Jueves, 08 de abril de 2010
CATEQUESIS SOBRE EL MATRIMONIO DE JUAN PABLO II

Los textos de los Profetas tienen gran importancia para comprender el matrimonio como alianza de personas (a imagen de la Alianza de Yavé con Israel) y, en particular, para comprender la alianza sacramental del hombre y de la mujer en la dimensión del signo. El "lenguaje del cuerpo" entra - como ya hemos considerado anteriormente - en la estructura integral del signo sacramental, cuyo principal sujeto es el hombre, varón y mujer. Las palabras del consentimiento conyugal constituyen este signo, porque en ellas halla expresión el significado nupcial del cuerpo en su masculinidad y feminidad. Este significado se expresa, sobre todo, por las palabras: "Yo te recibo... como esposa... esposo". Por lo demás, con estas palabras se confirma la "verdad" esencial del lenguaje del cuerpo y queda excluida también (al menos indirectamente, implicite) la "no-verdad" esencial, la falsedad del lenguaje del cuerpo. Efectivamente, el cuerpo dice la verdad por medio del amor, la fidelidad, la honestidad conyugal, así como la no verdad, o sea, la falsedad. se expresa por medio de todo lo que es negación del amor, de la fidelidad, de la honestidad conyugal. Se puede decir, pues, que, en el momento de pronunciar las palabras del consentimiento matrimonial, los nuevos esposos se sitúan en la línea del mismo "profetismo del cuerpo", cuyo portavoz fueron los antiguos Profetas. El "lenguaje del cuerpo", expresado por boca de los ministros del matrimonio como sacramento de la Iglesia, instituye el mismo signo visible de la Alianza y de la gracia que - remontándose en su origen al misterio de la creación - se alimenta continuamente con la fuerza de la "redención del cuerpo", ofrecida por Cristo a la Iglesia.

2. Según los textos proféticos, el cuerpo humano habla un "lenguaje", del que no es el autor. Su autor es el hombre que, como varón y mujer, esposo y esposa, relee correctamente el significado de este "lenguaje". Relee, pues, el significado nupcial del cuerpo como integralmente grabado en la estructura de la masculinidad o feminidad del sujeto personal. Una relectura correcta "en la verdad" es condición indispensable para proclamar esta verdad, o sea, para instituir el signo visible del matrimonio como sacramento. Los esposos proclaman precisamente este "lenguaje del cuerpo", releído en la verdad, como contenido y principio de su nueva vida en Cristo y en la Iglesia. Sobre la base del "profetismo del cuerpo", los ministros del sacramento del matrimonio realizan un acto de carácter profético. Confirman de este modo su participación en la misión profética de la Iglesia, recibida de Cristo. "Profeta" es aquel que expresa con palabras humanas la verdad que proviene de Dios, aquel que profiere esta verdad en lugar de Dios, en su nombre y, en cierto sentido, con su autoridad.

3. Todo esto se refiere a los nuevos esposos, que, como ministros del sacramento del matrimonio, instituyen con las palabras del consentimiento conyugal el signo visible, proclamando el "lenguaje del cuerpo", releído en la verdad, como contenido v principio de su nueva vida en Cristo y en la Iglesia. Esta proclamación "profética" tiene un carácter complejo. El consentimiento conyugal es, al mismo tiempo, anuncio y causa del hecho de que, de ahora en adelante, ambos serán ante la Iglesia y la sociedad marido y mujer. (Entendemos este anuncio como "indicación" en el sentido ordinario del término). Sin embargo, el consentimiento conyugal tiene sobre todo el carácter de una recíproca profesión de los nuevos esposos, hecha ante Dios. Basta detenerse con atención en el texto, para convencerse de que esa proclamación profética del lenguaje del cuerpo, releído en la verdad, está inmediata y directamente dirigida del "yo" al "tú": del hombre a la mujer y de ella a él. Precisamente tienen puesto central en el consentimiento conyugal las palabras que indican el sujeto personal, los pronombres "yo" y "a ti". El "lenguaje del cuerpo", relegado en la verdad de su significado nupcial, constituye, mediante las palabras de los nuevos esposos, la unión-comunión de las personas. Si el consentimiento conyugal tiene carácter profético, si es la proclamación de la verdad que proviene de Dios y, en cierto sentido, la enunciación de esta verdad en el nombre de Dios, esto se realiza sobre todo en la dimensión de la comunión interpersonal, y sólo indirectamente "ante" los otros y "por" los otros.

4. En el fondo de las palabras pronunciadas por los ministros del sacramento del matrimonio, está el perenne "lenguaje del cuerpo", al que Dios "dio comienzo" al crear al hombre como varón y mujer: lenguaje que ha sido renovado por Cristo. Este perenne "lenguaje del cuerpo" lleva en sí toda la riqueza y profundidad del misterio: primero de la creación, luego de la redención. Los esposos, al realizar el signo visible del sacramento mediante las palabras de su consentimiento conyugal, expresan en él "el lenguaje del cuerpo", con toda la profundidad del misterio de la creación y de la redención (la liturgia del sacramento del matrimonio ofrece un rico contexto de ello). Al releer de este modo "el lenguaje del cuerpo", los esposos no sólo incluyen en las palabras del consentimiento conyugal la plenitud subjetiva de la profesión, indispensable para realizar el signo propio de este sacramento, sino que lleguen también, en cierto sentido, a las fuentes mismas de las que ese signo toma cada vez su elocuencia profética y su fuerza sacramental. No es lícito olvidar que "el lenguaje del cuerpo" antes de ser pronunciado por los labios de los esposos, ministros del matrimonio como sacramento de la Iglesia, ha sido pronunciado por la palabra del Dios vivo, comenzando por el libro del Génesis, a través de los Profetas de la Antigua Alianza, hasta el autor de la Carta a los Efesios.

5. Empleamos aquí varias voces la expresión "lenguaje del cuerpos" refiriéndonos a los textos proféticos. En estos textos, como ya hemos dicho, el cuerpo humano habla un "lenguaje", del que no es autor en el sentido propio del término. El autor es el hombre - varón y mujer - que relée el verdadero sentido de ese "lenguaje", poniendo de relieve el significado nupcial del cuerpo como grabado integralmente en la estructura misma de la masculinidad y feminidad del sujeto personal. Esta relectura "en la verdad" del lenguaje del cuerpo confiere, ya de por sí, un carácter profético a las palabras del consentimiento conyugal, por medio de las cuales, el hombre y la mujer realizan el signo visible del matrimonio como sacramento de la Iglesia. Sin embargo, estas palabras contienen algo más que una simple relectura en la verdad de ese lenguaje, del que habla la feminidad y la masculinidad de los nuevos esposos en su relación recíproca: "Yo te recibo como mi esposa - como mi esposo". En las palabras del consentimiento conyugal están incluidos: el propósito, la decisión y la opción. Los dos esposos deciden actuar en conformidad con el lenguaje del cuerpo, releído en la verdad. Si el hombre, varón y mujer, es el autor de ese lenguaje, lo es, sobre todo, en cuanto quiere conferir, y efectivamente confiere a su comportamiento y a sus acciones el significado conforme con la elocuencia releída de la verdad de la masculinidad y de la feminidad en la recíproca relación conyugal.

6. En este ámbito el hombre es artífice de las acciones que tienen, de por sí, significados definidos. Es, pues, artífice de las acciones y, a la vez, autor de su significado. La suma de estos significados constituye, en cierto sentido, el conjunto del "lenguaje del cuerpo", con el que los esposos deciden hablar entre sí como ministros del sacramento del matrimonio. El signo que ellos realizan con las palabras del consentimiento conyugal no es un mero signo inmediato y pasajero, sino un signo de perspectiva que reproduce un efecto duradero, esto es, el vínculo conyugal, único e indisoluble ("todos los días de mi vida", es decir, hasta la muerte). En esta perspectiva deben llenar ese signo del múltiple contenido que ofrece la comunión conyugal y familiar de las personas, y también del contenido que, nacido "del lenguaje del cuerpo", es continuamente releído en la verdad. De este modo, la "verdad" esencial del signo permanecerá orgánicamente vinculada al ethos de la conducta conyugal. En esta verdad del signo y, consiguientemente, en el ethos de la conducta conyugal, se inserta con gran perspectiva el significado procreador del cuerpo, es decir, la paternidad y la maternidad de las que ya hemos tratado. A la pregunta: "¿Estáis dispuestos a recibir de Dios, responsable y amorosamente, los hijos y a educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?", el hombre y la mujer responden: "Sí, estamos dispuestos".

Y por ahora dejamos para otros encuentros profundizaciones ulteriores del tema.

El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia - 26-1-1983



Catequesis del Papa del 26 de enero de 1983

Leer en la verdad "el lenguaje del cuerpo"

1. El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia se constituye cada vez según esa dimensión que le es propia desde el "principio", y al mismo tiempo se constituye sobre el fundamento del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia, como la expresión única c irrepetible de la alianza entre "este" hombre y "esta" mujer, que son ministros del matrimonio como sacramento de su vocación y de su vida. Al decir que el signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia se constituye sobre la base del "lenguaje del cuerpo", nos servimos de la analogía (analogía attributionis), que hemos tratado de esclarecer ya anteriormente. Es obvio que el cuerpo, como tal, no "habla", sino que habla el hombre, releyendo lo que exige ser expresado precisamente, basándose en el "cuerpo", en la masculinidad o feminidad del sujeto personal, más aún, basándose en lo que el hombre puede expresar únicamente por medio del cuerpo.

En este sentido, el hombre - varón o mujer - no sólo habla con el lenguaje del cuerpo, sino que en cierto sentido permite al cuerpo hablar "por él" y "de parte de él": diría, en su nombre y con su autoridad personal. De este modo, también el concepto de "profetismo del cuerpo" parece tener fundamento: el "pro-feta", efectivamente, es aquel que habla "por" y "de parte de" en nombre y con la autoridad de una persona.

2. Los nuevos esposos son conscientes de esto cuando, al contraer el matrimonio, realizan su signo visible. En la perspectiva de la vida en común y de la vocación conyugal, ese signo inicial, signo originario del matrimonio como sacramento de la Iglesia, será colmado continuamente por el "profetismo del cuerpo". Los cuerpos de los esposos hablarán "por" y "de parte de" cada uno de ellos, hablarán en el nombre y con la autoridad de la persona, de cada una de las personas, entablando el diálogo conyugal, propio de su vocación y basado en el lenguaje del cuerpo, releído a su tiempo oportuna y continuamente, ¡y es necesario que sea releído en la verdad! Los cónyuges están llamados a construir su vida y su convivencia como "comunión de las personas" sobre la base de ese lenguaje. Puesto que al lenguaje corresponde un conjunto de significados, los esposos -a través de su conducta y comportamiento, a través de sus acciones y expresiones ("expresiones de ternura": Gaudium et spes,49) están llamados a convertirse en los autores de estos significados del "lenguaje del cuerpo", por el cual, en consecuencia, se construyen y profundizan continuamente el amor, la fidelidad, la honestidad conyugal y esa unión que permanece indisoluble hasta la muerte.

3. El signo del matrimonio como sacramento de la Iglesia se forma cabalmente por esos significados, de los que son autores los esposos. Todos estos significados dan comienzo y. en cierto sentido, quedan "programados" de modo sintético en el consentimiento matrimonial, a fin de construir luego -de modo más analítico, día tras día- el mismo signo, identificándose con él en la dimensión de toda la vida. Hay un vínculo orgánico entre el releer en la verdad el significado integral del "lenguaje del cuerpo" y el consiguiente empleo de ese lenguaje en la vida conyugal. En este último ámbito el ser humano - varón y mujer - es el autor de los significados del "lenguaje del cuerpo". Esto implica que tal lenguaje, del que él es autor, corresponda a la verdad que ha sido releída. Basándonos en la tradición biblia, hablamos aquí del "profetismo del cuerpo". Si el ser humano - varón y mujer - en el matrimonio (e indirectamente también en todos los sectores de la convivencia mutua) confiere a su comportamiento un significado conforme a la verdad fundamental del lenguaje del cuerpo, entonces también él mismo "está en la verdad". En el caso contrario, comete mentira y falsifica el lenguaje del cuerpo.

4. Si nos situamos en la línea de perspectiva del consentimiento matrimonial que -como ya hemos dicho- ofrece a los esposos una participación especial en la misión profética de la Iglesia, transmitida por Cristo mismo, podemos servirnos, a este propósito, también de la distinción bíblica entre profetas "verdaderos" y profetas "falsos". A través del matrimonio como sacramento de la Iglesia, el hombre y la mujer están llamados de modo explícito a dar -sirviéndose correctamente del "lenguaje del cuerpo"- el testimonio del amor nupcial y procreador, testimonio digno de "verdaderos profetas". En esto consiste el significado justo y la grandeza del consentimiento matrimonial en el sacramento de la Iglesia.

5. La problemática del signo sacramental del matrimonio tiene carácter profundamente antropológico. La formamos basándonos en la antropología teológica y en particular sobre lo que, desde el comienzo de las presentes consideraciones, hemos definido como "teología del cuerpo". Por ello, al continuar estos análisis, debemos tener siempre ante los ojos las consideraciones precedentes, que se refieren al análisis de las palabras-clave de Cristo (decimos "palabras-clave" porque nos abren - como la llave - cada una de las dimensiones de la antropología teológica, especialmente de la teología del cuerpo). Al formar sobre esta base el análisis del signo sacramental del matrimonio, del cual - incluso después del pecado original - siempre son partícipes el hombre y la mujer, como "hombre histórico", debemos recordar constantemente el hecho de que ese hombre "histórico", varón y mujer, es, al mismo tiempo, el "hambre de la concupiscencia", como tal, cada hombre y cada mujer entran en la historia de la salvación y están implicados en ella mediante el sacramento, que es signo visible de la alianza y de la gracia.

Por lo cual, en el contexto de las presentes reflexiones sobre la estructura sacramental del signo del. matrimonio, debemos tener en cuenta no sólo lo que Cristo dijo sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio, haciendo referencia al "principio", sino también (y todavía más) lo que expresó en el sermón de la montaña, cuando apeló al "corazón humano".

Leer en la verdad "el lenguaje del cuerpo" - 9-2-1983



Catequesis del Papa del 9 de febrero de 1983

Las enseñanzas de la Encíclica Humanae vitae

1. Dijimos ya que en el contexto de las presentes reflexiones sobre la estructura del matrimonio como signo sacramental, debemos tener en cuenta no sólo lo que Cristo declaró sobre la unidad e indisolubilidad, haciendo referencia al "principio", sino también (y aún más) lo que dijo en el sermón de la montaña, cuando apeló al "corazón humano". Aludiendo al mandamiento "No adulterarás", Cristo habló de "adulterio en el corazón": "Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt 5,28).

Así, pues, al afirmar que el signo sacramental del matrimonio - signo de la alianza conyugal del hombre y de la mujer - se forma basándose en el "lenguaje del cuerpo" una vez releído en la verdad (y releído continuamente), nos damos cuenta de que el que relee este "lenguaje" y luego lo expresa, en desacuerdo con las exigencias propias del matrimonio como pacto y sacramento, es natural y moralmente el hombre de la concupiscencia: varón y mujer, entendidos ambos como el "hombre de la concupiscencia". Los Profetas del Antiguo Testamento tienen ante los ojos ciertamente a este hombre cuando, sirviéndose de una analogía, censuran el "adulterio de Israel y de Judá". El análisis de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña nos lleva a comprender más profundamente el "adulterio" mismo. Y a la vez nos lleva a la convicción de que el "corazón" humano no es tanto "acusado y condenado" por Cristo a causa de la concupiscencia (concupiscencia carnis), cuanto, ante todo, "llamado". Aquí se da una decisiva divergencia entre la antropología (o la hermenéutica antropológica) del Evangelio y algunos influyentes representantes de la hermenéutica contemporánea del hombre (los llamado dos maestros de la sospecha).

2. Pasando al terreno de nuestro análisis presente, podemos constatar que, aunque el hombre, a pesar del signo sacramental del matrimonio, a pesar del consentimiento matrimonial y de su realización, permanezca siendo naturalmente el "hombre de la concupiscencia", sin embargo es, a la vez, el hombre de la "llamada". Es "llamado" a través del misterio de la redención del cuerpo, misterio divino, que es simultáneamente - en Cristo y por Cristo en cada hombre - realidad humana. Además, ese misterio comporta un determinado ethos que por esencia es "humano", y al que ya hemos llamado antes ethos de la redención.

3. A la luz de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña, a la luz de todo el Evangelio y de la Nueva Alianza, la triple concupiscencia (y en particular la concupiscencia de la carne) no destruye la capacidad de releer en la verdad el "lenguaje del cuerpo" - y de releerlo continuamente de un modo más maduro y pleno -, en virtud del cual se constituye el signo sacramental tanto en su primer momento litúrgico, como, luego, en la dimensión de toda la vida. A esta luz hay que constatar que, si la concupiscencia de por sí engendra múltiples "errores" al releer el "lenguaje del cuerpo" y juntamente con esto engendra incluso el "pecado", el mal moral, contrario a la virtud de la castidad (tanto conyugal como extraconyugal), sin embargo, en el ámbito del ethos de la redención queda siempre la posibilidad de pasar del "error" a la "verdad", como también la posibilidad de retorno, o sea, de conversión, del pecado a la castidad, como expresión de una vida según el Espíritu (Ga 5,16).

4. De este modo, en la óptica evangélica y cristiana del problema, el hombre "histórico" (después del pecado original), basándose en el "lenguaje del cuerpo" releído en la verdad, es capaz - como varón y mujer - de constituir el signo sacramental del amor, de la fidelidad y de la honestidad conyugal, y esto como signo duradero: "Serte fiel siempre en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y amarte y respetarte todos los días de mi vida". Esto significa que el hombre es, de modo real, autor de los significados por medio de los cuales, después de haber releído en la verdad el "lenguaje del cuerpo", es incluso capaz de formar en la verdad ese lenguaje en la comunión conyugal y familiar de las personas. Es capaz de ello también como "hombre de la concupiscencia", al ser 'llamado" a la vez por la realidad de la redención de Cristo (simul lapsus et redemptus).

5. Mediante la dimensión del signo, propia del matrimonio como sacramento, se confirma la específica antropología teológica, la específica hermenéutica del hombre, que en este caso podría llamarse también "hermenéutica del sacramento", porque permite comprender al hombre basándose en el análisis del signo sacramental. El hombre - varón y mujer - como ministro del sacramento, autor (co-autor) del signo sacramental, es sujeto consciente y capaz de autodeterminación. Sólo sobre esta base puede ser el autor del "lenguaje del cuerpo", puede ser también autor (co-autor) del matrimonio como signo: signo de la divina creación y "redención del cuerpo". El hecho de que el hombre (el varón y la mujer) es el hombre de la concupiscencia, no prejuzga que sea capaz de releer el lenguaje del cuerpo en la verdad. Es el "hombre de la concupiscencia", pero al mismo tiempo es capaz de discernir la verdad de la falsedad en el lenguaje del cuerpo y puede ser autor de los significados verdaderos (o falsos) de ese lenguaje.

6. Es el hombre de la concupisciencia, pero no está completamente determinado por la "libido" (en el sentido en que frecuentemente se usa este término). Esa determinación significaría que el conjunto de los comportamientos del hombre, incluso también, por ejemplo, la opción por la continencia a causa de motivos religiosos, sólo se explicaría a través de las específicas transformaciones de esta "libido". En tal caso - dentro del ámbito del lenguaje del cuerpo -, el hombre estaría condenado, en cierto sentido, a falsificaciones esenciales: sería solamente el que expresa una específica determinación de parte de la "libido", pero no expresaría la verdad (o la falsedad) del amor nupcial y de la comunión de las personas, aun cuando pensase manifestarla. En consecuencia. estaría condenado, pues, a sospechar de sí mismo y de los otros, respecto a la verdad del lenguaje del cuerpo. A causa de la concupiscencia de la carne podría solamente ser "acusado", pero no podría ser verdaderamente "llamado".

La "hermenéutica del sacramento" nos permite sacar la conclusión de que el hombre es siempre esencialmente "llamado" y no sólo "acusado", y esto precisamente en cuanto "hombre de la concupiscencia".

Las enseñanzas de la Encíclica Humanae vitae - 11-7-1984



Catequesis del Papa del 11 de julio de 1983

La norma moral de la Encíclica Humanae vitae sobre el acto matrimonial

1. Las reflexiones que hasta ahora hemos expuesto acerca del amor humano en el plano divino, quedarían, de algún modo, incompletas si no tratásemos de ver su aplicación concreta en el ámbito de la moral conyugal y familiar. Deseamos dar este nuevo paso, que nos llevará a concluir nuestro ya largo camino, bajo la guía de una importante declaración del Magisterio reciente: la Encíclica "Humanae vitae", que publicó el Papa Pablo VI, en julio de 1968. Vamos a releer este significativo documento a la luz de los resultados a que hemos llegado, examinando el designio inicial de Dios y las palabras de Cristo, que nos remiten a él.

2. "La Iglesia... enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida..." (Humanae vitae, HV 11). "Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador" (Humanae vitae, HV 12).

3. Las consideraciones que voy a hacer se referirán especialmente al pasaje de la Encíclica "Humanae vitae", que trata de los "dos significados del acto conyugal" y de su "inseparable conexión". No intento hacer un comentario a toda la Encíclica, sino más bien explicarla y profundizar en dicho pasaje. Desde el punto de vista de la doctrina moral contenida en el documento citado, este pasaje tiene un significado central. Al mismo tiempo es un párrafo que se relaciona estrechamente con nuestras anteriores reflexiones sobre el matrimonio en su dimensión de signo (sacramental).

Puesto que, según he dicho, se trata de un pasaje central de la Encíclica, resulta obvio que esté inserto muy profundamente en toda su estructura: su análisis, en consecuencia, debe orientarse hacia las diversas componentes de esa estructura, aunque la intención no sea comentar todo el texto.

4. En las reflexiones acerca del signo sacramental, se ha dicho ya varias veces que está basado sobre "el lenguaje del cuerpo" releido en la verdad. Se trata de una verdad afirmada por primera vez al principio del matrimonio, cuando los nuevos esposos, prometiéndose mutuamente "ser fieles siempre... y amarse y respetarse durante todos los días de su vida", se convierten en ministros del matrimonio como sacramento de la Iglesia.

Se trata, por tanto, de una verdad que por decirlo así, se afirma siempre de nuevo. En efecto, el hombre y la mujer, viviendo en el matrimonio "hasta la muerte", reproponen siempre, en cierto sentido, ese signo que ellos pusieron ­a través de la liturgia del sacramento­ el día de su matrimonio.

Las palabras antes citadas de la Encíclica del Papa Pablo VI se refieren a ese momento de la vida común de los cónyuges, en el cual, al unirse mediante el acto conyugal, ambos vienen a ser, según la expresión bíblica, "una sola carne" (Jn 2,24). Precisamente en ese momento tan rico de significado, es también particularmente importante que se relea el "lenguaje del cuerpo" en la verdad. Esa lectura se convierte en condición indispensable para actuar en la verdad, o sea, para comportarse en conformidad con el valor y la norma moral.

5. La Encíclica no sólo recuerda esta norma, sino que intenta también darle su fundamento adecuado. Para aclarar más a fondo esa "inseparable conexión que Dios ha querido... entre los dos significados del acto conyugal", Pablo VI continúa así en la frase siguiente: "...el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer" (Humanae vitae, HV 12).

Podemos observar cómo en la frase precedente el texto recién citado trata, sobre todo, del "significado" y en la frase sucesiva, de la "íntima estructura" (es decir, de la naturaleza) de la relación conyugal. Definiendo esta "íntima estructura", el texto hace referencia a las "leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer".

El paso de la frase, que expresa la norma moral, a la frase que la explica y motiva, es particularmente significativo. La Encíclica nos induce a buscar el fundamento de la norma, que determina la moralidad de las acciones del hombre y de la mujer en el acto conyugal, en la naturaleza de este mismo acto y, todavía más profundamente, en la naturaleza de los sujetos mismos que actúan.

6. De este modo, la "íntima estructura" (o sea, la naturaleza) del acto conyugal constituye la base necesaria para una adecuada lectura y descubrimiento de los significados, que deben ser transferidos a la conciencia y a las decisiones de las personas agentes, y también la base necesaria para establecer la adecuada relación entre estos significados, es decir, su inseparabilidad. Dado que, "el acto conyugal..." ­a un mismo tiempo­ "une profundamente a los esposos", y, a la vez, "los hace aptos para la generación de nuevas vidas"; y tanto una cosa como otra se realizan "por su íntima estructura"; de todo se deriva en consecuencia que la persona humana (con la necesidad propia de la razón, la necesidad lógica) "debe" leer contemporáneamente los "dos significados del acto conyugal" y también la "inseparable conexión... entre los dos significados del acto conyugal".

No se trata, pues, aquí de ninguna otra cosa sino de leer en la verdad el "lenguaje del cuerpo", como repetidas veces hemos dicho en los precedentes análisis bíblicos. La norma moral, enseñada constantemente por la Iglesia en este ámbito, y recordada y reafirmada por Pablo VI en su Encíclica, brota de la lectura del "lenguaje del cuerpo" en la verdad.

Se trata aquí de la verdad, primero en su dimensión ontológica ("estructura íntima") y luego ­en consecuencia­ de la dimensión subjetiva y psicológica ("significado"). El texto de la Encíclica subraya que, en el caso en cuestión, se trata de una norma de la ley natural.

La norma moral de la Encíclica Humanae vitae sobre el acto matrimonial - 18-7-1984



Catequesis del Papa del 18 de julio de 1984

Armonía entre las enseñanzas de la Humanae vitae y la Gaudium et spes

1. En la Encíclica Humanae vitae leemos: "Al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante doctrina, la Iglesia enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida" (Humanae vitae, HV 11).

Contemporáneamente el mismo texto considera e incluso pone de relieve la dimensión subjetiva y psicológica, al hablar del "significado", y exactamente, de los "dos significados del acto conyugal".

El significado surge en la conciencia con la relectura de la verdad (ontológica) del objeto. Mediante esta relectura, la verdad (ontológica) entra, por así decirlo, en la dimensión cognoscitiva: subjetiva y psicológica.

La "Humanae vitae" parece dirigir particularmente nuestra atención hacia esta última dimensión. Esto se confirma por lo demás, indirectamente, también con la frase siguiente: "Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental" (Humanae vitae, HV 12).

2. Este "carácter razonable" hace referencia no sólo a la verdad en la dimensión ontológica, o sea, a lo que corresponde a la estructura real del acto conyugal. Se refiere también a la misma verdad en su dimensión subjetiva y psicológica, es decir, a la recta comprensión de la íntima estructura del acto conyugal, o sea, a la adecuada relectura de los significados que corresponden a tal estructura y de su inseparable conexión, en orden a una conducta moralmente recta. En esto consiste precisamente la norma moral y la correspondiente regulación de los actos humanos en la esfera de la sexualidad. En este sentido, decimos, que la norma moral se identifica con la relectura, en la verdad, del "lenguaje del cuerpo".

3. La Encíclica "Humanae vitae" contiene por tanto, la norma moral y su motivación, o al menos, una profundización de lo que constituye la motivación de la norma. Por otra parte, dado que en la norma se expresa de manera vinculante el valor moral, se sigue de ello que los actos conformes a la norma son moralmente rectos; y en cambio, los actos contrarios, son intrínsecamente ilícitos. El autor de la Encíclica subraya que tal norma pertenece a la "ley natural", es decir, que está en conformidad con la razón como tal. La Iglesia enseña esta norma, aunque no esté expresada formalmente (es decir, literalmente) en la Sagrada Escritura; y lo hace con la convicción de que la interpretación de los preceptos de la ley natural pertenecen a la competencia del Magisterio.

Podemos, sin embargo, decir más. Aunque la norma moral, formulada así en la Encíclica "Humanae vitae", no se halla literalmente en la Sagrada Escritura, sin embargo, por el hecho de estar contenida en la Tradición y -como escribe el Papa Pablo VI- haber sido "otras muchas veces expuesta por el Magisterio" (Humanae vitae, HV 12) a los fieles, resulta que esta norma corresponde al conjunto de la doctrina revelada contenida en las fuentes bíblicas (Humanae vitae, HV 4).

4. Se trata aquí no sólo del conjunto de la doctrina moral contenida en la Sagrada Escritura, de sus premisas esenciales y del carácter general de su contenido, sino también de ese conjunto más amplio, al que hemos dedicado anteriormente numerosos análisis, al tratar de la "teología del cuerpo".

Propiamente, desde el fondo de este amplio conjunto, resulta evidente que la citada norma moral pertenece no sólo a la ley moral natural, sino también al orden moral revelado por Dios: también desde este punto de vista ello no podría ser de otro modo, sino únicamente tal cual lo han trasmitido la tradición y el magisterio y, en nuestros días, la Encíclica "Humanae vitae", como documento contemporáneo de este magisterio.

Pablo VI escribe: "Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental" (Humanae vitae, HV 12). Podemos añadir: ellos pueden comprender, también, su profunda conformidad con todo lo que transmite la Tradición, derivada de las fuentes bíblicas. Las bases de esta conformidad deben buscarse particularmente en la antropología bíblica. Por otra parte, es sabido el significado que la antropología tiene para la ética, o sea, para la doctrina moral. Parece, pues, que es del todo razonable buscar precisamente en la "teología del cuerpo" el fundamento de la verdad de las normas que se refieren a la problemática tan fundamental del hombre en cuanto "cuerpo": "los dos serán una misma carne" (Gn 2,24).

5. La norma de la Encíclica "Humanae vitae" afecta a todos los hombres, en cuanto que es una norma de la ley natural y se basa en la conformidad con la razón humana (cuando ésta, se entiende, busca la verdad). Con mayor razón ella concierne a todos los fieles, miembros de la Iglesia, puesto que el carácter razonable de esta norma encuentra indirectamente confirmación y sólido sostén en el conjunto de la "teología del cuerpo". Desde este punto de vista hemos hablado, en anteriores análisis, del "ethos" de la redención del cuerpo.

La norma de la ley natural, basada en este "ethos", encuentra no solamente una nueva expresión, sino también un fundamento más pleno antropológico y ético, bien sea en la palabra del Evangelio, bien sea en la acción purificante y fortificante del Espíritu Santo.

Hay, pues, razones suficientes para que los creyentes y, en particular los teólogos relean y comprendan cada vez más profundamente la doctrina moral de la Encíclica en este contexto integral.

Las reflexiones, que desde hace tiempo venimos haciendo, constituyen precisamente un intento de una relectura así.

Armonía entre las enseñanzas de la Humanae vitae y la Gaudium et spes - 25-7-1984.

Autor: Juan Pablo II.
Transcrito por: Cristobal Aguilar.

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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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