S?bado, 08 de mayo de 2010
LAS PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - MUY IMPORTANTE LEELO YA!!! - NO TE DEJARÁ INDIFERENTE

Bueno aquí concluye el libro 6 y comenzamos el 7 hasta el capítulo seis de las revelaciones de Santa Brígida de Suecia, recomiendo leerlas porque son de mucha ganancia para el alma además de esclarecer muchas dudas. EN ESTOS CAPÍTULOS EL SEÑOR NOS INSTRUYE DE COMO COMBATIR AL DEMONIO FRENTE A LA PEREZA, LA GULA, LOS REGALOS DEL MUNDO, ETC.... Ojalá el Señor siempre nos tenga a su lado y aleje de nosotros los regalos y pompas del mundo que nos alejan de su corazón. Teniendo lo básico para poder vivir y salud, estemos contentos. EL AUTOR DEL BLOG.

Orando santa Brígida y alabando a san Esteban protomártir, se le aparece el Santo, le cuenta parte de su vida, y las tres cosas que le dan mucha gloria en el cielo.

 

                   Capítulo 70

 

Estaba la Santa orando en el sepulcro de san Esteban extramuros de Roma y decía: Bendito seas tú, san Esteban, porque tienes igual mérito que san Lorenzo; pues como éste predicaba a los infieles, así tu predicaste a los judíos; y como san Lorenzo padeció con alegría el fuego, así tú las piedras; y por tanto, justamente eres celebrado el primero de los mártires.

 

Apareciéndose enseguida san Esteban, le respondió: Desde mi juventud comencé a amar a Dios, porque tuve unos padres muy celosos por la salvación de mi alma. Cuando encarnó mi Señor Jesucristo y empezó a predicar, lo oía con todo mi corazón, y después de su Ascensión me agregué enseguida a los Apóstoles, y les serví fielmente y con humildad en el cargo que me dieron. Como los judíos blasfemaran de Jesús mi Dios, aprovechaba yo con gusto la ocasión de hablar con ellos; y dispuesto siempre a morir por la verdad y a imitar a mi Dios, les reprendía constantemente la dureza de sus corazones.

 

Pero tres cosas contribuían para mi gloria y corona, de que ahora me alegro: lo primero fué mi buena voluntad; lo segundo, la oración de mis señores los Apóstoles; y lo tercero, la Pasión y amor de mi Dios. Por tanto, tengo ahora tres bienes: primero, que continuamente estoy viendo el rostro y gloria de Dios; segundo, que puedo todo cuanto quiero, y nada quiero sino lo que Dios quiere; y tercero, que mi gozo no tendrá fin. Y puesto que tú te alegras de mi gloria, mi oración te dispondrá para que consigas mayor conocimiento de Dios, y el espíritu del Señor perseverará contigo, y todavía irás a Jerusalén al lugar de mi muerte.

 

 

Reprende la Virgen María a cierto devoto que con algunas virtudes juntaba muchos defectos, particularmente de locuacidad y dispación. Contiene doctrina saludable.

 

                   Capítulo 71

 

Cuando hay un manjar excelente, dice la Virgen a la Santa, si se pone en él algo amargo, se echa a perder. Del mismo modo, por muchas y variadas que sean las virtudes que el hombre tenga, no agrada a Dios, si se deleita en algún pecado. Di, pues, a ese amigo mío, que si desea agradar a mi Hijo y a mí, no confíe en ninguna de sus virtudes, sino que reprima su lengua del mucho hablar y de las chocarrerías y evite toda frivolidad en sus costumbres; pues debe llevar flores en su boca. Mas si entre las flores se encuentra algo amargo, se echan éstas a perder.

 

 

Dice Jesucristo a santa Brígida, que cuando es imposible confesarse, suple el dolor y la buena voluntad, así como la mala voluntad condena al hombre y condenó al primer ángel.

 

                   Capítulo 72

 

Llegó a Roma uno de la diócesis de Abo, sin saber el idioma sueco, y a quien nadie de Roma entendía, por lo cual no pudo encontrar confesor; y como consultase a la Santa sobre lo que debería hacer, oyó ésta en espíritu lo siguiente: Jesucristo, Hijo de Dios, te habla. Ese hombre que te consultó, llora porque no tiene quien le oiga su confesión. Dile que le basta la voluntad, mientras no puede otra cosa. ¿Qué, pues, le aprovechó al ladrón en la cruz? ¿No fué mi voluntad? ¿Qué es lo que abre el cielo, sino la voluntad de querer lo bueno y aborrecer lo malo? ¿Ni qué es lo que ocasiona el infierno, sino la mala voluntad y el desordenado deseo?

 

¿No fué, por ventura, criado en el bien Lucifer? ¿O puedo criar algo malo yo, que soy la misma bondad y virtud? De ninguna manera. Pero después que Lucifer abusó de la voluntad y la encaminó desordenadamente, se hizo desordenado él mismo, y malo por su mala voluntad.

 

Por tanto, permanezca constante ese pobre, y no retroceda; y cuando volviere a su patria, pregunte y oiga a sacerdotes instruídos lo conveniente a su alma, someta su voluntad y obedezca más el consejo de los buenos que la voluntad propia. Mas si en el ínterin muriese en el camino, le acontecerá lo que al ladrón le dije: Estarás conmigo en el paraíso.

Libro 7

 

Intenso acto de amor de santa Brígida a la santísima Virgen, y amable contestación de la Señora.

 

                   Capítulo 1

 

Como estuviese en Roma santa Brígida, esposa de Jesucristo, y se hallase puesta en oración, comenzó a pensar del parto de la Virgen, y de esa suma bondad de Dios, que quiso elegir para sí una Madre purísima; y tanto se inflamó entonces en el amor de la Virgen el corazón de la Santa, que decía dentro de sí: Oh Señora mía, Reina del cielo, tanto se recocija mi corazón de que el altísimo Dios os haya preferido por Madre y dignádose conferiros tan sublime dignidad, que yo escogería más bien ser eternamente atormentada en el infierno, antes que Vos carecierais en lo más leve de tanta gloria y de vuestra celestial dignidad. Y embriagada así de la dulzura de amor estaba privada de sentido y suspensa en éxtasis de contemplación mental.

 

Aparecióse entonces la Virgen y le dijo: Oye, hija. Yo soy la Reina del cielo, y puesto que tú me amas con tan inmenso amor, te anuncio que irás en peregrinación a la santa ciudad de Jerusalén, cuando fuere voluntad de mi Hijo, y de allí pasarás a Belén, y allí en el mismo paraje te manifestaré cómo di a luz a mi Hijo Jesucristo, porque así fué su voluntad.

 

 

Admirable visión que el día de la Purificación tuvo la Santa sobre los dolores y gloria de la Virgen María.

 

                   Capítulo 2

 

Hallándose santa Brígida en Roma en la iglesia llamada de santa María la Mayor el día de la Purificación de la santísima Virgen, fué arrebatada a una visión espiritual, y vió en el cielo que todo se preparaba para una festividad grande, y un templo de extraordinaria hermosura, donde estaba aquel venerable y santo anciano Simeón, preparado a recibir en sus brazos con sumo anhelo y gozo al Niño Jesús.

 

Veía también la Santa a la bienaventurada Virgen que llevaba con mucho recato, y traía a su Hijo Jesús, para ofrecerlo en el templo según la ley del Señor, y a innumerable muchedumbre de ángeles y diferentes órdenes de santos de Dios y de santas y vírgenes que iban delante de la santísima Virgen Madre de Dios y la acompañaban con gran devoción y alegría, y delante de esta Señora llevaba un ángel una espada larga, muy ancha y llena de sangre, la cual significaba los agudísimos dolores que padeció la Virgen María en la muerte de su amadísimo Hijo, representados en la espada que el santo Simeón profetizó que había de traspasar su alma, por lo que alegrándose toda la corte celestial, le fué dicho a la Santa: Mira cuán grande honra y gloria se da en esta festividad a la Reina del cielo, por la espada de los dolores que sufrió en la Pasión de su amado Hijo. Entonces desapareció la visión.

 

 

Aparécese a santa Brígida san Francisco de Asis, y la convida a un banquete espiritual, en el que están simbolizadas las preciosas virtudes del Santo.

 

                   Capítulo 3

 

En la festividad de san Francisco, hallándose la Santa en su iglesia de Roma, Trans Tiberim, se le apareció el Santo y le dijo: Ve a mi aposento para comer y beber a mi mesa. Y oyendo esto santa Brígida, se dispuso para el camino, a fin de visitar al Santo en Asís, donde se detuvo cinco días, y al intentar volverse a Roma, entró en la iglesia, para encomendar a san Francisco a sí y a los suyos. Entonces se le apareció el Santo y le dijo: Bienavenida seas; te convidé para mi aposento, a fin de que comieras y bebieses conmigo.

 

Ten entendido, sin embargo, que esta casa no es el aposento que te dije, pues mi aposento es la verdadera obediencia que siempre tuve, de modo que nunca consentí estar sin director. Tuve también siempre conmigo un sacerdote a quien humildemente obedecí en todos sus mandatos, y este fué mi aposento. Hazlo tú de igual modo, porque esta es la voluntad de Dios.

 

Mi comida con que deliciosamente me recreaba, era que con sumo placer separé a mis prójimos de las vanidades de la vida secular, para servir a Dios de todo corazón, y entonces como dulcísimo manjar me tragaba aquel gozo. Mi bebida fué la alegría que tuve, cuando a varios convertidos por mí, los vi amar a Dios con todas sus fuerzas, dedicarse a la contemplación y a la oración, e instruir a otros en la vida cristiana, e imitar la verdadera pobreza. Mira, hija, esta bebida alegraba mi alma de tal suerte, que le hastiaba todo cuanto hay en el mundo. Entra, pues, en este aposento mío come este manjar mío, y bebe conmigo esta bebida. Bébela, para que con Dios seas sustentada por toda la eternidad.

 

 

Grandes elogios que Jesucristo nuestro Señor hace de las reliquias, y con cuánto respeto deben venerarse.

 

                   Capítulo 4

 

Hallábase velando en oración santa Brígida, y parecióle que su corazón estaba ardiendo en amor divino y lleno todo de un gozo espiritual, con el que su cuerpo casi estaba sin fuerza alguna. Entonces oyó una voz que le decía: Yo soy el Creador y el Redentor de todos. Sabe, pues, que ese gozo que ahora sientes en tu alma es mi tesoro, pues como está escrito: El Espíritu inspira dondequiere. También oye mi voz, pero ignoras de dónde venga o adónde vaya. Este tesoro lo doy yo a mis amigos en muchos parajes, de muchas maneras, y con muchos bienes.

 

Pero quiero hablarte de otro tesoro, que todavía no está en los cielos, sino con vosotros en la tierra. Este tesoro son las reliquias y cuerpos de mis amigos, ora estén desechos, ora se conserven intactos, bien se hayan convertido en polvo y ceniza, bien no, pues de todas maneras son mi tesoro. Y podrás preguntarme, que según se dice en la Escritura: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón, ¿cómo está mi corazón en ese tesoro, a saber, con las reliquias de los santos? A lo cual te respondo, que el sumo placer de mi corazón consiste en dar premios eternos, según su voluntad, fe y trabajo, a todos los que visiten los lugares de mis santos y honren sus reliquias, esto es, los que han sido glorificados con milagros y canonizados por los Sumos Pontífices. Y de esta suerte mi corazón está con mi tesoro.

 

Quiero, pues, que tengas por muy cierto que en este paraje hay un preciosísimo tesoro mío, que son las reliquias de mi apóstol santo Tomás, de las cuales, en ninguna parte existen tantas como en ese altar, donde se encuentran incorruptas y sin dividir; pues cuando fué destruída la ciudad en donde primeramente estuvo depositado el cuerpo de este apóstol mío, con mi permiso varios amigos míos trasladaron entonces este tesoro a esta ciudad de Ortona y lo pusieron en ese altar. Mas ahora se halla aquí como oculto, porque los príncipes de este reino eran antes de llegar aquí el cuerpo del Apóstol, según aquello que está escrito: Tienen boca, y no hablarán; tienen ojos, y no verán; oídos, y no oíran; manos, y no palparán; pies, y no andarán.

 

¿Cómo semejantes hombres dispuestos de tal manera para conmigo, su Dios, podrían dar a ese tesoro la debida honra? Luego, cualquiera que me ama a mí y a mis amigos sobre todas las cosas, queriendo más morir que ofenderme en lo más leve, y teniendo deseo y autoridad de honrarme y de mandar a los demás, este, cualquiera que fuere, exaltará y honrará mi tesoro, a saber, las reliquias de este Apóstol mío, a quien escogí y preferí. Por tanto, debe decirse y predicarse por muy cierto, que así como están en Roma los cuerpos de los apóstoles san Pedro y san Pablo, de la misma manera están en Ortona las reliquias de mi apóstol santo Tomás.

 

 

Rogando a santa Brígida un ilustre príncipe que lo encomendase a Dios, la Santa le contesta de parte de la Virgen, dándole una admirable instrucción sobre el modo de perseverar durante su juventud y estudios en la gracia y temor santo de Dios.

 

                   Capítulo 5

 

Dice la santísima Virgen: Gloria y alabanza sea dada a Dios omnipotente, de quien dimanan todas las cosas, muy especialmente por lo que contigo ha hecho en tu edad juvenil, y a cuya gracia debe pedirse que el amor que al Señor tienes vaya cada día en aumento hasta tu muerte.

 

Hubo un rey poderoso y grande que edificó una casa, en la cual puso a su querida hija, encomendándola a la custodia de cierto hombre, a quien le dijo: Mi hija tiene mortales enemigos, y por consiguiente, debes guardarla con el mayor desvelo. Cuatro son las cosas a que con sumo empeño y continua solicitud estás obligado a observar para este objeto. Es lo primero, que nadie socave los cimientos de la casa; lo segundo, que nadie traspase la altura de los muros; lo tercero, que nadie derribe las paredes de la casa, y lo cuarto, que ningún enemigo entre por las puertas.

 

Espiritualmente debe entenderse, señor mío, esta parábola que os escribo por amor de Dios, y pongo por testigo al mismo Señor que ve los corazones de todos. Por la casa entiendo tu cuerpo, que el Rey de los cielos formó de la tierra. Por la hija del rey entiendo tu alma, criada por virtud del Altísimo y puesta en tu cuerpo; por el custodio, la razón humana, la cual guardará a tu alma según voluntad del Rey eterno; por los cimientos, la buena, firme y estable voluntad, pues sobre ella deben edificarse todas las buenas obras, para que el alma se defienda perfectamente.

 

Cuando tu voluntad se halle dispuesta de este modo, para nada querrás vivir sino para seguir la voluntad de Dios y darle toda la honra que te sea posible, así de palabra como de obra, complaciéndole también durante tu vida con tu cuerpo, con tus bienes y con todas tus fuerzas a fin de que puedas devolver a su Criador tu alma, libre de toda impureza de la carne. ¡Con cuánta vigilancia conviene que guardes este cimiento, que es tu voluntad, por medio de su custodio, que es la razón, a fin de que nadie pueda socavarlo con sus maquinaciones en daño del alma!

 

Por los que se empeñan en socavar ese cimiento, entiendo a los que te dicen: Señor mío, quédate seglar, cásate con una mujer de prendas, noble y rica, para gozar con tus hijos y con tu patrimonio, y no padecer la aflicción de la carne. Otros te dicen tal vez: Si quieres ser clérigo, dedícate a las bellas letras para ser llamado instruido.

 

Si alguien te quisiere imbuir semejantes ideas, haz que al punto tu costodio, que es la razón, le responda, que más bien quieres sufrir toda la tribulación de la carne, que perder la castidad; y que para honra de Dios, defensa de la fe católica, para fortalecer a los buenos, corregir a los que yerran y ayudar a todos los que necesiten tu consejo y doctrina, quieres dedicarte al estudio de las ciencias; pero que no aspiras sino a tener para el mero sustento de tu cuerpo y los criados indispensables, ni deseas por vanagloria tener nada superfluo en esta vida. Has de decir también, que si la Divina Providencia te colocare en alguna dignidad, deseas disponerlo todo prudentemente en provecho de los prójimos y para honra de Dios. Y de esta suerte el custodio, que es la razón, podrá expeler a los que intentaren socavar el cimiento, el cual es la buena voluntad.

 

Debe también la razón estar observando constante y cuidadosamente, no sea que alguien traspase la altura de los muros, por la que entiendo el amor de Dios, que es la más sublime de todas las virtudes. Pues has de saber muy de positivo, que nada desea tanto el demonio como saltar sobre ese muro; por lo que continuamente se esfuerza cuanto puede, para que el amor del mundo y de la carne se sobreponga al amor de Dios.

 

Así, pues, señor mío, siempre que el amor del mundo intentare anteponerse en tu corazón al amor de Dios, ponle al punto al frente tu custodio, que es la razón, la cual le diga, que más bien quieres padecer la aflicción en el alma y la muerte en el cuerpo, que vivir para provocar a ira con palabras u obras a tan benigno Dios; antes al contrario, que en nada estimas tu propia vida, ni tus bienes o riquezas, ni la protección de los parientes o amigos, con tal que puedas complacer enteramente a Dios y honrarlo en todas las cosas; y que prefieres someterte voluntariamente a todas las tribulaciones, más bien que ocasionar a ningún prójimo tuyo, grande o pequeño, cualquier perjuicio, escándalo o aflicción, sino que quieres amar fraternalmente a todos tus prójimos según el precepto del Señor. Si así lo hicieres, demuestras amar a Dios más que a todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. Entonces el custodio, que es la razón, puede descansar seguramente, porque ningún émulo de tu alma podrá traspasar la altura de los muros.

 

Por las paredes entiendo cuatro gozos de la corte celestial, los cuales debe todo hombre desear interiormente con atenta meditación. El primero es, desear fervorosamente y de todo corazón ver al mismo Dios en su eterna gloria y aquellas indefectibles riquezas, que nunca se apartan de quien las ha conseguido: el segundo es, querer incesantemente oir las armoniosas voces de los ángeles, que sin término ni cansancio, de continuo alaban y adoran a Dios: el tercero es, desear alabar a Dios eternamente de toda corazón y con fervoroso anhelo, como lo hacen los mismos ángeles: el cuarto es, disfrutar en el cielo los consuelos sempiternos de los ángeles y de las almas santas.

 

Y aquí debe advertirse, que así como al hombre que está en su casa, siempre le rodean las paredes adondequiera que se vuelva, igualmente todo el que de día y de noche deseare con sumo empeño esos cuatro gozos, que son: ver a Dios en su gloria, ver a los ángeles que alaban a Dios, alabar al Señor juntamente con ellos, y gozar de sus consuelos; adondequiera que se vuelve, y a cualquier trabajo que se dedique, se conservará siempre ileso entre firmes paredes, de modo, que viviendo en este mundo entre los mismos ángeles, puede decirse que disfruta el trato de Dios. ¡Oh, cuánto desea tu enemigo traspasar esas paredes, arrancar de tu corazón esos consuelos interiores, e inspirarle y enredarlo en otros goces contrarios a tu deseo, los cuales pudieran dañar gravemente a tu alma!

 

Conviene, pues, que el custodio, que es la razón, observe muy cautelosamente las dos sendas por donde suele venir el enemigo. La primera es el oído, la segunda la vista. Viene por el oído, infundiendo en el corazón los deleites de las canciones profanas y de varios instrumentos que suenan suavemente y los de de las conversaciones inútiles y en elogio de su propia persona, con lo cual, cuanto el hombre se ensalza a sí mismo por la soberbia, otro tanto se aleja más de él Jesucristo. A semejante deleite debe oponerse el custodio, que es la razón, y decir: Así como el demonio aborrece toda humildad que el Espíritu Santo inspira en los corazones de los hombres, igualmente, con el auxilio de Dios, aborrezco yo toda la pompa y soberbia del mundo, que con su pestífera inspiración infunde en los corazones el espíritu maligno, y me será tan odioso ese placer, como el hedor de cadáveres corrompidos, que al sentirlo, se cubre uno las narices sin poderlo resistir.

 

También por la vista, como por la segunda senda, suele acometer el enemigo para traspasar las referidas paredes, llevando consigo muchísimos instrumentos, como son toda clase de metales ricos dispuestos en diversas joyas y formas, piedras preciosas, magníficos vestidos, suntuosos palacios, quintas, lagos, bosques, viñedos; y toda clase de posesiones de gran lucro. Si todas estas cosas se desean con anhelo, desaparecen las mencionadas paredes, esto es, los gozos celestiales. Conviene, por tanto, que el custodio, que es la razón, antes que semejantes ideas deleiten ni aficionen al corazón, les salga con solicitud al encuentro y les diga: Si llegare a mi poder riqueza alguna de esa especie, la pondré en aquella arca, donde no hay que temer los ladrones ni la polilla, y mediante la gracia del Señor, no ofenderé a mi Dios por desear bienes ajenos, ni de ningún modo por ambicionar las cosas ajenas me apartaré de la compañia de los servidores de Cristo.

 

Por las puertas de la referida casa entiendo todo lo necesario al cuerpo, lo cual no lo puede rehusar el mismo cuerpo, como es comer, beber, dormir y velar, y aun a veces alegrarse y afligirse. Conviene, pues, que el custodio, el cual es la razón, cuide con solicitud estas puertas, a saber, lo necesario al cuerpo, y que con temor de Dios se oponga a los enemigos siempre y prudentemente, a fin de que no entren en el alma.

 

Pero de la misma manera que al tomar la comida y la bebida se ha de precaver que no entre el enemigo a causa del exceso, el cual hace perezoso al cuerpo para servir a Dios, igualmente se ha de cuidar, no sea porque por la demasiada abstinencia, que impide al cuerpo hacer nada bien, tenga entrada el enemigo. Advierta también el custodio, que es la razón, no sea que por honra mundana y valimiento de los hombres, ya estando solo con tu familia, ya cuando tuvieres convidados, haya muchos manjares suculentos, sino que atiendas a cada cual por amor de Dios, excluyendo los muchos platos y excesivamente delicados.

 

Debe también el custodio, esto es, la razón, considerar con atención y vigilancia, que así como han de tomarse moderadamente la comida y la bebida, del mismo modo ha de moderarse el sueño, de tal suerte, que el cuerpo esté bien dispuesto y ligero para emplearse en honra de Dios, y todo el tiempo de la vela se invierta útilmente en los oficios divinos y en trabajos honestos, sin sentir pesadez alguna por causa del sueño.

 

Mas si acometiere alguna turbación o rencor, el custodio, esto es, la razón, unido con su compañero, que es el temor de Dios, debe acudir al instante, no sea que por ira o impaciencia vengas a carecer de la divina gracia y a provocar gravemente contra ti a Dios. Y si tu corazón se llenase de algún consuelo o alegría, el mismo custodio, que es la razón, debe imprimir en tu corazón más fuertemente el temor de Dios, con el cual, auxiliando la gracia de Jesucristo, moderará aquel consuelo o alegría, según te fuere más conveniente.

 

Adición.

 

Hallándose en Nápoles santa Brígida, le fueron revelados muy recónditos secretos del corazón y varias cosas admirables que habían de acontecerle al ilustre joven aludido en esta revelación, el cual era Elziario, hijo de la condesa de Ariano, y que después fué cardenal. Sabedor de semejantes revelaciones el joven, se llenó de asombro y se convirtió a mejor vida.

 

Autora: Santa Brígida de Suecia.

Transcrito por: Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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