Lunes, 08 de febrero de 2010
LAS VISIONES Y PROFECÍAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA (IV) - PARA VENCER AL MAL - CAPITULOS DEL 47 AL 53

Aquí os traigo un conjunto de visiones que tubo Santa Brígida de suecia, y he de confesaros que quien las lee no queda indeferente. EL AUTOR DEL BLOG.

                   Capítulo 47

 

Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas.

 

De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo.

 

Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada.

 

La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos.

 

¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado.

 

Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’

 

En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra.

 

Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras:

 

‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’

 

Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto.

 

Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan.

 

Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas.

 

Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor.

 

Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final.

 

También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son.

 

Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto.

 

Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia.

 

Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo.

 

Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos.

 

Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo.

 

Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.

 

 

Sobre cómo, en presencia de la Corte Celestial y de la esposa, la divina naturaleza habla a la naturaleza humana contra los cristianos, igual que Dios habló a Moisés contra el pueblo; sobre los sacerdotes condenables, que aman el mundo y desprecian a Cristo, y sobre su castigo y maldición.

 

                   Capítulo 48

 

La Corte Celestial fue vista en el Cielo y Dios les dijo: “Mirad, por el bien de esta esposa mía, aquí presente, que me dirijo a vosotros, amigos míos que me estáis escuchando, vosotros que sabéis, comprendéis y veis todo en mí. Como si alguien hablase consigo mismo, mi naturaleza humana le va a hablar a mi naturaleza divina. Moisés estuvo con el Señor en la montaña cuarenta días y cuarenta noches. Cuando el pueblo vio que él se había marchado por largo tiempo, tomaron oro, lo fundieron en el fuego y crearon con él un becerro al que llamaron su dios. Entonces, Dios le dijo a Moisés: ‘El pueblo ha pecado. Los eliminaré, igual que se borran las letras de un libro’.

 

Moisés respondió: ‘¡No lo hagas Señor! Recuerda cómo los guiaste desde el Mar Rojo y obraste maravillas por ellos. ¿Si los eliminas, dónde quedará entonces tu promesa? No lo hagas, te lo ruego, pues tus enemigos dirán: El Dios de Israel es malvado, condujo a la gente desde el mar y los mató en el desierto’. Y Dios se aplacó con estas palabras.

 

Yo soy Moisés, figuradamente hablando. Mi naturaleza divina habla a mi naturaleza humana, igual que lo hizo con Moisés, diciéndole: ‘¡Mira lo que ha hecho tu pueblo, mira cómo me han despreciado! Todos los cristianos morirán y su fe quedará borrada’. Mi naturaleza humana responde: ‘No, Señor. ¡Recuerda cómo dirigí al pueblo a través del mar por mi sangre, cuando fui apaleado desde la planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza! Yo les prometí la vida eterna. ¡Ten misericordia de ellos, por mi pasión! Cuando la naturaleza divina oyó esto, se apiadó de él y le dijo: ‘¡Así sea, pues se te ha dado todo el juicio!’. ¡Fijaos cuánto amor, amigos míos!

 

Pero ahora, en vuestra presencia, mis amigos espirituales, mis ángeles y santos, y en presencia de mis amigos corpóreos, que están en el mundo aunque sólo lo están en su cuerpo, me lamento de que mi gente esté acumulando leña, encendiendo una hoguera y arrojando oro en ella de la que emerge un becerro para que ellos lo adoren como a un dios. Como un becerro, se sostienen a cuatro patas y tienen una cabeza, una garganta y un rabo.

 

Cuando Moisés se retrasaba en la montaña, la gente decía: ‘No sabemos qué ha podido ocurrirle’. Se lamentaron de que les hubiese guiado para salir de su cautiverio y dijeron: ‘¡Vamos a hacer otro dios que nos dirija!’. Así es como estos malditos sacerdotes me están tratando ahora. Ellos dicen: ¿Por qué vivimos una vida más austera que los demás? ¿Cuál es nuestra compensación? Estaríamos mejor si viviéramos sin preocupaciones, en la abundancia. ¡Vamos, pues, a amar al mundo del cual tenemos certeza! Al fin y al cabo, no estamos seguros de su promesa’. Así, reúnen leña, o sea, aplican todos sus sentidos a amar al mundo. Encienden una hoguera cuando todo su deseo es para el mundo, y arden a medida que crece su codicia en su mente y termina resultando en obras.

 

Después, le arrojan oro, que significa que todo el amor y respeto que me deberían profesar lo dedican a obtener el respeto del mundo. Entonces, emerge el becerro, es decir, el amor total del mundo, con sus cuatro patas de indolencia, impaciencia, alegría superflua y avaricia. Estos sacerdotes, que deberían ser míos, sienten pereza a la hora de honrarme, impaciencia ante el sufrimiento, se exceden en vanas alegrías y nunca se conforman con lo que consiguen. Este becerro también tiene una cabeza y una garganta, es decir, un deseo de glotonería que nunca se aplaca, ni aunque se tragara el mar entero.

 

El rabo del becerro es su malicia, pues no dejan que nadie mantenga su propiedad, extorsionan siempre que pueden. Por su ejemplo inmoral y su desprecio, hieren y pervierten a los que me sirven. Así es el amor al becerro que hay en sus corazones, y en él se regocijan y deleitan. Piensan en mí igual que aquellos hicieron con Moisés: ‘Se ha ido por mucho tiempo –dicen--. Sus palabras parecen sin sentido y trabajar para él es muy pesado. ¡Hagamos lo que nos de la gana, dejemos que nuestras fuerzas y placeres sean nuestro dios! ¡No se contentan, tampoco, quedándose ahí y olvidándome por completo sino que, encima, me tratan como a un ídolo!

 

Los gentiles acostumbraban a adorar pedazos de madera, piedras y personas muertas. Entre otros, adoraban a un dios cuyo nombre era Belcebú. Sus sacerdotes le ofrecían incienso, genuflexiones y gritos de alabanza. Todo lo que era inútil en su ofrenda de sacrificios se arrojaba al suelo y las aves y moscas se lo comían. Pero los sacerdotes solían quedarse con todo aquello que pudiera resultarles útil. Entonces, echaban un cerrojo a la puerta de su ídolo y guardaban la llave personalmente, de forma que nadie pudiese entrar.

 

Así es como los sacerdotes me tratan en estos tiempos. Me ofrecen incienso, o sea, hablan y predican bellas palabras a la gente para conseguir respecto hacia sí mismos y provechos temporales, pero no por amor a mí. Y lo mismo que no se puede sujetar el aroma del incienso, aunque lo huelas y lo veas, tampoco sus palabras tienen efecto alguno en las almas como para echar raíces y mantenerse en sus corazones, sino que son palabras que sólo se oyen y complacen pasajeramente.

 

Ofrecen oraciones, pero no todas son de mi agrado. Como quien grita alabanzas con sus labios pero mantiene su corazón callado, se mantienen cerca de mí rezando con los labios pero en el corazón merodean por el mundo. Sin embargo, cuando hablan con una persona de rango, mantienen su mente en lo que dicen para no cometer errores que podrían ser observados por otros. En mi presencia, sin embargo, los sacerdotes son como hombres atontados que dicen una cosa con la boca y tienen otra en el corazón. La persona que los escuche no puede tener certeza sobre ellos. Doblan sus rodillas ante mí, es decir, me prometen humildad y obediencia, pero en realidad son tan humildes como Lucifer. Obedecen a sus propios deseos, no a mí.

 

También me encierran y se guardan la llave personalmente. Se abren a mí y me ofrecen alabanzas cuando dicen ‘¡Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!’ Pero después me vuelven a encerrar al poner en práctica sus propios deseos, mientras que los míos se vuelven como los de un hombre preso e impotente porque no puedo ser visto ni oído. Ellos guardan la llave personalmente en el sentido de que, por su ejemplo, también conducen al extravío a los que quieren seguir mi voluntad y, si pudieran, evitarían que saliera mi voluntad y se cumpliese, excepto cuando ésta se ajustase a su propio deseo.

 

Se quedan con todo lo que, en las ofrendas de sacrificios, es útil para ellos y exigen todos sus derechos y privilegios. Sin embargo, parecen considerar inútiles los cuerpos de las personas que caen al suelo y mueren. Para ellos están obligados a ofrecer el sacrificio más importante, pero los dejan ahí para las moscas, o sea, para los gusanos. No se preocupan ni se molestan por los derechos de esas personas ni por la salvación de las almas.

 

¿Qué fue lo que se dijo a Moisés? ‘¡Mata a los que hicieron este ídolo!’ Algunos fueron eliminados, pero no todos. Así pues, mis palabras vendrán ahora y los matarán, a algunos en cuerpo y en alma a través de la condenación eterna; a otros en vida, para que se conviertan y vivan; otros aún mediante una muerte repentina, al tratarse de sacerdotes que me son totalmente odiosos ¿Con qué los voy a comparar? De hecho son como los frutos del brezo, que por fuera son bonitos y rojos pero por dentro están llenos de impurezas y de espinas.

 

Igualmente, estos hombres acuden a mí como rojos de caridad y a la gente le parecen puros, pero por dentro están llenos de porquería. Si estos frutos se colocan en el suelo, de ellos salen y crecen más brotes de brezo. Así, estos hombres esconden su pecado y su maldad de corazón como en el suelo, y se vuelven tan arraigados en la maldad que ni siquiera se avergüenzan de mostrarse en público y alardear de su pecado. Por ellos, otras personas no sólo hallan ocasión de pecar sino que quedan seriamente dañadas en su alma, pensando para sus adentros: ‘Si los sacerdotes hacen esto, más lícito será que lo hagamos nosotros’.

 

Ocurre, así, que no sólo se parecen a la fruta del bierzo sino también a sus espinas, en el sentido de que éstos desdeñan ser movidos por la corrección y la advertencia. Piensan que no hay nadie más sabio que ellos y que pueden hacer lo que les parezca. Por lo tanto, juro por mis naturalezas divina y humana, en la audiencia de todos los ángeles, que atravesaré la puerta que ellos han cerrado de mi voluntad. Mi voluntad se cumplirá y la suya será aniquilada y encerrada en un castigo sin fin. Entonces, como se dijo antiguamente, mi juicio comenzará con mi clero y desde mi propio altar”.

 

 

Palabras de Cristo a la esposa sobre cómo Cristo es figuradamente comparado con Moisés, dirigiendo al pueblo fuera de Egipto, y sobre cómo los condenables sacerdotes, que Él ha elegido en lugar de los profetas como sus mejores amigos, gritan ahora: “¡Aléjate de nosotros!”

 

                   Capítulo 49

 

El Hijo habló: “Antes me he comparado figuradamente con Moisés. Cuando él guiaba al pueblo, el agua se sujetó como una pared, a la izquierda y a la derecha. De hecho Yo soy Moisés, figuradamente hablando. Yo guié al pueblo cristiano, es decir, abrí el Cielo para ellos y les mostré el camino. Pero ahora he elegido a otros amigos para mí, más especiales e íntimos que los profetas, en concreto, mis sacerdotes. Éstos no solo oyen y ven mis palabras, cuando me ven a mí, sino que hasta me tocan con sus manos, cosa que ni los profetas ni los ángeles pudieron hacer.

 

Estos sacerdotes, que Yo escogí como amigos en lugar de los profetas, me aclaman, pero no con deseo y amor como hicieron los profetas, sino que me aclaman con dos voces opuestas. No me aclaman con hicieron los profetas: ‘¡Ven, Señor, porque eres bueno!’ En lugar de esto, los sacerdotes me gritan: ‘¡Apártate de nosotros, pues tus palabras son amargas y tus obras son pesadas y nos resultan escandalosas!’ ¡Fíjate lo que dicen estos condenables sacerdotes!

 

Estoy ante ellos como la más mansa de las ovejas, ellos obtienen de mí lana para sus vestidos y leche para su refresco, y aún así me aborrecen por amarles tanto. Estoy ante ellos como un visitante que dice: ‘¡Amigo, dame lo necesario, que no lo tengo, y recibirás la máxima recompensa de Dios!’ Pero, a cambio de mi mansa simplicidad, me arrojan afuera, como si fuera un lobo mentiroso en espera de la oveja principal. En lugar de darme su acogida me tratan como a un traidor indigno de hospitalidad y se niegan a alojarme.

 

¿Qué hará entonces el visitante rechazado? ¿Se armará contra el anfitrión, que lo echa fuera de su casa? De ninguna manera. Eso no sería justo, pues el propietario puede dar o negar su propiedad a quien él quiera. ¿Qué hará, pues, el visitante? Ciertamente, habrá de decirle a quien lo rechaza: ‘Amigo, sí tú no quieres alojarme, me iré a otro que se apiade de mí’. Y, yéndose a otro lugar, podrá oír de un nuevo anfitrión: ‘Bienvenido, señor, todo lo que tengo es tuyo. ¡Sé tú ahora el amo! Yo seré tu siervo y tu invitado’.

 

Esos son los tipos de casa en los que me gusta estar, donde oigo esas palabras. Yo soy como el visitante rechazado por los hombres. Aunque puedo entrar en cualquier lugar, en virtud de mi poder, aún así, bajo el mandato de la justicia, tan sólo entro allí donde las personas me reciben de buena voluntad como a su verdadero Señor, no como a un huésped, y confían su propia voluntad en mis manos”.

 

 

Palabras de mutua alabanza de la Madre y el Hijo, sobre la gracia concedida por el Hijo a su Madre para las almas del purgatorio y los que aún están en este mundo.

 

                   Capítulo 50

 

María habló a su Hijo diciéndole: “¡Bendito sea tu nombre, Hijo mío, bendita y eterna sea tu divina naturaleza, que no tiene principio ni fin! En tu naturaleza divina hay tres atributos maravillosos de poder, sabiduría y virtud. Tu poder es como la más ardiente de las llamas ante la cual cualquier cosa firme y fuerte, así como la paja seca, pasará por el fuego. Tu sabiduría es como el mar, que nunca se puede vaciar debido a su abundancia, y que cubre valles y montañas cuando aumenta y las inunda. Es igualmente imposible comprender y penetrar tu sabiduría. ¡Qué sabiamente has creado a la humanidad y la has establecido sobre toda tu creación!

 

¡Qué sabiamente ordenaste a las aves en el aire, a las bestias en la tierra, a los peces en el mar, dando a cada uno su propio tiempo y lugar! ¡Qué maravillosamente a todo das la vida y se la quitas! ¡Qué sabiamente das conocimiento a los incipientes y se lo quitas a los soberbios! Tu virtud es como la luz del sol, que brilla en el cielo y llena la tierra con su resplandor. Tu virtud, de esa manera, satisface lo alto y lo bajo y llena todas las cosas. ¡Por eso, bendito seas Hijo mío, que eres mi Dios y mi Señor!”.

 

El Hijo respondió: “Mi querida Madre, tus palabras me resultan dulces, pues proceden de tu alma. Eres como la aurora que avanza en clima sereno. Tú iluminas los Cielos; tu luz y tu serenidad sobrepasan a todos los ángeles. Por tu serenidad atrajiste a ti al verdadero sol, es decir, a mi naturaleza divina, tanto que el sol de mi divinidad vino hasta ti y se asentó en ti. Por su candor, tú recibiste el candor de mi amor más que todos los demás y, por su esplendor, fuiste iluminada en mi sabiduría más que todos los demás. Las tinieblas fueron arrojadas de la tierra y todos los cielos se alumbraron a través de ti.

 

En verdad Yo digo que tu pureza, más agradable para mí que todos los ángeles, atrajo tanto a mi divinidad hasta ti que fuiste inflamada por el calor del Espíritu. En Él tú engendraste al verdadero Dios y hombre, resguardado en tu vientre, por el que la humanidad ha sido iluminada y los ángeles colmados de alegría. ¡Así, bendita seas por tu bendito Hijo! Y por ello, ninguna petición tuya llegará a mí sin ser escuchada. Cualquiera que pida misericordia a través de ti y tenga intención de enmendar sus caminos conseguirá gracia. Como el calor viene del sol, igualmente toda la misericordia será dada a través de ti. Eres como un abundante manantial del que mana toda la misericordia para los desdichados”.

 

A su vez, la Madre respondió al Hijo: “¡Tuyos sean todo el poder y la gloria, Hijo mío! Eres mi Dios y mi merced. Todo lo bueno que tengo viene de ti. Eres como una semilla que, aún sin ser sembrada, creció y dio cientos y miles de frutos. Toda misericordia emana de ti y aún, siendo incontable e indecible, puede simbolizarse por el número cien, que representa la perfección, pues todo lo perfecto y la perfección se deben a ti. El Hijo respondió a la Madre: “Madre, me has comparado correctamente a una semilla que nunca fue sembrada y aún así creció, pues en mi divina naturaleza Yo acudí a ti y mi naturaleza humana no fue sembrada por inseminación alguna y aún así crecí en ti, y la misericordia emanó desde ti para todos. Has hablado correctamente. Ahora, pues, porque extraes de mí misericordia por la dulzura de tus palabras, pídeme lo que desees y se te dará”.

 

La madre agregó: “Hijo mío, por haber conseguido de ti la misericordia, te pido que tengas misericordia de los desgraciados y los ayudes. Al fin y al cabo hay cuatro lugares. El primero es el cielo, donde los ángeles y las almas de los santos no necesitan nada más que a ti y te tienen, pues ellos poseen todo bien en ti. El segundo lugar es el infierno, y aquellos que viven allí están llenos de maldad, por lo que están excluidos de cualquier piedad. Así, nada bueno puede entrar en ellos nunca más. El tercero es el lugar de los que son purgados. Éstos necesitan una triple merced, pues están triplemente afligidos. Sufren en su audición, pues no oyen nada más que lamentos, dolor y miseria. Son afligidos en su vista, pues no ven más que su propia miseria. Son afligidos en su tacto, pues tan sólo sienten el calor del fuego insoportable de su angustioso sufrimiento ¡Asegúrales tu misericordia, Señor mío, Hijo mío, por mis ruegos!”.

 

El Hijo contestó: “Con gusto les garantizaré una triple misericordia, por ti. En primer lugar, su audición será aliviada, su vista será mitigada y su castigo será reducido y suavizado. Además, desde este momento, aquellos que se encuentren en el mayor de los castigos del purgatorio pasarán a la fase intermedia, y los que estén en la fase intermedia avanzarán a la condena más leve. Los que estén en la condena más leve cruzarán hacia el descanso”. La madre respondió: “¡Alabanzas y honor a ti, mi Señor!” Y, de inmediato, añadió: “El cuarto lugar es el mundo. Sus habitantes necesitan tres cosas: primera, contrición por sus pecados; segunda, reparación; tercera, fuerza para obrar el bien”.

 

El Hijo respondió: “A todo el que invoque mi nombre y tenga esperanza en ti junto con el propósito de enmienda por sus pecados, esas tres cosas se les darán, además del Reino de los Cielos. Tus palabras son tan dulces para mí que no puedo negarte nada de lo que me pidas, pues tú no quieres nada más que lo que Yo quiero. Eres como una llama brillante y ardiente por la que las antorchas apagadas se reencienden y, una vez reencendidas, crecen en fuerza. Gracias a tu amor, que subió hasta mi corazón y me atrajo a ti, aquellos que han muerto por el pecado revivirán y los que estén tibios, y oscuros como el humo negro, se fortalecerán en mi amor”.

 

 

Palabras de la Madre de alabanza al Hijo y sobre cómo el Hijo glorioso compara a su dulce Madre con un lirio del campo.

 

                   Capítulo 51

 

La Madre habló a su Hijo diciéndole: “¡Bendito sea tu nombre, Hijo mío, Jesucristo! ¡Alabada sea tu naturaleza humana que sobrepasa a toda la creación! ¡Gloria a tu naturaleza divina sobre todas las bondades! Tus naturalezas divina y humana son un solo Dios”. El Hijo respondió: “Madre mía, eres como una flor que ha crecido en un valle a cuyo alrededor hay cinco montañas. La flor ha crecido de tres raíces y tiene un tallo muy derecho, sin nudos. Esta flor tiene cinco pétalos suavísimos. El valle y su flor sobrepasaron a las cinco montañas y los pétalos de la flor se extienden sobre cada altura del cielo y sobre todos los coros de ángeles.

 

Tú, mi querida Madre, eres ese valle en virtud de la gran humildad que posees en comparación con los demás. Éste sobrepasa a las cinco montañas. La primera montaña fue Moisés, debido a su poder. Porque mantuvo el poder sobre mi pueblo por medio de la Ley, como si lo sostuviera firme en su puño. Pero tú mantuviste al Señor de toda Ley en tu vientre y, por ello, eres más alta que esa montaña. La segunda montaña fue Elías, quien fue tan santo que su cuerpo y su alma ascendieron al lugar sagrado. Tú, sin embargo, querida Madre, fuiste asunta en alma al trono de Dios sobre todos los coros de los ángeles y tu más puro cuerpo está allí junto a tu alma. Tú, por tanto, mi querida Madre, eres más alta que Elías.

 

La tercera montaña fue la gran fuerza que poseía Sansón en comparación con otros hombres. Aún así, el demonio lo venció con argucias. Pero tú venciste al demonio por tu fuerza. Así pues, tú eres más fuerte que Sansón. La cuarta montaña fue David, un hombre acorde con mi corazón y deseos, que sin embargo cayó en el pecado. Pero tú, Madre mía, te sometiste completamente a mi voluntad y nunca pecaste. La quinta montaña era Salomón, quien estaba lleno de sabiduría, pero pese a ello se hizo fatuo. Tú, en cambio, Madre, estabas llena de toda la sabiduría y nunca fuiste ignorante ni engañada. Eres, pues, más alta que Salomón.

 

La flor brotó de tres raíces en el sentido de que tú poseíste tres cualidades: obediencia, caridad y entendimiento divino. De estas tres raíces creció el más derecho de los tallos, sin un solo nudo, es decir, tu voluntad no se inclinó a nada más que a mi deseo. La flor también tenía cinco pétalos más altos que todos los coros de los ángeles. Tú, Madre mía, eres en efecto la flor de esos cinco pétalos. El primer pétalo es tu nobleza, que es tan grande que mis ángeles, que son nobles en mi presencia, al observar tu nobleza la vieron por encima de ellos y más exaltada que su propia santidad y nobleza.

 

Tu eres, por tanto, más alta que los ángeles. El segundo pétalo es tu misericordia, que fue tan grande que, cuando viste la miseria de las almas, te compadeciste de ellas y sufriste enormemente el dolor de mi muerte. Los ángeles están llenos de misericordia, aún así, nunca sufren dolor. Tú, sin embargo, amada Madre, tuviste piedad de los miserables a la vez que experimentaste todo el dolor de mi muerte y, por esta merced, preferiste sufrir el dolor que librarte de él. Es por esto que tu misericordia sobrepasó a la de todos los ángeles.

 

El tercer pétalo es tu dulce amabilidad. Los ángeles son dulces y amables, desean el bien para todos, pero tú, mi queridísima Madre, tuviste tan buena voluntad como un ángel, en tu alma y en tu cuerpo antes de tu muerte, e hiciste el bien a todos. Y ahora no rehúsas atender a nadie que rece razonablemente por su propio bien. Así, tu amabilidad es más excelente que la de los ángeles. El cuarto pétalo es tu pulcritud. Cada uno de los ángeles admira la pureza de los demás y ellos admiran la pulcritud de todas las almas y de todos los cuerpos. Sin embargo, ven que la pureza de tu alma está por encima del resto de la creación y que la nobleza de tu cuerpo excede a la de todos los seres humanos que han sido creados.

 

Así, tu pulcritud sobrepasa a la de todos los ángeles y toda la creación. El quinto pétalo fue tu gozo divino, pues nada te deleitó más que Dios, lo mismo que nada deleita a los ángeles más que Dios. Cada uno de ellos conoce y conoció su propio gozo dentro de sí. Pero cuando vieron tu gozo en Dios dentro de ti, les pareció a cada uno en su conciencia que su propia alegría resplandecía en ellos como una luz en el amor de Dios. Percibieron tu gozo como una grandísima hoguera, ardiendo con el más encendido de los fuegos, con llamaradas tan altas que se acercaban a mi divinidad. Por ello, dulcísimo Madre, tu divina alegría ardió muy por encima de la de los coros de los ángeles.

 

Esta flor, con estos cinco pétalos de nobleza, misericordia, amabilidad, pulcritud y sumo gozo, era dulcísima en todas sus facetas. Quien quiera que desee probar su dulzura debe acercarse a ella y recibirla dentro de sí. Esto fue lo que tú hiciste, buena Madre. Porque tú fuiste tan dulce para mi Padre que él recibió todo tu ser en su Espíritu y tu dulzura le deleitó más que ninguna. Por el calor y energía del sol, la flor también engendra una semilla y, de ella, crece un fruto. ¡Bendito sea ese sol, o sea, mi divina naturaleza, que adoptó la naturaleza humana de tu vientre virginal! Igual que una semilla hace brotar las mismas flores donde sea que se siembre, así los miembros de mi cuerpo son como los tuyos en forma y aspecto, pese a que yo fui hombre y tú mujer virgen. Este valle, con su flor, fue elevado sobre todas las montañas cuando tu cuerpo, junto a tu santísima alma, fue elevado sobre todos los coros de los ángeles”.

 

 

Palabras de alabanza y oraciones de la Madre a su Hijo, para que sus palabras se difundan por todo el mundo y echen raíces en los corazones de sus amigos. Sobre cómo la propia Virgen es maravillosamente comparada a una flor que crece en un jardín, y sobre las palabras de Cristo, dirigidas a través de la Esposa al Papa y a otros prelados de la Iglesia.

 

                   Capítulo 52

 

La bendita Virgen habló al Hijo diciéndole: “¡Bendito seas, Hijo mío y Dios mío, Señor de los ángeles y Rey de la gloria! Ruego que las palabras que has pronunciado echen raíces en los corazones de tus amigos y se fijen en sus mentes como la brea con la que fue untada el arca de Noé, que ni las tormentas ni los vientos pudieron disolver. Que se extiendan por el mundo como ramas y dulces flores cuya esencia se impregna a lo largo y a lo ancho. Que también den frutos y crezcan dulces como el dátil cuya dulzura deleita el alma sin medida”.

 

El Hijo respondió: “¡Bendita seas tú, mi queridísima Madre! Mi ángel Gabriel te dijo: ‘¡Bendita seas, María, sobre todas las mujeres!’ Yo te doy testimonio de que eres bendita y más santa que todos los coros de los ángeles. Eres como una flor de jardín rodeada de otras flores fragantes, pero que a todas sobrepasa en fragancia, pureza y virtud. Estas flores representan a todos los elegidos desde Adán hasta el fin del mundo.

 

Fueron plantadas en el jardín del mundo y florecieron en diversas virtudes, pero, entre todos los que fueron y los que luego serán, tú fuiste la más excelente en fragancia de una vida buena y humilde, en la pureza de una gratísima virginidad y en la virtud de la abstinencia. Doy testimonio de que tú fuiste más que un mártir en mi pasión, más que un confesor en tu abstinencia, más que un ángel en tu misericordia y buena voluntad. Por ti Yo fijaré mis palabras como la más fuerte de las breas en los corazones de mis amigos. Ellos se esparcirán como flores fragantes y portarán frutos como la más dulce y deliciosa de las palmeras”.

 

Entonces, el Señor habló a la esposa: “Dile a tu amigo que debe procurar remitir estas palabras cuando escriba a su padre, cuyo corazón está de acuerdo con el mío, y él las dirigirá al arzobispo y, después a otro obispo. Cuando éstos hayan sido ampliamente informados, él ha de enviarlas a un tercer obispo. Dile, de mi parte: ‘Yo soy tu Creador y el Redentor de almas. Yo soy Dios, a quien tú amas y honras sobre todos los demás. Observa y considera cómo las almas que redimí con mi sangre son como las almas de aquellos que no conocen a Dios, cómo fueron cautivas del demonio en forma tan espantosa que él las castiga en cada miembro de su cuerpo, como si las pasara por una prensadora de uvas.

 

Por tanto, si en algo sientes mis heridas en tu alma, si mis azotes y sufrimiento significan algo para ti, entonces demuestra con obras cuánto me amas. Haz que las palabras de mi boca se conozcan públicamente y tráelas personalmente hasta la cabeza de la Iglesia. Yo te daré mi Espíritu de forma que, donde sea que haya diferencias entre dos personas, tú las puedas unir en mi nombre y mediante el poder que se te da, si ellas creyesen. Como ulterior evidencia de mis palabras, presentarás al pontífice los testimonios de aquellas personas que prueban mis palabras y se deleitan con ellas. Pues mis palabras son como manteca que se deshace más rápidamente cuanto más caliente esté uno en su interior. Allí donde no hay calor, son rechazadas y no llegan a las partes más internas.

 

Mis palabras son así, porque cuanto más las come y las mastica una persona con caridad ferviente por mí, más se alimenta con la dulzura del deseo del Cielo y de amor interior, y más arde por mi amor. Pero aquellos que no gustan de mis palabras es como si tuvieran manteca en su boca. Cuando la prueban, la escupen y la pisotean en el suelo. Algunas personas desprecian así mis palabras porque no poseen gusto alguno de la dulzura de lo espiritual. El dueño de la tierra, a quien he escogido como uno de mis miembros y he hecho verdaderamente mío, te auxiliará caballerosamente y te abastecerá de las provisiones necesarias para tu camino, con medios correctamente adquiridos”.

 

 

Palabras de mutua bendición y alabanza de la Madre y del Hijo, y sobre cómo la Virgen es comparada con el arca donde se guardan la vara, el maná y las tablas de la Ley. Muchos detalles maravillosos se contienen en esta imagen.

 

                   Capítulo 53

 

María habló al Hijo: “¡Bendito seas, Hijo mío, mi Dios y Señor de los ángeles! Eres ese cuya voz oyeron los profetas y cuyo cuerpo vieron los apóstoles, aquél a quien percibieron los judíos y tus enemigos. Con tu divinidad y humanidad, y con el Espíritu Santo, eres uno en Dios. Los profetas oyeron al Espíritu, los apóstoles vieron la gloria de tu divinidad y los judíos crucificaron tu humanidad. Por tanto, ¡bendito seas sin principio ni fin!” El Hijo contestó: “¡Bendita seas tú, pues eres Virgen y Madre! Eres el arca del Antiguo Testamento, en el que había estas tres cosas: la vara, el maná y las tablas.

 

Tres cosas fueron hechas por la vara. Primero, se transformó en serpiente sin veneno. Segundo, el mar fue dividido por ella. Tercero, hizo que saliera agua de la roca. Esta vara es un símbolo de mí, que descansé en tu vientre y asumí de ti la naturaleza humana. Primero, soy tan terrible para mis enemigos como lo fue la serpiente para Moisés. Ellos huyen de mí como de la vista de una serpiente; se aterrorizan al verme y me detestan como a una serpiente, aunque Yo no tengo veneno de maldad y soy pleno en misericordia. Yo permito que me sostengan, si lo desean. Vuelvo a ellos, si me lo piden. Corro hacia ellos, como una madre hacia su hijo perdido y hallado, si me llaman. Les muestro mi piedad y perdono sus pecados, si lo imploran. Hago esto por ellos y aún así me aborrecen como a una serpiente.

 

En segundo lugar, el mar fue dividido por esta vara, en el sentido de que el camino hacia el Cielo, que se había cerrado por el pecado, fue abierto por mi sangre y mi dolor. El mar fue, de hecho, desgarrado, y lo que había sido inaccesible se convirtió en camino cuando el dolor en todos mis miembros alcanzó mi corazón y mi corazón se partió por la violencia del dolor. Entonces, cuando el pueblo fue guiado por el mar, Moisés no les llevó directamente a la Tierra Prometida sino al desierto, donde podían ser testados e instruidos.

 

También ahora, una vez que la persona ha aceptado la fe y mi comando, no se la lleva directamente al Cielo, sino que es necesario que los seres humanos sean testados en el desierto, es decir, en el mundo, para ver hasta qué punto aman a Dios. Además, el pueblo provocó a Dios en el desierto por tres cosas: primero, porque hicieron un ídolo para sí mismos y lo adoraron; segundo, por el ansia de carne que habían tenido en Egipto; tercero, por soberbia, cuando quisieron ascender y luchar contra sus enemigos sin que Dios lo aprobara. Aún ahora, las personas en el mundo pecan contra mí de igual modo.

 

Primero, adoran a un ídolo porque aman al mundo y a todo lo que hay en él más que a mí, que soy el Creador de todo. De hecho, su Dios es el mundo y no Yo. Como dije en mi evangelio: ‘Allí donde está el tesoro de un hombre está su corazón’. Su tesoro es el mundo porque tienen ahí su corazón y no en mí. Por tanto, lo mismo que aquellos perecieron en el desierto por la espada que atravesó su cuerpo, igualmente, éstos caerán por la espada del castigo eterno atravesando su alma y vivirán en eterna condena. Segundo, pecaron por concupiscencia de la carne.

 

He dado a la humanidad todo lo que necesita para una vida honesta y moderada, pero ellos desean poseerlo todo sin moderación ni discreción. Si su constitución física lo aguantase, estarían continuamente teniendo relaciones sexuales, bebiendo sin restricción, deseando sin medida y, tan pronto como pudieran pecar, nunca desistirían de hacerlo. Por esa razón, a éstos les pasará lo mismo que a aquellos del desierto: morirán repentinamente. ¿Qué es el tiempo de esta vida cuando se compara con la eternidad si no un solo instante? Por tanto, debido a la brevedad de esta vida, ellos tendrán una rápida muerte física, pero vivirán eternamente en dolor espiritual. Tercero, pecaron en el desierto por orgullo, porque desearon lanzarse a la batalla sin la aprobación de Dios.

 

Las personas desean ir al Cielo por su propio orgullo. No confían en mí sino en ellos mismos, haciendo lo que quieren y abandonándome. Por lo tanto, igual que aquellos otros fueron matados por sus enemigos, así también, éstos serán muertos en su alma por los demonios y su tormento será interminable. Así, me odian como a una serpiente, adoran a un ídolo en mi lugar, y aman su propio orgullo en lugar de mi humildad. Sin embargo, soy tan piadoso que, si se dirigen a mí con un corazón contrito, me volveré hacia ellos como un padre entregado y les abriré los brazos.

 

En tercer lugar, la roca dio agua por medio de esta vara. Esta roca es el endurecido corazón humano. Cuando es perforado por mi temor y amor, afluyen enseguida las lágrimas de la contrición y la penitencia. Nadie es tan indigno ni tan malo que su rostro no se inunde de lágrimas ni se agiten todos sus miembros con la devoción cuando regresa a mí, cuando refleja mi pasión en su corazón, cuando recobra la conciencia de mi poder, cuando considera cómo mi bondad hace que la tierra y los árboles den frutos.

 

En el arca de Moisés, en segundo lugar, se conservó el maná. Así también en ti, Madre mía y Virgen, se conserva el pan de los ángeles de las almas santas y de los justos aquí en la tierra, a quienes nada complace más que mi dulzura, para quienes todo en el mundo está muerto y quienes, si fuese mi voluntad, con gusto vivirían sin nutrición física. En el arca, en tercer lugar, estaban las tablas de la Ley. También en ti descansa el Señor de todas las leyes. Por ello, ¡bendita seas sobre todas las criaturas en el Cielo y la tierra!”.

 

Entonces, se dirigió a la esposa y le dijo: “Dile a mis amigos tres cosas. Cuando habité físicamente en el mundo, atemperé mis palabras de tal forma que fortalecieron a los buenos y los hicieron más fervientes. De hecho, los malvados se hicieron mejores, como fue claramente el caso de María Magdalena, Mateo y muchos otros. De nuevo, atemperé mis palabras de tal forma que mis enemigos no pudieron disminuir su fuerza. Por esa razón, que aquellos a quienes son enviadas mis palabras trabajen con fervor, de manera que los buenos se hagan más ardientes en su bondad por mis palabras y los perversos se arrepientan de su maldad; que eviten que mis enemigos obstruyan mis palabras.

 

No le hago más daño al demonio que a los ángeles del Cielo. Pues, si quisiera, podría muy bien pronunciar mis palabras de forma que las oyera todo el mundo. Soy capaz de abrir el infierno para que todos vean sus castigos. Sin embargo, eso no sería justo, pues las personas entonces me servirían por temor, cuando por lo que me tienen que servir es por amor. Pues sólo la persona que ama ha de entrar en el Reino de los Cielos. Es más, le estaría haciendo daño al demonio si me llevase conmigo a los esclavos que él adquiere, vacíos de buenas obras. También haría daño al ángel del cielo si el espíritu de una persona inmunda se pusiera en el mismo nivel de otro que está limpio y es ferviente en el amor.

 

Por consiguiente, nadie entrará en el Cielo, excepto aquellos que han sido probados como el oro en el fuego del purgatorio o quienes se han probado a sí mismos a lo largo del tiempo haciendo buenas obras en la tierra, de tal manera que no quede en ellos mancha alguna pendiente de ser purificada. Si tú no sabes a quién han de dirigirse mis palabras te lo voy a decir. Aquél que desea obtener méritos a través de las buenas obras para venir al Reino de los Cielos o quien ya lo ha merecido por buenas obras del pasado es digno de recibir mis palabras. Mis palabras han de ser desplegadas a los que son así y han de penetrar en ellos. Aquellos que sienten un gusto por mis palabras, y esperan humildemente que sus nombres se inscriban en el libro de la vida, conservan mis palabras. Aquellos que no las saborean, al principio las consideran pero después las rechazan y las vomitan inmediatamente.

(Continuará...)

 

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
Publicado por Invitado
Domingo, 25 de abril de 2010 | 17:55
DOY GRACIAS AL <SE?OR<, POR ILUMUNAR A PERSONAS COMO USTED. DEDICAN PARTE DE SU TIEMPO A DIFUNDIR LAS MARAVILLAS DE "JESUS". EL <TEMOR A DIOS<, CASI NO EXISTE...NO SE CREE EN LA JUSTICIA DIVINA. TOMAN LA BONDAD DE <DIOS<, A SU ANTOJO... QUE PENA.Llorica
 
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