CATEQUESIS SOBRE EL MATRIMONIO DE JUAN PABLO II
Los textos de los Profetas tienen gran importancia para comprender el
matrimonio como alianza de personas (a imagen de la Alianza de Yavé con
Israel) y, en particular, para comprender la alianza sacramental del
hombre y de la mujer en la dimensión del signo. El "lenguaje del cuerpo"
entra - como ya hemos considerado anteriormente - en la estructura
integral del signo sacramental, cuyo principal sujeto es el hombre,
varón y mujer. Las palabras del consentimiento conyugal constituyen este
signo, porque en ellas halla expresión el significado nupcial del
cuerpo en su masculinidad y feminidad. Este significado se expresa,
sobre todo, por las palabras: "Yo te recibo... como esposa... esposo".
Por lo demás, con estas palabras se confirma la "verdad" esencial del
lenguaje del cuerpo y queda excluida también (al menos indirectamente,
implicite) la "no-verdad" esencial, la falsedad del lenguaje del cuerpo.
Efectivamente, el cuerpo dice la verdad por medio del amor, la
fidelidad, la honestidad conyugal, así como la no verdad, o sea, la
falsedad. se expresa por medio de todo lo que es negación del amor, de
la fidelidad, de la honestidad conyugal. Se puede decir, pues, que, en
el momento de pronunciar las palabras del consentimiento matrimonial,
los nuevos esposos se sitúan en la línea del mismo "profetismo del
cuerpo", cuyo portavoz fueron los antiguos Profetas. El "lenguaje del
cuerpo", expresado por boca de los ministros del matrimonio como
sacramento de la Iglesia, instituye el mismo signo visible de la Alianza
y de la gracia que - remontándose en su origen al misterio de la
creación - se alimenta continuamente con la fuerza de la "redención del
cuerpo", ofrecida por Cristo a la Iglesia.
2. Según los textos
proféticos, el cuerpo humano habla un "lenguaje", del que no es el
autor. Su autor es el hombre que, como varón y mujer, esposo y esposa,
relee correctamente el significado de este "lenguaje". Relee, pues, el
significado nupcial del cuerpo como integralmente grabado en la
estructura de la masculinidad o feminidad del sujeto personal. Una
relectura correcta "en la verdad" es condición indispensable para
proclamar esta verdad, o sea, para instituir el signo visible del
matrimonio como sacramento. Los esposos proclaman precisamente este
"lenguaje del cuerpo", releído en la verdad, como contenido y principio
de su nueva vida en Cristo y en la Iglesia. Sobre la base del
"profetismo del cuerpo", los ministros del sacramento del matrimonio
realizan un acto de carácter profético. Confirman de este modo su
participación en la misión profética de la Iglesia, recibida de Cristo.
"Profeta" es aquel que expresa con palabras humanas la verdad que
proviene de Dios, aquel que profiere esta verdad en lugar de Dios, en su
nombre y, en cierto sentido, con su autoridad.
3. Todo esto se
refiere a los nuevos esposos, que, como ministros del sacramento del
matrimonio, instituyen con las palabras del consentimiento conyugal el
signo visible, proclamando el "lenguaje del cuerpo", releído en la
verdad, como contenido v principio de su nueva vida en Cristo y en la
Iglesia. Esta proclamación "profética" tiene un carácter complejo. El
consentimiento conyugal es, al mismo tiempo, anuncio y causa del hecho
de que, de ahora en adelante, ambos serán ante la Iglesia y la sociedad
marido y mujer. (Entendemos este anuncio como "indicación" en el sentido
ordinario del término). Sin embargo, el consentimiento conyugal tiene
sobre todo el carácter de una recíproca profesión de los nuevos esposos,
hecha ante Dios. Basta detenerse con atención en el texto, para
convencerse de que esa proclamación profética del lenguaje del cuerpo,
releído en la verdad, está inmediata y directamente dirigida del "yo" al
"tú": del hombre a la mujer y de ella a él. Precisamente tienen puesto
central en el consentimiento conyugal las palabras que indican el sujeto
personal, los pronombres "yo" y "a ti". El "lenguaje del cuerpo",
relegado en la verdad de su significado nupcial, constituye, mediante
las palabras de los nuevos esposos, la unión-comunión de las personas.
Si el consentimiento conyugal tiene carácter profético, si es la
proclamación de la verdad que proviene de Dios y, en cierto sentido, la
enunciación de esta verdad en el nombre de Dios, esto se realiza sobre
todo en la dimensión de la comunión interpersonal, y sólo indirectamente
"ante" los otros y "por" los otros.
4. En el fondo de las
palabras pronunciadas por los ministros del sacramento del matrimonio,
está el perenne "lenguaje del cuerpo", al que Dios "dio comienzo" al
crear al hombre como varón y mujer: lenguaje que ha sido renovado por
Cristo. Este perenne "lenguaje del cuerpo" lleva en sí toda la riqueza y
profundidad del misterio: primero de la creación, luego de la
redención. Los esposos, al realizar el signo visible del sacramento
mediante las palabras de su consentimiento conyugal, expresan en él "el
lenguaje del cuerpo", con toda la profundidad del misterio de la
creación y de la redención (la liturgia del sacramento del matrimonio
ofrece un rico contexto de ello). Al releer de este modo "el lenguaje
del cuerpo", los esposos no sólo incluyen en las palabras del
consentimiento conyugal la plenitud subjetiva de la profesión,
indispensable para realizar el signo propio de este sacramento, sino que
lleguen también, en cierto sentido, a las fuentes mismas de las que ese
signo toma cada vez su elocuencia profética y su fuerza sacramental. No
es lícito olvidar que "el lenguaje del cuerpo" antes de ser pronunciado
por los labios de los esposos, ministros del matrimonio como sacramento
de la Iglesia, ha sido pronunciado por la palabra del Dios vivo,
comenzando por el libro del Génesis, a través de los Profetas de la
Antigua Alianza, hasta el autor de la Carta a los Efesios.
5.
Empleamos aquí varias voces la expresión "lenguaje del cuerpos"
refiriéndonos a los textos proféticos. En estos textos, como ya hemos
dicho, el cuerpo humano habla un "lenguaje", del que no es autor en el
sentido propio del término. El autor es el hombre - varón y mujer - que
relée el verdadero sentido de ese "lenguaje", poniendo de relieve el
significado nupcial del cuerpo como grabado integralmente en la
estructura misma de la masculinidad y feminidad del sujeto personal.
Esta relectura "en la verdad" del lenguaje del cuerpo confiere, ya de
por sí, un carácter profético a las palabras del consentimiento
conyugal, por medio de las cuales, el hombre y la mujer realizan el
signo visible del matrimonio como sacramento de la Iglesia. Sin embargo,
estas palabras contienen algo más que una simple relectura en la verdad
de ese lenguaje, del que habla la feminidad y la masculinidad de los
nuevos esposos en su relación recíproca: "Yo te recibo como mi esposa -
como mi esposo". En las palabras del consentimiento conyugal están
incluidos: el propósito, la decisión y la opción. Los dos esposos
deciden actuar en conformidad con el lenguaje del cuerpo, releído en la
verdad. Si el hombre, varón y mujer, es el autor de ese lenguaje, lo es,
sobre todo, en cuanto quiere conferir, y efectivamente confiere a su
comportamiento y a sus acciones el significado conforme con la
elocuencia releída de la verdad de la masculinidad y de la feminidad en
la recíproca relación conyugal.
6. En este ámbito el hombre es
artífice de las acciones que tienen, de por sí, significados definidos.
Es, pues, artífice de las acciones y, a la vez, autor de su significado.
La suma de estos significados constituye, en cierto sentido, el
conjunto del "lenguaje del cuerpo", con el que los esposos deciden
hablar entre sí como ministros del sacramento del matrimonio. El signo
que ellos realizan con las palabras del consentimiento conyugal no es un
mero signo inmediato y pasajero, sino un signo de perspectiva que
reproduce un efecto duradero, esto es, el vínculo conyugal, único e
indisoluble ("todos los días de mi vida", es decir, hasta la muerte). En
esta perspectiva deben llenar ese signo del múltiple contenido que
ofrece la comunión conyugal y familiar de las personas, y también del
contenido que, nacido "del lenguaje del cuerpo", es continuamente
releído en la verdad. De este modo, la "verdad" esencial del signo
permanecerá orgánicamente vinculada al ethos de la conducta conyugal. En
esta verdad del signo y, consiguientemente, en el ethos de la conducta
conyugal, se inserta con gran perspectiva el significado procreador del
cuerpo, es decir, la paternidad y la maternidad de las que ya hemos
tratado. A la pregunta: "¿Estáis dispuestos a recibir de Dios,
responsable y amorosamente, los hijos y a educarlos según la ley de
Cristo y de su Iglesia?", el hombre y la mujer responden: "Sí, estamos
dispuestos".
Y por ahora dejamos para otros encuentros
profundizaciones ulteriores del tema.
El signo del matrimonio
como sacramento de la Iglesia - 26-1-1983
Catequesis
del Papa del 26 de enero de 1983
Leer en la
verdad "el lenguaje del cuerpo"
1. El signo del matrimonio como
sacramento de la Iglesia se constituye cada vez según esa dimensión que
le es propia desde el "principio", y al mismo tiempo se constituye
sobre el fundamento del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia, como la
expresión única c irrepetible de la alianza entre "este" hombre y "esta"
mujer, que son ministros del matrimonio como sacramento de su vocación y
de su vida. Al decir que el signo del matrimonio como sacramento de la
Iglesia se constituye sobre la base del "lenguaje del cuerpo", nos
servimos de la analogía (analogía attributionis), que hemos tratado de
esclarecer ya anteriormente. Es obvio que el cuerpo, como tal, no
"habla", sino que habla el hombre, releyendo lo que exige ser expresado
precisamente, basándose en el "cuerpo", en la masculinidad o feminidad
del sujeto personal, más aún, basándose en lo que el hombre puede
expresar únicamente por medio del cuerpo.
En este sentido, el
hombre - varón o mujer - no sólo habla con el lenguaje del cuerpo, sino
que en cierto sentido permite al cuerpo hablar "por él" y "de parte de
él": diría, en su nombre y con su autoridad personal. De este modo,
también el concepto de "profetismo del cuerpo" parece tener fundamento:
el "pro-feta", efectivamente, es aquel que habla "por" y "de parte de"
en nombre y con la autoridad de una persona.
2. Los nuevos
esposos son conscientes de esto cuando, al contraer el matrimonio,
realizan su signo visible. En la perspectiva de la vida en común y de la
vocación conyugal, ese signo inicial, signo originario del matrimonio
como sacramento de la Iglesia, será colmado continuamente por el
"profetismo del cuerpo". Los cuerpos de los esposos hablarán "por" y "de
parte de" cada uno de ellos, hablarán en el nombre y con la autoridad
de la persona, de cada una de las personas, entablando el diálogo
conyugal, propio de su vocación y basado en el lenguaje del cuerpo,
releído a su tiempo oportuna y continuamente, ¡y es necesario que sea
releído en la verdad! Los cónyuges están llamados a construir su vida y
su convivencia como "comunión de las personas" sobre la base de ese
lenguaje. Puesto que al lenguaje corresponde un conjunto de
significados, los esposos -a través de su conducta y comportamiento, a
través de sus acciones y expresiones ("expresiones de ternura": Gaudium
et spes,49) están llamados a convertirse en los autores de estos
significados del "lenguaje del cuerpo", por el cual, en consecuencia, se
construyen y profundizan continuamente el amor, la fidelidad, la
honestidad conyugal y esa unión que permanece indisoluble hasta la
muerte.
3. El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia
se forma cabalmente por esos significados, de los que son autores los
esposos. Todos estos significados dan comienzo y. en cierto sentido,
quedan "programados" de modo sintético en el consentimiento matrimonial,
a fin de construir luego -de modo más analítico, día tras día- el mismo
signo, identificándose con él en la dimensión de toda la vida. Hay un
vínculo orgánico entre el releer en la verdad el significado integral
del "lenguaje del cuerpo" y el consiguiente empleo de ese lenguaje en la
vida conyugal. En este último ámbito el ser humano - varón y mujer - es
el autor de los significados del "lenguaje del cuerpo". Esto implica
que tal lenguaje, del que él es autor, corresponda a la verdad que ha
sido releída. Basándonos en la tradición biblia, hablamos aquí del
"profetismo del cuerpo". Si el ser humano - varón y mujer - en el
matrimonio (e indirectamente también en todos los sectores de la
convivencia mutua) confiere a su comportamiento un significado conforme a
la verdad fundamental del lenguaje del cuerpo, entonces también él
mismo "está en la verdad". En el caso contrario, comete mentira y
falsifica el lenguaje del cuerpo.
4. Si nos situamos en la línea
de perspectiva del consentimiento matrimonial que -como ya hemos dicho-
ofrece a los esposos una participación especial en la misión profética
de la Iglesia, transmitida por Cristo mismo, podemos servirnos, a este
propósito, también de la distinción bíblica entre profetas "verdaderos" y
profetas "falsos". A través del matrimonio como sacramento de la
Iglesia, el hombre y la mujer están llamados de modo explícito a dar
-sirviéndose correctamente del "lenguaje del cuerpo"- el testimonio del
amor nupcial y procreador, testimonio digno de "verdaderos profetas". En
esto consiste el significado justo y la grandeza del consentimiento
matrimonial en el sacramento de la Iglesia.
5. La problemática
del signo sacramental del matrimonio tiene carácter profundamente
antropológico. La formamos basándonos en la antropología teológica y en
particular sobre lo que, desde el comienzo de las presentes
consideraciones, hemos definido como "teología del cuerpo". Por ello, al
continuar estos análisis, debemos tener siempre ante los ojos las
consideraciones precedentes, que se refieren al análisis de las
palabras-clave de Cristo (decimos "palabras-clave" porque nos abren -
como la llave - cada una de las dimensiones de la antropología
teológica, especialmente de la teología del cuerpo). Al formar sobre
esta base el análisis del signo sacramental del matrimonio, del cual -
incluso después del pecado original - siempre son partícipes el hombre y
la mujer, como "hombre histórico", debemos recordar constantemente el
hecho de que ese hombre "histórico", varón y mujer, es, al mismo tiempo,
el "hambre de la concupiscencia", como tal, cada hombre y cada mujer
entran en la historia de la salvación y están implicados en ella
mediante el sacramento, que es signo visible de la alianza y de la
gracia.
Por lo cual, en el contexto de las presentes reflexiones
sobre la estructura sacramental del signo del. matrimonio, debemos
tener en cuenta no sólo lo que Cristo dijo sobre la unidad e
indisolubilidad del matrimonio, haciendo referencia al "principio", sino
también (y todavía más) lo que expresó en el sermón de la montaña,
cuando apeló al "corazón humano".
Leer en la verdad "el lenguaje
del cuerpo" - 9-2-1983
Catequesis
del Papa del 9 de febrero de 1983
Las
enseñanzas de la Encíclica Humanae vitae
1. Dijimos ya que en
el contexto de las presentes reflexiones sobre la estructura del
matrimonio como signo sacramental, debemos tener en cuenta no sólo lo
que Cristo declaró sobre la unidad e indisolubilidad, haciendo
referencia al "principio", sino también (y aún más) lo que dijo en el
sermón de la montaña, cuando apeló al "corazón humano". Aludiendo al
mandamiento "No adulterarás", Cristo habló de "adulterio en el corazón":
"Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su
corazón" (
Mt 5,28).
Así, pues, al afirmar que el signo sacramental del matrimonio - signo
de la alianza conyugal del hombre y de la mujer - se forma basándose en
el "lenguaje del cuerpo" una vez releído en la verdad (y releído
continuamente), nos damos cuenta de que el que relee este "lenguaje" y
luego lo expresa, en desacuerdo con las exigencias propias del
matrimonio como pacto y sacramento, es natural y moralmente el hombre de
la concupiscencia: varón y mujer, entendidos ambos como el "hombre de
la concupiscencia". Los Profetas del Antiguo Testamento tienen ante los
ojos ciertamente a este hombre cuando, sirviéndose de una analogía,
censuran el "adulterio de Israel y de Judá". El análisis de las palabras
pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña nos lleva a
comprender más profundamente el "adulterio" mismo. Y a la vez nos lleva a
la convicción de que el "corazón" humano no es tanto "acusado y
condenado" por Cristo a causa de la concupiscencia (concupiscencia
carnis), cuanto, ante todo, "llamado". Aquí se da una decisiva
divergencia entre la antropología (o la hermenéutica antropológica) del
Evangelio y algunos influyentes representantes de la hermenéutica
contemporánea del hombre (los llamado dos maestros de la sospecha).
2. Pasando al terreno de nuestro análisis presente, podemos constatar
que, aunque el hombre, a pesar del signo sacramental del matrimonio, a
pesar del consentimiento matrimonial y de su realización, permanezca
siendo naturalmente el "hombre de la concupiscencia", sin embargo es, a
la vez, el hombre de la "llamada". Es "llamado" a través del misterio de
la redención del cuerpo, misterio divino, que es simultáneamente - en
Cristo y por Cristo en cada hombre - realidad humana. Además, ese
misterio comporta un determinado ethos que por esencia es "humano", y al
que ya hemos llamado antes ethos de la redención.
3. A la luz
de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña, a la
luz de todo el Evangelio y de la Nueva Alianza, la triple
concupiscencia (y en particular la concupiscencia de la carne) no
destruye la capacidad de releer en la verdad el "lenguaje del cuerpo" - y
de releerlo continuamente de un modo más maduro y pleno -, en virtud
del cual se constituye el signo sacramental tanto en su primer momento
litúrgico, como, luego, en la dimensión de toda la vida. A esta luz hay
que constatar que, si la concupiscencia de por sí engendra múltiples
"errores" al releer el "lenguaje del cuerpo" y juntamente con esto
engendra incluso el "pecado", el mal moral, contrario a la virtud de la
castidad (tanto conyugal como extraconyugal), sin embargo, en el ámbito
del ethos de la redención queda siempre la posibilidad de pasar del
"error" a la "verdad", como también la posibilidad de retorno, o sea, de
conversión, del pecado a la castidad, como expresión de una vida según
el Espíritu (
Ga 5,16).
4. De este modo, en la óptica evangélica y cristiana del problema, el
hombre "histórico" (después del pecado original), basándose en el
"lenguaje del cuerpo" releído en la verdad, es capaz - como varón y
mujer - de constituir el signo sacramental del amor, de la fidelidad y
de la honestidad conyugal, y esto como signo duradero: "Serte fiel
siempre en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y
amarte y respetarte todos los días de mi vida". Esto significa que el
hombre es, de modo real, autor de los significados por medio de los
cuales, después de haber releído en la verdad el "lenguaje del cuerpo",
es incluso capaz de formar en la verdad ese lenguaje en la comunión
conyugal y familiar de las personas. Es capaz de ello también como
"hombre de la concupiscencia", al ser 'llamado" a la vez por la realidad
de la redención de Cristo (simul lapsus et redemptus).
5.
Mediante la dimensión del signo, propia del matrimonio como sacramento,
se confirma la específica antropología teológica, la específica
hermenéutica del hombre, que en este caso podría llamarse también
"hermenéutica del sacramento", porque permite comprender al hombre
basándose en el análisis del signo sacramental. El hombre - varón y
mujer - como ministro del sacramento, autor (co-autor) del signo
sacramental, es sujeto consciente y capaz de autodeterminación. Sólo
sobre esta base puede ser el autor del "lenguaje del cuerpo", puede ser
también autor (co-autor) del matrimonio como signo: signo de la divina
creación y "redención del cuerpo". El hecho de que el hombre (el varón y
la mujer) es el hombre de la concupiscencia, no prejuzga que sea capaz
de releer el lenguaje del cuerpo en la verdad. Es el "hombre de la
concupiscencia", pero al mismo tiempo es capaz de discernir la verdad de
la falsedad en el lenguaje del cuerpo y puede ser autor de los
significados verdaderos (o falsos) de ese lenguaje.
6. Es el
hombre de la concupisciencia, pero no está completamente determinado por
la "libido" (en el sentido en que frecuentemente se usa este término).
Esa determinación significaría que el conjunto de los comportamientos
del hombre, incluso también, por ejemplo, la opción por la continencia a
causa de motivos religiosos, sólo se explicaría a través de las
específicas transformaciones de esta "libido". En tal caso - dentro del
ámbito del lenguaje del cuerpo -, el hombre estaría condenado, en cierto
sentido, a falsificaciones esenciales: sería solamente el que expresa
una específica determinación de parte de la "libido", pero no expresaría
la verdad (o la falsedad) del amor nupcial y de la comunión de las
personas, aun cuando pensase manifestarla. En consecuencia. estaría
condenado, pues, a sospechar de sí mismo y de los otros, respecto a la
verdad del lenguaje del cuerpo. A causa de la concupiscencia de la carne
podría solamente ser "acusado", pero no podría ser verdaderamente
"llamado".
La "hermenéutica del sacramento" nos permite sacar la
conclusión de que el hombre es siempre esencialmente "llamado" y no
sólo "acusado", y esto precisamente en cuanto "hombre de la
concupiscencia".
Las enseñanzas de la Encíclica Humanae vitae -
11-7-1984
Catequesis
del Papa del 11 de julio de 1983
La norma
moral de la Encíclica Humanae vitae sobre el acto matrimonial
1. Las reflexiones que hasta ahora hemos expuesto acerca del amor humano
en el plano divino, quedarían, de algún modo, incompletas si no
tratásemos de ver su aplicación concreta en el ámbito de la moral
conyugal y familiar. Deseamos dar este nuevo paso, que nos llevará a
concluir nuestro ya largo camino, bajo la guía de una importante
declaración del Magisterio reciente: la Encíclica "Humanae vitae", que
publicó el Papa Pablo VI, en julio de 1968. Vamos a releer este
significativo documento a la luz de los resultados a que hemos llegado,
examinando el designio inicial de Dios y las palabras de Cristo, que nos
remiten a él.
2. "La Iglesia... enseña que cualquier acto
matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida..." (Humanae
vitae,
HV 11).
"Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada
sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no
puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto
conyugal: el significado unitivo y el significado procreador" (Humanae
vitae,
HV 12).
3. Las consideraciones que voy a hacer se referirán especialmente al
pasaje de la Encíclica "Humanae vitae", que trata de los "dos
significados del acto conyugal" y de su "inseparable conexión". No
intento hacer un comentario a toda la Encíclica, sino más bien
explicarla y profundizar en dicho pasaje. Desde el punto de vista de la
doctrina moral contenida en el documento citado, este pasaje tiene un
significado central. Al mismo tiempo es un párrafo que se relaciona
estrechamente con nuestras anteriores reflexiones sobre el matrimonio en
su dimensión de signo (sacramental).
Puesto que, según he
dicho, se trata de un pasaje central de la Encíclica, resulta obvio que
esté inserto muy profundamente en toda su estructura: su análisis, en
consecuencia, debe orientarse hacia las diversas componentes de esa
estructura, aunque la intención no sea comentar todo el texto.
4. En las reflexiones acerca del signo sacramental, se ha dicho ya
varias veces que está basado sobre "el lenguaje del cuerpo" releido en
la verdad. Se trata de una verdad afirmada por primera vez al principio
del matrimonio, cuando los nuevos esposos, prometiéndose mutuamente "ser
fieles siempre... y amarse y respetarse durante todos los días de su
vida", se convierten en ministros del matrimonio como sacramento de la
Iglesia.
Se trata, por tanto, de una verdad que por decirlo así,
se afirma siempre de nuevo. En efecto, el hombre y la mujer, viviendo
en el matrimonio "hasta la muerte", reproponen siempre, en cierto
sentido, ese signo que ellos pusieron a través de la liturgia del
sacramento el día de su matrimonio.
Las palabras antes citadas
de la Encíclica del Papa Pablo VI se refieren a ese momento de la vida
común de los cónyuges, en el cual, al unirse mediante el acto conyugal,
ambos vienen a ser, según la expresión bíblica, "una sola carne" (
Jn 2,24).
Precisamente en ese momento tan rico de significado, es también
particularmente importante que se relea el "lenguaje del cuerpo" en la
verdad. Esa lectura se convierte en condición indispensable para actuar
en la verdad, o sea, para comportarse en conformidad con el valor y la
norma moral.
5. La Encíclica no sólo recuerda esta norma, sino
que intenta también darle su fundamento adecuado. Para aclarar más a
fondo esa "inseparable conexión que Dios ha querido... entre los dos
significados del acto conyugal", Pablo VI continúa así en la frase
siguiente: "...el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une
profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas
vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la
mujer" (Humanae vitae,
HV 12).
Podemos observar cómo en la frase precedente el texto recién citado
trata, sobre todo, del "significado" y en la frase sucesiva, de la
"íntima estructura" (es decir, de la naturaleza) de la relación
conyugal. Definiendo esta "íntima estructura", el texto hace referencia a
las "leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer".
El paso de la frase, que expresa la norma moral, a la frase que la
explica y motiva, es particularmente significativo. La Encíclica nos
induce a buscar el fundamento de la norma, que determina la moralidad de
las acciones del hombre y de la mujer en el acto conyugal, en la
naturaleza de este mismo acto y, todavía más profundamente, en la
naturaleza de los sujetos mismos que actúan.
6. De este modo, la
"íntima estructura" (o sea, la naturaleza) del acto conyugal constituye
la base necesaria para una adecuada lectura y descubrimiento de los
significados, que deben ser transferidos a la conciencia y a las
decisiones de las personas agentes, y también la base necesaria para
establecer la adecuada relación entre estos significados, es decir, su
inseparabilidad. Dado que, "el acto conyugal..." a un mismo tiempo
"une profundamente a los esposos", y, a la vez, "los hace aptos para la
generación de nuevas vidas"; y tanto una cosa como otra se realizan "por
su íntima estructura"; de todo se deriva en consecuencia que la persona
humana (con la necesidad propia de la razón, la necesidad lógica)
"debe" leer contemporáneamente los "dos significados del acto conyugal" y
también la "inseparable conexión... entre los dos significados del acto
conyugal".
No se trata, pues, aquí de ninguna otra cosa sino de
leer en la verdad el "lenguaje del cuerpo", como repetidas veces hemos
dicho en los precedentes análisis bíblicos. La norma moral, enseñada
constantemente por la Iglesia en este ámbito, y recordada y reafirmada
por Pablo VI en su Encíclica, brota de la lectura del "lenguaje del
cuerpo" en la verdad.
Se trata aquí de la verdad, primero en su
dimensión ontológica ("estructura íntima") y luego en consecuencia de
la dimensión subjetiva y psicológica ("significado"). El texto de la
Encíclica subraya que, en el caso en cuestión, se trata de una norma de
la ley natural.
La norma moral de la Encíclica Humanae vitae
sobre el acto matrimonial - 18-7-1984
Catequesis
del Papa del 18 de julio de 1984
Armonía
entre las enseñanzas de la Humanae vitae y la Gaudium et spes
1. En la Encíclica Humanae vitae leemos: "Al exigir que los hombres
observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante
doctrina, la Iglesia enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar
abierto a la transmisión de la vida" (Humanae vitae,
HV 11).
Contemporáneamente el mismo texto considera e incluso pone de relieve
la dimensión subjetiva y psicológica, al hablar del "significado", y
exactamente, de los "dos significados del acto conyugal".
El
significado surge en la conciencia con la relectura de la verdad
(ontológica) del objeto. Mediante esta relectura, la verdad (ontológica)
entra, por así decirlo, en la dimensión cognoscitiva: subjetiva y
psicológica.
La "Humanae vitae" parece dirigir particularmente
nuestra atención hacia esta última dimensión. Esto se confirma por lo
demás, indirectamente, también con la frase siguiente: "Nos pensamos que
los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en
grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este
principio fundamental" (Humanae vitae,
HV 12).
2. Este "carácter razonable" hace referencia no sólo a la verdad en la
dimensión ontológica, o sea, a lo que corresponde a la estructura real
del acto conyugal. Se refiere también a la misma verdad en su dimensión
subjetiva y psicológica, es decir, a la recta comprensión de la íntima
estructura del acto conyugal, o sea, a la adecuada relectura de los
significados que corresponden a tal estructura y de su inseparable
conexión, en orden a una conducta moralmente recta. En esto consiste
precisamente la norma moral y la correspondiente regulación de los actos
humanos en la esfera de la sexualidad. En este sentido, decimos, que la
norma moral se identifica con la relectura, en la verdad, del "lenguaje
del cuerpo".
3. La Encíclica "Humanae vitae" contiene por
tanto, la norma moral y su motivación, o al menos, una profundización de
lo que constituye la motivación de la norma. Por otra parte, dado que
en la norma se expresa de manera vinculante el valor moral, se sigue de
ello que los actos conformes a la norma son moralmente rectos; y en
cambio, los actos contrarios, son intrínsecamente ilícitos. El autor de
la Encíclica subraya que tal norma pertenece a la "ley natural", es
decir, que está en conformidad con la razón como tal. La Iglesia enseña
esta norma, aunque no esté expresada formalmente (es decir,
literalmente) en la Sagrada Escritura; y lo hace con la convicción de
que la interpretación de los preceptos de la ley natural pertenecen a la
competencia del Magisterio.
Podemos, sin embargo, decir más.
Aunque la norma moral, formulada así en la Encíclica "Humanae vitae", no
se halla literalmente en la Sagrada Escritura, sin embargo, por el
hecho de estar contenida en la Tradición y -como escribe el Papa Pablo
VI- haber sido "otras muchas veces expuesta por el Magisterio" (Humanae
vitae,
HV 12)
a los fieles, resulta que esta norma corresponde al conjunto de la
doctrina revelada contenida en las fuentes bíblicas (Humanae vitae,
HV 4).
4. Se trata aquí no sólo del conjunto de la doctrina moral contenida en
la Sagrada Escritura, de sus premisas esenciales y del carácter general
de su contenido, sino también de ese conjunto más amplio, al que hemos
dedicado anteriormente numerosos análisis, al tratar de la "teología del
cuerpo".
Propiamente, desde el fondo de este amplio conjunto,
resulta evidente que la citada norma moral pertenece no sólo a la ley
moral natural, sino también al orden moral revelado por Dios: también
desde este punto de vista ello no podría ser de otro modo, sino
únicamente tal cual lo han trasmitido la tradición y el magisterio y, en
nuestros días, la Encíclica "Humanae vitae", como documento
contemporáneo de este magisterio.
Pablo VI escribe: "Nos
pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se
encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y
humano de este principio fundamental" (Humanae vitae,
HV 12).
Podemos añadir: ellos pueden comprender, también, su profunda
conformidad con todo lo que transmite la Tradición, derivada de las
fuentes bíblicas. Las bases de esta conformidad deben buscarse
particularmente en la antropología bíblica. Por otra parte, es sabido el
significado que la antropología tiene para la ética, o sea, para la
doctrina moral. Parece, pues, que es del todo razonable buscar
precisamente en la "teología del cuerpo" el fundamento de la verdad de
las normas que se refieren a la problemática tan fundamental del hombre
en cuanto "cuerpo": "los dos serán una misma carne" (
Gn 2,24).
5. La norma de la Encíclica "Humanae vitae" afecta a todos los hombres,
en cuanto que es una norma de la ley natural y se basa en la
conformidad con la razón humana (cuando ésta, se entiende, busca la
verdad). Con mayor razón ella concierne a todos los fieles, miembros de
la Iglesia, puesto que el carácter razonable de esta norma encuentra
indirectamente confirmación y sólido sostén en el conjunto de la
"teología del cuerpo". Desde este punto de vista hemos hablado, en
anteriores análisis, del "ethos" de la redención del cuerpo.
La
norma de la ley natural, basada en este "ethos", encuentra no solamente
una nueva expresión, sino también un fundamento más pleno antropológico y
ético, bien sea en la palabra del Evangelio, bien sea en la acción
purificante y fortificante del Espíritu Santo.
Hay, pues,
razones suficientes para que los creyentes y, en particular los teólogos
relean y comprendan cada vez más profundamente la doctrina moral de la
Encíclica en este contexto integral.
Las reflexiones, que desde
hace tiempo venimos haciendo, constituyen precisamente un intento de una
relectura así.
Armonía entre las enseñanzas de la Humanae vitae
y la Gaudium et spes - 25-7-1984.
Autor: Juan Pablo II.
Transcrito por: Cristobal Aguilar.