Domingo, 21 de marzo de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - ¿COMO SON ARMARSE CON LAS ARMAS DE DIOS PARA EL FIN?

Muy instructiva sobre tres clases de hombres, y diferencia entre las buenas y malas lágrimas.

 

                   Capítulo 61

 

Aquel hombre, dice la Virgen a santa Brígida, es como un costal de aristas, que si le quitan una, luego se le pegan diez. Así es ese hombre, por quien ruegas, porque de miedo deja de hacer un pecado, y luego hace diez por la vanidad y honra del mundo. A lo que pides para el otro hombre te respondo, que no es costumbre poner delicadas salsas para carnes podridas. Pides que se le den trabajos en el cuerpo para bien de su alma, y su voluntad es contraria a tu petición, porque apetece las honras del mundo y desea las riquezas más que la pobreza espiritual, y le gustan los placerces; por lo cual tiene el alma podrida y hedionda a mis ojos; y así, no le están bien las preciosas salsas de las tribulaciones y trabajos.

 

Del tercer hombre, cuyos ojos ves llenos de lágrimas, debo decirte que tú lo ves por de fuera, pero yo veo su corazón, y como ves que algunas veces se levanta de la tierra una tenebrosa nube, y colocándose delante del sol, echa de sí lluvia, o nieve espesa y granizo, y después se desvanece, porque había provenido de la inmundicia de la tierra; del mismo modo has de considerar que son los hombres, que hasta la vejez han vivido en pecados y deleites.

Cuando estos llegan a la vejez, comienzan a temer la muerte y a pensar el peligro en que se hallan, y a pesar de esto le es gustoso el pecado. Y al modo que la nube atrae a sí y eleva al cielo las inmundicias de la tierra, así estos hombres atraen a la consideración de sí mismos la inmundicia del cuerpo, esto es, del pecado, y luego la conciencia despide de sí en estos tales tres clases de lágrimas muy diferentes.

 

Compáranse las primeras al agua que echa la nube, y son producidas estas lágrimas, por lo que el hombre ama carnalmente, como cuando pierde los amigos, los bienes temporales, la salud u otras cosas; y como entonces se irrita con lo que Dios dispone y permite, derrama indiscretamente muchas lágrimas.

 

Compáranse a la nieve las segundas lágrimas, porque cuando el hombre comienza a pensar los peligros inminentes de su cuerpo, la pena de muerte y los tormentos del infierno, principia a llorar, no por amor de Dios, sino por temor; y como la nieve se deshace presto, así también estas lágrimas son de poca duración.

 

Las terceras lágrimas se asemejan al granizo; porque cuando el hombre piensa lo agradable que le es y le había sido el placer carnal, y que ha de perderlo, y piensa al mismo tiempo cuánta dulzura y consuelo hay en el cielo, comienza a llorar, viéndose condenado y perdido; pero no se acuerda de llorar las ofensas hechas a Dios, ni si este Señor pierde un alma que redimió con su sangre; ni tampoco se cuida si después de la muerte verá o no a Dios, con tal que consiguiese un lugar en el cielo o en la tierra, donde no padeciese tormento, sino que gozara para siempre de su gusto y placer. Aseméjanse, pues, con razón estas lágrimas al granizo, porque el corazón de tal hombre es muy duro, sin tener ningún calor de amor a Dios, y por consiguiente, estas lágrimas apartan del cielo al alma.

 

Ahora te quiero enseñar las lágrimas que llevan el alma al cielo, las cuales se asemejan al rocío; porque a veces de la blandura de la tierra sube al cielo un vapor que se pone debajo del sol, y deshaciéndose con el calor de este astro, vuelve a la tierra, y fertiliza todo cuanto en la tierra nace, como se ve en las hojas de las rosas, que, puestas de una manera conveniente al calor, arrojan de sí un vapor que luego se condensa y produce el rocío o agua aromática.

 

Lo mismo acontece con el varón espiritual; pues todo el que considera aquella tierra bendita, que es el cuerpo de Jesucristo, y aquellas palabras que habló Jesús con sus propios labios, la gran merced que hizo al mundo y la amarguísima pena que padeció movido de un ardiente amor a nuestras almas; entonces el amor que a Dios se tiene sube con gran dulzura al cerebro, el cual se asemeja al cielo; y su corazón, que se compara al sol, se llena del calor de Dios, y sus ojos se hinchan de lágrimas, llorando por haber ofendido a un Dios infinitamente bueno y piadoso; y entonces quiere mejor padecer todo género de tormentos para honra de Dios, y carecer de sus consuelos, que tener todos los goces del mundo.

 

Con razón se comparan estas buenas lágrimas al rocío que cae sobre la tierra, porque tienen la virtud de hacer buenas obras y fructifican en presencia de Dios. Y como al crecer las flores atraen a sí el rocío que cae, de la misma manera las lágrimas vertidas por amor de Dios, encierran a Dios en el alma, y Dios atrae a sí a esta alma.

 

Sin embargo, el puro y solo temor de Dios, es bueno, por dos razones. En primer lugar, porque pueden ser tantas las obras hechas por temor, que al cabo enciendan en el corazón alguna centella de gracia para alcanzar el amor de Dios. Así, pues, todo el que por sólo temor hiciere buenas obras, aspirando, no obstante a conseguir la salvación de su alma, aunque no por deseo de ver a Dios en los cielos, sino que tema ir a parar al infierno, hace con todo buenas obras, aunque frías, las cuales aparecen de algún valor en presencia de Dios.

 

Compárase Dios al platero, que sabe de qué modo se han de remunerar las obras según la justicia espiritual, o con qué justicia se adquiera el amor de Dios. Porque el Señor tiene dispuesto en su Providencia, que por las buenas obras hechas por temor pueda darse al hombre el amor de Dios, el cual amor le sirve después al hombre, ayudado de la gracia, para la salvación de su alma. Luego, así como el platero usa de carbones para su obra, así Dios se vale de las obras frías para honra suya.

 

En segundo lugar, bueno es temer, porque cuantos pecados deja el hombre de hacer, aunque sea únicamente por temor, de otras tantas penas se librará en el infierno. Sin embargo, si está ajeno de Dios, tampoco tiene derecho para recibir de Dios algún premio, pues aquel cuya voluntad es tal, que si no hubiese infierno querría vivir perpetuamente en el pecado, de ningún modo reside en su corazón la gracia de Dios, y las obras de Dios son tinieblas para él, por lo cual peca mortalmente y será condenado al infierno.

 

 

Nuestro Señor Jesucristo dice a santa Brígida las condiciones que deba tener el alma devota para hacerse gratísíma a su Dios.

 

                   Capítulo 62

 

Tú, esposa mía, debes tener una boca deleitable, oídos limpios, ojos castos y corazón firme. Así debe estar dispuesta tu alma. Tu boca debe ser sobremanera pura, para que no entre nada que no sea de mi agrado. La misma boca, esto es, la mente, ha de ser deleitable con el olor de los buenos pensamientos y con la continua memoria de mi Pasión; y ha de estar colorada, esto es encendida en amor de Dios, para que ponga por obra lo que entendiere. Y como no es agradable una boca pálida, así tampoco me agrada el alma, cuando no hace buenas obras con buena voluntad.

 

La mente debe tener como la boca dos labios, que son dos afectos; uno con que desee las cosas del cielo, y otro con que menosprecie todas las de la tierra. El paladar inferior del alma ha de ser el temor de la muerte, con la cual se aparta el alma del cuerpo, y debe hallarse dispuesta como para este trance. El paladar superior es el temor del terrible juicio. Entre estos dos paladares debe estar la lengua del alma. ¿Y qué es esta lengua sino la frecuente consideración de mi misericordia?

 

Considera, esposa mía, mi misericordia, cómo te crié y te redimí, y cómo te sufro. Piensa también cuán riguroso juez soy, que no dejo cosa por castigar, y cuán incierta es la hora de la muerte.

Los ojos del alma han de ser sencillos, como de paloma que ve al gavilan cerca de las aguas, quiero decir, que tu pensamiento siempre ha de estar fijo en meditar mi amor y mi Pasión, y las obras y palabras de mis escogidos, en las cuales entenderás cómo puede engañarte el demonio, a fin de que nunca estés segura de ti. Tus oídos estarán limpios, de suerte que nunca des entrada a chocarrerías ni a cosas que causen risa y disipación. El corazón ha de ser firme, para que no temas la muerte; y con tal de que conserves la fe, no te avergüences de los oprobios del mundo, ni te inquietes con las penalidades del cuerpo, sino que las sufras por mí que soy tu Dios.

 

 

Misericordia y justicia de Dios y cuánto le importa al hombre responder a la inspiración divina. Cuéntase el castigo de uno que no lo hízo así.

 

                   Capítulo 63

 

Yo soy el Creador de todas las cosas, dice Jesucristo a santa Brígida. Tengo delante de mí como dos hojas: en una está escrita mi misericordia, y en otra mi justicia. Así, pues, a todo el que se duele de sus pecados y propone no volver a cometerlos, le dice la misericordia, que mi Espíritu lo encenderá para hacer obras buenas; y al que de buena gana quisisere apartarse de estas vanidades del mundo, mi Espíritu lo hace más fervoroso. Pero al que está dispuesto, aún a morir por mí, lo inflamará tanto mi Espíritu, que yo estaré en él, y él en mí.

 

En la otra hoja está escrita mi justicia, la dual dice: A todo el que no se enmendare cuando tiene tiempo, y a sabiendas se aparta de Dios, ni lo defenderá el Padre, ni le será propicio el Hijo, ni lo inflamará el Espíritu Santo. Por consiguiente, ahora que es tiempo, considera la hoja de la misericordia; porque todo el que haya de salvarse, se purgará con el agua o con el fuego, esto es, con alguna penitencia hecha en esta vida, o con el fuego del purgatorio en la otra.

A un hombre que tú conoces, le mostré estas dos hojas de la misericordia y de la justicia, y ha hecho burla de la hoja de mi misericordia, y lo que es malo, lo tiene por bueno; y como la garza sobre las otras aves, así éste quiere subir sobre todos, y por tanto, está en gran peligro, si no mira mucho por sí, porque morirá en medio de sus placeres, y será quitado del mundo de entre los que beben y juegan.

Así acontecio; pues levantándose alegre de la mesa, aquella misma noche le dieron muerte sus enemigos.

 

 

La Virgen María se compara a una flor que derrama dulzura y consuelo entre sus devotos.

 

                   Capítulo 64

 

La Virgen María madre de Dios, dice a la esposa de Jesucristo: Yo soy a quien dijo el ángel: Salve, llena de gracia. Y por tanto manifiesto mi gracia a todos los que quieren acudir a ella en sus necesidades. Yo soy Reina y Madre de misericordia, y mi Hijo, que es creador de todas las cosas, me tiene tan gran cariño, que me ha dado inteligencia espiritual de todo lo criado. Y así soy muy parecida a la flor del campo; porque como las abejas sacan la miel y dulzura de la flor, y por mucha que le saquen, siempre le queda, igualmente yo puedo alcanzar gracia para todos, quedándome siempre para dar.

 

También mis escogidos son semejantes a las abejas, los que hacen cuanto pueden por honrarme. Tienen dos pies como las abejas, que son el constante deseo de aumentar mi honra, y el trabajar para conseguir este fin. Tienen dos alas; pues se reputan indignos de alabarme, y obedecen a cuanto saben que es honra y gusto mío. Tienen también su aguijón, que si les faltare, enseguida mueren; y este aguijón son las tribulaciones del mundo que sufren los amigos de Dios, las cuales no se les quitarán hasta el final de su vida, para custodiarles sus virtudes; pero yo, que abundo en consuelos, los consolaré siempre.

 

Yo soy la Madre de Dios, porque así fué la voluntad del Señor. Soy también la Madre de todos los que están en la bienaventuranza; pues aunque los niños tengan cuanto sea de su gusto, con todo, para aumento de su alegría se le acrecienta su gozo con ver el cariñoso semblante de la madre; de la misma manera quiere Dios dar a todos alegría y júbilo en la corte celestial, con la pureza de mi virginidad y con la hermosura de mis virtudes, aunque de un modo incomprensible tengan todo clase de dicha por el poder del mismo Dios.

 

Soy, igualmente, la Madre de todos los que están en el purgatorio, porque siempre estoy mitigando, en cierto modo, todas las penas que aquellas almas padecen para purgar sus pecados; pues es voluntad de Dios, que por mis ruegos se disminuyan varias de aquellas penas, que se deben en rigor de justicia divina. Soy la Madre de toda la justicia y santidad que hay en el mundo, la cual justicia la amó mi Hijo con perfectísimo cariño; y como la mano de la madre siempre está pronta a arrostrar los peligros en defensa del corazón de su hijo, si alguien intentara hacerle daño; así yo estoy constantemente dispuesta a defender a los justos que hay en el mundo, y a librarlos de todo peligro espiritual.

 

Soy, además, la Madre de todos los pecadores que quieren enmendarse, y tienen firme propósito de no ofender más a Dios, y recibo gustosa al pecador para defenderlo, como una caritativa madre que viese desnudo a su hijo, y se acogiese a ella para librarse de sus enemigos, que traían afilados cuchillos para dañarle. ¿No arrastraría entonces varonilmente los peligros, para libertar a su hijo y arrancarlo de manos de los enemigos y lo guardaría con gozo en su regazo? Así hago yo con todos los pecadores, que verdaderamente contritos vienen a mí, y piden a mi Hijo misericordia.

 

 

Espiritual y hermosa comparación entre los sentidos y miembros del cuerpo con las potencias del alma.

 

                   Capítulo 65

 

Tus ojos, esposa mía, dice Jesucristo, han de ser claros y serenos, para que veas los males que has hecho y los bienes que has dejado de hacer. Tu boca, que es tu mente, no ha de tener mancha alguna: los labios han de ser parecidos a dos deseos; el uno de dejar por mí todas las cosas, y el otro de estar siempre conmigo; y estos labios han de ser encarnados porque es el color más decente y se ve de más lejos.

 

El color significa la hermosura, y la hermosura de todos consiste en las virtudes; y es más aceptable a Dios cuando el hombre le ofrece aquello que más ama, y de donde los otros puedan sacar mayor motivo para edificarse. Por consiguiente, debe darse a Dios lo que el hombre más quiere, ya con el afecto, ya por las obras. Por esto se lee que Dios se alegró después de concluir sus obras; y así también se alegra Dios, cuando el hombre se le ofrece todo a su disposición, queriendo padecer o gozar, según sea la volundad divina.

 

Los brazos deben estar ligeros y flexibles para honrar a Dios; el brazo izquierdo representa la consideración de las mercedes y beneficios que te he hecho, creándote y redimiéndote, y cuán ingrata has sido: el brazo derecho debe ser un amor tan fervoroso, que desees pasar por mil tormentos, antes que perderme o enojarme. Entre estos dos brazos reposo yo de buena gana, y tu corazón será el mío, porque yo soy fuego de amor divino, y quiero ser amado fervorosamente.

Las costillas que defienden el corazón, son tus padres, no los carnales, sino los que yo te he elegido, a los cuales has de amar espiritualmente como a mí mismo, y mucho más que a los padres carnales; porque con razón son tus padres, pues te regeneraron para la vida eterna.

 

La piel o cutis del alma ha de estar tan limpia y hermosa, que no tenga mancha alguna. Por la piel se entiende tu prójimo, al que si amares como a ti misma, conservarás en ti intacto mi amor y el de mis santos, pero si lo aborreces, haces daño a tu corazón y las costillas quedan descarnadas, esto es, se disminuye para contigo el amor de mis santos. Por consiguiente, no ha de tener la piel mancha alguna, porque no debes aborrecer a tu prójimo, sino amarlo por Dios a todos, porque entonces todo mi corazón está con el tuyo.

 

Ya he dicho que quiero ser fervorosamente amado, porque soy fuego de amor divino, y en este fuego hay tres cosas admirables: primera, que siempre está ardiendo y nunca se quema; segunda, que nunca se apaga, y tercera, que siempre arde y nunca se consume. Del mismo modo, desde el principio estaba en mi Divinidad mi amor al hombre, el cual ardió mas al tomar yo mi Humanidad, y arde tanto, el cual ardió más al tomar yo mi Humanidad, y arde tanto, que nunca se apaga; pero hace fervorosa el alma y no la consume, sino que la fortalece cada vez más, como acontece con el ave fénix, que según cuenta la fábula, cuando se ve vieja, coge leña de un monte altísimo, y encendiéndola con los rayos del sol, se arroja al fuego, se abrasa y después revive de sus cenizas. Igualmente, el alma que se enciende en el fuego del amor divino, sale de allí rejuvenecida y con más fuerzas.

 

 

Nuestra Señor Jesucristo compara a los hombres de este mundo a tres naves más o menos bien equipadas y dispuestas.

 

                   Capítulo 66

 

Yo soy, esposa mía, Creador de todos los espíritus buenos y malos. Yo soy también el que los rige y gobierna. Yo soy igualmente Creador de todos los animales y cosas que hay y que tienen vida, y asimismo de todo cuanto hay y no tiene vida. Así, pues, todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y en el mar, todo hace mi voluntad y me obedece, a no ser el hombre.

 

Has de saber que hay hombres, que son como una nave que hubiese perdido el timón y el mástil, y anduviera vagando acá y acullá entre las olas del mar, hasta llegar a las playas, o sea la morada eterna de la muerte; en esta nave van los que están obcecados y se entregan a todos los placeres de la vida.

Otros hombres hay, que son como una nave que conserva todavía el mástil y el timón, y un áncora con dos cables; pero se ha perdido el áncora principal, y el timón está para romperse, si viene algún fuerte oleaje. Por consiguiente, hay que estar con precaución, porque mientras lleve timón la nave, cuenta con algún apoyo.

 

La tercera nave tiene todos sus pertrechos y jarcias, y está dispuesta a darse a la vela a la primera ocasión. En la seguna nave, el áncora principal que dije se había perdido, representa la doctrina de la religión, conducida y facilitada por la paciencia y por el fervor del amor divino. Mas ya ha sido desatada esta áncora, porque ha sido arrojada debajo de los pies la enseñanza de los mayores, y cada cual sigue y tiene por bueno lo que le conviene, y de esta manera va la nave fluctuando entre las olas.

 

La segunda áncora, la cual se conserva todavía sana, es el deseo de servir a Dios, y se encuentra atada con dos cables, que son, la fe y la esperanza; porque creen que soy Dios, y tienen en mí la esperanza de que quiero salvarlos, porque soy su timón, que mientras estuviere yo en la nave, no entran las olas, y hay cierto vínculo entre mí y ellos. Pero yo, Dios, me quedo en su nave, cuando nada aman como a mí, y en este caso los fijo como con tres clavos, que son: el temor, la humildad y la consideración de mis obras, pero si amaren algo más que a mí, entonces entra el agua de la disolución, se desprenden los clavos que son el temor, la humildad y la consideración de Dios; quiébrase el áncora de la buena voluntad, y rómpense los cables de la fe y de la esperanza. Mas resulta que los que van en esta nave, son demasiado inconstantes y se dirijen a parajes peligrosos. En la tercera nave que dije se hallaba dispuesta para darse a la vela, y en la que nada falta, van mis amigos.

 

 

El Señor describe a santa Brígida cómo debe armarse para la guerra espiritual el verdadero soldado de Jesucristo.

 

                   Capítulo 67

 

Todo el que quisiere pelear en la milicia espiritual, ha de ser magnánimo, levantándose si cayere, y confiando no en sus propias fuerzas, sino en mi misericordia. Porque quien desconfía de mi bondad y dice: Si intentare yo algo, como refrenar la carne con ayunos, o tener grandes vigilias, no podré perseverar, ni abstenerme de los vicios, porque no me ayudará Dios, este verdaderamente cae. Por tanto, el que quisiere pelear espiritualmente, ha de confiar en mí, y en que con la ayuda de mi gracia podrá salir adelante. Debe tener también deseo de hacer obras buenas, de apartarse del mal y de levantarse cuantas veces cayere, diciendo estas o semejantes palabras: Señor Dios Omnipotente, que a todos no encamináis al bien, yo, pecador, que por mis maldades me he apartado mucho de vos, os doy gracias porque me habéis vuelto al buen camino.

 

Por tanto, os ruego, piadosísimo Jesús, que tengáis misericordia de mí vos que en la cruz estuvísteis lleno de sangre y de tormentos, y os suplico por vuestras cinco llagas, y por el dolor que de vuestras rasgadas venas pasó a vuestro corazón, que os dignéis conservarme hoy a fin de que no caiga yo en pecado. Dadme también virtud para resistir los dardos del enemigo, y para levantarme varonilmente, si por desgracia cometiere algún pecado.

 

Y para que pueda perseverar en la virtud, mientras pelea podrá decirme: Señor Dios mío, a quien nada es imposible, y que todo lo podéis, dadme fortaleza para hacer buenas obras, y poder perseverar en el bien.

Ha de tener también el soldado la espada en la mano, que es una confesión pura, bien limada y resplandeciente; limada, para que con esmero examine su conciencia y vea cómo, cuánto y dónde hay pecado, y por qué causa; y ha de ser también resplandeciente, para que nada le cause vergüenza ni lo oculte, ni lo diga de diferente modo que pecó.

 

Esta espada ha de tener dos agudos filos, que son: propósito de no volver a pecar y resolución de obrar bien. La punta de esta espada es la contrición, con la cual se mata al demonio, cuando el hombre, que antes se holgaba con el pecado, le pesa ahora y gime, porque me enojó a mí, que soy su Dios. Debe esta espada tener también su empuñadura, que es la consideración de la gran misericordia de Dios, la cual es tanta, que no hay pecador por grande que sea, que no alcance perdón, si lo pidiere con propósito de enmendarse. Con esta intención de que Dios es misericordioso sobre todas las cosas, se ha de llevar la espada de la confusión; pero a fin de que no se hiera la mano con los filos de la espada, se ha de poner un hierro entre los filos y la empuñadura, y para que la espada no se caiga de la mano, debe llevar la empuñadura una guarnición.

 

Igualmente, el que tiene la espada de la confesión y espera por la misericordia de Dios ser perdonado y que se purguen sus pecados, ha de estar alerta, no sea que caiga con la demasiada presunción. Por tanto, debe estar siempre temiendo que Dios le retire la gracia, por abusar de ella presumiendo.

 

Mas, para que no se lastime o se debilite la mano con el excesivo fervor del trabajo y con la indiscreción, ha de ponerse el hierro que hay entre las manos y los filos, esto es, la consideración de la equidad de Dios; porque aunque soy tan justo, que no dejo cosa alguna sin examinar y castigar, soy también tan misericordioso y equitativo, que no exijo más de lo que puede sobrellevar la flaca naturaleza, y por un buen deseo perdono un gran castigo, y por una corta enmienda, un gran pecado.

 

La loriga o coraza del soldado espiritual ha de ser la abstinencia, porque como la loriga está compuesta de muchos hierros, así la abstinencia ha de constar de muchas virtudes; de una gran guarda en la vista, y así de los demás sentidos; de abstinencia en cosas de comer y deleites carnales, de el vestido superfluo, y otras muchas cosas, que no debían hacerse según enseñé en mi evangelio. Pero ninguno puede ponerse a sí mismo esa loriga, sino que necesita el auxilio de otro; y para que se la ayude a poner, ha de invocar y honrar a mi Madre la Virgen María, porque fué verdadero dechada de vida y norma de todas las virtudes, y si se la invocare con constancia, le enseñará la perfecta abstinencia.

 

El yelmo es la perfecta esperanza, el cual tiene como dos agujeros, por donde debe ver el soldado. El uno es la consideración de lo que ha de hacer, y el otro de lo que ha de dejar de hacer; porque todo el que espera en Dios, ha de estar siempre pensando qué debe hacer o dejar de hacer para agradar a Dios. El escudo es la paciencia, con que ha de sufrir de buena voluntad cuanto le sucediere.

 

 

Cómo los justos se trasforman en Jesucristo. Es de mucho consuelo.

 

                   Capítulo 68

 

Mis amigos, dice el Señor a la Santa, son como mi brazo. En el brazo hay piel, sangre, huesos, carne y médula. Pero yo soy como el buen cirujano, que primeramente corta todo lo inútil, une después la carne a la carne, y el hueso al hueso, y enseguida pone la medicina. Así he hecho yo con mis amigos. Les quité, en primer lugar, toda codicia del mundo y los ilícitos deseos de la carne. Después uní mi médula con la suya. ¿Qué es mi médula sino el poder de mi divinidad? Y como sin la médula muere el hombre, de la misma manera muere el que no comunica con mi divinidad. Y yo uno ésta a la flaqueza de ellos, cuando gustan de mi sabiduría, y esta les fructifica, cuando su alma entiende lo que ha de hacerse o dejarse de hacer.

 

Los huesos significan mi fortaleza, la cual uno a la fortaleza de ellos, cuando los hago fuertes para obrar bien. La sangre es la voluntad que tienen subordinada a la mía, sin querer más de lo que yo quiero, ni desear otra cosa que a mí. La carne significa mi paciencia, que uno a la paciencia de ellos, siempre que son pacientes como yo lo fuí, cuando desde la planta del pie hasta la cabeza no tuve en mí nada sano. La piel o cutis significa el amor con que los uno a mí, cuando nada aman tanto como a mí, y de buena voluntad quieren morir por mí con mi auxilio.

 

 

Aconseja Jesucristo a santa Brígida que se humille ante cuatro clases de hombres.

 

                   Capítulo 69

 

Tú, esposa mía, te has de humillar ante cuatro clases de hombres. Primero, ante los poderosos del mundo; pues ya que el hombre no quiso obedecer a Dios, razón es que obedezca a otro hombre; y puesto que el hombre no puede estar sin que haya quien le mande, debe someterse a la autoridad. Segundo, te has de humillar ante los pobres de cosas espirituales, que son los pecadores, y has de rogar por ellos y dar gracias a Dios, porque no has sido ni eres como ellos por casualidad. Tercero, ante los ricos de bienes espirituales, que son los amigos de Dios, y te has de considerar indigna de servirles y de hablar con ellos. En cuarto lugar, has de humillarte ante los pobres del mundo, ayudándoles lo que pudieres, vistiéndolos y lavándoles los pies.

 

 

Jesucristo amonesta a santa Brígida el progreso en toda virtud, imitando a los Santos y a la Reina de todos ellos, para unirse de este modo con el mismo Jesús.

 

                   Capítulo 70

 

Con mucha razón te he dicho que mis amigos son mi brazo, porque tienen consigo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a mi Madre, y a toda la corte celestial. La divinidad es la médula, sin la que nadie vive. Los huesos son mi humanidad, que fué fuerte para padecer. El Espíritu Santo es la sangre, porque es quien lo llena y lo alegra todo. Mi Madre es la carne, en la cual estuvo la divinidad, la humanidad y el Espíritu Santo.

 

La piel o cutis es todo el ejército celestial; y como la piel cubre la carne, así mi Madre aventaja en virtud a todos los santos; porque aun cuando los ángeles son puros, más pura es todavía mi Madre; y aunque los profetas estuvieron llenos del Espíritu Santo y los mártires padecieron muchos tormentos, mayor todavía y más fervoroso fué en mi Madre el espíritu, y también padeció más que todos los mártires. Y aunque los confesores se abstuvieron de todas las cosas, más perfecta abstinencia tuvo mi Madre, porque mi divinidad estuvo en ella juntamente con mi humanidad.

 

Por consiguiente, cuando mis amigos me tienen a mí, está con ellos la divinidad, con la que vive el alma; tienen la fortaleza de mi Humanidad, con la que se hacen fuertes hasta morir; y están llenos de la sangre de mi espiritu, con la cual su voluntad se mueve a todo lo bueno.

Su carne se llena también de mi carne y de mi sangre, cuando no quieren mancharse y se conservan en la castidad con el auxilio de mi gracia. Mi piel también está unida a la de ellos, cuando imitan la vida y costumbres de mis santos.

 

Así, pues, con razón mis santos se llaman mi brazo, y debes ser tú uno de ellos por el deseo de adelantar en el bien e imitándolos en lo que puedas, para que como yo los uno a mí por la alianza de mi Cuerpo, así tú también debes unirte a ellos y a mí por mi mismo Cuerpo.

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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