Viernes, 23 de abril de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - LIBRO SEXTO (CAPITULOS DEL 18 AL 25) - INTERESANTE

En este apartado Santa Brígida trata de la Eucarística y de algunos casos de salvación y disposición de la Fé entre los Cristianos. EL AUTOR DEL BLOG.

Previene Jesucristo a santa Brígida y amonesta por ella a todos, a que se abstengan de las locas vanidades del mundo y se ocupen de Dios, en quien está la verdadera paz. Dase también una hermosa idea del cielo.

 

                   Capítulo 18

 

Por qué te deleitas, esposa mía, en oir los hechos de los mundanos y las rencillas de los magnates? ¿Por qué te ocupas en oir cosas tan vanas? Yo soy el Señor de todas las cosas y sin mí no puede haber verdadero deleite. Si quieres oir hazañas de potentados, si quieres considerar obras maravillosas, deberías oir y considerar mis hechos, que son incomprensibles para el entendimiento, estupendos de pensar, y admirables para oirlos.

 

Y aunque el demonio mueve a su placer a los señores del mundo, y aunque prosperan por mis ocultos juicios, no obstante, yo soy su Dios, y serán juzgados según mi justicia. Hanse formado una nueva ley contra mi ley, y cifran todo su empeño en adquirir honras y riquezas, en hacer su voluntad, y en dejar cuantiosos bienes a sus sucesores. Pero juro por mi divinidad y por mi humanidad, que si muriese en semejante estado, nunca entrarán en aquella tierra que en figura se prometía a los hijos de Israel, la cual manaba leche y miel; sino que serán tenidos como los que se acordaban de las carnes de Egipto, y murieron de muerte repentina, y como aquellos israelitas morían de muerte corporal, así estos pecadores del día morirán con la muerte del alma.

 

Pero los que hagan mi voluntad, entrarán en esa tierra que mana leche y miel, esto es, en la gloria del cielo; donde no hay tierra debajo, ni cielo encima, sino que yo mismo, que soy el Señor y creador de todas las cosas, estoy arriba y abajo, fuera y dentro, en rededor y en todas partes, porque lo lleno todo; y saciaré a mis amigos con dulzura, no de miel, sino que los llenaré de maravillosa e inefable suavidad, de modo que no deseen nada sino, a mí, y nada necesiten sino a mí, en quien reside todo bien.

 

Nunca gustarán este bien mis enemigos, a no ser que se conviertan de sus pecados. Si pensaran lo que por ellos hice, si consideraran lo que les di, nunca de ese modo me provocarían a ira. Diles todo lo necesario y lo que podían apetecer para vivir con templanza. Permitiles tener honras con moderación, tener amigos y tener un moderado placer. Todo el que vive en medio de los honores y piensa consigo de esta suerte: Por lo mismo que disfruto gran honra, quiero vivir según mi estado, y así reverenciaré a Dios, no oprimiré a nadie, ayudaré a los flacos y amaré a todos; este me agrada en medio de sus honores.

 

El que tiene riquezas y dice para sí: Puesto que tengo riquezas, no recibiré nada de otro injustamente, no injuriaré a nadie, me guardaré del pecado y socorreré a los pobres, este me es grato en medio de sus riquezas. El que viviere en el matrimonio, y pensare de esta manera consigo: Mi carne es flaca, y no espero poderme contener, y así, puesto que tengo mujer legítima, no codiciaré otra alguna, y me conservaré libre de toda impureza y desarreglo; este puede agradarme.

 

Mas al presente anteponen los más su ley a la mía; porque no quieren tener a nadie superior en honra, o nunca pueden saciarse de riquezas, y contra lo que está dispuesto, quieren excederse en sus placeres. Por tanto, si no se enmendaren y emprendieren otro camino, no entrarán en mi tierra, en la cual hay leche y miel espiritual, esto es, una saciedad y dulzura, que los que la disfrutan, no desean nada más, ni necesitan de nada, sino de lo que tienen.

 

 

Espantoso juicio y eterna condenación del alma de un noble, que murió de repente sentado a la mesa.

 

                   Capítulo 19

 

Vió santa Brígida gran muchedumbre de la corte celestial, a la que habló Dios y dijo: Esa alma que ahí veis no es mía, porque de la llaga de mi costado y de mi corazón no se compadeció más, que si hubiera visto traspasado el escudo de su enemigo; de las llagas de mis manos hizo tanto caso, como si se rompiera un lienzo endeble; y las llagas de mis pies las miró con tanta indiferencia, como si viera partir una manzana madura.

 

Enseguida dijo el Señor al alma de aquel condenado. Durante tu vida preguntabas muchas veces por qué siendo yo Dios, morí corporalmente. Mas ahora te pregunto, ¿por qué has muerto tú, miserable alma? Porque no te amé, respondió. Y el Señor le dijo: Tú fuiste para mí como el hijo abortivo, cuya madre padece por él tanto dolor como por el que salió vivo de su vientre. Igualmente, yo te redimí a tanta costa y con tanta amargura como a cualquiera de mis santos, aunque no te cuidaste de ello.

 

Pero así como el hijo abortivo no participa de la dulzura de los pechos de la madre, ni del consuelo de sus palabras, ni del calor de su regazo, de la misma manera, no tendrás tú jamás la inefable dulzura de mis escogidos, porque te agradó más tu propia dulzura. Jamás oirás en provecho tuyo mis palabras, porque te agradaban las palabras del mundo y las tuyas, y te eran amargas las palabras de mis labios. Jamás sentirás mi bondad ni mi amor, porque eras fría como el hielo para todo bien. Ve, pues, al lugar en que suelen arrojarse los abortivos donde vivirás en tu muerte eternamente; porque no quisiste vivir en mi luz y en mi vida.

 

Después dijo Dios a sus cortesanos: Amigos míos, si todas las estrellas y planetas se volviesen lenguas y todos los santos me lo rogasen, no tendría misericordia de ese hombre, que por justicia debe ser condenado.

Esta miserable alma fué semejante a tres clases de hombres. En primer lugar, a los que en mi predicación me seguían por malicia, a fin de hallar ocasión de acusarme y de venderme por mis palabras y hechos. Vieron estos hombres mis buenas obras y los milagros que nadie podía hacer sino Dios; oyeron mi sabiduría, y reconocieron como loable mi vida, y sin embargo, por esto mismo tenían envidia de mí, y me detestaban; ¿y por qué? Porque mis obras eran buenas y las suyas malas, y porque no toleré sus pecados, sino que los reprendía con severidad.

 

Igualmente, esta alma me seguía con su cuerpo, pero no por amor de Dios, sino sólo por bien parecer de los hombres; oía mis obras y las veía con sus propios ojos, y con esto mismo se irritaba; oía mis mandamientos, y burlábase de ellos; sentía la eficacia de mi bondad, y no la creía; veía a mis amigos adelantando en el bien y teníales envidia. ¿Y por qué? Porque eran contra su malicia mis palabras y las de mis escogidos, contra sus deleites mis mandamientos y consejos, y contra su voluntad mi amor y mi obediencia. Con todo, decíale su conciencia, que yo debía ser honrado sobre todas las cosas; y por la hermosura de los astros conocía que yo era el Creador de todas las cosas; por los frutos de la tierra y por el orden de las demás cosas sabía que yo era su Dios; y a pesar de saberlo, irritábase con mis palabras, porque reprendía yo sus malas obras.

 

Fué semejante, en segundo lugar, a los que me dieron la muerte, los cuales se dijeron unos a otros: Matémosle decididamente, que de positivo no resucitará. Yo anuncié a mis discípulos que resucitaría al tercero día; pero mis enemigos, los amadores del mundo, no creían que yo resucitaría como justicia, porque me veían como un mero hombre, y no vieron mi divinidad oculta. Por consiguiente, pecaban con confianza, y casi tuvieron alguna excusa, porque si hubiesen sabido quién era yo, nunca me habrían muerto. Así, también, lo pensó esta alma y dijo: Hago lo que quiero, le daré la muerte decididamente con mi voluntad y con mis obras que me deleitan: ¿qué perjuicio se me sigue de esto, ni por qué he de abstenerme? No resucitará para juzgar, ni juzgará según las obras de los hombres; pues si juzgara tan rigurosamente, no habría redimido al hombre; y si tuviera tanto odio al pecado, no sufriría con tanta paciencia a los pecadores.

 

Fué semejante, por último, a los que custodiaban mi sepulcro, quienes se armaron y pusieron centinelas, para que no resucitase yo, y decían: Custodiemos con cuidado a fin de que no resucite, no sea que tengamos que servirle. Lo mismo hacía esta alma: armóse con la dureza del pecado, custodiaba cuidadosamente el sepulcro, esto es, se guardaba con empeño de la conversación de mis escogidos, en quienes descansó, y esforzábase porque ni mis palabras ni sus consejos llegasen a él, y decía para sí: Me guardaré de ellos para no oir sus palabras, no sea que estimulado por algunos pensamientos de Dios, principie a dejar el deleite que he comenzado, y no sea que oiga lo que desagrada a mi voluntad. Y de este modo, por malicia se apartó de aquellos a quienes debiera haberse unido por amor.

 

Declaración.

 

Fué este un hombre noble, enemigo de todo lo bueno, el cual blasfemando de los santos y de Dios mientras comía, al estornudar, se quedó muerto sin sacramentos, y vieron presentarse en juicio su alma, a la que dijo ej Juez: Has hablado como has querido y has hecho en todo tu voluntad; por consiguiente, ahora debes callar y oir. Aunque todo lo sé, respóndeme para que esta lo oiga. ¿No oiste, por ventura, lo que yo dije: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta? ¿Por qué, pues, no te volviste a mí, cuando pudiste? Lo oí, respondió el alma, pero no hice caso. Y le volvió a decir el Juez: ¿No dije, por ventura: Id, malditos, al fuego eterno, y venid a mí, benditos? ¿Por qué no te dabas prisa para recibir la bendición?

 

Y respondió el alma: Lo oí, pero no lo creía. Y dijo otra vez el Juez: ¿No oiste que yo, Dios, soy justo, eterno y terrible Juez? ¿por qué no temiste mi juicio futuro? Y contestó el alma: Lo oí, pero me amé a mí mismo, y cerré los oídos para no oir nada de ese juicio, y tapé mi corazón para no pensar en tales cosas. Por consiguiente, dijo el Juez, es justo que la aflicción y la angustia te abran el entendimiento, porque no quisiste entender mientras pudiste.

 

Entonces el alma, arrojada del tribunal, dando espantosos aullidos, exclamó: ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡qué pago! ¿Pero cuándo será el fin? Y al punto se oyó una voz que dijo: Como el mismo principio de todas las cosas no tiene fin, así tampoco tendrá tu penar fin alguno.

 

 

Riqueza y santos efectos de la Sagrada Eucaristía.

 

                   Capítulo 20

 

Yo soy tu Dios y Señor, dice Jesucristo a santa Brígida, cuya voz oyó Moisés en el monte, y san Juan en el Jordán. Desde este día quiero que con mayor frecuencia recibas mi Cuerpo. Esta es la medicina y manjar con que se alimenta el alma, y queda sano el que está enfermo del alma y debil en virtudes. ¿No está, por ventura, escrito que el Profeta fué enviado a una mujer, la cual lo alimentó con un puñado de harina, y no se disminuyó esta hasta que cayó la lluvia sobre la tierra? Yo represento a ese Profeta; aquella harina es mi Cuerpo, que es manjar del alma, no se consume ni tiene diminución, pero sustenta al alma y jamás se consume.

 

El manjar corporal se liquida cuando se le tritura; se destruye, en segundo lugar, y por último, alimenta por determinado tiempo. Pero mi manjar, aunque se le triture, queda el mismo, no se destruye y es igual siempre; finalmente, no alimenta por un tiempo dado, sino por toda la eternidad. Este manjar lo representaba el maná que comieron en el desierto aquellos antiguos padres; este manjar es la carne que prometí en el Evangelio, y la cual sacia para siempre. Luego a la manera que con la comida recobra el enfermo la robustez de las fuerzas corporales; así igualmente, todo el que con buena intención recibe mi Cuerpo, crece en fortaleza espiritual. Es una eficacísima medicina que entra en el alma y la sacia; no es perceptible a los sentidos corporales, pero es manifiesta a la inteligencia del alma. Este manjar es insípido a los malos, los cuales no gustan sino de las dulzuras temporales; sus ojos no ven sino su codicia, y su entendimiento no reconoce sino su propia voluntad.

 

 

Nuestro Señor Jesucristo dice a santa Brígida que toda la perfección consiste en someterse a la voluntad de Dios.

 

                   Capítulo 21

 

Aunque todo lo sé, dice el Señor a la Santa, dime, según tu modo de expresarte, cuál es tu voluntad. Al punto respondió por la Santa su ángel custodio, y dijo: Su voluntad es como está escrito: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Y dijo el Señor: Esto es lo que busco y quiero; esto me es sumamente agradable. Conviene, pues, esposa mía, que estés como el árbol bien arraigado, el cual no tiene que temer tres males que pueden sobrevenir: no lo agujerea el topo, ni lo doblan los vientos, ni se seca con el ardor del sol.

 

Este árbol es tu alma, cuya principal raíz es la buena voluntad, según la voluntad de Dios. De esta raíz de la voluntad dimanan, tantas virtudes cuantas raíces tiene el árbol. Pero la principal raíz de que las otras nacen debe ser gruesa y fuerte, y estar profundamente arraigada en la tierra. Del mismo modo tu voluntad debe ser fuerte en la paciencia, gruesa en el amor de Dios, y profundamente sumergida en la verdadera humildad; y si de esta suerte estuviere arraigada tu virtud, no tiene que temer los estragos del topo.

 

¿Qué significa el topo caminando por debajo de tierra, sino el demonio, que invisiblemente rodea y turba el alma? Si la raíz de la voluntad fuere inconstante para padecer, la destrozaría éste con su mordedura y la echaría a perder, cuando infunde en tu corazón malas inclinaciones y pensamientos, arrastraría tu voluntad hacia diferentes objetos y te haría desear algo contra mi voluntad. Viciada así la raíz principal, se vician todas las demás y se seca el tronco, esto es, si estuviere corrompida tu voluntad e inclinación, se mancharían también las demás virtudes, y me desagradarían por la mala voluntad, a no ser que ésta se corrigiera con la penitencia.

 

Pero si la raíz de la voluntad fuese gruesa y fuerte, puede roerla el diablo, pero no traspasarla, y entonces con aquella roedura vuelve a crecer la raíz con mayor fuerza. Del mismo modo, si tu voluntad estuviere siempre firme, así en lo próspero como en lo adverso, puede aún roerla el diablo, esto es, infundirte malos pensamientos; mas si los resistes y no consientes con tu voluntad, entonces no te servirán de castigo, sino que te ejercitarán la paciencia para mayor mérito y más alto cúmulo de virtudes.

 

Mas si te aconteciere caer por impaciencia o de repente, levántate cuanto antes por medio de la penitencia y de la contrición; y entonces te perdonaré los pecados y te daré paciencia y fortaleza para sobrellevar las sugestiones del demonio.

En segundo lugar, si el árbol estuviere bien arraigado, no tiene que temer la vehemencia de los vientos. Igualmente, si fuere tu voluntad según la mía, no debes inquietarte con las adversidades del mundo, que es como el viento, y debes pensar que acaso te convenga padecer adversidades. Tampoco te has de afligir, porque te desprecien y ultrajen; porque yo puedo exaltar y abatir a los que quiera; y ni aun te has de acongojar por los padecimientos del cuerpo, pues yo puedo sanar y herir, porque nada hago sin causa.

 

Mas el que tiene su voluntad contraria a la mía, se aflige en este mundo, porque no puede alcanzar lo que busca, y en la vida venidera será castigado por su mala voluntad. Pero si pusiera en mis manos su voluntad, podría sobrellevar fácilmente todo cuanto le sobreviniera.

Tercero, el árbol bien arraigado no tiene que temer el excesivo calor, esto es, los que tienen voluntad perfecta, no quedan secos del amor de Dios por el amor del mundo, ni se apartan del amor de Dios por ningún impulso malo. Pero los que son inconstantes, muy pronto separan su alma del bien comenzado y del amor de Dios, unas veces por las sugestiones del demonio, otras por las contrariedades del mundo, y otras, en fin, por su amor propio, que ambiciona cosas vanas e inútiles.

 

Por consiguiente, no es buen árbol, porque está quebrada su principal raíz, que es: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

Y así, cuando le tentare el topo diabólico, es muy de temer la caída, porque ya está quebrada su raíz principal. Por tanto, si le inflamare el amor del mundo, al instante estará seco para el bien, y se encaminará a la codicia; si le acometiere la tribulación, se afligirá de todo punto, y como el árbol sacudido por el viento, en nada será estable y se quejará de todo. Si soplare el viento de la honra, estará muy solícito para agradar a todos, para que lo apelliden bueno, y para resolver con cautela lo que pueda sobrevenir.

 

Mira, esposa mía, cuánta inconstancia dimana de la poca firmeza de la raíz viciada. Mas ¿qué he de hacer? Soy como el buen jardinero, que tiene en su jardín muchos árboles infructíferos y pocos buenos; si se cortaran del todo esos buenos árboles, ¿quién entraría entonces en el jardín? Y si se arrancaran de raíz todos los árboles infructíferos, quedaría el jardín muy feo por los hoyos y por la tierra que se había levantado. Si yo igualmente sacara de este mundo y llevase a mi reino a todos los buenos, ¿quién entraría entonces en mi Iglesia? Y si en un instante quitase la vida a todos los malos, se verían en el jardín muy grandes hoyos, y todos los hombres me servirían entonces por temor del castigo, y no por amor.

 

Hago, pues, como el buen ingertador, que en el tronco árido pone un renuevo, y cuando éste crece y está bien arraigado, arroja al fuego lo que está seco. Y así lo he de hacer yo; porque plantaré árboles de dulzura y renuevos de virtudes, y cuando éstos crezcan, cortaré lo que está seco, y lo arrojaré al fuego, y limpiaré mi jardín, para que no quede nada inútil y que pueda perjudicar a las nuevas ramas fructíferas.

 

 

Lamentable condenación de cierta alma, y salvación de otra con circunstancias muy notables.

 

                   Capítulo 22

 

Veía santa Brígida que estaban en el tribunal de Dios dos demonios parecidos en todo el uno al otro. Tenían la boca abierta como lobos, los ojos inflamados como un vidrio que arde interiormente, las orejas colgando como las de los perros, el vientre hinchado y muy saliente, las manos de grifo, las piernas sin coyunturas y los pies medio cortados.

 

Uno de ellos dijo entonces al Juez: Dame como esposa para que me una con ella, el alma de este que es semejante a mi. Di qué derecho tienes a ella, respondió el Juez. Y dijo el demonio: Puesto que eres justo, te pregunto: cuando se encuentra un animal que se parece a otro, ¿no se dice: este animal es del género leonino, lobino o cualquier otro? Y ahora pregunto yo: ¿a qué género pertenece y a cual se parece esta alma, a los ángeles o a los demonios? Y dijo el Juez: No es semejante a los ángeles sino a ti y a los tuyos, según se ve muy a las claras.

 

Entonces, riéndose, dijo el demonio: Cuando fué criada esta alma del ardor de tu unción, esto es, de tu amor, era semejante a ti; mas ahora ha despreciado tu dulzura y héchose mía por tres títulos: pues es semejante a mí en su modo de obrar, tenemos el mismo gusto, y es una misma la voluntad de ambos. Y le respondió el Juez: Aunque todo lo sé, di por causa de esta esposa mía que está presente, cómo esa alma es semejante a ti en el modo de obrar. Así como tenemos los miembros parecidos, dijo el demonio, igualmente tenemos parecidas las obras. Nosotros tenemos los ojos abiertos, y sin embargo no vemos.

 

Yo tampoco quiero ver nada que pertenezca a ti ní cosa que quieras, y así también, éste no quiso ver, cuando pudo, lo que te pertenecía a ti y a la salud de su alma, sino que solamente atendía a las cosas temporales que eran de su agrado. Nosotros tenemos oídos, pero no oímos en provecho nuestro, y así éste, no quiso oir nada relativo a tu honra. A mí también me son amargas todas tus cosas; y por tanto, nunca entrará en nuestros oídos, para consuelo y provecho nuestro, la voz de tu dulzura y de tu bondad. Nosotros tenemos la boca abierta; y como esa alma tuvo la boca abierta para todo lo grato al mundo, y cerrada para ti y para tu honra, así nosotros la tenemos abierta para ofenderte si pudiéramos y molestarte, y nunca dejaríamos de hacerte daño, si posible fuera afligirte, o echarte de la gloria.

 

Tiene las manos de grifo, porque todos los bienes mal adquiridos que pudo alcanzar, los retuvo hasta la hora de la muerte, y aún los hubiera retenido más tiempo, si le hubieses dejado vivir más. Igualmente, yo, a todos cuantos caen en mi poder, los cojo con tanta firmeza, que jamás los soltaría, a no ser que se me arrancasen por tus juicios y contra mi voluntad.

Tiene hinchado el vientre, porque su codicia no conocía límites; llenábase, pero no se saciaba; y fué tanta su ambición, que si hubiese tenido todo el mundo, hubiera trabajado de buena gana para reinar hasta sobre los cielos. Igual ambición tengo yo, y si pudiese coger todas las almas del cielo, de la tierra y del purgatorio, las arrebataría de buena gana, y si quedase una sola alma fuera de mi poder, no dejaría de perseguirla, a causa de mi ambición.

 

Su pecho está tan frío como el mío, porque ni te tuvo ningún amor, ni jamás le gustaron tus consejos. Igualmente yo, que a más de no tenerte amor ninguno, reconcentro contra ti tal envidia, que de buena gana dejaría que siempre me estuviesen dando amarguísima muerte, y siempre se renovara el suplicio, con tal que murieses, y si fuera posible, matarte. Nuestros pies carecen de coyunturas, porque la voluntad de esa alma y la mía es una misma; porque desde el principio de mi creación mi voluntad se movió contra ti, y nunca quise lo que tú; e igualmente su voluntad siempre fué contraria a tus mandamientos.

 

Nuestros pies están mutilados, porque así como con los pies se camina para provecho del cuerpo, de la misma manera, con el afecto y buenas obras se camina a Dios. Pero esa alma jamás quiso caminar a ti con el afecto ni con obras, como ni yo tampoco; y así, somos semejantes en cuanto a los miembros. Tenemos también el mismo gusto, porque aunque sabemos que eres el sumo bien, sin embargo, no gustamos lo dulce y bueno que eres. Por consiguiente, como somos todos semejantes, dispón que quedemos unidos.

 

Entonces habló delante del Señor un ángel, y dijo: Señor Dios nuestro, desde que esa alma se unió al cuerpo, siempre la he acompañado, sin separarme de ella mientras vi que tenía algo bueno, mas ahora la dejo como un saco vacío de todo bien. Tuvo tres males; porque juzgaba mentirosas vuestras palabras, creyó falso vuestro juicio, y despreció vuestra misericordia, y aun esta vuestra misericordia murió para con ella. Vivió esta alma en matrimonio, y no tuvo sino una mujer, sin mezclarse con otra alguna; pero guardó esta fidelidad en el matrimonio, no por amor ni por temor divino, sino porque amaba tanto el cuerpo de su mujer, que no quiso unirse a otra alguna. Oía también misa y concurría a los oficios divinos, mas no por devoción, sino para no ser separado de la Iglesia, ni que lo notasen los demás cristianos. Llegóse a la Iglesia, como otros muchos, con el fin e intención de que le dieseis la salud corporal, las riquezas y honras del mundo, y lo libraseis de los acontecimientos que los hombres llaman desgracia.

 

A esta alma, Señor, le disteis todo lo que podía apetecer en el mundo, y aún más de lo que os sirvió. Pues le disteis hijos hermosos, le disteis salud corporal y riquezas, y la librasteis de las desgracias que temía. Le concedisteis también por vuestra justicia que satisficiera su ambición, en términos que le pagasteis ciento por uno, y nada ha quedado sin remuneración. La dejo, pues, ahora vacía de todo bien.

 

Y entonces respondió el demonio: Oh Juez, puesto que seguía esta alma mi voluntad, y le pagaste el céntuplo de todo lo que debía tener tuyo, manda que quede unida conmigo. ¿No está escrito en tu ley, que donde hubiere una voluntad y un consentimiento matrimonial, debe haber también el vínculo legal? Así acontece entre nosotros, pues su voluntad es la mía, y la mía es la suya. ¿Por qué estamos privados de unirnos mutuamente?

 

Y dijo el Juez: Manifieste el alma cuál es su voluntad respecto a unirse contigo. Y respondió el alma al Juez: Más quiero estar en el infierno que ir a la alegría del cielo, para que tú, Dios, no tengas el consuelo de poseerme; pues me eres tan odioso, que me importan poco mis torementos, con tal que tú no recibas consuelo alguno. La misma voluntad tengo yo, dijo entonces el demonio. Mejor querría padecer un perpetuo tormento, que ir a la gloria, para que de ello recibieras algún consuelo.

 

En seguida dijo el Juez al alma: Tu voluntad es tu juez, y según ella sufrirás el castigo.

Volvióse el Señor a la Santa, la cual se hallaba presente, y le dijo: ¡Ay de ese hombre!, pues fué peor que un ladrón, porque tuvo venal su alma; su carne apetecía las inmundicias, y defraudó a su prójimo. Por esto piden de él venganza los hombres, los ángeles le ocultan el rostro, y los santos huyen de su compañía.

Acercándose entonces el demonio a aquella alma semejante a él, dijo: Aquí estoy yo, oh juez. Yo, que por mi malicia soy malo, y ni fuí redimido ni lo he de ser. Este fué como otro yo, pues aunque fué redimido, se asemejó a mí, obedeciéndome más que a ti: por consiguiente, declara mía esta alma.

 

Y respondió ej juez: Si todavía te humillaras, te daría yo la gloria, y si en el último instante de su vida me hubiese esta alma pedido perdón con propósito de la enmienda, jamás estaría en tus manos; pero porque perseveró hasta el fin en obedecerte, es justicia que sea tuya por toda la eternidad; con todo, las obras buenas, que hizo en su vida, si hay algunas, contendrán tu malicia, para que no puedas atormentarla todo cuanto quieres. Y dijo el demonio: Luego es mía, y por tanto, como suele decirse: su carne será mi carne, aunque no soy carnal, y su sangre será mi sangre. Y comenzó a alegrarse mucho y a dar palmadas.

 

¿De qué te alegras, le dice el Juez, y qué alegría tienes con la pérdida de un alma? Dilo, a fin de que lo oiga esta esposa mía que se halla presente, pues aunque todo lo sé, responde sin embargo por causa de esta esposa, que sin estas explicaciones no puede comprender las cosas espirituales. Entonces contestó el demonio: Mientras esta alma arde, ardo yo más y con mayor vehemencia, y mientras la abrasare, más me abraso yo; pero gozo, porque a pesar de que la redimiste con tu sangre y la amaste tanto, que te diste por ella a ti mismo, que eres Dios, al fin pude engañarla y hacerla mía.

 

Grande es tu malicia, respondió ej juez, pero atiende, porque te permito que veas. Y en aquel instante subía a lo más alto del cielo una hermosísima estrella, y viéndola el demonio, se quedó sin poder hablar, pero el Señor le dijo: ¿A qué se parece esa estrella? Y respondió el demonio: Más resplandeciente es que el sol, así como yo soy más negro que el humo. Está llena de toda dulzura y del amor divino, y yo estoy lleno de todo amargor y malicia. Y el Señor le dijo: ¿Qué sensación te causa esto en tu ánimo, y qué darías porque esa cayese en tu poder? Respondió el demonio: Por ello querría yo sufrir una pena tan amarga, como si en una columna se clavasen las puntas de innumerables cuchillos puestas unas junto a otras, y tan apiñadas que no hubiese entre ellas la distancia de una aguja; entre estas puntas pasaría yo con gusto desde lo alto del cielo hasta lo más hondo del infierno, con tal que viniese a mi poder esa estrella.

 

Grande es tu malicia conmigo y mis escogidos, le dice el Señor; pero soy tan caritativo, que si me fuese posible morir otra vez, de buena voluntad padecería por cada alma y por cada espíritu igual suplicio al que por todas las almas padecí una vez en la cruz, y lo haría así para que no quedase ningún espíritu inmundo; mas tú eres tan envidioso, que no quieres que una sola alma viniera a mí.

 

Entonces le dijo el Señor a aquella alma buena, que se veía como una estrella: Ven, querida mía, al gozo que deseaste. Ven a la dulzura que nunca se acabará. Ven a tu Dios y Señor, por quien tantas veces suspiraste. Yo te daré a mí mismo, en quien reside todo bien y dulzura. Ven a mí desde el mundo, que es un piélago de pena y de dolor, porque en él no hay sino miseria.

 

Volvióse enseguida el Señor a la Santa, que todo esto veía en espíritu y le dijo: Mira, hija, todas estas cosas han pasado en un momento delante de mí; pero como tú no puedes entender sin aclaraciones las cosas espirituales, te manifiesto todo esto, para que comprenda el hombre cuán severo soy con los malos, y cuán piadoso con los buenos.

 

Declaración.

 

Presentábase al Juez un alma, a la cual acompañaban cuatro negros, quienes dijeron al Juez: Aquí viene nuestra presa, la estábamos siguiendo y observamos todos sus caminos; mas ya cayó en nuestras manos; ¿qué hemos de hacer con ella? ¿Qué tenéis que alegar contra ella? preguntó el Juez.

 

Tú, Dios, dijiste, respondió el primer negro: Yo soy justo y misericordioso, y perdono los pecados. Pero esta alma asímiró su salvación, como si hubiese sido criada para la condenación eterna. Tú, Señor, dijiste, respondió el segundo negro, que el hombre debía ser justo con su prójimo y no engañarlo; pero éste engañó a su prójimo, trocó lo que pudo, y recibió lo que quiso, sin tener ánimo de restituir. El tercer negro dijo: Tú dijiste, el hombre no debía amar a la criatura más que al Criador, pero éste todo lo amó, menos a ti. El cuarto negro dijo: Tú, Señor, dijiste que nadie puede entrar en el cielo, a no ser quien de todo corazón desea y busca a Dios; pero este no deseaba nada bueno, ni le gustaron las cosas espirituales; y lo que por ti hizo, lo hacía solamente, porque no advirtiesen los cristianos que él no lo era.

 

Díjole entonces el Juez al alma: ¿Y qué dices de ti misma? Y respondió: Tengo endurecido el corazón, y te deseo el mal y ningún bien a ti, que eres mi creador y redentor. Sin embargo, obligada a ello, diré la verdad. Soy como el hijo abortivo, ciego y cojo, que desprecia los consejos de su padre. Por tanto, mi conciencia me dice que mi sentencia es que acompañe en las penas a aquellos cuyos consejos y costumbres seguí en la tierra. Dicho esto apartóse de la presencia del Señor el alma vertiendo amarguísimas lágrimas, y desapareció la visión.

 

Al final de esta revelación se habla de un religioso llamado Algoto, Prior Escarense y maestro en teología, que después de estar tres años ciego y padeciendo de mal de piedra, tuvo dichoso fin. Porque estando en oración por él santa Brígida, para que sanase, oyó en espíritu la siguiente respuesta: Ese es una resplandeciente estrella, y no conviene que con la salud se manche su alma. Ya ha peleado y concluido, y no le queda sino ser coronado, y serviráte de señal, que desde esta hora se le aliviarán los dolores de la carne, y toda su alma será inflamada en mi amor.

 

 

Quéjase el Padre Eterno de la decadencia de la religión entre los cristianos, y amenaza trasladar la fe a otra parte.

 

                   Capítulo 23

 

Tú, dice el Eterno Padre a su Hijo, eres como el esposo que se desposó con una doncella hermosa de rostro y honesta en costumbres, y la llevó a su morada y la amó como a sí mismo. Igualmente tú, Hijo mío, te desposaste con tu joven esposa, cuando amaste tan extremadamente las almas de los hombres, que quisiste tú mismo ser atormentado por ellos y extendido en una cruz, e introdujiste esas almas como en una morada en tu santa Iglesia, que consagraste con tu sangre.

 

Pero esta tu esposa se ha hecho adúltera, las puertas del tálamo están cerradas, y en lugar de la esposa hay una infame adúltera, que piensa consigo de este modo: Cuando se duerma mi marido, sacaré un afilado cuchillo y lo mataré, porque no me agrada.

¿Qué significa la esposa sino las almas que redimiste con tu sangre, las cuales a pesar de ser muchas, pueden llamarse una a causa de la unidad de la fe y del amor; y muchas de estas se han hecho adúlteras, porque aman el mundo más que a ti, y buscan el deleite de otro y no el tuyo?

 

Cerradas están las puertas del tálamo, esto es, de la Iglesia. ¿Qué significan las puertas sino la buena voluntad, por la que entra Dios en el alma? Hállase esta cerrada sin producir ningún bien, mientras se lleva a cabo la voluntad de tu enemigo; porque todo cuanto agrada, y cuanto deleita al cuerpo, esto es lo que se ama y se honra y lo que se publica como santo y bueno, mientras que está puesta en olvido y abandonada tu voluntad que es que los hombres deban amarte con fervor, desearte con prudencia y dando por ti todo con razón.

 

Y hay varios que a veces entran manifiestamente por las puertas de tu morada y tálamo; pero no entran con intención de hacer tu voluntad y de amarte de todo corazón, sino por miramiento a los hombres para no parecer inicuos, y para que la gente no sepa en público lo que son interiormente para con Dios. Así, pues, está mal cerrada la puerta de tu tálamo, y mayor es el contento del adúltero que el tuyo.

 

También piensan entre sí, matarte, cuando estuvieres desnudo y durmiendo. Les pareces desnudo, cuando bajo la apariencia de pan, ven en el altar tu cuerpo, que tomaste de las purísimas entrañas de la Virgen María sin perder la divinidad; y sin percibir ellos en él nada del poder de tu divinidad, te juzgan como un poco de pan, siendo tú verdadero Dios y hombre, a quien no pueden ver los ojos obscurecidos con las tinieblas del mundo. Y les pareces dormido, cuando los sufres sin castigarlos; y por consiguiente, entran con orgullo en tu tálamo, diciendo para sí: Entraré, y como los demás recibiré el cuerpo de Cristo; mas no obstante, despues de recibirlo, haré lo que quiera. ¿En qué me perjudica, si no lo recibo y de qué me aprovecha si lo recibo? Con semejante voluntad y pensamientos te matan, Hijo mio, los miserables en sus corazones, para que no reines en ellos, aunque eres imortal, y estás en todas partes por el poder de tu divinidad.

 

Mas porque no te conviene, Hijo mío, estar sin esposa, ni tenerla, a no ser castísima, enviaré mis amigos, para que tomen para ti una nueva esposa, hermosa de semblante, honesta en costumbres y de agradable carácter, y la introduzcan en tu morada. Estos amigos míos serán rápidos, como las aves que vuelan, porque los guiará mi espíritu conmigo mismo. Serán también fuertes, como aquellos entre cuyas manos se deshace una muralla. Serán igualmente magnánimos, como los que no temen la muerte, y están dispuestos a dar su vida. Estos te llevarán la nueva esposa, esto es, las almas de mis escogidos que ganarán para ti con suma honra y dignidad, con gran devoción y amor, con varonil trabajo y constante perseverancia. Yo que ahora hablo, soy el que en el Jordán y en el monte dije en alta voz: Este es mi hijo querido. Muy pronto se realizarán mis palabras.

 

 

La Virgen María obtuvo de su divíno Hijo el que manifestase a santa Brígida estas revelaciones para bien de muchos que las recibirán con docilidad.

 

                   Capítulo 24

 

Mi Hijo, dice la Virgen, es como un rey que tenía una ciudad en la que había setenta príncipes, y en cada dominio no había sino uno fiel al rey. Viendo estos fieles vasallos que a los infieles les amenazaba la condenación y la muerte, escribieron a una señora muy allegada al rey, rogándole que intercediera por ellos, y que alcanzase del rey que éste les escribiera amonestándolos, a fin de que volvieran en sí de su pertinacia. Y hablando dicha señora el rey acerca de salvar a aquellos infieles, respondió el monarca: No les queda más recurso que la muerte, y son dignos de ella, pero sin embargo, por tus ruegos les escribiré dos palabras. En la primera hay tres cosas: la condenación que merecen, la pobreza, y la confusión y deshonra de que son dignos por sus hechos. La segunda palabra es, que todo el que se humillare, alcanzará perdón y tendrá vida.

 

Este rey, dijo María a santa Brígida, significa mi Hijo, que es rey de la gloria, e Hijo de Dios y mío, que soy su madre y Virgen al mismo tiempo. Este Hijo mío tiene una ciudad, que es el mundo, en el cual hay setenta lenguas, que son setenta dominios, y en cada lengua hay un amigo de mi Hijo, de suerte que no hay lengua alguna en que no se encuentren varios amigos de mi Hijo, los cuales están expresados en uno a causa de la unidad de fe y amor. Yo soy esa señora muy allegada al rey, y viendo mis amigos que amenazaba en el mundo la miseria, me enviaron sus súplicas, pidiéndome, que aplacase en favor del mundo a mi Hijo; el que movido por mis ruegos y los de mis santos, envió al mundo esas palabras de sus labios ya sabidas desde la eternidad.

Dos son las palabras de mi Hijo, pues en todas ellas no hay sino estas dos cosas: maldición para los obstinados, y misericordia para los que se humillen.

 

Después habló el Hijo a la Madre, diciéndole: Bendita seas, Madre mía, tú eres como aquella madre que es enviada, para que tome esposa para su hijo. Del mismo modo te envío yo a mis amigos, para que unan a mí las almas de los escogidos con vínculo espiritual, como corresponde a Dios. Tú estás llena de misericordia, y por tanto, sacas de mí toda misericordia en favor de los pecadores. Bendito sea todo el que te sirviere, porque no será abandonado en la vida ni en la muerte.

 

En seguida volvió a hablar a la Santa la Virgen y le dijo: Escrito está que precedió a mi Hijo san Juan Bautista, a quien no vieron todos, porque vivía en el desierto. Igualmente precedo yo con mi misericordia, antes de ese terrible juicio de mi Hijo.

 

 

Manifiesta Jesucristo a la Santa cómo en el último término de la muerte se purificó en su mismo cuerpo con dolores el alma de quien se habla en la revelación anteríor.

 

                   Capítulo 25

 

En forma de estrella viste, esposa mía, dice Jesucristo a la Santa, el alma de ese monje difunto, y con razón aparecía así, porque en su vida era brillante y ardoroso como una estrella, porque me amó sobre todas las cosas, y vivió con arreglo a las constituciones de su estado.

 

Mostrábasele esta alma antes de morir en el mismo estado en que se hallaba, que fué al llegar al último término de su vida y cuando ya faltaban las señales de la enfermedad que indicaban la muerte. Cuando llegó al último término de la muerte, fué al purgatorio, y este purgatorio era su mismo cuerpo, donde se purificaba con dolores y enfermedades; y por eso se te manifestaba como una estrella en un vaso destapado, porque fué ardiente en mi amor, y por tanto ahora está en mí y yo en ella.

 

Pues así como no se vería una estrella, si estuviese en medio de un fuego mayor y más esplendente que ella, del mismo modo se halla este incluido en mí y yo en él, y gozará de esa inefable gloria que no ha de acabarse jamás. Mientras estuvo en el purgatorio de su cuerpo, me amó tanto esta estrella y yo a ella, que reputó como levísima la agudeza de su dolor corporal, de suerte que su alegría comenzó en la tribulación y fué aumentándose hasta llegar al gozo perpetuo. Como viera esto el diablo y desease tener algún derecho sobre esta alma, por causa del mucho amor que ella me había tenido, de muy buena gana hubiera soltado otras muchas con tal de poseerla.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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