Jueves, 22 de abril de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA - LIBRO 6 -(CAPITULOS 1 AL 18) - MUY INTERESANTE

En estos capítulos se habla de la Vírgen su infancia, la de Jesús, sobre el poder de la oración y su protección, además de tratar sobre los familiares en las penas del purgatorio. Os recomiento su lectura. EL AUTOR DEL BLOG.

Vió la Santa en espíritu cómo el demonio huía de una persona que oraba con fervor.

 

                   Capítulo 2

 

Vió santa Brígida un demonio que estaba con las manos atadas junto a uno que se hallaba en oración, y al cabo de una hora dió el demonio un terrible y fuerte grito con gran rugido, y avergonzado se retiró. Acerca de este dijo a la Santa su ángel custodio: Ese demonio inquietó en cierto tiempo a aquel hombre, y tiene atadas las manos, porque no puede prevalecer sobre él, según desea; pues por haber resistido este hombre varonilmente las acometidas del demonio, es voluntad de Dios, que no pueda hacerle daño, según deseara.

 

Con todo, aún tiene el demonio esperanza de poder prevalecer contra él, pero ahora está muy bien atado, y nunca más engañará a este hombre, a quien la gracia de Dios se le aumentará de día en día, y por eso el demonio da alaridos con razón, porque perdió a quien tanto acometía para vencerlo.

 

 

Exhorta Jesucristo a la predicación de su palabra, prometiendo grandes tesoros a sus ministros.

 

                   Capítulo 3

 

El que tiene el oro de la sabiduría de su Señor, dice Jesucristo a la Santa, está obligado a hacer tres cosas: primero, debe distribuirlo a los que lo quieran y a los que no lo quieran; debe, en segundo lugar, ser sufrido y circunspecto; y por último, ha de ser justo y equitativo en distribuir.

El que posea esas virtudes, tiene mi oro, que es de mi sabiduría; y así como no hay metal más precioso que el oro, tampoco hay en la Escritura nada más digno que mi sabiduría. De esta sabiduría he llenado el espíritu de ese por quien tú pides; y así debe predicar mi Evangelio con valor, como soldado mío, y no solamente a los que deseen oirle, sino a los que no quieran, debe hablarles de mi misericordia.

 

Ha de ser también sufrido por mi nombre, sabiendo que tiene un Señor que oyó toda clase de injurias y oprobios. Y encargo, por último, que sea equitativo en distribuir igualmente al pobre que al rico; con ninguno guarde contemplación, a nadie tema, porque yo estoy en él, y él en mí. ¿Quién ha de dañarle, siendo yo Omnipotente en él y fuera de él? Daréle por su trabajo una preciosa paga, que no será nada corporal ni terreno, sino a mí mismo, en quien reside todo bien y dicha, y en quien se encuentra toda abundancia.

 

 

                   Capítulo 4

 

Yo soy tu Creador y tu Esposo. Tú, nueva esposa mía, has pecado hoy de cuatro modos, cuando te pusiste colérica. Primeramente, porque estuviste impaciente en tu corazón al oir aquellas palabras, al paso que yo padecí por ti azotes, y puesto delante de un juez, no respondí una palabra. En segundo lugar, porque respondiste con mayor acrimonia, y levantaste mucho tu voz recoviniendo, mientras que yo, clavado de pies y manos, miré al cielo, y no abrí mis labios. Me ofendiste, en tercer lugar, pues por mí deberías sufrirlo todo con paciencia. Y faltaste, por último, porque con tu paciencia no aprovechaste a tu prójimo, el cual erró y debió ser llevado a mejor camino.

 

Quiero, pues, que en lo sucesivo no vuelvas a encolerizarte; y si alguien te provocare a ira, no has de hablar hasta que esté tranquilo tu ánimo; y pasada aquella alteración, y bien vista su causa, habla con mansedumbre. Mas si por hablar sobre algunas materias no sirvieres de provecho, ni pecares callando, mejor es que calles, por el mérito de la virtud del silencio.

 

 

Incomparable poder y misericordia de la Virgen María. Siete espantosos tormentos padecidos por el alma de un príncipe en el purgatorio, y eficacia de la limosna, del sacrifico de la misa y de la sagrada comunión, para librarle de ellos.

 

                   Capítulo 5

 

Yo soy la Reina del cielo, dice la Virgen a la Santa; yo soy Madre de la misericordia; yo soy la alegría de los justos y la intercesora de los pecadores para con Dios. En el fuego del purgatorio no hay pena alguna que por mí no se haga más suave y llevadera de lo que de otro modo sería; tampoco hay ningún mortal tan desventurado, que mientras vive, carezca de mi misericordia, pues por mi causa, tientan los demonios menos de lo que en otro caso tentarían; ni hay ninguno tan apartado de Dios, a no ser que del todo estuviere maldito, que si me invocare, no vuelva a Dios y no alcance misericordia.

 

Y porque soy misericordiosa y he alcanzado de mi Hijo misericordia, quiero manifestarte cómo ese difunto amigo tuyo, de quien te compadeces, podrá librarse de los siete castigos de que mi Hijo te ha hablado. Y en primer lugar, se libertará del fuego que por la incontinencia padece, si con arreglo a las tres órdenes que en la Iglesia hay de casadas, viudas y doncellas, hubiese alguien que por el alma de este difunto proporcionara la dote para casar una doncella, para que otra entrase en religión, y para que una viuda pudiese vivir según su estado; porque en cuanto a la incontinencia, pecó tu amigo, excediéndose en las cosas que aun en su estado le fueran lícitas.

 

En segundo lugar, porque en la gula pecó de tres modos: comiendo y bebiendo opípara y excesivamente; teniendo muchos manjares por ostentación y soberbia; y estando mucho tiempo a la mesa, omitiendo a la par las obras de Dios. Y así, el que quisiere satisfacer por estos tres linajes de gula, ha de recoger, en honra de Dios que es trino y uno, tres pobres durante un año entero, y les ha de dar de comer los mismos manjares y tan buenos como los que él tenga en su propia mesa, y no ha de comer hasta que viere comer a esos tres, a fin de que por esta corta tardanza, se borre aquella larga demora que tenía tu amigo cuando se sentaba a la mesa. A esos tres pobres se les ha de proporcionar también los correspondientes vestidos y camas.

 

Lo tercero, por la soberbia que de muchos modos tuvo, debe el que quisiere, reunir siete pobres y una vez a la semana por todo un año lavarles los pies con humildad, diciendo entre tanto en su corazón: Señor mío Jesucristo, que fuísteis preso por los judíos, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que estuvísteis atado a la columna, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que siendo vos inocente, fuísteis condenado por los inicuos, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que fuísteis despojado de vuestras propias vestiduras, y revestido por burla con unos andrajos, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que fuísteis azotado tan cruelmente, que se veían todas vuestras costillas, sin que hubiese en vos cosa sana, tened misericordia de él.

 

Señor mío Jesucristo, que fuísteis extendido en la cruz, horadados con clavos vuestros pies y manos, atormentada la cabeza con crueles espinas, anegados en lágrimas vuestros ojos, y vuestra boca y oídos llenos de sangre, tened misericordia de él. Y después de lavarles los pies a esos pobres, les dará de comer, y les suplicará humildemente que pidan por el alma del difunto.

Lo cuarto, pecó en la pereza de tres modos: fué perezoso para ir a la iglesia; perezoso para aprovechar las indulgencias, y perezoso para visitar los sepulcros y reliquias de los Santos.

 

El que quisiere satisfacer por lo primero, ha de ir a la iglesia una vez al mes por espacio de un año, y mandar decir una misa de difunto por el alma de ese tu amigo: por lo segundo, irá siempre que pueda y quiera, y especialmente por dicha alma, a los templos donde hay concedidas indulgencias, y por lo tercero, por medio de persona de confianza envíe su ofrenda a los principales Santos de este reino de Suecia, donde por causa de las indulgencias suele acudir mucha gente devota, como san Erico, san Sigfrido y otros, y el que llevare la ofrenda, ha de ser remunerado por su trabajo.

 

Lo quinto, porque el difunto pecó en vanagloria y alegría; el que quiera satisfacer por él, ha de reunir por espacio de un año una vez al mes los pobres que haya en su distrito o en los inmediatos, y los llevará a una casa, y hará decir delante de ellos una misa de difuntos, y antes de comenzar ésta, el sacerdote suplicará y amonestará a los pobres que rueguen por el alma del finado. Después de la misa se les dará de comer a todos los pobres, de modo que se levanten complacidos de la mesa, para que el difunto se alegre con las oraciones de ellos, y los pobres con la comida.

 

Lo sexto, porque deberá pagar cuanto debe hasta el último maravedí, y mientras estará penando, has de saber, hija mía, que antes de morir y a su muerte tuvo deseo, aunque no tan ardiente como debiera, de pagar todas sus deudas, y por este deseo se halla en estado de salvación; en lo cual puede el hombre ver cuánta es la misericordia de mi Hijo, quien por tan poca cosa da el descanso eterno, y si no hubiese tu amigo tenido ese deseo, se hubiera condenado para siempre.

Por tanto, los parientes que le han sucedido en sus bienes, deben tener deseo de pagar, y en efecto satisfacer sus créditos a todos cuantos supiere les debía el difunto, y al tiempo de pagarles les suplicarán humildemente, que perdonen al alma del difunto, si por la larga demora han sufrido algún perjuicio; pero si no pagaren dichos parientes, tomarán a su cargo la responsabilidad del difunto.

 

A cada monasterio de este reino se ha de enviar también una ofrenda y mandar decir una misa pública, y antes de que se comience se ha de pedir por el alma del finado, para que se aplaque el Señor. Después se dirá una misa de difuntos en cada iglesia parroquial donde tu amigo tuvo sus bienes, y antes de cantarla, el sacerdote, y hallándose presente todo el pueblo, le ha de decir a éste: La presente misa se va a celebrar por el alma de tal príncipe, y en nombre de Jesucristo os ruego, que si en algo os ofendió ese difunto en palabras, obras o por sus órdenes, se lo perdonéis, y ensegnida se acerque al altar.

 

Lo séptimo, porque fué juez, y confió su cargo a vicarios inicuos, por lo cual aunque se halla en el purgatorio, está en manos de los demonios. No obstante, como contra la voluntad de él obraban aquéllos inicuamente, aunque no vigilaba ni atendía como debiera, puede ser libertado de esta pena, si tuviere el auxilio del santísimo cuerpo de mi Hijo, que diariamente es ofrecido en el altar. Pues el pan que en el altar se pone, antes de decir las palabras: Este es mi Cuerpo, es meramente pan; pero después de dichas estas palabras de la consagración, se convierte en el cuerpo de mi Hijo, el cual lo recibió de mí sin mancha alguna, y el cual fué crucificado. Entonces es en espíritu honrado y adorado el Padre por los miembros del Hijo, alegrasé el Hijo con el poder y majestad del Padre, y yo que soy su Madre y lo engendré, soy honrada por todo el ejército celestial. Todos los ángeles se vuelven a él y lo adoran, y las almas de los justos dánle gracias, porque por él fueron redimidas. ¡Qué horrorosa abominación la de los miserables, que toman en sus indignas manos a tan grande y tan digno Señor!

 

Este cuerpo que murió por amor a los hombres, es el que puede libertar de la pena al difunto. Y así deberá decirse una misa de cada solemnidad de mi Hijo, a saber: una de la Natividad, otra de la Circuncisión, otra de Epifanía, otra del Corpus Christi, una de Pasión, otra de Pascua, otra de la Ascensión y una de Pentecostés. Diráse también una misa de cada solemnidad que en mi honor se celebre. Se dirán también nueve misas en honor de los nueve coros de los ángeles; y cuando se vayan a celebrar estas misas, se han de reunir nueve pobres, a quienes se les dará de comer y vestir, para que los ángeles a cuya custodia fué encargado el difunto y a los cuales ofendió de muchas maneras, puedan aplacarse con esta pequeña ofrenda, y presentar su alma a Dios. Dígase además una misa por todos los difuntos, a fin de que con ella obtengan el eterno descanso, y lo alcancen también para el alma de tu amigo.

 

DECLARACIÓN.

 

Fué este un príncipe misericordioso, que después de muerto se apareció a santa Brígida y le dijo: Nada alivia tanto mis penas en el purgatorio, como la oración de los justos y el Sacramento del altar. Pero como fuí príncipe y juez, y encomendé este cargo a los que amaban poco la justicia, me hallo todavía en este destierro, aunque me libertaría de él, si los que debieran ser amigos míos y lo fueron, fuesen más celosos por mi salvación.

 

 

Aconseja la Virgen María a la Santa que no se olvide jamás de la Pasión del Señor, y dícele cómo en dicha Pasión se conmovieron los clelos, la tierra y los abísmos.

 

                   Capítulo 6

 

En la muerte de mi Hijo trastornáronse todas las cosas. Pues la Divinidad, que nunca se apartó de él ni aun en la muerte, parecía como compasiva en aquella última hora, a pesar de que por ser impasible e inmutable, no puede la divinidad padecer dolor ni pena alguna. Mi Hijo padecía dolor en todos sus miembros, hasta en el corazón, sin embargo de ser inmortal, según la divinidad: y tambié su alma que era inmortal, padecía, porque salió del cuerpo. Reunidos los ángeles estaban tambiäen como en sobresalto, al ver a Dios padecer en la tierra según su humanidad.

 

Pero acaso no comprenderás, cómo pueden afligirse los ángeles que son inmortales. Y a esto debo decirte, que como si el justo viese a un amigo suyo padecer algo de que le resultara gran gloria, se alegraría de la gloria que alcanzaba su amigo, aunque se entristecería en cierta manera por el padecimiento; del mismo modo se afligían los ángeles con la pena de mi Hijo, a pesar de ser impasibles; pero alegrábanse de su gloria futura, y del provecho que había de resultar de su Pasión.

 

Trastornáronse además todos los elementos, y en el instante de morir mi Hijo el sol y la luna perdieron su esplendor, tembló la tierra, partiéronse las piedras y abríanse los sepulcros. Conmoviéronse todos los gentiles dondequiera que estuvieron, porque sentían en su corazón a la manera de una punzada dolorosa, aunque ignoraban de dónde provenía. Conmoviéronse también en aquella hora el corazón de los que lo crucificaron, mas no para gloria de ellos. Conmoviéronse además en aquella hora los espíritus inmundos, y trastornáronse como formando todos uno solo. Afligiéronse igualmente mucho los que estaban en el seno de Abraham, al ver de aquel modo padecer a su Señor, Pero nadie puede considerar el dolor que entonces padecía yo, hallándome al lado de mi hijo, y siendo, aunque Virgen, Madre suya.

Por tanto, hija mía, ten siempre en tu memoria la Pasión de mi Hijo, y huye de la inconstancia del mundo, que no es más que una apariencia y una flor que se seca muy pronto.

 

 

La Virgen María se compara a una colmena de dulcísima miel, de la que todos reciben bendición y dulzura.

 

                   Capítulo 7

 

Esposa de mi Hijo, dice la Virgen a la Santa, tú me saludaste y me comparabas a la colmena de abejas. Yo ciertamente, fuí como un colmenar, pues mi cuerpo, antes de unirse al alma, fué como un precioso vaso en el seno de mi madre, y después de mi muerte, fué también como un vaso cuando se hubo separado del alma, hasta que Dios elevó mi alma con mi cuerpo junto a la divinidad. Este vaso fué hecho colmena, cuando aquella abeja bendita, el Hijo de Dios, salió de los cielos, y siendo Dios vivo bajó a mi cuerpo. Mi seno fué un dulcísimo y delicadísimo panal, que había sido preparado con todas las proporciones y complementos para recibir la suavísima miel de la gracia del Espíritu Santo. Llenóse este panal, cuando vino a mí el Hijo de Dios con poder, con amor y con pureza. Vino con poder, porque era mi Señor y mi Dios: vino con amor, porque por el amor que a las almas tuvo, tómo la carne y la cruz, y vino con pureza, porque fué apartado de mí todo el pecado de Adán: y así, el purísimo Hijo de Dios recibió una carne purísima.

 

Pero así como la abeja tiene el aguijón, con el cual no hiere sino cuando se ve perseguida, así también mi Hijo tiene la severidad de la justicia, que con todo no la emplea, sino cuando le provocan los pecadores. A esta divina abeja se le ha pagado mal, pues por su poder fué mi Hijo entregado a los inicuos; por su amor fué puesto en manos crueles; y por su pureza fué desnudado y azotado inhumanamente. Bendita, pues, sea esa abeja que de mi seno hizo para sí un colmenar, y lo llenó con su miel tan copiosamente, que con la dulzura que a mí me dió, se pudiera quitar de la boca de todos aquel sabor envenenado de la antigua serpiente.

 

 

Aconseja el Señor y manda a los suyos, que se den sin reserva a su divino servicio en cuerpo y alma.

 

                   Capítulo 8

 

Tres cosas debes tener, esposa mía, dice el Señor a la Santa, a saber: no seguir sino mi voluntad: no sentarte sino para honra mía, y no permanecer constante sino para provecho de tu divino esposo. Sigues mi voluntad, cuando empleas todo tu tiempo según ella, cuando no comes, ni duermes, ni haces ninguna otra cosa sino según comprendes que agrada a Dios. Permaneces con firmeza, cuando tienes deseo de perseverar en mi servicio. Estás sentada, cuando elevas tu alma únicamente a las cosas celestiales, y consideras cual es la gloria de los Santos y de la vida sempiterna.

 

A estas tres cosas debes agregar otras tres, a saber: debes estar dispuesta en primer lugar como la doncella que va a desposarse, y piensa consigo de este modo: Reuniré para mi esposo, con el cual he de vivir así en lo próspero como en lo adverso, todo cuanto pueda legítimamente de los bienes de mi padre que son perecederos. Has de hacer así, porque tu cuerpo es como padre tuyo, y debes exigirle todo el trabajo que pudieres en favor de los pobres y en otras buenas obras, a fin de que puedas alegrarte con tu esposo, porque tu cuerpo es perecedero; y no lo debes tratar con miramientos en la vida presente, a fin de que resucite después para mejor vida.

 

Piensa, en segundo lugar, y di como la buena esposa: Si mi esposo me ama, ¿de qué debo yo inquietarme? Si está en paz conmigo, ¿a quién tengo que temer? Y así, para que no se enoje conmigo le obsequiaré en lo posible y haré siempre su voluntad.

Piensa, por último contigo misma, que tu esposo es eterno y riquísimo, y que con él tendrás perpetua honra y riquezas eternas; y por tanto, no ames lo perecedero, para que puedas conseguir lo que ha de durar eternamente.

 

 

Trámites por donde conduce y eleva Dios el alma hasta la perfección.

 

                   Capítulo 9

 

Hablaba un ángel al Señor y le decía: Alábeos, Señor mío, todo vuestro ejército por todo vuestro amor. Vos me encomendasteis para que yo la guardase a esta vuestra esposa que está presente, y ahora os la devuelvo. La gané para vos como a una niña, dándole primeramente fruta, y después de comer ésta le dije: Sígueme, hija, hasta más adelante, y te daré dulcísimo vino, porque en la fruta no hay sino un sabor muy sencillo, pero en el vino hay dulzura y fortaleza del alma. Después que gustó el vino, le volví a decir: Sigue todavía más adelante, pues te estoy preparando lo que es para siempre, y en lo cual reside toda dicha.

 

Luego que acabó de hablar el ángel, dijo el Señor a la Santa: Verdad es lo que, oyendolo tú, ha dicho mi siervo. Atraíate éste hacia mi como con fruta, cuando pensabas contigo, que todo cuanto tenías, procedía de mí, y a mí sólo me dabas gracias por ello; pues como en la fruta hay escaso sabor y poco alimento, así entonces no te gustaba mucho mi amor, sino que existía en ti como si hubiese en tu corazón cierto sabor de pensar en Dios. Pasaste más adelante, cuando pensaste contigo de este modo: La gloria de Dios es eterna, y la alegría del mundo muy breve, y al fin el mundo muy inútil.

 

¿De qué me sirve el amar de esta suerte las cosas temporales? Con tal pensamiento comenzaste a abstenerte varonilmente de los placeres del mundo y a hacer en mi nombre todo el bien que podías; y entonces, como movida por el deseo del vino, tuviste más sed de mí. Cuanto después pensaste que yo soy el Señor Omnipotente, de quien procede todo bien, y dejaste tu propia voluntad haciendo la mía, entonces de derecho te hiciste mía, y consentí en tí, y te hice que fueras mia.

Enseguida dijo el Señor al ángel: Siervo mío, tu éres rico en mí, tu honra es eterna, el fuego de tu amor es inextinguible y mi virtud no puede faltarte; tú me has entregado esta esposa mía; pero quiero que todavía la custodies hasta que le llegare su tiempo. Custódiala, no sea que incautamente le infunda el demonio algo malo. Proporciónale vestiduras de virtudes y de completa hermosura. Susténtala con mis palabras, que son como carnes frescas, con las cuales se mejora la sangre, se restablece la carne enferma, y excítase en el alma el placer del bien.

 

He obrado con esta como puede hacer uno con su amigo, a quien por amor y por su bien pone en cautiverio y le dice: Entra en mi casa, amigo, y mira lo que en ella se hace, que es lo que debes hacer. Y entrando en la casa, no le muestra el que lo tiene cautivo las vilísimas serpientes ni los ferocísimos leones que en la misma casa habitan, sino que para consolar a su amigo, le hace aparecer las serpientes como mansísimas ovejas, y los leones como hermosas aves, y le dice a su amigo: Amigo, ten entendido que te amo, y por tu bien te he puesto cautivo, y así cualquiera cosa que vieres, dila a mis amigos, que ellos han de custodiarte y te consolarán de tal modo, más te gustará mi cautiverio que tu propia voluntad.

 

De la misma manera, querida hija, he hecho yo contigo. Te cautivé cuando de tu amor propio te arranqué a mi amor; cuando de los peligros del mundo te llamé a este puerto de quietud. Y así, todo cuanto vieres y oyeres, no lo refieras a nadie, sino a mis amigos que te custodian e instruyen; porque el mismo Espíritu que te ha traído al puerto, te llevará a la patria, y el mismo que te ha traído a buen principio, te llevará al mejor fin.

 

 

Inmensa gloria de los bienaventurados, y por el contrario, increíbles padecimientos de los réprobos, con el ejemplo de una mujer que se condenó, cuyos tormentos se describen.

 

                   Capítulo 10

 

Aparecióse a santa Brígida un santo, y le dijo: Si por cada hora que en este mundo viví, hubiera yo sufrido una muerte, y siempre hubiese vuelto a vivir nuevamente, jamás con todo esto podría yo dar gracias a Dios por el amor con que me ha glorificado; porque su alabanza nunca se aparta de mis labios, su gozo jamás se separa de mi alma, nunca carece de gloria y de honra la vista, y el júbilo jamás cesa en mis oídos.

 

Entonces dijo el Señor al mismo santo: Di a esta esposa que se halla presente, qué merecen los que se cuidan del mundo más que de Dios, los que aman la criatura más que al Creador, y qué castigo tiene aquella mujer que mientras estuvo en este mundo, vivió entregada a los placeres. Y respondió aquel santo: Su castigo es gravísimo, pues por la soberbia que en todos sus miembros tuvo, están inflamados como horroroso rayo su cabeza, manos, brazos y pies. Su pecho está punzado como con piel de erizo, cuyas espinas se clavan en su carne y la destrozan, punzándola de un modo inconsolable.

 

Los brazos y demás miembros, que con tanta sensualidad extendía ella para agasajar a los hombres, son como dos serpientes que tiene enroscadas en su cuerpo, que la despedazan devorándola sin consuelo, y nunca se cansan en despedazarla. Su vientre está atormentado de una manera tan cruel, como si en él estuviese metido un agudísimo palo y con la mayor fuerza se empujase para que entrara más. Sus rodillas y piernas como durísimo e inflexible hielo, no tienen descanso ni calor alguno. También sus pies, con los que se encaminaba a los placeres y llevaba a otros en pos de sí, se hallan como si continuamente los estuviesen cortando con afiladísima cuchilla.

 

DECLARACIÓN.

 

Fué ésta una señora que tenía mucha aversión a confesarse y seguía la propia voluntad; y acometida por un tumor en la garganta, murió sin confesión. Viéronla presentarse en el tribunal de Dios, y todos los demonios la acusaban, diciendo: Aquí está esa mujer que quiso esconderse de ti, oh, Dios; pero de nosotros fué conocida. Y respondió el Juez: La confesión es una purificación excelente; y porque ésta no quiso lavarse con ella en tiempo, razón es que se manche con vuestras inmundicias; y porque no quiso avergonzarse delante de pocos, justo es que la avergüencen todos delante de muchos.

 

 

La Virgen María instruye a santa Brígida sobre el modo de desechar las tentaciones.

 

                   Capítulo 11

 

Hija mía, si te halagare tu enemigo con los deleites de los bienes temporales, respóndele: Enemigo de todo bien, tú nada has creado, y así nada puedes dar, y aunque pudieras, muy pronto toda tu obra había de perecer y concluir. Si te halagare con los placeres del mundo, dile: La amistad del mundo acaba con un ¡ay! eterno. Si te halagare con los placeres de la carne, respóndele: No los quiero, porque al concluir son un veneno, y terminan con eternos dolores.

 

Y en aquel momento aparecióse el demonio, al cual dijo la bienaventurada Virgen: Di para que ésta lo oiga; ¿dónde está lo que has creado? Yo no he creado nada, respondió el demonio, porque fuí criatura buena, y por mí mismo me hice malo. Y volvió a decirle la Virgen: ¿Acaso tu amistad tuvo alguna vez término feliz y con gozo? Y respondió el demonio: Nunca sucedió tal cosa, y nunca acontecerá. Y por tercera vez, le dijo la Virgen: Responde y di: ¿tuvo, por ventura, en alguna ocasión buen fin tu placer? Jamás tuvo buen fin, dijo el demonio, ni jamás lo tendrá, porque comienza en el mal y camina al mal.

 

Tú, pues, ¡oh Virgen!, dame poder sobre ésta. Y por qué no la tienes bajo tu poder?, dijo la Virgen. No puedo, respondió el demonio, porque no me es posible separar ni dividir dos sangres mezcladas en un mismo vaso; porque la sangre del amor de Dios, está mezclada con la sangre del amor de su corazón. Y volvió a preguntarle la bienaventurada Virgen: Porqué no la dejas que esté tranquila. Eso jamás lo haré, respondió el demonio, porque si no pudiere matarla con el pecado mortal, al menos me esforzaré para tentarla con el pecado venial; y si ni aun esto pudiere lograr, entonces en la fimbria de su vestido echaré mis espinas, y para quitárselas se molestará mucho, esto es, infundiré en su mente diversos pensamientos, que la incomodarán sobremanera. Yo quiero ayudarla, dijo entonces la Virgen, y así, siempre que deseche ella esos pensamientos y te los arroje a tu frente, otras tantas veces se le perdonarán sus pecados, y se aumentará su premio y corona.

 

 

Quéjase el Señor de la mala correspondencia de muchos cristianos, a sus infinitos beneficios.

 

                   Capítulo 12

 

Mira, hija mía, dice Jesucristo, cómo están delante de mí los que al parecer son míos; mira cómo se han vuelto. Lo veo todo esto y lo sufro con paciencia, y por la dureza de su corazón no quieren considerar todavía lo que por ellos hice, ni como estuve delante de ellos. Primeramente, como un hombre por cuyos ojos entraba una afiladísima cuchilla; en segundo lugar, como un hombre cuyo corazón era traspasado con una espada, y por último, como el hombre cuyos miembros todos se postraban desfallecidos con la amargura de la inminente Pasión; y así estuve delante de ellos.

 

¿Qué significa el ojo sino mi cuerpo, al cual le era tan amarga la Pasión, como lo es el dolor y las punzadas en los ojos? Sin embargo, por amor sufría estas punzadas, ¿Qué significa la espada sino el dolor de mi Madre, que afligió más mi corazón que mi propio dolor? En tercer lugar, todo mi interior y todos mis miembros se extremecieron en mi Pasión.

 

Así estuve delante de ellos, y esto padecí por salvarlos. Pero ahora todos lo desprecian, de nada hacen caso, como el hijo que abandona a su madre. Fuí para ellos como la madre que teniendo un hijo en su vientre, en la hora del parto desea que salga vivo, y si éste consigue el bautismo, no se duele mucho de su propia muerte. A semejanza de una madre, di con mi Pasión a luz al hombre, de las tinieblas del infierno a la luz perpetua de la gloria. Llevelo en mis entrañas con sumo trabajo, cuando cumplí todo lo que habían dicho los Profetas. Alimentelo a mis pechos, cuando le enseñé con mis palabras y le di los preceptos de la vida eterna.

 

Pero el hombre, como el mal hijo que no hace caso del dolor de su madre, por el amor que le tuve, me desprecia y me irrita; por el dolor que tuve al darle a luz, me hace llorar; acrecienta la gravedad de mis heridas; para satisfacer mi hambre, me da piedras, y para saciar mi sed, me da lodo.

Mas ¿qué dolor es este que me ocasiona el hombre, siendo yo inalterable e impasible, y Dios que eternamente vive? Me causa el hombre una especie de dolor, cuando se aparta de mí por medio del pecado, y no porque pueda caber en mí dolor alguno, sino como sucede al hombre que suele dolerse de la desgracia de otro.

 

Causábame dolor el hombre, cuando ignoraba lo que era el pecado y su gravedad, cuando no tenía profetas ni ley, y aún no había oído mis palabras. Pero ahora me causa un dolor como de llanto, aunque soy inmortal, cuando después de conocer mi amor y mi voluntad, obra contra mis mandamientos y atrevidamente peca contra el dictamen de su conciencia; y aflíjome también, porque a causa de saber mi voluntad, bajan muchos al infierno a profundidad mayor de la que hubieran ido, si no hubiesen recibido mis mandamientos.

 

Hacíame también el hombre ciertas heridas, aunque yo como Dios soy invulnerable, cuando amontonaba pecados sobre pecados. Pero ahora los hombres agravan mucho mis heridas, cuando no sólo multiplican los pecados, sino que se glorían y no se arrepienten de ellos.

 

También me da piedras el hombre en vez de pan, y lodo para saciar mi sed. ¿Qué es el pan que apetezco sino el provecho de las almas, la contrición del corazón, el deseo de las cosas divinas y la humildad fervorosa en el amor? En vez de todo esto me dan los hombres piedras con la dureza de su corazón, me llenan de lodo con la impenitencia y vana confianza, tienen a menos volver a mí por las amonestaciones y castigos, y se desdeñan de mirarme y de considerar mi amor.

 

Por tanto, bien puedo quejarme de que como una madre los di a luz con los dolores de mi Pasión, pero ellos prefieren estar en las tinieblas. Alimentelos con la leche de mi dulzura, y los sigo alimentando y no hacen caso, y así, al dolor de la ignorancia añaden el lodo de la malicia. Fatíganme con sus muchos pecados, en vez de reanimarme en favor de ellos con lágrimas y virtudes. Y me presentan piedras, cuando debían presentarme la dulzura de costumbres.

Por consiguiente, como justo juez que tiene paciencia con justicia, y misericordia con justicia, y sabiduría con misericordia, me levantaré contra ellos a su debido tiempo para juzgarlos según sus méritos, y verán mi gloria dentro y fuera del cielo, encima y debajo, y en rededor, y en todo lugar, y en todos los valles y collados, y hasta la verán los que se condenen, y serán justamente confundidos.

 

 

Exhorta la Virgen María a la continua meditación y memoria de la Pasión de su Divino Hijo, como el medio más eficaz para que prenda en el alma el fuego del amor de Dios.

 

                   Capítulo 13

 

Yo soy, dice la Virgen a la Santa, como la madre que tiene dos hijos, mas estos no pueden tocar los pechos de la madre, porque están demasiado fríos, y viven también en una casa fría, pero, sin embargo, la madre ama tanto a los hijos, que si fuese posible, de buena gana se cortaría los pechos en beneficio de ellos. Yo soy, a la verdad, la Madre de la misericordia, porque me compadezco de todos los miserables que piden perdón. Tengo dos hijos: el primero es la contrición de los que pecan contra mi Hijo; el segundo es el deseo de enmendarse de los pecados cometidos.

 

Pero estos dos hijos son muy fríos, porque no tienen níngun calor de amor de Dios, ningún deseo de deleitarse con las cosas divinas, y la casa de sus almas está tan fría para la llama del consuelo divino, que no pueden recibir mis pechos. Por ser yo misericordiosa, fuí a mi Hijo y le dije: Hijo mío, sea dada a ti toda honra y alabanza por el amor que me has mostrado. Tengo dos hijos; compadécete de ellos, pues por su frialdad no pueden tomar los pechos de la Madre. Y me respondió mi Hijo: Querida Madre, por el amor que te tengo, enviaré a la casa una centella, con la cual pueda encenderse una gran lumbre. Cuídese, pues, la centella y aliméntese, y calienta a tus hijos para que puedan recibir tus pechos.

 

Después habló la Virgen a santa Brígida, y le dijo: Ese por quien ruegas, me tuvo particular devoción, y aunque se mezcló en infinitas miserias, sin embargo, siempre confiaba en mi auxilio, y tuvo cierto calor hacia mí, pero ningún amor a mi Hijo, ni tuvo temor de Dios; y por consiguiente, si hubiese muerto entonces, sería atormentado sin fin a causa de sus malas obras. Mas por ser yo misericordiosa, no me he olvidado de él, y por consideración a mí, hay todavía en él alguna esperanza del bien, si personalmente quisiere ayudarse. Tiene contrición de los pecados cometidos y deseo de enmendarse, pero es muy frío en la devoción y en el amor de Dios; y así, para que pueda calentarse y recibir mis pechos, se le debe enviar una centella a la casa de su alma, esto es, que la consideración de la Pasión de mi Hijo, debe estar continuamente en su pensamiento.

 

Considere, pues, cómo padeció el Hijo de Dios é Hijo de la Virgen, el cual es un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo; cómo fué preso y abofeteado; cómo le escupieron; cómo lo azotaron hasta arrancarle la carne con los látigos; cuán lleno de dolores estaba en la cruz con todos los miembros cruelmente extendidos y horadados, y cómo exhalando un clamor en la cruz, entregó su espíritu.

 

Si frecuentemente cuidare de soplar esta centella, se llegará a calentar, y yo lo acercaré a mis pechos, esto es, a dos virtudes que tuve, las cuales son, el temor de Dios y la obediencia; pues aunque nunca pequé, a todas horas estaba temiendo ofender a mi Dios de palabra o de obra. Alimentaré a mi Hijo con este temor, que es la contrición de ese devoto mío por quien pides, para que no sólo se arrepienta de lo que hizo mal, sino que también tema el castigo y tema ofender en adelante a mi Hijo Jesús. Alimentaré igualmente su voluntad con el pecho de mi obediencia. Yo nunca fuí inobediente a Dios; y al que fuere fervoroso en amar a mi Hijo, le infundiré una obediencia, en virtud de la cual obedecerá todo lo que se le mandare.

 

DECLARACIÓN.

 

Fué éste un pariente de santa Brígida, muy dado al mundo, que por amonestación divina se movió a compunción y se convirtió. Solía después decir: Mientras me alejé de los sacramentos, me sentí cargado con un peso como de cadenas; pero así que comencé a confesarme frecuentemente, me siento tan alijerado y con el espíritu tan tranquilo, que no paro la consideración en honras ni en pérdidas de mi hacienda, y nada me es grato sino hablar y oir hablar de Dios. Murió después de recibir los santos sacramentos y teniendo en sus labios el nombre de Jesús. Al expirar, dijo: Dulcísimo Jesús, apiadaos de mí.

 

 

Vió santa Brígida que un alma del purgatorio recibía muy poco alivio en sus penas, por la ostentación y orgullo con que sus hijos y albaceas le ofrecían los sufragios.

 

                   Capítulo 14

 

Bendito sea tu nombre, Hijo mío, dice la Virgen. Tú eres el Rey de la gloria y el Señor poderoso que tiene justicia con misericordia. Tu amantísimo Cuerpo que se formó sin pecado y se alimentaba en mis entrañas, ha sido hoy consagrado en favor del alma de ese difunto. Te ruego, amadísimo Hijo, que le sirva de socorro a su alma, y ten compasión de ella.

 

Bendita seas, Madre mía, respondió el Hijo, bendígante todas las criaturas, porque tu misericordia es inagotable. Yo soy como el que por muy subido precio compró un pequeño campo de cinco pies, en el cual estaba escondido oro purísimo. Este campo de cinco pies es este hombre, a quien compré y redimí con mi preciosísima sangre, y en el cual había oro purísimo, que es el alma criada por mi Divinidad, la que está ya separada del cuerpo, y queda en este sola la tierra. Sus sucesores son como el hombre poderoso que presentándose en el tribunal, le dice al verdugo: Separa del cuerpo con la cuchilla su cabeza, y no permitas que viva más tiempo, ni economices su sangre. Así hacen esos: van al tribunal, cuando trabajan decorosamente en favor del alma de su padre, pero dicen al verdugo: Separa del cuerpo su cabeza.

 

¿Quién es este verdugo, sino el demonio, que separa de su Dios el alma que con él consiente? A este le dicen los hijos del difunto: Separa, cuando despreciando la humildad, las buenas obras que practican, las hacen por soberbia y honra del mundo más bien que por amor de Dios. Por la soberbia se aparta del hombre la cabeza, que es Dios, y se une a el por la humildad. Dan voces para que el padre no viva más tiempo, cuando no sienten su muerte, con tal de alcanzar sus bienes; y dicen que no se ahorre la sangre, cuando no se cuidan de la amarga pena del difunto, ni cuánto tiempo ha de estar en ella, con tal que puedan hacer su propia voluntad: solamente piensan en el mundo, y poco les importa mi Pasión.

 

Hijo mío, respondió la Virgen, he visto tu severa justicia, pero no acudo a ella, sino a tu piadosísima misericordia; y así, por mis ruegos, ten compasión de ese que diariamente leía en honra mía mi Oficio, y no le pongas en cuenta la soberbia que respecto a él tienen sus sucesores, porque mientras ellos ríen, éste llora, y es castigado de un modo inconsolable.

 

Bendita seas, amadísima Madre, respondió el Hijo. Tus palabras están llenas de mansedumbre y son más dulces que la miel; salen de tu corazón que está lleno de misericordia; y así, tus palabras indican misericordia. Este por quien pides, alcanzará por tus ruegos tres clases de misericordia. Se librará, en primer lugar, de las manos de los demonios, quienes como cuervos lo están afligiendo incesantemente.

 

Pues como las aves de rapiña cuando oyen algún terrible sonido, dejan por temor la presa que tienen en las uñas, del mismo modo dejarán por tu nombre esa alma los demonios, y no la tocarán ni la molestarán más. En segundo lugar, del fuego más grave será trasladado al más leve. Lo consolarán, por último, los santos ángeles. Pero todavía no será librado enteramente de las penas, y aún necesita auxilio: conoces y ves en mí toda la justicia, y que nadie puede entrar en la bienaventuranza, si no estuviere limpio como el oro purificado por el fuego. Por consiguiente, por tus ruegos se librará del todo, cuando llegare el tiempo de la misericordia y de la justicia.

 

 

Ruega la Virgen Maria a su divino Hijo por un insigne pecador, y Dios le concede muchas gracias por su intercesión. Está llena de santa doctrina.

 

                   Capítulo 15

 

Bendito seas, Hijo mío, dice la Virgen. Te pido misericordia por ese que es como ladrón, por quien ruega y llora tu esposa. ¿Por qué me pides por él, querida Madre, respondió el Hijo, cuando tiene hecho tres latrocinios? Robó a los ángeles y a mis escogidos, robó los corazones de muchos, porque antes de tiempo separó de los cuerpos sus almas, y en fin, a muchos inocentes les quitó sus bienes.

 

Robó, en primer lugar, a los ángeles, porque las almas de muchos que deberían estar en compañia de los ángeles, las apartó enteramente con sus palabras chocarreras, con malas obras y malos ejemplos, con la ocasión y el aliciente al mal, y porque toleraba la perversidad de los malos, a quienes justamente hubiera debido castigar. Lo segundo, por su ira cruel mandó castigar y matar a muchos inocentes. Por último, usurpó con injusticia los bienes de los inocentes, y les levantó a estos infelices una calumnia afrentosa.

 

Pero además de esos tres males, tiene otros tres: una gran ambición por las cosas del mundo: una vida incontinente, pues aunque está casado, no está ligado por caridad divina, sino por abominable concupiscencia: y últimamente tiene tal soberbia, que a nadie cree semejante a él.

 

Tal es, Madre mía, ese por quien pides: ves en mí toda justicia y lo que se debe a cada cual. ¿Por ventura, cuando se llegó a mí la madre de Santiago y de Juan y me pidió que uno de sus hijos se sentara a mi derecha y otro a mi izquierda, no le respondí que el que más trabajara y más se humillase, se sentaría a la derecha o a la izquierda? ¿Cómo, pues, debe sentarse conmigo ni estar conmigo, el que nada trabaja conmigo ni por mí, sino más bien contra mí.

 

Bendito seas, Hijo mío, respondió la Virgen, lleno de toda justicia y misericordia. Veo tu terrible justicia, como un ardientísimo fuego y como un monte, al cual nadie se atreve acercarse; mas por el contrario, veo tu suavísima misericordia, y a esta hablo y me acerco, Hijo mío; pues como tengo por parte del ladrón poca justicia delante de ti, por ella de ningún modo puede salvarse, a no ser que intervenga tu gran misericordia. Este pecador es como el niño, que aun cuando tiene boca y ojos, manos y pies, no puede hablar con la boca, ni distinguir con la vista entre el fuego y la claridad del sol, ni puede andar con los pies ni trabajar con las manos. Desde que nació fué criándose para las obras del demonio.

 

Cerráronse sus oídos para oir la buena doctrina, obscureciéndose sus ojos para entender las cosas futuras: su boca estuvo cerrada para alabarte, y sus manos para obrar bien delante de Dios fueron tan sumamente débiles, que toda virtud y toda humildad estaba como muerta en él. Sin embargo, con un pie descansaba como sobre dos huellas. Era este pie su deseo y la reflexión que consigo hacía, diciendo: ¡Ojalá encontrase yo alguien que me dijera, cómo podría enmendarme y cómo debería aplacar a mi Dios!; porque aun cuando por él debiese morir, lo haría de buena gana. La primera huella era, que frecuentemente temía y pensaba cuán dura era la pena eterna. La segunda huella, era el dolor de perder el reino de los cielos. Por tu bondad, pues, dulcísimo Hijo mío, y por mis ruegos, pues te llevé en mis entrañas, ten compasión de él.

 

Bendita seas, Madre dulcísima, respondió el Hijo. Tus palabras están llenas de sabiduría y de justicia; y como en mí reside toda justicia y misericordia, ya he dado a éste pecador tres bienes por los otros tres que me ofreció. Por el propósito que tuvo de la enmienda, le mostré un amigo mío, el cual le ha enseñado el camino de la vida: por el continuo conocimiento del suplicio eterno, le he dado mayor inteligencia que antes de la pena eterna, a fin de que comprenda en su corazón lo amarga que es esta; y por el dolor y pérdida del reino de los cielos, he robustecido su esperanza, para que ahora espere mejor que antes, y tema también ahora con más prudencia y discreción que antes.

 

Entonces volvió a decir la Virgen: Bendígante, Hijo mío, todas las criaturas del cielo y de la tierra, porque por tu justicia diste esas tres cosas al ladrón. Ahora te ruego que te dignes darle también tu misericordia, pues sin ésta, nada hace. Dale, pues, por mis ruegos, una gracia de tu misericordia, y otra por tu siervo que me instiga a que ruegue por él, y dale, además, la tercera gracia por las lágrimas y súplicas de mi hija y esposa tuya.

Y respondió el Hijo: Bendita seas, Madre amadísima, Señora de los ángeles y Reina de todos los espíritus. Tus palabras son para mí tan dulces como el mejor vino, más gratas que todo lo que pueda pensarse, y probadas en toda sabiduría y justicia. Y bendita sea tu boca y tus labios, de los cuales mana toda misericordia para todos los miserables pecadores. Tú con razón te apellidas Madre de misericordia, y a la verdad lo eres, porque ves las miserias de todos y me inclinas a misericordia. Pide, pues, lo que quieras, pues no puede dejar de cumplirse tu peticíon y tu amor.

 

Señor e Hijo mío, respondió la Madre; éste, a quien recomiendo, se halla en una situacíon muy peligrosa; está con un solo pie sobre dos huellas; concédele para que pueda estar con mayor firmeza, lo que me es en extremo querido, que es tu santísimo cuerpo, que para tu divinidad tomaste de mi purísimo seno sin concupiscencia alguna. Este cuerpo tuyo es el más eficaz auxilio de los enfermos de espíritu; a los ciegos, les devuelve la vista; a los sordos, el oído; y sana a cojos y mancos.

 

Es también la más poderosa y suave medicina con que más pronto convalecen los enfermos. Dale, pues, esta medicina, para que sienta en sí el auxilio y se deleite en él con fervoroso amor. Te ruego, en segundo lugar, que te dignes manifestarle lo que ha de hacer y cómo podrá aplacarte; y finalmente te ruego, que por las súplicas de los que por él piden, le des descanso del ardor de su carne y concupiscencia.

 

Amadísima madre, respondió el Hijo, tus palabras son en mis oídos tan dulces como la miel; mas porque soy justo y nada se te puede negar, quiero, cual Señor prudente, pensar conmigo acerca de tu petición; y no porque haya mudanza alguna en mí, ni porque no sepas y veas todo en mí; sino por esta esposa que se halla presente difiero contestar, para que ella pueda entender algo de mi sabiduría.

 

 

Prosigue la revelación anterior. Gran misericordia de Jesucristo, y como promete perdón y olvido de sus culpas al pecador en cuestión si se arrepíente, amenazándole de lo contrario.

 

                   Capítulo 16

 

Bendito seas, Hijo mío, dice la Virgen, Rey de la gloria y de los ángeles, vuelvo a pedirte por este necesitado. Y respondió el Hijo: Bendita seas, Madre amantísima. Así como la pura leche de tus pechos entró en el cuerpo de mi Humanidad y confortó todos mis miembros, de la misma manera entran tus palabras y deleitan mi corazón, porque toda petición tuya es discreta y toda tu voluntad se encamina a la misericordia; y así, por amor tuyo tendré misericordia de ese hombre.

 

Dale, amadísimo Hijo mío, respondió la Madre, lo que yo más quiero, que es tu cuerpo y tu gracia, porque está hambriento y falto de todo bien. Dale, pues, gracia, para que se apague en él esa hambre mala, se robustezca su flaqueza y se encienda su deseo al bien, que hasta ahora estuvo frío para tu amor.

 

Y respondió el Hijo: Como el niño a quien se le quita el alimento corporal, muere pronto, de la misma manera, éste que desde su niñez fué criado por el demonio, no podrá revivir si no se sustenta con mi manjar. Por tanto, si desea recibir mi Cuerpo, si aspira a restablecerse con la dulzura de su fruto, acérquese a mí con estas tres virtudes; con verdadera contrición de los pecados cometidos; con deseo de la enmienda, y con firme propósito de no volver más a pecar y de perseverar en el bien.

 

En cuanto a las súplicas de los que por él piden, te digo, que si busca de veras su salvación, ha de hacer lo siguiente: Porque se atrevió a oponerse al Rey de la gloria, ahora, como enmienda de sus delitos, debe defender la fe de mi Santa Iglesia, y en defensa suya tener pronta su vida hasta morir; para que como antes trabajó con todo empeño por la honra del mundo y por adquirir bienes temporales, igualmente trabaje ahora para que se propaguesui fe y sean destruídos los enemigos de la Iglesia; y así, con ejemplos como con palabras atraiga cuantos pueda ganar para mí, al modo que antes los apartó, cuando trabajaba en favor del mundo.

 

En verdad, te digo, que si por mi honra no hiciere más que atarse la celada y ponerse en el brazo el escudo con intención de defender la fe santa, se le tendrá en cuenta como si lo hubiese verificado, si muriese en aquel instante; pero si se acercaren los enemigos, ninguno podrá hacerle daño. Trabaje, pues, con ánimo, porque teniéndome a mí, tiene a un Señor muy poderoso; trabaje varonilmente, porque se le dará una preciosa paga, que es la vida sempiterna.

 

Porque ofendió a los santos y a los ángeles, y privó de las almas a los cuerpos, por espacio de un año ha de mandar decir, donde le parezca, diariamente, una misa de todos los santos, dando la debida cuota al presbítero que la celebre, a fin de que por este sacrificio puedan aplacarse los santos y los ángeles, y vuelvan a él sus ojos. Y aplácanse con semejante oblación, cuando se reciben y ofrece con humildad y amor mi Cuerpo, que es un augusto sacrificio.

Por haberse apoderado de los bienes ajenos y por ocasionar perjuicios a viudas y huérfanos, debe restituir humildemente todo lo que sepa que posee con injusticia, y rogar a los injuriados que lo perdonen misericordiosamente; y como no podrá satisfacer a todos los que ha perjudicado, en cualquier iglesia que le parezca, mandará construir a su costa un altar, donde diariamente se diga una misa por aquellos a quienes haya ocasionado perjuicio. Y para que sea esto firme y estable, señalará una renta con que perpetuamente pueda mantenerse un capellán para celebrar esa misa.

 

Por no haber sido humilde, debe humillarse en cuanto pueda, y atraer a la paz y concordia, según se pudiere hacer a aquellos a quienes haya ofendido. Además, cuando oyere que algunos alaban o vituperan sus vicios y los pecados que antes había cometido, no los defenderá orgullosamente, ni se ha de gloriar deleitándose en ellos, sino piense y diga con humildad: Cierto es que me deleitaba mucho el pecado, que de nada me sirvió; fuí muy orgulloso, y si hubiera querido, bien hubiese podido evitarlo: pedid, pues, hermanos míos al Señor, que me dé ahora luz para arrepentirme de tales excesos y poder enmendar varonilmente los pecados cometidos. Porque excediéndose en su carne me ofendió de muchas maneras, debe regir su cuerpo con una templanza razonable.

 

Si oyere estas palabras mías y las pusiere en práctica, tendrá salud y vida perpetua; pero si no, le tomaré estrecha cuenta de sus pecados hasta el último ápice, y la sufrirá mayor de la que tendría de otro modo, por lo mismo que he encargado que se le diga todo esto.

 

 

Terminan las dos revelaciones anteriores. Nuevas amenazas de Jesucristo contra el pecador de que en ellas se habla, cuyas amenazas se cumplieron perdiéndose eternamente, porque no quiso convertirse.

 

                   Capítulo 17

 

Cosas gratas, esposa mía, dice el Señor a santa Brígida, te hablé antes acerca de ese ladrón, y hasta te di un excelente antídoto; mas ahora no te digo nada placentero, sino una triste lamentación; porque si pronto no emprende otro camino, sentirá todo el peso de mi terrible justicia. Se abreviarán sus días, no tendrá descendencia, las riquezas que ha reunido las arrebatarán otros, y él será juzgado como un pésimo ladrón, y como el hijo inobediente que desprecia las amonestaciones de su padre.

Todo lo dicho acontecerá con terrible desastre, porque no se quiso enmendar y convertirse a mejor vida.

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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