Innumerables
generaciones, a lo largo de los siglos, se han dirigido en
peregrinación a santuarios célebres o humildes para “honrar a la Virgen,
en sus preciosas o modestas imágenes, y en ellos han encontrado gracia y
consuelo, luz de fe y fuerza de conversión, refugio en las adversidades
de la vida y en las crisis del alma” (Insegnamenti di Paulo VI, IV,
1966, pág. 902).
Cada uno de nosotros conserva quizá en el propio corazón el recuerdo y el vínculo con un santuario mariano, donde nuestra vida ha estado marcada por una llamada, por una invitación de la Virgen, que con dulzura y decisión ha dicho: “Hazlo que te diga mi Hijo” (cf. Jn 2, 5).
Hoy nos dirigimos en peregrinación espiritual a un santuario ligado a la memoria del Nacimiento de la Virgen Santísima.
Una antigua tradición, a la cual se hace referencia en un apócrifo del siglo II, el Protoevangelio de Santiago, sitúa en Jerusalén, junto al templo, la casa en que nació la Virgen.
Los
cristianos, desde el siglo V en adelante, han celebrado la memoria de la
Natividad de María en la gran iglesia construida frente al templo,
sobre la Piscina Probática, donde Jesús curó al paralítico (cf. Jn 5,
1-9).

Cripta en la Iglesia de Santa Ana, donde se marca el lugar donde se cree que nació la Virgen.
En el siglo VII, San Sofronio, Patriarca de Jerusalén, exaltaba así ese
santuario: “Al entrar en la santa iglesia probática, donde la ilustre
Ana dio a luz a María, pondré el pie en el templo, en ese templo de la
purísima Madre de Dios, besaré y abrazaré esos muros tan queridos para
mí. No atravesaré con indiferencia ese lugar en el que nació la Virgen
Reina en casa de sus padres. Veré también ese lugar en el que el
paralítico, curado por orden del Verbo, se levantó de tierra llevándose
consigo la camilla” (Anacr., XX: PG 87/3, 3821-3824).
Los Cruzados encontraron sólo ruinas de esa antigua iglesia; pero construyeron una a su lado, dedicada a “Santa María en el lugar de su nacimiento”, hoy denominada iglesia de Santa Ana.
Sea cual fuere la verdad histórica, permanece el hecho de que en ese lugar, desde sus orígenes, se venera la memoria del nacimiento de la Madre del Redentor.
A lo largo de los siglos se han reunido allí numerosos peregrinos para venerar a María Santísima y para implorar su intercesión maternal, haciendo propio su Magnificat; han encontrado en ella el modelo de toda auténtica peregrinación, que es siempre un camino de fe, un itinerario espiritual en la escucha continua y fiel de la Palabra de Dios.”
Juan Pablo II, Angelus del domingo 5 de julio de 1987.
Fdo. Cristobal Aguilar.
