondía presentar esta alma ante Dios, verdadero Juez; porque mientras esta alma estuvo en el cuerpo, me amó mucho, recapacitando con mucha frecuencia en su mente, que Dios se dignó escogerme por Madre suya, y quiso exaltarme en sublime grado sobre todas las cosas criadas; y por esto empezó esa alma a amar a Dios con tanto amor, que en su corazón decía así: Me alegro tanto de que Dios ame sobre todas las cosas a la Virgen María su Madre, que no hay en el mundo criatura alguna ni placer corporal que recibiera yo en trueque de este gozo, y aun lo preferiría a todos los deleites de la tierra; y si posible fuera que en el más leve ápice pudiera descender de la dignidad en que se halla colocada por Dios, a trueque de que no fuese así, más bien elegiría yo ser atormentado eternamente en lo profundo del infierno.

 

Por tanto, sean dadas a Dios infinitas acciones de gracia y gloria sempiterna, por esa bendita gracia e inmensa gloria que ha dado a sus dignísima Madre. Mira ahora, oh demonio, con qué voluntad murió éste, y qué te parece, si era más justo que antes del juicio de Dios estuviese bajo mi custodía su alma, o cayera en tus manos para que la atormentases sin piedad.

 

Y respondió el demonio: No tengo derecho alguno, para que antes del juicio caiga en mis manos esa alma que te ama a ti más que a sí misma. Pero aunque en rigor de justicia le hiciste sea gracia antes del juicio, con todo, sus obras la condenarán para ser castigada por mis manos. Y ahora, oh temible Reina, te pregunto, por qué antes de salir el alma nos expulsaste de la presencia de su cuerpo a todos nosotros, de tal suerte, que ninguno podíamos ocasionarle ningún terror, ni infundirle el menor miedo.

Esto lo hice yo, respondió la Virgen María, por ese ardiente amor que a mi cuerpo tuvo, y por ese gozo que sentía, porque yo fuera la Madre de Dios. Por tanto, alcancé de mi Hijo la gracia de que ningún espíritu maligno se acercara a él, dondequiera que estuviese, y aun donde ahora está.

 

Hablaba después al Juez el demonio y le decía: Sé que eres el mismo poder y justicia, y que no haces injusticia al demonio más bien que al ángel. Adjudícame esta alma, pues en la sabiduría que tuve cuando me creaste, he escrito todos los pecados de ella, y los he conservado en la malicia que tuve, cuando caí del cielo. Porque al llegar esta alma a tener uso de razón y a comprender bien que era pecado lo que hacía, su propia voluntad lo impelía más a vivir en medio de la soberbia del mundo y de los placeres de la carne, que a resistir a estos vicios.

 

A lo que respondió el ángel bueno: Tan luego como la madre supo que la voluntad de este se inclinaba al pecado, le auxilió con obras de misericordia y con largas oraciones, para que Dios no se apartase de él y se dignara compadecerlo. Por estas obras de su madre alcanzó el temor de Dios, de modo que siempre que caía en pecado, al punto se daba prisa para confesarse.

Me conviene referir sus pecados, dijo el demonio. Y queriendo dar principio, en seguida comenzó a quejarse, a dar voces y escudriñar diligentemente en sí mismo en la cabeza y demás miembros lo que creía tener, y todo trémulo y muy turbado dijo: ¡Desgraciado de mí, cómo he perdido mi largo trabajo! Pues no solamente se ha olvidado y desaparecido el texto, sino que también se ha quemado la materia entera, en que todos sus pecados estuvieron escritos. La materia significa los tiempos en que pecó; de los cuales no me acuerdo mejor que de los pecados en ellos escritos.

 

Y respondió el ángel: Esto lo hicieron las lágrimas, largos trabajos y muchas oraciones de su madre, de suerte, que compadecido Dios de esas plegarias, concedió al hijo la gracia de que por cada pecado que había cometido, alcanzara contrición, haciendo una confesión humilde con amor de Dios y por esta causa están puestos en olvido y borrados de tu memoria esos pecados.

A lo cual replicó el demonio, afirmando tener todavía un saco lleno de esas escrituras con que el referido caballero se había propuesto enmendar sus pecados, mas no lo hizo. Por consiguiente, añadió el demonio, tengo precisión de atormentarlo hasta que con la pena fueren satisfechos los pecados que ese caballero no cuidó enmendar en su vida.

Y contestó el ángel: Abre el saco y pide el juicio acerca de esos pecados, por los cuales tienes que castigar a esta alma.

 

Dicho esto, comenzó el demonio a dar voces como un loco y a decir: Me han despojado de mi mismo poder, porque no solamente me han quitado el saco, sino también lo que en él se contenía: este saco era la pereza, en el cual puse todas las causas por las que debía yo castigarlo, pues por pereza omitió muchas obras buenas. Y respondió el ángel: te despojaron las lágrimas de su madre, y rompieron el saco y destruyeron lo escrito; tan agradables a Dios fueron estas lágrimas.

 

Y dijo el demonio: Todavía tengo aquí algo que presentar, que son sus pecados veniales. A lo que respondió el ángel: Tuvo propósito de salir de su patria, dejar bienes y amigos y visitar los santos lugares con muchos trabajos, y lo cumplió esto, preparándose de tal suerte, que la Santa Iglesia le concediese la indulgencia, pues por la enmienda deseaba él aplacar a Dios su Creador. Por consiguiente, se le han perdonado todas esas causas que dijiste tener escritas.

 

Todavía debo castigarlo, respondió el demonio, por todos los pecados veniales que cometió y que no borró con las indulgencias: son muchos millares, y todos los tengo escritos en mi lengua. Y dijo el ángel: Saca tu lengua y enseña lo escrito. Con grandes voces y lamentos y como un loco dijo el demonio: ¡Ay de mí!, no tengo que decir ni una palabra, porque me han arrancado de raíz la lengua. Lo ha hecho eso su madre con sus continuas oraciones y trabajos, dijo el ángel, porque de todo corazón amó el alma de su hijo. Por la caridad que la madre tuvo, fué voluntad de Dios que el alma se doliese, y perdonarle todos los pecados veniales que cometió desde su infancia; por eso tu lengua aparece privada de fuerzas.

 

Y replicó el demonio: Todavía tengo muy guardada en mi corazón una cosa que nadie puede destruir, y es que adquirió algo con injusticia, sin cuidarse de devolverlo. Por todo esto, dijo el ángel, satisfazo su madre con limosnas, oraciones y obras de misericordia, de suerte que se inclinó a la misericordia el rigor de la justicia, y Dios le dió al hijo firme propósito de satisfacer completamente con sus cortos bienes y según sus medios a todos aquellos a quienes había quitado algo injustamente. El Señor aceptó este propósito como si fuera obra, porque el hijo no podía vivir más tiempo. Ahora sus herederos deben satisfacer según puedan.

 

Si no tengo poder de castigarlo por sus pecados, dijo el demonio, deberé castigarlo, porque no se ejercitó en buenas obras y virtudes, cuando según su naturaleza tuvo completo uso de razón y cuerpo sano. Pues las virtudes y buenas obras son los tesoros que deberia llevar consigo para ese reino, que es el glorioso reino de Dios. Deja, por consiguiente, que supla yo con penas lo que le faltó en obras virtuosas.

 

Y respondió el ángel: Escrito está que al que pida se le dará, y al que llame con perseverancia se le abrirá. Oye tú, enemigo. Con súplicas a Dios y con obras de piedad estuvo su madre llamando en favor de él constantemente a la puerta de la misericordia durante más de treinta años, vertiendo muchos millares de lágrimas, para que Dios se dignase enviar el Espíritu Santo al corazón del hijo, de modo que éste ofreciera de buena voluntad al servicio del Señor sus bienes, su cuerpo y su alma. Y así lo concedió el Señor; pues este caballero se hizo tan fervoroso, que para nada quería vivir, sino para hacer la voluntad de Dios.

 

El Señor, rogado durante mucho tiempo, infundió en su corazón el fruto bendito, la bienaventurada Virgen, Madre de Dios, le dió con su virtud lo que le faltaba de armas espirituales y vestiduras correspondientes a los caballeros que deben entrar en el cielo para presentarse al Supremo Emperador; y también los santos de la corte celestial, a quienes este amó mientras vivía, le aumentaron algún consuelo con sus méritos.

 

De esta suerte fué reuniendo un tesoro, como esos peregrinos que diariamente truecan por las riquezas eternas los bienes perecederos; y por haberlo hecho así, alcanzará gozo y honra perpetua, en especial por el ardiente deseo que tuvo de ir en peregrinación a la santa ciudad de Jerusalén, y por haber deseado mucho exponer su vida peleando voluntariamente, a fin de someter la tierra santa al dominio de los cristianos, para que fuese respetado con la debida reverencia el glorioso sepulcro del Señor; pero todo esto era con tal que hubiera este caballero estado en disposición de acometer tamaña empresa. Por tanto, tú, demonio, ninguna justicia tienes para suplir lo que él personalmente no llevó a cabo.

 

Y respondió el demonio: Todavía le falta la corona. Pues si yo pudiese maquinar algo en perjuicio suyo, lo haría de buena gana. Muy cierto es, dijo el ángel, que todos los que se vencieran a sí mismos, arrepintiéndose verdaderamente de sus pecados y conformándose de buena gana con la voluntad divina, y amando a Dios con todo su corazón, alcanzarán la gracia del Señor. Quiere también este mismo Señor darles una parte de la corona triunfal de su bendito Cuerpo hecho hombre, con tal que se hallen purgados según recta justicia. Por tanto, oh demonio, de ninguna manera te pertenece hacer nada para su corona.

 

Al oir esto el demonio, dió con impaciencia fuertes rugidos, y dijo: ¡Ay de mí, que me han quitado toda mi memoria! Ya no recuerdo en qué ese caballero siguió mi voluntad, y lo más extraño es que hasta he olvidado el nombre que tenía mientras vivió. Sabe, respondió el ángel, que ahora en el cielo se llama el hijo de lágrimas. Entonces en voz alta dijo el demonio: ¡Cuán maldita es su sucia madre, que tuvo tan enorme vientre, que cupo en él tanta agua y todo estuvo lleno con humores de lágrimas! ¡Maldita sea ella por mí y por toda mi compañía! Y respondió el ángel: Tu maldición es honra de Dios, y bendición de todos sus amigos.

 

Habló entonces Jesucristo Juez y dijo: Apártate tú, enemigo diablo. Después dijo al alma: Ven tú, escogido mío. Al punto huyó el demonio. Y al ver esto santa Brígida, dijo: ¡Oh eterna e incomprensible virtud, vos que sois el mismo Dios y Señor nuestro Jesucristo! Vos infundís en los corazones todos los buenos pensamientos, oraciones y lágrimas; vos ocultáis vuestros generosos dones, distribuyendo con ellos eternamente los premios de la gloria: déseos, pues, honra, rendido homenaje y acción de gracias, por todas las cosas que habéis criado. ¡Oh dulcísimo Dios mío! Vos me sois amadísimo, y mucho más querido para mí, que mi cuerpo y mi alma.

 

Entonces dijo también a la Santa el ángel: Debes saber que no te ha mostrado Dios esta visión únicamente para consuelo tuyo, sino también para que los amigos de Dios comprendan lo mucho que el Señor se digna hacer por las oraciones, lágrimas y trabajos de sus amigos, que caritativamente oran y trabajan en favor de otros con perseverancia y buena voluntad. Has de saber igualmente, que ese hijo tuyo no habría alcanzado semejante gracia, sino porque desde su niñez tuvo deseo de amar a Dios y a sus amigos, y de enmendarse de buena voluntad, cuando cayese en pecado.

 

 

En esta notable revelación amenaza Jesucristo con muy graves penas a los habitantes de Chipre, si no obedecen las amonestaciones que les ha hecho.

 

                   Capítulo 10

 

A cierta persona que se hallaba en vela y orando, acontecióle que como estuviese suspensa en éxtasis de contemplación, vióse arrebatada en espíritu a un palacio de incomprensible grandeza y de inexplicable hermosura. Parecióle también estar allí nuestro Señor Jesucristo sentado entre sus santos en un sillón de imperial majestad, y abriendo su bendita boca, dijo lo que sigue: Yo soy el mismo supremo amor, pues todo lo que desde la eternidad tengo hecho, lo hice por amor, e igualmente todo lo que hago y he de hacer, todo dimana de mi amor.

 

Porque el amor es ahora en mí tan incomprensible e intenso como lo era en tiempo de mi Pasión, cuando con mi muerte por excesivo amor liberté del infierno a todos los escogidos que eran dignos de este amor y libertad; y si aun fuera posible, que muriera yo tantas veces cuantas son las almas que hay en el infierno, de modo que por cada una de ellas sufriese una muerte igual a la que entonces padecí por todos, todavía mi cuerpo estaría preparado a sufrir todo esto con alegre voluntad y con perfectísimo amor. Pero ya es imposible que mi cuerpo pueda volver a morir, ni a padecer pena o tribulación alguna.

 

Igualmente es imposible que ninguna alma que estuviese condenada en el infierno salga de allí jamás, ni goce el celestial júbilo que con la vista de mi Cuerpo glorioso gozan mis santos y escogidos; sino que sufrirán con muerte eterna las penas del infierno, por no haber querido disfrutar del beneficio de mi muerte y Pasión, ni tampoco quisieron seguir mi voluntad, mientras vivían en el mundo. Además, puesto que de las ofensas hechas a mí nadie es juez sino yo mismo, y por esta misma razón el amor que siempre tuve a los hombres clama ante mi justicia, así, pues, corresponde a esta misma justicia decidir el asunto según mi voluntad.

 

Quéjome ahora de los habitantes del reino de Chipre, como si fueran un solo hombre. Pero no me quejo de mis amigos que allí moran,, los cuales me aman de todo corazón, y siguen en todo mi voluntad; sino en tono de queja hablo como a una sola persona a todos aquellos que me desprecian, que se oponen siempre a mi voluntad y que son muy enemigos míos; y por tanto, principio ahora a hablar a todos ellos, como si fueran uno solo.

 

Pueblo de Chipre, enemigo mío, escucha y atiende con cuidado lo que te digo. Te he amado como el padre a su único hijo, a quien desea ensalzar a la mayor honra. Te proporcioné una tierra en la que tenías abundantemente todo lo necesario para el sustento de tu cuerpo. Te envié el calor y la luz del Espíritu Santo, para que entendieses la recta fe cristiana a que te obligaste fielmente, así como te sometiste humildemente a las sagradas constituciones y a la obediencia de la santa Iglesia.

 

Te coloqué también en un paraje muy adecuado para el buen servidor, como es entre mis enemigos, a fin de que por tus trabajos en la tierra y por la lucha corporal de las batallas alcanzases más preciosa corona en mi celestial reino. Te llevé, igualmente, por mucho tiempo en mi Corazón, esto es, en el amor de mi divinidad, y como a la pupila del ojo te guardé en todas tus afliciones y adversidades. Y mientras observaste mis preceptos, y guardaste fielmente la obediencia y constituciones de la santa Iglesia, positivamente fueron a mi reino celestial infinitas almas del reino de Chipre, para gozar perennemente conmigo eterna gloria.

 

Mas porque ahora haces tu propia voluntad y todo lo que deleita tu corazón, sin temerme a mí que soy tu Juez, ni amarme que soy tu Creador, quien también te redimí con durísima muerte, y me arrojaste de tu boca como cosa insípida y fétida, y porque también pusiste al demonio junto a tu alma en el aposento de tu corazón, y me expulsaste a mí de allí como a un ladrón y salteador y ni te avergüenzas de pecar a mi vista, obrando como los animales irracionales al seguir su instinto; por esto es digna justicia y justa sentencia que seas expulsado de entre mis amigos y colocado perpetuamente en el infierno en medio de mis enemigos.

 

Y has de saber positivamente, que mi Padre que está en mí, y yo en El, y el Espíritu Santo en los dos, da testimonio de que nunca salió de mis labios sino la verdad; por lo cual has de saber verdaderamente, que todo el que se hallare dispuesto como tú lo estás ahora, y no quisiere enmendarse, irá su alma por el mismo camino por donde fueron Lucifer por su soberbia, y Judas que me vendió por codicia, y Zambri a quien Fines mató por su lujuria, pues pecó con una mujer contra mi precepto, y por tanto, después de su muerte fué su alma condenada al infierno.

 

Te anuncio, pues, pueblo de Chipre, que si no quisieres corregirte y enmendarte, destruiré en todo el reino tu raza y descendencia de tal suerte, que no perdonaré pobre ni rico, y acabaré con tu linaje de tal modo, que en breve tiempo se borrará de los corazones de los hombres tu memoria, como si nunca hubiérais existido en este mundo. Después será mi voluntad poner en este reino de Chipre nuevas plantas que cumplan mis preceptos y me amen de todo corazón.

 

Pero has de tener por cierto, que a cualquiera de vosotros que quisiere corregirse y enmendarse, y volverse humildemente a mí, le saldré con alegría al encuentro, llevándolo en mis hombros como buen pastor y volviéndolo a poner en mi aprisco. Por mis hombros entiendo que el que se enmendare será participante del beneficio de mi Pasión y muerte, que sufrí en mi cuerpo y en mis hombros, y compartirá conmigo el consuelo eterno en el reino de los cielos.

 

Habéis de saber también que vosotros, enemigos míos que habitáis en ese reino, no érais dignos de que se os enviase esta visión o revelación mía Divina. Pero hay en el mismo reino varios amigos míos, los cuales me sirven fielmente y me aman de todo corazón, y me han movido con sus penitencias, lágrimas y oraciones, a fin de que por esta revelación mía os hiciera entender el grave peligro de vuestras almas; porque a algunos de esos amigos míos les manifesté de un modo Divino las innumerables almas de dicho reino de Chipre que son excluidas de la gloria celestial y condenadas eternamente a la muerte del infierno.

 

Todas las palabras dichas las dirijo a esos cristianos latinos sujetos a la obedicencia de la Iglesia de Roma, los cuales me prometieron en el bautismo la recta fe católica romana, y se han apartado de mí con obras contrarias a mis mandatos. Mas los griegos que saben que conviene que todos los cristianos tengan solamente una fe cristiana católica y obedecer únicamente a una Iglesia, que es la de Roma, y tener por superior como pastor espiritual un solo Vicario mío general en el mundo, cual es el Sumo Pontífice romano, y a pesar de todo no quieren someterse espiritualmente, ni sujetarse con humildad a la Iglesia de Roma y a mi Vicario, a causa de su pertinaz soberbia, de su ambición, de su lujuria, o por cualquier otro motivo mundano, indignos son de alcanzar después de su muerte mi perdón y misericordia.

 

Pero otros griegos que lo desearían mucho más, no pueden tener conocimiento de la fe católica romana, y no obstante, si la conociesen y pudieran, la abrazarían con fervor y buena voluntad, y se someterían humildemente a la Iglesia de Roma, y además, según sus conciencias en el estado y fe en que se hallan, se abstienen de pecar y viven piadosamente; a estos tales se les debe mi misericordia, cuando fueren llamados a mi juicio.

 

Tengan también entendido los griegos, que su imperio y reinos o dominios, nunca estarán seguros ni en tranquila paz, sino que siempre vivirán sometidos a sus enemigos, de quienes continuamente recibirián gravísimos daños y miserias muy prolongadas, hasta que con verdadera humildad y amor de Dios se sometan fervorosamente a la Iglesia y fe de Roma, conformándose en un todo con los sagradas constituciones y ritos de la misma Iglesia.

 

Después de vistas y oídas en espíritu estas cosas de la manera que se ha referido, desapareció la visión, y quedó orando la mencionada persona, suspensa con sumo pavor y admíración.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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