Lunes, 22 de febrero de 2010
LIBRO 4 DE LAS VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA

Os traigo aquí el cuarto libro de profecías de Santa Brígida, que a la postre es un documento en el que se adivina, que ha sido tocado por la mano de Dios. EL AUTOR DEL BLOG.

















Dícele san Juan evangelista a santa Brígida, que nínguna obra buena quedará sin premio. Háblale también de la excelencia de la Biblia.

 

                   Capítulo 1

 

Aparecióse a santa Brígida un hombre, que parecía tener los cabellos cortados afrentosamente. Su cuerpo estaba untado con aceite y del todo desnudo, aunque nada deshonesto, y dijo a la santa: La Escritura que llamáis santa vosotros los que vivís, dice que ninguna obra buena quedará sin premio. Esta es la Escritura llamada por vosotros Biblia, pero nosotros los bienaventurados la llamamos sol más resplandeciente que el oro, que fructifica como la semilla que da ciento por uno. Porque como el oro aventaja a los demás metales, así la Escritura que vosotros llamáis santa, y nosotros en el cielo la llamamos de oro, excede a todas las demás escrituras; porque en ella se honra y predica el verdadero Dios, se recuerdan las obras de los Patriarcas y se explican los vaticinios de los profetas. Y porque ninguna obra ha de quedar sin su debida remuneración, atiende a lo que voy a decirte:

 

Tú que me estás viendo, prosiguió san Juan Evangelista, ten entendido que yo soy el que de raíz penetró la Escritura de oro, y conociéndola la aumentó, inspirado por Dios. Yo fuí afrentosamente desnudado, y porque lo llevé con paciencia, vistió Dios mi alma con vestidura inmortal; fuí metido en una caldera de aceite, y por eso gozo ahora del aceite de la alegría sempiterna; soy también el que después de la Madre de Dios pasé del mundo con una muerte más suave, porque fuí custodio de esta Señora, y mi cuerpo se halla ahora en lugar muy seguro y tranquilo.

 

 

Admirable visión que tuvo la Santa, en la que le representa Dios al pecador cristiano en forma de un anímal monstruoso; a los gentiles en forma de un pez horrible y extraño, y a los amigos de Dios divididos en tres clases.

 

                   Capítulo 2

 

Después de la anterior revelación, vió santa Brígida un peso con dos platillos cerca de la tierra y el fiel y anillo estaba en las nubes y penetraba en el cielo. En uno de los platillos había un pez que tenía escamas cortadoras y agudas, y su mirar era de basilisco, su boca como de unicornio que arrojaba veneno, y las orejas agudas como lanzas y como planchas de hierro. En el otro platillo había un animal de piel como pedernal, la boca muy grande echando llamas de fuego, los párpados como afilados cuchillos y las orejas como dos arcos despidiendo de sí agudísimas saetas.

 

Aparecieron después tres grupos de gente. El primero era de poco número; el segundo de menos, y el tercero de muy pocos. Luego oyó la Santa una voz del cielo que dijo a estos tres grupos: Amigos, ansío con vehemencia el corazón de ese maravilloso animal, si hubiese alguien que me lo presentara con amor. Deseo también muchísimo la sangre de ese pez, con tal que hubiese un hombre que me la trajera. Salió de los grupos una voz que contestó por todos, y dijo: Creador nuestro, ¿cómo podremos presentaros el corazón de ese animal tan grande, que tiene la piel más dura que el pedernal?

 

Si nos acercamos a su boca, seremos abrasados con llamas de fuego, y si miramos sus ojos, nos cubrirá con saetas. Y dado caso de que tuviésemos alguna esperanza de apoderarnos de este animal, ¿quién será capaz de cojer el pez, cuyas escamas y aletas son más agudas que filos de espada, cuyos ojos deslumbran nuestra vista y su boca nos arroja motrífero veneno?

Oyóse otra voz del cielo que dijo: Amigos míos, a vosotros os parecen invencibles el animal y el pez, pero al Omnipotente todo le es fácil. Y así, si alguien quisiere salir a la conquista de ellos, yo desde el cielo seré su padrino, y le daré sabiduría y fortaleza para que lo venza, y al que estuviere dispuesto a morir por mí, yo mismo seré su paga.

 

Altísimo Padre, dijo la gente del primer grupo, vos sois el Dador de todo bien, y nosotros, hechura vuestra, os daremos de buena gana nuestro corazón para vuestra honra y servicio; pero las demás cosas que están fuera de nuestro corazón, dispondremos de ellas para nuestro sustento y mantenimiento. Y como la muerte nos parece cosa dura, pesada la flaqueza de la carne y nuestra ciencia es muy escasa, regidnos vos interior y exteriormente, recibid con gusto lo que os ofrecemos y pagadnos como queráis.

 

El segundo grupo dijo: Señor, conocemos nuestra flaqueza y vemos las vanidades y vicisitudes del mundo. Por tanto, te daremos de buena gana nuestro corazón, y entregamos nuestra voluntad en manos de otros, porque mejor queremos estar sometidos que poseer lo más insignificante del mundo.

Señor, dijo la poca gente del tercer grupo, dignaos oirnos: vos que deseáis el corazón del animal y estáis sediento por la sangre del pez, sabed que de buena gana os daremos nuestro corazón, y estamos dispuestos a morir por vos.

 

Esos platillos de la balanza, dijo Dios a la santa, representan estas palabras: Perdona y sufre, espera y ten misericordia. Como si alguno viendo la injusticia de otro, lo estuviese siempre apartando del mal y amonestándole. De la misma manera yo, Dios y Criador de todas las cosas, al modo de una balanza suelo bajar hasta el hombre, y lo amonesto y perdono, y lo pruebo con tribulaciones. Otras veces subo como la balanza, e ilustro e inflamo los corazones de los hombres, y los visito con extraordinaria gracia. El anillo y fiel de estas balanzas que viste en las nubes y pendía del cielo, significa que yo, Dios de todos, a todos los sustento, así a los gentiles como a los cristianos, a los amigos como a los enemigos, a todos los convido con mi gracia y los visito, para ver si hay quien quiera corresponder a mi llamamiento y apartar de la maldad su afecto y deseo.

 

El animal que viste, significa aquellos que recibieron el bautismo, y cuando pasaron de los años de la infancia, no siguieron las palabras del santo Evangelio, sino que inclinaron su corazón y su boca a las cosas de la tierra, sin atender a las del cielo. El pez significa a los gentiles fluctuando entre las oleadas de la concupiscencia, y suya sangre, esto es, su fe en mí es poca, y escaso el conocimiento que tienen de Dios.

 

Deseo, pues, el corazón del animal y la sangre del pez, si hubiese quien por amor se empeñara en presentármelos.

Los tres grupos son mis amigos. Los primeros son los que usan razonablemente de las cosas de este mundo: los segundos, los que todo lo dejaron por obedecer con humildad, y los terceros, los que están además dispuestos a morir por Dios.

 

 

Instrucción que Jesucristo da a la Santa sobre los movimientos del bueno y del mal espíritu.

 

                   Capítulo 3

 

De dos espíritus, esposa mía, dijo Jesucristo, le vienen a las almas los pensamientos e inspiraciones: el uno es espíritu bueno, y el otro malo. El bueno persuade al hombre que piense en las cosas futuras y celestiales y que no ame las terrenas; y el malo le persuade a que ame lo que ve, le desfigura y quiere que se contemporice con los pecados, pretesta flaqueza y le propone el ejemplo de los débiles.

Quiero decirte cómo estos dos espíritus inflaman el corazón de aquella Princesa conocida tuya, de quien ya te he hablado.

 

El espíritu bueno le habla inspirándole estos pensamientos: Pesada carga son las riquezas, las honras del mundo son aire, los deleites de la carne son sueño, la alegría pasa en un instante, todo lo del mundo es vanidad, el juicio futuro es inevitable, y el verdugo, que es el demonio, muy cruel. Y así me parece cosa demasiado dura haber de dar tan estrecha cuenta por adquirir riquezas transitorias, que padezca deshonra el espíritu por un poco de viento, sufrir larga tribulación por un deleite momentáneo, y tener que dar cuenta al que todo lo sabe, aun antes que se haga. Más seguro es dejar muchas cosas y tener que dar menor cuenta, que estar enredado en mil laberintos y tener que dar una cuenta larga y penosa.

 

Muy al contrario le aconseja con sus inspiraciones el espíritu malo: Déjate de esos pensamientos, pues Dios es manso y fácilmente se aplaca. Posee con descuido los bienes que tienes, da espléndidamente; porque para esto naciste, para ser alabada, y para dar al que te pida. Pues si dejas las riquezas, tendrás que servir a los que a ti te sirvieron, y se disminuirá tu honra y se aumentará tu menosprecio, porque al pobre no hay quien lo mire a la cara, ni lo consuele, y te será duro habituarte a nuevas costumbres, a domar la carne con usos extraños y a vivir en servidumbre. Por tanto, permanece firme en la honra que posees, conserva tu puesto como reina, arregla tu casa de suerte que todos te alaben; pues dirán que eres inconstante si variases de posición, y así prosigue en lo comenzado, y serás gloriosa con Dios y con los hombres.

 

Luego le vuelve a decir el espíritu bueno: Bien sabes que hay dos cosas eternas, el cielo y el infierno, y que todo el que ame a Dios sobre todas las cosas, no entrará en el infierno, pero el que no ame a Dios, no poseerá el cielo. Por el camino que va al cielo anduvo el mismo Dios hecho hombre, y lo dejó llano con sus milagros y muerte, y enseñó de cuánta estima son las cosas del cielo, cuán vanas las de la tierra, y cuán grande es la malicia del demonio. Al mismo Dios imitaron su Madre y todos los Santos, los cuales sufrieron toda clase de pena, y quisieron más perder todas las cosas y las propias vidas, que los bienes celestiales y eternos. Así, pues, es más seguro dejar con tiempo la honra y las riquezas, que poseerlas hasta la muerte; no sea que creciendo el dolor en los últimos momentos, se disminuya la memoria de los delitos, y arrebaten todo lo que han reunido aquellos que nada se cuidan de su salvación.

 

El espíritu malo le torna a replicar: Deja esos pensamientos. Los hombres son flacos, y Jesucristo es Dios y hombre. No es razón que quieras igualar tus obras con las de los santos, que tuvieron tanta gracia y familiaridad con Dios. Bástales a los hombres esperar conseguir el cielo, vivir según su flaqueza y redimir sus pecados con oraciones y limosnas; porque es cosa de niños y de necios emprender lo que no conocen y no poderlo terminar.

La buena inspiración le dice de nuevo: Bien veo que soy indigna de igualarme con los santos, pero segurísima cosa es procurar ser buena y perfecta. ¿Qué importa emprender lo no acostumbrado? Dios es poderoso para dar auxilio. Pues acontece con frecuencia ir por un camino un señor poderoso y un pobre que va a pie, y aunque el señor llega antes a la posada porque va en buena cabalgadura, y descansa y come regaladamente antes que el pobre llegue; pero al fin llega también el pobre a la posada, y come de las migajas que le sobraron al señor; y si dejara el camino por verse pobre y el otro rico, ni llegara a la posada y descanso que tenía el señor, ni comiera de sus sobras. Así también, aunque conozco mi indignidad para medirme con los santos, no obstante, quiero caminar tras ellos, para que ya que por mí no merezca cosa, participe a los menos de sus merecimientos.

 

Dos cosas, continúa la reina, combaten mi ánimo. Primeramente, que si me quedo en mi tierra, la soberbia se ha de señorear de mí; el amor de los deudos que han de querer que los ayude me ha de distraer; la superfluidad de criados y riqueza me es cosa pesada. Y así, mejor consejo es y más me agrada bajarme del trono de la soberbia y humillar con peregrinaciones mi cuerpo, que estarme en mis honras y añadir pecados a pecados. En segundo lugar, combate mi ánimo la pobreza del pueblo y su clamoreo, pues en vez de ayudarle le cargo más tributos para mi gasto. Preciso es, pues, tomar buen consejo.

 

Responde la mala inspiración y sugestión diabólica: Peregrinar es de ánimos inconstantes, y la misericordia es más aceptable a Dios que todos los sacrificios. Si sales de tu patria, así que se sepa, te robarán y se apoderarán de ti los salteadores y bandoleros; y entonces, en vez de libre serás esclava, en vez de rica serás pobre, en lugar de honra tendrás oprobio, y en lugar de descanso padecerás tribulación.

Vuelve a inspirarle el espíritu bueno y le dice en su mente: He oído que hubo un cautivo que puesto en una fuerte torre, tuvo en aquellas tinieblas y cautiverio más consuelo y contento que jamás había tenido con bienes y auxilios temporales. Por tanto, si Dios gusta que yo sea afligida con tribulaciones, será para mayor bien mío, pues es piadoso para consolarme y está dispuesto a ayudarme, principalmente si salgo de mi tierra sólo por hacer penitencia de mis pecados y por alcanzar el amor de Dios.

 

Vuélvele a decir el mal espíritu: Si fueses indigna de los consuelos de Dios y estuvieres impaciente en la humildad y pobreza, entonces te arrepentirás de haber emprendido esa vida rigurosa, tendrás un bastón en las manos en vez de anillos, llevarás un andrajo en la cabeza en vez de corona y un pobre saco en vez de la púrpura real.

Vuelve a decirle el espíritu bueno: No es cosa nueva lo que intentas, que santa Isabel, hija del rey de Hungría, criada con mucho regalo y casada como hija de tal rey, pasó gran pobreza y menosprecio, y tuvo de Dios mayor consuelo y más preciosa corona, que si hubiese permanecido entre todas las honras y placeres del mundo.

 

¿Qué harás, le dice el mal espíritu, si te entregare Dios en manos de hombres facinerosos que se apoderen de ti y te injurien con deshonra? ¿Con qué verg enza podrás vivir en el mundo? Entonces te arrepentirás de tu pertinacia, y quedará tu linaje afrentado y lloroso; entonces se apoderará de ti la impaciencia, reinará la ansiedad en tu corazón, serás ingrata con Dios y desearás acabar tu vida, porque no te atreverás a presentarte entre gentes, cuando te veas difamada en boca de todos.

 

Atiende, dice el buen espíritu, lo que está escrito de la virgen santa Lucía, quien, no obstante la perversidad del tirano, perseveró en su fe y confianza que tenía en la bondad de Dios, y dijo: Aunque sea ultrajado mi cuerpo, soy no obstante, inocente, y se me doblará la corona. Y mirando Dios su fe, la conservó ilesa. Pues lo mismo digo yo: Dios, que no envía a nadie mayores tribulaciones de las que puede llevar, guardará mi alma, mi fe y mis buenos deseos, pues yo me pongo toda en sus manos, y no quiero más sino que se haga en mí su santa voluntad.

 

Y pues anda esta señora vacilando con estos pensamientos, dijo el Señor a santa Brígida, adviértele de mi parte tres cosas. Lo primero, que se acuerde en qué dignidad la puse; lo segundo, el amor que le he mostrado en su matrimonio; y lo tercero, con cuánta benignidad la he guardado y librado de todas sus enfermedades. Y más le dirás, que mire que ha de dar cuenta a Dios de todos sus bienes temporales, y hasta del último maravedí, cómo lo sacó y cómo lo ha gastado; que muy presto se le ha de pedir esta cuenta, y que no sabrá cuándo ha de ser; y que Dios no perdona más a la señora que a la esclava. Dile que yo le aconsejo tres cosas.

 

Primero, que haga penitencia, confiese sus pecados y se enmiende de ellos, y ame a Dios de todo su corazón; lo segundo, que procure satisfacer acá y no ir al purgatorio; porque como el que no ama a Dios, es digno del infierno, así también el que no hace penitencia de los pecados cuando puede, es digno de purgatorio; y lo tercero, que deje amistades de mundo por amor de Dios, y vaya adonde hay un medio entre el cielo y la muerte, a fin de evitar la pena del purgatorio; pues para eso son las indulgencias, las cuales sirven para elevar y redimir las almas; indulgencias concedidas por los sumos Pontífices, y merecidas por los Santos de Dios con la sangre que derramaron.

 

 

El glorioso Príncipe de los apóstoles se aparece a santa Brígida, estimulándola con su ejemplo al ejercicio de las virtudes y al dolor de sus culpas.

 

                   Capítulo 4

 

Tú, hija, dijo san Pedro a santa Brígida, me comparaste con el arado que hace surcos anchos y destruye las raíces. Y me comparaste bien, porque fuí tan perseguidor de los vicios y tan amonestador de la virtud, que hubiera deseado convertir a Dios todo el mundo, aunque me costara la vida y toda clase de trabajos. Me era Dios tan dulce para pensar en él, tan dulce para hablar de él, y tan dulce para obrar por su amor, que todo cuanto no era Dios me servía de hiel y de pena. Con todo eso, también Dios fué amargo para mí, no por sí, sino por mí mismo; por que siempre que pensaba lo mucho que había pecado, y cómo lo negué, lloraba amargamente, porque ya sabía amar perfectamente, y no había para mí manjar tan dulce como las lágrimas.

 

Me pides que te dé memoria, porque eres olvidadiza y descuidada. Ya has oído cuán poco tuve yo, pues me había obligado con juramento a estar firme y morir con el mismo Dios, y con sólo una pregunta de una mujer, negué la verdad misma, porque Dios me dejó en mí mismo, y yo mismo no me conocía. Lo que saqué de mi negación y caida fué, que considerando que yo no era nada por mí, me levanté y corrí a la misma verdad, que es Dios, el cual imprimió tanto en mi corazón la memoria de su nombre, que ni la presencia de los tiranos, ni los azotes y tormentos, ni la muerte misma, fueron bastantes para borrarlo de mi memoria.

Haz tú lo mismo, hija mía, levántate y acude con humildad al que es Maestro y sabe dar memoria, y pídesela, pues solo él es poderoso para todo; y te ayudaré a pedírselo, para que participes de la semilla que yo dejé sembrada en la tierra.

 

 

San Pablo se aparece a santa Brígida, diciéndole que debió su conversión a las oraciones de san Esteban.

 

                   Capítulo 5

 

Tú, hija, le dice san Pablo a santa Brígida, me comparaste con un león que había sido criado entre lobos, y que milagrosamente fué arrancado de entre éstos. Verdaderamente era yo lobo rapaz, pero de lobo me hizo Dios cordero, por dos cosas; la primera, por su infinito amor, que de lo más vil sabe hacer sus vasos, y de pecadores, amigos suyos, y la segunda, por las oraciones de san Esteban, protomártir. Y voy a decirte qué intención tenía yo cuando apedrearon a san Esteban, y por qué merecí sus oraciones. No me holgaba yo ni me complacía con su muerte, ni envidiaba su gloria; mas con todo deseaba que muriese, porque según mi opinión, creía que no tenía él verdadera fe.

 

Y como lo vi tan extraordinariamente fervoroso y sufrido para padecer, condolíme muchísimo de que fuese infiel, siendo él en realidad fidelísimo, y yo enteramente ciego e infiel; y compadeciéndome de él, oré pidiendo de todo corazón, que aquella amarga pena le aprovechase para su gloria y corona. Por tanto, vino a aprovecharme a mí su oración, pues por ella me sacó Dios de entre muchos lobos y me hizo manso cordero. Así, pues, se debe orar por todos, porque la oración del justo les aprovecha a los que están más inmediatos, y se hallan más dispuestos para recibir la gracia de Dios.

 

 

Admirable sobre el purgatorio y sus diferentes grados. Muy digna de leerse, no menos que las dos siguientes.

 

                   Capítulo 6

 

Velando en oración santa Brígida, vió en una visión espiritual, un palacio muy grande lleno de innumerable gente, todos con vestidos blancos y resplandecientes, y cada uno en su asiento y trono aparte. Pero había un trono judicial superior a los otros, que estaba ocupado por uno como el sol; y la luz y resplandor que de él salía, era incomprensible en longitud, latitud y profundidad. Estaba una Virgen cerca del trono con una preciosa corona en la cabeza, y todos los del palacio servían al que brillando como el sol estaba sentado en el trono, dándole mil alabanzas con himnos y cánticos.

 

Tras esto, vió un negro como etíope, feo y abominable, lleno de inmundicia y encendido de enojo, que comenzó a dar voces diciendo: Oh Juez justo, juzga esta alma y oye sus obras, que ya poco le resta de estar en el cuerpo, y dame licencia para que atormente al alma y al cuerpo en lo que fuera justo.

Después vió la Santa un soldado armado junto al trono, modesto en el aspecto, sabio en las palabras y dulce en sus ademanes, el cual dijo: Oh Juez, ves aquí las buenas obras que ha hecho esta alma hasta este punto.

 

Y luego se oyó una voz del trono que dijo: Más son, pues, los vicios en esta alma, que las virtudes. No es justicia que tenga parte el vicio con la suma virtud, ni se junte a ella.

Enseguida dijo el negro: A mí es de justicia que se me entregue esta alma; que si ella tiene vicios, yo estoy lleno de maldad, y estará bien conmigo.

La misericordia de Dios, dijo el soldado, hasta la muerte acompaña a todos, y hasta que haya salido el alma del cuerpo, no se puede dar la sentencia; y esta alma sobre que pleiteamos, aun está en el cuerpo, y tiene discreción para escoger lo bueno.

 

La escritura, replicó el negro, que no puede mentir, dice: Amarás, a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo. Y todo cuanto éste ha hecho, ha sido por temor, no por amor de Dios como debía, y todos los pecados que ha confesado, han sido con poca contrición y dolor. Y pues no mereció el cielo, justo es que se me dé para el infierno, pues sus pecados están aquí manifiestos ante la divina justicia, y nunca de ellos ha tenido verdadera contrición y dolor.

Este infeliz, dijo el soldado, esperó y creyó que asistido de la gracia tendría esa verdadera contrición.

 

A lo cual le respondió el negro: Has traido aquí todo cuanto bien ha hecho ese, todas sus palabras y pensamientos que pueden servirle para salvarse; pero todo ello no llega ni con mucho a lo que vale un acto de verdadera contrición y dolor, nacido de la caridad divina con fe y esperanza; y por consiguiente, no puede servir para borrar todos sus pecados. Porque justicia es de Dios, determinada en su eternidad, que nadie se salve sin contrición; y como es imposible que vaya Dios contra este su decreto eterno, resulta, que con razón pido se me dé esta alma para ser atormentada con pena eterna en el infierno.

 

No replicó el soldado, y luego aparecieron innumerables demonios, semejantes a las centellas que salen de un fuego abrasador, y a una voz clamaban diciendo al que estaba sentado en el trono, que brillaba como el sol: Bien sabemos que eres un Dios en tres personas, que eres sin principio y no tienes fin, ni hay otro Dios sino tú, que eres la verdadera caridad, en quien se juntan misericordia y justicia. Tú estuviste en ti mismo desde el principio, no tienes en ti cosa pequeña ni mudable, todo está en ti cumplidísimo como conviene a Dios; fuera de ti no hay nada, y sin ti no hay contento ni alegría.

 

Tu amor sólo hizo los ángeles, de ninguna otra materia, sino del poder de tu divinidad, y los hiciste según lo dictaba tu misericordia. Pero después que interiormente nos encendimos con la soberbia, envidia y avaricia, tu caridad, que ama la justicia, nos echó del cielo con el fuego de nuestra malicia al incomprensible y tenebroso abismo que se llama infierno. Así obró entonces tu caridad, que tampoco se apartará ahora de tu justo juicio, ya se haga según tu misericordia, o según tu justicia. Y aun nos atrevemos a decir, que si lo que amas con preferencia a todas las cosas, que es la Virgen que te engendró, y la cual nunca pecó, hubiese pecado mortalmente y muerto sin contrición divina, amas tanto la justicia, que su alma nunca hubiera subido al cielo. Luego, oh Juez, ¿por qué no declaras ser nuestra esta alma, para que la atormentemos según sus obras?

 

Oyóse después el sonido de una trompeta, al cual todos quedaron silenciosos, y al punto dijo una voz: Callad y oid vosotros todos, ángeles, almas y demonios, lo que va a hablar la Madre de Dios. Y en seguida apareció ante el trono del Juez la misma Virgen María, trayendo mucho bulto de cosas como escondidas debajo del manto, y dijo a los demonios: Vosotros, enemigos, perseguís la misericordia, y sin ninguna caridad pregonáis la justicia. Aunque es verdad que esta alma se halla falta de buenas obras, y por ellas no pudiera ir al cielo, mirad lo que traigo debajo de mi manto. Y alzándolo por ambos lados, veíase por el uno una pequeña iglesia y en ella algunos religiosos; y por el otro lado se veían hombres y mujeres, amigos de Dios, todos los cuales clamaban a una voz, diciendo: Señor, tened misericordia de él.

 

Reinó después un gran silencio y prosiguió la Virgen: La Sagrada Escritura dice, que el que tiene verdadera fe en el mundo, puede mudar los montes de una a otra parte. ¿Qué no pueden y deben hacer entonces los clamores de todos estos que tuvieron fe y sirvieron a Dios con fervoroso amor? ¿Qué no han de alcanzar los amigos de Dios, a quienes éste rogó que pidiesen por él, para que pudiera apartarse del infierno y conseguir el cielo, y mucho más cuando por sus buenas obras no buscó otra remuneración que los bienes celestiales? ¿Por ventura, no podrán las lágrimas y oraciones de todos estos bienaventurados ayudar esta alma y levantarla, para que antes de su muerte tenga verdadera contrición con amor de Dios? Yo también uniré mis ruegos a las oraciones de todos los santos que están en el cielo, a quienes este honraba con particular veneración.

 

Y a vosotros, demonios, os mando de parte del Juez y de su poder, que atendáis a lo que veréis ahora en su justicia. Y respondieron todos, como con una sola voz: Vemos, que como en el mundo las lágrimas y la contrición aplacan la ira de Dios, así tus peticiones le inclinan a misericordia con amor.

Después de esto, oyóse una voz que salió del que estaba sentado en el solio resplandeciente, y dijo: Por los ruegos de mis amigos tendrá este contrición antes de la muerte, y no irá al infierno, sino al purgatorio con los que allí padecen mayores tormentos; y acabados de purgar sus pecados, recibirá su premio en el cielo, con aquellos que tuvieron fe y esperanza, pero con mínima caridad. Y así que oyeron esto, huyeron los demonios.

 

Vió después santa Brígida que se abrió una profundidad terrible y tenebrosa, en la que había un horno ardiendo interiormente, y el fuego no tenía otro combustible que demonios y almas vivas que estaban abrasándose. Sobre aquel horno estaba esta afligidísima alma. Tenía los pies fijos en el horno, y lo demás levantado como si fuera una persona; y no estaba en lo más alto ni en lo más bajo del horno. La figura que tenía era terrible y espantosa. El fuego parecía salir de bajo de los pies del alma, y venir subiendo como cuando el agua sube por un caño; y comprimiéndose violentamente, le pasaba por encima de la cabeza, de modo que por todos sus poros y venas corría un fuego abrasador. Las orejas echaban fuego como de fragua, que con el continuo soplo le atormentaba todo el cerebro.

 

Los ojos los tenía torcidos y hundidos, como si estuviesen fijos en la nuca. La boca la tenía abierta y la lengua sacada por las aberturas de las narices, y colgando hasta los labios. Los dientes eran agudos como clavos de hierro, fijos en el paladar. Los brazos tan largos que llegaban a los pies. Las manos estaban llenas y comprimían sebo y pez ardiendo. El cutis que cubria al alma, era una sucia y asquerosísima piel, tan fría, que sólo de verla causaba temblor, y de ella salía materia como de una úlcera con sangre corrompida y con un hedor tan malo, que no puede compararse con nada asqueroso del mundo.

 

Después de ver este tormento, oyó la Santa una voz que salía de lo íntimo de aquella alma, que dijo cinco veces: ¡Ay de mí! ¡Ay de mí, clamando con toda su fuerza y vertiendo abundantes lágrimas. ¡Ay de mí, que tan poco amé a Dios por sus supremas virtudes y por la gracia que me concedió! ¡Ay de mí, que no temí como debía la justicia de Dios! ¡Ay de mí, que amé el deleite de mi cuerpo y de mi carne pecadora! ¡Ay de mí, que me dejé llevar de las riquezas del mundo y de la vanidad y soberbia! ¡Ay de mí, porque os conocí Luis y Juana!

 

Y luego el ángel le dijo a santa Brígida: Te voy a explicar esta visión. Aquel palacio que viste es la semejanza del cielo. La muchedumbre de los que estaban en los asientos y tronos con vestiduras blancas y resplandecientes, son los ángeles y las almas de los santos. El sol que estaba en el trono más alto, significa a Jesucristo en su divinidad. La mujer es la Virgen Madre de Dios. El negro es el diablo que acusa al alma, y el soldado, el Angel de la guarda, que dice las buenas obras de ella. El horno encendido es el infierno, que está ardiendo con tanta pujanza, que si el mundo con todo lo que tiene se encendiese, no pudiera compararse a la vehemencia de aquel fuego. Oyense en él diversas voces, todas contra Dios, y todas principian y acaban con un ¡ay! Y las almas parecen personas, cuyos miembros extienden y atormentan los demonios, sin descanso alguno. Ten entendido, también, que aunque el fuego que en el horno veías, arde en las tinieblas eternas, las almas que en él se están abrasando, no tienen todas igual pena.

 

Aquel tenebroso lugar que viste alrededor del horno, es el limbo, que participa de las tinieblas del horno, pero no de sus penas, y entrambos son un lugar y un infierno, y los que allí entran, nunca llegan a la vista de Dios.

Sobre esas tinieblas está la mayor pena del purgatorio que las almas pueden sufrir. Y más allá de este lugar hay otro, donde se sufre la pena menor, que solamente consiste en falta de fuerzas, de hermosura, y de otras cosas semejantes, como si uno después de una grave enfermedad estuviera convaleciente con falta de fuerzas, y de todo lo que suele acompañar a este estado de debilidad, hasta que poco a poco va volviendo en sí.

 

Otro lugar hay superior a esos dos, donde no se padece otra pena, sino la del deseo de ver a Dios y gozarle.

Y para que mejor lo entiendas, te voy a poner el ejemplo de un poco de metal, que ardiese y se mezclase con oro en un fuego muy encendido, hasta que se viniese a consumir todo el metal y quedara el oro puro. Cuanto más fuerte y denso fuera el metal, tanto más recio debería ser el fuego que se necesitase para apartar el oro y consumir el metal. Viendo el artífice el oro purificado y derretido como agua, lo echa en otra parte donde toma su verdadera forma a la vista y al tacto, y luego lo saca de allí y lo pone en otro lugar para darlo a su dueño.

 

Los mismo sucede en esta purificación espiritual. En el primer lugar colocado sobre las tinieblas del infierno, es donde se sufre la mayor pena del purgatorio, y en el cual viste padecer a aquella alma. Allí hay al modo de venenosas sabandijas y animales feroces; hay calor y frío; hay confusión y tinieblas procedentes de las penas del infierno, y unas almas tienen allí mayor pena y tormento que otras, según que tenían hecha mayor o menor satisfacción de sus pecados cuando salieron del cuerpo. Luego la justicia de Dios saca al alma a otros lugares, donde no hay sino falta de fuerzas, en los cuales están detenidas hasta tener refrigerio y ayuda, o de sus amigos particulares, o de los sacrificios y continuas buenas obras de la santa Iglesia; pues el alma que mayores auxilios tiene, más pronto convalece y se libra de este lugar.

Desde allí va el alma al tercero, donde no hay más pena que el deseo de llegar a la presencia de Dios, y de gozar de su visión beatífica. En este lugar residen otros muchos y por bastante tiempo, entre los que se encuentran aquellos que, mientras vivieron en el mundo, no tuvieron perfecto deseo de llegar a la presencia de Dios y a gozar de su vista

 

Advierte también que muchos mueren en el mundo tan justos y tan inocentes, que al momento llegan a la presencia de Dios y le gozan; y otros mueren también después de haber satisfecho sus pecados, de modo que sus almas no sienten pena alguna. Pero son pocos los que no vienen al lugar donde se padece la pena del deseo de ir a Dios.

Las almas que están en estos tres lugares participan de las oraciones y buenas obras de la santa Iglesia, que se hacen en el mundo; prinicipalmente de las que ellas hicieron mientras vivieron, y de las que sus amigos hacen por ellos después de muertos. Y como los pecados son de muchas clases y diversos, así también son diferentes las penas; y como el hambriento se huelga con la comida, y el sediento con la bebida, el desnudo con el vestido y el enfermo con la cama y descanso, así las almas se huelgan y participan de lo que por ellas se hace en el mundo.

 

¡Bendito de Dios sea, prosiguió el ángel, el que en el mundo ayuda las almas con sus oraciones y con el trabajo de su cuerpo! Pues no puede mentir la justicia de Dios que dice, que las almas, o han de purificarse después de la muerte con la pena del purgatorio, o han de ser ayudadas con las obras buenas de sus amigos y de la Iglesia, para que salgan más presto.

Después de esto, oyéronse muchas voces desde el purgatorio que decían: Señor mío Jesucristo, justo Juez, envía tu amor a los que tienen potestad espiritual en el mundo, y entonces podremos participar más que ahora de su canto, lección y oblación.

 

Encima de donde salían estos clamores había como una casa, en la cual se oían muchas voces que decían: ¡Dios se lo pague a aquellos que nos ayudan y suplen nuestras faltas. En la misma casa parecía nacer la aurora, y debajo de ésta apareció una nube que no participaba de la claridad de la aurora, de la cual salió una gran voz que dijo: Oh Señor Dios, da de tu incomprensible poder ciento por uno a todos los que en el mundo nos ayudan y nos elevan con sus buenas obras, para que veamos la luz de tu Divinidad, y gocemos de tu presencia y divino rostro.

 

 

Continúa la materia de la revelación anterior sobre el purgatorio.

 

                   Capítulo 7

 

Aquella alma, dice el ángel a santa Brígida, que viste y oíste sentenciar, está en la más grave pena del purgatorio. Y esto lo ha ordenado Dios así, porque presumía mucho de discreto e inteligente en cosas de mundo y de su cuerpo; pero de las espirituales y de su alma no hacía caso, porque estaba muy olvidado de lo que debía a Dios y lo menospreciaba. Por eso su alma padece el ardor del fuego y tiembla de frío; las tinieblas la tienen ciega, y la horrible vista de los demonios temerosa, y la vocería y clamoreo de los demonios la tienen sorda, interiormente padece hambre y sed, y exteriormente se halla vestida de confusión y vergüenza.

 

Pero después que murió le ha concedido Dios una merced, y es que no la atormenten ni toquen los demonios, porque solo la honra de Dios perdonó graves injurias a sus mayores enemigos, e hizo amistades con uno cuya enemistad era de muerte.

Todo el bien que hizo y todo lo que prometió y dió de los bienes bien adquiridos, y principalmente las oraciones de los amigos de Dios, disminuyen y alivian su pena, según está determinado por la justicia de Dios. Pero en cuanto a lo que dió de los otros bienes no bien adquiridos, aprovecha en particular a los que justamente los poseían antes, o les aprovecha en su cuerpo, si son dignos de ello, según la disposición de Dios.

 

 

Es terminación de las dos anteriores, sobre el mismo asunto.

 

                   Capítulo 8

 

Ya has oído, le dice el ángel a santa Brígida, cómo por los ruegos de los amigos de Dios tuvo antes de morir aquella alma contrición de sus pecados, nacida del amor de Dios, la cual contrición la libró del infierno. Así, pues, la justicia de Dios lo sentenció a que ardiese en el purgatorio por seis períodos de tiempo, como los que él había vivido, desde que a sabiendas cometió el primer pecado mortal hasta el momento en que por amor de Dios se arrepintió con fruto, a no ser que recibiese auxilio del mundo y de los amigos de Dios.

 

El primer período se comprende aquel en que no amó a Dios por su divina pasíon y muerte, y por las muchas tribulaciones que el Señor sufrió solamente por la salud de las almas. El segundo es el que no amó su alma como debería hacerlo un cristiano, ni daba gracias a Dios por haber recibido el bautismo, y porque no era judío ni pagano. El tercero abrazó aquel en que sabiendo bien lo que Dios había mandado, tuvo poco deseo de hacerlo. El cuarto aquel en que sabía bien lo que Dios había prohibido a los que quisiesen ir al cielo, atrevidamente hizo eso mismo que le estaba vedado, dejándose llevar de su afecto carnal y desoyendo la voz de su conciencia. El quinto fué aquel en que no usó de la gracia que se le ofrecía, ni de la confesión, como pertenecía a su estado, teniendo tanto tiempo para ello.

 

Y el sexto comprende aquel en que recibía con poca frecuencia el cuerpo de Jesucristo por no dejar de pecar, ni tuvo caridad al recibirlo sino al final de su vida.

Vió luego santa Brígida un hombre modesto con vestiduras blancas y resplandecientes a modo de sacerdote, ceñido con una faja de lino y con una estola encarnada al cuello y por debajo de los brazos, el cual le dijo a santa Brígida: Tú, que esto estás viendo, advierte y retén en la memoria lo que ves y oyes. Vosotros los que en el mundo vivís, no podéis entender el poder de Dios y sus eternos decretos como nosotros que estamos con él, porque las cosas que ante Dios se hacen un solo momento, ante vosotros no pueden comprenderse sino con muchas palabras y semejanzas según el orden del mundo.

 

Yo soy uno de aquellos a quienes este hombre sentenciado al purgatorio ayudó en vida con sus limosnas. Y así me ha concedido Dios por su amor que si alguno quisiere hacer lo que yo le dijere, ese pondría esta alma en lugar mucho menos penoso, donde tuviera su verdadera forma y no sintiese ninguna pena, sino la que padeciera el que hubiese tenido una enfermedad mortal y no sintiese ya dolor alguno y estuviese como un hombre sin fuerzas, y sin embargo se alegrase porque sabía muy de positivo que había de llegar a la vida eterna. Y lo que se ha de hacer es, que como le oíste aquellos cinco clamores y ayes, se hagan por él cinco cosas que lo consuelen.

El primer ¡ay! fué de lo poco que había amado a Dios, y para remedio de éste se den de limosna treinta cálices, en los que se ofrezca la sangre de Jesucristo y se honre más a Dios.

 

El segundo ¡ay! fué de que temió poco a Dios, y para remedio de éste se busquen treinta devotos sacerdotes que digan cada uno treinta misas, y todos rueguen con mucho fervor por el alma de este hombre, poderoso un día en la tierra, a fin de que se aplaque la ira de Dios, y su justicia se incline a la misericordia.

El tercer ¡ay! y su pena es por la soberbia y codicia. Para éste lávense los pies a treinta pobres con mucha humildad, y dénle limosna de dinero, comida y vestido, y rueguen ellos y el que se los lava a nuestro Señor, que por su humildad y pasión perdone a esta alma su soberbia y codicia.

El cuarto ¡ay! fué por la sensualidad de su carne, y para éste, el que dotase una doncella y una viuda en un monasterio, y casase una joven, dándoles lo suficiente para su matrimonio, alcanzará que Dios perdone a esa alma el pecado que en la carne había cometido. Porque esos son tres estados de vida que Dios eligió y mandó que hubiese en el mundo.

 

El quinto ¡ay! es porque cometió bastantes pecados, poniendo en tribulación a muchos, como el que cometió cifrando todo su empeño en que se casaran esos dos ya referidos, no pudiendo por ser parientes; pero hizo se verificase este casamiento, más por su capricho que por el bien del reino, y se llevó a cabo sin licencia del Papa, contra la loable disposición de la santa Iglesia. Con este motivo fueron atormentados y martirizados muchos, porque no querían pasar por tal casamiento, que era contra Dios, contra su santa Iglesia y contra las costumbres de los cristianos.

 

Si alguno quiere borrar ese pecado, ha de ir al Papa y decirle: Cierta persona, sin expresar su nombre, cometió tal pecado, pero al final de su vida se arrepintió, mas no había hecho satisfacción por él. Imponedme a mí la penitencia que queráis y que pueda yo tolerar, porque me hallo dispuesto a enmendar por él este pecado. Y aunque no le dé en penitencia más que un Pater Noster, le aprovechará a esa alma para disminuir su pena en el purgatorio.

 

 

La gloriosa santa Inés se aparece a santa Brígida, bendiciendo y dando alabanzas a la Virgen María.

 

                   Capítulo 9

 

Oh María, Madre y Virgen de las vírgenes, dice santa Inés a nuestra Señora; con muy justa razón puedes llamarte aurora alumbrada por el verdadero sol Jesucristo. Mas no te llamo aurora por tu prosapia real, ni por riquezas y honores, sino por tu humildad, por la luz de tu fe y por tu singular voto de castidad. Tú eres la que anuncia y engendra al verdadero sol; tú eres la alegría de los justos; tú eres la que ahuyentas los demonios; tú el consuelo de los pecadores. Ruégote, pues, por aquellas bodas que a estas horas celebró Dios contigo, que esta tu hija pueda ser estable en honrar y amar a tu Hijo.

 

Declara por esta que nos oye, dijo la Virgen, cómo entiendes esas bodas.

Tú, Señora, dijo santa Inés, juntamente eres Madre, Virgen y esposa, porque a esta hora se celebraron en ti las bodas con gran solemnidad, cuando Dios se hizo hombre en tus entrañas, sin confusión ni diminución de su divinidad. También se juntaron en ti el ser Virgen y Madre sin lesión de tu virginidad, y a un mismo tiempo fuiste Madre e hija de tu Creador. Tal día como hoy engendraste temporalmente al que siendo desde la eternidad engendrado por el Padre, hizo con él todas las cosas. Pues el Espíritu Santo estuvo en ti, y fuera de ti, y a tu alrededor, y fué el que obró el misterio de la Encarnación, cuando diste tu consentimiento al mensajero de Dios; y el mismo Hijo de Dios que nació de ti, ya estaba contigo antes que llegara a ti su mensajero.

 

Por tanto, señora, te ruego tengas misericordia de esta tu hija que nos oye, que es como una pobre que vivía en una alquería al pie de un monte, la cual amó tanto al señor que habitaba en el monte, que lo poco que tenía, como una gallina o un ánade, lo ofrecía por amor al señor del monte, y éste le dijo: Tengo abundancia de todas las cosas y no necesito nada tuyo; pero quizá me ofreces lo poco para que yo te dé mayor retribución. No, señor, contestó la pobre; no os lo ofrezco por eso, ni porque tengáis necesidad de ello, sino porque me habéis dejado vivir a la ladera de vuestro monte, en vuestra compañía; y siendo yo tan pobre habéis querido que me honren vuestros criados, y así os ofrezco esto poco que me sirve de consuelo, para que veáis que si yo pudiese haría cosas mayores, y para no ser ingrata a vuestros beneficios. Pues me amas tanto, le dijo el señor, quiero que dejes el valle y ladera del monte y te subas a lo alto de él conmigo, y a ti y a todos los tuyos os daré con que os sustentéis. Lo mismo ha hecho esta tu hija; por amor tuyo dejó lo poco que tenía, que era el amor del mundo y de sus hijos. A tu piedad corresponde ahora mirar por ella.

 

Hija, persevera en lo comenzado, dijo la Virgen a santa Brígida, que yo rogaré a mi Hijo, el cual te proveerá de todo lo necesario y te subirá consigo al monte, donde le sirven millares de millares de ángeles; pues si se contaran todos los hombres nacidos desde Adán hasta el último que ha de nacer al acabarse el mundo, resultaría que para cada hombre se podrían contar más de diez ángeles. El mundo es como una olla: el fuego y la ceniza que están debajo de ella son los amigos del mundo; pero los amigos de Dios son la comida regalada que está dentro de la olla. Luego cuando estuviere dispuesta la mesa se le presentará al Señor ese grato manjar, y se deleitará con él; la olla se romperá; pero nunca se apagará el fuego.

 

 

Palabras de la Virgen instruyendo al justo para el tiempo de la tribulación y para el tiempo del consuelo.

 

                   Capítulo 10

 

Los amigos de Dios, dice la Virgen, andan unas veces envueltos en consuelos y otras en tribulaciones espirituales. Consuelo espiritual es, cuando inspirado por el Espíritu Santo, se deleita uno en la consideración de las maravillosas obras de Dios, la admiración de su paciencia, y otras cosas celestiales. Tribulación espiritual es, cuando contra la propia voluntad molestan al alma pensamientos sucios é importunos, cuando se acongoja de ver que no honran a Dios y que se pierden tantas almas, y cuando el que desea recogerse en las cosas de Dios, se ve en la precisión de mezclarse en los negocios temporales.

 

Igualmente pueden los amigos de Dios tener, a veces, algún consuelo temporal, como son palabras edificantes, honesto entretenimiento, u otra distracción cualquiera, en que no haya murmuración alguna, ni cosa que no sea muy honesta, lo cual podrás entender, por ejemplo, si consideras lo molesto que a uno sería si siempre tuviera cerrado el puño, o contraídos los nervios, o la mano muy flaca y sin fuerza. De igual manera sucede en las cosas espirituales; pues si el alma estuviese siempre en contemplación olvidándose de sí mismo, le desvanecería la soberbia, o se le disminuiría la corona de gloria. Y por esto los amigos de Dios son unas veces consolados con la inspiración del Espíritu Santo, y otras veces atribulados con permisión de Dios, porque la tribulación saca de raíz los pecados y arraiga los frutos de la santidad.

 

Pero Dios que ve los corazones y entiende todas las cosas, templa las tentaciones de mis amigos, para que les sirvan de provecho; porque todo lo hace y lo dispone cabalmente en peso y medida. Y como tú, hija mía, has sido llamada al espíritu de Dios, no te inquietes por la longanimidad de Dios, pues está escrito que nadie viene a Dios, si el Padre no lo trajere. Porque como el pastor con el hacecillo de flores lleva tras sí y mete en casa las ovejas, y aunque den vueltas por el establo, no pueden ya salir, porque lo estorban las paredes, el techo es alto, y las puertas están cerradas, y así se acostumbran a comer el heno, y se hacen tan mansas que llegan a comerlo en lo mano del pastor; así también lo que antes te parecía insoportable y difícil, se te ha hecho fácil, hasta tal punto que nada te agrada como Dios.

 

 

Dice Jesucristo a santa Brígida qué lágrimas sean aceptas a Dios y cuáles no, y cuán abominable sea a sus divinos ojos la limosna hecha de los bienes usurpados al prójimo.

 

                   Capítulo 11

 

Te maravillas, esposa mía, dice Jesucristo, cómo no oigo a aquel que ves derramar muchas lágrimas, y que da a los pobres muchas limosnas por honra mía. En cuanto a lo primero, te digo, que acaece muchas veces, que corriendo dos fuentes, vienen a juntarse, y si el agua de la una viene turbia, ensucia la de la otra que venía clara y limpia, de suerte que no hay quien la beba. Lo mismo sucede con las lágrimas de muchos, que algunas veces proceden del abatimiento y miseria de la misma naturaleza, o de los trabajos y tribulaciones del mundo, o del puro y solo miedo del infierno: el agua de estas lágrimas viene turbia y cenagosa, porque no nacen en modo alguno del amor de Dios.

 

Pero hay otras lágrimas que me son muy gratas, las cuales provienen de la consideración de los beneficios divinos, o de la de sus pecados, o del amor de Dios. Estas lágrimas elevan el alma desde las cosas terrenas hasta el cielo, y regeneran al hombre para la vida eterna. Pues hay dos generaciones, una carnal y otra espiritual. La generación carnal engendra al hombre de la inmundicia a la inmundicia, llora los defectos de la carne y sufre con alegría los trabajos del mundo. Estos no son hijos de lágrimas, porque con tales lágrimas no se adquiere la vida eterna. Pero engendra un hijo de lágrimas la madre que llora la pérdida del alma, y que se desvela porque su hijo no ofenda a Dios. Semejante madre está más inmediata y allegada al hijo, que la que engendra carnalmente; porque por esta generación espiritual se alcanza la vida eterna.

 

Respecto a que ese da limosna, te digo, que si compraras a tu hijo un vestido con el dinero de tu criado, el vestido sería en justicia de tu criado, que era el dueño del dinero. Lo mismo acaece espiritualmente; pues cualquiera que abruma a sus súbditos o a los prójimos para socorrer con el dinero de éstos las almas de sus amigos y parientes, esto más me provoca a ira que me aplaca; porque lo injustamente tomado aprovechará a aquellos que antes poseían justamente los bienes, mas no a aquellos por quienes se aplica. Sin embargo, porque éste lo ha hecho bien contigo y te ha socorrido, se le debe ayudar en el alma y en el cuerpo: en el alma, rogando a Dios por él, porque nadie sabe lo que agradan a Dios los ruegos de los humildes, según voy a declarártelo con un ejemplo. Si uno ofreciera a un rey gran cantidad de plata, dirían los que lo vieran: Por cierto es un gran presente. Pero si rezara un Padre nuestro por el rey, se burlarían de él. Mas sucede muy al contrario delante de Dios; pues todo el que por el alma de otro reza un Padre nuestro, es más acepto a Dios que una gran suma de oro lo es para el mundo, según se echó de ver en san Gregorio, quien con su oración alvió de sus penas a un emperador infiel.

 

Dile, por consiguiente: Porque lo hiciste bien conmigo, ruego a Dios, remunerador de todos, que te lo pague según su gracia. Y dile además: Señor, a quien en gran manera estimo, una cosa te aconsejo y otra te ruego. Te aconsejo que abras los ojos de tu corazón, considerando lo mudable y vano que es el mundo, cuán enfriado está el amor de Dios en tu corazón y cuán grave es la pena y riguroso el juicio futuro. Atrae a tu corazón el amor de Dios, disponiendo para su honra y gloria todo tu tiempo, bienes temporales, obras, deseos y pensamientos; entrega también tus hijos a la voluntad y disposición de Dios, no quitando nada del amor del Señor por causa de ellos. Te ruego, en segundo lugar, que pidas en tus oraciones que Dios, que todo lo puede, te dé paciencia y llene tu corazón con su bendito amor.

 

 

Jesucristo consuela a santa Brígida en sus tribulaciones espirituales y la previene contra las asechanzas del demonio, que no pierde ocasión o de inducirnos al mal o de atribularnos cuando eso no puede.

 

                   Capítulo 12

 

Por qué temes y estás inquieta, esposa mía, de ver que el demonio pretende mezclar algo entre las palabras del Espíritu Santo? ¿Has oído tú, por ventura, que nadie saque la lengua sana de entre los dientes de un león rabioso? ¿O ha habido quien alguna vez haya gustado miel dulcísma de la cola de una serpiente? No lo has oído jamás. Pues león y serpiente es el diablo: león, por su malicia y fiereza; serpiente, por su veneno y astucia. La lengua es el consuelo del Espíritu Santo, y ponerla entre los dientes del león, es decir, por favor y alabanza humana palabras del Espíritu Santo, el cual aparació en forma de lenguas.

Por consiguiente, todo el que dice alabanzas de Dios por agradar a los hombres, es mordido y engañado por el demonio, porque aunque las palabras sean de Dios, no salen con amor de Dios, y se le quitará la lengua, que es el consuelo del Espíritu Santo.

 

Pero el que no anhela otra cosa sino Dios, y todo lo del mundo le es molesto, y su cuerpo no desea ver ni oir sino cosas de Dios y su alma se alegra con las inspiraciones del Espíritu Santo, éste no puede ser engañado, porque el espíritu malo cede al bueno y no se atreve a acercarse a él.

Gustar la miel de la cola de la serpiente, significa esperar de las sugestiones del demonio los consuelos del Espíritu Santo, lo cual de ningún modo se puede hacer, porque mejor se dejaría el demonio hacer pedazos mil veces, que decir al alma una palabra de consuelo de donde saque luz para la vida eterna. No temas, pues Dios que ha empezado a hacerte mercedes acabará su obra.

 

Ten entendido, no obstante, que el demonio es como un perro de caza que le quitan la trailla, cuando ve que no sigues las inspiraciones del Espíritu Santo, procura hacer presa en ti con sus tentaciones e ilusiones; y así necesitas ponerle una cosa dura en que se quiebre los dientes, y luego huirá sin hacerte daño. La cosa dura será el amor de Dios y la obediencia a sus mandamientos, pues cuando el diablo viere esto en ti con toda perfección, se le quebrarán los dientes, que son el conato y deseo de ofenderte, porque considera que mejor querrías padecer todos los trabajos del mundo que ir contra los mandamientos de Dios.



Image Hosted by ImageShack.us
By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
 
¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com Contador de visitas y estadísitcas
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti