Domingo, 14 de marzo de 2010
PROFECÍAS Y REVELACIONES DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA - IMPORTANTE, SOBRE LA SELECCIÓN DE LOS ESPÍRITUS

Bueno una vez más volvemos a traer aquí, en esta ocasión el cuarto libro de Santa Brígida, que contienen unas revelaciones arto curativas para el alma y muy instructivas, para los doctos e incluso para los sencillos. Espero que a os sirva a unos y a otros. Un abrazo en los corazones de Jesús y de María. EL AUTOR DEL BLOG.


Muy preciosa salutación a María.

 

                   Capítulo 16

 

Oh dulcísima María, dijo santa Brígida, bendita seáis con bendición eterna, pues fuisteis Virgen antes del parto, Virgen en el parto, y Virgen después del parto. Por tanto, bendita seáis, porque sois Madre y Virgen, sois la muy amada de Dios, sois más pura que los ángeles todos, excedisteis en fe a todos los Apóstoles, padecisteis en vuestro corazón mayores angustias que nadie, superasteis en abstinencia a todos los confesores y en continencia y castidad a todas las vírgenes. Los cielos y la tierra, pues, os alaben porque por vos se hizo hombre Dios, Criador de todas las cosas; por vos el justo encuentra gracia, el peacdor indulgencia, el muerto vida, y el desterrado vuelve a su patria.

 

Escrito está, respondió la Virgen, que al dar testimonio san Pedro de que mi Hijo era Hijo de Dios, le contestó éste: Bienaventurado eres, Simón, porque eso que has dicho, no te lo ha revelado la carne ni la sangre. Así te digo yo ahora, que esa salutación no te la reveló tu alma rodeada de las cosas de este mundo, sino aquel que no tiene principio ni fin. Por tanto, hija, sé humilde, y yo seré misericordiosa contigo. San Juan Bautista, como te lo ha prometido, te dará su dulzura; san Pedro te comunicará su mansedumbre, y san Pablo su fortaleza. San Juan te dirá: Hija, ponte de rodillas; san Pedro te dirá: Hija, abre la boca y te daré un manjar dulcísimo; y san Pablo te vestirá y armará con las armas de la caridad, y yo que soy tu Madre, te presentaré a mi Hijo.

 

Esto que acabo de decirte, hija mía, has de entenderlo espiritualmente. Pues en san Juan, que se interpreta gracia de Dios, está significada la verdadera obediencia, porque fué y es la misma dulzura: dulce para con sus padres por su admirable gracia, dulce para con los hombres por su singular predicación, y dulce a Dios por su obediencia y santidad de vida; pues obedeció a Dios en la juventud, obedeció en lo próspero y en lo adverso, obedeció y fué siempre humilde, cuando pudo ser honrado, y obedeció hasta en la muerte.

 

Y esto de obedecer es decirte que te pongas de rodillas, como si se te dijera: Humíllate, hija, y tendrás cosas altas; deja lo amargo y gustarás lo dulce; deja tu propia voluntad, su quieres ser pequeñuela; menosprecia lo de la tierra, y tendrás lo del cielo; menosprecio lo superfluo, y tendrás abundancia espiritual.

San Pedro significa la fe de la Iglesia santa; porque como estuvo firme hasta el final, así la fe de la Iglesia santa permanecerá firme hasta la consumación de los siglos. San Pedro, pues, que es la fe, te dice que abras la boca y recibirás un exquisito manjar, esto es, que abras a tu alma el entendimiento, y hallarás en la santa Iglesia un manjar dulcísimo, que es el mismo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento del altar; y hallarás también la ley nueva y la antigua, las exposiciones de los doctores, la paciencia de los mártires, la humildad de los confesores, la castidad de las vírgenes, y el fundamento de todas las virtudes. Busca, hija, esta fe santa en la Iglesia de san Pedro, y después de encontrarla, consérvala en la memoria y ponla en ejecución.

 

Por san Pablo se entiende la paciencia, porque fué fervoroso contra los impugnadores de la fe santa, alegre en las tribulaciones, firme en la esperanza, sufrido en las enfermedades, compasivo con los dolientes, humilde en las virtudes, bondadoso con los pecadores, maestro y doctor de todos, y perseverante hasta el final en el amor de Dios. San Pablo, pues, que significa paciencia, te armará, hija mía, con las armas de las virtudes, porque la verdadera paciencia está fundada y robustecida con los ejemplos; y la paciencia de Jesucristo y de sus santos enciende en el corazón el amor de Dios, enardece el alma para emprender cosas grandes, hace al hombre humilde, manso, misericordioso, fervoroso para todo lo del cielo, cuidadoso de sí mismo, y perseverante en lo comenzado.

 

Por tanto, a todo hombre a quien la obediencia cría en el regazo de la humildad, la fe lo sustenta con el manjar de la dulcedumbre, y la paciencia lo viste con las armas de las virtudes; y yo, la Madre de la misericordia, lo presento a mi Hijo, el cual lo coronará con la corona de su dulzura; pues mi querido Hijo tiene una fortaleza incomprensible, una sabiduría incomparable, un inefable poder y una admirable caridad; y así, nadie lo arrancará de sus manos.

 

Pero advierte, hija, que aunque hablo contigo sola, entiendo por ti a todos los que siguen la santa fe con obras de amor; y como por un hombre llamado Israel se entendían todos los israelitas, así por ti entiendo todos los verdaderos fieles.

 

 

Magníficas y muy tiernas alabanzas que santa Brígida da a la Virgen María, y contestación de la Señora, con grandes promesas que hace a sus devotos.

 

                   Capítulo 17

 

Oh dulcísima María, hermosura nueva nunca vista, hermosura preciosísima, ven en mi ayuda, para que desaparezca mi fealdad y se encienda mi amor para con Dios. Tu hermosura, Señora, a quien la considera le hace tres bienes: despeja la memoria para que entren con suavidad las palabras de Dios, hace que las retenga después de oídas y que las comunique fervorosamente a los prójimos. También al corazón le da otros tres bienes tu hermosura; porque le quita el gravísimo peso de la pereza, cuando se considera tu amor a Dios y tu humildad; envía lágrimas a los ojos, cuando se contempla tu pobreza y tu paciencia; y comunica para siempre al corazón un fervor de dulzura, cuando sinceramente se recuerda la memoria de tu piedad.

 

Verdaderamente eres, Señora, hermosura excelentísima, hermosura ardientemente deseada; pues fuiste dada para auxilio de los enfermos, para consuelo de los atribulados y para intercesora de todos. Y así, todos cuantos oyeren que habías de nacer y los que saben que naciste, muy bien pueden clamar diciendo: Ven, hermosura esplendorosísima, y alumbra nuestras tinieblas; ven, hermosura preciosísima, y quita nuestra afrenta; ven, hermosura suavísima, y templa nuestra amargura; ven, hermosura poderosísima, y acaba con nuestro cautiverio; ven, hermosura honestísima, y borra nuestra fealdad. Bendita y ensalzada sea tal y tan grande hermosura, que desearon ver todos los Patriarcas, a la cual alabaron los Profetas y con la que se alegran todos los escogidos.

 

Bendito sea Dios que es toda mi hermosura, respondió la Virgen, el cual puso en tus labios semejantes palabras. En pago de ellas te digo, que aquella hermosura sin principio, eterna y sin igual, que me hizo y me crió, te confortará a ti; aquella hermosura venerabilísima y nueva, que renueva todas las cosas, la cual estuvo en mí y nació de mí, te enseñará cosas maravillosas; aquella hermosura ardientemente deseada, que todo lo recrea y alegra, inflamará con su amor tu alma. Confía, pues, en Dios, que cuando alcanzares a ver la hermosura del cielo, te causará confusión y vergüenza la hermosura de la tierra, y la tendrás por escoria y por vileza.

 

Enseguida dijo el Hijo de Dios a su Madre: Bendita seas, Madre mía. Tú eres semejante a un artífice muy primoroso en su arte, que hace una preciosa joya, y viéndola le dan el parabién, y uno le ofrece oro para que la acabe y otro piedras preciosas para que la adorne. Así tú, querida Madre, das auxilio a todo el que intenta llegar hasta Dios, y a nadie dejas sin consuelo. Con justicia pueden llamarte sangre de mi corazón; porque como con la sangre se vivifican y robustecen todos los miembros del cuerpo, del mismo modo, por medio de ti se vivifican los hombres de la caída del pecado, y se hacen de más provecho para con Dios.

 

 

Optima y de mucha enseñanza, para discreción de espíritus y de penitencia.

 

                   Capítulo 18

 

Hija, persevera, dice santa Inés a santa Brígida, y no des paso atrás. Mira que una serpiente mordedora está junto a los calcañales; y cuida también de no adelantar más de lo justo, porque tienes delante de ti el filo de una aguda lanza, que te clavará, si no vas con cordura. ¿Qué es volver atrás sino arrepentirse de haber emprendido vida áspera, aunque saludable, y querer volver a lo acostumbrado, deleitando su mente con torpes pensamientos? Si estos llegan a agradar echan a perder todo lo bueno, y poco a poco apártanse de ello.

 

Tampoco has de caminar más de lo justo, esto es, más de lo que pudieren tus fuerzas, ni afligirte demasiado, queriendo imitar en buenas obras a otros, más de lo que permita tu naturaleza; porque desde la eternidad dispuso Dios que se abriese el cielo a los pecadores con obras de amor y de humildad, hechas con discreción y medida. Pero el demonio envidioso, suele persuadir al hombre imperfecto a ayunar más de lo que permitan sus fuerzas, a prometer cosas extraordinarias é insufribles, y a que imite a otros muy perfectos, sin atender a su flaqueza y pocas fuerzas; para que faltando el vigor, más bien por vergüenza de los hombres que por amor de Dios, continúe, aunque mal, lo comenzado, o desfallezca más pronto por su indiscreción y flaqueza.

 

Por tanto, hija, debes medirte según tu fortaleza y debilidad, con prudente consejo del que te rige, porque unos son naturalmente más fuertes, otros más débiles, unos más fervorosos en la gracia de Dios, otros más alegres y activos con la buena costumbre. Así, pues, debes ordenar tu vida según el consejo de personas temerosas de Dios, no sea que por inconsideración te muerda la serpiente, o te hiera la punta del emponzoñado cuchillo, esto es, no sea que engañe tu mente la venenosísima sugestión del demonio, de suerte que, o quieras parecer lo que no eres, o desees hacer lo que es superior a tu virtud y a tus fuerzas.

 

Algunos hay que creen alcanzar por sus solos méritos el cielo; a los cuales Dios, por sus ocultos juicios, deja que el demonio los tiente. Otros hay, que piensan que con solas sus obras, satisfacen a Dios por sus pecados. Pero unos y otros yerran y pecan en ello; porque aun cuando el hombre diera cien veces su vida, no pudiera pagar a Dios la menor de mil obligaciones que la tiene; porque de su mano viene el poder y querer, para que el hombre haga algo bueno, y de su mano viene el tiempo y la salud, el buen deseo, las riquezas y la gloria, la vida y la muerte, la exaltación y la humillación. A él, pues, se debe todo honor, y no hay méritos de hombre alguno, que por sí solos sean de estima delante de Dios.

 

Ten, pues, por cierto, que Dios es como un águila de aguda visata, que desde lo alto mira lo que está abajo, y si viere algo que se levanta en la tierra, al punto se arroja sobre ello como una bala, y si ve algo ponzoñoso que le es contrario, lo atraviesa como una flecha, y si desde lo alto le cae encima algo que no sea limpio, como el ánade sacude las alas y lo despide. Así, Dios, si ve que los corazones de los hombres, o por flaqueza de la carne, o por tentaciones del demonio se levantan contra su Divina Majestad, al punto con la inspiración buena, con el dolor y compunción aniquila y arroja el pecado, y hace que el hombre vuelva a Dios y a sí mismo.

 

Y si entrare en el corazón el veneno de la concupiscencia de la carne o de las riquezas, luego con una saeta de su amor atraviesa Dios aquella alma, a fin de que el hombre no persevere en el pecado y sea apartado de Dios. Y si algo sucio de soberbia o de sensualidad cayere sobre el alma, al instante lo sacude como el ánade por la constancia de la fe y de la esperanza, a fin de que el corazón no se endurezca en los vicios, o se manche mortalmente el alma, que estaba unida a Dios.

Por tanto, hija mía, en todos tus deseos y obras ten presente la misericordia y justicia de Dios, y mira siempre cuál es el fin.

 

 

Bonísima y de mucho consuelo para los predicadores que trabajan sin conseguir fruto.

 

                   Capítulo 19

 

Bendito seáis, Dios mío, dijo santa Brígida, que sois trino en personas y uno en naturaleza. Sois la bondad misma y la misma sabiduría; sois la misma hermosura y poder, la misma justicia y verdad, por quien todas las cosas son, viven y subsisten. Sois semejante a la flor del campo que crece más que todas, de la cual todos los que por allí pasan reciben suavidad en el gusto, ligereza en el entendimiento para comprender, deleite en la vista y fortaleza en todo su cuerpo. Así, todos los que se acercan a vos, se hacen más hermosos, porque dejan la fealdad del pecado; se hacen más sabios, porque siguen vuestra voluntad, no la de su carne, y se hacen más justos, porque miran por su alma y por la honra de Dios. Concededme, pues, piadosísimo Señor, que ame lo que os agrada, que resista varonilmente a las tentaciones, que menosprecie todas las cosas del mundo y os tenga siempre presente en mi memoria.

 

Esta salutación, dijo la Virgen, te la ha alcanzado el buen san Jerónimo, que se apartó de la falsa sabiduría y encontró la verdadera ciencia, menospreció las honras del mundo y ganó al mismo Dios. ¡Dichoso Santo y dichosos los que imitan su vida y doctrina! Fué amparo de las viudas, espejo de aprovechados y doctor de toda verdad y pureza.

Pero díme, hija, ¿qué es lo que inquieta tu mente?

Señora, respondió santa Brígida, me ocurre una idea que me dice: Si eres buena, bástate tu bondad; ¿para qué te metes a juzgar ni a invitar a otros, ni a enseñar a los que son mejores que tú, lo cual no es de tu profesión y estado? Y con este pensamiento se me endurece de tal modo el corazón, que se olvida de sí mismo, y se enfría en el amor de Dios.

 

Esta misma idea, dijo la Virgen, aparta de Dios a muchos perfectos, porque el demonio estorba que los buenos hablen con los malos, no sea que se muevan a compunción; y también impide que los mismos perfectos hablen con los buenos, no sea que suban a más perfección; porque oyendo las pláticas y conversaciones de los tales, siempre procuran medrar y crecer en virtud. Así le sucedió a aquel eunuco, que leyendo a Isaías, indudablemente hubiera tenido menor pena del infierno; pero se encontró con san Felipe, quien le enseño el camino del cielo y lo elevó a la bienaventuranza. Por la misma razón fué enviado san Pedro a Cornelio, quien si hubiese muerto antes, hubiera ido por su fe al lugar del consuelo; pero llegó san Pedro y lo introdujo en la puerta de la vida. Igualmente san Pablo fué a Dionisio, y lo llevó al estado de la perfección y de la bienaventuranza.

 

Por consiguiente, los amigos de Dios no deben tener pereza en el servicio del Señor, sino trabajar a fin de que el malo se mejore y el bueno llegue a ser perfecto; pues todo el que tuviere deseo de estar siempre diciendo a cuantos ve, que Jesucristo es verdadero Hijo de Dios, y se esforzare todo lo que pudiese para convertir a los demás, recibirá la misma recompensa que si todos se convirtiesen, aunque pocos o ninguno se convierta. Entenderás esto con un ejemplo: Si dos jornaleros por mandato de su señor estuviesen cavando en un monte muy duro, y uno de ellos encontrara una mina de finísimo oro y el otro no hallara nada, entrambos por su trabajo y buen deseo merecen igual paga. Así aconteció con san Pablo que convirtió más que los otros apóstoles, los cuales no convirtieron a tantos, a pesar de tener igual deseo, pero los juicios de Dios son ocultos.

 

No se debe, pues, dejar de trabajar, ya sean pocos, ya ningunos los que se conviertan y reciban las palabras de Dios; porque como la espina conserva la rosa, y el jumento lleva a su señor, así el demonio, que es la espina del pecado, aprovecha por medio de las tribulaciones a los escogidos, como si fueran rosas, a fin de que por el orgullo del corazón no trabajen en vano; y como jumento los lleva, a pesar de su malicia, a los consuelos de Dios y a recibir mayor recompensa.

 

 

Quéjase Dios a la Santa, diciéndole que son los hombres más prontos para pecar, que el enemigo para tentarlos, y cuánto deban trabajar los ministros de Dios para oponerse a tantos males.

 

                   Capítulo 20

 

Si cupiera en mí turbación y pesar, dijo Jesucristo, con razón podría decir ahora: Me arrepiento de haber hecho al hombre. Porque este hombre se ha vuelto un animal que por su gusto se pone en la red, y por más voces que se le den, sigue el apetito de su voluntad; y ya no es menester que el demonio tiente con mucha violencia, sino que el hombre mismo se adelanta a la malicia del demonio. Son ya los hombres como los perros de caza, que al principio los llevan de trailla, y acostumbrados después a coger y despedazar los animales, se anticipan a los cazadores en acudir a la presa. Así el hombre que tiene su placer en estar pecando, es más pronto para pecar, que el demonio para tentarlo.

 

Y no es mucho que los hombres hagan esto, pues aquellos mismos que por su primacía y dignidad eran los que solían y debían aplacar a Dios, han caído mucho de su santidad y buen ejemplo. Y no se considera que Dios, Señor de todas las cosas, se hizo pobre para enseñar a menospreciar todo lo del mundo y amar lo del cielo. Mas el hombre, de suyo pobre, se ha hecho rico con falsas riquezas, y todos quieren seguir este camino, siendo muy pocos los que no lo intentan.

 

Así, pues, el Omnipotente sapientísimo ennviará é incitará a un labrador para que venga con el arado, el cual no buscará tierras, ni hermosuras corporales, ni temera la fortaleza de los valientes, ni las amenazas de los príncipes, ni será aceptador de personas; sino que sin respeto de nadie, despedazará las carnes de los hombres y dará en el suelo con sus cuerpos, entregándolos a los gusanos, y las almas las pondrá en poder de aquel a quien sirvieron.

Menester es que mis amigos a quienes yo enviare, trabajen varonilmente y con presteza, porque lo que digo no se cumplirá al fin del mundo, como antes anuncié, sino en estos tiempos; y muchos de los que hoy viven, lo verán, y se cumplirá lo que está escrito: Sus mujeres serán viudas y sus hijos huérfanos, y se les quitará todo lo que los hombres más quieren.

 

No obstante, los que vinieren a mí con humildad, yo los recibo como Dios misericordioso que soy. Y a los que dieren fruto de justicia con sus obras, yo mismo me daré en pago; pues razón es que se limpie la casa donde ha de entrar el rey, se lave el vaso donde ha de beber, se purifique el agua, y el pan sea muy limpio y blanco, y la masa que ha de meterse en el molde, se apriete bien en él, para que su figura salga conforme al mismo molde. Sin embargo, como tras el invierno viene el verano, así yo, en pos de las tribulaciones enviaré el consuelo a aquellos que se humillaren como unos niños, y que aprecien las cosas del cielo más que las de la tierra. Pero así como el hombre no nace y muere a un mismo tiempo, de la misma manera se cumplirá todo ahora a su debido tiempo.

 

Ten entendido, ademas, que con algunos quiero obrar según el adagio que dice: Dale en el cuello y correrá, y la tribulación les obliga a acelerar el paso. Con otros haré según está escrito: Abre tu boca y la llenaré. Y a los terceros les diré consolándolos é inspirandolos: Venid, ignorantes y sencillos, y os daré lengua y sabiduria, a la cual no podrán oponer resistencia los habladores. Así lo he hecho ya en estos tiempos; pues he llenado con mi sabiduria a los sencillos y confundido a los doctos; he arrancado de raíz a los presumidos y poderosos, y de repente desaparecieron.

 

 

San Juan Evangelista instruye a santa Brígida sobre la discreción de espiritus.

 

                   Capítulo 21

 

Oidme, Señora, dijo san Juan Evangelista a la Madre de Dios, vos que sois Virgen y Madre de un solo Hijo, Madre del Unigénito de Dios, Creador y Redentor de todas los hombres.

 

Haré lo que me pides, dijo la Virgen a san Juan, pues te pareciste tanto a mí, que fuiste virgen aunque varón, y tuviste una muerte muy semejante a la mía. Yo me quedé como dormida al separarse el alma del cuerpo y desperté en un perpetuo gozo; y merecí esto, porque fuí la que padeció mayor amargura que todos en la muerte de mi Hijo, y por eso quiso Dios sacarme del mundo con una muerte suavísima. Tú también fuiste el más allegado a mí entre todos los Apóstoles, el que recibiste mayores muestras de amor, y sentiste con mayor amargura la Pasión de mi Hijo, que presenciaste más de cerca que todos; y porque viviste más que todos tus hermanos, en el martirio de cada uno de ellos puede decirse que fuiste también mártir. Por esto fué voluntad de Dios llamarte de este mundo con una muerte suavísima después de mí, porque la Virgen fué encomendada a uno que también lo era. Así, pues, se hará según lo has pedido, y será sin tardanza.

 

Un acuñador de moneda, que es el demonio, funde y acuña su moneda, esto es, al que le sirve obedeciendo a sus sugestiones y tentaciones, hasta que lo deja según quiere; y después de corromper la voluntad del hombre, y de inclinarlo a los deleites de la carne y al amor del mundo, le pone sus armas y sobreescrito, porque entonces por las señales exteriores, aparece claramente a quien ama de todo corazón. Y cuando el hombre pone por obra su deseo, y quiere involucrarse en negocios de mundo más de lo que requiere su estado, y haría muchas cosas malas y las querría si pudiese, entonces es ya perfecta moneda del demonio.

 

Dos clases de monedas hay, hija mía, una de Dios y otra del demonio. La moneda de Dios es de oro resplandeciente dúctil y preciosa; y así, toda alma que tiene el sello de Dios, está resplandeciente con la caridad divina, dúctil con la paciencia, y preciosa con la continuación de las buenas obras. Toda alma buena está, pues, hecha por la virtud de Dios y probada con muchas tentaciones, por medio de las cuales considerando el alma su origen y defectos, y la piedad y paciencia de Dios con ella, se hace tanto más preciosa a Dios, cuanto más humilde sea, más sufrida y más cuidadosa en mirar por sí.

 

Pero la moneda del diablo es de cobre y plomo. De cobre, porque se le parece y tiene la misma dureza, pero no es dúctil como el oro: así es el alma del pecador, parécele a esta que es justa, a todos juzga y a todos se antepone; es inflexible para las obras de humildad, tría en las buenas prácticas, terca en su parecer, admirable para el mundo y aborrecible a Dios. Es también de plomo la moneda del diablo, porque es fea, blanda, flexible y pesada; así el alma del pecador es fea en sus placeres voluptuosos, pesada con la codicia del mundo, y flexible como una caña a cuanto le inspira el demonio, y aun a veces está más pronta para obrar mal, que el demonio para tentarla.

Mas dondequiera que se hallare alguna moneda nueva, se ha de poner en manos de algún inteligente, que sepa el peso y forma que deba tener. Pero es difícil de hallar un inteligente.

 

Hija mía, por siete señales podrás conocer el Espíritu Santo, y el espíritu inmundo. La primera señal, es que el Espíritu de Dios hace envilecer para el hombre el mundo, cuya honra la estima en su corazón como si fuese aire: la segunda, es que inflama en amor de Dios al alma, y la resfría para todos los deleites de la carne: la tercera, que inspira y enseña paciencia y a gloriarse solamente en Dios: la cuarta, es que incita a amar al prójimo y a compadecerse hasta de los enemigos: la quinta, es que inspira completa castidad hasta en las cosas mínimas: la sexta, es que enseña a confíar en Dios en todas las tribulaciones, y a gloriarse en ellas: y la séptima señal, es que da el deseo de querer morir y estar con Jesucristo, antes que prosperar en el mundo y mancharse con el pecado.

 

Otras siete señales tiene el espíritu malo por donde es conocido. La primera, hace gratas las cosas del mundo y enojosas las del cielo: la segunda, hace apetecer las honras y olvidarse espiritualmente de sí mismo: la tercera, excita en el corazón el odio y la impaciencia: la cuarta, hace al hombre audaz contra Dios y pertinaz en su parecer: la quinta, le hace paliar sus pecados y excusarlos: la sexta, le inspira la flaqueza de ánimo y todas las impurezas de la carne, y la séptima, le promete esperanza de vivir mucho y vergüenza de confesarse. Mira, pues, hija, con gran recato tus pensamientos, no sea que te engañe este espíritu maligno.

 

 

Dice la Virgen María a santa Brígida cómo los siervos de Dios han de soportar a los impacientes y poco sufridos.

 

                   Capítulo 22

 

Cuando está hirviendo una tinaja de mosto, dice la Virgen, suben unas exhalaciones y espumas, unas veces mayores y otras menores, y vuelven a bajar de pronto. Todos los que están junto a la tinaja creen que esas exhalaciones o crecidas bajan pronto, y que provienen de la fermentación del vino auxiliada por el calor, y por esto esperan con paciencia el final, y a que se haga el vino o la cerveza. Mas cuantos se acercaren a la tinaja y respirasen lo que despide el hervor del mosto, padecerán fuertes vahidos de cabeza.

 

Lo mismo sucede espiritualmente en los corazones de muchos, que comienzan a hincharse y a hervir con la soberbia e impaciencia; y los buenos luego conocen que aquello procede, o de la instabilidad del ánimo, o de los movimientos de la carne, y así sufren cuanto las dicen y esperan el término; porque saben que tras la tempestad sigue la bonanza, y que el varón paciente es más fuerte que el que combate ciudades, porque con la paciencia se vence el hombre a sí mismo, la cual es dificultosísima victoria.

 

Pero aquellos que son mal sufridos, y que si les dicen una palabra mala, vuelven otra peor, no considerando la gloriosa paga que se da al que sufre, y cuán digno es de menosprecio el favor y reputación del mundo; estos tales incurren con sus tentaciones en una flaqueza de ánimo a causa de su impaciencia, porque se acercan demasiado a la tinaja del mosto que está hirviendo, y hacen mucho caso de palabras que se las lleva el viento.

Y así tú, hija, cuando vieres a alguno impaciente, echa un candado a tu boca con el ayuda del Señor, y guarda silencio, no pierdas por hablar con impaciencia lo bueno que has comenzado. Disimula y pasa, si fuere lícito, como si no oyeras nada, hasta que los que andan buscando ocasión de riñas, se aplaquen y acaben de declarar lo que tienen en el corazón.

 

 

Documentos de la Virgen María para moderar y regir nuestro cuerpo, sujetándolo al espíritu.

 

                   Capítulo 23

 

Tú, hija mía, has de ser como una esposa muy obediente que está tras de una cortina, siempre muy dispuesta para cuando la llamase su Divino Esposa, y servirle en todo según su voluntad. Esta cortina es el cuerpo que cubre al alma, el cual continuamente se ha de limpiar, reconocer y experimentar: es como un jumento, que tiene necesidad de moderada comida y no demasiada, para que no se haga lujurioso; necesita trabajar con discreción, porque no se ensoberbezca, y estar sujeto al látigo, para que no se haga torpe y haragán.

 

Has de estar cerca de esta cortina, que es el cuerpo, y no en él; porque no has de hacer caso de los deseos de la carne, sino sólo de lo que necesariamente ha menester tu cuerpo; porque el que le quita lo superfluo y le da lo necesario, habita junto a su cuerpo y no en él. Has de estar detrás de la cortina, porque has de menospreciar todos los deleites del cuerpo y de la carne, haciendo en honor de Dios todo cuanto hicieres, y empleándote toda en su servicio.

 

De esta manera estuvieron todos aquellos que arrojaban sus cuerpos por el suelo, para ser pisoteados, y se hallaban siempre prontos para hacer la voluntad de Dios, e ir a él en cualquier tiempo que los llamase; porque no se les podía hacer largo el camino que siempre tuvieron presente, ni se les hacían grave carga los trabajos, porque todo lo menospreciaban, y sólo con el cuerpo vivían en el mundo. Y así, libremente y sin impedimento volaron al cielo, porque nada les impedía, sino una cubierta seca y muy bien disciplinada, desprendida la cual, consiguieron lo que deseaban. Esta persona que te he mostrado, cayó peligrosamente, levantóse con prudencia, defendióse varonilmente, peleó con constancia, y perseveró con firmeza, y por esto se halla coronada para siempre en presencia de Dios.

 

 

Valor de la obediencia.

 

                   Capítulo 24

 

Muchas flores produce un árbol, dijo a Brígida la santísima Virgen, pero no todas vienen a dar fruto; así también hay muchas obras virtuosas, pero no todas merecen el fruto del cielo, si no se hacen con amor y discreción; porque ayunar, orar, visitar los cuerpos de los santos y sus iglesias, son obras de virtud; pero valen poco para alcanzar los bienes eternos, si no las hace el hombre creyendo que solamente por la humildad puede entrar en el reino de los cielos, y se reputa siervo inútil, teniendo discreción en todo.

Considera dos hombres, uno que vive en obediencia y todas las cosas hace con ella, y otro que vive según su libertad. Si el que es libre ayuna, tendrá por su ayuno una simple paga; pero si el otro que vive sujeto a la obediencia, come aquel mismo día carne, según la regla de su orden y por obediencia, tendrá doblada paga que el primero: una, por la obediencia, y otra, por su buen deseo y no haber cumplido su voluntad.

 

Tú, hija mía, has de ser como la esposa que adorna el aposento para cuando venga su esposo; como la madre que prepara la ropilla para el hijo que ha de nacer; como el árbol que primero lleva la flor que el fruto, y como un vaso limpio para recibir la bebida antes que se vierta.

 

 

Quéjase la Virgen María a santa Brígida de uno que se preciaba ser devoto de la Señora, a quien compara con un guerrero mal armado.

 

                   Capítulo 25

 

Aquel, hija mía, dijo la Virgen, que dice que me ama, es tan descortés, que cuando me sirve, vuelve las espaldas, y cuando le hablo, me contesta: ¿Qué me decís?, y aparta de mí los ojos y los pone en lo que más le agrada. Este se halla armado a lo espiritual, como en lo corporal estaría uno que tuviese la visera de la celada en la nuca, el escudo que hubiera de tener en el brazo, lo tuviese al hombro, y tirara la espada, quedándose con la vaina vacía; el peto y el espaldar lo tuviese debajo de la silla, y las cinchas del caballo sueltas y desatadas.

 

Así está armado a lo espiritual delante de Dios este devoto mío; y por tanto, no sabe discernir entre el amigo y el enemigo, ni puede hacer daño a su enemigo. Pero el espíritu que con él pelea, es como quien razonablemente piensa y dice: Quiero ser de los postreros en la lucha, por si perdieren los primeros la batalla, lo cual puedo ver estando escondido entre unas zarzas; pero si vencieren, acudiré al punto, para ser contado entre los primeros. Por consiguiente, el que huye de los peligros de la guerra, obra según la sabiduría carnal, pero no según el amor de Dios.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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