Domingo, 02 de mayo de 2010
LAS PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - SOBRE ESTAS REVELACIONES, PURGATORIO Y ENSEÑANZAS VARIAS

Aquí os traigo otro conjunto de interesantísimas visiones (capitulos 50 al 60)  de Santa Brígida de Suecia que os recomiendo leer, pues a nadie deja indiferente. EL AUTOR DEL BLOG.

Dice Jesucristo que el alma es su esposa, y añade quiénes sean espiritualmente los criados y las esclavas del alma Revela también a santa Brígida las terribles penas que padecía un alma en el purgatorio, y cómo podía ser aliviada en ellas.

 

                   Capítulo 50

 

Cierto señor, dice Jesucristo, tenía una mujer, para la cual edificó una casa, le proporcionó criado, criadas y víveres, y se marchó a un largo viaje. A su vuelta encontró el señor difamada a su mujer, inobedientes a sus criados, y deshonradas las criadas, e irritado con esto, entregó la mujer a los tribunales, los criados a los verdugos, y mandó azotar a las criadas. Yo, Dios, soy este Señor, que tomé por esposa el alma del hombre, criada por el poder de mi divinidad, deseando tener con ella la indecible dulzura de mi misma divinidad. Me desposé con ella mediante la fe, el amor y la perseverancia de las virtudes. Edifiquéle a esta alma una casa cuando le di el cuerpo mortal para que en él se probase y se ejercitara en las virtudes.

 

Esta casa, que es el cuerpo, tiene cuatro propiedades, es noble, mortal, mudable y corruptible. El cuerpo es noble, porque fué criado por Dios, participa de todos los elementos, y resucitará para la eternidad en el último día; pero es innoble comparado con el alma, porque es de tierra, y el alma es espiritual. Por tanto, por tener el cuerpo cierta nobleza, debe estar engalanado con virtudes, para que pueda ser glorificado en el día del juicio. Es también el cuerpo mortal por ser de tierra, por lo que debe resistir las seducciones de los deleites, porque si sucumbiere a ellas, pierde a Dios. Es igualmente mudable, por lo que ha de hacerse estable por medio del alma, pues si sigue sus impulsos, es semejante a los jumentos. Es, por último, corruptible, y por esto debe siempre estar limpio, pues el demonio busca la impureza, la cual huye de la compañía de los angeles.

 

Habitadora de esta casa, es decir, del cuerpo, es el alma, y en él mora como en una casa, y vivifica al mismo cuerpo; pues sin la presencia del alma es el cuerpo horroroso, fétido y abominable a la vista. Tiene también el alma cinco criados, que sirven de consuelo al cuerpo. El primero es la vista, que debe ser como el buen vigía, para distinguir entre los enemigos y los amigos que llegan. Vienen los enemigos, cuando los ojos desean ver rostros hermosos, y todo lo deleitable a la carne y lo que es perjudical y deshonesto: y vienen los amigos, cuando se deleita en ver mi Pasión, las obras de mis amigos y todo lo que es en honra de Dios.

El segundo criado es el óido, el cual es como el buen portero, que abre la puerta a los amigos y la cierra a los enemigos. La abre a los amigos, cuando se deleita en oir las palabras de Dios, las pláticas y obras de los amigos del Señor; y la cierra a los enemigos, cuando se abstiene de oir murmuraciones, chocarrerías y necedades.

 

El tercer siervo es el gusto de comer y beber, el cual es como el buen médico, que ordena la comida para la necesidad, no para lo superfluo y deleitable; porque los alimentos han de tomarse como si fueran medicinas, y así deben observarse dos reglas: no comer mucho, ni demasiado poco; porque la mucha comida es causa de enfermedades, y si, por otra parte, se come menos de lo debido, se adquiere un hastío en el servicio de Dios.

 

El cuatro criado es el tacto, el cual es como el hombre laborioso, que trabaja para sustentar su cuerpo, y al mismo tiempo doma con prudencia los apetitos de la carne y desea ardientemente conseguir la salvación eterna.

El quinto siervo es el olor de las cosas deleitables, el cual puede no existir en muchos a fin de obtener mayor recompensa eterna; y por tanto, debe ser este siervo como el buen mayordomo, y pensar si ese deleite le conviene al alma, si adquiere merecimiento, y si puede subsistir el cuerpo sin él. Pues si considera que el cuerpo puede de todos modos estar y vivir sin ese olor deleitable, y por amor de Dios se abstiene de él, merece que el Señor le dé gran recompensa, porque es virtud muy grata a Dios, cuando el hombre se priva aun de las cosas lícitas.

 

A más de tener el alma estos criados, debe también tener cinco criadas muy aptas, para custodiar a la señora y guardarla de sus peligros. La primera ha de ser timorata y cuidadosa de que el esposo no se ofenda con la inobservancia de sus mandamientos, o de que la señora se haga negligente. La segunda ha de ser fervorosa en no buscar nada sino la honra del esposo y el provecho de su señora. La tercera debe ser modesta y estable, para que su señora no se engría con la prosperidad, ni se abata con la desgracia. La cuarta debe ser sufrida y prudente, para poder consolar a la señora en los males que le sobrevengan. La quinta ha de ser tan púdica y casta, que en sus pensamientos, palabras y obras no haya nada indecoroso o libertino.

 

Si, pues, el alma tiene la casa que hemos dicho, unos criados tan dispuestos y las criadas honradas, sienta muy mal que la misma alma, que es la señora, no sea hermosa y esté llena de abnegación. Quiero, por consiguiente, manifestarte el ornato y atavío del alma.

 

Ha de ser esta equitativa en discernir lo que debe a Dios y lo que debe al cuerpo, porque juntamente con los ángeles participa de la razón y del amor de Dios. Por tanto, debe el alma mirar la carne como si fuera un jumento, darle moderadamente lo necesario para la vida, estimularla al trabajo, corregirla com temor y abstinencia, y observar sus impulsos, no sea que por condescender con la flaqueza de la carne, peque el alma contra Dios. Lo segundo, el alma debe ser celestial, porque tiene la imagen del Señor de los cielos, y por tanto, nunca ha de entretenerse ni deleitarse en cosas carnales, a fin de no hacerse imágen del mismo demonio. Lo tercero, ha de ser fervorosa en amar a Dios, porque es hermana de los ángeles, inmortal y eterna. Debe, por último, ser hermosa en todo linaje de virtudes, porque eternamente ha de ver la hermosura del mismo Dios: mas si consiente con los deseos de la carne, será horrorosa por toda la eternidad.

 

Conviene también, que la señora, que es el alma, tenga su comida, la cual es la memoria de los beneficios de Dios, la consideración de sus terribles juicios y la complacencia en su amor y en guardar sus mandamientos. Debe, pues, el alma evitar con empeño el no ser jamás gobernada por la carne, porque entonces todo se desordena, y sucede que los ojos quieren ver cosas deleitables y peligrosas, los oídos quieren oir vaciedades; agrada también gustar cosas suaves y trabajar inútilmente por causa del mundo; entonces es seducida la razón, domina la impaciencia, disminúyese la devoción, auméntase la tibieza, palíase la culpa, y no son consideradas las cosas futuras; entonces mira el alma con desprecio el manjar espiritual, y le parece penoso todo lo que es del servicio de Dios.

 

¿Cómo puede agradar la continua memoria de Dios, donde reina el placer de la carne? ¿Ni cómo puede el alma conformarse con la voluntad de Dios, cuando solamente le agradan las cosas carnales? ¿Ni cómo puede distinguir lo verdadero de lo falso, cuando le es molesto todo lo que pertenece a Dios? De semejante alma, afeada de este modo, puede decirse, que la casa de Dios se ha hecho tributaria del demonio amoldándose a él.

 

De tal suerte es el alma de este difunto que estás viendo, pues el demonio la posee por nueve títulos. Primero, porque voluntariamente consintió en el pecado; segundo, porque despreció su dignidad y lo prometido en el santo bautismo; tercero, porque no cuidó de la gracia de su confirmación dada por el obispo; cuarto, porque no hizo caso del tiempo que se le hubo concedido para penitencia; quinto, porque en sus obras no me temió a mí, su Dios, ni tampoco mis juicios, sino que de intento se apartó de mí; sexto, porque menospreció mi paciencia como si yo no existiese, o como si yo no pudiera condenarlo; séptimo, porque se cuidó menos de mis consejos y preceptos que de los de los hombres; octavo, porque no daba gracias a Dios por sus beneficios, porque tenía su corazón fijo en el mundo; y noveno, porque toda mi Pasión estaba como muerta en su corazón, y por consiguiente, padece ahora nueve penas.

 

La primera, es porque todo lo que padece, lo sufre por justo juicio de Dios, por precisión y a la fuerza; la segunda, porque dejó al Criador y amó la criatura, y por tanto, lo detestan todas las criaturas; la tercera, es el dolor, porque dejó y perdió todo cuanto amó y todo esto está contra él; la cuarta, es el ardor y sed porque deseaba más las cosas perecederas que las eternas; la quinta, es el terror y poderío de los demonios, porque mientras pudo no quiso temer al benignísimo Dios; la sexta, es carecer de la vista de Dios, porque en su tiempo no vió la paciencia del Señor; la séptima, es una horrorosa ansiedad, porque ignora cuándo han de acabar sus tormentos; la octava, es el remordimiento de su conciencia, porque omitió lo bueno e hizo lo malo; la novena, es el frío y el llanto porque no deseaba el amor de Dios.

 

Sin embargo, porque tuvo dos cosas buenas: primera, creer en mi Pasión y openerse en cuanto pudo a los que hablaban mal de mí; y segunda, amar a mi Madre y a mis santos, y guardar sus vigilias, te diré ahora cómo por las súplicas de mis amigos que por él ruegan, podrá salvarse.

 

Se salvará lo primero, por mi Pasión, porque guardó la fe de mi Iglesia; segundo, por el sacrificio de mi Cuerpo, porque este es el antídoto de las almas; tercero, por los ruegos de mis escogidos que en el cielo están; cuarto, por las buenas obras que se hacen en la santa Iglesia; quinto, por los ruegos de los buenos que viven en el mundo; sexto, por las limosnas hechas de los bienes justamente adquiridos, y si se restituyen los que se sabe éstan mal adquiridos; séptimo, por las penalidades de los justos que trabajan por la salvación de las almas; ; octavo, por las indulgencias concedidas por los Pontífices; noveno por varias penitencias hechas en beneficio de las almas, que los vivos no acabaron cumplidamente.

 

Esta revelación, hija mía, te la ha merecido el patrono san Erico, a quien sirvió esta alma, porque llegará tiempo en que decaerá la maldad de esta tierra, y en los corazones de muchos resucitará el celo de las almas.

 

 

Según el Evangelio, dos son los caminos para alcanzar el cielo: humillarse como un niño y hacerse violencia a sí mismo.

 

                   Capítulo 51

 

Dije en mi Evangelio, dice el Señor, que de dos maneras puede alcanzarse el cielo. La primera es, si el hombre se humillare como un niño, y la segunda es, si se hiciere violencia a sí mismo. Es humilde el que a pesar de cuanto aprovechare y de las buenas obras que hiciere, las considera de ningún valor y no confía nada en sus méritos. Igualmente se hace violencia a sí mismo el que resistiendo los desordenados impulsos de su carne, se castiga discretamente para no ofender a Dios, y cree alcanzar el cielo, no por sus buenas obras, sino por la misericordia del Señor.

 

Pues yo, el mismo Dios y verdadero hombre, cuando traté con los hombres, comí y bebí lo que me presentaban, aunque podía haber vivido sin comer; pero lo hice así para dar a los hombres ejemplo del modo de vivir, y para que los hombres tomasen lo necesario para su vida, y den gracias a Dios por sus beneficios.

 

 

Manifiesta Dios a santa Brígida de cuánto mérito es a sus ojos el ministerio de la predicación. Refiérese también aquí la espantosa condenación de un soldado, que blasfemó al oir las palabras de un predicador.

 

                   Capítulo 52

 

Predicando el maestro Matías de Suecia, que compuso el prólogo de este libro, un soldado le dijo lleno de furor: Si mi alma no ha de ir al cielo, vaya como los animales a comer tierra y las cortezas de los árboles. Larga demora es aguardar hasta el día del juicio, pues antes de ese juicio ningún alma verá la gloria de Dios. Al oir esto santa Brígida que se hallaba presente, dío un profundo gemido, diciendo: Oh Señor, Rey de la gloria, sé que sois misericordioso y muy paciente; todos los que callan la verdad y desfiguran la justicia, son alabados en el mundo, mas los que tienen y muestran tu celo, son despreciados. Así, pues, Dios mío, dad a este maestro constancia y fervor para hablar.

 

Entonces la Santa en un arrobamiento vió abierto el cielo y el infierno ardiendo, y oyó una voz que le decía: Mira el cielo, mira la gloria de que se hallan revestidas las almas, y di a tu maestro: Lo dice esto Dios tu Criador y Redentor. Predica con confianza, predica continuamente, predica a tiempo o fuera de tiempo, predica que las almas bienaventuradas y que ya han purgado ven la cara de Dios; predica con fervor, pues recibirás la recompensa del hijo que obedece la voz de su padre. Y si dudas quién soy yo que te estoy hablando, has de saber que soy el que apartó de ti tus tentaciones.

Después de oir esto vió otra vez la Santa el infierno, y horrorizada de espanto, oyó una voz que decía: No temas los espírituales que ves, pues sus manos, que son su poderío, están atadas, y sin permiso mío no pueden hacer más que una paja delante de tus pies. ¿Qué piensan los hombres confiando que no me he de vengar de ellos yo, que sujeto a mi voluntad los mismos demonios?

 

Entonces respondío la Santa: No os enojéis, Señor, si os hablo. Vos, que sois misericordiosísimo, ¿castigaréis acaso perpetuamente al que perpetuamente no puede pecar? No creen los hombres que semejante proceder corresponde a vuestra divinidad, que en el juzgar manifestáis sobre todo la misericordia, y ni aun los mismos hombres castigan perpetuamente a los que delinquen contra ellos.

 

Y dijo el Espíritu: Yo soy la misma verdad y justicia, que doy a cada cual según sus obras, veo los corazones y las voluntades, y tanto como el cielo dista de la tierra, así distan mis caminos y mis juicios de los consejos y de la inteligencia de los hombres. Por tanto, el que no corrige su mal mientras vive y puede, ¿qué es de extrañar si es castigado cuando no puede? ¿Ni cómo deben permanecer en mi eternidad purísima los que desean vivri eternamente para siempre pecar? Por consiguiente, el que corrige su pecado cuando puede, debe permancecer conmigo por toda la eternidad, porque yo eternamente lo puedo todo, y eternamente vivo.

 

DECLARACIÓN.

 

Este hombre fué casado, y teniendo públicamente en su casa una concubina, angustiado su ánimo por la amonestación qu se le hizo en presencia de muchos, la mató. Á los cuatro días después murió sin recibir los Sacramentos y con el corazón empedernido, fué sepultado, y durante muchas noches se oyó una voz que decía: ¡Ay de mí! ¡ay de mí! estoy ardiendo, estoy ardiendo. Refirieron esto a su mujer, y en presencia de ella abrieron la sepultura donde se había enterrado el cadáver, y no hallaron más que un resto de la mortaja y de los zapatos. Cerraron la sepultura, y no se volvió a oir más aquella voz.

 

 

Notable revelación sobre uno que celebraba misa, no estando ordenado de sacerdote.

 

                   Capítulo 53

 

Uno que celebraba misa sin estar ordenado de sacerdote, fué presentado a los tribunales y a sufrir la pena de ser quemado. Como rogase por él santa Brígida, Jesucristo le dijo: Mira mi misericordia: si este hombre hubiese quedado sin castigo, jamás habría conseguido el reino de los cielos; mas ahora ha alcanzado contrición, y tanto por está como por el suplicio que padece, se va acercando a la gracia y al eterno descanso.

 

Pero podrás preguntarme, si los que oían las misas y recibían los Sacramentos de manos de ese hombre sin ordenar, se han condenado o pecaban mortalmente. Y a esto te respondo, que de ninguna manera se han condenado, sino que la fe los salvó, porque creían que ese hombre estaba ordenado por el obispo, y que yo me hallaba en sus manos en el altar. Igualmente, la fe de los padres aprovechó a los bautizados por él, porque lo creyeron verdadero sacerdote y pronunciaba, además, las palabras del bautismo, que con el agua bastan para quedar bautizado.

 

 

Jesucristo reprende gravemente a los que consultan con los agoreros y los malos espíritus, e instruye sobre esto a santa Brígida.

 

                   Capítulo 54

 

Cierto militar consultó a un hechicero acerca de si los habitantes del reino deberían o no pelear contra el rey de Suecia, y resultó lo que el hechicero había dicho. Refirió ésto después el militar al rey, hallándose presente santa Brígida, la cual, al punto que se hubo separado del rey, oyó espiritualmente la voz de Jesucristo, que le decía: Ya has oído cómo ese militar consultó al demonio, y cómo éste anunció la futura paz. Di, pues, al rey, que todo esto acontece con permiso mío a causa de la mala fe del pueblo; pues el diablo, por lo sutil de su naturaleza, puede saber muchas cosas futuras, que da a conocer a los que le consultan, a fin de engañar a los que le creen y los infieles a mí. Di al rey que esos hombres sean separados de la comunicación de los fieles, pues los tales son engañadores de las almas, porque a trueque de obtener el lucro temporal se dan y entregan al diablo, a fin de engañar a muchos.

 

Y no es de maravillar, porque cuando el hombre desea saber más de lo que Dios quiere que sepa, y procura enriquecerse contra la voluntad de Dios, entonces tienta el demonio su alma, y viéndola inclinada a las malas inspiraciones, le envía, para que la engañen a sus auxiliadores, que son los adivinos y otros enemigos de la fe; y cuando consigue lo insignificante que desea, que es lo temporal, pierde lo que es eterno.

 

 

Revela el Señor a santa Brígida cómo en algún tiempo los gentiles serán más fervorosos que los actuales cristianos.

 

                   Capítulo 55

 

Has de saber que todavía tendrán los gentiles tan gran devoción, que los cristianos serán espiritualmente como siervos de ellos, y se cumplirá lo que dice la Escritura, que el pueblo que no entendía me glorificará, y se poblarán los desiertos, y cantarán todos: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y sea dada honra a todos los Santos.

 

 

Dice el Señor, a santa Brígida, cuánto aborrece su Majestad a los que retienen injustamente los bienes ajenos. Refiérese el castigo de un alma que estuvo cuarenta años en el purgatorio por su negligencia en esta parte.

 

                   Capítulo 56

 

Apareciósele a santa Brígida uno que había estado cuarenta años en el purgatorio, y le dijo: Por mis pecados y por esos bienes temporales que tú sabes, he padecido largo tiempo en el purgatorio; pues frecuentemente oí decir en mi vida, que mis padres habían adquirido injustamente aquellos bienes, mas yo ni hacía caso de eso ni los restituía. Después de mi muerte unos parientes míos que tenían conciencia, restituyeron esos bienes por inspiración de Dios a sus dueños, y entonces me libré del purgatorio, así por esto como por las oraciones de la Iglesia.

 

Después dijo Jesucristo a la Santa: ¿Qué creen los hombres poseedores de mala fe, y que retienen a sabiendas lo mal adquirido? ¿Creen quizá que han de entrar en mi reino? Lo mismo que Lucifer. Y ni aun les aprovecharán las limosnas de los bienes mal adquiridos, sino que se convertirán en alivio de los verdaderos dueños de esos bienes. Mas no serán castigados los que sin saberlo poseen bienes mal adquiridos, ni tampoco pierden el cielo los que tienen perfectísma voluntad de restituir y se esfuerzan cuanto pueden, porque Dios suplirá por esa buena voluntad, ya sea en el siglo presente, ya en el futuro.

 

 

                   Capítulo 57

 

En cierto monasterio celebraba su primera misa un sacerdote el día de Pentescotés; y al alzar el Cuerpo de Jesucristo, vió santa Brígida fuego que bajaba del cielo sobre todo el altar, y en manos del sacerdote vió pan, y en el pan un cordero vivo, y en éste el rostro inflamado y como de un hombre, y entonces oyó una voz que le decía: Como ahora ves que el fuego baja al altar, igualmente mi Espíritu Santo bajó a mis Apóstoles tal día como hoy, e inflamó sus corazones. Por medio de las palabras de la consagración el pan se convierte en un cordero vivo, que es mi cuerpo, y el rostro está en el cordero, y el cordero en el rostro, porque el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, y el Espiritu Santo en ambos.

 

Y por segunda vez en la misma elevación de la Sagrada Eucaristía vió la Santa en manos del sacerdote un joven de extraordinaria hermosura, el cual dijo: Os bendigo a vosotros creyentes, y seré juez de los que no crean.

 

 

La santísima Virgen manifiesta a santa Brígida cómo Dios quiere valerse de estas revelaciones para ilustrar a muchos fieles en la Iglesia.

 

                   Capítulo 58

 

En la noche de la Natividad de nuestro Señor tuvo santa Brígida tan grande y maravilloso alborozo de corazón, que apenas le era posible tenerse de alegría; y en el mismo instante sintió en su corazón un movimiento sensible y admirable, como si un niño estuviese dando vueltas dentro de él. Duró este movimiento y se lo hizo presente a su padre espiritual y a varios amigos suyos espirituales, no fuera acaso ilusión. Pero éstos se admiraron, viendo probada la verdad, así por la vista como por el tacto.

 

En el mismo día y en la misa mayor se apareció la Madre de Dios a la Santa y le dijo: Te maravillas, hija, del movimiento que sientes en tu corazón; pero has de saber que no es ilusión, sino cierta muestra de mi dulzura y de la misericordia habida conmigo. Pues al modo que ignoras cómo tan de repente te sobrevino ese alborozo y movimiento del corazón, igualmente fué admirable y veloz la venida de mi Hijo a mí; porque así que consentí al anunciarme el ángel la concepción del Hijo de Dios, al punto sentí en mí cierta cosa admirable y viva. Y al nacer de mí, salió con indecible alborozo y admirable celeridad, quedando virgen antes del parto, en el parto y después de él, pues siempre fuí Virgen.

 

Por tanto, hija, no temas que sea eso ilusión, sino felicítate, porque ese movimiento que sientes, es la señal de la llegada de mi Hijo a tu corazón. Por esto, así como mi Hijo te puso el nombre de nueva esposa suya, igualmente Dios y yo queremos por tu medio manifestar nuestra voluntad al mundo y a nuestros amigos, para encender los corazones de los hombres fríos en el amor de Dios. Y ese movimiento de tu corazón perseverará contigo y se irá aumentando según la capacidad de tu mismo corazón.

 

 

San Juan Evangelista dice a santa Brígida haber sido él, quien inspirado por Dios, escribió el Apocalipsis.

 

                   Capítulo 59

 

Cuando el maestro Matías del reino de Suecia, comentador de la Biblia, escribía sus comentarios sobre el Apocalipsis, le suplicó a santa Brígida que le alcanzara la gracia de saber en espíritu cuál sería el tiempo del Antecristo, y si san Juan Evangelista había escrito el Apocalipsis , pues muchos opinaban lo contrario. Haciendo la santa oración sobre este particular, fué arrebatada en espíritu, y vió a una persona ungida como con aceite, y resplandeciente con sumo esplendor, a la cual dijo Jesucristo: Da testimonio de quién compuso el Apocalipsis. Y respondió: Yo soy Juan, a quien desde la cruz encargaste el cuidado de tu Madre. Tú, Señor, me inspiraste los misterios del Apocalipsis, y yo los escribí para consuelo de los venideros, a fin de que con las futuras desgracias no fuesen aniquilados tus fieles.

 

Entonces dijo el Señor a la Santa: Te digo, hija mía, que así como san Juan Evangelista escribió por mi Espíritu las cosas futuras que vió, igualmente el maestro Matías, tu confesor y padre espiritual, entiende por el mismo Espíritu, y escribe la verdad espiritual de la Sagrada Escritura. Dile también a ese director tuyo, a quien hice maestro, que hay muchos Antecristos; mas el cómo vendrá aquel maldito Antecristo, se lo manifestaré por medio de ti.

 

 

Notable revelación sobre las almas que sacó del limbo Jesucristo, y cómo, aunque resucitaron entonces muchos cuerpos, sólo las almas subieron con Jesucristo a la gloria.

 

                   Capítulo 60

 

Tal día como hoy, dice la Virgen a santa Brígida, resucitó de entre los muertos mi Hijo, fuerte como el león, porque aniquiló el poder del demonio, y libertó las almas de sus escogidos, las cuales subieron con El al gozo del cielo. Mas acaso me preguntarás, ¿dónde estuvieron esas almas que sacó del infierno, hasta que subío al cielo? A lo cual te respondo, que estuvieron en cierto gozo conocido únicamente de mi Hijo. Porque donde quiera que estaba y está mi Hijo, allí está también el gozo y la gloria, según dijo al ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraí. Resucitaron también muchos santos que en Jerusalén habían muerto, a los cuales vimos, y cuyas almas subieron al cielo con mi Hijo; pero sus cuerpos esperan con los demás la resurrección y el juicio universal.

 

Pero a mí, que soy la Madre de Dios y que después de su muerte me hallaba angustiada con incomprensible dolor, se me aparació mi Hijo antes que a nadie, y se me manifestó palpable, y me consoló, recordándome que visiblemente subiría al cielo; y aunque esto no está escrito a causa de mi humildad, es no obstante muy cierto, que al resucitar mi Hijo, se me presentó a mí antes que a nadie.

 

Y puesto que tal día como hoy me consoló mi Hijo, yo disminuiré tus tentaciones desde hoy en adelante, y te enseñaré cómo debas resistirlas. Te maravillas de que en la vejez te vengan tentaciones, que ni en la juventud ni durante tu matrimonio tuviste. A lo cual te respondo, que así acontece, para que sepas que sin mi Hijo no eres ni puedes nada, y si no te hubiera librado mi Hijo, no habría pecado en que no hubieras caído. Por consiguiente, te doy ahora tres remedios contra las tentaciones.

 

Cuando te vieres acometida de una tentación impura, has de decir: Jesucristo, Hijo de Dios, conocedor de todas las cosas, ayudadme para que no me deleite en malos pensamientos. Cuando te complace el hablar, has de decir: Jesucristo, Hijo de Dios, que ante el juez callasteis, contened mi lengua mientras pienso qué y cómo deba hablar. Y cuando te agradare obrar, descansar o comer, debes decir: Jesucristo, Hijo de Dios, que fuísteis atado, dirigid mis manos y todos mis miembros, para que mis obras se encaminen a buen fin. Y sírvate de señal que desde este día tu siervo, que es tu cuerpo no prevalecerá contra el Señor, es decir contra tu alma.

 

Autora: Santa Brígida de Suecia.

Transcrito por: Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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