Mi?rcoles, 24 de febrero de 2010
VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍDIDA DE SUECIA

Seguimos con una serie de capítulos, ya del CUARTO LIBRO de esta Santa. EL AUTOR DEL BLOG

Por qué los buenos viven muchas veces atribulados y los malos en grande prosperidad.

 

 

 

 

 

 

 

                   Capítulo 13

 

Te maravillas, esposa mía, dijo Jesucristo, de que el amigo de Dios, digno de toda honra, es atribulado; y el enemigo de Dios, digno de toda afrenta, es honrado; y no tienes de qué asombrarte, porque mis palabras se han de entender espiritual y corporalmente. ¿Qué es, pues, la tribulación del mundo sino cierta elevación y ensalzamiento para recibir la corona? ¿Y qué es la prosperidad del mundo para el hombre que abusa de la gracia, sino el descenso para su perdición? Por consiguiente, ser atribulado en el mundo es ser ensalzado para la vida eterna, y prosperar en el mundo es para el hombre injusto la bajada para el infierno. Por esta razón, para disponer tu paciencia en las palabras de Dios, voy a decirte un ejemplo.

 

Había una madre que tenía dos hijos, de los que el uno nació en un calabozo, sin oir ni conocer nada sino las tinieblas y los pechos de su madre; pero el otro nació en una choza, y tenía buen sustento, cama y quien le sirviese. Al nacido en el cabalozo le dijo la madre: Hijo mío, si quisieses salir de estas tinieblas tendrías más regalada comida, cama más blanda y mejor habitación. Oyendo esto el niño y anhelando tan gran dicha y honor, salió a la palestra para alcanzar la corona.

 

Así hace Dios con los hombres; pues una veces promete y da cosas temporales, otras veces las carnales, en que van envueltas las espirituales, para que con la merced recibida se incite el alma al amor de Dios y se humille con la inteligencia espiritual, a fin de que no presuma de sí como hizo Dios con Israel. Prometióles primeramente y les dió cosas temporales, y obró con ellos maravillas, para que de este modo se fuesen instruyendo para las cosas invisibles y espirituales. Después que ya tuvieron mayor conocimiento de Dios, les hablaba el Señor por sus profetas con alguna obscuridad, mezclando algo de consuelo y alegría, como cuando le prometía al pueblo el regreso a su patria, una paz perpetua, y que había de reedificarse todo lo arruinado; promesas que, aun cuando no las entendió el pueblo y quiso comprenderlas carnalmente, Dios, sin embargo, determinó y quiso que unas se cumpliesen carnal y otras espiritualmente.

 

Mas ahora deseas saber por qué Dios, a quien son conocidas todas las horas y momentos, no anunció cada cosa para hora determinada, o por qué unas cosas las dijo y otras las indicó.

 

La respuesta a tu duda es, que el pueblo de Israel era carnal, y todo lo que deseaba eran cosas visibles y carnales; y así no podía conocer las cosas invisibles sino por las visibles. Por esta razón quiso Dios enseñar a su pueblo de muchas maneras, para que los que creyesen las promesas de Dios tuviesen por su fe más rica corona, los aprovechados en la virtud tuviesen mayor fervor, los tibios se encendiesen en amor de Dios, los malos dejaran de pecar tan a las claras, los atribulados sufrieran con más paciencia sus miserias, los que trabajaban continuasen con más gusto, y los que esperaban el cumplimiento de obscuras promesas, tuviesen mayor corona. Pues si Dios, a hombres carnales hubiera prometido solamente cosas espirituales, todos se hubieran enfriado en el amor de las cosas celestiales; y si Dios les hubiese prometido solamente cosas carnales, ¿que diferencia hubiera habido entonces entre el hombre y el jumento?

 

Pero Dios, piadoso y sabio, a fin de que el hombre gobernara moderada y justamente su cuerpo, como quien había de morir, le dió las cosas temporales; y para que apeteciese los bienes del cielo, le hizo muchos y milagros referentes a las cosas celestiales; para que temiese pecar, le manifestó sus terribles castigos y envió contra ellos los ángeles malos; y para que fuesen esperadas y deseadas como luz de las promesas y manantial de toda sabiduría, mezclábanse con los consuelos la cosas dudosas y obscuras. De la misma manera en estos tiempos enseña Dios sus juicios y secretos espirituales por semejanzas de cosas corporales, y hablando de la honra corporal, entiende la espiritual, para que a solo Dios se desee por maestro y se le atribuya toda enseñanza.

 

¿Qué es, pues, la honra del mundo, sino viento, trabajo y diminución de los consuelos divinos? ¿Qué es, pues, la tribulación, sino el progreso en las virtudes? Por consiguiente, prometer al justo la honra del mundo, ¿qué es sino privarlo del provecho espiritual? Y prometerle las tribulaciones del mundo, ¿qué es sino la medicina y antídoto contra una gran enfermedad?

 

De aquí sacarás, esposa mía, que las palabras de Dios se pueden entender de muchas maneras, y no por eso hay mudanza en Dios, sino que antes se ha de temer y causar admiración su sabiduría, porque como en los Profetas dije muchas cosas corporales, que corporalmente se cumplían, también dije muchas cosas corporales, que se cumplían o se entendían espiritualmente. Lo mismo hago ahora contigo, y cuando esto fuere, yo te diré la causa de ello.

 

 

La santísima Virgen dice a santa Brígida que se guarde de algunas personas, que bajo las apariencias de piedad abrigan intenciones perversas. Dícele también qué disposiciones preparan el ánimo para ganar las indulgencias.

 

                   Capítulo 14

 

Por qué has hospedado a ese hablador, dijo la Virgen a santa Brígida, ya que no conoces su vida ni costumbres, que son todas del mundo? Señora, respondió la Santa, porque parecía buen hombre y virtuoso, y es de mi país, además me daba gran vergüenza el no hospedarle; porque si yo supiera que desagradaba a Dios en ello, no lo hospedara jamás. Tu buena intención, dijo la Virgen, ha tenido y servido de freno a su corazón y a su lengua, para que no os perturbe tanto a ti como a tu casa; pues el demonio, como astuto, trájole a vuestra casa con piel de oveja, siendo lobo, para inquietaros con su parlar. Por cierto, dijo la Santa, que nos parece devoto y penitente, visita las iglesias, y dice que no pécara por todo el mundo.

 

¿Del ganso, dijo la Virgen, se comen las plumas o la carne? Las plumas, no por cierto, porque harían daño en el estómago, sino la carne, que mantiene y da vigor. De la misma manera acontece espiritualmente con las disposiciones y estatutos de la santa Iglesia. Pues sucede como con el ansar, cuya preciosa y reciente carne representa el cuerpo de Jesucristo; los Sacramentos son como las entrañas del ansar, y las alas significan las virtudes y hechos de los mártires y de los confesores; las plumas menudas significan la caridad y paciencia de los santos, y las grandes las indulgencias que los santos varones concedieron y merecieron.

 

Luego todo el que acude a las indulgencias con intención de ser absuelto de sus anteriores pecados, y no obstante permanece en sus viciosas costumbres, éste tiene las grandes plumas del ansar, con las que ni se sustenta ni se vigoriza el alma, y si se comiesen, producirían vómito. Pero los que acuden a ganar las indulgencias con ánimo de no volver más a pecar, de restituir lo ajeno, de satisfacer a los injustamente perjudicados, de no percibir un real mal adquirido, de no querer vivir un solo día sino según la voluntad divina, de someter a Dios su voluntad, tanto en lo próspero como en lo adverso, y de huir de las honras del mundo y de sus amistades; éste alcanzará perdón de sus pecados, y ante Dios es tan hermoso como un ángel.

 

Mas el que desea la absolución de sus culpas, y no quiere dejar las vanidades y malos deseos, ni restituir lo ajeno; el que ama las cosas del mundo, y se avergüenza de parecer humilde, y no deja las malas costumbres, ni sabe refrenar su carne, a este no le sirven las grandes plumas, que son las indulgencias, para alcanzar la contrición y confesión, con que se borra el pecado y se consigue la gracia de Dios; mas con todo eso, volaría como con plumas desde las manos del demonio al seno de Dios, si para obtener esa contrición y confesión, quisiese cooperar personalmente a ello de buena voluntad.

 

Madre de misericordia, respondió la Santa, rogad por este hombre para que halle gracia en presencia de vuestro Hijo. Lo visita el Espíritu Santo, dijo la Virgen, pero eso hombre tiene en el corazón a modo de una piedra, que prohibe la entrada a la gracia de Dios. Considera, hija mía, a Dios como una gallina que procura con su calor sacar a luz sus polluelos de los huevos que tiene debajo de sí; y cuando los siente empollados, no quiebra ella la cáscara, sino que el polluelo que está dentro es el que busca con su pico la parte más delicada, y por allí la quiebra ayudado y fomentado con el calor de la madre.

 

De la misma manera Dios visita a todos con su gracia; pero a los que ve que dicen: Queremos dejar de pecar, y en cuanto nos sea posible, deseamos aspirar a la perfección, a estos los visita con mayor frecuencia el Espíritu Santo, para que puedan vencer los escollos. Y a los que entregan toda su voluntad en manos de Dios, no queriendo hacer nada contra el amor de Dios, y procuran imitar a los más perfectos, siguen los consejos de las personas humildes y luchan con discreción contra los malos deseos de su carne, a estos se los acerca a sí Dios como la gallina a sus polluelos, haciéndoles su yugo suave y consolándolos en sus trabajos.

 

Mas los que siguen su propia voluntad, pensando que lo poco que hacen es ante Dios digno de alguna recompensa, y no aspiran a mayor perfección, sino que se quedan en sus deleites, excusando su fragilidad con los ejemplos de otros, y paliando sus culpas con las perversidades ajenas; estos no son polluelos de Dios, porque no quieren romper la dureza y vanidad de su corazón; y por el contrario si pudiesen, querrían mejor vivir mucho tiempo para poder perseverar más en su pecado.

No lo hicieron así Zaqueo ni Magdalena, sino que como en todos sus miembros habían ofendido a Dios, le dieron también todos sus miembros para satisfacerle por las ofensas; y porque habían subido por el pecado mortal a las honras del mundo, bajaron a su menosprecio con humildad; porque es difícil amar a un mismo tiempo a Dios y al mundo. Así, pues, los que son como Zaqueo y Magdalena, escogieron la mejor parte.

 

 

                   Capítulo 15

 

Has visto hoy, dijo santa Inés a santa Brígida, aquella señorona en el carruaje de su soberbia? Bien la vi contestó santa Brígida, y me pasmé de que la carne y la sangre, el polvo y el estiercol quiera ser ensalzado cabalmente con lo que debería humillarse. Porque ¿qué es semejante ostentación sino uno prodigalidad de los dones del Señor, una admiración del vulgo, una tribulación de los justos, una calamidad para los pobres, un provocar la ira de Dios, un olvido de sí mismo, el hacer más rigurosa la sentencia del juicio futuro, y la pérdida de las almas?

 

Alégrate, hija, le dice santa Inés, porque te has escapado de todo eso; y ahora voy a hablarte de una carroza, en la que podrás descansar tranquilamente. El carruaje, pues, en que debes sentarte, es la fortaleza y la paciencia en las tribulaciones; porque cuando el hombre principia a refrenar su carne y a entregar a Dios toda su voluntad, o inquieta el demonio al alma por la soberbia, levantando al hombre por sí y sobre sí mismo como si fuese semejante a Dios y a los varones justos, o la imprudencia y la indiscreción lo abaten, para que vuelva a sus malas costumbres, o le falten las fuerzas, o se haga inepto para trabajar en honra de Dios. Por tanto, es menester una paciencia discreta, a fin de que ni retroceda impaciente, ni persevere con indiscreción, sino que se conforme con las fuerzas y con las circunstancias.

 

La primera rueda de esta carroza es una perfecta voluntad de dejarlo todo por Dios, y no desear nada sino a Dios. Pues hay muchos que dejan las cosas temporales con el fin de no tener que sobrellevar desgracias, y no obstante, no les falta nada para su regalo y placer. La rueda de estos no es muy manejable ni movible; y cuando llega la pobreza desean la abundancia, cuando se hace sentir la adversidad buscan las prosperidades, cuando los tienta el abatimiento se quejan de la Providencia y ansían las honras, y cuando se les manda algo contra su gusto buscan sus propia voluntad. Pero solamente será grata a Dios aquella voluntad que sólo desea lo que Dios quiere, ora sea próspero, ora adverso.

 

La segunda rueda es una humildad con la que se tenga el hombre por indigno de todo bien, trayendo continuamente a la memoria todos sus pecados, y se juzgue reo en presencia de Dios.

La tercera rueda es amar a Dios con prudencia. Lo cual lo hace el que mirándose a sí mismo aborrece sus vicios, se contrista de los pecados de sus prójimos y parientes, pero se alegra de su bien espiritual y de que adelanten para con Dios; el que no desea que su amigo viva para provecho y comodidad suya, sino para que sirva a Dios, y teme su prosperidad mundana, no sea que ofenda a Dios. Tal es el amor prudente, aborrecer los vicios, amar las virtudes, no fomentar honras ni vanidades, y querer más a los más fervorosos en el amor de Dios.

 

La cuarta rueda es el discreto refrenar y mortificar la carne. Así, pues, todo el que viviendo en el mundo, piense de esta manera: La carne me lleva tras sí desordenadamente. Si viviere según ella, sé positivamente que se enoja conmigo el que la crió, el cual puede afligirme y mandarme enfermedades, el que ha de disponer de mi vida y me juzgará. Así, pues, quiero de buena voluntad refrenar mi carne y vivir de una manera muy morigerada para honra de Dios. Todo el que así piense y pida auxilio a Dios, su rueda será aceptable al Señor.

 

Y si es religioso y dice: La carne me inclina a los placeres, y para ello tengo ocasión, tiempo, recursos y buena edad; pero con la ayuda de Dios no he de pecar, ni por un gusto momentáneo he de faltar a mi santa profesión, pues prometí a Dios grandes cosas. Pobre nací, y pobre he de salir de este mundo, y he de dar cuenta de todas mis acciones. Por esta razón quiero abstenerme de pecar, para no ofender a Dios, ni escandalizar a mi prójimo ni hacerme perjuro. Esta abstinencia es digna de gran premio.

 

Y si el que está con riquezas, en dignidades y en regalos, dice consigo mismo: A mí todo me sobra, y el pobre está necesitado, y no obstante, un mismo Dios es el suyo y el mío. ¿Qué merecí yo, o qué desmereció él? ¿Qué es la carne sino manjar de gusanos? ¿Qué son tantas delicias sino desazones, causa de enfermedades, pérdida de tiempo y ocasión de pecado? Bueno será refrenar mi carne, para que los gusanos no se diviertan tanto con ella, para no sufrir mayor castigo ni perder inútilmente el tiempo de la penitencia, y si la carne, por estar mal enseñada, no pudiere pasar con lo que un pobre, le iré quitando poco a poco algunos regalos y delicadezas, que bien se puede pasar sin ellas, y así no tendrá necesidades superfluas.

 

Todo el que de este modo piensa, y lo pone en práctica cuanto le es posible, puede llamarse mártir y confesor; porque es un género de martirio tener regalos y no disfrutarlos, estar en honras y desecharlas, ser grande para con los hombres y no apreciarse en nada a sí mismo. Esta rueda, pues agrada mucho a Dios.

 

Te he pintado, hija mía, la carroza que ha de ser guiada por tú angel, con tal que sometas tu cuello a su freno y yugo, esto es, que separes tu corazón y tus sentidos de las chocarrerías y cosas vanas.

También quiero pintarte la carroza en que iba aquella señorona. La caja del carruaje es una continua impaciencia contra Dios, contra el prójimo y contra sí misma. Contra Dios, juzgando sus ocultos juicios, porque ella no prospera según sus deseos: contra el prójimo, porque no se apodera de todos sus bienes; y contra sí misma, porque con impaciencia manifiesta los secretos de su corazón.

 

La primera rueda de esta carroza es la soberbia; porque se prefiere a los demás y los juzga; desprecia a los humildes y ambiciona las honras.

La segunda rueda es la desobediencia a los mandamientos de Dios, la cual mueve su corazón a excusar su flaqueza, a disminuir su culpa, y a defender su presunción y malicia.

La tercera rueda es la codicia de las cosas del mundo, la cual la hace gastar pródigamente en sus vanidades, la ocasiona el abandono y olvido de sí misma y del porvenir, la angustia del corazón y la frialdad para el amor de Dios.

La cuarta rueda es su amor propio, por el cual echa de sí el temor y reverencia de su Dios, y el acordarse de su muerte y de la cuenta que tiene que dar.

 

Guía esta carroza el mismo demonio, el cual para todo lo que inspira en el corazón, halla a esta mujer osada y alegre. Los dos caballos que tiran de esta carroza, son la esperanza de larga vida, y el deseo y propósito de pecar hasta la muerte. El freno que llevan es la vergüenza de confesar los pecados; la cual juntamente con la esperanza de larga vida y su mal propósito de continuar pecando, la despeñan y la sacan del buen camino, y cargan su alma con culpas de tal modo, que no aprovechan con ella miedos, ni sonrojos, ni amonestaciones, para que salga del pecado; y así, cuando pensare que está más segura, se hallará en el infierno, si no obedece y se humilla a la gracia de Dios.

 

 

Muy preciosa salutación a María.

 

                   Capítulo 16

 

Oh dulcísima María, dijo santa Brígida, bendita seáis con bendición eterna, pues fuisteis Virgen antes del parto, Virgen en el parto, y Virgen después del parto. Por tanto, bendita seáis, porque sois Madre y Virgen, sois la muy amada de Dios, sois más pura que los ángeles todos, excedisteis en fe a todos los Apóstoles, padecisteis en vuestro corazón mayores angustias que nadie, superasteis en abstinencia a todos los confesores y en continencia y castidad a todas las vírgenes. Los cielos y la tierra, pues, os alaben porque por vos se hizo hombre Dios, Criador de todas las cosas; por vos el justo encuentra gracia, el peacdor indulgencia, el muerto vida, y el desterrado vuelve a su patria.

 

Escrito está, respondió la Virgen, que al dar testimonio san Pedro de que mi Hijo era Hijo de Dios, le contestó éste: Bienaventurado eres, Simón, porque eso que has dicho, no te lo ha revelado la carne ni la sangre. Así te digo yo ahora, que esa salutación no te la reveló tu alma rodeada de las cosas de este mundo, sino aquel que no tiene principio ni fin. Por tanto, hija, sé humilde, y yo seré misericordiosa contigo. San Juan Bautista, como te lo ha prometido, te dará su dulzura; san Pedro te comunicará su mansedumbre, y san Pablo su fortaleza. San Juan te dirá: Hija, ponte de rodillas; san Pedro te dirá: Hija, abre la boca y te daré un manjar dulcísimo; y san Pablo te vestirá y armará con las armas de la caridad, y yo que soy tu Madre, te presentaré a mi Hijo.

 

Esto que acabo de decirte, hija mía, has de entenderlo espiritualmente. Pues en san Juan, que se interpreta gracia de Dios, está significada la verdadera obediencia, porque fué y es la misma dulzura: dulce para con sus padres por su admirable gracia, dulce para con los hombres por su singular predicación, y dulce a Dios por su obediencia y santidad de vida; pues obedeció a Dios en la juventud, obedeció en lo próspero y en lo adverso, obedeció y fué siempre humilde, cuando pudo ser honrado, y obedeció hasta en la muerte.

 

Y esto de obedecer es decirte que te pongas de rodillas, como si se te dijera: Humíllate, hija, y tendrás cosas altas; deja lo amargo y gustarás lo dulce; deja tu propia voluntad, su quieres ser pequeñuela; menosprecia lo de la tierra, y tendrás lo del cielo; menosprecio lo superfluo, y tendrás abundancia espiritual.

San Pedro significa la fe de la Iglesia santa; porque como estuvo firme hasta el final, así la fe de la Iglesia santa permanecerá firme hasta la consumación de los siglos. San Pedro, pues, que es la fe, te dice que abras la boca y recibirás un exquisito manjar, esto es, que abras a tu alma el entendimiento, y hallarás en la santa Iglesia un manjar dulcísimo, que es el mismo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento del altar; y hallarás también la ley nueva y la antigua, las exposiciones de los doctores, la paciencia de los mártires, la humildad de los confesores, la castidad de las vírgenes, y el fundamento de todas las virtudes. Busca, hija, esta fe santa en la Iglesia de san Pedro, y después de encontrarla, consérvala en la memoria y ponla en ejecución.

 

Por san Pablo se entiende la paciencia, porque fué fervoroso contra los impugnadores de la fe santa, alegre en las tribulaciones, firme en la esperanza, sufrido en las enfermedades, compasivo con los dolientes, humilde en las virtudes, bondadoso con los pecadores, maestro y doctor de todos, y perseverante hasta el final en el amor de Dios. San Pablo, pues, que significa paciencia, te armará, hija mía, con las armas de las virtudes, porque la verdadera paciencia está fundada y robustecida con los ejemplos; y la paciencia de Jesucristo y de sus santos enciende en el corazón el amor de Dios, enardece el alma para emprender cosas grandes, hace al hombre humilde, manso, misericordioso, fervoroso para todo lo del cielo, cuidadoso de sí mismo, y perseverante en lo comenzado.

 

Por tanto, a todo hombre a quien la obediencia cría en el regazo de la humildad, la fe lo sustenta con el manjar de la dulcedumbre, y la paciencia lo viste con las armas de las virtudes; y yo, la Madre de la misericordia, lo presento a mi Hijo, el cual lo coronará con la corona de su dulzura; pues mi querido Hijo tiene una fortaleza incomprensible, una sabiduría incomparable, un inefable poder y una admirable caridad; y así, nadie lo arrancará de sus manos.

 

Pero advierte, hija, que aunque hablo contigo sola, entiendo por ti a todos los que siguen la santa fe con obras de amor; y como por un hombre llamado Israel se entendían todos los israelitas, así por ti entiendo todos los verdaderos fieles.

 

 

Magníficas y muy tiernas alabanzas que santa Brígida da a la Virgen María, y contestación de la Señora, con grandes promesas que hace a sus devotos.

 

                   Capítulo 17

 

Oh dulcísima María, hermosura nueva nunca vista, hermosura preciosísima, ven en mi ayuda, para que desaparezca mi fealdad y se encienda mi amor para con Dios. Tu hermosura, Señora, a quien la considera le hace tres bienes: despeja la memoria para que entren con suavidad las palabras de Dios, hace que las retenga después de oídas y que las comunique fervorosamente a los prójimos. También al corazón le da otros tres bienes tu hermosura; porque le quita el gravísimo peso de la pereza, cuando se considera tu amor a Dios y tu humildad; envía lágrimas a los ojos, cuando se contempla tu pobreza y tu paciencia; y comunica para siempre al corazón un fervor de dulzura, cuando sinceramente se recuerda la memoria de tu piedad.

 

Verdaderamente eres, Señora, hermosura excelentísima, hermosura ardientemente deseada; pues fuiste dada para auxilio de los enfermos, para consuelo de los atribulados y para intercesora de todos. Y así, todos cuantos oyeren que habías de nacer y los que saben que naciste, muy bien pueden clamar diciendo: Ven, hermosura esplendorosísima, y alumbra nuestras tinieblas; ven, hermosura preciosísima, y quita nuestra afrenta; ven, hermosura suavísima, y templa nuestra amargura; ven, hermosura poderosísima, y acaba con nuestro cautiverio; ven, hermosura honestísima, y borra nuestra fealdad. Bendita y ensalzada sea tal y tan grande hermosura, que desearon ver todos los Patriarcas, a la cual alabaron los Profetas y con la que se alegran todos los escogidos.

 

Bendito sea Dios que es toda mi hermosura, respondió la Virgen, el cual puso en tus labios semejantes palabras. En pago de ellas te digo, que aquella hermosura sin principio, eterna y sin igual, que me hizo y me crió, te confortará a ti; aquella hermosura venerabilísima y nueva, que renueva todas las cosas, la cual estuvo en mí y nació de mí, te enseñará cosas maravillosas; aquella hermosura ardientemente deseada, que todo lo recrea y alegra, inflamará con su amor tu alma. Confía, pues, en Dios, que cuando alcanzares a ver la hermosura del cielo, te causará confusión y vergüenza la hermosura de la tierra, y la tendrás por escoria y por vileza.

 

Enseguida dijo el Hijo de Dios a su Madre: Bendita seas, Madre mía. Tú eres semejante a un artífice muy primoroso en su arte, que hace una preciosa joya, y viéndola le dan el parabién, y uno le ofrece oro para que la acabe y otro piedras preciosas para que la adorne. Así tú, querida Madre, das auxilio a todo el que intenta llegar hasta Dios, y a nadie dejas sin consuelo. Con justicia pueden llamarte sangre de mi corazón; porque como con la sangre se vivifican y robustecen todos los miembros del cuerpo, del mismo modo, por medio de ti se vivifican los hombres de la caída del pecado, y se hacen de más provecho para con Dios.

 

 

Optima y de mucha enseñanza, para discreción de espíritus y de penitencia.

 

                   Capítulo 18

 

Hija, persevera, dice santa Inés a santa Brígida, y no des paso atrás. Mira que una serpiente mordedora está junto a los calcañales; y cuida también de no adelantar más de lo justo, porque tienes delante de ti el filo de una aguda lanza, que te clavará, si no vas con cordura. ¿Qué es volver atrás sino arrepentirse de haber emprendido vida áspera, aunque saludable, y querer volver a lo acostumbrado, deleitando su mente con torpes pensamientos? Si estos llegan a agradar echan a perder todo lo bueno, y poco a poco apártanse de ello.

 

Tampoco has de caminar más de lo justo, esto es, más de lo que pudieren tus fuerzas, ni afligirte demasiado, queriendo imitar en buenas obras a otros, más de lo que permita tu naturaleza; porque desde la eternidad dispuso Dios que se abriese el cielo a los pecadores con obras de amor y de humildad, hechas con discreción y medida. Pero el demonio envidioso, suele persuadir al hombre imperfecto a ayunar más de lo que permitan sus fuerzas, a prometer cosas extraordinarias é insufribles, y a que imite a otros muy perfectos, sin atender a su flaqueza y pocas fuerzas; para que faltando el vigor, más bien por vergüenza de los hombres que por amor de Dios, continúe, aunque mal, lo comenzado, o desfallezca más pronto por su indiscreción y flaqueza.

 

Por tanto, hija, debes medirte según tu fortaleza y debilidad, con prudente consejo del que te rige, porque unos son naturalmente más fuertes, otros más débiles, unos más fervorosos en la gracia de Dios, otros más alegres y activos con la buena costumbre. Así, pues, debes ordenar tu vida según el consejo de personas temerosas de Dios, no sea que por inconsideración te muerda la serpiente, o te hiera la punta del emponzoñado cuchillo, esto es, no sea que engañe tu mente la venenosísima sugestión del demonio, de suerte que, o quieras parecer lo que no eres, o desees hacer lo que es superior a tu virtud y a tus fuerzas.

 

Algunos hay que creen alcanzar por sus solos méritos el cielo; a los cuales Dios, por sus ocultos juicios, deja que el demonio los tiente. Otros hay, que piensan que con solas sus obras, satisfacen a Dios por sus pecados. Pero unos y otros yerran y pecan en ello; porque aun cuando el hombre diera cien veces su vida, no pudiera pagar a Dios la menor de mil obligaciones que la tiene; porque de su mano viene el poder y querer, para que el hombre haga algo bueno, y de su mano viene el tiempo y la salud, el buen deseo, las riquezas y la gloria, la vida y la muerte, la exaltación y la humillación. A él, pues, se debe todo honor, y no hay méritos de hombre alguno, que por sí solos sean de estima delante de Dios.

 

Ten, pues, por cierto, que Dios es como un águila de aguda visata, que desde lo alto mira lo que está abajo, y si viere algo que se levanta en la tierra, al punto se arroja sobre ello como una bala, y si ve algo ponzoñoso que le es contrario, lo atraviesa como una flecha, y si desde lo alto le cae encima algo que no sea limpio, como el ánade sacude las alas y lo despide. Así, Dios, si ve que los corazones de los hombres, o por flaqueza de la carne, o por tentaciones del demonio se levantan contra su Divina Majestad, al punto con la inspiración buena, con el dolor y compunción aniquila y arroja el pecado, y hace que el hombre vuelva a Dios y a sí mismo.

 

Y si entrare en el corazón el veneno de la concupiscencia de la carne o de las riquezas, luego con una saeta de su amor atraviesa Dios aquella alma, a fin de que el hombre no persevere en el pecado y sea apartado de Dios. Y si algo sucio de soberbia o de sensualidad cayere sobre el alma, al instante lo sacude como el ánade por la constancia de la fe y de la esperanza, a fin de que el corazón no se endurezca en los vicios, o se manche mortalmente el alma, que estaba unida a Dios.

Por tanto, hija mía, en todos tus deseos y obras ten presente la misericordia y justicia de Dios, y mira siempre cuál es el fin.

 

 

Bonísima y de mucho consuelo para los predicadores que trabajan sin conseguir fruto.

 

                   Capítulo 19

 

Bendito seáis, Dios mío, dijo santa Brígida, que sois trino en personas y uno en naturaleza. Sois la bondad misma y la misma sabiduría; sois la misma hermosura y poder, la misma justicia y verdad, por quien todas las cosas son, viven y subsisten. Sois semejante a la flor del campo que crece más que todas, de la cual todos los que por allí pasan reciben suavidad en el gusto, ligereza en el entendimiento para comprender, deleite en la vista y fortaleza en todo su cuerpo. Así, todos los que se acercan a vos, se hacen más hermosos, porque dejan la fealdad del pecado; se hacen más sabios, porque siguen vuestra voluntad, no la de su carne, y se hacen más justos, porque miran por su alma y por la honra de Dios. Concededme, pues, piadosísimo Señor, que ame lo que os agrada, que resista varonilmente a las tentaciones, que menosprecie todas las cosas del mundo y os tenga siempre presente en mi memoria.

 

Esta salutación, dijo la Virgen, te la ha alcanzado el buen san Jerónimo, que se apartó de la falsa sabiduría y encontró la verdadera ciencia, menospreció las honras del mundo y ganó al mismo Dios. ¡Dichoso Santo y dichosos los que imitan su vida y doctrina! Fué amparo de las viudas, espejo de aprovechados y doctor de toda verdad y pureza.

Pero díme, hija, ¿qué es lo que inquieta tu mente?

Señora, respondió santa Brígida, me ocurre una idea que me dice: Si eres buena, bástate tu bondad; ¿para qué te metes a juzgar ni a invitar a otros, ni a enseñar a los que son mejores que tú, lo cual no es de tu profesión y estado? Y con este pensamiento se me endurece de tal modo el corazón, que se olvida de sí mismo, y se enfría en el amor de Dios.

 

Esta misma idea, dijo la Virgen, aparta de Dios a muchos perfectos, porque el demonio estorba que los buenos hablen con los malos, no sea que se muevan a compunción; y también impide que los mismos perfectos hablen con los buenos, no sea que suban a más perfección; porque oyendo las pláticas y conversaciones de los tales, siempre procuran medrar y crecer en virtud. Así le sucedió a aquel eunuco, que leyendo a Isaías, indudablemente hubiera tenido menor pena del infierno; pero se encontró con san Felipe, quien le enseño el camino del cielo y lo elevó a la bienaventuranza. Por la misma razón fué enviado san Pedro a Cornelio, quien si hubiese muerto antes, hubiera ido por su fe al lugar del consuelo; pero llegó san Pedro y lo introdujo en la puerta de la vida. Igualmente san Pablo fué a Dionisio, y lo llevó al estado de la perfección y de la bienaventuranza.

 

Por consiguiente, los amigos de Dios no deben tener pereza en el servicio del Señor, sino trabajar a fin de que el malo se mejore y el bueno llegue a ser perfecto; pues todo el que tuviere deseo de estar siempre diciendo a cuantos ve, que Jesucristo es verdadero Hijo de Dios, y se esforzare todo lo que pudiese para convertir a los demás, recibirá la misma recompensa que si todos se convirtiesen, aunque pocos o ninguno se convierta. Entenderás esto con un ejemplo: Si dos jornaleros por mandato de su señor estuviesen cavando en un monte muy duro, y uno de ellos encontrara una mina de finísimo oro y el otro no hallara nada, entrambos por su trabajo y buen deseo merecen igual paga. Así aconteció con san Pablo que convirtió más que los otros apóstoles, los cuales no convirtieron a tantos, a pesar de tener igual deseo, pero los juicios de Dios son ocultos.

 

No se debe, pues, dejar de trabajar, ya sean pocos, ya ningunos los que se conviertan y reciban las palabras de Dios; porque como la espina conserva la rosa, y el jumento lleva a su señor, así el demonio, que es la espina del pecado, aprovecha por medio de las tribulaciones a los escogidos, como si fueran rosas, a fin de que por el orgullo del corazón no trabajen en vano; y como jumento los lleva, a pesar de su malicia, a los consuelos de Dios y a recibir mayor recompensa.

Fdo. Cristobal Aguilar.



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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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