Jueves, 11 de marzo de 2010
LAS PRIMERAS PROFECÍAS DE NOSTRADAMUS

En el tranquilo refugio de su morada, donde se agolpaban durante el día ilustres o modestos visitantes que acudían para consultar a Nostradamus en su doble calidad de médico y de profeta, solía él encerrarse a altas horas de la noche en su propio estudio.
En las claras noches estrelladas en las que el firmamento de los astros parecía un inmenso y maravilloso libro abierto de par en par ante los hombres, mientras el silencio envolvía misteriosamente todo cosas y personas , Nostradamus se acomodaba en un asiento de cobre (o de bronce) y, después de haber cumplido los ritos sagrados que exigían el use de una banqueta mágica (la varilla que el vidente menciona en la cuarteta) y algunas ceremonias de purificación, veía materializarse ante sus ojos, y bajo la forma de una exigua llamita, la evocación iluminadora, gracias a la cual el Señor Dios suscitaba en él la visión profética de los acontecimientos.
La minúscula llama danzaba en la oscuridad y brillaba con el resplandor del agua lustral, recogida en un barreño de cobre.

El reverbero de la llama atenazaba los ojos del profeta y su mente caía en un estado de trance por el que no sólo descubría, en el fondo del futuro, un sinfín de hechos y de sucesos lejanos, sino que percibía asimismo sonidos y voces como si fuesen verdaderamente reales, hasta tal punto que los personajes, protagonistas de los eventos que él preveía, se agitaban vivos ante él y parecían no tener secretos para el gran vidente.
Y la voz de Dios, percibida por él con claridad, pero que parecía salir de los amplios pliegues de su manto, le ilustraba los hechos que desfilaban ante sus ojos y a los que él mismo, como invitado de honor, asistía, invadido siempre de un cierto reverencial respeto y de un santo y tranquilo temor.

Como sentía un irreprimible deseo de legar a los demás un recuerdo perenne de lo que él había conocido sobre el futuro, Nostradamus tomó nota de todo «modelando el borde y el pie de lo que no se cree en vano», o dicho en otras palabras: encerrando en los versos de sus proféticas cuartetas, lo que su mente había descubierto escudriñando en el porvenir.
Las exiguas tirillas de papel en las que Nostradamus escribía sus herméticos versos rimados, se amontonaban junto a él y abrían simas de interrogantes para quienes, andando el tiempo, los examinarían con ojos puramente humanos.

Por desgracia para nosotros, muy pocas de las cuartetas que compuso el gran vidente poseen la relativa claridad de las dos primeras con las que comienza la obra; y de ahí la dificultad de la interpretación.

Fiel al convencimiento de que el porvenir no había de ser claramente desvelado a la mayoría de los hombres y temeroso de que los tesoros de su profecía fuesen despreciados y conculcados, como perlas echadas a los puercos, por quienes los tomasen en sus manos, Nostradamus compuso una obra asequible sólo a un corto número de iniciados.
Todo lo que de extraordinario y portentoso realizaba Nostradamus en los cuerpos y en las almas de cuantos a él acudían, porque le consideraban un eminente sabio y un gran profeta, lo atribuían sus envidiosos y denigrantes adversarios a Satanás y a inspiraciones diabólicas; sus propios admiradores sentían un cierto temor reverencial ante sus prodigiosas facultades. Que Nostradamus era un hombre recto, honrado y apreciado y de extraordinaria caridad, nadie lo ponía en duda; pero de dónde le provenía aquel notable poder que le distinguía de cualquier otro ser humano, nadie, rico o pobre, sabio o ignorante, había atinado a descifrarlo.

Según hemos podido observar, Nostradamus nunca dejó de ser hombre de su tiempo y, por consiguiente, sabía muy bien que los severos censores ministros de la Inquisición habrían podido averiguar fácilmente sus actos e interpretarlos maliciosamente en caso de que los rumores y las veladas insinuaciones hubiesen sido graves a insistentes o hubiesen hallado en sus escritos siquiera la más leve sospecha o pruéba de algo que consideraban punible.
Existían, además, otros motivos de justificación de su siempre extremada prudencia: el primero y principal era el de aparecer profeta de terribles desventuras. El hecho de predecir los sucesos más trágicos de historia de la Humanidad con palabras fácilmente comprensibles habría levantado contra él toda la opinion popular y se hubiese visto condenado al extrañamiento, a la cárcel o a la muerte. Los profetas de desventuras, según nos enseña la Historia, nunca han sido bien recibidos; y se sabe que la gente prefiere precipitarse en el abismo, desconociendo a ignorando lo que les va a suceder, antes que conocer la desgracia que les espera. Nostradamus sabía muy bien todo esto y así prefirió ocultar sus profecías a la gran masa de los hombres, dejándolas voluntariamente enigmáticas y nebulosas y confiando sólo en un reducido número de iniciados capaces de comprenderlas y, llegado el caso, de explicarlas.

Esto explica el lenguaje hermético y oscuro al tratar del porvenir de Francia, su querida Francia, y que no fuera tan impenetrable al hablar de otros pueblos y naciones.
Para conseguir el oportuno grado de misterio, el escritor profeta redactó sus cuartetas no sólo en francés arcaico para aquella época, sino que también lo mezcló con palabras alemanas, españolas, italianas, provenzales, y neologismos que tomaba de raíces griegas y latinas, o anagramando los nombres más conocidos de aquella época.

Así, Francia se transforma a veces en sus versos en Nercaf o Cerfan, París en Rapis o Sipar; Henric se presenta con la grafía Chydren; Mazarin se cambia en Nizaram y Lorrains toma la forma de Norlais. Con la grafía «Phi» indica el nombre de Felipe; Estrage se convierte en Estrange, es decir extranjera, y designa con este nombre a la reina María Antonieta, esposa de Luis XVI, aunque él transforma la palabra en Ergaste.

Fdo. Cristóbal Aguilar.






Publicado por cristobalaguilar @ 23:24  | Vidas de Santos
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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