Mi?rcoles, 24 de marzo de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - CUARTO LIBRO - SOBRE EL DEMONIO Y SUS SECUACES

Dicta el Señor a santa Brígida algunas oraciones que pueda recitar al vestirse, al sentarse a la mesa, y al retirarse para descansar.

 

                   Capítulo 71

 

La hermosura y composición exterior, dice Jesucristo, ha de ordenarse siempre a la interior del alma. Así, pues, cuando te cubras la cabeza, has de decir: Dios y Señor mío, gracias os doy, porque me habéis sufrido en mi pecado, y puesto que por mi infidelidad no soy digna de veros, cubro mis cabellos. Me es tan abominable la impureza, añadió el Señor, que si la que es doncella consiste en malos deseos, para mí ya lo dejó de ser y no está pura, si no es que con la penitencia corrija su mal deseo.

 

Cuando te pusieres la toca, has de decir: Dios y Señor mío, que creasteis buenas todas las cosas, y al hombre con más excelencia que todas ellas, pues lo creasteis a vuestra imagen, tened misericordia de mí, y puesto que no guardé para vuestra honra la hermosura de mi rostro, cubro mi frente. Cuando te calzas, dirás: Bendito seáis, Dios mío, que me mandáis tener calzado, para que esté fuerte y no tibia en vuestro servicio. Confortadme, pues, para que pueda andar según vuestros mandamientos.

 

En todos tus vestidos se ha de manifestar humildad, y en todo tu cuerpo suma honestidad y modestia. Cuando te sentares a la mesa, has de decir: Señor Dios mío, si quisierais, como podéis, sustentarme sin comida, yo os lo suplicará con muchas veras; mas puesto que nos mandáis que comamos con moderación, os ruego me concedáis continencia en la comida, a fin de que por vuestra gracia pueda yo comer según la necesidad de la naturaleza, y no como lo pide el apetito de la carne. Cuando te fueres a dormir, dirás: Bendito seáis, Dios mío, que disponéis las alternativas de los tiempos para alivio y descanso del alma y del cuerpo. Concededme que mi cuerpo descanse esta noche, y guardadme ilesa del poder e ilusión del enemigo.

 

 

Indecible obstinación del demonio en el mal, y quiénes son sus secuaces.

 

                   Capítulo 72

 

Yo soy, dice Jesucristo a la Santa, como un rey provocado a pelear, y el demonio está contra mí con su ejército. Pero es tal la intención y firmeza de mi propósito, que antes de apartarme un ápice de la justicia, faltarían el cielo, la tierra y cuanto hay en ellos. Mas la intención del demonio es tal, que antes que humillarse, querría que hubiese tantos infiernos cuantos son los átomos del sol, y padecerlos todos eternamente a un mismo tiempo.

 

Varios hombres, enemigos míos, están próximos a mi tribunal, sin que haya entre nosotros más de dos pies de distancia. Traen enarbolada la bandera, el escudo en el brazo, la mano puesta en la espada, aunque todavía sin desenvainar; y es tanta mi paciencia, que si no atacan primero, no les acometo.

La bandera de estos hombres trae por divisa la gula, la codicia y la lujuria, y su yelmo es la dureza del corazón, porque no consideran las penas del infierno, ni ven lo abominable que es el pecado. La visera de este yelmo son el placer de la carne y el deseo de agradar al mundo, y por la rejilla de la visera lo escudriñan todo y miran lo que no debe verse.

 

El escudo es la perfidia con que excusan su pecado, y lo atribuyen a flaqueza de la carne, y así, no juzgan que deben pedir perdón de sus culpas. La espada es la voluntad decidida de perseverar en el pecado, pero aun no está desenvainada la espada, porque todavía no está cumplida su malicia. Desenvainan la espada, cuando quieren pecar todo el tiempo que pudieren vivir, y hieren con ella, cuando se alaban de sus pecados y tienen ánimo de perseverar en ellos.

 

Cuando estuviese cumplida su malicia, resonará en mi ejército una voz que diga: Heridlos ahora, Señor. Y entonces los consumirá la espada de mi justicia, y cada cual según le cogiere armado, padecerá la pena, y los demonios arrebatarán sus almas, los cuales como ave de rapiña no buscan bienes temporales, sino las almas para despedazarlas sin cesar eternamente.

 

 

Hace Jesucristo a la Santa algunas aclaraciones sobre la revelación anterior.

 

                   Capítulo 73

 

Te he dicho, esposa mía, que entre mis enemigos y yo no hay sino la distancia de dos pies. Ya con el pie que les queda se acercan a mi tribunal. Un pie es la remuneración que han recibido por las buenas obras que por mí hicieron; y por consiguiente, desde este día se aumentará su infamia, se llenarán de amarguras sus deleites, se les quitará el gozo y se les aumentará la tristeza y tribulación. El segundo pie es su malicia, que no está cumplida ni ha subido a su punto; porque como suele decirse, que cuando una cosa está muy llena, revienta y da estallido de puro llena, así cuando llega a estar el alma llena de malicia, revienta y apártarse del cuerpo para comparecer en mi tribunal y ser condenada.

 

Su espada, que es la voluntad de pecar, la tienen medio desnuda, porque se afligen con los sucesos contrarios y mengua de su honra, y no tienen tantos bríos para pecar; y ni aun las prosperidades y honras del mundo les daban mucho lugar para pecar. Pero ahora, a fin de satisfacer sus pasiones, desean vivir más tiempo para pecar más a su sabor. Pero ¡ay de ellos! Porque si no se enmendaren, tienen ya cerca su perdición.

 

 

Precioso símil por el que se muestran cuatro clases de personas que no buscan de veras a Dios.

 

                   Capítulo 74

 

Yo daré a mis amigos, dice Jesucristo a la Santa, cuatro saetas. Con la primera, se ha de herir al que está ciego de un ojo; con la segunda, al que está cojo de un pie; con la tercera, al que es sordo de un oído, y con la cuarta, al que está del todo tendido en el suelo.

Es ciego de un ojo, el que conoce los mandamientos de Dios y las obras de los santos, y no fija la atencion en nada de esto; pero ve los placeres del mundo y los codicia. A esté se le ha de disparar la saeta, diciéndole: Eres semejante a Lucifer, el cual vió la infinita hermosura de Dios; mas porque deseó injustamente lo que no debió, bajó al infierno, adonde tú bajarás también, si no miras por ti, puesto que conoces los mandamientos de Dios y que todas las cosas del mundo son transitorias. Por consiguiente, te importa mucho tomar lo cierto y dejar lo transitorio, no sea que bajes al infierno.

 

Cojea de un pie, el que se arrepiente y tiene contrición de los pecados cometidos, pero trabaja por adquirir bienes y comodidades de la tierra. A esté se le ha de tirar la saeta, diciéndole: Tú trabajas por la comodidad del cuerpo, que muy en breve han de comer los gusanos. Trabaja con fruto por tu alma, que ha de vivir para siempre.

Es sordo de un oído, el que desea oir mis palabras y las de mis santos, pero tiene el otro oído atento a las chocarrerías y cosas del mundo, y así ha de decírsele: Eres semejante a Judas, que por un oído le entraban las palabras de Dios y por el otro le salían, y así no se aprovechó de ellas. Cierra, pues, tus oídos para oir cosas vanas, a fin de que puedas oir la armonía de los ángeles.

 

Se halla enteramente tendido en el suelo, el que está metido en cosas del mundo; pero piensa y desearía también saber el camino para enmendarse. A éste debe decírsele: Esta vida es breve como un instante, la pena del infierno es eterna, y es perpetua la gloria de los santos. Por consiguiente, para llegar a la verdadera vida, no debe serte molesto nada por grave y amargo que sea, porque Dios es tan piadoso como justiciero.

Todos los que de esta suerte fueren heridos, si la saeta saliere de su corazón ensangrentada, esto es, si tuvieren compunción y propósito de enmendarse, recibirán el aceite de mi gracia, con la cual sanarán todos sus miembros.

 

 

Paciencia admirable de Dios, pero cómo amenaza también a los que desprecian su ley y los anatemas de la Iglesia.

 

                   Capítulo 75

 

Cuando el traidor de Judas se llegó a mi Hijo, le dice la Virgen a santa Brígida, inclinóse mi Hijo y lo besó, pues Judas era pequeño de cuerpo, y le dijo: Amigo, ¿a qué has venido? y al punto se arrojaron sobre mi Hijo sus enemigos, y unos le tiraban de los cabellos y otros le escupían.

 

Luego le dijo Jesucristo a la Santa: Yo soy considerado como un gusano que está muerto por el invierno, y todos los que pasan le escupen y lo pisotean. Así lo hicieron conmigo tal día como hoy los judíos, porque me tuvieron por el más vil y más indigno de todos; así también obran los cristianos, cuando me desprecian, y tienen por vanidad todo cuanto hice y sufrí por amor de ellos. Me pisotean, cuando temen y veneran más a un hombre que a mí, que soy su Dios; cuando no temen mi justicia, y disponen a su arbitrio el tiempo y manera de mi misericordia.

 

Me dan golpes en los dientes, cuando conociendo mis mandamientos y mi Pasión, dicen: Hagamos ahora nuestro gusto, y no por eso dejaremos de ir al cielo; porque si Dios quisiera perdernos y castigarnos eternamente, no nos habría creado ni redimido con tan amarga muerte. Por tanto, sentirán el rigor de mi justicia, porque así como no dejo de remunerar ninguna obra buena, por pequeña que sea, tampoco dejaré sin castigo cualquier pecado, por mínimo que sea.

 

Me menosprecian también y me pisotean, cuando no respetan las sentencias de la Iglesia o excomuniones; y así como los excomulgados públicamente son separados del trato con los demás, del mismo modo serán estos separados de mí, porque una excomunión que se sabe y no se teme, sino que se menosprecia, hace más daño que la espada corporal. Por consiguiente, yo , que soy tenido por un gusano, quiero revivir ahora con mi rigurosa justicia, y vendré tan terrible, que al verme dirán a los montes: Caed sobre nosotros y libradnos de la ira de Dios.

 

 

Dice Jesucristo a santa Brígida haberla escogido por su sola bondad, para que sea como un clarín que publique sus alabanzas y dé gloria a Dios en el mundo.

 

                   Capítulo 76

 

Tú, esposa mía, has de ser como la fístula, de que el flautista saca dulce melodía, y la tiene además plateada por fuera y dorada interiormente. Así, tú, has de estar plateada con las buenas obras y con la sabiduría humana, para que entiendas lo que debes a Dios y sepas como te has de haber con tu prójimo, y lo que conviene a tu alma y a tu cuerpo para salvarte. Interiormente debes estar dorada con la humildad, para que no desees agradar a nadie sino a mí, ni temas desagradar a los hombres por causa mía.

 

Y como el curioso músico hace para su instrumento, si es bueno, caja con su cerradura y lo envuelve en un lienzo, así tú has de andar envuelta en gran limpieza, que ni pensamiento, ni consuelo has de tener que no sea muy limpio. Procura con todas veras estarte a solas, porque la compañía de los malos echa a perder las buenas costumbres. Has de guardar todos sus sentidos exteriores e interiores para que en nada te engañe el demonio, y esta es la cerradura: la llave de ella es el Espíritu Santo, que abrirá tu corazón en tiempo oportuno, para honra mía y provecho de los hombres.

 

 

Alabanzas que la Virgen María hace de la dulzura y misericordia del corazón de su divino Hijo, y medios de conseguir esta misericordia.

 

                   Capítulo 77

 

El corazón de mi Hijo, dice nuestra Señora, es más suave y más dulce que la misma miel, y más limpio que una clara y cristalina fuente, porque de él sale todo lo bueno y virtuoso, como de su fuente y principio. ¿Qué puede haber más grato para un hombre juicioso que considerar el amor de Dios en criarlo y en redimirlo, en los trabajos que padeció por él y en la doctrina que le enseñó, en las mercedes que le hace y en la paciencia con que le sufre? Su amor no es pasajero como el agua, sino amplio y duradero, porque permanece con el hombre hasta el último extremo, de manera que aun cuando estuviese un pecador a las puertas de la muerte y de su perdición, si desde allí clamase con propósito de la enmienda, lo oiría Dios y lo libraría de la condenación eterna.

 

Dos caminos hay por donde se puede ir al corazón de Dios. El primero es la humildad de la verdadera contrición, la cual lleva al hombre al corazón de Dios y le proporciona que pueda tener coloquio espiritual. El segundo es considerar la Pasión de mi Hijo, la cual ablanda la dureza del corazón del hombre y le hace correr con alegría al corazón de Dios.

 

 

Preciosas máximas de espíritu que Jesucristo da a santa Brígida, y dícele que no se desanime aunque caiga en faltas.

 

                   Capítulo 78

 

Por qué temes?, dice Jesucristo a la Santa. Aunque comas al día cuatro veces, no pecas, si lo haces con licencia de tu padre espiritual. Ten perseverancia: mira que has de ser como un soldado que, cuando se ve herido de los enemigos, vuelve sobre ellos con mayor ánimo, y les hace muchas heridas peores que las que él ha recibido, y cuanto más le acometen, tanto más fogoso anda en la batalla. Así tú has de volver con mayor coraje sobre tu enemigo, con gran ánimo y esfuerzo de perseverar en el bien.

 

Tú, pues, rechazas al demonio, cuando no consientes en la tentación y resistes varonilmente, como, por ejemplo, si contra la soberbia acudes con la humildad y contra la gula con la abstinencia. Perseveras constante, cuando en las tentaciones contra Dios no te quejas, sino que las sufres con alegría, y aplicándolas todas por tus pecados, das gracias a Dios. Tu voluntad se ajusta a la razón, cuando no deseas más premio del que yo quisiere darte, y te entregas toda en mis manos.

El primero de estos bienes, que es rechazar el pensamiento malo, no lo tuvo Lucifer, el cual al punto consintió con su mal pensamiento; por consiguiente, cayó de una manera irreparable, porque así como no tuvo ningún instigador de su malicia, tampoco tendrá ningún reparador. El segundo bien, que es tener una firme constancia, no lo tuvo Judas, porque desesperó y se ahorcó. Tampoco Pilatos tuvo el tercer bien, que es una buena voluntad, porque tuvo mayor deseo de agradar a los judíos y de mirar por su honra, que de librarme.

 

Pero mi Madre tuvo el primer bien, que es rechazar al enemigo, porque cuantas sugestiones le puso otras tantas repelió, haciendo actos contrarios de virtud. El segundo bien lo tuvo David, qué fue sufrido en la adversidad, y no desesperó en su caída. El tercer bien, que es una voluntad perfecta, lo tuvo Abraham, quien abandonando su patria, iba a sacrificar a su único hijo. A estos debes imitar según tus fuerzas.

 

 

La Virgen María dice a santa Brígida, que el pecador que se convierte a Dios, debe reparar con la humildad y la paciencia el tiempo antes perdido.

 

                   Capítulo 79

 

Cuando se presentan a un señor nueces, dice la Virgen, varias de ellas suelen estar vacías, las cuales para que sean más aceptables al señor, deben llenarse. Así también acontece en las obras espirituales; pues muchos hacen contritos bastantes obras buenas, con lo que se destruye el pecado, de suerte que no van al infierno. Con todo, antes de esas buenas obras y entre ellas mismas, hubo mucho tiempo vacío, que es necesario se llene, si todavía hay lugar de trabajar; pero si no le hubiere, la contrición y el amor de Dios suplen todas las faltas.

 

De esta suerte María Magdalena ofreció a Dios nueces de buenas obras, entre las cuales hubo algunas vacías, que fueron las malas obras que había hecho en el largo tiempo que fué pecadora; pero perseverando en el bien, llenólas todas con la paciencia y con el trabajo.

 

San Juan Bautista ofreció a Dios nueces casi llenas, porque desde su primera juventud sirvió a Dios, dedicándole todo su tiempo. Mas los apóstoles ofrecieron a Dios nueces no tan llenas; porque antes de su conversión tuvieron muchas faltas e imperfecciones. Pero yo que soy la Madre de Dios, le ofrecí nueces muy llenas y más dulces que la miel, porque desde mi niñez me llenó Dios de su gracia y me conservó en ella. Y así digo que, aunque se le haya perdonado al hombre el pecado, con todo, mientras el hombre tenga lugar, los tiempos anteriormente vacíos deben desquitarse con la paciencia y con el trabajo por amor de Dios.

 

 

Dale Dios a conocer a santa Brígida la diferencia entre el bueno y el mal espíritu.

 

                   Capítulo 80

 

Te quiero enseñar, esposa mía, dice Jesucristo, cómo se ha de conocer mi espíritu, habiendo dos espíritus, uno bueno y otro malo. Mi espíritu es ardiente en amor de Dios; hace que no se desee otra cosa sino Dios, y deja mucha humildad y menosprecio del mundo. El espíritu malo es frío y cálido; frío porque hace frías y amargas todas las cosas del servicio de Dios; y cálido, porque inclina al hombre a los placeres carnales, a la soberbia del mundo y al deseo de ser alabado.

 

Este espíritu se insinúa con dulzura en el ánimo, como si fuera un amigo, pero después muerde como perro rabioso; parece que viene a consolar, pero es un infame enredador. Y así, cuando viniere, puedes decirle: No quiero admitirte, porque tu objeto es malo.

Pero al buen espíritu has de decirle cuando viniere: Venid, Señor, como fuego a abrasar mi corazón, pues aunque soy indigna de recibiros, tengo necesidad de Vos, porque por mi causa no seréis mejor, ni necesitáis nada mío, pero yo seré mejor por causa vuestra, y sin Vos no soy nada.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.



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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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