Domingo, 04 de abril de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - SOBRE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESÚS Y SU NIÑEZ

Además de hablar en este comienzo del SEXTO LIBRO sobre la niñez y pasión de nuestro Señor, también se habla sobre el inmenso poder de intercesión que tiene la Vírgen para sacar almas del purgatorio, de ese estado o lugar en el que no se tiene todavia la visión de Dios.

La Virgen María habla a santa Brígida de la niñez de Jesús, de su hermosura y divinos atractivos.

 

                   Capítulo 1

 

Yo soy la Reina del cielo, y mi Hijo te ama de todo corazón. Te aconsejo que nada ames sino a Él, porque es tan amable, que si lo tuvieres, no podrías desear ninguna otra cosa; tan hermoso, que comparada su hermosura con la de los elementos o con la de la luz, es ésta como sombra. Cuando criaba yo a mi Hijo, estaba tan precioso, que cuantos lo veían se consolaban de cualquiera pena que tuviesen. Y así, muchos judíos se decían unos a otros: Vamos a ver el Hijo de María, para podernos consolar. Y aun cuando ignoraban que era Hijo de Dios, no obstante, recibían con verlo un gran consuelo.

El cuerpo de mi Hijo era tan limpio, que nunca tuvo el menor insecto, porque éstos reverenciaban a su Hacedor, ni en sus cabellos hubo jamás impureza alguna.

 

 

Vió la Santa en espíritu cómo el demonio huía de una persona que oraba con fervor.

 

                   Capítulo 2

 

Vió santa Brígida un demonio que estaba con las manos atadas junto a uno que se hallaba en oración, y al cabo de una hora dió el demonio un terrible y fuerte grito con gran rugido, y avergonzado se retiró. Acerca de este dijo a la Santa su ángel custodio: Ese demonio inquietó en cierto tiempo a aquel hombre, y tiene atadas las manos, porque no puede prevalecer sobre él, según desea; pues por haber resistido este hombre varonilmente las acometidas del demonio, es voluntad de Dios, que no pueda hacerle daño, según deseara.

 

Con todo, aún tiene el demonio esperanza de poder prevalecer contra él, pero ahora está muy bien atado, y nunca más engañará a este hombre, a quien la gracia de Dios se le aumentará de día en día, y por eso el demonio da alaridos con razón, porque perdió a quien tanto acometía para vencerlo.

 

 

Exhorta Jesucristo a la predicación de su palabra, prometiendo grandes tesoros a sus ministros.

 

                   Capítulo 3

 

El que tiene el oro de la sabiduría de su Señor, dice Jesucristo a la Santa, está obligado a hacer tres cosas: primero, debe distribuirlo a los que lo quieran y a los que no lo quieran; debe, en segundo lugar, ser sufrido y circunspecto; y por último, ha de ser justo y equitativo en distribuir.

El que posea esas virtudes, tiene mi oro, que es de mi sabiduría; y así como no hay metal más precioso que el oro, tampoco hay en la Escritura nada más digno que mi sabiduría. De esta sabiduría he llenado el espíritu de ese por quien tú pides; y así debe predicar mi Evangelio con valor, como soldado mío, y no solamente a los que deseen oirle, sino a los que no quieran, debe hablarles de mi misericordia.

 

Ha de ser también sufrido por mi nombre, sabiendo que tiene un Señor que oyó toda clase de injurias y oprobios. Y encargo, por último, que sea equitativo en distribuir igualmente al pobre que al rico; con ninguno guarde contemplación, a nadie tema, porque yo estoy en él, y él en mí. ¿Quién ha de dañarle, siendo yo Omnipotente en él y fuera de él? Daréle por su trabajo una preciosa paga, que no será nada corporal ni terreno, sino a mí mismo, en quien reside todo bien y dicha, y en quien se encuentra toda abundancia.

 

 

                   Capítulo 4

 

Yo soy tu Creador y tu Esposo. Tú, nueva esposa mía, has pecado hoy de cuatro modos, cuando te pusiste colérica. Primeramente, porque estuviste impaciente en tu corazón al oir aquellas palabras, al paso que yo padecí por ti azotes, y puesto delante de un juez, no respondí una palabra. En segundo lugar, porque respondiste con mayor acrimonia, y levantaste mucho tu voz recoviniendo, mientras que yo, clavado de pies y manos, miré al cielo, y no abrí mis labios. Me ofendiste, en tercer lugar, pues por mí deberías sufrirlo todo con paciencia. Y faltaste, por último, porque con tu paciencia no aprovechaste a tu prójimo, el cual erró y debió ser llevado a mejor camino.

 

Quiero, pues, que en lo sucesivo no vuelvas a encolerizarte; y si alguien te provocare a ira, no has de hablar hasta que esté tranquilo tu ánimo; y pasada aquella alteración, y bien vista su causa, habla con mansedumbre. Mas si por hablar sobre algunas materias no sirvieres de provecho, ni pecares callando, mejor es que calles, por el mérito de la virtud del silencio.

 

 

Incomparable poder y misericordia de la Virgen María. Siete espantosos tormentos padecidos por el alma de un príncipe en el purgatorio, y eficacia de la limosna, del sacrifico de la misa y de la sagrada comunión, para librarle de ellos.

 

                   Capítulo 5

 

Yo soy la Reina del cielo, dice la Virgen a la Santa; yo soy Madre de la misericordia; yo soy la alegría de los justos y la intercesora de los pecadores para con Dios. En el fuego del purgatorio no hay pena alguna que por mí no se haga más suave y llevadera de lo que de otro modo sería; tampoco hay ningún mortal tan desventurado, que mientras vive, carezca de mi misericordia, pues por mi causa, tientan los demonios menos de lo que en otro caso tentarían; ni hay ninguno tan apartado de Dios, a no ser que del todo estuviere maldito, que si me invocare, no vuelva a Dios y no alcance misericordia.

 

Y porque soy misericordiosa y he alcanzado de mi Hijo misericordia, quiero manifestarte cómo ese difunto amigo tuyo, de quien te compadeces, podrá librarse de los siete castigos de que mi Hijo te ha hablado. Y en primer lugar, se libertará del fuego que por la incontinencia padece, si con arreglo a las tres órdenes que en la Iglesia hay de casadas, viudas y doncellas, hubiese alguien que por el alma de este difunto proporcionara la dote para casar una doncella, para que otra entrase en religión, y para que una viuda pudiese vivir según su estado; porque en cuanto a la incontinencia, pecó tu amigo, excediéndose en las cosas que aun en su estado le fueran lícitas.

 

En segundo lugar, porque en la gula pecó de tres modos: comiendo y bebiendo opípara y excesivamente; teniendo muchos manjares por ostentación y soberbia; y estando mucho tiempo a la mesa, omitiendo a la par las obras de Dios. Y así, el que quisiere satisfacer por estos tres linajes de gula, ha de recoger, en honra de Dios que es trino y uno, tres pobres durante un año entero, y les ha de dar de comer los mismos manjares y tan buenos como los que él tenga en su propia mesa, y no ha de comer hasta que viere comer a esos tres, a fin de que por esta corta tardanza, se borre aquella larga demora que tenía tu amigo cuando se sentaba a la mesa. A esos tres pobres se les ha de proporcionar también los correspondientes vestidos y camas.

 

Lo tercero, por la soberbia que de muchos modos tuvo, debe el que quisiere, reunir siete pobres y una vez a la semana por todo un año lavarles los pies con humildad, diciendo entre tanto en su corazón: Señor mío Jesucristo, que fuísteis preso por los judíos, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que estuvísteis atado a la columna, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que siendo vos inocente, fuísteis condenado por los inicuos, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que fuísteis despojado de vuestras propias vestiduras, y revestido por burla con unos andrajos, tened misericordia de él. Señor mío Jesucristo, que fuísteis azotado tan cruelmente, que se veían todas vuestras costillas, sin que hubiese en vos cosa sana, tened misericordia de él.

 

Señor mío Jesucristo, que fuísteis extendido en la cruz, horadados con clavos vuestros pies y manos, atormentada la cabeza con crueles espinas, anegados en lágrimas vuestros ojos, y vuestra boca y oídos llenos de sangre, tened misericordia de él. Y después de lavarles los pies a esos pobres, les dará de comer, y les suplicará humildemente que pidan por el alma del difunto.

Lo cuarto, pecó en la pereza de tres modos: fué perezoso para ir a la iglesia; perezoso para aprovechar las indulgencias, y perezoso para visitar los sepulcros y reliquias de los Santos.

 

El que quisiere satisfacer por lo primero, ha de ir a la iglesia una vez al mes por espacio de un año, y mandar decir una misa de difunto por el alma de ese tu amigo: por lo segundo, irá siempre que pueda y quiera, y especialmente por dicha alma, a los templos donde hay concedidas indulgencias, y por lo tercero, por medio de persona de confianza envíe su ofrenda a los principales Santos de este reino de Suecia, donde por causa de las indulgencias suele acudir mucha gente devota, como san Erico, san Sigfrido y otros, y el que llevare la ofrenda, ha de ser remunerado por su trabajo.

 

Lo quinto, porque el difunto pecó en vanagloria y alegría; el que quiera satisfacer por él, ha de reunir por espacio de un año una vez al mes los pobres que haya en su distrito o en los inmediatos, y los llevará a una casa, y hará decir delante de ellos una misa de difuntos, y antes de comenzar ésta, el sacerdote suplicará y amonestará a los pobres que rueguen por el alma del finado. Después de la misa se les dará de comer a todos los pobres, de modo que se levanten complacidos de la mesa, para que el difunto se alegre con las oraciones de ellos, y los pobres con la comida.

 

Lo sexto, porque deberá pagar cuanto debe hasta el último maravedí, y mientras estará penando, has de saber, hija mía, que antes de morir y a su muerte tuvo deseo, aunque no tan ardiente como debiera, de pagar todas sus deudas, y por este deseo se halla en estado de salvación; en lo cual puede el hombre ver cuánta es la misericordia de mi Hijo, quien por tan poca cosa da el descanso eterno, y si no hubiese tu amigo tenido ese deseo, se hubiera condenado para siempre.

Por tanto, los parientes que le han sucedido en sus bienes, deben tener deseo de pagar, y en efecto satisfacer sus créditos a todos cuantos supiere les debía el difunto, y al tiempo de pagarles les suplicarán humildemente, que perdonen al alma del difunto, si por la larga demora han sufrido algún perjuicio; pero si no pagaren dichos parientes, tomarán a su cargo la responsabilidad del difunto.

 

A cada monasterio de este reino se ha de enviar también una ofrenda y mandar decir una misa pública, y antes de que se comience se ha de pedir por el alma del finado, para que se aplaque el Señor. Después se dirá una misa de difuntos en cada iglesia parroquial donde tu amigo tuvo sus bienes, y antes de cantarla, el sacerdote, y hallándose presente todo el pueblo, le ha de decir a éste: La presente misa se va a celebrar por el alma de tal príncipe, y en nombre de Jesucristo os ruego, que si en algo os ofendió ese difunto en palabras, obras o por sus órdenes, se lo perdonéis, y ensegnida se acerque al altar.

 

Lo séptimo, porque fué juez, y confió su cargo a vicarios inicuos, por lo cual aunque se halla en el purgatorio, está en manos de los demonios. No obstante, como contra la voluntad de él obraban aquéllos inicuamente, aunque no vigilaba ni atendía como debiera, puede ser libertado de esta pena, si tuviere el auxilio del santísimo cuerpo de mi Hijo, que diariamente es ofrecido en el altar. Pues el pan que en el altar se pone, antes de decir las palabras: Este es mi Cuerpo, es meramente pan; pero después de dichas estas palabras de la consagración, se convierte en el cuerpo de mi Hijo, el cual lo recibió de mí sin mancha alguna, y el cual fué crucificado. Entonces es en espíritu honrado y adorado el Padre por los miembros del Hijo, alegrasé el Hijo con el poder y majestad del Padre, y yo que soy su Madre y lo engendré, soy honrada por todo el ejército celestial. Todos los ángeles se vuelven a él y lo adoran, y las almas de los justos dánle gracias, porque por él fueron redimidas. ¡Qué horrorosa abominación la de los miserables, que toman en sus indignas manos a tan grande y tan digno Señor!

 

Este cuerpo que murió por amor a los hombres, es el que puede libertar de la pena al difunto. Y así deberá decirse una misa de cada solemnidad de mi Hijo, a saber: una de la Natividad, otra de la Circuncisión, otra de Epifanía, otra del Corpus Christi, una de Pasión, otra de Pascua, otra de la Ascensión y una de Pentecostés. Diráse también una misa de cada solemnidad que en mi honor se celebre. Se dirán también nueve misas en honor de los nueve coros de los ángeles; y cuando se vayan a celebrar estas misas, se han de reunir nueve pobres, a quienes se les dará de comer y vestir, para que los ángeles a cuya custodia fué encargado el difunto y a los cuales ofendió de muchas maneras, puedan aplacarse con esta pequeña ofrenda, y presentar su alma a Dios. Dígase además una misa por todos los difuntos, a fin de que con ella obtengan el eterno descanso, y lo alcancen también para el alma de tu amigo.

 

DECLARACIÓN.

 

Fué este un príncipe misericordioso, que después de muerto se apareció a santa Brígida y le dijo: Nada alivia tanto mis penas en el purgatorio, como la oración de los justos y el Sacramento del altar. Pero como fuí príncipe y juez, y encomendé este cargo a los que amaban poco la justicia, me hallo todavía en este destierro, aunque me libertaría de él, si los que debieran ser amigos míos y lo fueron, fuesen más celosos por mi salvación.

 

 

Aconseja la Virgen María a la Santa que no se olvide jamás de la Pasión del Señor, y dícele cómo en dicha Pasión se conmovieron los clelos, la tierra y los abísmos.

 

                   Capítulo 6

 

En la muerte de mi Hijo trastornáronse todas las cosas. Pues la Divinidad, que nunca se apartó de él ni aun en la muerte, parecía como compasiva en aquella última hora, a pesar de que por ser impasible e inmutable, no puede la divinidad padecer dolor ni pena alguna. Mi Hijo padecía dolor en todos sus miembros, hasta en el corazón, sin embargo de ser inmortal, según la divinidad: y tambié su alma que era inmortal, padecía, porque salió del cuerpo. Reunidos los ángeles estaban tambiäen como en sobresalto, al ver a Dios padecer en la tierra según su humanidad.

 

Pero acaso no comprenderás, cómo pueden afligirse los ángeles que son inmortales. Y a esto debo decirte, que como si el justo viese a un amigo suyo padecer algo de que le resultara gran gloria, se alegraría de la gloria que alcanzaba su amigo, aunque se entristecería en cierta manera por el padecimiento; del mismo modo se afligían los ángeles con la pena de mi Hijo, a pesar de ser impasibles; pero alegrábanse de su gloria futura, y del provecho que había de resultar de su Pasión.

 

Trastornáronse además todos los elementos, y en el instante de morir mi Hijo el sol y la luna perdieron su esplendor, tembló la tierra, partiéronse las piedras y abríanse los sepulcros. Conmoviéronse todos los gentiles dondequiera que estuvieron, porque sentían en su corazón a la manera de una punzada dolorosa, aunque ignoraban de dónde provenía. Conmoviéronse también en aquella hora el corazón de los que lo crucificaron, mas no para gloria de ellos. Conmoviéronse además en aquella hora los espíritus inmundos, y trastornáronse como formando todos uno solo. Afligiéronse igualmente mucho los que estaban en el seno de Abraham, al ver de aquel modo padecer a su Señor, Pero nadie puede considerar el dolor que entonces padecía yo, hallándome al lado de mi hijo, y siendo, aunque Virgen, Madre suya.

Por tanto, hija mía, ten siempre en tu memoria la Pasión de mi Hijo, y huye de la inconstancia del mundo, que no es más que una apariencia y una flor que se seca muy pronto.

 

 

La Virgen María se compara a una colmena de dulcísima miel, de la que todos reciben bendición y dulzura.

 

                   Capítulo 7

 

Esposa de mi Hijo, dice la Virgen a la Santa, tú me saludaste y me comparabas a la colmena de abejas. Yo ciertamente, fuí como un colmenar, pues mi cuerpo, antes de unirse al alma, fué como un precioso vaso en el seno de mi madre, y después de mi muerte, fué también como un vaso cuando se hubo separado del alma, hasta que Dios elevó mi alma con mi cuerpo junto a la divinidad. Este vaso fué hecho colmena, cuando aquella abeja bendita, el Hijo de Dios, salió de los cielos, y siendo Dios vivo bajó a mi cuerpo. Mi seno fué un dulcísimo y delicadísimo panal, que había sido preparado con todas las proporciones y complementos para recibir la suavísima miel de la gracia del Espíritu Santo. Llenóse este panal, cuando vino a mí el Hijo de Dios con poder, con amor y con pureza. Vino con poder, porque era mi Señor y mi Dios: vino con amor, porque por el amor que a las almas tuvo, tómo la carne y la cruz, y vino con pureza, porque fué apartado de mí todo el pecado de Adán: y así, el purísimo Hijo de Dios recibió una carne purísima.

 

Pero así como la abeja tiene el aguijón, con el cual no hiere sino cuando se ve perseguida, así también mi Hijo tiene la severidad de la justicia, que con todo no la emplea, sino cuando le provocan los pecadores. A esta divina abeja se le ha pagado mal, pues por su poder fué mi Hijo entregado a los inicuos; por su amor fué puesto en manos crueles; y por su pureza fué desnudado y azotado inhumanamente. Bendita, pues, sea esa abeja que de mi seno hizo para sí un colmenar, y lo llenó con su miel tan copiosamente, que con la dulzura que a mí me dió, se pudiera quitar de la boca de todos aquel sabor envenenado de la antigua serpiente.

 

 

Aconseja el Señor y manda a los suyos, que se den sin reserva a su divino servicio en cuerpo y alma.

 

                   Capítulo 8

 

Tres cosas debes tener, esposa mía, dice el Señor a la Santa, a saber: no seguir sino mi voluntad: no sentarte sino para honra mía, y no permanecer constante sino para provecho de tu divino esposo. Sigues mi voluntad, cuando empleas todo tu tiempo según ella, cuando no comes, ni duermes, ni haces ninguna otra cosa sino según comprendes que agrada a Dios. Permaneces con firmeza, cuando tienes deseo de perseverar en mi servicio. Estás sentada, cuando elevas tu alma únicamente a las cosas celestiales, y consideras cual es la gloria de los Santos y de la vida sempiterna.

 

A estas tres cosas debes agregar otras tres, a saber: debes estar dispuesta en primer lugar como la doncella que va a desposarse, y piensa consigo de este modo: Reuniré para mi esposo, con el cual he de vivir así en lo próspero como en lo adverso, todo cuanto pueda legítimamente de los bienes de mi padre que son perecederos. Has de hacer así, porque tu cuerpo es como padre tuyo, y debes exigirle todo el trabajo que pudieres en favor de los pobres y en otras buenas obras, a fin de que puedas alegrarte con tu esposo, porque tu cuerpo es perecedero; y no lo debes tratar con miramientos en la vida presente, a fin de que resucite después para mejor vida.

 

Piensa, en segundo lugar, y di como la buena esposa: Si mi esposo me ama, ¿de qué debo yo inquietarme? Si está en paz conmigo, ¿a quién tengo que temer? Y así, para que no se enoje conmigo le obsequiaré en lo posible y haré siempre su voluntad.

Piensa, por último contigo misma, que tu esposo es eterno y riquísimo, y que con él tendrás perpetua honra y riquezas eternas; y por tanto, no ames lo perecedero, para que puedas conseguir lo que ha de durar eternamente.

 

 

Trámites por donde conduce y eleva Dios el alma hasta la perfección.

 

                   Capítulo 9

 

Hablaba un ángel al Señor y le decía: Alábeos, Señor mío, todo vuestro ejército por todo vuestro amor. Vos me encomendasteis para que yo la guardase a esta vuestra esposa que está presente, y ahora os la devuelvo. La gané para vos como a una niña, dándole primeramente fruta, y después de comer ésta le dije: Sígueme, hija, hasta más adelante, y te daré dulcísimo vino, porque en la fruta no hay sino un sabor muy sencillo, pero en el vino hay dulzura y fortaleza del alma. Después que gustó el vino, le volví a decir: Sigue todavía más adelante, pues te estoy preparando lo que es para siempre, y en lo cual reside toda dicha.

 

Luego que acabó de hablar el ángel, dijo el Señor a la Santa: Verdad es lo que, oyendolo tú, ha dicho mi siervo. Atraíate éste hacia mi como con fruta, cuando pensabas contigo, que todo cuanto tenías, procedía de mí, y a mí sólo me dabas gracias por ello; pues como en la fruta hay escaso sabor y poco alimento, así entonces no te gustaba mucho mi amor, sino que existía en ti como si hubiese en tu corazón cierto sabor de pensar en Dios. Pasaste más adelante, cuando pensaste contigo de este modo: La gloria de Dios es eterna, y la alegría del mundo muy breve, y al fin el mundo muy inútil.

 

¿De qué me sirve el amar de esta suerte las cosas temporales? Con tal pensamiento comenzaste a abstenerte varonilmente de los placeres del mundo y a hacer en mi nombre todo el bien que podías; y entonces, como movida por el deseo del vino, tuviste más sed de mí. Cuanto después pensaste que yo soy el Señor Omnipotente, de quien procede todo bien, y dejaste tu propia voluntad haciendo la mía, entonces de derecho te hiciste mía, y consentí en tí, y te hice que fueras mia.

Enseguida dijo el Señor al ángel: Siervo mío, tu éres rico en mí, tu honra es eterna, el fuego de tu amor es inextinguible y mi virtud no puede faltarte; tú me has entregado esta esposa mía; pero quiero que todavía la custodies hasta que le llegare su tiempo. Custódiala, no sea que incautamente le infunda el demonio algo malo. Proporciónale vestiduras de virtudes y de completa hermosura. Susténtala con mis palabras, que son como carnes frescas, con las cuales se mejora la sangre, se restablece la carne enferma, y excítase en el alma el placer del bien.

 

He obrado con esta como puede hacer uno con su amigo, a quien por amor y por su bien pone en cautiverio y le dice: Entra en mi casa, amigo, y mira lo que en ella se hace, que es lo que debes hacer. Y entrando en la casa, no le muestra el que lo tiene cautivo las vilísimas serpientes ni los ferocísimos leones que en la misma casa habitan, sino que para consolar a su amigo, le hace aparecer las serpientes como mansísimas ovejas, y los leones como hermosas aves, y le dice a su amigo: Amigo, ten entendido que te amo, y por tu bien te he puesto cautivo, y así cualquiera cosa que vieres, dila a mis amigos, que ellos han de custodiarte y te consolarán de tal modo, más te gustará mi cautiverio que tu propia voluntad.

 

De la misma manera, querida hija, he hecho yo contigo. Te cautivé cuando de tu amor propio te arranqué a mi amor; cuando de los peligros del mundo te llamé a este puerto de quietud. Y así, todo cuanto vieres y oyeres, no lo refieras a nadie, sino a mis amigos que te custodian e instruyen; porque el mismo Espíritu que te ha traído al puerto, te llevará a la patria, y el mismo que te ha traído a buen principio, te llevará al mejor fin.

Fdo. Cristobal Aguilar.


Image Hosted by ImageShack.us
By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
 
¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com Contador de visitas y estadísitcas
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti