Mi?rcoles, 14 de abril de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍDIDA DE SUECIA - LIBRO 6 (SOBRE LOS RELIGIOSOS Y LAS ALMAS DEL MUNDO)

Bueno os traigo una serie de capítulos del libro 6, incluido el núm 50 en donde se trata del tema de los religiosos y de la vida mundana en general del hombre laico. EL AUTOR DEL BLOG.

Jesucristo amenaza a los que olvidando sus pecados viven en el mundo con seguridad y alegría; pero les promete el perdón si se convierten.

 

                   Capítulo 48

 

No hagas caso de esos contumaces que viven alegremente, dice el Señor a la Santa, porque al punto he de ir a ellos, no como amigo, sino para vengarme de su comportamiento. ¡Infelices de ellos, porque en el tiempo que se les concedió, no quisieron buscar la dicha eterna! En verdad te digo, que de la raíz de su amargura se levantaron los hombres de esa generación, y reunieron el fruto de su vanidad y codicia. Por tanto, bajarán ahora, y les vendrán la pobreza y el cautiverio, la vergüenza, la humillación y el dolor. Sin embargo, los que se humillaren, hallarán gracia ante mi presencia.

 

 

Perfecto resumen de una vida santa en todos los estados. Muy provechosa a los religiosos. Es revelación de mucho interés para todos y de altísima doctrina.

 

                   Capítulo 49

 

Dos son las vidas, dice el Señor, que se asemejan a Marta y a María, las cuales quien deseare imitarlas, debe hacer primeramente una pura confesión de todos sus pecados, teniendo de ellos verdadera contrición, y haciendo firme propósito de no volver a pecar.

 

La primera vida que yo, el Señor, afirmo haber elegido María, encamina a la contemplación de las cosas celestiales: esta es la porción más selecta y la norma de la salvación eterna. Por consiguiente, todo el que deseare hacer la vida de María, tiene bastante con poseer lo indispensable para el cuerpo, que consiste en vestir sin ostentación, tener una comida y bebida frugal, guardar castidad sin ningún deleite ilícito, y observar los ayunos con arreglo a las disposiciones de la Iglesia; porque el que ayuna, debe evitar caer enfermo a causa del ayuno fuera de razón, no sea que con la enfermedad y flaqueza sea menos fervoroso en la oración y en predicar la palabra de Dios, o por la misma causa omita otras obras buenas con que pudiera aprovechar al prójimo y a sí mismo.

 

También ha de evitar con cuidado no sea que con el ayuno se desaliente para sostener el vigor de la justicia, o se emperece para las obras piadosas; pues para castigar los rebeldes y someter los infieles al yugo de la fe, se necesita tener fortaleza, tanto espiritual como corporal. Pero cualquier enfermo que por honra de Dios desearía ayunar más bien que comer, tendrá igualmente gran recompensa a causa de la buena voluntad, así como el que por amor de Dios ayuna de una manera razonable; y del mismo modo, el que come por santa obediencia, queriendo más bien ayunar que comer, tendrá igual recompensa a la del que ayuna.

 

En segundo lugar, el que quisiera imitar a María no debe alegrarse con las honras y prosperidades del mundo, ni entristecerse con las adversidades; sino solamente ha de alegrarse con que los impíos se hagan devotos, los amadores del mundo se vuelvan amantes de Dios, y los buenos adelanten en el bien y se hagan cada día más fervorosos luchando en el servicio del Señor. Debe también entristecerse al ver que los pecadores caen diariamente en el más profundo abismo, que Dios no es amado por sus criaturas, y que son despreciados sus mandamientos.

 

Lo tercero, no debe estar ocioso como tampoco lo estaba Marta, sino que después de dormir lo necesario, ha de levantarse y dar gracias a Dios con todo el fervor del corazón, porque el Señor por su inmensa bondad creó todas las cosas, y por su infinito amor lo volvió a regenerar todo cuando tomó carne, mostrando con su Pasión y muerte su amor al hombre, amor que no cabe mayor. También ha de dar gracias a Dios por todos los que ya se han salvado, por todos los que se hallan en el purgatorio y por los que están en el mundo, y debe rogar humildemente a Dios, que el Señor no permita sean tentados más de lo que puedan sus fuerzas.

 

Este imitador de María debe también ser discreto en las oraciones, y guardar orden en alabar a Dios, porque si tiene sin afanarse lo necesario para la vida, debe detenerse más en la oración. Mas si se fatiga orando y se aumentan las tentaciones, puede ocuparse en algún trabajo manual, honesto y útil, ya sea para provecho propio si lo necesita, ya para comodidad de los demás. Y si se fatiga en ambas cosas, esto es, en la oración y en el trabajo, entonces puede tener algún honesto entretenimiento, u oir con la mayor circunspección palabras edificantes, evitando toda chocarrería, hasta que el cuerpo y el alma se robustezcan para ocuparse más de Dios.

 

Pero si esta persona se halla en circunstancias de no tener con que mantenerse sino con su trabajo, entonces debe hacer una oración más corta a causa de la necesidad de trabajar, pero este trabajo será perfección y aumento de esa misma oración. Y si no sabe o no puede trabajar, entonces no debe causarle vergüenza ni serle penoso pedir limosna, antes más bien ha de servirle de complacencia, porque entonces me imita a mí, que soy el Hijo de Dios y que para enriquecer al hombre, me hice pobre a mí mismo. Y si, por último, está sujeta a obediencia, debe vivir sometida a las órdenes de su prelado, y se le duplicará su corona, más que si estuviera libre.

 

Lo cuarto, no debe ser avara, e igualmente los que quieran imitar a Marta, antes bien ha de ser generosa, y así como Marta da por amor de Dios las cosas temporales, de la misma manera debe el que imite a María distribuir las espirituales. Si ama mucho a Dios en su corazón, guárdese esas expresiones que muchos acostumbran usar, diciendo: Bástame a mí con poder atender a mi propia alma, ¿para qué he de mezclarme en las obras de mis prójimos? Sea yo bueno, ¿qué me importa cómo los demás vivan? Hija mía, los que piensan y hablan de este modo, si viesen a un amigo suyo lleno de tribulaciones y afrentas, arriesgarían hasta su vida, a fin de salvar al amigo de semejante apuro. Así también ha de hacerlo el imitador de María.

 

Debe igualmente afligirse de que su Dios sea ofendido, y de que su hermano, que es su prójimo, sea escandalizado. Y si alguien cayere en pecado, procure éste con discreción y en cuanto le sea posible, que ese prójimo suyo salga del pecado. Mas si por esta causa sufre persecución, deberá buscar un paraje más seguro, porque yo, que soy Dios, tengo dicho: Si en una ciudad os persiguieren, id a otra. Así también lo hizo san Pablo, porque para otro tiempo era más necesario, y por esta razón lo descolgaron por el muro en una espuerta.

 

Por consiguiente, a fin de que sea generoso y benéfico, se necesitan cinco requisitos: primero, casa en que duerman los huéspedes; segundo, ropa para vestir los desnudos; tercero, comida para dar de comer a los hambrientos; cuarto, lumbre para calentar a los que tienen frío; quinto, medicinas para curar los enfermos, esto es, palabras de consuelo juntamente con amor de Dios.

La casa está representada por el corazón, y los huéspedes malos son todas aquellas cosas que le sobrevienen que turban su corazón, como la ira, la tristeza, la codicia, la soberbia y otras muchas de este jaez que entran por los cinco sentidos.

 

Cuando acometen estos vicios, deben quedarse como esos huéspedes que duermen o como los que están descansando. Porque como el posadero recibe con paciencia los huéspedes buenos y malos, de la misma manera éste debe sufrirlo todo por amor de Dios con la virtud de la paciencia, y no consentir en los vicios ni aun en lo más leve, ni deleitarse en ellos, sino arrojarlos de su corazón según pueda, con la ayuda de la gracia de Dios; mas si no puede apartar de sí las tentaciones, súfralas con paciencia contra su voluntad como a unos enemigos, y tenga entendido positivamente que le sirven para mayor corona, y de ningún modo para su condenación, puesto que las aborrece y resiste.

 

Segundo, debe tener vestidos con que se cubran los huéspedes, esto es, humildad interior y exterior, y alma compasiva en las aflicciones de los prójimos. Pero si los hombres le despreciaren, debe al punto reconcentrar su espíritu y pensar que yo, Dios, siendo menospreciado y cubierto de oprobios, lo sufría con paciencia; que fuí juzgado y guardé silencio, fuí azotado y coronado de espinas, y no me quejé.

 

Procure también no mostrar señales de ira o de impaciencia a los que le ultrajen, antes al contrario, bendiga a sus perseguidores, para que viéndolo éstos, bendigan a Dios, a quien imita, y entonces el mismo Dios le dará la bendición en vez de la maldición. Guárdese también de vituperar o llenar de improperios a los que le molestan, porque es un hecho culpable vituperar y oir al que vitupera, y por impaciencia echar en rostro faltas a su prójimo. Por consiguiente, a fin de que posea el don de la humildad y de la perfecta paciencia, debe procurar granjearse la voluntad de los prójimos, advirtiéndoles el peligro que corren los que vituperan a los demás, y encaminándolos a la verdadera humildad con amor, con palabras edificantes y con buenos ejemplos.

 

La vestidura de este que desee imitar a María, debe ser la compasión, y si viere pecar a su prójimo, ha de compadecerse y rogar a Dios que tenga misericordia de él; y si viere que este padece injurias, peligros o afrentas, conduélase de él y ayúdelo con sus oraciones y auxilio, y hasta con su influencia con los poderosos del mundo, porque la verdadera compasión no busca su propia utilidad, sino la de los prójimos. Pero si no fuere escuchado ante los príncipes ni aprovecha que salga de su retiro, entonces debe rogar a Dios con mayor esfuerzo por los afligidos; y el Señor, que ve el corazón de cada cual, a causa de la caridad del que ruega, convertirá los corazones de los hombres en favor de la paz del afligido; y, o será este librado de su tribulación, o Dios le dará paciencia a fin de que se le duplique su corona. Esta vestidura de la humildad y de la compasión ha de hallarse en lo íntimo del corazón, pues nada atrae tanto a Dios en favor de un alma, como la humildad y la compasión con los prójimos.

 

Tercero, debe tener preparada la comida y bebida para los huéspedes, porque han de ocupar su corazón molestos huéspedes, cuando este corazón es arrebatado al exterior y apetece los deleites, ver las cosas de la tierra y poseer lo temporal; cuando los oídos desean oir la honra propia; cuando la carne procura deleitarse con los placeres sensuales; cuando el espíritu pretende excusar su fragilidad y disminuir la importancia de su culpa; cuando sobreviene el hastío del bien y el olvido de las cosas futuras y cuando las obras buenas se consideran malas y las malas se echan en olvido.

 

Contra semejantes huéspedes necesita consejo el que pretenda imitar a María, y de ningún modo, disimulando, ha de quedarse en la pereza, sino que debe levantarse con vigor, animada con la fe, y responder a esos huéspedes: No quiero poseer nada temporal, sino la mera sustentación de mi cuerpo. No quiero invertir sino en honra de Dios el menor instante de mi tiempo, y no quiero nada hermoso o vil, útil o inútil a la carne, sabroso o desabrido a mi gusto, sino lo que sea del beneplácito de Dios y provecho de mi alma, porque no me deleito en vivir ni una sola hora sino para honra y gloria de Dios. Esta voluntad es la comida de los huéspedes que llegan, y esta respuesta acaba con los placeres desordenados.

 

Cuarto, debe tener fuego para calentar a los huéspedes y para alumbrarlos. Este fuego es el calor del Espíritu Santo, porque es imposible que nadie pueda hacer abnegación de su propia voluntad y del afecto carnal de los padres o del amor a las riquezas, a no ser por el calor e inspiración del Espíritu Santo; y ni aun esta misma persona, por perfecta que sea, puede empezar ni continuar una vida santa sino por el amor y enseñanza del Espíritu Santo. Por consiguiente, a fin de que dé luz a los que llegan, debe primero pensar de este modo: Crióme Dios para que lo honrase sobre todas las cosas, y honrándolo le amase y temiese. Nació de una Virgen para enseñarme el camino del cielo, cuyo camino, imitando yo al Señor debería seguir con humildad; abrióme después el cielo con su muerte para que me diese prisa a desear esta bienaventuranza y a ir a ella.

 

Recapacite también y examine todas sus obras, pensamientos y deseos, esto es, de cuantos modos haya ofendido a Dios, y con qué paciencia sufre Dios al hombre, y de cuántas maneras lo llama a sí. Estos pensamientos y otros semejantes son los huéspedes de este imitador de María, todos los cuales se hallan como en tinieblas, si no son alumbrados con la luz del Espíritu Santo, cuya luz llega al corazón cuando este piensa ser justo y servír a Dios; cuando desearía padecer cualquier tormento antes que a sabiendas provocar la ira de Dios por cuya bondad fué el alma creada y redimida con su bendita sangre. El corazón recibe también luz de ese fuego del Espiritu Santo, cuando el alma recapacita y conoce con qué intención llega cada huésped, esto es, cada pensamiento; cuando el corazón examina si aquel pensamiento se dirige al goce perpetuo o al transitorio, y si no deja por escudriñar pensamiento alguno, ni por corregirlo sin temor.

 

Para alcanzar este fuego y custodiarlo después de obtenido, es indispensable que traiga leños secos para alimentar el fuego, esto es, que observe cuidadosamente los impulsos de la carne, no sea que ésta se enorgullezca; y ha de poner el mayor cuidado en aumentar las obras piadosas y las oraciones devotas, con las cuales se deleita el Espíritu Santo. Pero sobre todo ha de tenerse presente y considerar, que como el fuego en un vaso cerrado que no tiene aire que lo alimente, se apaga muy pronto y se enfría el vaso, de la misma manera acontece con este imitador de María; pues si él no quiere vivir sino para honra de Dios, le conviene que se abran sus labios y que salga la llama de su amor divino. Abrense sus labios, cuando por su fervoroso amor de Dios engendra hijos espirituales.

 

Pero debe cuidar mucho de abrir sus labios para predicar en donde los buenos se vuelvan más fervorosos y los malos se hagan mejores, donde la virtud pueda aumentarse y abolirse la mala costumbre; pues mi apóstol Pablo a veces quiso hablar, pero se lo prohibió mi Espíritu, y calló durante el tiempo que fué conveniente, y habló a su debido tiempo; valióse unas veces de expresiones suaves y otras de las severas, pero todas sus palabras y obras las ordenó para gloria de Dios y acrecentamiento de la fe.

 

Pero si no puede predicar, aunque tenga deseo y ciencia para ello, haga como la raposa, la cual, dando vueltas por los cerros, va examinando muchos parajes, y donde halla sitio mejor y más oportuno, allí abre su guarida para descansar. De la misma manera debe éste fijar la atención en los corazones de muchos con palabras, con ejemplos, y con oraciones y cuando los encontrare dispuestos para recibir las palabras de Dios, deténgase allí amonestando y persuadiendo lo que pueda.

 

Debe también cuidar de que se dé conveniente salida a su llama, porque cuanto mayor es la llama, tanto mayor número de individuos son alumbrados y llenos de fervor. Tiene esta llama la salida conveniente, cuando el que la posee no teme los vituperios, ni busca la alabanza propia; cuando ni le arredra lo adverso, ni le deleita lo próspero; y entonces es más grato a Dios que éste haga las obras buenas en público que no en paraje oculto, a fin de que los que las vean glorifiquen al Señor.

 

Además, ha de tenerse presente que este imitador de María debe arrojar dos llamas, una en oculto y otra en público, esto es, ha de tener dos clases de humildad. La primera, debe residir interiormente en el corazón, y la segunda, en el exterior. La primera consiste en que se considere indigno e inútil para todo bien, por nadie ni aun de pensamiento desee ser alabado, no apetezca ser visto, huya de la arrogancia, desee a Dios sobre todas las cosas e imite sus palabras. Y si él arroja esta llama con señales de buenas obras, entonces será alumbrado su corazón con el amor divino, se vencerá todo lo adverso que le sobrevenga y se sufrirá con facilidad. La segunda llama debe manifestarse en público.

 

Si, pues, la verdadera humildad reside en el corazón, debe también aparecer en la vestidura, oirse salir de los labios y ejecutarse por medio de buenas obras. Reside en la vestidura la verdadera humildad, cuando prefiere un vestido de menor valor con el cual tenga calor y provecho, más bien que un vestido de mayor valor con el que muestre ostentación y orgullo; porque el vestido que vale poco y ante los hombres se considera vil y denigrante, es muy hermoso a los ojos de Dios, porque excita la humildad. Pero el vestido que vale gran precio, es feo a los ojos de Dios, porque priva de la hermosura de los ángeles, esto es, de la humildad. Mas si por alguna justa causa se ve obligada a llevar una vestidura mejor de la que él querría, no ha de afligirse por este motivo, porque así se aumentará su recompensa.

 

Debe también tener humildad en los labios, esto es, debe decir palabras humildes, evitar las chocarreras, guardarse de la demasiada conversación, no usar palabras ingeniosas ni preferir su opinión a la ajena. Pero si oyere que alguien lo alaba por alguna obra buena, no debe engreirse, sino que responderá de esta suerte: Alabado sea Dios, que lo ha dado todo. ¿Qué soy yo sino polvo que se lleva el viento? ¿Ni qué bueno puede esperarse de mí, que soy como una tierra árida? Si se ve injuriado no se ha de entristecer, sino que responderá de este modo: Justo es, porque muchas veces he pecado en presencia de Dios y no he hecho penitencia. Rogad, pues, por mí, a fin de que sufriendo yo los oprobios temporales, evite los eternos.

 

Pero si a causa de la maldad de sus prójimos es provocado a ira, guárdese mucho de proferir palabras injuriosas, porque frecuentemente la soberbia acompaña a la ira. Prudente es, por tanto, que al llegar la ira y la soberbia, queden cerrados los labios, para que entretanto la voluntad pueda pedir a Dios auxilio para padecer y deliberar qué y cómo deba responderse, a fin de que el hombre pueda vencerse a sí mismo, y entonces la ira se mitiga en el corazón, y es fácil responder con prudencia a los imprudentes.

 

Ten también entendido que el demonio tiene mucha envidia del imitador de María, y si no puede hacerle quebrantar los mandamientos de Dios, le incita a que fácilmente se ensoberbezca mucho, o a que se entregue a la libertad de una vana alegría, o a que profiera palabras chocarreras y jocosas. Debe, pues, estar siempre pidiendo auxilio a Dios, a fin de que el Señor ordene sus palabras y obras, y todas ellas sean encaminadas en loor de su divina Majestad.

 

Debe también tener humildad en las obras, de suerte que nada haga por alabanza del mundo, no intente nada desacostumbrado, no se avergüence de las obras humildes, huya de la singularidad, ceda a todos y considérese indigno para todas las cosas. Ha de elegir sentarse más bien con los pobres que con los ricos, obedecer más bien que mandar, callar más bien que hablar, estar solo más bien que conversar con los poderosos y con los deudos. Debe también aborrecer su propia voluntad y estar siempre meditando en su muerte. No ha de ser curioso ni murmurador, y no ha de olvidarse de sus pasiones ni de la justicia de Dios. Debe, igualmente, frecuentar los Santos Sacramentos, andar solícito en desechar sus tentaciones, y no desear vivir sino para aumentar la honra de Dios y atender a la salvación de las almas.

 

Si el imitador de María, y obedeciendo por amor de Dios, se hace cargo de dirigir las almas de muchos, recibirá dos coronos, según voy a manifestarte con un ejemplo. Había un señor poderoso que tenía una nave cargada con preciosas mercancías, el cual dijo a sus criados: Id a tal puerto, y allí alcanzaré gran lucro y éxito glorioso; mas si se levantaren fuertes vientos trabajad varonilmente y no os apesadumbréis, porque vuestra recompensa será grande. Cuando los criados iban navegando, se levantó un fuerte vendaval, hincháronse las olas, y la nave sufrió mucho destrozo; desanimóse entonces el piloto, todos desesperaban de sus vidas, y convinieron en ir a un puerto adonde los llevaba el viento, mas no a aquel puerto que el señor les había designado. Oyendo esto un criado más fiel, lamentándose, y a la vez movido por el amor a su señor, cogió con violencia el timón del buque, y a duras penas lo condujo al puerto que el señor quería. Este hombre que tan varonilmente condujo la nave al puerto debe, pues, recibir mayor recompensa que los demás.

 

Lo mismo acontece con el buen prelado que por amor de Dios y por la salvación de las almas admite el cargo de gobernar, sin cuidarse de la honra, por lo que recibirá doble recompensa; primero, porque será partícipe de todas las buenas obras de aquellos a quienes condujo al puerto, y segundo, porque su gloria se aumentará sin fin.

Lo quinto, debe dar medicina a sus huéspedes, esto es, alegrarlos con buenas palabras, porque a todo cuanto pueda sobrevenirle, ya sean alegrías o tristezas, debe decir: Quiero todo cuanto Dios quiera disponer de mí, y preparado estoy a obedecer su voluntad. Esta voluntad es la medicina contra todo lo que le sobrevenga al corazón; es el deleite en las tribulaciones y la templanza en la adversidad. Mas, puesto que este imitador de María tiene muchos enemigos, debe confesarse con frecuencia; porque cuando a sabiendas vive en el pecado, teniendo bastante que confesar, y lo descuida o no fija la atención en ello, entonces delante de Dios debe más bien llamarse apóstota que imitador de María.

 

Acerca de la vida de Marta ten entendido también, que aun cuando la porción de María es la más selecta, no por eso es mala la de Marta, antes al contrario, es muy loable y muy grata a Dios. Voy ahora a decirte cómo debe estar dispuesta el alma que quiera imitar a Marta.

 

Igualmente que María ha de tener también cinco bienes. Primero, la fe santa de la Iglesia de Dios: segundo, saber los mandamientos de Dios y los consejos de la verdad Evangélica, todo lo cual ha de observar en su corazón y en sus obras: tercero, reprimir su lengua de toda mala palabra, ya sea contra Dios o contra el prójimo, y su mano de toda operación deshonesta e ilícita, y abstenerse de la demasiada codicia y deleite, contentándose con lo que se le conceda y sin desear lo superfluo: cuarta, hacer obras de misericordia con prudencia y humildad, pero de modo que por la confianza de obrar así en nada ofenda al Señor: quinto, amar a Dios sobre todas las cosas y más que a sí misma.

 

Así lo hizo Marta, pues alegremente se entregó a mí a sí misma, imitando mis obras y palabras, y después dió por mi amor todos sus bienes; y por tanto, desdeñó las cosas temporales y buscaba las eternas; lo sufrió todo con paciencia y cuidaba de los demás como de sí misma; estaba siempre pensando en mi amor y en mi Pasión; alegrábase en las tribulaciones, y los amaba a todos cual verdadera madre. Diariamente seguíame Marta, deseando sólo oir las palabras de vida. Compadecíase de los afligidos, consolaba los enfermos, no decía mal de nadie, disimulaba las faltas del prójimo y oraba por todos. De consiguiente, todo el que deseare alcanzar el amor de Dios en la vida activa, debe imitar a Marta, amar al prójimo sin favorecer sus vicios, para conseguir el cielo; huir de la alabanza propia, y de toda soberbia y engaño, y reprimir toda ira y envidia.

 

Pero has de advertir, que cuando rogó Marta por su hermano Lázaro, que estaba difunto, fué ella la primera que a mí vino, mas en seguida no resucitó su hermano, sino que después mandada llamar vino María, y entonces por los ruegos de ambas resucitó el hermano. Así también acontece en la vida espiritual; pues quien desee imitar perfectamente a María, debe primero ser como Marta, esto es, trabajar en honra mía corporalmente, saber primero resistir a los deseos de la carne y oponerse a las tentaciones del demonio, y después ya puede subir resueltamente al grado de María. Porque ¿cómo puede tener fija su alma de un modo continuo en las cosas celestiales el que no ha sido probado y tentado, ni ha vencido los impulsos de su carne? ¿Qué es, pues, el hermano difunto de Marta y María, sino las obras imperfectas? Muchas veces se hace la obra buena con intención indiscreta y con ánimo indeliberado, y así camina con lentitud y tibieza.

 

Pero a fin de que la obra buena me sea aceptable, resucita y se vivifica por Marta, esto es, cuando es amado el prójimo por causa de Dios y para Dios, y solo Dios es deseado sobre todas las cosas: entonces es grata al Señor toda obra buena del hombre. Por esto dije en mi evangelio que María eligió la mejor parte.

 

Pues la porción de Marta es buena cuando se duele de los pecados de los prójimos, y es todavía mejor cuando procura que los hombres vivan y se mantengan con juicio y decoro, y lo hace esto solamente por amor de Dios. Pero la porción de María es excelente, cuando ella sola contempla las cosas celestiales y el provecho de las almas. También Dios entra en casa de Marta y María, cuando llena el alma de buenos deseos, y libre de las agitaciones del mundo, está siempre pensando en Dios como si lo tuviera presente, y no solamente medita en su amor, sino que se ocupa de él de día y de noche.

 

 

Dice Jesucristo que el alma es su esposa, y añade quiénes sean espiritualmente los criados y las esclavas del alma Revela también a santa Brígida las terribles penas que padecía un alma en el purgatorio, y cómo podía ser aliviada en ellas.

 

                   Capítulo 50

 

Cierto señor, dice Jesucristo, tenía una mujer, para la cual edificó una casa, le proporcionó criado, criadas y víveres, y se marchó a un largo viaje. A su vuelta encontró el señor difamada a su mujer, inobedientes a sus criados, y deshonradas las criadas, e irritado con esto, entregó la mujer a los tribunales, los criados a los verdugos, y mandó azotar a las criadas. Yo, Dios, soy este Señor, que tomé por esposa el alma del hombre, criada por el poder de mi divinidad, deseando tener con ella la indecible dulzura de mi misma divinidad. Me desposé con ella mediante la fe, el amor y la perseverancia de las virtudes. Edifiquéle a esta alma una casa cuando le di el cuerpo mortal para que en él se probase y se ejercitara en las virtudes.

 

Esta casa, que es el cuerpo, tiene cuatro propiedades, es noble, mortal, mudable y corruptible. El cuerpo es noble, porque fué criado por Dios, participa de todos los elementos, y resucitará para la eternidad en el último día; pero es innoble comparado con el alma, porque es de tierra, y el alma es espiritual. Por tanto, por tener el cuerpo cierta nobleza, debe estar engalanado con virtudes, para que pueda ser glorificado en el día del juicio. Es también el cuerpo mortal por ser de tierra, por lo que debe resistir las seducciones de los deleites, porque si sucumbiere a ellas, pierde a Dios. Es igualmente mudable, por lo que ha de hacerse estable por medio del alma, pues si sigue sus impulsos, es semejante a los jumentos. Es, por último, corruptible, y por esto debe siempre estar limpio, pues el demonio busca la impureza, la cual huye de la compañía de los angeles.

 

Habitadora de esta casa, es decir, del cuerpo, es el alma, y en él mora como en una casa, y vivifica al mismo cuerpo; pues sin la presencia del alma es el cuerpo horroroso, fétido y abominable a la vista. Tiene también el alma cinco criados, que sirven de consuelo al cuerpo. El primero es la vista, que debe ser como el buen vigía, para distinguir entre los enemigos y los amigos que llegan. Vienen los enemigos, cuando los ojos desean ver rostros hermosos, y todo lo deleitable a la carne y lo que es perjudical y deshonesto: y vienen los amigos, cuando se deleita en ver mi Pasión, las obras de mis amigos y todo lo que es en honra de Dios.

El segundo criado es el óido, el cual es como el buen portero, que abre la puerta a los amigos y la cierra a los enemigos. La abre a los amigos, cuando se deleita en oir las palabras de Dios, las pláticas y obras de los amigos del Señor; y la cierra a los enemigos, cuando se abstiene de oir murmuraciones, chocarrerías y necedades.

 

El tercer siervo es el gusto de comer y beber, el cual es como el buen médico, que ordena la comida para la necesidad, no para lo superfluo y deleitable; porque los alimentos han de tomarse como si fueran medicinas, y así deben observarse dos reglas: no comer mucho, ni demasiado poco; porque la mucha comida es causa de enfermedades, y si, por otra parte, se come menos de lo debido, se adquiere un hastío en el servicio de Dios.

 

El cuatro criado es el tacto, el cual es como el hombre laborioso, que trabaja para sustentar su cuerpo, y al mismo tiempo doma con prudencia los apetitos de la carne y desea ardientemente conseguir la salvación eterna.

El quinto siervo es el olor de las cosas deleitables, el cual puede no existir en muchos a fin de obtener mayor recompensa eterna; y por tanto, debe ser este siervo como el buen mayordomo, y pensar si ese deleite le conviene al alma, si adquiere merecimiento, y si puede subsistir el cuerpo sin él. Pues si considera que el cuerpo puede de todos modos estar y vivir sin ese olor deleitable, y por amor de Dios se abstiene de él, merece que el Señor le dé gran recompensa, porque es virtud muy grata a Dios, cuando el hombre se priva aun de las cosas lícitas.

 

A más de tener el alma estos criados, debe también tener cinco criadas muy aptas, para custodiar a la señora y guardarla de sus peligros. La primera ha de ser timorata y cuidadosa de que el esposo no se ofenda con la inobservancia de sus mandamientos, o de que la señora se haga negligente. La segunda ha de ser fervorosa en no buscar nada sino la honra del esposo y el provecho de su señora. La tercera debe ser modesta y estable, para que su señora no se engría con la prosperidad, ni se abata con la desgracia. La cuarta debe ser sufrida y prudente, para poder consolar a la señora en los males que le sobrevengan. La quinta ha de ser tan púdica y casta, que en sus pensamientos, palabras y obras no haya nada indecoroso o libertino.

 

Si, pues, el alma tiene la casa que hemos dicho, unos criados tan dispuestos y las criadas honradas, sienta muy mal que la misma alma, que es la señora, no sea hermosa y esté llena de abnegación. Quiero, por consiguiente, manifestarte el ornato y atavío del alma.

 

Ha de ser esta equitativa en discernir lo que debe a Dios y lo que debe al cuerpo, porque juntamente con los ángeles participa de la razón y del amor de Dios. Por tanto, debe el alma mirar la carne como si fuera un jumento, darle moderadamente lo necesario para la vida, estimularla al trabajo, corregirla com temor y abstinencia, y observar sus impulsos, no sea que por condescender con la flaqueza de la carne, peque el alma contra Dios. Lo segundo, el alma debe ser celestial, porque tiene la imagen del Señor de los cielos, y por tanto, nunca ha de entretenerse ni deleitarse en cosas carnales, a fin de no hacerse imágen del mismo demonio. Lo tercero, ha de ser fervorosa en amar a Dios, porque es hermana de los ángeles, inmortal y eterna. Debe, por último, ser hermosa en todo linaje de virtudes, porque eternamente ha de ver la hermosura del mismo Dios: mas si consiente con los deseos de la carne, será horrorosa por toda la eternidad.

 

Conviene también, que la señora, que es el alma, tenga su comida, la cual es la memoria de los beneficios de Dios, la consideración de sus terribles juicios y la complacencia en su amor y en guardar sus mandamientos. Debe, pues, el alma evitar con empeño el no ser jamás gobernada por la carne, porque entonces todo se desordena, y sucede que los ojos quieren ver cosas deleitables y peligrosas, los oídos quieren oir vaciedades; agrada también gustar cosas suaves y trabajar inútilmente por causa del mundo; entonces es seducida la razón, domina la impaciencia, disminúyese la devoción, auméntase la tibieza, palíase la culpa, y no son consideradas las cosas futuras; entonces mira el alma con desprecio el manjar espiritual, y le parece penoso todo lo que es del servicio de Dios.

 

¿Cómo puede agradar la continua memoria de Dios, donde reina el placer de la carne? ¿Ni cómo puede el alma conformarse con la voluntad de Dios, cuando solamente le agradan las cosas carnales? ¿Ni cómo puede distinguir lo verdadero de lo falso, cuando le es molesto todo lo que pertenece a Dios? De semejante alma, afeada de este modo, puede decirse, que la casa de Dios se ha hecho tributaria del demonio amoldándose a él.

 

De tal suerte es el alma de este difunto que estás viendo, pues el demonio la posee por nueve títulos. Primero, porque voluntariamente consintió en el pecado; segundo, porque despreció su dignidad y lo prometido en el santo bautismo; tercero, porque no cuidó de la gracia de su confirmación dada por el obispo; cuarto, porque no hizo caso del tiempo que se le hubo concedido para penitencia; quinto, porque en sus obras no me temió a mí, su Dios, ni tampoco mis juicios, sino que de intento se apartó de mí; sexto, porque menospreció mi paciencia como si yo no existiese, o como si yo no pudiera condenarlo; séptimo, porque se cuidó menos de mis consejos y preceptos que de los de los hombres; octavo, porque no daba gracias a Dios por sus beneficios, porque tenía su corazón fijo en el mundo; y noveno, porque toda mi Pasión estaba como muerta en su corazón, y por consiguiente, padece ahora nueve penas.

 

La primera, es porque todo lo que padece, lo sufre por justo juicio de Dios, por precisión y a la fuerza; la segunda, porque dejó al Criador y amó la criatura, y por tanto, lo detestan todas las criaturas; la tercera, es el dolor, porque dejó y perdió todo cuanto amó y todo esto está contra él; la cuarta, es el ardor y sed porque deseaba más las cosas perecederas que las eternas; la quinta, es el terror y poderío de los demonios, porque mientras pudo no quiso temer al benignísimo Dios; la sexta, es carecer de la vista de Dios, porque en su tiempo no vió la paciencia del Señor; la séptima, es una horrorosa ansiedad, porque ignora cuándo han de acabar sus tormentos; la octava, es el remordimiento de su conciencia, porque omitió lo bueno e hizo lo malo; la novena, es el frío y el llanto porque no deseaba el amor de Dios.

 

Sin embargo, porque tuvo dos cosas buenas: primera, creer en mi Pasión y openerse en cuanto pudo a los que hablaban mal de mí; y segunda, amar a mi Madre y a mis santos, y guardar sus vigilias, te diré ahora cómo por las súplicas de mis amigos que por él ruegan, podrá salvarse.

 

Se salvará lo primero, por mi Pasión, porque guardó la fe de mi Iglesia; segundo, por el sacrificio de mi Cuerpo, porque este es el antídoto de las almas; tercero, por los ruegos de mis escogidos que en el cielo están; cuarto, por las buenas obras que se hacen en la santa Iglesia; quinto, por los ruegos de los buenos que viven en el mundo; sexto, por las limosnas hechas de los bienes justamente adquiridos, y si se restituyen los que se sabe éstan mal adquiridos; séptimo, por las penalidades de los justos que trabajan por la salvación de las almas; ; octavo, por las indulgencias concedidas por los Pontífices; noveno por varias penitencias hechas en beneficio de las almas, que los vivos no acabaron cumplidamente.

 

Esta revelación, hija mía, te la ha merecido el patrono san Erico, a quien sirvió esta alma, porque llegará tiempo en que decaerá la maldad de esta tierra, y en los corazones de muchos resucitará el celo de las almas.

Autora: Santa Brígida de Suecia

Transcrito por: Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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