Jueves, 04 de marzo de 2010
PROFECÍAS Y VISIONES DE SANTA BRÍGIDA - SOBRE EL PERDÓN DE LOS PECADOS Y LA FUERZA DE LA ORACIÓN

Tras unos breves días de descanso, os traigo ahora otra serie de visiones de esta gran Santa, visiones que han sido arto comprobadas, en este caso se habla y se ponen ejemplos de la fuerza de la oración y del perdón de los pecados. EL AUTOR DEL BLOG.










Libro 4

 

Dícele san Juan evangelista a santa Brígida, que nínguna obra buena quedará sin premio. Háblale también de la excelencia de la Biblia.

 

                   Capítulo 1

 

Aparecióse a santa Brígida un hombre, que parecía tener los cabellos cortados afrentosamente. Su cuerpo estaba untado con aceite y del todo desnudo, aunque nada deshonesto, y dijo a la santa: La Escritura que llamáis santa vosotros los que vivís, dice que ninguna obra buena quedará sin premio. Esta es la Escritura llamada por vosotros Biblia, pero nosotros los bienaventurados la llamamos sol más resplandeciente que el oro, que fructifica como la semilla que da ciento por uno. Porque como el oro aventaja a los demás metales, así la Escritura que vosotros llamáis santa, y nosotros en el cielo la llamamos de oro, excede a todas las demás escrituras; porque en ella se honra y predica el verdadero Dios, se recuerdan las obras de los Patriarcas y se explican los vaticinios de los profetas. Y porque ninguna obra ha de quedar sin su debida remuneración, atiende a lo que voy a decirte:

 

Tú que me estás viendo, prosiguió san Juan Evangelista, ten entendido que yo soy el que de raíz penetró la Escritura de oro, y conociéndola la aumentó, inspirado por Dios. Yo fuí afrentosamente desnudado, y porque lo llevé con paciencia, vistió Dios mi alma con vestidura inmortal; fuí metido en una caldera de aceite, y por eso gozo ahora del aceite de la alegría sempiterna; soy también el que después de la Madre de Dios pasé del mundo con una muerte más suave, porque fuí custodio de esta Señora, y mi cuerpo se halla ahora en lugar muy seguro y tranquilo.

 

 

Admirable visión que tuvo la Santa, en la que le representa Dios al pecador cristiano en forma de un anímal monstruoso; a los gentiles en forma de un pez horrible y extraño, y a los amigos de Dios divididos en tres clases.

 

                   Capítulo 2

 

Después de la anterior revelación, vió santa Brígida un peso con dos platillos cerca de la tierra y el fiel y anillo estaba en las nubes y penetraba en el cielo. En uno de los platillos había un pez que tenía escamas cortadoras y agudas, y su mirar era de basilisco, su boca como de unicornio que arrojaba veneno, y las orejas agudas como lanzas y como planchas de hierro. En el otro platillo había un animal de piel como pedernal, la boca muy grande echando llamas de fuego, los párpados como afilados cuchillos y las orejas como dos arcos despidiendo de sí agudísimas saetas.

 

Aparecieron después tres grupos de gente. El primero era de poco número; el segundo de menos, y el tercero de muy pocos. Luego oyó la Santa una voz del cielo que dijo a estos tres grupos: Amigos, ansío con vehemencia el corazón de ese maravilloso animal, si hubiese alguien que me lo presentara con amor. Deseo también muchísimo la sangre de ese pez, con tal que hubiese un hombre que me la trajera. Salió de los grupos una voz que contestó por todos, y dijo: Creador nuestro, ¿cómo podremos presentaros el corazón de ese animal tan grande, que tiene la piel más dura que el pedernal?

 

Si nos acercamos a su boca, seremos abrasados con llamas de fuego, y si miramos sus ojos, nos cubrirá con saetas. Y dado caso de que tuviésemos alguna esperanza de apoderarnos de este animal, ¿quién será capaz de cojer el pez, cuyas escamas y aletas son más agudas que filos de espada, cuyos ojos deslumbran nuestra vista y su boca nos arroja motrífero veneno?

Oyóse otra voz del cielo que dijo: Amigos míos, a vosotros os parecen invencibles el animal y el pez, pero al Omnipotente todo le es fácil. Y así, si alguien quisiere salir a la conquista de ellos, yo desde el cielo seré su padrino, y le daré sabiduría y fortaleza para que lo venza, y al que estuviere dispuesto a morir por mí, yo mismo seré su paga.

 

Altísimo Padre, dijo la gente del primer grupo, vos sois el Dador de todo bien, y nosotros, hechura vuestra, os daremos de buena gana nuestro corazón para vuestra honra y servicio; pero las demás cosas que están fuera de nuestro corazón, dispondremos de ellas para nuestro sustento y mantenimiento. Y como la muerte nos parece cosa dura, pesada la flaqueza de la carne y nuestra ciencia es muy escasa, regidnos vos interior y exteriormente, recibid con gusto lo que os ofrecemos y pagadnos como queráis.

 

El segundo grupo dijo: Señor, conocemos nuestra flaqueza y vemos las vanidades y vicisitudes del mundo. Por tanto, te daremos de buena gana nuestro corazón, y entregamos nuestra voluntad en manos de otros, porque mejor queremos estar sometidos que poseer lo más insignificante del mundo.

Señor, dijo la poca gente del tercer grupo, dignaos oirnos: vos que deseáis el corazón del animal y estáis sediento por la sangre del pez, sabed que de buena gana os daremos nuestro corazón, y estamos dispuestos a morir por vos.

 

Esos platillos de la balanza, dijo Dios a la santa, representan estas palabras: Perdona y sufre, espera y ten misericordia. Como si alguno viendo la injusticia de otro, lo estuviese siempre apartando del mal y amonestándole. De la misma manera yo, Dios y Criador de todas las cosas, al modo de una balanza suelo bajar hasta el hombre, y lo amonesto y perdono, y lo pruebo con tribulaciones. Otras veces subo como la balanza, e ilustro e inflamo los corazones de los hombres, y los visito con extraordinaria gracia. El anillo y fiel de estas balanzas que viste en las nubes y pendía del cielo, significa que yo, Dios de todos, a todos los sustento, así a los gentiles como a los cristianos, a los amigos como a los enemigos, a todos los convido con mi gracia y los visito, para ver si hay quien quiera corresponder a mi llamamiento y apartar de la maldad su afecto y deseo.

 

El animal que viste, significa aquellos que recibieron el bautismo, y cuando pasaron de los años de la infancia, no siguieron las palabras del santo Evangelio, sino que inclinaron su corazón y su boca a las cosas de la tierra, sin atender a las del cielo. El pez significa a los gentiles fluctuando entre las oleadas de la concupiscencia, y suya sangre, esto es, su fe en mí es poca, y escaso el conocimiento que tienen de Dios.

 

Deseo, pues, el corazón del animal y la sangre del pez, si hubiese quien por amor se empeñara en presentármelos.

Los tres grupos son mis amigos. Los primeros son los que usan razonablemente de las cosas de este mundo: los segundos, los que todo lo dejaron por obedecer con humildad, y los terceros, los que están además dispuestos a morir por Dios.

 

 

Instrucción que Jesucristo da a la Santa sobre los movimientos del bueno y del mal espíritu.

 

                   Capítulo 3

 

De dos espíritus, esposa mía, dijo Jesucristo, le vienen a las almas los pensamientos e inspiraciones: el uno es espíritu bueno, y el otro malo. El bueno persuade al hombre que piense en las cosas futuras y celestiales y que no ame las terrenas; y el malo le persuade a que ame lo que ve, le desfigura y quiere que se contemporice con los pecados, pretesta flaqueza y le propone el ejemplo de los débiles.

Quiero decirte cómo estos dos espíritus inflaman el corazón de aquella Princesa conocida tuya, de quien ya te he hablado.

 

El espíritu bueno le habla inspirándole estos pensamientos: Pesada carga son las riquezas, las honras del mundo son aire, los deleites de la carne son sueño, la alegría pasa en un instante, todo lo del mundo es vanidad, el juicio futuro es inevitable, y el verdugo, que es el demonio, muy cruel. Y así me parece cosa demasiado dura haber de dar tan estrecha cuenta por adquirir riquezas transitorias, que padezca deshonra el espíritu por un poco de viento, sufrir larga tribulación por un deleite momentáneo, y tener que dar cuenta al que todo lo sabe, aun antes que se haga. Más seguro es dejar muchas cosas y tener que dar menor cuenta, que estar enredado en mil laberintos y tener que dar una cuenta larga y penosa.

 

Muy al contrario le aconseja con sus inspiraciones el espíritu malo: Déjate de esos pensamientos, pues Dios es manso y fácilmente se aplaca. Posee con descuido los bienes que tienes, da espléndidamente; porque para esto naciste, para ser alabada, y para dar al que te pida. Pues si dejas las riquezas, tendrás que servir a los que a ti te sirvieron, y se disminuirá tu honra y se aumentará tu menosprecio, porque al pobre no hay quien lo mire a la cara, ni lo consuele, y te será duro habituarte a nuevas costumbres, a domar la carne con usos extraños y a vivir en servidumbre. Por tanto, permanece firme en la honra que posees, conserva tu puesto como reina, arregla tu casa de suerte que todos te alaben; pues dirán que eres inconstante si variases de posición, y así prosigue en lo comenzado, y serás gloriosa con Dios y con los hombres.

 

Luego le vuelve a decir el espíritu bueno: Bien sabes que hay dos cosas eternas, el cielo y el infierno, y que todo el que ame a Dios sobre todas las cosas, no entrará en el infierno, pero el que no ame a Dios, no poseerá el cielo. Por el camino que va al cielo anduvo el mismo Dios hecho hombre, y lo dejó llano con sus milagros y muerte, y enseñó de cuánta estima son las cosas del cielo, cuán vanas las de la tierra, y cuán grande es la malicia del demonio. Al mismo Dios imitaron su Madre y todos los Santos, los cuales sufrieron toda clase de pena, y quisieron más perder todas las cosas y las propias vidas, que los bienes celestiales y eternos. Así, pues, es más seguro dejar con tiempo la honra y las riquezas, que poseerlas hasta la muerte; no sea que creciendo el dolor en los últimos momentos, se disminuya la memoria de los delitos, y arrebaten todo lo que han reunido aquellos que nada se cuidan de su salvación.

 

El espíritu malo le torna a replicar: Deja esos pensamientos. Los hombres son flacos, y Jesucristo es Dios y hombre. No es razón que quieras igualar tus obras con las de los santos, que tuvieron tanta gracia y familiaridad con Dios. Bástales a los hombres esperar conseguir el cielo, vivir según su flaqueza y redimir sus pecados con oraciones y limosnas; porque es cosa de niños y de necios emprender lo que no conocen y no poderlo terminar.

La buena inspiración le dice de nuevo: Bien veo que soy indigna de igualarme con los santos, pero segurísima cosa es procurar ser buena y perfecta. ¿Qué importa emprender lo no acostumbrado? Dios es poderoso para dar auxilio. Pues acontece con frecuencia ir por un camino un señor poderoso y un pobre que va a pie, y aunque el señor llega antes a la posada porque va en buena cabalgadura, y descansa y come regaladamente antes que el pobre llegue; pero al fin llega también el pobre a la posada, y come de las migajas que le sobraron al señor; y si dejara el camino por verse pobre y el otro rico, ni llegara a la posada y descanso que tenía el señor, ni comiera de sus sobras. Así también, aunque conozco mi indignidad para medirme con los santos, no obstante, quiero caminar tras ellos, para que ya que por mí no merezca cosa, participe a los menos de sus merecimientos.

 

Dos cosas, continúa la reina, combaten mi ánimo. Primeramente, que si me quedo en mi tierra, la soberbia se ha de señorear de mí; el amor de los deudos que han de querer que los ayude me ha de distraer; la superfluidad de criados y riqueza me es cosa pesada. Y así, mejor consejo es y más me agrada bajarme del trono de la soberbia y humillar con peregrinaciones mi cuerpo, que estarme en mis honras y añadir pecados a pecados. En segundo lugar, combate mi ánimo la pobreza del pueblo y su clamoreo, pues en vez de ayudarle le cargo más tributos para mi gasto. Preciso es, pues, tomar buen consejo.

 

Responde la mala inspiración y sugestión diabólica: Peregrinar es de ánimos inconstantes, y la misericordia es más aceptable a Dios que todos los sacrificios. Si sales de tu patria, así que se sepa, te robarán y se apoderarán de ti los salteadores y bandoleros; y entonces, en vez de libre serás esclava, en vez de rica serás pobre, en lugar de honra tendrás oprobio, y en lugar de descanso padecerás tribulación.

Vuelve a inspirarle el espíritu bueno y le dice en su mente: He oído que hubo un cautivo que puesto en una fuerte torre, tuvo en aquellas tinieblas y cautiverio más consuelo y contento que jamás había tenido con bienes y auxilios temporales. Por tanto, si Dios gusta que yo sea afligida con tribulaciones, será para mayor bien mío, pues es piadoso para consolarme y está dispuesto a ayudarme, principalmente si salgo de mi tierra sólo por hacer penitencia de mis pecados y por alcanzar el amor de Dios.

 

Vuélvele a decir el mal espíritu: Si fueses indigna de los consuelos de Dios y estuvieres impaciente en la humildad y pobreza, entonces te arrepentirás de haber emprendido esa vida rigurosa, tendrás un bastón en las manos en vez de anillos, llevarás un andrajo en la cabeza en vez de corona y un pobre saco en vez de la púrpura real.

Vuelve a decirle el espíritu bueno: No es cosa nueva lo que intentas, que santa Isabel, hija del rey de Hungría, criada con mucho regalo y casada como hija de tal rey, pasó gran pobreza y menosprecio, y tuvo de Dios mayor consuelo y más preciosa corona, que si hubiese permanecido entre todas las honras y placeres del mundo.

 

¿Qué harás, le dice el mal espíritu, si te entregare Dios en manos de hombres facinerosos que se apoderen de ti y te injurien con deshonra? ¿Con qué verg enza podrás vivir en el mundo? Entonces te arrepentirás de tu pertinacia, y quedará tu linaje afrentado y lloroso; entonces se apoderará de ti la impaciencia, reinará la ansiedad en tu corazón, serás ingrata con Dios y desearás acabar tu vida, porque no te atreverás a presentarte entre gentes, cuando te veas difamada en boca de todos.

 

Atiende, dice el buen espíritu, lo que está escrito de la virgen santa Lucía, quien, no obstante la perversidad del tirano, perseveró en su fe y confianza que tenía en la bondad de Dios, y dijo: Aunque sea ultrajado mi cuerpo, soy no obstante, inocente, y se me doblará la corona. Y mirando Dios su fe, la conservó ilesa. Pues lo mismo digo yo: Dios, que no envía a nadie mayores tribulaciones de las que puede llevar, guardará mi alma, mi fe y mis buenos deseos, pues yo me pongo toda en sus manos, y no quiero más sino que se haga en mí su santa voluntad.

 

Y pues anda esta señora vacilando con estos pensamientos, dijo el Señor a santa Brígida, adviértele de mi parte tres cosas. Lo primero, que se acuerde en qué dignidad la puse; lo segundo, el amor que le he mostrado en su matrimonio; y lo tercero, con cuánta benignidad la he guardado y librado de todas sus enfermedades. Y más le dirás, que mire que ha de dar cuenta a Dios de todos sus bienes temporales, y hasta del último maravedí, cómo lo sacó y cómo lo ha gastado; que muy presto se le ha de pedir esta cuenta, y que no sabrá cuándo ha de ser; y que Dios no perdona más a la señora que a la esclava. Dile que yo le aconsejo tres cosas.

 

Primero, que haga penitencia, confiese sus pecados y se enmiende de ellos, y ame a Dios de todo su corazón; lo segundo, que procure satisfacer acá y no ir al purgatorio; porque como el que no ama a Dios, es digno del infierno, así también el que no hace penitencia de los pecados cuando puede, es digno de purgatorio; y lo tercero, que deje amistades de mundo por amor de Dios, y vaya adonde hay un medio entre el cielo y la muerte, a fin de evitar la pena del purgatorio; pues para eso son las indulgencias, las cuales sirven para elevar y redimir las almas; indulgencias concedidas por los sumos Pontífices, y merecidas por los Santos de Dios con la sangre que derramaron.

 

 

El glorioso Príncipe de los apóstoles se aparece a santa Brígida, estimulándola con su ejemplo al ejercicio de las virtudes y al dolor de sus culpas.

 

                   Capítulo 4

 

Tú, hija, dijo san Pedro a santa Brígida, me comparaste con el arado que hace surcos anchos y destruye las raíces. Y me comparaste bien, porque fuí tan perseguidor de los vicios y tan amonestador de la virtud, que hubiera deseado convertir a Dios todo el mundo, aunque me costara la vida y toda clase de trabajos. Me era Dios tan dulce para pensar en él, tan dulce para hablar de él, y tan dulce para obrar por su amor, que todo cuanto no era Dios me servía de hiel y de pena. Con todo eso, también Dios fué amargo para mí, no por sí, sino por mí mismo; por que siempre que pensaba lo mucho que había pecado, y cómo lo negué, lloraba amargamente, porque ya sabía amar perfectamente, y no había para mí manjar tan dulce como las lágrimas.

 

Me pides que te dé memoria, porque eres olvidadiza y descuidada. Ya has oído cuán poco tuve yo, pues me había obligado con juramento a estar firme y morir con el mismo Dios, y con sólo una pregunta de una mujer, negué la verdad misma, porque Dios me dejó en mí mismo, y yo mismo no me conocía. Lo que saqué de mi negación y caida fué, que considerando que yo no era nada por mí, me levanté y corrí a la misma verdad, que es Dios, el cual imprimió tanto en mi corazón la memoria de su nombre, que ni la presencia de los tiranos, ni los azotes y tormentos, ni la muerte misma, fueron bastantes para borrarlo de mi memoria.

Haz tú lo mismo, hija mía, levántate y acude con humildad al que es Maestro y sabe dar memoria, y pídesela, pues solo él es poderoso para todo; y te ayudaré a pedírselo, para que participes de la semilla que yo dejé sembrada en la tierra.

 

 

San Pablo se aparece a santa Brígida, diciéndole que debió su conversión a las oraciones de san Esteban.

 

                   Capítulo 5

 

Tú, hija, le dice san Pablo a santa Brígida, me comparaste con un león que había sido criado entre lobos, y que milagrosamente fué arrancado de entre éstos. Verdaderamente era yo lobo rapaz, pero de lobo me hizo Dios cordero, por dos cosas; la primera, por su infinito amor, que de lo más vil sabe hacer sus vasos, y de pecadores, amigos suyos, y la segunda, por las oraciones de san Esteban, protomártir. Y voy a decirte qué intención tenía yo cuando apedrearon a san Esteban, y por qué merecí sus oraciones. No me holgaba yo ni me complacía con su muerte, ni envidiaba su gloria; mas con todo deseaba que muriese, porque según mi opinión, creía que no tenía él verdadera fe.

 

Y como lo vi tan extraordinariamente fervoroso y sufrido para padecer, condolíme muchísimo de que fuese infiel, siendo él en realidad fidelísimo, y yo enteramente ciego e infiel; y compadeciéndome de él, oré pidiendo de todo corazón, que aquella amarga pena le aprovechase para su gloria y corona. Por tanto, vino a aprovecharme a mí su oración, pues por ella me sacó Dios de entre muchos lobos y me hizo manso cordero. Así, pues, se debe orar por todos, porque la oración del justo les aprovecha a los que están más inmediatos, y se hallan más dispuestos para recibir la gracia de Dios.

 

Autora: Santa Brígida de Suecia

Transcrito por: Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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