S?bado, 20 de marzo de 2010
PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA

Dice Nuestro Señor Jesucristo a santa Brígida cómo todo se plega a su voluntad, menos el alma del pecador.

 

                   Capítulo 50

 

Yo soy un Dios con el Pader y con el Espíritu Santo. Con la providencia de mi Divinidad, tengo previstas y dispuestas todas las cosas, desde la eternidad y antes de todos los siglos. Todas las cosas tanto corporales como espirituales tienen cierta disposición y orden, y todas están y marchan según lo ordenado y previsto en mi presciencia, como puedes comprenderlo por tres cosas. Primero, de las que tienen vida, que la mujer sea la que dé a luz al hijo, llevándole en sus entrañas: en segundo lugar, se manifiesta por los árboles, porque los que son dulces, dan fruto dulce, y los amargos, lo dan amargo; y se manifiesta finalmente, por los astros, pues el sol, la luna y todos los cuerpos celestes guardan su curso, según lo prefijado en mi divinidad.

 

Del mismo modo, las almas racionales están previstas en mi divinidad y conocidas ya cuáles habrán de ser, aunque mi presciencia en nada les perjudica ni les daña, pues les queda la libre inclinación de su voluntad, esto es, el libre arbitrio y el poder elegir lo que les agrade. Luego, así como la mujer da a luz al hijo, de la misma manera el alma, que es la buena esposa de Dios, debe producir virtudes con el auxilio del Señor; porque ha sido creada para adelantar en virtudes y crecer con la fecunda semilla de las mismas virtudes, hasta llegar a los brazos del amor divino.

Pero el alma que degenera de su origen y falta a su Creador, y no le produce fruto, obra contra la disposición de Dios; y por tanto, es indigna de la dulzura del Señor.

 

La inmutable disposición de Dios aparece, en segundo lugar, en los árboles, porque los árboles dulces dan frutos dulces, y los amargos los dan amargos, como en el dátil, en el cual hay dos cosas, la dulzura de la carne y el duro hueso. Igualmente está previsto desde la eternidad, que donde more el Espíritu Santo, quede envilecido todo deleite mundano y produzca hastío toda honra del mundo, y haya en ese corazón tanta fortaleza del Espíritu de Dios y tanta firmeza, que no pueda decaerse con la ira, ni abatirse con las desgracias, ni engreirse con la prosperidad. Así también está previsto desde la eternidad, que donde habitare el demonio, haya un fruto por fuera colorado, pero dentro lleno de inmundicias y de espinas, como se echa de ver en el deleite momentáneo, en el cual hay una dulzura aparente, pero llena de sentimientos y tribulaciones; porque cuanto más se meta el hombre en las cosas del mundo, tanto más grave cuenta tendrá que dar. Por consiguiente, como cada árbol da el fruto según es la raíz y el tronco, así todo hombre ha de ser juzgado según la intención de sus obras.

 

En tercer lugar, los elementos todos permanecen en su orden y movimiento, según fué previsto desde la eternidad, y se mueven según la voluntad del Hacedor. Así también, toda criatura racional debe moverse y estar dispuesta según lo ordenado por el Creador; mas cuando hace lo contrario, claro es que abusa del libre arbitrio, y al paso que los irracionales guardan sus términos, el hombre racional degenera y agrava su castigo, porque abusa de la razón.

Por lo tanto, ha de guardarse bien la voluntad del hombre, porque no hago mayor injuria al demonio que a mis ángeles, y como Dios exige de su casta esposa aquella indecible dulzura, así el demonio desea para su esposa abrojas y espinas. En nada, tampoco, podría prevalecer el demonio, si no estuviese viciada la voluntad del hombre.

 

 

Importantes lecciones de la Virgen María sobre las astucias del enemigo, comparándolo a una zorra.

 

                   Capítulo 51

 

La zorra, dice la Virgen a santa Brígida, es un animal solícito en proveerse de cuanto ha de menester, y engañador, que algunas veces se finge dormida, y como muerta, para que vengan las aves y posen sobre ella, y de esta manera cogerlas y devorarlas con más libertad; otras veces se pone a observar el vuelo de las aves, y las que ve que por el cansancio están posando en la tierra o debajo de los árboles, las coge y las devora; pero las que vuelan con ambas alas, la confunden y la dejan burlada.

 

Esta zorra es el demonio, que siempre está persiguiendo a los amigos de Dios, principalmente a los que carecen de la hiel de su malicia y del veneno de su maldad. Fíngese dormida y muerto, porque unas veces deja al hombre libre de las tentaciones más graves, para que teniéndolo desprevenido en las cosas pequeñas, con mayor libertad pueda engañarlo y envolverlo; otras veces, da al vicio el color de la virtud, y por el contrario, a la virtud el del vicio, para que enredado el hombre, caiga en el vacío, y perezca, a no ser que se aconseje prudentemente, según podrás entender con un ejemplo.

 

La misericordia suele ser vicio, cuando se ejercita para agradar a los hombres. El rigor de la justicia es injusticia, cuando se pone en práctica por codicica o por impaciencia. La humildad es soberbia, cuando se tiene por ostentación y porque la vean los hombres. La paciencia parece virtud, y no lo es, cuando el hombre, si pudiese, se vengaría de aquella injuria recibida, pero que no siéndole posible, lo deja para mejor coyuntura. Otras veces, también ocasiona el demonio angustias y tentaciones, para que el hombre se abata con la excesiva tristeza; y otras veces, por último, le infunde el demonio angustias e inquietudes en el corazón, para que el hombre se emperece en el servicio de Dios, o mientras esté desprevenido en las cosas pequeñas, caiga en las más graves.

 

Así es como a éste de quien te hablo, lo ha engañado el demonio. Pues cuando en la vejez tenía todo lo que deseaba, se creía feliz y deseaba larga vida, fué arrebatado sin Sacramentos, y sin poner orden en sus cosas; pues, asemejándose a la hormiga, acarreaba día y noche, mas no para el granero del Señor; y al llegar a la puerta para introducir los granos, murió, dejando sus bienes a otros, porque el que no recoge con cordura los frutos en el tiempo de la siega, no viene a gozar de ellos.

¡Dichosas las aves del Señor, que no duermen bajo los árboles de las delicias del mundo, sino en los de los deseos celestiales! porque si las sorprendiera la tentación de la inicua zorra, o sea el demonio, al punto echarán a volar con ambas alas, que son la humildad de la confesión y la esperanza del auxilio del cielo.

 

 

Refiere la Virgen María a santa Brígida de un modo muy patético la Pasión de su divino Hijo, y descríbele también la hermosura de su sagrada Humanidad.

 

                   Capítulo 52

 

Al acercarse la Pasión de mi Hijo, brotáronle las lágrimas y comenzó a sudar con el temor de ella; luego se apartó de mi vista, y no volví a verlo, hasta que lo sacaron para azotarlo. Entonces lo llevaron con tales empellones y lo derribaban por el suelo con tanta crueldad, que al herirle en la cabeza de un modo horroroso, los dientes chocaban unos con otros; y en el cuello y en las mejillas le daban tan fuertes golpes que el sonido llegaba hasta mí. Por mandato del lictor se despojó él mismo de sus vestidos, y abrazó con gusto la columna. Atáronle a ella fuertemente, y con instrumentos sembrados de puas y aguijones, principiaron a darle azotes, no arrancándole la carne, sino surcándole todo el cuerpo.

 

Así, pues, yo al primer golpe, como si me lo hubieran dado en el corazón, quedé privada de sentido; y volviendo en mí después, vi su cuerpo, que estuvo del todo desnudo mientras lo azotaban, todo hecho una pura llaga. Entonces, uno de los que allí estaban, dijo a los verdugos: ¿Queréis matar a este hombre sin que lo juzguen, y hacer vuestra la causa de su muerte? Y al decir esto cortó la soga con que lo tenían atado. Luego que mi Hijo se separó de la columna, fué a buscar sus vestidos, mas apenas si le dieron lugar para ello, y mientras lo llevaban a empellones, iba poniéndose la túnica. Sus pisadas al separarse de la columna, quedaban marcadas con sangre, de modo que por ella podía yo conocer todos sus pasos; limpióse con la túnica el rostro, que le estaba manando sangre.

 

Sentenciado a muerte, le pusieron la cruz a cuestas, pero en el camino tomaron otro que le ayudase. Al llegar al paraje de la crucificción, tenían a punto el martillo y cuatro clavos agudos. Mandáronle que se desnudase, y se despojó de sus vestidos, poniéndose antes un pedazo de lienzo con que cubrirse parte del cuerpo, el cual lo recibió con mucho consuelo para atárselo por cima de los muslos.

 

La cruz estaba preparada, y sus brazos estaban colocados muy en alto, de suerte que el nudo o junta de ella venía a dar en las espaldas, sin dejar sitio alguno en donde poder apoyar la cabeza. La tabla del título estaba clavada en ambos brazos, y sobresalía por encima de la cabeza. Mandáronle poner de espaldas sobre la cruz, y después de tendido en ella pidiéronle la mano, alargando primero la derecha, y después no llegando la otra al sitio que en el otro extremo ya estaba señalado, se la estiraron con gran fuerza, y lo mismo hicieron con los pies, que por haberse recogido no llegaban a los agujeros. Pusieron el uno sobre el otro, como si estuvieran sueltos de sus ligaduras, y los atravesaron con dos clavos, fijándolos al tronco de la cruz por en medio de un hueso, como habían hecho con las manos.

 

Al primer martillazo, quedé por el dolor enajenada de mí y sin sentido; y al volver en sí, vi crucificado a mi Hijo, y oí a los que estaban allí cerca, que decían: ¿Qué ha hecho éste? ¿Ha sido ladrón, salteador o mentiroso? Y otros respondieron que era mentiroso. Entonces le pusieron otra vez en la cabeza la corona de espinas, apretándosela tanto, que bajó hasta la mitad de la frente, y por su cara, cabellos, ojos y barba, comenzaron a correr arroyos de sangre con las heridas de las espinas, de suerte que todo lo veía yo cubierto de sangre, y no pudo verme aunque estaba yo cerca de la cruz, hasta que apretó los párpados para separar de ellos un poco la sangre.

 

Así que me hubo encomendado a su discípulo, alzó la cabeza y dió una voz salida de lo íntimo de su pecho, y con los ojos llorosos, fijos en el cielo, dijo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis desamparado? La cual voz jamás pude olvidar hasta que subí al cielo, porque la dijo, más compadeciéndose de mí que por lo que él padecía. Luego en todos los puntos de su cuerpo que se podían divisar sin sangre, se esparció un color mortal. Los dientes se le apretaron fuertemente, las costillas podían contársele; el vientre, completamente escuálido, estaba pegado al espinazo, y las narices afiladas, y estando su corazón para romperse, se estremeció todo su cuerpo y su barba se inclinó sobre el pecho.

 

Viéndole ya muerto, caí sin sentido. Quedó con la boca abierta, de modo que podían verse los dientes, la lengua y la sangre que dentro tenía; los ojos le quedaron medio cerrados, vueltos al suelo; el cuerpo, ya cadáver, estaba colgado y como desprendiéndose de la cruz; inclinadas hacia un lado las rodillas, apartábanse hacia otro lado los pies girando sobre los clavos. En este espacio de tiempo varios de los circunstantes insultándome decían: María, ya murió tu Hijo. Otros que sentían mejor, me consolaban diciendo: Señora, la pena de vuestro Hijo ya se terminó para su eterna gloria.

 

Poco después le abrieron el costado, y el hierro de la lanza salió teñido en sangre roja y encendida, echándose de ver que había sido traspasado su corazón; pero ¡ay! que aquella lanzada penetró también el mío, y fué maravilla que no se me rompiese. Cuando todos se fueron del lado de la cruz, yo no pude apartarme, y me consolé porque pude tocar su cuerpo cuando le bajaron de la cruz, y pude también recibirlo en mi regazo, mirar sus llagas y limpiarle su sangre. Con mis dedos le cerré la boca y le arreglé los ojos. Pero sus yertos brazos no pude doblarlos para que descansaran sobre el pecho, sino sobre el vientre. Las rodillas tampoco pudieron extenderse, sino que quedaron dobladas como habían estado en la cruz.

 

Mi Hijo, continuó la Virgen santísima, no puedes verlo como está en el cielo, pero te voy a decir cómo era su cuerpo cuando estaba en el mundo. Era tan hermoso, que nadie le miraba a la cara sin quedarse consolado, aunque estuviese muy afligido por el dolor; pues los justos, con sólo verlo, recibían consuelo espiritual, y aun los malos mientras lo miraban se olvidaban de todas las tristezas del mundo. Era esto en tal grado, que los que se veían acongojados por alguna aflicción, solían decir: Vamos a ver el Hijo de María, para que al menos durante ese tiempo estemos consolados.

 

A los veinte años de edad ya tenía todo el cuerpo y fortaleza de un varón perfecto. Era de buena y proporcionada estatura, no de muchas carnes, aunque bastante desarrollado en sus músculos.

Sus cabellos, cejas y barba eran de un castaño dorado; era su venerable barba como de un palmo de larga, su frente no la tenía salida ni hundida, sino recta; las narices proporcionadas, ni pequeñas ni demasiado grandes; los ojos tan puros y cristalinos, que hasta sus enemigos se deleitaban en mirarlos; los labios no gruesos y de un sonrosado claro; el mento o barba no salía hacía fuera, ni era prolongado en demasía, sino agraciado y de hermosa proporción; las mejillas estaban moderadamente llenas; su color era blanco con mezcla de sonrosado claro; su estatura era derecha, y en todo su cuerpo no había mancha ni fealdad alguna, como pudieron atestiguarlo los que lo vieron del todo desnudo, y lo azotaron atado a la columna. Jamás tuvo en su cuerpo ni en su cabeza insecto alguno, ni otra alguna suciedad, porque era la limpieza misma.

 

 

Los tres estados de doncellas, casadas y viudas, agradan a Dios, si se toman por vocación.

 

                   Capítulo 53

 

Dice Jesús a la Santa: Buena y preciosa cosa es la virginidad, porque asemeja a la criatura con los ángeles, con tal que se guarde racional y honestamente. Pero si no se guarda esto, si hay virginidad del cuerpo y no pureza del alma, hay entonces una virginidad desfigurada; pues más me agrada una casada humilde y devota, que una doncella soberbia y descompuesta; y por consiguiente, puede ser a mis divinos ojos de gran merecimiento y virtud, cualquiera que con amor hacia mí y muy recta intención, persevera en el estado a que la llamé.

 

Tres quiero ponerte por ejemplo de lo que te acabo de decir: Susana, Judith y Tecla. La primera fué casada, la segunda viuda, y la tercera virgen. Tuvieron diferente género de vida y diferente propósito, y no obstante, por el mérito de sus acciones fueron conformes en lo principal. Susana prefirió morir a faltar a su deber; y porque siempre me tuvo presente en todas partes, mereció ser salvada y gloriarse de su salvación. Judith, viendo los desacatos que me hacían y las pérdidas de su pueblo, se angustió tanto, que no sólo se expuso por mi amor a su oprobio y daño, sino que estaba dispuesta a sufrir por mí cualquiera muerte.

 

Tecla, que fué virgen, más quiso sufrir mil tormentos, que hablar contra mí una sola palabra. Todas tres fueron por diferente camino, pero todas ellas tuvieron gran merecimiento en la intención y deseo de agradarme. Luego sean doncellas, casadas o viudas, todas, según su diferente estado y condición, pueden agradarme, con tal que tengan buena vida, y todo su deseo esté encaminado a mí, según su especial vocación.

 

 

Jesucristo exhorta a santa Brígida y a su hija santa Catalina, para que le estén muy agradecidas por la especial vocación con que las ha llamado.

 

                   Capítulo 54

 

Dos hermanas hubo, esposa mía, dice Jesucristo, Marta y María, y su hermano fué Lázaro, al cual yo resucité; y me sirvió mucho más después de resucitado; y sus hermanas, aunque eran serviciales y asíduas en atenderme antes de la resurrección del hermano, mucho más lo fueron después. Lo mismo he hecho espiritualmente con vosotros, porque os resucité a vuestro hermano, esto es, vuestra alma, que hacía cuatro días estaba muerta y hedionda, apartada de mí, con la inobservancia de mi voluntad, con la vana codicia, con los atractivos del mundo y con el deleite de sus diversiones.

 

Cuatro cosas me movieron a resucitar a Lázaro: el haber sido amigo mío mientras vivió; el cariño de sus hermanas, la humildad de Magdalena al ungirme los pies, porque como en presencia de los convidados se humilló por mí, así también en presencia de muchos se alegrase y fuese honrada; y en fin, para que se manifestase la gloria de mi Humanidad.

No concurrieron en vosotros estas cuatro circunstancias, porque amábais el mundo mucho más que aquellas dos hermanas que ya me seguían; y así, la misericordia que con vosotros he usado, es mucho más que la que usé con ellas, pues sin merecerlo vosotros, os he hecho mercedes; y tanto más excelente es la resurrección que con vosotras he hecho, cuanto va de la vida y resurrección del alma, a la vida y resurrección del cuerpo.

 

Y pues yo he sido tan liberal con vosotros, no haréis mucho en darme como aquellas dos hermanas hospedaje en vuestra alma, con una ferventísima caridad, no amando otra cosa que a mí, poniendo todas vuestras esperanzas en mí, humillándoos como la Magdalena, llorando cada día vuestros pecados, no avergonzándoos de vivir humilde y pobremente entre los soberbios, siendo continentes y templadas entre los más incontinentes y destemplados, y mostrando a todos en el exterior cuanto me amais en el alma. Habéis de ser también como aquellas dos hermanas, de un sólo corazón y una sola alma, fuertes para menospreciar el mundo y prontas para alabarme.

 

Si esto hiciereis, yo, que he resucitado a vuestro hermano, que es vuestra alma, la defenderé para que no la maten los Judíos. Pues ¿para qué le había de aprovechar a Lázaro haber recitado de la muerte de este mundo, sino para que viviendo en la presente vida con aumento de virtudes, resucitase después glorioso en la vida segunda y eterna?

 

¿Y quiénes son los Judíos que procuran matar a Lázaro, sino los que se indignan de que viváis mejor que ellos, los que aprendieron a hablar cosas grandiosas y a hacer muy poco, los que yéndose tras el favor de los hombres, menosprecian tanto más los hechos de sus antepados, cuanto menos se dignan de atender las cosas verdaderas y altas? Así son muchos que suelen disputar acerca de las virtudes, pero no saben observarlas viviendo virtuosamente, y por lo tanto, viven en gran peligro, porque hablan mucho y no obran nada.

 

¿Y lo hicieron de esta suerte mis predicadores? No por cierto. Amonestaban a los pecadores, no con palabras sublimes, sino con pocas y caritativas, y estaban dispuestos a dar sus vidas por ganar aquellas almas. Así, pues, por el amor de estos, venían otros a amar a Dios, porque el ardor del que enseñaba, movía el ánimo del oyente, más que las palabras mismas. Pero ahora muchos predican cosas grandiosas de mí, y no hacen fruto, porque el soplo sólo no puede encender la leña, si no hay algo de lumbre.

 

De estos que son los judíos, que persiguen vuestro espíritu y modo de vida, yo os defenderé, para que ni sus palabras ni obras os puedan apartar de mí, pero no os defenderé de suerte que no padezcais nada, sino para que no sucumbais de impaciencia. Poned vosotros el deseo, y yo con mi amor encenderé vuestra voluntad.

 

 

Se demuestra a santa Brígida en cierta visión como difunto ya a un pariente suyo muy próximo.

 

                   Capítulo 55

 

Decíase que había muerto cierto caballero, soldado, el cual en una visión espiritual se manifestaba también a santa Brígida como muerto, y pidiendo auxilio; y afligiéndose con esta muerte la Santa, le dice la Madre de misericordia. Si este caballero ha muerto o no, lo sabrás a su debido tiempo, mas ahora procuremos que viva mejor.

 

 

Consumada y altísima perfección cristiana, descrita por la Virgen María. Es muy digna de leerse.

 

                   Capítulo 56

 

En tu oración, dice a la Santa Jesucristo, dijiste hoy, esposa mía, que era mejor que la persona se previniese a sí misma, que no que otro la previniese; así yo, te he prevenido con la dulzura de mi gracia. Y luego apareciéndose san Juan Bautista, dijo: Bendito seáis vos, Dios mío, que sois antes de todas las cosas, con quien nadie jamás fué Dios, y fuera del cual y después del cual nadie existirá, porque sois y érais eternamente un sólo Dios. Vos sois la verdad prometida por los profetas, por quien yo salté de alegría en el vientre de mi madre, y a quien señalándole con el dedo, conocí mejor que todos.

 

Vos sois nuestro gozo y nuestra gloria, vos nuestro anhelo y nuestro deleite; porque con sólo veros nos llenáis de una suavidad indecible, que sólo el que la goza sabe lo que es. Vos sois también nuestro único amor, y no es de extrañar que os amemeos tanto, porque siendo vos el amor mismo, no solamente amáis a los que os aman, sino también, como Creador de todos, tenéis caridad con los que se desdeñan conoceros.

 

Y pues somos ricos de vos y en vos, oh Señor, os rogamos que deis de nuestras riquezas espirituales a los que no tienen riqueza alguna, para que, como nosotros gozamos en vos y no por nuestros méritos, así también muchos participen de nuestros bienes. Hágase lo que pides, respondió Jesucristo.

Acabadas de decir estas palabras, trajo allí san Juan a un militar medio muerto, y dijo: Señor, este que aquí os presento, os había prometido entrar en vuestro milicia, y aunque se esfuerza en pelear, no consigue nada, porque está desarmado y enfermo. Por dos razones estoy obligado a ayudarle, por los méritos de sus padres, y por el empeño que en honrarme tiene. Por ser vos quien sois, os pido, Señor, le deis los vestidos de la milicia, para que no se vea avergonzado de su desnudez. Dale lo que quieres, respondió el Señor, y vístelo como te agrade.

 

Aparecióse entonces la Madre de Dios, y le dijo al militar: ¿Qué te falta, hijo mío? La armadura de los pies, respondió. Y dijo la Virgen: Oye, soldado del mundo en otro tiempo, y ahora mío: Dios creó todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, pero entre todas las cosas inferiores, la criatura más digna y más hermosa es el alma, que en sus pensamientos es semejante a la buena voluntad: y así como del árbol salen muchas ramas, de la misma manera, del ejercicio y trabajo espiritual del alma debe nacer toda tu perfección. Luego para conseguir la armadura espiritual de los pies, la buena voluntad debe ser la primera, siempre con la ayuda de la gracia de Dios.

 

En ella debe haber dos consideraciones sobre basamento de oro, a semejanza de dos pies. El primer pie o consideración del alma perfecta, es no querer pecar contra Dios, aunque no se hubiera de seguir pena ni castigo. La segunda consideración, es hacer buenas obras por la gran paciencia y amor de Dios, aunque supiese que no había de recibir premio. Las rodillas del alma son la alegría y fortaleza de la buena voluntad; y como las rodillas se encorvan y doblan para el uso de los pies, así la voluntad del alma debe doblarse y refrenarse, según la razón, a la voluntad de Dios.

 

Escrito está que el espíritu y la carne se hacen guerra mutuamente, por lo cual dice san Pablo: No hago el bien que quiero. Que es como si dijera: Muchas cosas buenas quiero según el alma, pero no puedo por la flaqueza de la carne, y aunque alguna vez puedo hacerlo, no es con alegría. ¿Y quedará sin recompensa el Apóstol, porque quiso y no pudo, o porque aún cuando obró bien no fué con alegría? No por cierto, sino que más bien se le doblará su corona: lo primero, porque al hombre exterior era aquella operación trabajosa a causa de la carne que se opone al bien; y lo segundo, por el hombre interior, porque no siempre tenía el consuelo espiritual. Así, pues, muchos del siglo trabajan, y no por esto son premiados, porque trabajan por impulso de la carne, y si fuese precepto de Dios ese trabajo no lo harían con tanto afán.

 

Estos dos pies espirituales del alma, no querer pecar, y hacer buenas obras, han de recibir dos armaduras: el discreto uso de las cosas temporales, que consiste en tener lo necesario para un moderado sustento, y no para cosas superfluas; y el discreto deseo de las cosas del cielo, el cual consiste en querer merecer los bienes celestiales con trabajos y buenas obras. Por la ingratitud y pereza se apartó de Dios el hombre, y debe volver a Él por la humildad y trabajos. Por tanto, hijo mío, ya que no tuviste estas cualidades, roguemos para que te auxilien los santos mártires y confesores, que abundaban en semejantes riquezas.

 

Apareciéndose entonces muchos santos, dijeron: Oh bendita Señora, vos trajisteis al Señor en vuestro vientre, y vos sois Señora de todos: ¿qué es lo que no podréis hacer? Lo que queréis, eso se ha hecho siempre, y vuestra voluntad es siempre la nuestra. Con justicia sois la Madre del amor, porque a todos los visitais con caridad.

Volvió a hablar la Santísima Virgen, y dijo al militar. Hijo, todavía te falta el escudo, al cual corresponden dos cosas: la fortaleza, y las armas del Señor en cuyo favor se pelea.

 

El escudo espiritual significa, pues, la consideración de la amarga Pasión de Jesucristo, que debe estar en el brazo izquierdo junto al corazón, para que cuando la carne pidiere su gusto y deleite, se consideren las llagas y cardenales de Jesucristo; cuando aflijan y contristen al alma el desprecio y las adversidades del mundo, se recuerdan la pobreza e injurias hechas a Jesucristo; y cuando guste la honra y larga vida en el mundo, se traiga a la memoria la amarguísima muerte y Pasión de Jesucristo. También ha de tener este escudo la fortaleza de la perseverancia en el bien y la anchura de la caridad.

 

Las armas o divisa del escudo han de ser de dos colores, porque nada se ve más claro ni desde más lejos, que lo que se compone de dos colores relucientes. Estos dos colores que debe tener el escudo de la consideración de la Pasión del Salvador, son, la continencia de los afectos desordenados, y la pureza refrenando también con vigor los movimientos de la carne. Con estas dos virtudes se da esplendor al cielo, y alegrándose los ángeles, dicen: Ved aquí las insignias de nuestra pureza y la de nuestra compañía; razón es que ayudemos a este soldado.

 

Y viendo los demonios al soldado adornado con estas insignias del escudo, darán voces y dirán: ¿Qué haremos, compañeros? Este soldado es terrible en acometer, viene armado perfectamente: por los costados trae las armas de las virtudes, a la espalda ejércitos de ángeles, a su mano izquierda tiene un vigilantísimo custodio que es el mismo Dios, y al rededor está lleno de ojos con los cuales ve nuestra malicia: bien podemos acometerle, pero quedaremos avergonzados, porque de ninguna manera saldremos victoriosos. ¡Ah! ¡qué feliz es este soldado, a quien los ángeles honran, y por temor del cual se estremecen los demonios! Mas porque tú, hijo mio, no has alcanzado todavía este escudo, roguemos a los santos ángeles, que resplandecen en pureza espiritual para que te ayuden.

 

Y después prosiguió diciendo la Madre de Dios: Hijo, todavía nos falta la espada, la cual ha de tener dos filos y muy agudos. La espada espiritual es la confianza en Dios para pelear por la causa de la justicia: esta confianza ha de ser a la manera de dos filos, a saber: por un lado, la rectitud de justicia en la prosperidad, y por el otro, el dar a Dios gracias durante la adversidad. Una espada de esta clase tuvo aquel justo varón Job, que en la prosperidad ofrecía a Dios sacrificios en favor de sus hijos, era padre de los pobres, su puerta estaba abierta al caminante nunca fué vanidoso ni deseó lo ajeno, y siempre temió a Dios, como el que se ve colocado sobre las olas del mar. En las adversidades y trabajos dió también acciones de gracias a Dios, cuando después de perder sus hijos y bienes, le injuriaba su mujer y estaba todo hecho una llega, y lo sufría con paciencia, diciendo: El Señor me lo dió, el Señor me lo quitó: sea por siempre bendito.

 

Esta espada ha de ser también muy aguda, para aniquilar a los que impugnen la justicia, como hicieron Moisés y David; para ser celoso por la ley, como Trinees, y para no cesar de hablar como lo hicieron Elías y san Juan Bautista. Pero ¡cuán embotada está hoy la espada de muchos, que si dicen algo, no mueven un dedo, y buscan la amistad de los hombres, sin mirar la gloria de Dios! Luego, porque no has tenido esta espada, roguemos a los Patriarcas y Profetas, que tuvieron esta confianza, y se nos dará abundantemente.

 

Volvió a aparecer la Madre de la misericordia, y dijo al soldado: Hijo, todavía necesitas una cubierta para las armas, a fin de librarlas de la herrumbre y de que no se manchen con la lluvia. Esta cubierta es la caridad, es querer morir por Dios, y si posible fuera sin ofender al Señor, y hasta ser separado de Dios por la salvación de sus hermanos. Esta caridad y amor de Dios es capa que oculta a todos y con su virtud no les deja cometer los pecados, conserva las virtudes, mitiga la ira de Dios, lo hace todo posible, espanta los demonios y da alegría a los ángeles. Esta cubierta ha de ser blanca por dentro, y resplandeciente como el oro por fuera; porque donde reina el celo del amor divino, hay limpieza interior y exteriormente. De este amor de Dios estaban llenos los apóstoles, y así debemos rogarles para que te auxilien.

 

Prosiguió hablando la Madre de misercordia, y dijo al soldado: Hijo, todavía te hacen falta caballo y silla. Por el caballo se entiende espiritualmente el bautismo, pues como el caballo lleva al hombre a cualquier punto y tiene cuatro pies, así el bautismo lleva al hombre a la presencia de Dios, y tiene cuatro efectos espirituales; porque los bautizados se libran del poder del demonio, y quedan obligados a guardar los mandamientos de Dios y a servirle; se limpian de la mancha del pecado original; se hacen hijos y coherederos de Dios, y por último se les abren las puertas del cielo. Mas ¡ay! muchos son los que, cuando llegan a tener uso de razón, quitan a este caballo el freno del bautismo, y lo llevan por mal camino. Porque siendo recto el camino del bautismo, se va también por él rectamente, cuando antes de llegar el niño a tener uso de razón, es instruído y conservado en buenas costumbres, y cuando llega a tener uso de razón, piensa atentamente lo prometido en la fuente bautismal, y mantiene inviolable la fe y el amor de Dios. Pero apártase de la vía recta, y quita el freno, cuando antepone a Dios el mundo y la carne.

 

La silla de este caballo es la memoria de la amarga Pasión y muerte de Jesucristo, por el cual el bautismo obtuvo su efecto. ¿Qué es el agua sino un elemento? Mas después que en ella ha hecho su efecto la sangre de Dios, viene a este elemento la palabra de Dios y la virtud de su sangre derramada; y de este modo, por la palabra de Dios, el agua del bautismo es la reconciliación del hombre con Dios, la puerta de la misericordia, la expulsión de los demonios, el camino del cielo y el perdón de los pecados. Y así, el que quisiere conocer la grandeza del bautismo, ha de considerar primeramente la amargura que costó al mismo Dios la institución de los efectos del bautismo, pues le costó la misma vida; así, pues, cuando el entendimiento humano se subleve contra Dios, piense cuán amargamente fué redimido, cuántas veces ha faltado a la promesa hecha en el bautismo, y qué merece por tanta reincidencia.

 

Para que el hombre se siente con firmeza en la silla del efecto bautismal, se necesitan también dos estribos, esto es, dos consideraciones en la oración. Primero, debe orar así: Señor Dios Omnipotente, bendito seáis, porque me criasteis y redimisteis, y siendo yo digno de condenación, me sufristeis en mis pecados y me trajisteis a penitencia. Reconozco, Señor, delante de vuestra Majestad, qué inútil y perjudicialmente he disipado todo cuanto me disteis para mi salvación; que el tiempo de mi penitencia lo he invertido en vanidades, mi cuerpo en cosas superfluas, la gracia del bautismo en ensoberbecerme, y todo le he amado más que a Vos, que sois mi Creador y mi Redentor, el que me sostiene y me conserva.

 

Os pido, por tanto, vuestra misericordia, pues por mí propio soy un miserable, y os la pido, porque no conocí la benigna paciencia que conmigo teniais; no temí vuestra terrible justicia, ni atendí a pagar lo mucho que os debía por vuestros innumerables beneficios; antes al contrario, cada día os provocaba con mis maldades. Por tanto, no puedo deciros sino estas solas palabras: Dios mío, tened piedad de mí, según vuestra gran misericordia.

 

La segunda oración ha de ser así: Señor, Dios Omnipotente, sé que todo lo tengo de Vos, y que por mí no soy ni puedo ser nada y nada sé sino ofenderos. Por tanto, os ruego, piadosísimo Señor, que obréis conmigo, no según mis pecados, sino según vuestra gran misericordia, enviándome el Espíritu Santo, para que ilumine mi corazón y me confirme en el camino de vuestros mandamientos, a fin de poder perseverar en lo que os he prometido por inspiración vuestra, y para que ninguna tantación sea capaz de apartarme de Vos. Y porque te falta todo esto, roguemos, hijo mío, a los que con mayor amargura tuvieron siempre fija en su corazón la Pasión de Jesucristo, para que te hagan participante de su amor.

 

Luego que la Virgen acabó de decir esto, se apareció allí un caballo enjaezado con arreos de oro, y dijo nuestra Señora: Este jaez del caballo, significa los dones del Espíritu Santo, que se dan en el bautismo, en el cual, ya sea bueno o malo el ministro, se perdona siempre el pecado de nuestro primer padre, se infunde la gracia, perdónase cualquier otro pecado que haya, se da en prenda el Espíritu Santo, a los ángeles como custodios, y el cielo por herencia.

Ves aquí, hijo, los atavíos del soldado espiritual, con los que el que estuviere revestido, recibirá aquella paga inefable, con que se compra el deleite perpetuo, la honra sosegada, la abundancia eterna y la vida sin fin.

 

 

Alabanzas y humildes preces que santa Brígida dirige al Señor.

 

                   Capítulo 57

 

Bendito seáis, Dios mío, Creador y Redentor mío. Vos sois aquella paga, con que fuimos redimidos del cautiverio, por la que somos encaminados a todo lo bueno, y nos unimos con la Unidad y Trinidad de Dios. Por tanto, aunque me avergüerzo de mi fealdad, me gozo, no obstante, porque Vos, que habéis muerto una vez por nuestra salvación, ya no moriréis jamás. Vos sois, pues, el que érais antes de todos los siglos. Vos sois el que tenéis poder sobre la vida y sobre la muerte. Vos sólo sois bueno y justo. Vos sólo sois Omnipotente y digno de ser temido. Bendito seáis para siempre.

 

¿Y qué diré de Vos, benditísima María, salud de todo el mundo? Vos sois semejante a aquella persona que a un amigo suyo, afligido por una gran pérdida, le presenta de pronto el objeto perdido, con lo cual se mitigó su dolor, creció su alegría, y toda su alma se inflamó en júbilo. Así Vos, dulcísima Madre, manifestasteis al mundo su Dios, a quien los hombres habían perdido, y engendrasteis temporalmente al que fué engendrado antes de todos los tiempos, y con cuya Natividad se alegraron los cielos y la tierra. Por tanto, os ruego Madre dulcísima, me ayudéis, para que no se burle de mí el enemigo, y me venza con sus tentaciones.

 

Yo te ayudaré, respondió la Virgen, pero, ¿por qué te inquietas de que una cosa veas espiritualmente y otra oigas corporalmente; refiérome a aquel soldado o caballero, que vive corporalmente, y se te manifestó como muerto espiritualmente, necesitando auxilios espirituales? Toda verdad proviene de Dios, y toda mentira del demonio, que es padre de la mentira. Y aunque la verdad es de Dios, no obstante, algunas veces, por sus ocultos juicios, permite Dios que se haga más potente su virtud, con la misma malicia y mentira del demonio, como te diré con un ejemplo.

 

Hubo cierta doncella que amaba entrañablemente a su esposo, y de igual suerte el esposo a la doncella; con cuyo amor, Dios se glorificaba, y alegrábanse los padres de ambos. Viendo lo cual su enemigo, dijo para sí: Sé que estos dos esposos se comunican de tres modos: por cartas, por mutuos coloquios, y por la unión de las voluntades. Luego para que no lleguen mensajeros que traigan cartas, llenaré todos los caminos de estacas, abrojos y espinas; para que no puedan entenderse, haré mucho ruido y estrépito, con que se distraigan cuando estén hablando; y para que no se comuniquen por la mutua voluntad, pondré guardas que observarán hasta el último resquicio, para que no tengan ocasión alguna de comunicarse.

 

Pero el esposo era más sagaz que su contrario, y sabedor de todo esto dijo a sus criados: Mi enemigo me pone estas asechanzas; id y estad alerta, y si lo encontrareis, dejadlo que trabaje y que ponga sus lazos, y luego saldréis de vuestra emboscada, pero no lo matéis, sino dad voces burlándoos de él, para que viendo mis demás criados las astucias del enemigo, vivan con mayor cuidado y vigilancia.

 

Lo mismo hallarás, hija, en lo espiritual; pues las cartas con que se comunican el esposo y la esposa, que son Dios y el alma, son las oraciones y suspiros de los buenos; y como las cartas materiales indican el afecto y voluntad del que las remite, así las oraciones de los buenos llegan al corazón de Dios, y unen al alma con Dios con estrecho vínculo de amor. Pero el demonio suele estorbar que los hombres pidan lo conveniente a la salud de su alma, o lo que es contrario a los placeres de la carne; y también les estorba que sean oídos, cuando ruegan por otros pecadores, los cuales no piden lo que les es más útil a sus almas, ni lo que sirve para la dicha eterna.

 

¿Qué son los mutuos coloquios con que se hacen un solo corazón y una sola alma el esposo y la esposa, sino la penitencia y contrición, en que el demonio suele hacer tanto ruido, que no se oigan ni se entiendan? ¿Qué es su gritería y clamoreo, sino los malos consejos que sugiere al corazón que desea arrepentirse provechosamente, diciéndole el demonio en sus inspiraciones: Alma delicada, duro es acometer lo raro y extraordinario, ¿por ventura, pueden todos ser perfectos? Bástate con que seas uno de tantos; ¿por qué aspiras a cosas más altas? ¿Por qué quieres hacer lo que nadie hace?

 

No podrás perseverar, y todos se burlarán de ti, si te vieren demasiado humilde y sometido.

Engañada el alma con estas inspiraciones, dice para sí: Penoso es dejar lo acostumbrado; me confesaré, pues, de lo pasado, bástame seguir el camino de los más, porque no puedo ser perfecta. Dios es misericordioso, y no nos hubiera redimido, si hubiese querido que pereciéramos. Con este clamoreo estorba el demonio al alma que oiga a Dios; y no porque Dios no oiga todas las cosas, sino porque no se complace de oir esto, cuando el alma se deja llevar más de la tentación, que de su propia razón.

 

¿Qué es venir a unirse espiritualmente Dios y el alma, sino el deseo celestial y el amor puro en que el alma debe estar abrasada a todas horas? Pero el demonio impide este amor de cuatro maneras; porque unas veces instiga al alma a que haga contra Dios algo, que aun cuando no se considera grave, deleita sin embargo al alma; y semejante deleite, porque se prolonga y se descuida, es odioso a Dios. Otras veces inspira el demonio al alma que haga algo por complacer a los hombres, o que por la honra y temor mundano omita algo bueno que podría hacer: también le infunde el demonio al alma que se olvide de hacer el bien, y le comunica una especie de hastío, con el cual, distraído el ánimo se fatiga para trabajar en el bien; y por último, inquieta el demonio al alma, o con los cuidados de las cosas del mundo, o con alegrías y pesares inútiles, o con temores perjudiciales. De esta suerte estorba el demonio las cartas y oraciones de los justos y los mutuos coloquios del esposo con la esposa.

 

Pero aunque el demonio es astuto, Dios es infinitamente sabio y poderoso, y deshace los lazos del enemigo, para que las cartas remitidas puedan llegar al esposo. Rómpense estos lazos, cuando Dios inspira buenos pensamientos, y el corazón desea tener el firme propósito de huir de lo malo, y de hacer la voluntad de Dios. Disípase también el clamoreo del enemigo, cuando el alma se arrepiente con discreción, y tiene firme propósito de no recaer en las culpas ya confesadas.

 

Ten, además, entendido, que el demonio no solamente arma gritería y estruendo contra los enemigos de Dios, sino también contra los amigos, como podrás entender con el siguiente ejemplo. Estaba hablando con un varón cierta doncella, y apareció entre ambos una cortina que vió el varón, pero no la doncella. Acabada la plática, alzó la doncella los ojos, vió la cortina, y llena de temor dijo: ¡No permita Dios que haya sido yo engañada en las redes del demonio! Pero viendo el esposo contristada a la doncella, alza la cortina, y le muestra toda la verdad. De la misma manera visita Dios con sus inspiraciones a los perfectos, a quienes el demonio les arma gritería y pone sombras, cuando, o se elevan con repentina soberbia, o se abaten con excesivo temor, o condescendiendo desordenadamente, toleran los pecados ajenos, o se consumen con la demasiada alegría o tristeza.

 

Lo mismo ha hecho contigo en esta ocasión, porque instigó a varios, para que te escribiesen que había muerto quien vivía, de lo cual recibiste gran pena. Pero Dios te manifestó su muerte espiritualmente, de modo que lo que dijeron los que habían escrito, era falso, y consolándote Dios, te manifestó que aquello era espiritualmente verdadero.

 

Verdad es, pues, lo que se dice: que las tribulaciones engañosas sirven para provecho espiritual; porque si esa mentira no te hubiera contristado tanto, no se te hubiera manifestado tan gran virtud ni tanta hermosura de alma. Y por tanto, para que entendieras el oculto juicio de Dios, había como una cortina entre tu alma y Dios que le hablaba; y porque el alma apareció en forma de pedir auxilio, Dios también en toda su plática observó esta regla. Si ese ha muerto o vive, lo sabrás a su debido tiempo.

 

Manifestada ya la hermosura del alma y el atavío con que debe ser adornada para entrar en el cielo, se quitó la cortina y se mostró la verdad, a saber, que aquel hombre vivía corporalmente, y estaba aparentemente muerto; y con semejantes virtudes debe estar armado todo el que haya de entrar en la patria del cielo. Mas la intención del demonio fué afligirte con la mentira y llenarte de tristeza, para distraerte del amor de Dios con el pesar de la pérdida de mi amigo tan querido; pero así que dijiste: ¡Quiera el Señor que esto sea ilusión! y añadiste: Ayudadme, Dios mío, se descorrió el velo y Dios te mostró la verdad, que se refiere a la parte corporal y espiritual. Permítese, pues, al demonio que atribule aun a los justos, para que se aumente la gloria de éstos.

 

 

Alabanzas y acción de gracias que santa Brígida dirige a Dios por los beneficios con que la ha enriquecido; y el Señor le dice que ha depositado en ella estas revelaciones para bien de muchos.

 

                   Capítulo 58

 

Sea dada toda honra al Omnipotente Dios por todas las cosas que creó, y sea alabado por sus infinitas virtudes. Todos le sirvan y reverencien por el mucho amor que nos tuvo.

Yo, indigna criatura, que desde mi juventud cometí muchos pecados contra vos, Dios mío, os doy gracias, dulcísimo Señor, principalmente porque nadie hay tan malvado, que le neguéis vuestra misericordia, si os la pidiere amandoos y con verdadera humildad y propósito de la enmienda. Oh amantísimo Dios y Señor de toda dulzura; a todos causa admiración lo que habéis hecho conmigo; pues cuando así lo quiere vuestra voluntad, aletargáis mi cuerpo, pero no con letargo corporal, sino con sosiego espiritual, y entonces despiertas a mi alma como de un sueño, para que vea, oiga y sienta espiritualmente.

 

Oh mi Dios y mi Señor, ¡cuán dulces me son las palabras de vuestros labios! Siempre que oigo las palabras de vuestro Espíritu Santo, paréceme que mi alma las recibe con un sentimiento de inefable dulzura, como suavísimo manjar que cayera en mi corazón con gran gozo é inefable consuelo.

 

También es de admirar, que cuando oigo vuestras palabras, quedo saciada y hambrienta: saciada, porque entonces nada me gusta sino ellas; y hambrienta, porque siempre se aumenta mi deseo de oirlas. Bendito, pues, seáis vos, mi Dios y Señor Jesucristo; dadme, Señor, vuestro auxilio, para que pueda emplear en agradaros todos los días de mi vida.

Yo soy, respondió Jesucristo, sin principio y sin fin, y todas las cosas fueron creadas por mi poder y ordenadas por mi sabiduría, y todas también se rigen por mi providencia, no siéndome nada imposible, y todas mis obras están dispuestas con amor. Por tanto, demasiado duro tiene el corazón el que no quiere amarme ni temerme, siendo yo a la par el conservador y el juez de todos los hombres.

 

Pero estos hacen la voluntad del demonio, que es el verdugo y traidor de los mismos hombres, el cual ha derramado por el mundo una ponzoña tan pestilencial, que no puede vivir el alma que la gusta con placer, sino que cae muerta en el infierno, para vivir eternamente en las miserias. Esta ponzoña es el pecado, que aunque a muchos les sabe dulcemente, al final sin embargo, les amarga de un modo horrible. A todas horas beben con placer los hombres de manos del diablo este veneno. Mas ¡quién oyó jamás semejante locura! Convido a los hombres con la vida, y eligen la muerte y la aceptan con gusto.

 

Yo, que soy poderoso sobre todas las cosas, me compadezco de su miseria y gran angustia, y he hecho como un rico y caritativo rey que envía a sus vasallos un vino generoso y les dice: Repartid entre muchos ese vino, que es muy saludable, pues a los enfermos les da salud, a los tristes consuelo, y a los sanos un corazón varonil. El vino se envía también con el vaso. Así he hecho yo en este reino. Envié con mis amigos mis palabras, las cuales se comparan con un excelente vino, y estos las han de propagar a otros, porque son saludables. Por el vaso te entiendo a ti, que oyes mis palabras, pues has hecho ambas cosas, porque oiste mis palabras y las has hecho manifiestas, y llenaré tu corazón cuando quisiere, y de él sacaré cuando me parezca.

 

Así, pues, mi Espíritu Santo te mostrará adónde debas ir, y lo que has de hablar, y a nadie temas sino a mí; pero adondequiera que yo te mande, has de ir con alegría, y decir con resolución lo que yo te ordene, porque no hay resistencia posible contra mí, y quiero permanecer contigo.

Dios y Señor mío, respondió santa Brígida anegada en lágrimas, yo, que soy el más pequeño mosquito ante vuestro poder, os ruego me deis licencia para responderos.

 

Yo sé tu respuesta, contestó el Señor, antes que la digas, pero te doy licencia para que hables.

¿Por qué, Señor, dijo la Santa, vos que sois el Rey de toda la gloria, el dador de toda sabiduría y el que inspira todas las virtudes, y la virtud misma, me queréis enviar con tal mensaje a mí, que he envilecido mi cuerpo con tanta maldad, que tengo el mismo saber de un jumento y ninguna virtud? No os enojéis conmigo, dulcísimo Jesús y Dios mío, porque os he preguntado de esta manera; pues nada debo desconfiar de vos, porque podéis hacer lo que queráis; pero me admiro de mí enteramente, porque he sido gran pecadora y me he enmendado poco.

 

Voy a responderte con una comparación, le dice el Señor. Si a un rico y poderoso rey le presentaran muchas monedas, que después las mandara fundir y hacer con ellas lo que fuera de su gusto, como coronas y anillos con las monedas de oro, vajillas y vasos con las de plata, y otros utensilios con las de cobre, ¿no es verdad que podría usar como quisisera de todas estas cosas para su comodidad y servicio, y no extrañarías tú de que así lo hiciese? Tampoco debes maravillarte de que yo reciba los corazones que mis siervos me presentan y haga de ellos según mi voluntad.

 

Y aunque unos tengan más entendimiento y otros menos, sin embargo, en presentándome sus corazones, me valgo de unos para una cosa y de otros para otra, y de todos para mi honra y gloria; porque el corazón del justo es moneda que en extremo me agrada, y lo que es mío, puedo acomodarlo según quiera. Y pues tú eres mía, no debes maravillarte de lo que yo quisiere hacer contigo; pero ten constancia para sufrir, y está presta para hacer lo que yo te mandare; pues en todas partes soy omnipotente para proveerte de lo necesario.

 

 

Verdad de estas revelaciones y de su espíritu, con notable aviso mandado a un Prelado.

 

                   Capítulo 59

 

Yo, que soy una desvalida viuda, le dice santa Brígida a un Prelado, le hago saber a vuestra paternidad muy veneranda, cómo a cierta mujer que estaba en su patria se le revelaron muchas maravillas, que por diligente examen de obispos y maestros en Teología, así regulares como seculares, fueron aprobadas como procedentes de la pía y admirable luz del Espíritu Santo, y no de otro origen, lo cual también conocieron, por lo que pudieron juzgar, los reyes de aquel reino.

 

Vino de lejos esta mujer a la ciudad de Roma, y hallándose cierto día orando en la iglesia de Santa María la Mayor, fué arrebatada en espíritu, y se le quedó el cuerpo como aletargado, aunque no dormido. En aquella sazón, apareciósela una Virgen muy respetable. Turbóse con tan admirable visión aquella mujer, y conociendo su flaqueza, temió no fuese algún engaño del demonio, y suplicó con mucha instancia a Dios que no la dejara caer en la tentación del demonio.

 

Mas entonces la Virgen se le apareció y le dijo: No temas, creyendo que lo que vieres u oyeras proceda del espíritu maligno, porque como cuando sale el sol y se acerca, da luz y calor, y disipa las pavorosas sombras, del mismo modo, cuando el Espíritu Santo viene al corazón del hombre, llegan también dos cosas: el ardor del amor Divino, y la perfecta luz de la fe católica. Ambas cosas sientes ahora en ti misma, de modo que nada amas tanto como a Dios, y crees todo cuanto enseña la fe católica. Pero el demonio, el cual se compara con las sombras, no produce ninguno de esos dos efectos.

 

Después prosiguió la misma Virgen, y le dijo a aquella mujer: Has de escribir de mi parte a tal prelado: Yo soy aquella Virgen, a cuyas entrañas se dignó venir el Hijo de Dios con su Divinidad y con el Espíritu Santo, sin deleite contagioso de mi cuerpo, y quedando yo Virgen nació de mí el mismo Hijo de Dios con su divinidad y humanidad, con gran consuelo mío y sin dolor alguno. Yo también estuve junto a la cruz, cuando mi Hijo, con verdadera paciencia, vencía completamente al infierno. Yo estuve en el monte, cuando el mismo Hijo de Dios, que era también Hijo mío, subió a los cielos.

 

Yo soy la que con grandísima claridad conocí toda la fe católica que mi Hijo enseñó en su Evangelio, para todos los que quisiesen entrar en el reino de los cielos. Yo soy la que estoy sobre el mundo rogando constantemente a mi amantísimo Hijo, como el arco iris sobre las nubes que al parecer llega a la tierra y la toca con ambos extremos. Pues, como este arco iris soy yo misma, que me inclino a todos los moradores del mundo, a los buenos y a los malos; a los buenos para que perseveren en lo que manda la Santa Madre Iglesia; y a los malos, para que no progresen en su malicia y se hagan peores.

 

Cualquiera que quisisere que el cimiento de la Iglesia esté firme y llano su suelo, y deseare renovar esa bendita viña plantada por el mismo Dios y regada por su sangre, si se creyese escaso o inútil para tal empresa, yo, Reina del cielo, vendré a ayudarle con todos los coros de los ángeles, y arrancaremos las malas raíces, echaremos al fuego los árboles que no den fruto, y plantaremos nuevos y fructíferos vástagos. Por esta viña entiendo la Santa Iglesia de Dios, en la que deberían renovarse dos cosas, que son: la humildad y el amor de Dios.

 

Todo esto dijo aquella gloriosa Virgen que se le apareció a la mujer, y mandó que se le escribiese a Vuestra Paternidad. Pongo por testigo a Jesucristo, verdadero y omnipotente Dios, y a su santísima Madre, y les suplico, que así me ayuden en cuerpo y alma, como lo que pretendo en esta carta que no es honra, ni codicia, ni favor humano, sino porque entre otras muchas cosas que en revelación espiritual se le dijeron a esta mujer, le mandaron que escribiese a Vuestra Paternidad todo lo que va en esta carta.

 

 

Saludables consejos que da la Santa a un hermano suyo espiritual.

 

                   Capítulo 60

 

Alabado y glorificado sea en todas sus obras el Dios Omnipotente; sea perpetuamente honrado el que ha principiado a haceros mercedes. Vemos, hermano mío, que cuando la tierra está cubierta de nieve y hielo, las semillas esparcidas no pueden germinar sino en poquísimos parajes caldeados con los rayos del sol, donde con su ayuda brotan las hojas, los tallos y las flores, por lo que puede conocerse de qué clase sean o de qué virtud.

 

De la misma manera, me parece todo el mundo cubierto de soberbia, codicia y lujuria, hasta tal punto, que por desgracia son poquísimos los que con sus palabras y obras pueden dar a entender que habita en sus corazones el perfecto amor de Dios. Y como los amigos de Dios se alegraron, cuando vieron resucitado a Lázaro para gloria del Señor, así ahora pueden también alegrarse los amigos de Dios, cuando vieren a alguno resucitar de esos tres pecados, que son a la verdad la muerte eterna.

 

Ha de advertirse también, que como Lázaro después de su resurrección, tuvo dos clases de enemigos: unos corporales, que eran los enemigos de Dios, los cuales aborrecían corporalmente a Lázaro; y otros enemigos espirituales, que son los demonios, quienes nunca desean ser amigos de Dios, y lo aborrecían espiritualmente; así también todos cuantos ahora resuciten de sus pecados mortales, y quieran guardar castidad, y huir de la soberbia y codicia, han de tener dos clases de enemigos. Porque los hombres que son enemigos de Dios, quieren dañarles corporalmente, y los demonios intentan también dañarles, mas lo hacen de dos modos.

 

En primer lugar, los hombres del mundo los injurian con palabras, y en segundo lugar, cuando pueden se complacen en molestarlos con sus obras, a fin de hacerlos semejantes a sí mismos en las acciones y modo de vivir, y retraerlos de las buenas obras comenzadas. Pero el varón de Dios, recién convertido a la vida espiritual, puede muy bien vencer a estos hombres malignos, si tuviere paciencia en cuanto le dijeren, y si a vista de ellos llevara a efecto con más frecuencia y fervor obras virtuosas y gratas a Dios.

También los demonios procuran engañarlo de otr

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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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