Lunes, 29 de marzo de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - SOBRE LAS CUALIDADES DE LA PERSONA Y EL RELIGIOSO (IMPORTANTE)

Jesucristo precave a santa Brígida del vicio de la soberbia.

 

                   Capítulo 81

 

No te turbes con la soberbia de los mundanos, dice Jesucristo, pues pasará muy pronto. Hay un insecto llamado mariposa, que tiene grandes alas y poco cuerpo; es de varios colores y vuela alto a causa de su poco peso, pero así que se remonta por el aire, como tiene poca fuerza en el cuerpo, cae muy pronto en lo más inmediato, sean piedras o leños. Estas mariposas significan los soberbios, los cuales tienen grandes alas y poco cuerpo porque su ánimo se hincha con la soberbia, como un pejello lleno de viento; creen que todo lo tienen por sus méritos, prefiérense a los demás, júzganse más dignos que los otros, y si pudieran extenderían su nombre por todo el mundo. Pero como su vida es breve y como un momento, cuando menos lo piensan, se hallan en poder de la muerte.

 

Los soberbios tienen también varios colores como la mariposa, porque se ensoberbecen, ora de la hermosura corporal, ora de sus riquezas, ya de su talento, ya de su linaje, y después cada cosa de estas varían su posición; pero cuando mueren, no son más que tierra, y cuanto a más alto grado hayan subido, más peligrosa es su caida y muerte.

Guárdate, pues, de la soberbia, esposa mía, porque Dios aparta de los soberbios su cara, y mi gracia no entra en el alma donde ella habita.

 

 

A quiénes elige Dios para sus obras, y gran castigo que padecía un soberbio en los infiernos.

 

                   Capítulo 82

 

El que leyere la Sagrada Escritura, dijo Jesucristo a santa Brígida, hallará que de un pastor hice un profeta, y que di el espíritu de profecía a jóvenes e idiotas; y aunque no todos recibieron mi doctrina, no obstante, para que se manifestara mi amor, tuvieron los más noticia de ella. Igualmente para predicar mi evangelio escogí unos pobres pescadores, y no quise doctores, para que no se vanagloriasen de su sabiduría, y para que supiesen todos, que así como Dios es admirable e incomprensible, igualmente sus obras son inescrutables, y en cosas pequeñas obra grandes maravillas.

 

Por consiguiente, todo hombre que se deja llevar del mundo para adquirir gloria y cumplir su gusto y deleite, se impone pesada carga. Tal fúe uno que con todo afán se dejó llevar de los atractivos del mundo, adquirió mucha nombradía, y se echó a cuestas una gravísima carga; pero ahora tiene gran nombre en el infierno, una pesada carga por premio y el lugar de mayor castigo. A este lugar bajaron antes de él los que lo animaban con sus consejos y auxilios, para que ensanchara su malicia; bajaron con él las retribuciones de sus obras: y bajarán después de él los que imitaren sus obras. Así, pues, los primeros le dan voces como quienes están metidos en una prensa, y le dicen: Porque obedeciste nuestros consejos, ardemos más con tu presencia; por tanto, maldito seas tú, merecedor de esa horca, en que la soga no se rompe, sino que existe siempre un fuego perpetuo: una gran confusión se apodere de ti, por tu ambición y soberbia.

 

Sus obras dan también voces y dicen: Miserable, no pudo la tierra alimentarte con su fruto, y así lo ambicionaste todo; no hubo suficiente oro ni plata para saciar tu codicia, y así es justo que te halles sin nada. Por esto los cuervos voraces despedazarán tu alma, que se hará trizas sin consumirse, y se derretirá sin morir.

 

Los que después de él bajaron al infierno, le dicen: ¡Desventurado de ti, porque naciste! Tu deleite se convertirá en aborrecimiento de Dios, de tal suerte, que no querrá decir una sola palabra, que sea en loor de Dios. Así, pues, como en el amor y honra de Dios existe todo consuelo y deleite, todo bien y un inefable gozo, del cual somos indignos por haberte imitado, de la misma manera, tendrá una perpetua tristeza y lucha con la compañía de los demonios; por tus honras tendrás afrentas, por tus lujurias ardores, por tu amor propio un extremado frío, por el regalo de tu carne ningun descanso; además, por el nombre que indignamente llevaste, serás por siempre maldito, y por el puesto glorioso ocuparás el lugar más despreciable.

Esto merecen, esposa mía, los que se meten en tales cosas contra lo dispuesto por Dios.

 

 

Necesidad de la pureza de intención en el bien obrar.

 

                   Capítulo 83

 

Vive con mucho cuidado, dijo Jesucristo a santa Brígida, y no gustes ningún manjar del demonio, que los hace con el fuego de la lujuria y de la codicia. Pues como cuando se pone manteca al fuego, es indispensable que destile algo de ella, así, de la conversación y trato de los del mundo se originan los pecados: y aunque no conozcas las conciencias de todos, no obstante, las señales exteriores hacen temer lo que está oculto en el alma. Habló después la Virgen a la Santa, diciéndole: Todo lo que hicieres ha de estar medido con la razón, y tu intención ha de ser recta, de modo que todo cuanto hagas, sea para mayor honra de Dios; y debes preferir el provecho del alma al placer del cuerpo; pues hay muchos que sirven a Dios con obras, pero la intención corrompida echa a perder todas las obras buenas.

 

Muchos me sirven con oraciones y ayunos por sólo temor, porque consideran las penas horribles del infierno, y presumen de mi misericordia que es grandísima; me buscan con varias obras exteriores, pero por su voluntad viven contra los mandamientos de mi Hijo. Son como el lobo, y tienen fija toda su intención en los placeres de la carne y en la codicia del mundo; mas porque temen perder la vida y los castigos eternos, me sirven con intención de no incurrir en la pena. Y bien se echa esto de ver, porque nunca consideran la Pasión de mi Hijo, que es preciosísimo oro, ni imitan las vidas de los Santos, que son piedras preciosas, ni buscan los dones del Espíritu Santo, que son olorosas hierbas, ni dejan su propia voluntad para hacer la de mi Hijo; sino solamente buscan un apoyo, para pecar con mayor confianza y para prosperar en el mundo.

 

Pero ninguna será la retribución de los tales, porque hicieron sus obras con el corazón frío. Y como el lobo después de comer su presa, no se cuida del apoyo de sus pies, así, cuando llegue la hora de la muerte y esté cumplido el placer de la carne, poco les vale a estos mi apoyo, porque no dejaron su voluntad para hacer la mía, ni me buscaron por amor de Dios, sino por temor. No obstante, si convirtiéndose corrigiesen la voluntad, las obras se renovarían pronto; y si no hubiere obras, las suplirá la buena voluntad y un ardiente deseo.

 

 

Indecible bondad de Dios, y con cuánto amor acude a los que le invocan.

 

                   Capítulo 84

 

Estaba uno diciendo el Padre nuestro, y oyó santa Brígida que dijo el Espíritu Santo: Amigo, te respondo, primero, de parte de la divinidad, que tendrás la herencia con tu Padre; segundo, de parte de la humanidad, que serás mi templo; y tercero, de parte del Espíritu Santo, que no tendrás tentaciones más de lo que pudieres sufrir. Pues el Padre te defenderá; la Humanidad estará a tu lado; y el Espíritu Santo te inflamará.

Y como la madre cuando oye la voz del hijo, le sale con alegría al encuentro; y como el padre al ver a su hijo abrumado con una carga, le sale al medio del camino y le alivia del peso; así yo salgo al encuentro de mis amigos, les hago fácil lo difícil, y les ayudo para que lo lleven con alegría. Y como el que ve algo que le gusta, no se contenta si no lo ve muy de cerca, así yo me acerco a los que me desean.

 

 

Cómo Dios atrae hacia sí con infinito amor las almas que le buscan.

 

                   Capítulo 85

 

El que quisiere juntarse a mí, dice Jesucristo a santa Brígida, debe entregarme toda su voluntad y arrepentirse de sus pecados, y entonces mi Padre lo atrae a la perfección, porque es atraido por mi Padre, todo el que trueca la mala voluntad en buena y desea enmendarse. Y atráelo mi Padre, poniendo él en ejecución los buenos deseos, porque cuando el deseo no es bueno, no tiene mi Padre de dónde asirlo para atraerlo.

Pero soy tan frío para algunos, que de ninguna manera les agrada mi camino; para otros, soy tan ardiente, que cuando deben hacer algunas obras buenas, les parece que están en medio del fuego; y para otros, en fin, soy tan dulce, que nada sino a mí desean. A estos les daré la alegría que no tiene fin.

 

 

Siete cosas buenas que se encuentran en Jesucristo, a las que el hombre desconocido corresponde con siete ingratitudes.

 

                   Capítulo 86

 

Mi Hijo, dice la Virgen a la Santa, tiene siete riquísimas excelencias. A saber: es poderosísimo, como el fuego que todo lo consume; es sapientísimo, y nadie puede comprender su sabiduría, a la manera que nadie puede agotar el agua del mar; es fortísimo, como monte inamovible; su virtud es más excelente que la de todas las hierbas; es hermosísimo, como el sol resplandeciente; justísimo, como Rey que a todos guarda sus derechos, y piadosísimo, como el señor que da la vida por la de sus siervos.

 

Mas por estas siete excelencias recibió de los hombres siete cosas bien contrarias. En lugar de su poder, fué considerado como gusano de la tierra; por su sabiduría, fué tenido por loco; por su fortaleza, fué atado con cordeles como niño; por su hermosura, lo pusieron como a un leproso; por su virtud, estuvo desnudo y azotado; por su justicia, fué reputado mentiroso, y por su piedad le quitaron la vida.

 

 

Instruye Jesucristo a la Santa sobre la diferencia entre el placer espiritual y el corporal.

 

                   Capítulo 87

 

Entre aquel hombre y yo, dijo Jesucristo, hay una tela que nos divide, y así no gusta de mi dulzura, porque tiene su deleite en otra cosa. ¿Es posible, dijo la Santa, que haya deleite sin vos? Sí, respondió Jesucristo, porque hay dos clases de deleites: uno espiritual y otro carnal. El deleite carnal o de la naturaleza, es cuando por exigirlo la necesidad toma el hombre el sustento, y al hacerlo debe pensar así: Señor, que mandasteis que nos alimentásemos por sola la necesidad, seáis por siempre alabado, y dadme gracia para que no peque en ello.

 

Y si el hombre fuere tentado con el deleite de bienes temporales, dígale a Dios: Señor, todas las cosas terrenas son tierra y transitorias: concededme que disponga de ellas de modo que pueda daros buena cuenta de todo.

El deleite espiritual es cuando el alma se recrea con los beneficios de Dios, y usa o se ocupa de las cosas temporales con tedio y sólo por necesidad. Pero rómpese la tela de que he hablado, cuanto Dios es dulce al alma y su temor santo está continuamente en el corazón.

 

 

Cómo las santas prácticas y costumbres, y no el hábito exterior, forman el verdadero religioso.

 

                   Capítulo 88

 

Apareció el demonio ante nuestro Señor Jesucristo, viéndolo santa Brígida, y dijo: Señor, veis aquí que voló el monje, y no ha quedado más que su figura. Declara eso que dices, le dijo nuestro Señor. Lo haré aunque de mala gana, respondió el demonio. El verdadero monje es aquel que tiene gran cuenta consigo mismo, cuyo hábito es la obediencia y observancia de su profesión y regla, porque como el cuerpo se cubre con los vestidos, así el alma se cubre con las virtudes, y si el monje no tiene este hábito interior, de muy poco le sirve el exterior, porque no el hábito sino las virtudes hacen al monje. Este monje voló cuando pensó en su corazón y dijo: Conozco mi pecado y me enmendaré, y con la gracia de Dios no tengo de pecar más. Con sólo esto se ha ido de mi poder y ya es tuyo. ¿Pues cómo te queda su figura?, le respondió Jesucristo. Porque no trae a la memoria sus pecados, respondió el demonio, ni renueva bastante el dolor de ellos.

 

DECLARACIÓN.

 

Vió este religioso en la Hostia consagrada, y al tiempo de alzarla el sacerdote, a nuestro Señor Jesucristo en figura de niño, el cual le dijo. Yo soy Hijo de Dios e Hijo de la Virgen. Un año antes de su fallecimiento supo el día y hora en que había de morir, y en muchas revelaciones de esta obra se hace mención de él. Llamábase Gerequino; fué después de vida muy penitente, y cuando iba a morir vió una inscripción dorada, en la cual había tres letras de oro, que eran: P O y F; y declarándolas a sus religiosos, les dijo: Ven, Pedro, date prisa, Olavo y Fhordo. Y luego murió, y los tres que nombró fallecieron después de él en la misma semana.

 

 

Siete riquísimas joyas de virtudes que ennoblecen y abrillantan el alma que ama a Dios.

 

                   Capítulo 89

 

Ven, hija mía, dice santa Inés a santa Brígida, que te quiero poner una corona de siete piedras preciosas; y esta corona ha de ser de paciencia y sufrimiento en las tribulaciones que Dios manda.

La primera piedra preciosa que ha de tener, será de jaspe, y esta te la puso aquel que te dijo, con oprobio, que no sabía qué espíritu hablaba en ti, y que te fuera mejor hilar como las damás mujeres, que meterte a hablar de la Sagrada Escritura; y así como el jaspe dicen que se forma como agua al mirarlo, y da contento cuando se contempla, así Dios, con la tribulación alumbra el entendimiento para las cosas espirituales, da alegría para sufrir, y mortifica los movimientos desordenados.

 

La segunda piedra es el zafiro, y esta puso en tu corona aquel que en tu presencia habló bien de ti, pero detrás murmuró; y así como el zafiro es de color de cielo y dice la gente que conserva la salud, del mismo modo la malicia de los hombres prueba al justo, para que se haga del todo celestial, y conserve la salud del alma para que no se ensoberbezca.

 

La tercera piedra es la esmeralda, y esta puso en tu corona el que dijo que habíais hablado lo que no te pasó ni por el pensamiento; y así como la esmeralda es por sí frágil, aunque hermosa y de color verde, de la misma manera se destruye pronto la mentira, pero dejando hermosa al alma con la remuneración de la paciencia. La cuarta piedra es la margarita, y esta puso en tu corona aquel que en tu presencia habló mal de aquel amigo de Dios, y de cuyo vituperio te afligiste más que si a tí misma se te dijera; y como la margarita es blanca y hermosa, y dicen que alivia las pasiones del corazón, igualmente la virtud del amor divino introduce a Dios en el alma, y refrena las pasiones de la ira y de la impaciencia.

 

La quinta piedra es el topacio, y esta puso en tu corona el que te dijo cosas amargas, y tú, por el contrario, le respondiste con benevolencia; y como el topacio es de color de oro y dicen que conserva la castidad y la hermosura, así no hay cosa más hermosa ni mas grata a los ojos de Dios, que amar a los que nos ofenden y orar por nuestros perseguidores.

 

La sexta piedra es el diamante, y esta puso en tu corona el que te hirió, y no consentiste que lo afrentasen, antes lo sufriste con paciencia; y como el diamante es tan duro que nada lo raya, así agrada a Dios que por su amor olvide el hombre y menosprecie los daños corporales, y esté siempre pensando lo que Dios hizo por él.

 

La séptima piedra es el carbunclo, y este puso en tu corona el que te dió la falsa noticia de haber muerto tu hijo Carlos, y tú lo sufriste con paciencia, diciendo que se hiciese en todo la voluntad de Dios; y como el carbunclo brilla en casa y es hermoso en el anillo, así el hombre que, cuando pierde lo que mucho ama, tiene paciencia, mueve a Dios a que le ame, luce a los ojos de los santos y gusta a la manera de una piedra preciosa.

Por tanto, hija mía, persevera con constancia, porque para realzar tu corona, son todavía necesarias algunas piedras; pues Abraham y Job se hicieron mejores y más conocidos con la prueba que sufrieron, y san Juan fué más santo con el testimonio de la verdad.

 

 

Habla la Virgen María con santa Brígida, dándole consejos y documentos de suma importancia.

 

                   Capítulo 90

 

La Madre de misericordia, acompañada de santa Inés, dijo a santa Brígida con referencia a cierto individuo: ¡Oh esposa de mi Hijo, queremos obrar a la manera de tres amigos, que sentados en un camino que conocían, le mostraron a otro amigo suyo el mismo camino que debía seguir, y uno le dijese: Amigo, el camino por donde vas, no es recto ni seguro, y si continuares por él, te asaltarán ladrones, y cuando menos lo pienses, te encontrarás muerto. El otro le dice: Amigo, ese camino por donde vas es alegre al principio, pero tiene amargo fin y paradero desastroso.

 

Y el tercero, le dice: Amigo, estoy viendo en Dios tu flaqueza, y así no te disgustes si te diere un consejo, ni seas ingrato, si quisiere yo hacer contigo una especial caridad. Esto mismo queremos hacer con esa persona si nos quisiera oir. Luego dice la santísima Virgen a esa persona: Aunque Dios lo puede hacer todo, el hombre, sin embargo, debe cooperar personalmente para salir del pecado y alcanzar la gracia o amor de Dios. Tres cosas ayudan para salir del pecado, y otras tres cooperan para alcanzar el amor de Dios.

 

Los tres medios para salir del pecado, son: arrepentirse verdaramente de todas las culpas que remuerden la conciencia; tener propósito firme de no volver a pecar, y enmendar los pecados cometidos y confesados, aconsejándose para esta verdadera enmienda, con los varones virtuosos que han despreciado el mundo, y están autorizados para ello.

 

Para alcanzar la gracia de Dios, hay tres medios cooperativos, que son: rogar a Dios que le ayude, para que desaparezca el deleite malo y se conceda el deseo de hacer lo que a Dios agrada; porque la gracia divina no se obtiene, si no se desea, ni el deseo será racional, si no se halla establecido en el amor de Dios. Y así, hay tres cosas en el hombre, antes de entrar en él la gracia de Dios, y otras tres entran, cuando se le infunde esta gracia. Antes de obtener la gracia de Dios, se turba el hombre con la llegada de la muerte: con la pérdida de honras y amistades, con las adversidades del mundo y con las enfermedades del cuerpo. Pero así que el hombre ha alcanzado la gracia de Dios, entra alegría en su alma con las tribulaciones del mundo y las sufre; el alma no se aflije con la carencia de las cosas del mundo, y se alegra en servir a Dios y padecer por su honra.

 

El segundo medio de alcanzar la gracia de Dios, es dando limosna por caridad y según sus fuerzas.

El tercer medio de conseguir la gracia o amor de Dios, es el trabajo y perseverancia en este mismo amor, pues cualquiera que no dijere sino un Padre nuestro por alcanzar el amor de Dios, agradará al Señor, y más pronto se acercará a el amor divino. Si esto lo hiciere con perfección, al morir oirá al Señor que le dice: Oh amigo, viniste a presentarme tu corazón vacío de todo lo mundano y a que yo te lo llenara de mi amor. Ven, pues, y yo te lo llenaré de mí mismo. Tú estarás en mí y yo en ti, porque tu gloria y alegría no concluirán jamás.

 

 

Hay un lugar en el purgatorio, donde no se padece otra pena que del deseo. Es notable.

 

                   Capítulo 91

 

Estaba santa Brígida haciendo oración por un anciano sacerdote ermitaño, amigo suyo, que acababa de morir, y había tenido un vida ejemplar, llena de grandes virtudes, y ya estaba puesto en la iglesia en un féretro para enterrarlo.

 

Hallándose en esta oración se le aparació a la Santa la Virgen María y le dijo: Sabras, hija mía, que el alma de este ermitaño amigo tuyo, hubiera entrado en el cielo al punto de salir del cuerpo, a no ser porque en el instante de su muerte no tuvo deseo de presentarse a la presencia de Dios y de verlo. Y por esta razón se halla detenido en el purgatorio del deseo, donde no hay ninguna pena, sino solamente el deseo de llegar a ver a Dios. Con todo, antes que sea sepultado su cuerpo, su alma entrará en la gloria.

 

 

Instruye la Virgen María a santa Brígida de cuánto importa a veces dejar a Díos por Dios, y preferir la salud y celo de las almas al propio consuelo espiritual.

 

                   Capítulo 92

 

Dirás, hija mía, dice nuestra Señora, a aquel anciano sacerdote ermitaño amigo tuyo, que contra su voluntad y paz de su alma se ve a veces obligado por la fe y devoción de los prójimos a dejar su solitaria celda y su tranquila contemplación, y por caridad sale del yermo y entra en el mundo para dar consejos espirituales a sus prójimos, con cuyos ejemplos y saludables consejos se convierten a Dios, y los ya convertidos suben a más altas virtudes; a ese ermitaño, pues, que dudando humildemente de la astucia y fradulentos engaños del demonio, te pidió con humildad que le aconsejases, y te suplicó pidieras por él si agradará más a Dios, empleándose solamente en la dulzura de la contemplación, o le será más grato al Señor ese amor al prójimo, le dirás de mi parte, que agrada mucho más a Dios que, como se ha dicho salga alguna vez del decierto y vaya a ejercer con el prójimo esas obras de caridad, compartiendo con ellos las virtudes y gracias que tiene recibidas de Dios, a fin de que se conviertan y se unan a Dios y se hagan participantes de su gloria, que si en su solitaria celda se dedicase este ermitaño a la contemplación mental.

 

Le dirás también, que por semejante caridad tendrá mayor mérito de recompensa en el cielo, con tal que cuando salga a dar estos socorros a sus prójimos, vaya con licencia de su padre espiritual.

Le dirás, por último, que yo quiero que reciba él, como hijos suyos espirituales, para dirigirlos con su consejo, a todos los ermitaños, y a todas las monjas y beatas, y demás hijos espirituales de ese amigo mío que murío, y los gobierne a todos espiritual y virtuosamente con su caritativo consejo, según aquel los gobernó y dirigió en su vida, porque así es la voluntad de Dios.

 

Y si ellos lo recibieren y le obedecieren humildemente como a padre en la vida eremítica y espiritual, entonces él será el padre de ellos, y yo seré su madre. Mas si alguno no quisiere recibirlo ni obedecerlo como a padre espiritual, entonces mejor le será a este inobediente el separarse al punto de los demás, que permanecer por más tiempo con ellos.

Venga, pues, este amigo mío a visitar a sus prójimos, y vuélvase a su celda cuando le conviniere, aunque siempre con licencia de su padre espiritual.

 

 

En esta revelación se digna Jesucristo declarar a santa Brígida, lo que en términos menos claros le había dicho en la revelación segunda de este mismo libro cuarto. Se dan en ella muy provechosos documentos para conseguir la piedad y para instruir a los ministros y operarios evangélicos.

 

                   Capítulo 93

 

Otra vez te dije, esposa mía, que deseo el corazón de un animal y la sangre de un pez. ¿Qué es el corazón del animal sino esa alma querida e inmortal de los cristianos, la cual me agrada más que todo cuanto hay precioso en el mundo? ¿Qué es la sangre del pez sino el perfecto amor a Dios? Así, pues, el corazón se me ha de presentar con manos muy limpias, y la sangre en un vaso muy bien labrado, porque la limpieza agrada a Dios y a los ángeles; y como la piedra preciosa adorna el anillo, así la pureza es muy conveniente para todas las obras espirituales. Pero el amor de Dios debe presentarse en un vaso bien labrado, porque las almas de los gentiles, como si fueran un vaso, deben presentárseme luciendo y ardiendo con fervorosísimo amor a Dios, por el que tanto los fieles como los infieles convertidos, se unan a Dios, como el cuerpo a su cabeza.

 

Pero el que desea presentarme el corazón de un cristiano endurecido en el pecado, que es como un animal sin el yugo de la obediencia, que se deja llevar de los vicios y vive según sus malos deseos, ha de horadar sus manos con un agudo barreno, y entonces, ni las espadas ni los dardos, prevalecerán contra ellas. ¿Qué son las manos del justo sino sus obras corporales y espirituales? La mano corporal, que representa el trabajar y substentar el cuerpo, es necesaria; y la mano espiritual representa el ayunar, orar o cosas semejantes.

 

Luego para que toda operación del hombre sea moderada y discreta, debe horadarse con el temor de Dios; pues a todas horas está el hombre obligado a pensar que Dios se halla presente a su lado, y debe temer que el Señor le quite la gracia que le ha concedido, pues sin la ayuda de Dios nada puede el hombre, y con el amor de Dios todo lo puede; y como el barreno prepara los agujeros para colocar alguna cosa, así el temor de Dios prepara y afirma el camino a la caridad divina, y atrae a Dios para que le ayude.

 

Por consiguiente, debe ser el hombre timorato y circunspecto en todas sus acciones; pues, aunque tanto el trabajo espiritual como el corporal son necesarios, con todo, sin temor de Dios y discreción no son útiles, porque la indiscreción y el orgullo todo lo corrompe y confunde, y quita el don de la perseverancia.

El que deseare vencer la dureza de este animal, ha de ser inflexible en sus obras con discreción, y perseverante en el temor y esperanza del auxilio divino, esforzándose cuanto pueda; y entonces le ayudará Dios, abatiendo el corazón endurecido.

 

Deben también mis amigos guarecer sus ojos con pestañas de ballena y muy fuerte betún. ¿Qué, pues, son los ojos del varón justo, sino las dos consideraciones que continuamente han de tener a la vista, a saber: la de los beneficios de Dios y la del conocimiento de sí mismo? Cuando piense en los beneficios de Dios y en su misericordia, considere su propio bien y cuán ingrato ha sido a estos beneficios de Dios. Pero cuando el alma conozca que merece el infierno, defiéndase los ojos de su consideración con pestañas de ballena, esto es, con la fe y esperanza en la bondad de Dios, de suerte, que ni se relaje pensando en la misericordia, ni desconfíe pensando en la severidad del juicio de Dios. Y como las pestañas de la ballena ni son blandas como la carne, ni duras como los huesos, así también el hombre ha de guardar un término medio entre la misericordia de Dios y su justicia, esperando siempre la misericordia, y temiendo con prudencia el juicio. También debe alegrarse a causa de la misericordia, y adelantar de virtud en virtud a causa de la justicia.

 

Por consiguiente, quien de continuo está entre la misericordia y la justicia con esperanza y temor, no tiene por qué temer los ojos del animal, ¿Qué son estos ojos sino la sabiduría mundana y la prosperidad temporal? La sabiduría del mundo, la cual se compara al primer ojo del animal, es como la vista del basilisco, porque espera lo que ve, y tiene su recompensa de presente, porque desea lo que es perecedero; mas la sabiduría divina espera lo que no ve, no estima las prosperidades del mundo, ama la humildad y la paciencia, y no busca recompensa en la tierra. El segundo ojo del animal, es la prosperidad del mundo, que apetecen los malos y la buscan olvidados de las cosas del cielo y endurecidos contra Dios.

 

El que desee, pues, la salud de su prójimo, una sus ojos con discreción a los del animal, esto es, a los del prójimo, y preséntele los beneficios de la misericordia de Dios y su justicia; rechace las palabras del mundo y admita las de la sabiduría de Dios; muestre a los hombres incontinentes una vida de perseverante continencia; dé de mano por amor de Dios a las riquezas y a los honores presentes, y predique esta doctrina, practicándola al mismo tiempo; porque la vida espiritual da vigor a las palabras, y los santos ejemplos aprovechan más que una pomposa elocuencia que carezca de obras.

 

Los que conservan siempre en su memoria los beneficios de Dios y su justicia; los que continuamente tienen en sus labios las palabras de Dios y las cumplen, y esperan firmemente en la bondad de Dios, no son heridos por las espadas enemigas, que son los falaces artificios de los hombres del mundo, sino que irán adelantando, y por caridad convertirán al amor de Dios a muchos estraviados. Pero los que se ensoberbecen con la gracia del decir, y buscan ganar con su elocuencia, viviendo, están muertos.

 

A esos amigos míos se les debe poner también en el corazón una plancha de metal, porque siempre se debe tener delante de los ojos el amor de Dios, y pensar cómo Dios se hizo hombre y se humilló; cómo predicando su evangelio sufría el hambre y la sed y todas las fatigas; cómo fué clavado en una cruz y murió, resucitó y subió a los cielos. Esta plancha, que significa el amor, es ancha y llana, cuando el alma está dispuesta a sufrir con gusto todo lo que le sobrevenga, cuando no se queja de los juicios de Dios, ni se entristece con las tribulaciones, antes bien, su alma y su cuerpo, su voluntad y todo él se pone en las manos y disposición de Dios.

 

¡Oh hija!, yo fuí como el durísimo bronce, cuando clavado en la cruz, y como olvidado de mi Pasión y de mis llagas, rogué por mis enemigos.

Para hacer presa en este animal, también es necesario que vayan las narices y boca tapadas, porque como por las narices respira el hombre, y entra y sale el aire al corazón, así con los deseos entra la vida y la muerte en el alma, y tanto como de la muerte hay que precaverse de los malos deseos, para que no entren en el alma, o no hagan residencia en ella después de haber entrado. Por consiguiente, el que se propone vencer cosas arduas, observe con cuidado sus tentaciones, y precávase, no sea que por desordenados deseos se disminuya el verdadero celo por la honra de Dios; porque con el mayor deseo, con celo divino y con suma paciencia se ha de acudir al pecador, siempre que haya ocasión y aun buscándola, a fin de que se convierta; y cuando el justo no adelanta nada con palabras o amonestaciones, debe entonces emplear el mayor celo y orar con gran perseverancia.

 

Este animal ha de cogerse con ambas manos, y tiene dos oídos; con el uno oye lo que le agrada, y el otro lo tiene tapado para no oir lo que aprovecha a su alma. Así, también, le es conveniente al amigo de Dios tener dos manos espirituales, como antes las tuvo corporales, pero ha de tenerlas horadadas. Una mano ha de ser la sabiduría divina, con que muestre al pecador que todas las cosas de este mundo son caducas y deleznables; y el que se deleita en ellas, es seducido, y no tiene disculpa, porque todas las cosas fueron concedidas para el uso necesario, mas no para lo superfluo. La segunda mano debe ser el buen ejemplo y las buenas obras, porque el hombre bueno ha de practicar lo que enseña, a fin de que los oyentes se fortalezcan con su ejemplo, pues muchos enseñan y no obran según su doctrina, los cuales son semejantes a los que construyen sin cimientos, y al venir la tempestad se desploman los edificios.

 

La piel de este animal, que es dura como el pedernal, se ha de romper a martillazos y con fuego. La piel significa la ostentación y apariencia de justicia. Pues los malos, no quieriendo ser buenos, desean parecer lo que no son, y como desean ser alabados, pero no quieren vivir de una manera loable, aparentan una santidad exterior, y fingen una justicia que no tienen en su corazón; y así, con capa de santidad, se ensoberbecen y se ponen tan duros como el pedernal, en términos que no se ablandan ni con reprensiones ni con las razones más claras.

 

Por tanto, el siervo de Dios ha de valerse, a las veces, para estos del martillo de la severa reprensión y del fuego de la oración divina, para que se convenzan los malos con la fuerza de la verdad; poco a poco se vayan ablandando; se estimulen con la oración que por ellos se hace, y se enciendan en el conocimiento de Dios y de sí mismos, como hizo san Esteban, que no decía palabras gratas sino verdaderas; no blandas sino ásperas, y además pidió a Dios por sus enemigos, y aprovechó a muchos que se mejoraron por su causa.

 

Así, pues, a todo el que con temor de Dios horade las obras de sus manos, y fortalezca sus ojos con la templanza de la consideración, y proteja, además, su corazón con una plancha de bronce, y de este modo me presente el corazón del animal, yo, que soy su Dios, le daré un tesoro muy agradable, con cuyo placer no se cansa la vista, cuya dulzura no hastía, cuyo goce no harta el gusto, y cuyo tacto nunca hace sentir dolor, sino que el alma se inunda en gozo y en abundancia sempiterna.

 

El pez significa los gentiles, cuyas escamas son durísimas, porque están envejecidos en sus pecados y maldades; y como las escamas puestas unas sobre otras, defienden al pez é impiden que entre ni aun el viento, así también los gentiles, que se glorían de sus pecados y viven con vanas esperanzas, se hacen fuertes con grandes defensas contra mis amigos; porque prefieren sus sectas, multiplican los errores, y amenazan con la muerte a los que les enseñan otra doctrina.

 

Por tanto, el que deseare presentarme la sangre de este pez, extienda sobre él su red, esto es, su predicación, la cual no debe ser de los hilos podridos de los filósofos y retóricos que hablen con suma elegancia, sino red hecha con sencillez de palabras y humildad de obras, porque en presencia del Señor de los cielos, la predicación sencilla de la palabra de Dios, es sonora como el bronce y fuerte para atraer hacia Dios los pecadores; así es, que no por maestros elocuentes, sino por hombres humildes y sin conocimientos, empezó y progreso mi Iglesia.

 

Cuide también mucho el predicador de que no le llegue el agua sino hasta las rodillas, ni siente el pie sino donde hubiere arena sólida, no sea que suban las rodillas las procelosas olas y se muevan los pies. ¿Qué es la presente vida sino agua instable y movediza, ante la que no ha de doblarse la rodilla de la fortaleza espiritual, sino para lo meramente necesario? Por consiguiente, el pie del afecto del hombre, debe fijarse en arena sólida, esto es, en la solidez del amor de Dios y en la consideración del porvenir; pues los que extienden los pies de sus afectos y su fortaleza a las cosas temporales, no son firmes para ganar almas, porque los sumergen las borrascas de los afanes del mundo.

 

Debe también el justo cegar el ojo que vuelve a este pez; porque hay dos ojos: uno humano, y otro espiritual. El ojo humano infunde temor, cuando al ver el hombre el poder y crueldad de los tiranos, reflexiona sobre su propia flaqueza y teme mucho el hablar. Este ojo del temor es el que se ha de cegar y arrancarse del ánimo, por medio de la consideración de la bondad divina, considerando y creyendo firmemente que todo el que pone su esperanza en Dios, y por amor de Dios procura ganar al pecador, tendrá al mismo Dios por su protector y amparo.

 

El ojo espiritual es el otro con el que ha de mirar el justo al pecador o a cualquier convertido a Dios, y ha de mirarlo, viendo cuidadosamente cómo deba sufrir, en lo posible, las tribulaciones, no sea que emprendiendo el pecador tareas inusitadas, sucumba con el trabajo, o a causa de esas mismas tribulaciones, se arrepienta de haber acometido mortificaciones muy austeras.

 

También ha de mirar mi siervo, cualquiera que sea, cómo subsiste corporalmente el infiel convertido a la fe, no sea que mendigue o se vea oprimido por la esclavitud, o privado de su preciosa libertad, y cuide mucho mi siervo de que este convertido sea instruído continuamente en la santa fe católica y en los santos ejemplos de todas las virtudes; pues es muy de mi gusto, que los paganos convertidos vean santas costumbres y oigan palabras de amor de Dios.

Por consiguiente, el que deseare agradarme yendo a convertir paganos, debe arrancarse primeramente el ojo del temor del mundo, y tener abierto el ojo de la compasión y de la inteligencia para ganar aquellas almas, no deseando sino morir por Dios, o vivir para Dios.

 

También debe tener el justo un escudo de bronce, que es la verdadera paciencia y perseverancia, para no apartarse del amor de Dios por palabras ni por obras, ni aun fatigado por las desgracias se ha de quejar nada de los juicios de Dios, porque así como el escudo proteje y recibe los golpes de los que acometen, del mismo modo la verdadera paciencia defiende al justo de las tentaciones, le aligera las tribulaciones y lo pone expedito para todo lo bueno. Este escudo de la paciencia no ha de estar hecho de cosas podridas, sino de durísimo metal; pues la verdadera paciencia debe formarse y probarse con la consideración de mi paciencia; porque yo fuí como un durísimo yunque, cuando quise más morir que perder las almas, y quise más oir todos los oprobios, que bajar de la cruz. Así, pues, el que deseare adquirir la paciencia, debe imitar mi constancia; porque si yo padecí siendo inocente, ¿qué es de extrañar que padezca el hombre pecador, digno de todo castigo?

 

Por tanto, todo el que estuviere armado con el escudo de la paciencia, que extendiere sobre el pez su red y que lo tuviere diez horas sobre el agua, tendrá la sangre del pez. ¿Qué son estas diez horas, sino los diez consejos que deben darse al hombre que se convierte?

 

El primer consejo es guardad los diez mandamientos que di al pueblo de Israel; el segundo, es recibir y honrar los Sacramentos de mi Iglesia; el tercero, es dolerse de los pecados cometidos, y tener propósito firme de no volver a pecar; el cuarto, es obedecer a mis amigos, aunque le mandaren algo que sea contra su voluntad; el quinto, es despreciar todas sus malas costumbres, que son contra Dios y contra razón; el sexto, es tener deseo de llevar a Dios todos cuantos pudiere; el séptimo, es mostrar verdadera humildad en todas sus obras, huyendo de los malos ejemplos; el octavo, es tener paciencia en las adversidades, sin quejarse de los juicios de Dios; el noveno, es no oir ni tener a su lado a los que se oponen a la santa fe cristiana; el décimo, es pedir a Dios, y procurar por su parte, la perseverancia en el amor divino.

 

Cualquiera, pues, que se convirtiere del mal y guardare estos diez consejos, morirá para el amor del mundo, y será vivificado por el amor de Dios. Y cuando el pez, esto es, el pecador extraído de las aguas de los placeres, se propusiere guardar estos diez consejos, han de abrirlo por el espinazo, donde hay abundante sangre. ¿Qué significa el espinazo sino las buenas obras hechas con buena voluntad? Esta debe ajustarse al beneplácito de Dios, porque muchas veces una acción parece buena a los hombres, pero no es buena la intención y voluntad del que la ejecuta.

 

Por tanto, el justo que deseare convertir a algun pecador, debe examinar con qué intención hace éste alguna obra buena, y con qué intención se propone perseverar; si encontrare en la buena obra del recién convertido afición carnal a sus deudos o a ganancias temporales, dese prisa a arrancarla del corazón; porque como la sangre mala es causa de enfermedad, comprime la entrada del corazón y quita las ganas de comer, así la mala voluntad y la depravada intención, expulsan el amor de Dios, incitan a pereza, cierra a Dios la entrada del corazón, y hace que cualquier obra, por buena que parezca, sea aborrecible a Dios.

 

Pero la sangre que yo deseo, ha de ser fresca y que dé vida a los miembros. Esta es la buena voluntad y el amor bien ordenado a Dios, que prepara la entrada a la fe, los sentidos para que entiendan y los miembros para que obren, y atrae a Dios, para que ayude.

Esta voluntad la previene e infunde mi gracia, la aumentan mis inspraciones y mi bondad, y se perfecciona con mi dulzura y con buenas obras.

De esta suerte, esposa mía, se me ha de presentar la sangre de este pez; y el que así me lo presentare, tendrá excelente paga; porque un torrente de incesante dulzura correrá por su boca; un perpetuo resplandor alumbrará su alma, y su dicha se estará renovando eternamente sin fin.



Autora: Santa Brígida de Suecia
Transcrito por: Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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