Martes, 04 de mayo de 2010
REVELACIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - REVELACIONES DE LA VÍRGEN RELATANDO LA RECUPERACÍON DE ALMAS

Exponemos los capítulos del 61 al 69 en donde aparte de las amonestaciones de la Vírgen María, también el Señor nos enseña como cuida de las almas y aún de sus cosas materiales de los que quiere (aunque algunas veces nos parezca que nos asíGui?o y de como Dios se sirve de estas y otras revelaciones particulares para remover las almas de su Iglesia. EL AUTOR DEL BLOG.

Asombrosa conversión y santa muerte, por la intercesión de la virgen María, de un pecador que hacía sesenta años no se había confesado.

 

                   Capítulo 61

 

Enfermó gravemente cierto gran señor, según el mundo, el cual hacía mucho tiempo que no se había confesado, y compadeciéndose santa Brígida, oraba por él. Aparecióse Jesucristo a la Santa y le dijo: Dile a tu confesor que visite a ese enfermo y lo confiese. Y yendo el confesor, respondió el enfermo que él no necesitaba confesarse, y aseguró que lo había hecho con mucha frecuencia. Por segunda vez mandó Jesucristo que al día siguiente volviera el confesor, el cual presentándose, recibió la misma respuesta que el anterior día.

 

Mas yendo el confesor a visitar al enfermo el tercero día, por revelación del Señor hecha a santa Brígida, le dijo: Jesucristo, el Hijo del Dios vivo y Señor del demonio, te dice: Tienes en tu cuerpo siete demonios. Uno reside en tu corazón y lo tiene sujeto, para que no te arrepientas de tus pecados:el segundo reside en tus ojos, para que no veas lo que es más útil a tu alma: el tercero en tu boca, para que no digas lo que es en honra de Dios: el cuarto reside en tus entrañas y lomos, porque has amado toda impureza: el quinto está en tus manos y pies, porque no temiste robar ni matar a los hombres: el sexto está en tu interior, porque te entregaste a la gula y a la embriaguez, y el séptimo en tu alma, donde debería habitar Dios, y ahora reside en ella el demonio su enemigo. Arrepiéntete, pues, pronto, porque todavía tendrá Dios compasión de ti.

 

Anegado en lágrimas, contestó entonces el enfermo: ¿Cómo podrás persuadirme que todavía tengo perdón, cuando me hallo envuelto en tantos crímenes públicos? Y respondió el confesor: Júrote, porque lo he experimentado, que aunque hubieras hecho mayores delitos, te salvarías por medio de la contrición. Entonces lloroso, volvió a decir el enfermo: Yo desesperaba de la salvación de mi alma, porque tengo hecho pacto con el demonio, el cual me ha hablado muchas veces; por lo que teniendo sesenta años, jamás me he confesado ni recibido el Cuerpo de Jesucristo, sino que fingía tener ocupaciones cuando otros comulgaban, pero te confieso, padre, que lágrimas como las que ahora vierto, jamás recuerdo haberlas tenido.

 

Confesóse cuatro veces en aquel día, y al día siguiente, después también de confesarse, recibió la Sagrada comunión. Falleció el sexto día, y hablando acerca de él Jesucristo a la Santa, le dijo: Ese hombre sirvió a aquel ladrón, cuyo peligro te manifesté antes, mas ya huye de él el demonio, con quien había hecho pacto, y esto ha sido por la contrición que tuvo, y ya va a juzgar sus culpas; y la señal de haberse salvado es la contrición que tenía al final de su vida. Pero podrás preguntarme, por qué mereció contrición un hombre complicado en tantos crímenes. A lo cual te respondo, que esto lo hizo mi amor, porque hasta el último instante espero la conversión del hombre, y lo hizo también el mérito de mi Madre, porque aun cuando ese hombre no la amó de corazón, acostumbró, sin embargo, a compadecerse de sus dolores, siempre que pensaba en Ella y la oía nombrar, y por consiguiente halló el camino de su salvación, y se ha salvado.

 

 

Encomio de estas revelaciones hechas por Jesucristo, y dícele el Señor a santa Brígida, que aunque hayan de ser despreciadas por algunos envidiosos y por otros que se reputan sabios, han de extender en su día la honra y gloria de Dios.

 

                   Capítulo 62

 

Temía la Santa que las palabras de estos libros reveladas a ella por Dios, se anulasen y fuesen calumniadas por émulos y maliciosos; y estando en oración sobre este particular, le dijo Jesucristo: Dos brazos tengo: con el uno abarco el cielo y todo lo que en él hay: con el otro abarco el mar y en la tierra, honrándolos y consolándolos; y el segundo lo extiendo sobre las maldades de los hombres, sufriéndolos con misericordia y reprimiéndolos para que no hagan todo el mal que quieren. No temas, pues, porque nadie podrá anular mis palabras; antes al contrario, llegarán al paraje y gente que de mi agrado sean. Pero has de saber, que estas palabras son como el aceite, y que a fin de que se propague mi honra y mi paciencia, las han de revolver, hollar y exprimir unas veces los envidiosos, otras los pretendidos sabios, y otras, en fin, los que buscan cualquier ocasión de obrar el mal.

 

 

Manda Dios a la Santa que escriba estas revelaciones y las envíe a sus siervos y queridos, por cuyo medio intenta el Señor atraer muchas almas a su divino servicio.

 

                   Capítulo 63

 

Yo soy, dice Jesucristo a santa Brígida, como un señor cuyos hijos los había fascinado y abatido de tal suerte el enemigo, que gloriándose ellos de su cautiverio, no querían levantar la vista hacia su padre ni hacia su patrimonio. Escribe, por tanto, lo que me oyeres, y envíalo a mis hijos y amigos, para que éstos lo siembren entre las naciones, por si acaso quisieren conocer su ingratitud y mi paciencia; pues yo, Dios, quiero levantarme y manifestar a las naciones mi amor y mi justicia.

 

 

Precio de las indulgencias, grandeza de la gloria, y mérito de los buenos deseos. Grande idea de la misericordia de Dios.

 

                   Capítulo 64

 

Hallándose durante largo tiempo enferma en Roma cierta señora de Suecia, dijo sonriéndose y oyéndolo santa Brígida: Dicen que en esta ciudad hay absolución de culpa y pena, mas a Dios nada le es imposible, pues la pena la estoy experimentando. A la mañana siguiente oyó en espíritu la Santa una voz que le decía: Hija, esta mujer me es grata, porque ha tenido una vida devota y ha criado para mí a sus hijas; pero no ha tenido todavía tanta contrición en las penas, como deleite tuvo y hubiera tenido en los pecados, si no hubiese estado refrenada por mi amor; y puesto que yo, siendo Dios, atiendo a cada uno en la salud y en la enfermedad según veo que a cada cual le conviene, nadie debe irritarme con la menor palabra, ni criticar mis juicios, sino siempre temerme y adorarme.

 

Dile a esa mujer, que las indulgencias de la ciudad de Roma son mayores de lo que los hombres creen; pues los que a ellas acuden con rectitud de corazón, no solamente alcanzarán remisión de sus pecados sino además la gloria eterna. Porque aunque el hombre se matara mil veces por Dios, no sería digno de la mínima parte de gloria que se da a los santos.

 

Y aunque no pueda vivir el hombre muchos millares de años, no obstante, por innumerables pecados se deben innumerables suplicos, que el hombre no puede satisfacer ni pagar en esta vida; y así, por medio de las indulgencias se perdonan muchos castigos, y la pena muy severa y larga se conmuta por otra muy leve. Además, los que mueren después de practicar las obras para ganar las indulgencias con perfecto amor y verdadera contrición, no solamente alcanzan perdón de sus pecados, sino también de las penas; pues yo que soy Dios, no sólo daré lo que piden a mis santos y escogidos, sino que lo duplicaré y centuplicaré a causa de mi amor.

 

Aconséjale, pues, a esa enferma que tenga paciencia y constancia, porque yo haré con ella lo que sea más conveniente para su salvación.

 

Declaración.

 

Vió santa Brígida el alma de esta señora como una llama de fuego y salirla al encuentro muchos etíopes, con cuya vista se aterrorizó el alma y se puso trémula; y al punto vino en su auxilio una hermosísima Virgen, la cual dijo a los etíopes: ¿Qué tenéis que ver con esta alma, que es de la familia de la nueva esposa de mi Hijo? Y en seguida huyendo los etíopes, la observaban a lo lejos. Habiéndose presentado al juicio el alma, dijo el Juez: ¿Quién responde por esta alma y quién es su abogado? Y al instante aparació Santiago y dijo: Yo, Señor, estoy obligado a responder por ella, porque dos veces en sus grandes aflicciones se acordó de mí.

 

Tened, Señor, misericordia de ella, porque quiso y no pudo. A lo cual preguntó el Juez: ¿Qué es lo que quiso y no pudo? Y respondió Santiago: Quiso serviros con buenas obras, pero no pudo, porque se lo impidió una inesperada enfermedad. Entonces dijo el Juez al alma: Ve, que tu fe y tu voluntad te salvarán. Y al punto el alma se apartó muy alegre y cual resplandeciente estrella de la presencia del Juez, diciendo todos los circunstantes: Bendito seáis Vos, Dios nuestro, que sois, érais y seréis, y no apartáis vuestra misericordia de los que en vos esperan.

 

 

San Nicolás de Bari se aparece a la Santa, dándole un testimonio de su gloria.

 

                   Capítulo 65

 

Visitando santa Brigida las reliquias de san Nicolás de Barí en su sepulcro, comenzó a pensar sobre aquel licor de aceite que salía del cuerpo del Santo, y arrebatada su alma en éxtasis, vió entonces a una persona ungida con aceite y despidiendo suma fragancia, la cual le dijo: Yo soy Nicolás, obispo, que me aparezco a ti en la misma forma que tenía con mi alma mientras vivía, pues todos mis miembros estaban tan dispuestos y flexibles para el servicio de Dios, como una cosa muy suavizada, que está flexible según lo necesitaba su dueño; y por tanto siempre residía en mi alma un gozo de alabanza, en mis labios la predicación de la divina palabra, y en mis obras la paciencia, toda a causa de las virtudes de la humildad y castidad, que principalmente amé. Mas ahora en la tierra los huesos de muchos están secos del jugo divino, producen un sonido de vanidad, crujen con el mutuo choque, y son inútiles para dar fruto de justicia, y abominables a la vista de Dios.

 

Pero has de saber, que como la rosa da olor y la uva dulzura, así Dios ha dado a mi cuerpo la singular bendición de que mane aceite; pues el Señor no solamente honra en los cielos a sus escogidos, sino que a veces también los alegra y exalta en la tierra, para que muchos queden edificados y participen de la gracia que se les concede.

 

 

Aparece a santa Brígida la gloriosa santa Ana, y le dice cómo es la abogada de los que viven piadosamente en el santo matrimonio.

 

                   Capítulo 66

 

El sacristán del monasterio de san Pablo, extramuros de la ciudad de Roma, dió a santa Brígida unas reliquias de santa Ana madre de nuestra Señora la Virgen María. Pensando la Santa cómo las había de tener y honrar, se le apareció santa Ana y le dijo: Yo soy Ana, señora de todas las casadas que hubo antes de la ley, y también soy madre de todas las casadas fieles que hay después de la ley, porque Dios quiso nacer de mi generación. Por tanto, tú, hija mía, honra a Dios del siguiente modo: Bendito seáis Vos, Jesús Hijo de Dios, e Hijo de la Virgen, porque de los esposos Joaquín y Ana elegisteis Madre; y así, por los ruegos de santa Ana, tened misericordia de todos los casados, para que den gloria a Dios, y dirigid también a todos los que se disponen para el patrimonio, a fin de que en ellos sea honrado el Señor.

 

Las reliquias mías que tienes, servirán de consuelo a los que las estimen, hasta que fuere voluntad de Dios honrarlas más encumbradamente en la resurrección universal.

 

 

La Virgen María dice a santa Brígida que visite los santuarios de Roma.

 

                   Capítulo 67

 

Dícele la Virgen a santa Brígida: ¿De qué te afliges, hija? Y contestó la Santa: Señora, de que no visito estos santos lugares que hay en Roma. Y dice la Virgen: Puedes visitar esos lugares con humildad y devota reverencia, pues en esta ciudad de Roma hay más indulgencias que los hombres pueden creer, las cuales merecieron alcanzar de mi Hijo los santos de Dios con su gloriosa sangre y oraciones. Sin embargo, hija, no dejes por esto tus lecciones y estudio de obligación, ni la santa obediencía de tu padre espiritual.

 

 

Consultando uno hipócritamente a la Santa en qué estado serviría mejor a Dios, el Señor responde que abandone antes la afición al mundo y a sus bienes, con preciosa doctrina sobre esto.

 

                   Capítulo 68

 

Decía cierta persona que quería servir a Dios, y para saber en qué estado agradaría más al Señor, consultó a la Santa, deseando tener respuesta de Dios; y sobre ello le dijo Jesucristo a santa Brígida: Todavía éste no ha llegado al Jordán, ni mucho menos lo ha pasado, según se escribe de Elías que, pasado el Jordán, oyó los secretos de Dios. Mas, ¿qué Jordán es este sino el mundo que va corriendo como el agua, porque las cosas temporales ya suben con el hombre, ya bajan, oro lo ensalzan con prosperidad y honra, oro lo abaten con la adversidad, y nunca se halla el hombre sin fatiga y tribulación?

 

Luego quien desea las cosas celestiales, preciso es que aparte de su alma todos los afectos de la tierra, porque quien tiene en Dios sus dulzuras, desprecia todo lo caduco y terreno. Mas ese hombre no ha llegado todavía a despreciarlo todo, antes a la inversa, retiene su propia voluntad. Por tanto, no puede oir aún los secretos celestiales, hasta que desprecie al mundo más completamente y deje en manos de Dios toda su voluntad.

 

 

Habla Dios del cuidado que tiene de los suyos; hace el Señor un grande elogio de san Andrés apóstol, y anima a santa Brígida a que no desconfíe en sus necesidades ni aun temporales.

 

                   Capítulo 69

 

Desde lo alto, dice el Señor a la Santa, ve el águila quién quiere hacer daño a sus polluelos, y anticípase con su vuelo para defenderlos. Igualmente yo os dispongo lo que os es más saludable, y unas veces digo esperad, y otras id, porque ya es tiempo. Id, pues, a la ciudad de Amalfi a visitar las reliquias de mi apóstol san Andrés, cuyo cuerpo fué templo mío, adornado con todas las virtudes, y por esto está allí el depositó de las obras de los fieles y el alivio de los pecados; porque los que con pureza de corazón acuden a él, no sólo se libran de los pecados, sino que reciben también abundante consuelo eterno. Y no es de extrañar, pues este Apóstol no se avergonzó de mi cruz, sino que la llevó con alegría; y así tampoco me avergüenzo yo de oir ni de admitir a aquellos por quienes él ora, porque su voluntad es la mía. Luego que lo hayáis visitado, volved al punto a Nápoles a la fiesta de mi Natividad.

 

Y respondío santa Brígida: Señor, ya pasó nuestro tiempo, y vienen la enfermedad y los años, y van faltando los recursos temporales. Y dijo el Señor: Yo soy el Creador, el Señor y el Reformador de la naturaleza. Soy también la ayuda, defensa y socorro en las necesidades. Y así como el que tiene un caballo que estima, no excusa mandarlo a un prado hermoso para que allí se apaciente, del mismo modo yo, que todo lo tengo y de nada necesito, y veo las conciencias de todos, inspiraré en los corazones de los que me aman, que hagan beneficios a los que en mí esperan; pues aun a los que no me aman les amonesto, para que hagan beneficios a mis amigos, a fin de que con las oraciones de los justos se hagan aquellos mejores.

 

 

Orando santa Brígida y alabando a san Esteban protomártir, se le aparece el Santo, le cuenta parte de su vida, y las tres cosas que le dan mucha gloria en el cielo.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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