S?bado, 10 de abril de 2010
NUESTRA SEÑORA DE CATAMARCA - ARGENTINA (PRIMERA PARTE) - APARICIONES Y ADVOCACIONES

Provincia de Catamarca, al Noroeste de la Argentina. Entre los años de 1619 y 1620 fue hallada una pequeña imagen de la Virgen en una gruta oculta en el monte agreste. El misterio rodeópor siglos  la existencia de esa imagen, que era venerada en secreto por los nativos del lugar. ¿Como llegó alli? Nunca se supo.

Este descubrimiento, al impulso de los milagros sorprendentes que se produjeron a partir de la veneración a la Madre del Verbo, suscitó el desarrollo de una advocación que perdura a través de los siglos. Hoy en día, Nuestra Señora del Valle de Catamarca configura un foco de atención de la fe del pueblo Argentino, que junto a la Virgencita de Luján y la Virgen de Itatí, hacen un conjunto que envuelve y enriquece la tradición Mariana de este pueblo.

La Argentina fue fundada desde el norte hacia el sur (partiendo desde el alto PerúGui?o, y es por eso que Catamarca fue una zona rica en tradición hispánica desde temprana época. La difícil convivencia del español con los naturales del lugar (Calchaquíes fundamentalmente) hizo que nuestra Madre Celestial decidiera tender un puente entre los pueblos, como lo hizo en Guadalupe y en tantos otros lugares de América.

Dios siempre pone en el camino de los hombres a Su Madre, para que sea Ella la que guíe a sus rebeldes hijos. Y es desde Ella que nacen las más profundas expresiones de amor a Jesús, de devoción popular que dura por siglos y siglos ¡Ese es el mayor signo que caracteriza su Presencia!

Ella fue Madre de las históricas comarcas de San Fernando del Valle de Catamarca, cuando comenzó a brillar sobre las mismas la feliz aurora del cristianismo, y más tarde en bello florecer de sus virtudes de las que hoy hace gala el noroeste de la Argentina. María fue Madre en su vida eclesial, desde el primer bautizado, desde el primer sacerdote nativo, e ilustres Obispos que por su actuación se destacaron valientemente en las páginas de la Historia Nacional.

Volviendo los ojos a nuestra amada Mamá, pocas veces se escribió sobre Ella algo tan bello y profundo como este texto que les proponemos, obra del Poeta Don Juan Oscar Ponferrada, que transcribimos de su libro "Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle", publicado en 1941:

Con motivo de sus tradicionales "fiestas de diciembre" y las conmemorativas de la Coronación, que se viven por lo general en el mes de abril, de todos los ámbitos de la Patria acuden sus hijos y forman muchedumbre ante sus plantas de Reina y Madre siempre buscada.

Muchos llegan a su presencia; unos con el sabor amargo de sus lágrimas, otros con el pesado ropaje de sus dolores; pero todos animados con la esperanza de obtener su intercesión materna ante su Hijo Divino, para la solución de sus problemas.

Como a Madre le traen la dificultad de sus trabajos y lágrimas, porque Ella sabe comprenderlas. Al pie de la Cruz, sufrió con ternura infinita, y sus lágrimas silenciosas ante la Divina Voluntad, unidas al dolor de su Jesús moribundo regeneran las nuestras, a menudo egoístas y por su calidad de humanas siempre débiles y disconformes.

Ella convierte el pesar y la angustia de sus hijos mediante la fuerza de la resignación cristiana, en piedras preciosas de valor sobrenatural. Como en el trabajoso caminar en nuestra vida hay tantas espinas camino a la meta, Ella enseña a recogerlas, aceptarlas y bendecirlas con valor y ánimo esperanzado.

Ante sus plantas maternales y benditas se depositan insistentemente, afanes y esperanzas, en la seguridad de que cristalizarán en luminosas realidades a la súplica de su intercesión que hace obrar milagros. Si para escribir su portentosa y larga historia, tuviéramos que usar como letras los corazones de los devotos que de Ella recibieron protección y socorro, tantos serían que de seguro saldría una interminable narración.

Como Madre de Dios y de los hombres, en sus múltiples advocaciones, pasea sus plantas por el universo entero prodigando bondades. Pero con singular gracia y exquisita fineza las prodigó y las prodiga en este Valle de Catamarca, y los frutos son de vida espiritual y material lozanos y prometedores.

La serie ininterrumpida de sus portentos va ornando de luz y de fe los siglos que transcurren, desde que quiso entrar y vivir en nuestro Valle con el título de Madre.

 

 

Salazar, lleva la Imagen a su casa y le construye una humilde repisa donde la ubica, quedando a buen recaudo. Los miembros de la familia y sus allegados rivalizarían con Don Manuel en adornarla con hermosas flores, sin descuidar los cirios encendidos al caer de la tarde de los sábados, cuando reunidos todos rezarían devotos el Santo Rosario.

La Madre del Valle no desdeñaba el amor profundo y sincero del piadoso Salazar. Más no quería dejar de ser la protectora general de todo un Valle, y con el correr de los años de toda una extensa región.

¡Maravilloso! Según numerosas declaraciones aseguradas con juramentos de múltiples testigos, este deseo de la Madre del Cielo se puso de manifiesto con el primer hecho portentoso conocido en el Valle.

Salazar, al amanecer de un día de tantos, como acostumbraba hacerlo, antes de comenzar sus faenas, se llega a visitar a la “Madrecita Morena” que reinaba en su casa desde una repisa. Pero no la encuentra. Al preguntarle a su esposa, Beatriz, tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior (asegura) estaba la imagen en su repisa y no sabía que hubiera entrado persona alguna a la casa.

Desconfiando del indio a su servicio, lo llama y un tanto apremiante lo interroga averiguándole acerca del paradero de la Imagen. Pero el indio asegura que él ignora totalmente de lo que se le pregunta. Pero dice claramente que él también la vio por la noche en la repisa. Por lo que a su vez pregunta con voz temblorosa y hasta desconsolada: “La Mamá Achachita ... ¿no está?

A todo esto, ya entrada la mañana, el Administrador del Valle, dejándolo todo, sigue buscando la Imagen ya entre los amigos, ya entre vecinos más alejados. Olvida así, todas sus tareas administrativas, de gobierno y labranzas para buscar la Sagrada Imagen por todas partes.

¿Estaría de nuevo en su gruta? ¿Porqué no buscarla allí? ¿A lo mejor, algún indio audaz habría entrado de noche a su casa, llevándosela a pedido de los nativos pobladores de Choya?

Pero esto, era poco menos que imposible. Nadie, y menos un aborigen o nativo de la zona, podía entrar al poblado en ninguna hora del día o de la noche, sin ser reconocido y controlado severamente. La vigilancia era estricta y los procedimientos a veces muy duros.

Sin embargo, se dirige a la gruta y llegando al lugar trepa decididamente hasta el mismo sitio del que sacara la imagen... y ¡Oh prodigio! Allí estaba, tal cual la viera la primera vez. Pero ahora sin flores, ni cirios. No había signo alguno, ni rastros de pisadas humanas que dijeran que alguien hubiera estado allí antes que él.
Apresuradamente la levanta con infinito cuidado, como si fuera algo vivo y muy delicado, la acaricia con sus manos de labriego, besa reverente las manitas juntas y se la lleva gozoso y precavido como cuando se carga un niño pequeño.
Llegado a la población y a la casa, la coloca en su sitio; y día y noche multiplica la vigilancia. Pero todo fue inútil. Varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya a “capturar a la Fugitiva” y traerla de nuevo a su casa, no sin regaños como saben hacerlo los corazones enamorados.

Es que la Virgen del Valle era también Madre de aquellos pobrecitos que le habían ofrendado sus luminarias de amarilla y blanda cera, las fogatas de sus agrios chaguares, junto al dulce amor de sus corazones sencillos, humildes y por eso buenos.

Primer Templo en Honor de la Virgen del Valle

El suceso extraordinario de que la Imagen volvía a su gruta, sin poderse dar explicación satisfactoria de cómo ocurría, comenzó a despertar lógica atención y a reunir gran cantidad de personas en la casa del colono vizcaíno que no solamente oraban, sino preguntaban de continuo sobre lo que estaba ocurriendo.
De este modo, en la humilde casa de Salazar, la modesta imagen de la Virgen comenzó a transformarse en centro obligado de un auténtico culto mariano.
Es lógico pensar que, al ver Salazar y los demás vecinos el auge que iba tomando esta devoción mariana comprendieran perfectamente que debían dar solución al problema del espacio para las reuniones de culto privado que se realizaban ya con frecuencia. A esta Reina y Madre le hacía falta un lugar más amplio y un trono más adecuado al reinado espiritual que comenzaba a extenderse por la región.
Según las declaraciones juradas de diversos testigos, que sabían por tradición transmitida cuidadosamente de generación en generación, se llevó en andas y con gran solemnidad la Virgencita Morena desde la casa del vizcaíno a la flamante capilla que le dedicaba su pueblo.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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