Domingo, 07 de febrero de 2010
REFLEXIONES CRISTIANAS (VI) - SOBRE LA VIDA INTERIOR Y EL SALVAMENTO DE LAS ALMAS

Aquí os traigo unas reflexiones, sobre meditaciones que todo cristiano tendríamos que tener en cuenta y además una serie de pensamientos sobre la vida interior. EL AUTOR DEL BLOG.

 

Añoranza de Dios

El mayor tormento de las almas que están detenidas en el Purgatorio es la añoranza de Dios.

Sí, en el juicio particular que han tenido, se encontraron con Dios y han visto su Belleza, Bondad y Amor infinito y han quedado perdidamente enamoradas de Él; pero se dan cuenta de que están sucias y no pueden fundirse a su Amor y deben ir a purificarse, deben separarse de Él, y tal vez por siglos y siglos. ¡Que terrible!

Ahora pensemos cuando alguien ama de verdad, cuánto deseo tiene de estar con el ser amado. Cuando más grande es el amor, tanto más es el deseo de fundirse con el otro. Y entonces aquí nos podemos hacer una idea del horror que deben sufrir estas almas en el Purgatorio al no poderse unir a su Amor, a Dios. Entonces estas almas penan de amor. Y todo el que ha estado enamorado y por un motivo u otro no puede unirse a su amante, llega hasta volverse loco o por lo menos sufre muchísimo. Por eso tengamos mucha compasión de estas almas que están purgando sus faltas y tratemos de aliviarlas con nuestras oraciones y actos de amor a Dios, y ofrezcamos misas por ellas para que, cuanto antes, puedan ir a gozar para siempre de su Amor, y así aliviaremos también a Dios que las quiere unidas a Él con lazo indisoluble. Será una gran caridad.

 

El Dogma de la Comunión de los Santos no basta conocerlo, se necesita vivirlo

(Mensaje al P. Michelini) 

 Somos las almas del Purgatorio, escribe, hermano. 

Somos nosotras almas Purgantes y esperábamos este encuentro que indudablemente traerá bien a ti y a nosotras, el amor que une a los hijos de Dios, estén en el tiempo o fuera del tiempo como estamos nosotras, es siempre útil y fecundo de bien.

El Dogma de la Comunión de los Santos, para quien cree en él y se esfuerza en vivirlo, lleva siempre frutos santos para ambas partes, ciertamente hermano Don Octavio, para nosotras ningún esfuerzo, ninguna fatiga sea para creer ni para vivir la sublime y estupenda realidad del Dogma que tratamos, en cambio para vosotros que estáis peregrinando en la tierra, se requiere el ejercicio de la vida divina de la Gracia, se requiere el ejercicio de las facultades de vuestra alma, ante todo, el ejercicio de vuestra inteligencia, que debe buscar conocer la existencia del Dogma, conocer el origen, esto es, de dónde y cómo ha nacido, conocer los efectos que produce en quien lo conoce, y en quien  lo vive, se requiere  además el ejercicio de vuestra voluntad, quererlo aceptar y quererlo vivir es acto de la voluntad, se necesita aún el ejercicio de la memoria, la que siempre debe tenerlo presente a la inteligencia y a la voluntad para que ellas puedan recordarlo y quererlo.

Hermano Don Octavio, no es todo, el Dogma de la Comunión de los Santos, como por otra parte se debe decir de tantas otras realidades sobrenaturales, exige, sí, el ejercicio natural del alma, pero sobre todo el ejercicio de la Vida divina de la Gracia introducida en el alma y, por lo tanto: ejercicio de la Fe, para que el Dogma se haga operante se necesita creer firme y fuertemente, sin velos ni sobrentendidas limitaciones, requiere además el ejercicio de la Caridad, del amor, amor verdadero, no ficticio, no ilusorio, amor real acompañado de obras, y tú, vosotros,  sabéis qué obras exige la naturaleza de este Dogma, requiere el ejercicio de la Esperanza, la que como luz transparente os haga vislumbrar y desear los benéficos efectos que el Dogma visto, querido y amado lleva a vosotros y a nosotras.  

Cuántos tesoros aún por descubrir y valorar  

Hermano Don Octavio, hemos hablado de realidades maravillosas, o mejor estupendas,  si tuviéramos otros vocablos más eficaces los usaríamos para haceros comprender cuántos tesoros hay aún por descubrir y valorar por parte de muchísimos cristianos que ignoran, que no ven y por lo tanto no obran, para su perjuicio y en este caso también en daño nuestro; Don Octavio, no basta el don de la vida, aun la física, intelectual, espiritual se necesita vivirla, ¿para qué serviría una vida no vivida? Cuánto bien no hecho, cuánto bien descuidado por la superficialidad de fe, de esperanza y de caridad, dones maravillosos, pero muchas veces casi desperdiciados en una tibieza y negligencia incomprensibles

Vosotros deberíais saber muy bien que vuestras posibilidades de bien con relación a nosotras constituyen una reserva potencial casi inagotable, cualquier cosa que hagáis bastaría  transportarla del plano natural al plano sobrenatural de la gracia añadiéndole la intención: "por las almas Santas del Purgatorio", y si son ya cosas de orden sobrenatural, como la Santa Misa celebrada o escuchada, basta sólo con añadir la intención dicha; si salís para un paseo, para una compra  o cualquier otra cosa que hagáis o penséis, hacedlo por amor al Señor y en sufragio de nuestras almas.  

A vosotros, hombres toca dar el "ya"  

Tú sabes, hermano, que por parte nuestra la respuesta sería, es inmediata, para nosotras no podemos hacer "nada", pero para vosotros podemos hacer "mucho", pero sois vos otros, quienes vivís en la fe y en la prueba, quienes debéis, por así decirlo, dar el "ya" para volver operante este Dogma de la Comunión de los Santos.

Don Octavio, es cierto que las necesidades materiales y sobre todo espirituales son para vosotros muchas, pero ¿por qué no tener en cuenta que también nosotras, Almas Purgantes, podemos ayudaros mucho para resolver todos vuestros problemas personales y sociales? ¡Si supieras lo que quiere decir Purgatorio!!! ¡Si lo supieran los cristianos, que tan rápidamente se olvidan de nosotras, que tan fácilmente se olvidan de sus promesas, que tan mal viven su fe, que más que en nosotras, piensan en la podredumbre y cenizas de nuestros cuerpos!!!

Hermano nuestro Don Octavio, cuánto se podría y se debería hacer por Caridad y por Justicia con respecto a nosotras... intensifiquemos en mucho nuestra comunión y los benéficos efectos y las bendiciones de Dios serán abundantes. 

A la espera… 

Las Almas del Purgatorio

 

La Comunión de los Santos

(Mensaje de Jesús al P. Michelini)

Hijo,  te he dicho repetidamente que Yo soy el Amor; donde hay amor estoy Yo.

Yo Soy el Amor Infinito, Eterno, Increado, venido a la tierra a reconciliar y por consiguiente reunir con Dios a la humanidad arrancada del odio.

El amor por su naturaleza tiende a la unión, como el odio por su naturaleza tiende a la división.

Nosotros somos Tres, pero el Amor Infinito nos une íntimamente en Uno solo, en una sola naturaleza, esencia y voluntad.

El amor me ha llevado a Mí, Verbo eterno de Dios hecho carne, a inmolarme a fin de que se diese a todo hombre la posibilidad de unirse en Mí a Dios, y formar Conmigo una sola cosa, como Yo soy una sola cosa con mi Padre que me ha enviado.

Hijo, desde hace más de cien años el Materialismo como sombra oscura y densa, envuelve buena parte de la humanidad.

Él ha ofuscado también en mi Cuerpo Místico, esto en el alma de muchos fieles y sacerdotes, el dogma de la Comunión de los Santos que es una realidad espiritual grandiosa, viva, verdadera y operante en  Cielo y tierra.

No hay términos aptos para explicar su grandeza, potencia y actuación vibrante de amor y de vida.  No hay palabras en vuestro lenguaje, aptas para hacer comprender el invisible, misterioso intercambio que encuentra su centro en mi Corazón misericordioso.

Pocas son las almas que han comprendido, y pocos son también los sacerdotes que, además de creer abstractamente, viven activamente en esta Comunión con los bienaventurados comprensores (Que disfrutan de la visión beatífica.) del Paraíso, con las almas en espera en el Purgatorio y con los hermanos militantes en la tierra.

La muerte, contrariamente a los prejuicios con respecto a ella, no pone fin a la actividad de las almas. La muerte que, con palabra más precisa deberíais llamar "tránsito", es un pasar del tiempo a la eternidad, que no es poner fin a la actividad del alma, sea en el bien, sea en el mal.  

La familia de Dios  

En cualquier familia ordenada en el amor, cada miembro que la constituye, concurre al bien común en un intercambio de bienes dados y recibidos en una comunión armoniosa.

En un grado con mucho superior, así es en la gran Familia de todos los hijos de Dios: militantes en la tierra, en espera en el Purgatorio y bienaventurados en el Paraíso.

Por tanto es necesario, con el fin de volver cada vez más rica de frutos divinos la fe en esta Realidad divina y humana, brotada de mi Inmolación en la Cruz,  tener sobre ella  ideas precisas.

Se debe:

1)  Creer firmemente en el dogma de la Comunión de los Santos.

2)  Cuando se habla de la familia de los hijos de Dios, los sacerdotes deben dejar bien claro que a esta familia pertenecen los peregrinos en la tierra, las almas en espera en el Purgatorio y los justos del Paraíso, esto es los santos.

3)  Los sacerdotes (muchos de los cuales ponen el acento casi exclusivamente en las cuestiones sociales en favor de los hermanos militantes, deplorando con razón las injusticias perpetradas) olvidan casi siempre las injusticias más graves hechas en perjuicio de los hermanos que están en el Purgatorio.

Para tal gravísima omisión se necesita o no creer en el Purgatorio o no creer en el tremendo sufrimiento al que las almas purgantes están sometidas.

La necesidad de ayuda de las almas en espera es bastante más  grande que la de la criatura humana que más sufre en la tierra.

El deber en fin de caridad y de justicia hacia las almas en pena es mas acuciante para vosotros en cuanto que , no raras veces, hay allí almas purgantes que sufren por culpa de vuestros malos ejemplos, porque habéis sido cómplices con ellas en el mal o en cualquier forma ocasión de pecado.

Si la fe no es operante, no es fe.  

La vida continúa  

Hijo mío, se necesita hacer entender con claridad que la vida continúa después de la tumba.

Todos aquellos que os han precedido en el signo de la fe, sea que estén en el Purgatorio o ya en el Paraíso, todavía os aman con amor mas puro, más vivo y más grande.

Están animados por un gran deseo de ayudaros a superar las duras pruebas de la vida para que alcancéis, como ellos ya han alcanzado, el gran punto de llegada, el fin de la vida misma.

Ellos conocen ya muy bien todos los peligros que acechan a vuestras almas.

Pero su ayuda con respecto a vosotros, está condicionada en buena medida por vuestra fe y vuestra libre voluntad para acercaros a ellos con la oración y con la confianza en su eficacísimo patrocinio ante Dios y la Virgen Santísima.

Si los sacerdotes y los fieles están animados de vivísima fe, conscientes de los inagotables recursos de gracias, de ayudas y de dones que pueden obtener de este Dogma de la Comunión de los Santos, verán centuplicado su poder sobre las fuerzas del Mal.

Yo he dotado a mi gran Familia de riqueza y potencia insondable y la robustezco con la fuerza invencible de un Amor infinito y eterno.  

Recursos inutilizados  

Mis sacerdotes instruyen a los fieles con palabras simples y claras, diciendo que vuestros hermanos que han cumplido ya en la tierra el periplo de su vida temporal, no están divididos de nosotros, no están lejanos de vosotros.

Decid también que no están inertes y pasivos a vuestro respecto sino que, en un nuevo estado de vida más perfecta que la vuestra, os están cercanos, os aman. Ellos toman parte, en medida de la perfección alcanzada, en todas las vicisitudes de Mi Cuerpo Místico.

Os repito que ellos no pueden descartar vuestra libertad pero, si son solicitados por vuestra fe y por vuestras invocaciones, os están y estarán cada vez más cercanos en la lucha contra el Maligno.

Os miran, os siguen e intervienen en la medida determinada por vuestra fe y por vuestra libre voluntad.

Hijo mío, ¡qué inmensos tesoros ha predispuesto mi Padre para vosotros!

¡Cuán inmensos recursos inutilizados!

¡Cuántas posibilidades de bien dejadas caer en el vacío!

Se afirma creer, pero no hay más que un mínimo de coherencia con la fe en la que se dice creer.

Te bendigo. ¡Ámame!

 

El Ángel de la Guarda

Todos tenemos un Ángel de la Guarda que está constantemente a nuestro lado desde el momento en que nacimos, y seguirá estando con nosotros hasta la muerte y más allá de la muerte si es que vamos al Purgatorio o al Cielo. Solo dejará de estar con nosotros si nos condenamos en el Infierno.

Este Guardián que Dios nos ha dado, puede actuar más y mejor cuanto más nosotros lo invocamos y tratamos con él. Por eso tenemos que invocarlo frecuentemente y, especialmente en estos tiempos en que tantos demonios han aflorado a la superficie de la tierra, es necesario que estemos muy unidos a nuestro Ángel Custodio, pues el demonio es más fuerte que nosotros y si lo enfrentamos solos nos vencería, es por eso que Dios nos dio este Ayudante para que el combate sea más equilibrado. Así que invoquémosle en todo momento y recémosle la oración que seguramente nos enseñaron desde pequeño antes de dormirnos: “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María”.

Estamos viviendo tiempos muy peligrosos en que los demonios nos tienden muchas trampas y tratan de causarnos hasta accidentes físicos, es por eso que debemos invocar a nuestros ángeles para que nos defiendan de todo peligro y tenerlos como nuestros más íntimos amigos y seguir sus inspiraciones y consejos.

 

¡Cuánto nos ama Dios!

Algo de lo que debemos estar plenamente convencidos en este mundo es que Dios nos ama infinitamente a cada uno de nosotros. Esta es una gran verdad que siempre hay que tener presente a nuestra inteligencia y corazón, pues con los golpes de la vida podemos llegar a dudar de ella y caer así en perdición, creyendo que Dios no nos ama y nos odia. ¡No! Dios nos ama infinitamente, siempre, y todo lo que dispone para nosotros es por el gran amor que nos tiene. Aunque parezca que en lugar de darnos el pan que le pedimos nos dé una piedra, esa piedra vale oro y es un gran don que Él nos hace, que tal vez no lo entenderemos nunca en este mundo, pero sí lo veremos muy claramente en el Cielo. Por eso hay que tener mucha fe y confianza en Dios, en que Él es Bueno infinitamente y quiere nuestro bien material pero, sobre todo, espiritual, pues Él actúa siempre para salvar nuestra alma y tenernos junto a Él para siempre en el Cielo.

El solo hecho de que existimos es porque Dios nos ha amado y por eso nos creó, pues en lugar nuestro podrían existir millones de seres humanos. Pero no, Él nos eligió a nosotros y nos llamó a la existencia porque nos ama. Él pensó en nosotros desde toda eternidad y nos quiere en su Cielo. Por eso ¡cuánto debemos corresponder a Su Amor con una vida de santidad! Hay un dicho que dice que amor con amor se paga, y otro dice: obras son amores y no buenas razones. Entonces hagamos buenas obras y obremos por amor a Dios para devolverle amor a su inmenso Amor por nosotros.

 

Dios es la Belleza y el Bien supremo

A veces quedamos embelesados ante un rostro de mujer que nos parece que es tan perfecto y nos quedaríamos mirándolo horas y horas. El rostro de nuestra esposa o novia. ¿Y pensamos lo que será ver el rostro de Dios, que es la Belleza infinita? Con razón la pena de daño que es la pena mayor que sufren los condenados en el Infierno es la de estar separados para siempre de Dios, la de haber perdido a Dios después de haberlo visto por un instante.

También ¡qué felices somos cuando tratamos con alguien que es muy bueno y es nuestro amigo o pariente! ¡Qué bien estamos a su lado y con cuánto gusto compartimos junto a él! Pues bien Dios es la Bondad infinita ¿y qué sentiremos al estar junto a Él en el Cielo? Pensamos alguna vez en esto. Ojalá todas estas cosas nos sirvan para tener un deseo ardiente de ir al Cielo y nos den fuerzas para cumplir los Mandamientos de Dios que es lo que hay que hacer para alcanzarlo.

Y nosotros también debemos parecernos a nuestro Padre eterno en su Bondad y Belleza, no tanto en la belleza corporal sino en la belleza de nuestra alma, que debemos hacer cada día más linda a los ojos de Dios, para que Él, al verse reflejado en nuestra alma, nos atraiga a su Corazón Misericordioso y Santo y en el Cielo nos una para siempre a Él.

 

Hambre de felicidad

Los hombres tenemos un corazón tan grande que nada es capaz de llenarlo. Sólo Dios lo colmará porque Él es infinito.

Los hombres buscamos la felicidad y corremos tras muchos espejismos que nos hacen creer que son la felicidad. Pero la Felicidad, así con mayúscula, solo la encontraremos en Dios. Dios es y será nuestra Felicidad. Y ¿cómo llegar a Él? Jesús nos ha dejado un camino: Los Diez Mandamientos y sus enseñanzas en el Evangelio. La Felicidad se conquista con el sufrimiento, con la renuncia a nuestros caprichos y haciendo la voluntad de Dios. Este es el buen camino. Estrecho; y pocos van por él, pero es el único, pues de lo contrario Jesús nos lo hubiera dicho.

Hay una frase que escuché alguna vez y que no recuerdo de quién es, y dice así: “Ningún camino de flores conduce a la gloria”. Tal vez esta era una frase humana y que buscaba y hablaba de la gloria humana, de este mundo. Pero también podemos aplicarla a la Gloria que debemos alcanzar en el Cielo, y también ésta se conquista por caminos que no son de flores.

Hagamos el esfuerzo, vale la pena. Es más, no nos queda otra alternativa pues de lo contrario caeremos en perdición. Así que ánimo y adelante, que el Crucificado camina junto a nosotros y en los momentos más duros nos lleva en sus brazos.

 

El combate inicial

Cuando uno comienza a tratar de cumplir los Diez Mandamientos y seriamente se dedica a ello, el demonio no quiere perder su presa y redobla sus esfuerzos para desanimarnos. Pero Dios concede muchas gracias al alma para que pueda combatir las tentaciones y empieza así una batalla encarnizada que es dura al principio pero que después nos da la victoria y con el tiempo esta batalla se inclina a nuestro favor y ya se hace fácil el cumplir los Mandamientos y las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Hay que animarse a dar el primer paso y estar resueltos a luchar y pedir a Dios ayuda con la oración. La clave está en ser perseverantes en la oración, rezar todos los días el Rosario y comenzar a frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía, diaria si es posible, pues en el Pan de los Fuertes es donde recibimos la fuerza para serle fieles a Jesús.

Tal vez tengamos muchas caídas, pero a no desanimarse y volver a levantarse con una inmediata y sincera confesión sacramental con un sacerdote, para recuperar lo perdido y volver a la batalla de todos los días.

Es muy importante que para guardar la pureza y poder cumplir los mandamientos, dejemos de ver tanta televisión donde la inmoralidad y maldad se derraman sobre nuestros hogares y empezar a luchar contra nuestras pasiones, especialmente guardar el sentido de la vista, por donde entra el pecado en el alma. Es una guerra que tenemos que combatir contra enemigos que son más fuertes que nosotros y por eso tenemos que pedirles ayuda a Dios y a la Virgen a través de la oración. Pero el premio que nos espera es la felicidad perfecta del Cielo; y si no lo hacemos nos espera el horror del Infierno. Ya estamos embarcados en esta aventura y ahora tenemos que luchar para alcanzar el fin para el que Dios nos ha creado que es ir a gozar de Él en el Cielo para siempre.

 

Vivir en el mundo pero sin ser del mundo

Los tres enemigos del cristiano son: el mundo, el demonio y la carne. Esto ya casi no se dice en las clases de catecismo y así no se prepara a los catecúmenos para el combate que deberán enfrentar en esta vida. Y en este combate se juega nuestro destino eterno, pues depende de cómo lo enfrentemos y salgamos de él, y así será lo que nos corresponda: Cielo o Infierno. Y el mundo es uno de estos tres enemigos. El mundo no como la naturaleza creada por Dios, ya que este mundo es bueno, sino el mundo como estructura de pecado, como reino de Satanás, en que éste gobierna sin discusión y arrastra consigo a muchos incautos que se dejan arrastrar por este espíritu mundano.

El mundo tiene sus máximas, que son opuestas totalmente a las máximas y enseñanzas del Evangelio. El mundo dice que hay que gozarlo todo y escapar del sufrimiento. Jesús nos dice que renunciemos a nosotros mismos y lo sigamos llevando nuestra cruz.

Lamentablemente este espíritu mundano se ha introducido también en la Iglesia y muchos sacerdotes, religiosos y fieles viven un cristianismo de nombre pero son seguidores de este mundo pagano. Por eso nosotros debemos estar en guardia y leer siempre el Evangelio de Jesús para adecuar nuestra forma de pensar y conducirnos a dichas enseñanzas, tanto como a las enseñanzas del Papa, y, al igual que los primeros cristianos, tenemos que vivir en medio del mundo pero sin ser del mundo, sino de Cristo. El mundo es el que nos grita “baja de la cruz”. No le hagamos caso y sigamos sufriendo la cruz de cumplir los Diez Mandamientos que nos llevan a la salvación.

 

Rezar para conocer la Voluntad de Dios

Uno de los motivos por los cuales debemos rezar es para conocer cuál es la Voluntad de Dios para nosotros. Dios tiene preparado un camino para que lleguemos a la santidad más seguramente y nosotros tenemos que rezar mucho para que Dios nos vaya guiando según ese camino que Él, desde toda eternidad, tiene fijado para nosotros.

Porque Dios ha preparado muchas gracias para nuestra vida, y las ha preparado desde antes de que nosotros fuéramos creados. Pero Él nos las dará a condición de que nosotros las pidamos en la oración. Por eso si rezamos recibiremos, pero si no rezamos, perderemos las inestimables gracias y ayudas que Dios hubiera querido darnos. Entonces aquí descubrimos qué importante es la oración, que aclara los más oscuros caminos y nos ilumina el alma y la aleja del Maligno. Con la oración se puede enfrentar cualquier peligro y se nos va revelando qué es lo que Dios quiere de nosotros, y también recibimos la fuerza necesaria para llevarlo a la práctica.

Debemos imitar a Jesús que, cada vez que tenía que tomar una decisión importante en su vida, se ponía a rezar incesantemente, como lo hizo antes de elegir a los Doce, en el desierto, en el Huerto de los Olivos y siempre, para prepararse bien a su misión. Nosotros hagamos lo mismo y recemos ante cada decisión importante que debamos tomar y recemos constantemente para que Dios aparte los obstáculos que Satanás y todos los espíritus malignos nos ponen en el camino para llevarnos a la perdición junto con ellos.

 

María es nuestra guía

Para caminar seguros en este mundo cambiante y lleno de peligros materiales y espirituales, donde los enemigos del alma tratan de robarnos la gracia santificante que es el más grande tesoro que poseemos, es necesario que nos encomendemos a alguien que tenga poder y sepa conducirnos con seguridad a través de la vida.

Nadie mejor que María nos podrá guiar en el camino, pues Ella es Madre de Dios, y por eso todo lo puede obtener de Dios para nosotros; y Ella es Madre nuestra, y por eso nos cuida como solo una madre -¡y qué Madre!- lo puede hacer.

Siempre debemos tener en los labios el dulce nombre de María, que es terror para los demonios que sin descanso tratan de arruinarnos y condenarnos con ellos en el Infierno eterno. A veces cerramos las puertas y ventanas por miedo a los ladrones. Pero ¿qué mayor peligro que los ladrones invisibles, los demonios, que tratan de robarnos el Tesoro que es Dios en nuestra alma, es decir, la Gracia, que vale más que todos los mundos creados, pues fue conquistada por Jesús al precio de su Sangre?

Y si el nombre de María lo pronunciamos junto al de Jesús, entonces la oración se hace más que eficaz, y por eso el Santo Rosario es tan eficaz, pues en las avemarías se dicen estos dos preciosos nombres de Jesús y María.

¡Viva María! ¡Viva Jesús!

 

Nuestros pecados hacen sufrir a Jesús

Debemos tomar conciencia de que nuestros pecados hacen sufrir a Jesús. Cada vez que pecamos Jesús sufre en su Corazón Divino la ofensa y es como que lo volvemos a crucificar. Nosotros que nos da lástima cuando vemos a un animalito que sufre, ¿no tendremos compasión de ver a Jesús sufriendo horrores por nuestra maldad? Tengamos compasión del Señor y de su Madre, pues cuando ofendemos a Dios, también ofendemos a María en su gran amor. Digamos como los santos: “Morir antes que pecar”.

Lamentablemente el mundo ya no tiene conciencia de pecado, se ha llegado a pensar que el pecado es una forma más de ejercer la propia libertad y se comete con total facilidad, se justifica y ya no se confiesa. Lo terrible de esto es que se ha perdido la idea de lo que es el pecado. Pero para darnos cuenta de la gravedad del pecado miremos la Cruz de Cristo, consideremos lo que tuvo que sufrir Dios para salvarnos, los horrores que padeció para poder perdonar nuestros pecados, y así nos daremos cuenta de lo terrible que es el pecado. Por eso huyamos del pecado cueste lo que cueste, incluso de los pecados llamados veniales o leves, que son el mal más grande que hay después del pecado grave. Para tener una idea de lo grave que es un pecado, sepamos que si se diera el caso de que cometiendo un pecado leve, pudiéramos sacar todas las almas del Infierno y del Purgatorio y convertir a todos los pecadores del mundo, incluso así NO DEBERÍAMOS COMETERLO. Así que imaginemos lo terrible que es el pecado y tratemos de no pecar y pidámosle ayuda a Dios y a María para no hacerlo.

 

Vanidad de vanidades

El mundo trata de divertirse, de “matar el tiempo”, de pasarlo bien y gozarlo todo, y así pasa su vida inútilmente y va caminando por el sendero ancho de que se habla en el Evangelio, cuyo término es el Infierno eterno.

En cambio nosotros, los que tratamos de ser fieles a Dios, debemos tratar de ir por el sendero estrecho que ya recorrió primero Nuestro Señor. Es un camino lleno de espinas y es angosto pero, ¡qué Gozo nos espera al final! Y se podría decir que a pesar de las penas del camino ya vamos gozando porque caminamos con la esperanza cierta de que al final nos espera el Cielo donde seremos para siempre felices.

Los mundanos no tienen esta esperanza, pues caminan y no saben a dónde van, y entre distracciones y vanidades avanzan inconscientes del destino de tinieblas que les espera. Basta ver un domingo en una cancha de fútbol cómo se llena de gente la tribuna. Y podemos preguntarnos: ¿Cuántos de esos hombres han ido a Misa ese día? Porque el Domingo es el Día del Señor y se debe emplear para agradarle a Él y alimentar nuestra alma que durante la semana estuvo tal vez dispersa y ocupada en otras cosas materiales. Recordemos que los criterios del mundo no son los criterios de Dios y que Dios y el Mundo son enemigos. Miremos todas las cosas con los ojos de Dios, con los ojos de la Fe, y aprovechemos este tiempo de vida que tenemos sobre la tierra para ser cada vez más santos y conocer cada vez mejor a Dios y su propuesta, y saber diferenciarlos de Satanás y sus venenosas invitaciones.

 

Vivir el momento presente

En estos tiempos en que la humanidad es cada vez más dominada por el Maligno y el odio y la guerra se esparcen por el mundo, a veces nos da miedo pensar en el futuro. Pero el futuro no sabemos si llegará, lo único que poseemos es el momento presente y éste nos sirve para que el futuro sea menos trágico. Por eso vivamos bien el momento presente, confiados en Dios y tomados de su mano caminemos por este mundo con la mirada puesta en el Cielo que nos espera, sabiendo que todo lo de aquí abajo es relativo y pasajero.

Tampoco podemos cambiar nada de nuestro pasado. Hay gente que mira mucho hacia atrás, hacia su vida pasada, sus errores más o menos graves, y se queda anclada en el pasado y queda impotente para vivir bien el momento presente. Que no nos suceda esto a nosotros. Dejemos nuestro pasado a la Misericordia de Dios y avancemos como hombres nuevos, como si recién hubiéramos salido de las manos del Padre, pues de otra manera estaremos desalentados y este recuerdo triste y angustioso del propio pasado solo nos estorbará para vivir con plenitud el momento presente. Ya Jesús lo dice en el Evangelio, que quien pone su mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios. Y recordemos que la esposa de Lot se convirtió en estatua de sal por mirar hacia atrás.

Así que tratemos de agradar a Dios en el momento presente que nos toca vivir y no nos angustiemos ni por el pasado ni por el futuro, sino hagamos con fidelidad las cosas de cada día. Por algo el Señor nos enseñó a pedir en el Padrenuestro el pan cotidiano, es decir, pedir el pan día por día, y en ese pan nos quiere indicar que debemos pedir día por día la ayuda del Señor, la voluntad del Señor y vivir día por día nuestra vida sin desalentarnos jamás. Esto lo lograremos con la ayuda de Dios y confiando, confiando, confiando en Él y en su Madre.

 

Amor de Jesús por el pecador

Cuánto amor tiene Jesús a los pecadores. Por ellos ha sufrido todos los tormentos de su Pasión. Por ellos ha bajado del Cielo a la tierra y ha recorrido, incansable, los caminos del mundo, y los sigue recorriendo en busca de pecadores.

El mundo induce al hombre a pecar con su mal ambiente y corrupción de costumbres. Y cuando el pobre pecador se da cuenta del estado lastimoso en que se encuentra, solo hay Uno que se compadece de él, y ese es Jesús, que lo perdona y le da una gracia mayor a la que había perdido, siempre y cuando el pecador esté arrepentido y humillado.

¡Qué alegría tener tan tierno Redentor!, que se apiada de las miserias humanas y las transforma en el horno ardiente de su Misericordia infinita. Por eso no nos acobardemos si somos o hemos sido grandes pecadores, aunque nos parezca que nuestros pecados son tantos y tales que el Señor no nos va a perdonar, ¡No desconfiemos jamás de Jesús y vayamos al trono de Su Misericordia!, vayamos a los pies del sacerdote y en una sincera confesión, saquemos de nuestra alma toda la maldad que se ha acumulado. Y seremos felices al deshacernos de ese peso y sentir que el Señor nos abraza amorosamente y nos colma de dones como el padre misericordioso a su hijo pródigo de la parábola del Evangelio.

No tengamos miedo de ir a Dios, que es el único que nos puede sanar de nuestros pecados y es el único que no tiene asco de nosotros cuando todo el mundo nos patea como cosa asquerosa. Recordemos que Jesús es Salvador, y vino a salvar lo que estaba perdido. Y propongamos en adelante no pecar más ayudados con su gracia. Y si volvemos a caer, volvamos a levantarnos una y mil veces, que cada vez nos iremos haciendo más fuertes y con perseverancia alcanzaremos la victoria y entraremos al final en el Cielo donde nos espera nuestro Salvador, con Quien estaremos para siempre unidos y seremos felices eternamente.

 

Estamos hechos para Dios

Dios nos ha creado para Él. Con infinito amor el Señor nos creó para Sí, para tenernos con Él para siempre en el Cielo. No defraudemos al Señor, pues solo encontraremos la felicidad en Su Corazón.

San Agustín dice: “Nos has creado para Ti, Señor; y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en Ti”. Tenemos hambre de felicidad. Todos los hombres. Pero lamentablemente muchos no saben dónde está esta felicidad y pecan creyendo que así serán felices. Pero luego comprueban que no son felices, sino que al contrario se hacen esclavos del mal. Nosotros, en cambio, debemos saber que la felicidad está en Dios. Ya en este mundo seremos felices si tenemos a Dios en nuestra alma, es decir, si vivimos en Gracia, en amistad con el Señor. Y luego, en la otra vida, vendrá la Felicidad con mayúscula, donde habremos alcanzado el fin para el que fuimos creados: amar a Dios y ser amados por Él.

¿Dios tiene alguna necesidad de nosotros? No. Él se basta a Sí mismo y es completamente e infinitamente feliz, no necesita de nada ni de nadie para ser feliz. Pero quiso que otros seres participaran de esa felicidad, y entonces creó a los hombres, para los cuales hizo el Cielo con sus moradas destinadas a ser habitadas por los hombres. Allí, en el Cielo, está nuestro lugar definitivo. Vivamos esta vida pensando en aquel lugar de ensueño y de felicidad, para poder sobrellevar con entereza las dificultades y pruebas de la vida. No nos atemos a las cosas de este mundo, sino vivamos con los pies sobre la tierra pero el corazón en el Cielo.

 

El pecado

El pecado es el único mal del que debemos huir con todas nuestras fuerzas, pidiéndoles ayuda a Dios y a la Virgen para evitarlo a toda costa. Digamos como decían los santos: “Morir antes que pecar”. Pues el pecado es la causa de todo el mal que hay en el mundo. Tanto el mal individual como el mal social, tienen su causa en los pecados de los hombres. Si queremos que el mundo cambie, tratemos de evitar el pecado, cumpliendo los Diez Mandamientos y las enseñanzas de Jesús en el Evangelio, e invitemos a los demás a hacer lo mismo.

Nunca meditamos lo suficiente en que el pecado es el verdadero torturador de Jesús, es el que lo hizo sufrir en la Pasión y el que lo vuelve a crucificar ahora. Pensemos en que cada vez que cometemos un pecado mortal, volvemos a matar al Hijo de Dios y nos condenamos al Infierno, y sólo la misericordia de Dios, a través del sacramento de la Confesión, nos puede sacar de ese estado miserable.

En el mundo aumentan las desgracias de todo tipo, la violencia, la maldad; y esto ocurre porque la humanidad ya no quiere cumplir la Ley del Señor y cada vez la desprecia más y enseña a despreciarla a través de los medios masivos de comunicación, en especial la televisión. Queremos tener una juventud buena, honesta y trabajadora, y no se le enseña religión, y no se le enseña a respetar a Dios y al prójimo. Y entonces ¿de qué nos admiramos cuando vemos tanta maldad en el mundo? Si ya nadie piensa en el Cielo que le espera si es fiel a Dios, o en el Infierno tan terrible si ofende a Dios y al prójimo.

Por eso nosotros, que todavía estamos lúcidos y vemos qué es lo importante y qué es lo secundario, tratemos de no pecar nunca, y si caemos, levantémonos al instante con una sincera confesión con un sacerdote y sigamos en el camino hacia el Cielo. Recordemos que de esto depende nuestro destino eterno: Cielo o Infierno.

Somos apóstoles

Cada cristiano, por ser cristiano, es también apóstol, y debe hacer su apostolado llevando la salvación a todos los hombres, comenzando por los que tiene más cerca.

Para hacer apostolado no hace falta tener dones de oratoria ni carismas especiales, sino que sólo hace falta vivir cristianamente, es decir, dando buen ejemplo a todos, que ya eso es un excelente apostolado.

Pero el que quiera hacer más por Cristo, que rece mucho y ofrezca pequeños sacrificios por la salvación de las almas.

También se puede enseñar al que no sabe, repartiéndole un folleto con alguna devoción o con algún texto edificante, ya que muchos no saben prácticamente nada y están deseosos de que alguien les ilumine en la Verdad.

Debemos ser prudentes y no cansar a las personas, sino actuar siempre con amor y respeto y buscar la ocasión propicia para hacer el apostolado: a veces un buen consejo, a veces una palabra de aliento y a veces el silencio, son formas de llevar a Cristo a las almas y las almas a Cristo.

Por eso TODOS los bautizados somos apóstoles, pues el mundo nos mira y, según sea nuestra conducta, así será también lo que conocerán de Cristo. Entonces recordemos que el primer apostolado es vivir en gracia de Dios y obrando de acuerdo a lo que a Dios le agrada, y así seremos buenos apóstoles del Señor.

No pecar más

Cada uno de nosotros es una célula del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Si nuestra vida espiritual es pujante, enriquecemos la santidad de la Iglesia; en cambio, viviendo en pecado somos una célula cancerosa, como un tumor en el seno de nuestra Madre. El que peca, no sólo se hace daño a sí mismo, sino que perjudica también a los demás. Y el que se santifica, no sólo se aprovecha él, sino que ayuda también a los demás.

A veces pensamos que nuestro pecado no hace mal a nadie y, a lo sumo, nos hace mal solo a nosotros. Pero esto no es así por la Comunión de los Santos, porque la Iglesia la forman todos los Santos del Paraíso, las almas del Purgatorio y los que vivimos sobre la tierra, y lo que hacemos cada uno de nosotros repercute en todo este maravilloso organismo.

¡Qué importante es que tratemos de evitar el pecado e intentemos vivir en gracia de Dios y hacernos cada día más santos! Que nuestro lema sea: “Morir, antes que pecar”, pues del pecado proceden todos los males individuales, sociales y mundiales. Si alguien quiere arreglar verdaderamente este mundo, debe decir claramente que todo el mal que hay en él viene del pecado de los hombres y, la solución sería que la humanidad se convierta y vuelva a cumplir los Diez Mandamientos y las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Por eso la Virgen realiza tantas apariciones y da sus mensajes, que no son más que amorosas llamadas a la conversión, al cambio de vida. Recemos para que la humanidad acoja esta invitación de lo alto y vuelva a los brazos del Padre Dios que la espera lleno de amor para vestirla de princesa como hizo el Padre misericordioso de la parábola con su hijo pródigo.

Y Jesús lloró

En varios pasajes el Evangelio nos dice que Jesús lloró. Lloró sobre Jerusalén. Lloró sobre su amigo Lázaro muerto.

¿Y por qué llora Jesús?

Sobre Jerusalén lloró porque esa ciudad, su ciudad, estaba corrompida y endurecida en el pecado. Sobre su amigo Lázaro lloró porque como consecuencia del pecado original el hombre llega a morir y a corromperse en un sepulcro.

Jesús entonces llora por el pecado.

¿Y qué hará al ver nuestra alma? Tendrá una sonrisa plena al ver que estamos en gracia de Dios, en amistad con Él; o más bien derramará lágrimas porque estamos en pecado mortal y hace mucho que no nos confesamos. Ojalá no le causemos tristezas a Jesús y, si estamos en ese estado lamentable de pecado, nos levantemos de él y comencemos una vida nueva.

En estos tiempos se ha perdido conciencia del pecado y muchos lo cometen y ya no se confiesan. Incluso se comete como un ejercicio de la propia libertad. ¿Pero pensamos seriamente que el pecado es lo que llevó al Hijo de Dios a morir tan cruelmente en la Cruz? Si el Señor tuvo que sufrir tanto, es porque el pecado debe ser muy terrible. Así que huyamos del pecado como del único mal, para que el Señor no tenga que llorar por nosotros, y para que no nos deba separar de Él para toda la eternidad en el Infierno.

El silencio

¡Qué falta nos hace en esta vida de hoy el silencio; interior y exterior! El mundo está lleno de ruidos, de palabras, de imágenes, y cuánto cuesta hacer un poco de silencio para meditar las cosas de Dios, las cuestiones trascendentes de la vida como son la salvación de nuestra alma, la muerte, el Juicio, el Cielo y el Infierno.

Cuando queremos ponernos a rezar, nuestra mente está inundada de miles de imágenes que nos han bombardeado durante todo el día y se nos hace muy difícil la concentración en la oración. Por eso ha llegado la hora de que nos defendamos de tanto desorden y evitemos mirar televisión y escuchar radio. No es necesario que lo dejemos de hacer completamente, sino que tengamos precaución y moderación con su uso, evitarlos lo más posible, pues estos medios casi siempre difunden un pensamiento que no es el de Cristo y su Evangelio y, tanto mirar y escuchar, podemos terminar pensando y haciendo conforme al espíritu del mundo, que es contrario a Dios. Somos débiles y tanto escuchar las máximas mundanas, podemos terminar traicionando a Cristo. Por eso atención y vigilancia, que el demonio anda como león rugiente a nuestro alrededor viendo a quién devorar. No seamos soberbios pensando que “a mí no me va a pasar nada si miro esto o escucho aquello”, porque el demonio “entra con la nuestra y se sale con la suya”. Seamos humildes y precavidos, ya que nada de lo que vemos o escuchamos pasa por nosotros sin dejar una huella.

Recordemos que Dios habla en el silencio.

¿Queremos ser felices? Cumplamos los Mandamientos

Todos los hombres queremos ser felices, pero, ¿dónde está la felicidad? ¿En tener dinero, poder, prestigio? No. La felicidad en este mundo está en ser buen cristiano, cumplidor de los Diez Mandamientos y de las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Porque el tener una conciencia tranquila nos hace felices en este mundo, en medio de las pruebas que tendremos que sobrellevar como todos los hombres Y no solamente seremos felices aquí en la tierra sino, lo que es mucho más importante, seremos felices para siempre en el Cielo, después de nuestra muerte.

Jesús nos dice en el Evangelio: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, gozarlo todo, si después se condena en el Infierno? Por eso nosotros debemos preferir perderlo todo antes que ofender a Dios con el pecado, pues si morimos en pecado mortal perderemos el Cielo y seremos eternamente desgraciados.

Todos los hombres buscan la felicidad; incluso el que peca lo hace para lograr un placer, darse un gusto, porque quiere ser feliz y hace lo que a él le parece que lo hará feliz. Pero después del pecado queda un sabor amargo y descubre que allí no estaba la felicidad, y cada vez se siente más infeliz, aunque a veces trata de disimular con risas, ruido y diversiones. ¡No! La verdadera felicidad en este mundo y en el venidero está en cumplir la voluntad de Dios, en seguir sus enseñanzas.

Jesús no nos promete que no tendremos lágrimas y dolores, pero en el fondo de nuestra alma habrá paz y alegría porque tenemos a Dios con nosotros y en nosotros, ya que poseemos la gracia santificante que es el mayor tesoro que un hombre puede tener. Así que no vayamos por el camino ancho y fácil sino elijamos el camino que lleva al Cielo y que es dificultoso, pero es el único que nos puede hacer felices de verdad.

Nuestro lugar en el Cielo

Cada uno de nosotros tiene reservado un lugar en el Cielo, junto al Padre eterno. Ese lugar lo conquistamos cumpliendo la misión que tenemos aquí en la tierra. Todos los padecimientos que sufrimos aquí abajo, en este mundo oscuro, nos dan méritos para alcanzar ese puesto de felicidad eterna.

Debemos pensar todos los días en ese lugar que nos espera, para poder sobrellevar las pruebas de esta vida presente, sabiendo que al final del camino encontraremos unos brazos amorosos de Padre y el beso de una Madre Inmaculada. Pensemos en la felicidad inimaginable de que gozaremos para siempre y que ya nadie nos la podrá quitar y caminemos con esperanza por este mundo que con sus trampas nos quiere hacer desesperar y desanimar. Por eso recemos frecuentemente los misterios gloriosos del Santo Rosario y pongámonos en ellos como protagonistas del siguiente modo: 1) La resurrección de Jesús: Pensar cuando resucitemos el día del Juicio Final y con nuestro cuerpo abracemos a nuestra Madre la Virgen que tanto ha hecho por nosotros; 2) La Ascensión del Señor: recordemos que Jesús ha subido al Cielo para ir a prepararnos un lugar y que luego vendrá a buscarnos y llevarnos con Él ; 3) La venida del Espíritu Santo: sepamos que si tenemos a María, Esposa del Espíritu, Él vendrá a nosotros en plenitud y nos dará las fuerzas necesarias para vivir esta vida valientemente; 4) La Asunción de María Santísima al Cielo: la Virgen también ha subido al Cielo para ir a prepararnos nuestro lugar. Es el mismo lugar que nos preparó Jesús, pero Ella le dará sus toques femeninos y de Madre y ¡qué maravilloso será cuando estemos allí!; y 5) La Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado: María es la Reina de todo, ¿qué debemos temer si Ella es nuestra Madre? Refugiémonos bajo su manto para que nos ayude a llegar al lugar predestinado desde toda la eternidad que nos aguarda en el Paraíso.

Vivamos esta vida con la mirada puesta en el Cielo que nos espera, para no perder la fe ni la esperanza.

Persevera y triunfarás

Si bien en las cosas y negocios del mundo, el que persevera triunfa; muchísimo más triunfa el que persevera en la fe, y su triunfo no es pasajero, de este mundo, sino que es un Triunfo eterno, bendito, con mayúscula. Para ello debemos perseverar en la fe, debemos cumplir los diez mandamientos y las enseñanzas de Jesús en el Evangelio cueste lo que cueste y a pesar de todas las astucias del demonio, del ambiente contrario que hay en el mundo y de las pasiones de la carne.

Vivimos en un tiempo muy difícil en que se nos quiere robar la gracia de Dios y hacernos perder con ello el Cielo que nos espera. Por eso debemos ser fieles a Dios cumpliendo sus mandatos y no desanimarnos si caemos de vez en cuando o muy seguido en pecado, sino que SIEMPRE debemos levantarnos con una completa y sincera confesión con un sacerdote y seguir adelante, que Dios viendo nuestra buena voluntad no nos dejará solos sino que nos ayudará a conquistar el premio eterno.

Y para lograr el premio tenemos que rezar, y rezar mucho, pues todas las gracias y auxilios Dios los otorga a quien reza, y en nuestro rezo debemos pedir la “perseverancia final” como la pidieron todos los santos, es decir, pedir que nos encontremos en gracia de Dios en el momento de nuestra muerte ya que, como sabemos, en ese momento es cuando se decide nuestra eternidad de gozo o de horror, Cielo o Infierno. Por ello debemos pedir que en ese momento supremo de la muerte no nos encontremos en pecado mortal.

Recordemos las palabras de Jesús cuando se refiere a las calamidades de los últimos tiempos y dice que “el que persevere hasta el fin, ése se salvará”. Perseveremos entonces.

Lo importante es salvar el alma

Yo, ¿para qué nací? Para salvarme.

Que tengo que morir, es infalible.

Dejar de ver a Dios y condenarme,

triste cosa será, pero posible.

 

¡Posible! ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?

¡Posible! ¿Y tengo amor a lo visible?

¿Qué hago? ¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?

Loco debo de ser, pues no soy santo. 

                                    Pedro de los Reyes, O.F.M.

Tiene mucha razón el poeta en estos versos que dicen una verdad que debemos recordar desde que nos levantamos hasta que nos acostamos: Que lo importante es salvar el alma. Porque si al final de esta vida nos salvamos y vamos al Cielo, cantaremos victoria y seremos felices para siempre. Pero si en cambio nos condenamos para siempre en el Infierno, seremos unos eternos fracasados y nuestra vida habrá sido en vano.

Por eso tenemos que poner todo nuestro empeño en salvar el alma, pues esa es la cuestión más importante para nosotros. Es más, esa es la ÚNICA cuestión realmente importante. Así que a poner manos a la obra y utilizar todos los medios a nuestro alcance para asegurarnos la felicidad eterna en el Cielo junto a Dios y a nuestros seres queridos.

Secundar el plan de Dios. 

Todo el pueblo que lo escuchaba, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley, al no hacerse bautizar por él, frustraron el designio de Dios para con ellos. (Lc 7,29-30) 

Dios tiene preparado un lugar en el Cielo para cada uno de nosotros. Dios tiene un plan y nosotros debemos secundar ese plan para alcanzar la Gloria. Este plan lo descubrimos en la oración y también en la oración recibimos fuerzas y gracias para llevarlo a cabo, pues Dios tiene preparadas muchas gracias para nosotros pero Él nos las dará con la condición de que se las pidamos en la oración.

En este pasaje evangélico vemos cómo los fariseos y doctores de la Ley frustraron los planes de Dios sobre ellos. Es decir, se condenaron, pues al no secundar el plan de Dios, cayeron en la Muerte.

Por eso ¡qué importante es que recemos, y que recemos mucho! pues Dios que todo lo sabe, desde toda la eternidad nos ha preparado gracias para ayudarnos a alcanzar el lugar que nos tiene preparado en el Cielo; pero esas gracias nos las concederá siempre y cuando recemos. De lo contrario, esas gracias no las recibiremos y no se realizarán los planes de Dios para nosotros.

¿Qué debemos hacer entonces? Orar, orar y una vez más orar, especialmente con la oración del Santo Rosario, ya que así conoceremos la Voluntad de Dios para nosotros y tendremos fuerzas y ánimo para llevar adelante nuestra santificación.


Obrar por amor a Dios. 

Hay algo fundamental que debemos tener en claro para ser buenos católicos y llegar a ser santos, y es el obrar por amor a Dios.

Todo lo que hacemos cada día debe ser hecho por amor a Dios, y especialmente aquellas cosas que más nos cuestan. Por ejemplo: tengo que tender una cama, pienso que en ella dormirá Jesús, y lo hago por amor a Él; tengo por delante un día de trabajo complicado, lo realizo por amor a Dios diciéndole, por ejemplo: “Señor, este día de trabajo me va a costar mucho sobrellevarlo. Te pido ayuda para que lo pueda hacer todo bien y te lo ofrezco con amor y como reparación por mis pecados y los de todo el mundo”.

En cada acción decir: “Señor, es por tu amor”; “Señor, porque te amo hago esto o aquello”, y cumplir así nuestro deber de todos los días. Por ejemplo: estoy sentado cómodamente y me mandan a hacer algún mandado, al punto me levanto y obedezco por amor a Dios; y así en todas las demás acciones del día. Si hacemos esto estaremos cumpliendo el primer mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y, por ser serviciales y prontos a hacer favores a nuestro prójimo, estaremos también cumpliendo el mandamiento del amor al prójimo como a nosotros mismos. Pero, además, estaremos siguiendo el consejo que nos da el Señor en el Evangelio cuando dice que el que quiera seguirlo que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y le siga. Nosotros con este modo de obrar estaremos renunciando a nosotros mismos como Jesús nos lo pide. Y veremos que durante el día tenemos muchísimas ocasiones para amar a Dios.

Pero también sabemos que nadie puede amar lo que no conoce. Por eso debemos conocer cada vez mejor a Dios a través de la lectura de la Palabra de Dios, en especial del Evangelio, a través de la oración en especial frente al Sagrario, y también leyendo libros piadosos de Santos o de personas inspiradas por el Espíritu Santo, y que la Iglesia reconoce como tales. Así conoceremos más a Dios y lo amaremos cada día más. 

Jesús, María, os amo, salvad las almas.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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