Martes, 27 de abril de 2010
LAS VISIONES Y PROFECIAS DE SANTA BRÍGIDA - CAPÍTULOS DEL 31 AL 40 DEL - SOBRE LA VÍRGEN

Bueno seguimos con estas interesantes revelaciones de Santa Brígida en las que esta hablando con la Vírgen. EL AUTOR DEL BLOG.

Méritos de la obediencia y frutos de la paciencia en los combates y victorias de los justos.

 

                   Capítulo 31

 

Dime por qué estás inquieta, le dice el Señor a santa Brígida; pues aunque todo lo sé, quiero que tú me lo digas, para que entiendas lo que te respondo. Y contestó la Santa: Temo dos cosas, y por ambas estoy afligida: primera, porque soy demasiado impaciente para obedecer y poco alegre para padecer; y segunda, porque vuestros amigos padecen tribulaciones, y vuestros enemigos los dominan.

 

Y respondió el Señor: Yo estoy en ese a quien has sido entregada para que obedezcas; y por tanto, a cualquiera hora, a cualquier instante en que con la voluntad consientes para obedecer, quieres obedecer con la voluntad; y aunque a veces lo repugne la carne, se te pondrá en cuenta como premio y como purificación de los pecados. Tocante a lo segundo, que te afliges con las tribulaciones de mis amigos, te respondo con un ejemplo. Cuando están dos riñendo, y uno de ellos tira sus armas, mientras el otro va siempre armado, ¿no será vencido, por ventura, más fácilmente el que tira sus armas que el que siempre las lleva consigo? Lo mismo acontece ahora, pues diariamente están los enemigos tirando sus armas.

 

Tres clases de éstas son señaladamente necesarias para pelear. La primera es la que lleva al hombre, como el caballo y las demás cabalgaduras: la segunda es aquella con que se defiende el hombre, como la espada; y la tercera es la que resguarda el cuerpo, como la coraza.

Pero los enemigos perdieron primeramente el caballo de la obediencia, con la cual hubieran sido encaminados a todo bien; porque es la que mantiene la amistad con Dios y guarda la fe prometida al Señor. Arrojaron también la espada del temor de Dios, con el cual, el cuerpo se retrae del placer, y el demonio se aparta del alma para no acercarse a ella.

 

Perdieron igualmente la coraza con que debían estar guarecidos contra los dardos, esto es, el amor de Dios, el cual alegra en las adversidades, defiende en la prosperidad, da paz en las tentaciones y suavidad en los dolores. Su yelmo, que es la sabiduría Divina, está tirado por el lodo, y también andan caídas las armas del cuello, que es el pensamiento en Dios; porque como por el cuello se mueve la cabeza, así por pensar en Dios se debería mover el ánimo para todo lo que es de Dios; pero ya se ha borrado este pensar en Dios, y así la cabeza anda distraída con cosas despreciables y agitada por el viento. También son muy débiles las armas del pecho, esto es, su afecto a Dios se ha enfriado de modo, que apenas puede verse y menos sentirse. Las armas de los pies están igualmente en abandono y olvido, esto es, la contrición con propósito de la enmienda; porque se alegran en sus pecados y desean perseverar en ellos mientras pueden. Les son, además, odiosas e inútiles las armas de los brazos, y descaradamente hacen lo que quieren sin avergonzarse.

 

Pero mis amigos están diariamente cubiertos con las armas. Corren en el caballo de la obediencia, como buenos siervos que dejan su voluntad por mandato del Señor; como buenos soldados luchan contra los vicios con el temor del Señor; sufren por amor de Dios todo lo que les sobreviene, como buenos guerreros que esperan el auxilio del Señor; y como buenos solitarios que se alejan del mundo, se fortalecen con la sabiduría divina y con la paciencia contra los que los infaman y calumnian. Para las cosas divinas son listos y prontos como el aire movedizo; fervorosos para con Dios, como la esposa con el esposo; veloces y fuertes como los ciervos, para pasar por las distracciones del mundo; cuidadosos en obrar como la hormiga, y vigilantes como el espía.

 

Tales son, esposa mía, mis amigos, y de esta suerte se cubren todos los días con las armas de las virtudes, cuyas armas las desprecian mis enemigos, y por esto son vencidos fácilmente. La lucha espiritual, la cual consiste en la paciencia y en el amor de Dios, es mucho más noble que la corporal, y mucho más odiosa al demonio. Pues no trabaja el demonio para quitar las cosas corporales, sino para viciar las virtudes y quitar la paciencia y la firmeza de las virtudes. No te aflijas, pues, si a mis amigos les sobrevienen contradicciones, porque de ellas les dimana la recompensa.

 

 

Jesucristo, valiéndose de dos comparaciones, dice: primero, que por muchas almas que se pierdan, criará otras y otras de nuevo hasta que se llene el reino de los cielos; y segundo, que buscará entre los gentiles frutos de conversión y de santidad para gloria suya.

 

                   Capítulo 32

 

Yo soy, dice el Señor a la Santa, como el fabricante de vidrio, que de ceniza hace muchos vasos, y aunque se le rompan muchos, no deja de hacer otros nuevos, hasta completar el número que necesita. Igualmente hago yo, que de una materia innoble, formo una criatura noble, que es el hombre, y aunque muchos se apartan de mí por sus malas obras, no dejo, sin embargo, de formar otros, hasta que se complete el coro de los ángeles y se llenen los puestos que en el cielo quedaron vacíos.

 

Soy también como la buena abeja, que sale de su colmenar y va volando hasta la hierba que desde lejos le ha parecido hermosa, en la que procura hallar una bellísima flor de un olor suave y grato; pero así que se aproxima bastante, encuentra una flor árida y de olor ya trocado y destruído, y sin ninguna suavidad. Sigue buscando, y encuentra otra hierba algo áspera, de flor chica y no muy olorosa, y de agradable suavidad. En esta hierba fija la abeja el pie, saca de ella el dulce y lo va llevando al colmenar, hasta que lo ve tan lleno como desea.

Esta abeja soy yo, el Creador y Señor de todas las cosas, que salí del colmenar cuando tomé forma humana y aparecí visible en ella. Busqué una hermosa hierba, esto es, tomé para mí el linaje de los cristianos, los cuales eran hermosos por la fe, dulces por el amor de Dios, y fructíferos por el buen trato. Mas ahora han degenerado de su primitivo estado, y son hermosos por el nombre, pero feos en su trato; fructíferos para el mundo y la carne, pero estériles para Dios y su alma; dulces para sí mismos, pero amarguísimos para mí; por consiguiente, caerán y serán destruídos.

 

Yo, así como hace la abeja, escogeré otra hierba algo áspera, esto es, los paganos muy opuestos en costumbres, de los cuales varios tienen una pequeña flor y poca suavidad, esto es, una voluntad por la que de buena gana se convertirían y me servirían, si supiesen cómo, y si tuvieran quienes les ayudaran. Y de esta hierba sacaré tanto dulce, cuanto necesite para que se llene el colmenar; y quiero aproximarme a ella tanto, que ni a la hierba le falte la suavidad, ni la abeja deje de trabajar, y crecerá admirablemente hasta llegar a gran hermosura lo que es vil y áspero; mas lo que parece hermoso, disminuirá y se pondrá feo.

 

 

La Virgen María se queja en presencia de su Hijo de la mucha ceguedad y miseria en que se ven envueltos los hombres, y contestación de su divino Hijo.

 

                   Capítulo 33

 

Bendito seas, Hijo mío, Dios y Señor mío. Aunque no puedo entristecerme, me compadezco, sin embargo, del hombre por tres cosas. Primeramente, porque el hombre tiene ojos y está ciego, pues ve su cautiverio y va en pos de él; búrlase de tu justicia, y con la risa en los labios sigue su ambicíon; cae al instante en la pena perpetua y pierde la gloria felicísima y sempiterna. Compadézcome del hombre, en segundo lugar, porque desea, y mira gustosamente el mundo, sin fijar la vista en tu misericordia, y busca lo muy pequeño, y abandona lo de más importancia. Me compadezco finalmente, porque siendo tú Dios de todas las cosas, los hombres, sin embargo, tienen puesta en olvido y abandono tu honra, y tus obras las consideran como muertas. Ten, pues, misericordia de ellos, bendito Hijo mío.

 

Y respondió el Hijo: Todos cuantos en el mundo están y tienen conciencia, ven que en el mundo hay una justicia que castiga a los malos. Si, pues, los hombres, siendo mortales, castigan con justicia los excesos corporales, ¿cuanta mayor justicia no es que Dios inmortal castigue al alma inmortal? Bien podría el hombre ver y entender todo esto si quisiera; pero como vuelve sus ojos al mundo y su afecto al deleite, resulta, que como el buho busca la noche, así el hombre va en pos de los bienes fugitivos y tiene odio a los permanentes.

 

Podría también ver y considerar el hombre si quisiese, que si son hermosas las plantas, los árboles y las hierbas, si todas estas cosas del mundo son apetecibles, ¿cuánto más hermoso y apetecible no es el Señor y Criador de todas ellas? Y si se desea y se ama con tanto ardor esta gloria temporal y fugitiva, ¿cuánto más no debe desearse aquella gloria eterna? Todo esto podría verlo el hombre si quisiese, porque muy bien tiene capacidad para entender, que lo mayor y lo más noble debe amarse más que lo que es peor y menor. Pero porque el hombre a quien es dado mirar a lo alto, se inclina siempre a lo bajo, teje de este modo una tela como de arañas, pierde la hermosura del ángel e imitia las cosas transitorias, por consiguiente, florece por poco tiempo como el heno y se seca muy pronto como él.

 

Por último, los que quieren, pueden muy bien considerar en su conciencia por estas cosas criadas, que hay un Dios y Criador de todas ellas, porque si no hubiese un Criador, todo iría desordenado, y no es así, porque nada hay desordenado, aunque así le parezca al hombre, sino lo que desarregla el mismo hombre, al cual le es desconocido el curso de los astros y de los tiempos y a quien por sus anteriores pecados están ocultos los juicios de Dios.

 

Si, pues, hay un Dios y es buenísimo, porque de él procede todo bien, ¿por qué no lo honra el hombre sobre todas las cosas y más que a todo cuanto existe, cuando la razón le dice que sobre todas las cosas debe ser honrado aquel de quien todo procede? Mas el hombre, según has dicho, tiene ojos y no ve, y cierra los ojos con la blasfemia, porque atribuye a las estrellas el que los hombres sean buenos o malos, e igualmente atribuye al hado o a la fortuna todo lo adverso que le sucede, como si en el hado o en la fortuna hubiese algo divino con que pudiesen prosperar o hacer alguna cosa; pero el hado ni la fortuna no existen, y el arreglo del hombre y de todas las cosas ha sido previsto en la firmeza y constancia divina y firmemente dispuesto de un modo razonable, según cada cosa lo exige. Tampoco consiste en las estrellas el que el hombre sea bueno o malo, aunque en los astros se halle mucho arreglo respecto a la naturaleza y al orden de los tiempos. Todo esto podrían verlo los hombres, si quisieran.

 

Y respondió la Madre: Todo hombre que tiene buena conciencia, comprende bien que Dios debe ser amado más que todas los cosas, y así también lo muestra con sus obras; mas porque muchos tienen una venda en los ojos, aunque la pupila esté sana, resulta que no todos pueden ver. ¿Qué significa, pues, esta venda, sino la falta de consideración respecto a las cosas futuras con que está obstruída la inteligencia de muchos? Por tanto, te ruego, amadísimo Hijo mío, que siempre te dignes manifestar a alguien cuál sea tu justicia, no para que se haga mayor su vergüenza y miseria, sino para que se suavice la pena debida por sus culpas, y para que tu justicia sea notoria y temida.

 

Ruégote, en segundo lugar, que para dar fervor a unos y para consuelo de los miserables, te dignes manifestar tu misericordia por medio de alguna persona querida tuya. Y finalmente te pido que sea honrado tu nombre, para que los que te aman, aumenten su fervor, y los tibios sean animados.

Y respondió el Hijo: Cuando vienen a suplicar muchos amigos, es justo que sean oídos, y mucho más si viene a suplicar una Señora muy estimada del Señor: hágase, pues, lo que quieres. Mi justicia se manifestará hasta tal punto, que los que la experimenten, verán que salen al público sus obras y que sus miembros se estremecen. Daré también a una persona toda la misericordia de que es capaz y necesita, y exaltaré su cuerpo y glorificaré su alma, para que se manifieste mi misericordia.

 

En seguida dice la Madre: Ten, pues, misericordia de ellos, bendito Hijo mío; porque la caída es horrorosa, el precipicio inmenso, las tinieblas perpetuas y el castigo larguísimo.

 

 

Santa Brígida ruega a la Virgen María le alcance el perfecto amor de Dios, y contestación de la Señora.

 

                   Capítulo 34

 

Cuán dulce es Dios nuestro Señor!, dice la Santa a la Virgen. Todo el que lo posea a él, que es dulcísimo, no tendrá en sí dolor alguno en que no sienta consuelo. Así, pues, os ruego, piadosísima Madre de Dios, que apartéis de mi corazón el afecto a todas las cosas temporales, para que sobre todas las cosas ame yo a vuestro Hijo hasta la muerte. Y respondió la Madre: Puesto que deseas amar mucho a mi Hijo, obra conforme a las palabras que dijo él mismo en su Evangelio, las cuales impulsan a que sea él amado sobre todas las cosas; y por consiguiente, te recuerdo seis máximas del Evangelio: Ve y vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y sígueme.

 

La segunda es: No os inquietéis por el día de mañana. La tercera es: Mirad cómo son alimentadas las aves, ¡cuánto más os alimentará a vosotros vuestro Padre celestial! La cuarta es: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. La quinta es: Buscad primero el reino de Dios. La sexta es: Venid a mí los que tenéis hambre, y yo os saciaré.

 

Vende todas las cosas el que no apetece tener más que la moderada subsistencia de su cuerpo, y todo lo demás lo da a los pobres para honra de Dios, y no por honra del mundo, a fin de alcanzar la amistad de Dios, como se ve en san Gregorio y en otros muchos reyes y príncipes, los cuales aunque tuvieron riquezas y daban de ellas a los pobres, eran muy amados de Dios, como los que de una vez lo dejaron todo por Dios y después pedían limosna. Pues los que tuvieron riquezas del mundo solamente para honra de Dios, de buena gana habrían carecido de ellas si tal hubiese sido la voluntad del Señor; pero esos otros eligieron para honra de Dios la pobreza que deseaban. Así, pues, todo el que tuviere fincas o rentas de bienes justamente adquiridos, puede para honra de Dios percibir sus frutos para su alimento y el de sus dependientes, y dar lo demás a los amigos de Dios que estén necesitados.

 

Lo segundo, no estés inquieta por el día de mañana, pues aunque no tuviereis más que el cuerpo desnudo, debes esperar en Dios, y él que a las aves alimenta, también te alimentará a ti, que te redimió con su sangre. Y dijo santa Brígida: Amadísima Señora, que sois hermosa, rica y en extremo virtuosa: hermosa, porque nunca pecasteis; rica, porque sois muy amada de Dios, y virtuosa, porque sois perfectísima en todas las obras buenas. Oidme a mí, Señora, que estoy llena de pecados y pobre de virtudes. Hoy tenemos que comer y todo lo necesario, pero mañana no tenemos y nos hallamos desprovistos de todo, ¿cómo podemos estar tranquilos cuando nada tenemos? Pues aunque el alma tiene de Dios su consuelo, el jumento, que es el cuerpo, necesita su comida.

 

Y respondió la Virgen: Si tenéis algo superfluo de que podáis carecer, vendedlo o empeñadlo, y vivid sin inquietud. Tenemos vestidos, dijo la Santa, que usamos por día y noche, y unos pocos vasos para el servicio de nuestra mesa. El sacerdote tiene sus libros, y tenemos además el caliz y ornamentos para la misa.

 

El sacerdote, respondió la Virgen, no debe estar sin libros, ni vosotros sin misa, ni ésta debe decirse sino con ornamentos limpios: vuestro cuerpo tampoco debe estar desnudo sino vestido por la decencia y para resguardaros del frío, y por consiguiente, necesitáis todo eso. Y dijo la Santa: ¿Deberé, por ventura, tomar bajo mi palabra dinero prestado por cierto tiempo? Tómalo, respondió la Virgen, si estás cierta de que podrás pagar en el tiempo marcado; pero de otro modo no lo tomes, porque mejor es que no comas un día, que arriesgar inciertamente tu palabra.

 

Y dijo la Santa: ¿Deberé acaso trabajar para comer? ¿Qué haces ahora diariamente? preguntó la Virgen. Y la Santa contestó: Me ocupo con la familia, oro y escribo. No está bien, dijo la Virgen, dejar esa ocupación por el trabajo corporal. Y preguntó la Santa: ¿Qué tendremos, pues, para vivir el día de mañana? Si no tuviereis otra cosa, respondió la Virgen, pedid en nombre de Jesucristo.

 

 

Jesucristo se compara a un médico lleno de caridad para con los suyos.

 

                   Capítulo 35

 

Yo soy, dice el Señor a la Santa, como el buen médico a quien acuden todos los que le aprecian, porque saben que su bebida es dulce, y los que gustan la dulzura de aquella bebida y creen que es saludable, visitan continuamente la casa del médico; mas los que con aquella bebida sienten punzadas, huyen de semejante casa. Lo mismo acontece con la bebida espiritual, que es el Espíritu Santo, el cual Espíritu de Dios es dulce de gustar, viene para fortalecer los miembros y corre por el corazón para alegrarlo contra las tentaciones.

 

Yo, Dios, soy ese médico, que estoy pronto para dar mi bebida a todos los que la desean con amor divino. Está, pues, sano para tomar mi bebida el que está en gracia y no tiene propósito de continuar en el pecado, y después de gustar mi bebida, deleítase continuamente en beberla; mas el que tiene propósito de seguir en el pecado, no se deleita en tener el espíritu de Dios.

 

 

La Virgen María da testimonio a santa Brígida de su concepción inmaculada.

 

                   Capítulo 36

 

Si a alguno que quisiese ayunar, dice la Virgen a la Santa, y tuviese deseo de comer, pero la voluntad resistiera al deseo, le mandara el superior a quien debía obedecer, que comiera por obediencia, y él por obediencia comiese contra su voluntad, esa comida sería digna de mayor recompensa que el ayuno. Igualmente fué, pues, la unión de mis Padres en mi concepción sin mancha. Y es cierto que fuí concebida sin pecado original, y no en pecado; y como mi Hijo ni yo nunca pecamos, así tampoco hubo matrimonio más honesto y santo, que aquel del que yo nací.

 

 

La Virgen María instruye a santa Brígida, diciéndole que el amor de Dios es sobre todas las cosas, y le presenta el ejemplo de una mujer pagana que se convirtió y creció mucho en virtud.

 

                   Capítulo 37

 

Nada agrada a Dios tanto, dice la Virgen a la Santa, como el ser amado sobre todas las cosas; y como prueba de ello voy a hablarte de una mujer pagana, que sin saber nada de la fe católica, pensó consigo de este modo: Yo sé de qué materia soy, y cómo vine al vientre de mi madre. Creo también que es imposible el haber yo tenido cuerpo y tendones, entrañas y sentidos, si no me los hubiese dado alguien; y por consiguiente, alguno es el Creador, que me ha criado una persona humana tan bella, y no quiso crearme fea como los gusanos y las serpientes. Paréceme, pues, que aun cuando yo tuviese muchos maridos y todos me llamasen, acudiría más bien al único llamamiento de mi Creador, que a las voces de todos ellos.

 

Tengo también muchos hijos e hijas, y no obstante, si viese que tenían ellos su comida en la mano y supiera que mi Creador tenía hambre, quitaría de manos de mis hijos la comida, y con gusto la presentaría a mi Creador. Tengo, además, muchas posesiones de que dispongo a mi arbitrio; pero si supiese la voluntad de mi Creador, de buena gana renunciaría a mi voluntad, y dispondría de esas posesiones para honra de este mismo Creador mío. Pero mira, hija, lo que Dios hizo con esta mujer pagana. Envióle un amigo suyo que la instruyó en la santa fe, y Dios por sí mismo visitó su corazón, como podrás colegir por las palabras de la misma mujer; pues cuando aquel varón de Dios le decía que había un solo Dios, sin principio ni fin, el cual es Criador de todas las cosas, respondía ella: Bien puede creerse que el que me creó a mí y a todas las cosas, no tenga sobre sí Creador, y es muy verosímil que es eterna la vida del que pudo darme a mí vida.

 

Así que esta mujer oyó que el mismo Creador recibió carne humana de una Virgen, y que él predicaba con sus propios labios, dijo: Bien debe creerse a Dios para practicar todas las obras virtuosas; y tú, amigo de Dios, dime cuáles fueron las palabras que salieron de los labios del Criador, porque quiero dejar mi voluntad y obedecer según todas sus palabras. Hablando después el amigo de Dios de la Pasión y cruz del Señor y de su resurrección, dijo aquella mujer con los ojos llenos de lágrimas: Bendito sea Dios, que con tanta paciencia mostró en la tierra el amor que nos tuvo en el cielo; y por consiguiente, si antes lo amé, porque me crió, ahora tengo más obligación de amarlo, porque me manifestó el camino recto y me redimió con su sangre.

 

Estoy también obligada a servirle con todas mis fuerzas y miembros, porque me redimió con todos sus miembros; y le soy además deudora de apartar de mí todo el afecto que antes tuve a mis bienes, a mis hijos y deudos, y solamente debo desear a mi Creador en su gloria y en aquella vida que no acabará jamás.

Considera, hija mía, dijo la Virgen, que por su amor tendrá esa mujer una triple recompensa; y del mismo modo se está dando todos los días a cada cual su recompensa, según lo que ama a Dios, mientras vive en el mundo.

 

 

Indecibles y horribilísimas penas de abuela y nieta, una en el infierno y otra en el purgatorio, por el orgullo y vanidad de sus vidas, con mucha doctrina y enseñanza que sobre esto da la Virgen María a santa Brígida. Lease con detención y pidiendo a Dios su santa gracia, pues es muy bastante para convertir a cualquier alma.

 

                   Capítulo 38

 

Alabado seáis, Dios mío, dijo la Santa, por todas las cosas que han sido creadas; honrado seáis por todas vuestras virtudes, y todos os tributen homenaje por vuestro amor. Yo, criatura indigna y pecadora desde mi juventud, os doy gracias, Dios mío, porque a ninguno de cuantos pecan, negáis la gracia si os la piden, sino que de todos os compadecéis y los perdonáis. ¡Oh dulcísimo Dios! es admirable lo que conmigo hacéis, que cuando os place, adormecéis mi cuerpo con un letargo espiritual, y despertáis mi alma para que vea, oiga y sienta las cosas espirituales.

 

¡Oh Dios mío! ¡cuán dulces son vuestras palabras a mi alma, que las recibe como sabrosísimo manjar! Entran con alegría en mi corazón, y cuando las oigo, estoy satisfecha y hambrienta: satisfecha, porque nada me debilita sino vuestras palabras; y hambrienta, porque con mayor empeño deseo oirlas. Dadme, pues, auxilio, bendito Dios mío, para que yo haga siempre vuestra voluntad.

 

Y respondió Jesucristo: Yo soy sin principio ni fin, y todo cuanto existe ha sido creado por mi poder. Todo está dispuesto por mi sabiduría, y todo se rige por mi juicio. Todas mis obras están ordenadas por amor, y así, nada me es imposible. Pero es demasiado duro el corazón que ni me ama ni me teme, siendo yo el Gobernador y Juez de todos, y el hombre hace más bien la voluntad del demonio, que es traidor y su verdugo, el cual extiende por toda la tierra su veneno, con el cual no pueden vivir las almas y son sumergidas en los abismos del infierno.

 

Este veneno es el pecado, que les sabe dulcemente, aunque es amargo al alma, y por mano del demonio se esparce sobre muchos todos los días. Mas ¿quién ha oído cosa tan extraña, como el que a los hombres se les ofrezca la vida y escojan la muerte? Sin embargo, yo, Dios de todos, soy sufrido, me compadezco de su miseria y hago como aquel rey, que al enviar con sus criados el vino, les dijo: Dadlo a muchos, porque es saludable; a los enfermos da salud, a los tristes alegría, y a los sanos corazón varonil. Pero no se envía el vino sino en un vaso conveniente. Del mismo modo mis palabras, que se comparan al vino, las envíe a mis siervos por medio de ti, cuyo corazón es como un vaso, el cual quiero llenar y agotar según me plazca. Mi Espíritu Santo te enseñará adónde has de ir y qué has de hablar. Por consiguiente, di con valor y alegría lo que mando, porque nadie prevalecerá contra mí.

 

Entonces dijo la Santa: ¡Oh Rey de toda gloria, inspirador de toda sabiduría y dador de todas las virtudes! ¿por qué me elegís para tamaña obra a mí, que he consumido mi vida en los pecados? Yo soy ignorante como un jumento, desnuda de virtudes, en todo he delinquido y no me he enmendado nada.

Y respondió el Espíritu: ¿Quién se admiraría, si un señor cualquiera, con las monedas o barras de plata que le diesen, mandara hacer coronas, anillos o vasos pará su uso? Así, tampoco es de admirar si yo recibo los corazones de mis amigos que se me presentan, y hago en ellos mi voluntad; y puesto que uno tiene más entendimiento y otro menos, me valgo de la conciencia de cada cual, según conviene a mi honra, porque el corazón del justo es moneda mía. Por tanto, permanece firme y pronta a mi voluntad.

 

Enseguida dijo la Virgen a la Santa: ¿Qué dicen las mujeres soberbias de tu reino? Y contestó la Santa: Yo soy una de ellas, y así me avergüenzo de hablar en vuestra presencia. Y dijo la Virgen: Aunque yo sé todo eso mejor que tú, sin embargo, quiero oírtelo decir. Respondió la Santa: Cuando se nos predicaba la verdadera humildad, decíamos que nuestros mayores nos dejaron vastas posesiones y grandiosas costumbres, ¿por qué, pues, no debemos imitarlos? También nuestra madre ocupaba su puesto entre las principales señoras, vestía magníficamente, tenía muchos criados y nos criaba con suntuosidad, ¿por qué no he de dejar a mis hijas lo que aprendí, que es a portarse con magnificencia, vivir con alegría corporal y morir también con gran pompa y fausto del mundo?

 

Dijo entonces la Madre de Dios: Toda mujer que pusiere en práctica esas ideas, va al infierno por el camino más derecho, y esta es la severa respuesta que debe dárseles. ¿De qué les servirán semejantes ideas, cuando el Creador de todas las cosas consintió que su cuerpo estuviese siempre en la tierra con la mayor humildad, desde que nació hasta su muerte, y jamás lo cubrió el vestido de la soberbia? No consideran estas mujeres el rostro de mi Hijo mientras vivía, ni cómo estuvo muerto en la cruz cubierto de sangre y pálido con los tormentos, ni se cuidan de las injurias y oprobios que El mismo oyó, ni de la afrentosa muerte que quiso escoger.

 

Tampoco recuerdan el lugar donde mi Hijo exhaló su postrer aliento, porque donde los ladrones y salteadores recibieron su pena, allí mismo fué castigado, y también me hallé presente yo, que soy su Madre, que entre todas las criaturas soy la que El más quiere y en mí reside toda humildad. Por consiguiente, los que se conducen con semejante pompa y soberbia, y dan ocasión a otros para que los imiten, son como el hisopo, que si se moja en un licor inflamado, los quema a todos y mancha a los que rocía. Del mismo modo los soberbios dan ejemplo de soberbia y orgullo, y con este mal ejemplo abrasan en gran manera las almas.

 

Quiero, pues, hacer como la buena madre, que para amedrantar a sus hijos les enseña la vara, que igualmente ven sus criados. Y al verla los hijos, temen ofender a la madre, y le dan gracias, porque los amenazaba sin castigarlos. Pero los criados temen ser azotados si delinquen; y así, por ese temor a la madre hacen los hijos muchas más cosas buenas que antes, y los criados menor número de cosas malas. Y puesto que soy la Madre de la misericordia, quiero manifestarte cuál es el pago del pecado, a fin de que los amigos de Dios se hagan más fervorosos en el amor del Señor, y conociendo los pecadores su peligro huyan del pecado a lo menos por temor, y de esta suerte me compadezco de buenos y malos: de los buenos para que alcancen mayor corona en el cielo; de los malos, para que incurran en menor pena; pues no hay pecador, por grande que sea, a quien no esté yo dispuesta a ayudar y mi Hijo a darle su gracia, si pidiere misericordia con amor de Dios.

 

Acto continuo aparecieron tres mujeres: madre, hija y nieta. La madre y la nieta aparecieron muertas, pero la hija apareció viva. La difunta madre salía como arrastrando del cieno de un tenebroso lago; tenía arrancado el corazón y cortados los labios, temblábale la barba, y los dientes muy blancos y largos, chocaban unos contra otros, las narices estaban corroídas y los ojos saltados, colgábanle dos nervios hasta las mejillas; la frente hundida y en lugar de ella un enorme y tenebroso abismo; faltábale en la cabeza el craneo y bullíale el cerebro como plomo derretido y derramábase como pez hirviendo; al cuello, como al madero que se trabaja en el torno, rodeábale un agudísimo hierro que lo destrozaba sin consuelo; el pecho estaba abierto y lleno de gusanos de todos tamaños dando vueltas unos sobre otros; eran los brazos como mangos de piedra, y las manos como mazas nudosas y largas; las vértebras de la espalda estaban todas sueltas y subían y bajaban sin parar; una larga y gran serpiente venía arrastrando desde la parte baja a la alta del estómago, y uniendo como un arco su cabeza y cola, ceñía continuamente las vísceras como una rueda; eran las piernas como dos bastones cubiertos de agudísimas puas, y los pies como de sapo.

 

Entonces esta madre difunta le dijo a su hija que aún vivía: Oye tú, lagarta y venenosa hija. ¡Ay de mí, porque fuí tu madre! Yo fuí la que te puse en el nido de la soberbia, donde bien abrigada crecías hasta que llegaste a la juventud, y te gustó tanto, que en él has invertido toda tu vida. Te digo, por tanto, que cuantas veces vuelves los ojos con las miradas de soberbia que te enseñé, otras tantas echas en mis ojos un veneno hirviendo con intolerable ardor; siempre que dices las palabras soberbias que de mí aprendiste, tomo una amarguísima bebida; todas las veces que se llenan tus oídos con el viento de la soberbia movido por las tempestades de la arrogancia, tal como oir elogiar tu cuerpo y desear las honras del mundo, todo lo cual lo aprendiste de mí, otras tantas veces viene a mis oídos un sonido terrible con viento impetuoso y abrasador.

 

¡Ay de mí, pobre y miserable! pobre, porque no tengo ni siento nada bueno; y miserable, porque abundo en todos los males. Pero tú, venenosa hija, eres como la cola de la vaca que anda por sitios fangosos, y siempre que mueve la cola, mancha y rocía a los circunstantes: así tú, eres como la vaca, porque no tienes sabiduría divina, y andas según las obras y movimientos de tu cuerpo. Por tanto, siempre que haces lo que yo acostumbraba, que son los pecados que te enseñé, se renueva al punto mi pena y se hace más cruel. ¿Y por qué te ensorberbeces con tu linaje, viperina hija? ¿Te sirve acaso de honra y esplendor el que la inmundicia de mis entrañas fué tu reclinatorio? Saliste de mi impuro vientre, y la inmundicia de mi sangre fué tu vestidura al nacer; y ahora mi vientre, en el cual estuviste, se halla todo corroido por gusanos.

 

Mas ¿por qué me quejo de ti, cuando con mayor motivo debería quejarme de mí misma? Tres son las cosas que más me afligen el corazón. Primera, que siendo creada por Dios para los goces del cielo, abusaba de mi conciencia y me abrí el camino para los tormentos del infierno. Segunda, que Dios me creo hermosa como un ángel, y me he afeado en términos, que me parezco más al demonio que al ángel; y tercera, que el tiempo que tuve de vida, lo empleé muy mal, porque me fuí en pos de lo transitorio, que es el deleite del pecado, por el cual siento ahora un mal infinito, cual es la pena del infierno.

 

Y volviéndose en seguida a la Santa, le dice: Tú que me estás mirando, no me ves sino por comparaciones corporales; pues si me vieras en la forma en que estoy, morirías de terror, porque todos mis miembros son demonios: y así, es cierto lo que dice la Escritura, que como los justos son miembros de Dios, así los pecadores son miembros del demonio. De esa manera estoy experimentando ahora que los demonios están fijos en mi alma, porque la voluntad de mi corazón me preparó para tamaña fealdad. Pero oye más todavía. Parécete que mis pies son de sapo, lo cual es porque estuve firme en el pecado, y por eso ahora están firmes en mí los demonios, y me muerden sin saciarse nunca.

 

Mis piernas son como bastones espinosos, porque tuve mi voluntad según mi placer y deleite carnal. Las vértebras de la espalda están sueltas y moviéndose unas contra otras, porque la alegría de mi espíritu unas veces subía por el consuelo del mundo, y otras bajaba con la excesiva tristeza e ira por las contradicciones del mundo. Y como la espalda se mueve según lo hace la cabeza, así debería yo haber sido estable y movediza según la voluntad de Dios; mas por no haberlo hecho, padezco justamente lo que ves.

 

Una serpiente viene arrastrándose desde la parte baja del estómago hasta la alta, y puesta en forma de arco, da vueltas como una rueda; lo cual es porque mi placer y deleite fué desordenado, y mi voluntad quería poseerlo todo, y gastar de muchas maneras y sin discreción, y por esto da ahora vueltas por mi interior la serpiente y me muerde de un modo inconsolable y sin misericordia. Tengo abierto mi pecho y roído por gusanos, lo cual manifiesta la verdadera justicia de Dios, porque amé las cosas pútridas más que a Dios, y el amor de mi corazón estaba en las cosas transitorias; y como de gusanos chicos se crían otros mayores, así mi alma está llena de los pútridos demonios.

 

Mis brazos parecen mangos, porque mi deseo tuvo como dos brazos; pues deseé larga vida y vivir mucho tiempo en el pecado. Deseé también y anhelaba, porque el juicio de Dios fuese más suave de lo que dice la Escritura, aunque bien me dijo mi conciencia que mi vida era breve y el juicio de Dios intolerable. Pero mi deseo de pecar me sugirió que mi vida era larga, y muy fácil el juicio de Dios, y con semejantes ideas trastornábase mi conciencia, y de esta suerte mi voluntad y mi razón seguían el placer y deleite; y por esto mismo el demonio se mueve ahora en mi alma contra mi voluntad, y mi conciencia entiende y conoce que es justo el juicio de Dios. Son mis manos como dos mazas largas, porque no me fueron agradables los preceptos de Dios; y así, mis manos me sirven de peso, sin serme de ningún uso.

 

Mi cuello está dando vueltas como un madero que se tornea con un hierro agudo, porque las palabras de Dios no fueron gratas para entrar en la caridad de mi corazón, sino muy amargas, porque se oponían al deleite y placer de mi corazón, y por eso está ahora puesto contra mi garganta un hierro agudo. Mis labios están cortados, porque era pronta para decir expresiones soberbias y chocarreras, pero indolente y perezosa para hablar palabras de Dios. La barba está trémula y los dientes chocando unos contra otros, porque tuve cumplida voluntad de dar substento a mi cuerpo para parecer hermosa, incitante, sana y fuerte para todos los placeres del cuerpo, y por esto tiembla sin consuelo mi barba; y los dientes chocan unos con otros, porque fué inútil para el provecho del alma el uso y trabajo de los dientes.

 

Las narices están cortadas, porque como suele hacerse entre vosotros con los que en semejante caso delinquen para su mayor vergüenza, así a mí se me ha hecho para siempre el cauterio de mi pudor. Cuelgan los ojos de dos nervios que llegan hasta las mejillas; y esto es justo, porque como los ojos se alegraban de la hermosura de las mejillas para ostentar soberbia, así ahora, con el mucho llorar han saltado y con vergüenza cuelgan hasta las mejillas. Con justicia, también, está sumergida la frente y en su lugar hay excesivas tinieblas, porque rodeé mi frente con el velo de la soberbia, y quise gloriarme y parecer hermosa, y por esto se halla ahora mi frente tenebrosa y deforme.

 

Bulle, como es muy justo, el cerebro, y vierte fuera plomo y pez, porque como el plomo es movedizo y flexible a voluntad del que lo usa, así mi conciencia, que residió en mi cerebro, movíase según la voluntad de mi corazón, aunque entendía yo bien lo que debía hacer. Pero la Pasión del Hijo de Dios, nunca se fijó en mi corazón, sino vertíase, como lo que se aprende y se deja. Y en cuanto a la sangre que corrió del cuerpo del Hijo de Dios, no me cuidaba de ella más que si hubiera sido pez, y como se huye de la pez, huía de las palabras de amor de Dios, para que no me molestasen ni me apartaran de los deleites del cuerpo. Por causa de los hombres, oí, sin embargo, algunas veces las palabras divinas, pero me entraban por un oído y me salían por otro; y por esto derrama mi cerebro pez ardiente con vehementísimo hervor.

 

Tapados con duras piedras están mis oídos, porque con gusto entraban en ellos las palabras soberbias, y bajaban suavemente hasta el corazón, porque de éste se hallaba excluído el amor de Dios; y porque por el mundo y por soberbia hice cuanto pude, por esto ahora están excluídas de mis oídos las palabras alegres.

 

Y si me preguntas si hice algunas obras meritorias, te diré que hice como el contraste que corta la moneda y la devuelve a su dueño. Si yo ayunaba y daba limosnas y hacía otras cosas, las hacía solamente por puro temor del infierno y por huir de las desgracias corporales; pero como en ninguna obra mía hubo nada de amor de Dios y las hacía en su desgracia, esas cosas no me valieron para alcanzar el cielo, aunque no quedaron sin recompensa. Si me preguntares, además, cual es mi voluntad interiormente, cuando tengo tanta fealdad por defuera, te diré, que mi voluntad es como la del homicida y la del matricida, que de buena gana mataría a su progenitora; y así yo también deseo el peor mal a Dios mi Criador, el cual, fué conmigo excelente y piadosísimo.

 

Habla en seguida la difunta nieta de la abuela que estaba en el infierno, con su propia madre que aún vivía, y le dice: Oye, madre mía y mejor que madre escorpión. ¡Ay de mí, porque me engañaste! Me manifestaste semblante alegre y en cambio me heriste gravemente en el corazón. Con tus mismos labios me diste tres consejos, con tus obras aprendí, y con tus pasos me manifestaste tres caminos. El primer consejo fué amar carnalmente, para obtener la amistad carnal: el segundo fué gastar pródigamente por honra del mundo los bienes temporales, y el tercero, tener descanso por el placer del cuerpo. Pero semejantes consejos me han sido muy perjudiciales, pues porque amé carnalmente, obtuve la vergüenza y la envidia espiritual; porque gasté con prodigalidad los bienes temporales, fuí privada de los dones de la gracia de Dios en la vida, y he conseguido la ignominia después de la muerte; y porque durante mi vida me deleitaba en el descanso de mi cuerpo, en la hora de la muerte comenzó para mi alma una inquietud sin consuelo.

 

Tres cosas aprendí también de ti, y fueron: hacer algunas buenas obras, sin dejar el pecado que me deleitaba; por lo cual experimento tanta angustia y tribulación, como quien mezclara miel con veneno y lo presentara a un juez, e irritado éste, lo derramase sobre quien se lo ofrecía. Me enseñaste además a cubrir los ojos con un lienzo, a llevar sandalias en los pies, sortijas preciosas en las manos y el cuello todo desnudo exteriormente. El lienzo que obscurecía mis ojos, significaba la hermosura de mi cuerpo, la cual obscurecía mis ojos espirituales de manera, que no atendía yo a la hermosura de mi alma.

 

Las sandalias que defendían los pies por debajo y no por encima, significan la fe santa de la Iglesia que guardé fielmente, aunque sin acompañarla con ninguna obra de provecho; y como las sandalias ayudan los pies, así mi conciencia, permaneciendo en la fe, ayudó a mi alma; pero como no acompañaban buenas obras, mi conciencia estaba como desnuda. Las sortijas preciosas en las manos significan la vana esperanza que tuve; porque las obras mías entendidas por las manos, las juzgué contando con una misericordia de Dios poderosa y amplia, la cual se significa en las sortijas; y porque cuando toqué con la mano la justicia de Dios, no la sentí ni atendí a ella, fuí por tanto muy atrevida para pecar.

 

Al acercarse la muerte cayó de mis ojos el lienzo sobre la tierra, esto es, sobre mi cuerpo, y entonces el alma se vió a sí misma y conoció que estaba desnuda, porque pocas obras mías fueron buenas y los pecados muchísimos, y de vergüenza no pude estar en el palacio del Rey eterno, porque fuí vestida ignominiosamente, y entonces me llevaron arrastrando los demonios a un castigo riguroso, donde era yo objeto de burla y afrenta.

 

Lo tercero que de ti aprendí, madre cruel, fué a vestir al siervo con las vestiduras del Señor, y colocado en la silla del Señor, honrarlo como si fuera éste, y darle al Señor los desechos del siervo y todo lo despreciable. Este Señor es el amor de Dios, y el siervo es la voluntad de pecar. Y así, pues, en mi corazón donde debió reinar el amor Divino, estaba siempre colocado el siervo, esto es, el deleite y el placer del pecado, al cual vestí cuando me valí para mi placer de todo lo criado y temporal, y solamente di a Dios los despojos, lo impuro y lo más despreciable, y no por amor sino por temor. De esta manera alegrábase mi corazón con el éxito del placer de mi liviandad, porque hallabáse excluído de mí el amor de Dios y el Señor bueno, y tenía acogido al mal siervo. Estas son, madre, las tres cosas que con tus obras aprendí.

 

También con tus pasos me enseñaste tres caminos. El primero fué luminoso para el mal, y así que entré por él, me quedé ciega con tan maldita luz: el segundo era corto y resbaladizo como el hielo, y me caí, así que hube andado un paso: el tercero fué muy largo, y como eché a andar por él, vino por detrás de mí un torrente impetuoso y me trasladó a un profundo hoyo debajo de un monte. En el primer camino está significado el progreso de mi soberbia, la cual fué muy luminosa, porque la ostentación que nace de la soberbia, resplandeció tanto en mis ojos, que no pensé su fin, y por consiguiente, quedé ciega. En el segundo camino está significada la desobediencia; pero el tiempo de la inobediencia en esta vida no es largo, porque después de la muerte se ve el hombre obligado a obedecer.

 

No obstante, fué largo para mí, porque cuando daba un paso, esto es, una confianza humilde, me resbalaba al punto, porque quería que se me perdonara el pecado confesado; pero después de la confesión no quería dejar de pecar, y por consiguiente, no fuí constante en la obediencia, sino que recaía en los pecados, como quien se resbala en la nieve; porque mi voluntad fué fría, y no quería apartarme de lo que me deleitaba. De esta suerte, así que daba un paso y confesaba los pecados, volvía a recaer al punto, porque quería reiterar los pecados confesados y que me agradaban.

 

El tercer camino fué que esperaba yo lo imposible, esto es, poder pecar y no tener larga pena; poder también vivir mucho tiempo y no acelerar la hora de la muerte; y así que eché a andar por este camino, vino detrás de mí un torrente impetuoso, esto es, la muerte, que cogiéndome de uno a otro año, derribó mis pies con la pena de la flaqueza. ¿Qué eran mis pies, sino que al acercarse la enfermedad, muy poco pude atender al provecho del cuerpo, y menos a la salud del alma? Caí, pues, en un hoyo profundo, cuando reventó mi corazón, que estaba engreído con la soberbia y endurecido en pecar, y el alma cayó a la honda caverna donde se castigan los pecados. Este camino fué muy largo, porque después de concluir la vida carnal, empezó al punto un largo castigo. ¡Ay de mí, madre, y no buena, porque todo cuanto de ti aprendí alegremente, ahora lo estoy pagando con llanto.

 

La misma hija difunta dijo después a santa Brígida, que veía todo esto: Oye tú, que me estás mirando: mi cabeza y rostro están interior y exteriormente como el trueno y el rayo abrasador; mi cuello y pecho se hallan en una dura prensa sujetos con largas puntas de hierro; mis pies son como largas serpientes; mi vientre está golpeado con fuertes martillos, y mis piernas como el agua que de los canales cae congelada. Pero todavía tengo una pena interior más amarga que todas éstas. Porque al modo que estaría una persona que tuviese obstruidos todos los respiraderos de la vida, y llenas de viento todas las venas, se comprimiesen hacia el corazón, el que a causa de la violencia y poder del viento estuviera para reventar; tan miserablemente estoy yo por el viento de la soberbia que tanto quise.

 

Me hallo, no obstante, en el camino de la misericordia, porque en mi gravísima enfermedad me confesé lo mejor que supe, aunque por temor; pero al acercarse la muerte, me puse a considerar la Pasión de mi Dios, esto es, que aquella era mucho más dura y más amarga que la mía, la que por mis culpas merecía yo padecer. Con esta consideración alcancé lágrimas y deploré que siendo tan grande el amor de Dios hacia mí, fuese tan escaso el mío para el Señor.

 

Miré entonces a Dios con los ojos de mi conciencia, y dije: Señor, creo que sois mi Dios, tened misericordia de mí, Hijo de la Virgen, por vuestra amarguísima Pasión, que de buena gana enmendaría yo ahora mi vida si tuviese tiempo. Y en aquel instante encendióse en mi corazón una centellita de amor de Dios, por la cual parecíame la Pasión de Jesucristo más amarga que mi muerte, y estaba yo de esta suerte, cuando reventó mi corazón, y mi alma vino a parar a manos de los demonios para ser presentada en el tribunal de Dios. Y vine a parar a manos de los demonios, porque fué indigno que los hermosísimos ángeles se acercaran a un alma de tanta fealdad. En el tribunal de Dios clamaban contra mí los demonios, porque mi alma fuese condenada al infierno, pero respondió el Juez: Veo en su corazón una centellita de amor divino, la cual no debe apagarse, sino venir a mi presencia, y así, condeno a esta alma al purgatorio, hasta que purificada, merezca alcanzar el perdón.

 

Y si me preguntares si soy participante de todas las buenas obras que por mí se hacen, te contestaré con una comparación. A la manera que si vieses los dos platillos de una balanza colgando, y en una hubiese plomo que naturalmente tirase hacia abajo, y en otra algo ligero que propendiera hacia arriba, y cuanto más se fuera echando en este último platillo, más pronto subiría el otro que está muy cargado, igualmente acontece conmigo; porque cuanto más alta estuve en pecar, más baja estoy en el castigo; y por consecuencia, me levanta de la pena todo lo que se hace por mí en honra de Dios, especialmente la oración y buenas obras hechas por varones justos y amigos de Dios, y los socorros que se dan con bienes legítimamente adquiridos y las obras de amor de Dios. Todo esto es lo que cada día me hace ir acercándome al Señor.

 

Después dijo la Virgen a la Santa: Te admiras, hija mía, de que hablemos reunidos, yo, que soy la Reina del cielo, tú que vives en el mundo, esa alma que está en el purgatorio y la otra del infierno; pues voy a explicártelo. Yo no me aparto jamás del cielo, porque nunca me separo de la presencia de Dios, ni el alma que está en el infierno se aparta de sus penas, ni tampoco la otra del purgatorio antes de ser purificada, ni tú vienes a nosotros antes de la separación de la vida corporal. Mas por virtud del espíritu de Dios, elévase tu alma con tu inteligencia para oir las palabras de Dios en los cielos, y se te permite saber varias penas del infierno y del purgatorio, para que les sirvan de aviso a los malos, y de consuelo y provecho a los buenos. Ten, no obstante, entendido, que tu cuerpo y tu alma permanecen unidos en la tierra, pero el Espíritu Santo que está en los cielos, te dará inteligencia para comprender su voluntad.

 

Declaración.

 

Háblase aquí de tres mujeres, de las cuales la tercera, que aún vivía, entró en un monasterio, donde pasó el resto de su vida en ejercicios de gran perfección.

 

 

Recuerda Jesucristo a santa Brígida los bienes que su venida trajo al mundo, y cuánto los hombres se olvidan de ellos. Envíales ahora el tesoro de estas celestiales revelaciones.

 

                   Capítulo 39

 

La Virgen María le dice a su Hijo: Bendito seas tú, Hijo mío. Tú eres el principio sin principio del tiempo, y el poder sin el cual nadie es poderoso. Ruégote, Hijo mío, que acabes con poder lo que empezaste con sabiduría. Y respondió el Hijo: Tú eres como la bebida dulce es para el sediento, y como el manantial que riega lo que se está secando, porque de Ti dimana la gracia a todos, y por consiguiente, haré lo que pides.

 

Después dijo Jesucristo: Antes de mi Encarnación era el mundo una soledad que tenía un pozo de aguas turbias e inmundas, de donde todos los que bebían quedaban con más sed, y los enfermos de la vista se ponían peores. Junto a este pozo había dos hombres, de los cuales el uno daba voces y decía: Bebed con confianza, porque viene el médico que cura toda enfermedad. Y el otro decía: Bebed alegremente, pues es necio desear lo incierto. A este pozo iban a parar siete caminos, y por eso buscaban todos con afán el pozo.

 

Aseméjase también mucho este mundo a una soledad, en que hay animales y árboles infructíferos y aguas sucias, porque el hombre, a manera de los animales, era ávido por derramar la sangre de su prójimo, infructífero en obras de justicia, y sucio con la ambición y la incontinencia. En esta soledad buscaban los hombres un pozo turbio, esto es, el cuidado de la carne y el amor y honra del mundo, la cual se halla alimentada con la soberbia, y está turbia con las inquietudes, y por los siete pecados mortales, como por siete caminos, hallábase la entrada. Los dos hombres que estaban junto al pozo, significan los maestros de los gentiles y de los judíos. Los doctores de los judíos estaban orgullosos con la ley que tenían y no guardaban, pues eran muy avaros, y así, tanto con ejemplos como de palabra incitaban al pueblo a que buscase los bienes temporales y decían: Vivid con confianza, porque vendrá el Mesías, y lo restablecerá todo. Mas los doctores de los gentiles, decían: Usad de las criaturas que veis, porque el mundo ha sido criado para que gocemos.

 

Hallándose el hombre tan ciego que ni pensaba en Dios, ni reflexionaba lo futuro, vine al mundo yo, que soy un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo, y tomé mi Humanidad, prediqué claramente y dije: Ya está cumplido lo que prometió Dios y escribió Moisés. Amad las cosas del cielo, pues las del mundo pasan, y yo os daré las eternas. Manifesté también siete caminos, por los que el hombre se apartase de su vanidad. Mostré la pobreza y la obediencia, enseñé los ayunos y oraciones, solía retirarme de los hombres y ponerme solo a orar, recibí afrentas, escogí trabajos y fatigas, padecí tormentos y una ignominiosa muerte.

 

Este camino lo mostré por mí mismo, y por él fueron mis amigos durante largo tiempo. Mas ahora se halla abandonado, y los pasajeros se entretienen con vanidades y novelerías; y por tanto, me levantaré y no callaré. Quitaré la voz de la alegría, y daré mi viña a otros colonos que produzcan fruto a su debido tiempo. Mas, según se dice comunmente, que entre los enemigos hay amigos, enviaré a mis amigos palabras más suaves que el dátil, más dulces que la miel y más preciosas que el oro, y los que las recibieren y guardaren, tendrán ese tesoro que dura felizmente toda la eternidad, y nunca falta, sino que siempre se va aumentando en la vida sempiterna.

 

 

Matrimonio de san Joaquín y santa Ana. La Virgen María llama dichosa y feliz la hora en que Dios la creó para tanto bien del mundo.

 

                   Capítulo 40

 

Cuando se unieron en matrimonio mis padres, dice la Virgen, más contribuyó a ello la obediencia que la voluntad propia, y más obró el amor de Dios que las miras de los sentidos. La hora en que fuí concebida, bien puede llamarse preciosa y de oro, porque otros cónyuges se unen por diferentes motivos, pero mis padres se unieron por obediencia y mandato de Dios.

 

Y con justicia fué mi concepción una hora de oro, porque entonces fué el principio de la salvación y comenzaron a desaparecer las tinieblas delante de la luz, pues quiso Dios hacer en su obra una cosa singular y escondida desde la eternidad, al modo que lo hizo con la vara seca que floreció. Pero ten entendido que mi concepción no fué sabida de todos, porque quiso Dios, que como a la ley escrita precedió la ley natural y elección voluntaria del bien y del mal, y después vino la ley escrita, la cual reprimió todos los movimientos desordenados, de la misma manera fué voluntad de Dios, que sus amigos dudasen piadosamente acerca de mi concepción sin mancha y que cada cual manifestara su celo, hasta que se esclareciese la verdad en el tiempo prefijado por el Señor.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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