S?bado, 06 de febrero de 2010
PENSAMIENTOS CRISTIANOS - REFLEXIONES DEL SUFRIMIENTO

Aquí aprovecho para mostraros una serie de reflexiones sobre el ofrecimiento del dolor. EL AUTOR DEL BLOG.

Somos débiles

Debemos reconocer que somos débiles, que por nosotros mismos no seríamos capaces de hacer nada bueno. Por eso tenemos que ser humildes y, reconociendo nuestra incapacidad para todo bien, pedir ayuda al Poderoso, ya que Él espera eso de nosotros, que le pidamos Su ayuda.

Los mandamientos no se pueden cumplir sin la ayuda de Dios, porque con nuestra naturaleza caída por el pecado original y los pecados cometidos en nuestra vida, se nos hace imposible el cumplirlos. Entonces es el momento de pedir auxilio a Dios que nos dará la fuerza necesaria para cumplirlos y así vivir en gracia, en amistad con Él.

Tenemos que tratar de huir de las ocasiones próximas de pecado porque como somos muy débiles, podemos caer en cualquier momento. No hay que presumir de las fuerzas, porque como dice la Escritura: “El que ama el peligro, perecerá en él”. Así que mucha prudencia y mucha oración para mantenernos fieles a Dios y, si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal, ir a confesarnos cuanto antes y volver a empezar el camino a la santidad.

 

La intención es lo que vale

No nos engañemos, Dios ve hasta lo más profundo de nuestros pensamientos. A Él no le podemos ocultar nada y, si ante los hombres podemos pasar por hombres y mujeres piadosos, a Dios no le engañamos. Por eso es necesario que rectifiquemos nuestra intención en todas nuestras acciones, es necesario purificar nuestras intenciones cada vez que vamos a obrar algo, para que Dios esté contento con nosotros y nos premie no por el resultado sino por la intención y el esfuerzo que hemos puesto en hacer esas acciones.

Dar un vaso de agua al que tiene sed es una obra de misericordia. Pero si el doctor dice que el enfermo no puede tomar agua y nosotros le llevamos un vaso de agua y se lo damos, sabiendo lo que hacemos de mal, eso se convierte en una obra de odio. Por eso es tan importante la intención con la que se hace una acción. Y si siempre tenemos la intención de amar a Dios y al prójimo, nunca el Señor nos castigará si hacemos algo equivocado, pues Él ve y juzga el corazón del hombre y es Justo en todos sus juicios.

Por eso tratemos de tener las mejores intenciones en todo nuestro obrar, que si después algo sale mal, confiémoslo a la misericordia de Dios y a su Providencia, para que Él arregle lo que hemos hecho mal.

 

Vigilar nuestros sentidos

Si queremos salvarnos y alcanzar el Cielo, debemos vivir en gracia de Dios, en amistad con Él, y lo hacemos cumpliendo los Diez Mandamientos. Ahora bien, para poder cumplir los Diez Mandamientos es necesario saber guardar nuestros sentidos porque éstos nos llevan al pecado, especialmente el sentido de la vista, pues hoy en día se nos bombardea con imágenes indecentes o violentas a través de la televisión, del cine, de Internet. Por eso debemos recordar aquí las palabras de Jesús en su Evangelio, que nos dice que la lámpara del cuerpo es el ojo y que éste debe estar limpio. Claro, porque el pecado entra por los ojos.

Especialmente a los hombres se nos hace más difícil el guardar puras las miradas porque hay una moda muy indecente en las mujeres, moda que disgusta mucho al Señor y hace mucho mal a las almas.

Dice Santa Faustina Kowalska que en el Infierno se castiga al condenado en el mismo sentido con el que pecó. Imaginemos entonces las visiones de horror que habrán de torturar al condenado por haber tenido miradas impuras aquí en la tierra. Así que hagamos un pacto con nuestros ojos y evitemos las miradas peligrosas, y apaguemos el televisor pues allí tenemos que fijar la vista y pasan escenas pornográficas o violentas, y no podemos evitar mirarlas. Recordemos que todo lo que leemos o miramos deja una huella en nuestra alma. No perdamos el Cielo por tan poca cosa.

 

Ángel de la Patria

Dios ha dado uno de sus Ángeles a nuestra Patria y nosotros, los que tratamos de vivir en el bien y cumpliendo los mandamientos de Dios, debemos tratar de ayudar a este ángel con nuestras oraciones y sacrificios. Porque también Satanás ha dado un demonio a nuestra Patria, que tiene la misión de sembrar el odio, la división, la maldad, la desesperación. En cambio el ángel de Dios tiene la misión de sembrar la paz, la unión, el amor, la esperanza, la fe. Es tiempo de que creamos firmemente en que los demonios existen y que nos hacen la guerra sin tregua porque quieren perder al mayor número de almas y llevarlas a su Infierno para vengarse allí de Dios en ellas.

Es necesario que recemos mucho el Santo Rosario para ayudar a nuestro Ángel de la Patria y pedir también por los gobernantes, que muchas veces son enemigos de Dios porque la masa es enemiga de Dios. Es decir que si los ciudadanos cumplieran los mandamientos y fueran fieles a Dios, a los gobernantes no les quedaría otro remedio más que ser también buenos gobernantes. Por eso debemos rezar mucho por la conversión de todos los integrantes de nuestra nación, y rezar también por las otras naciones.

Despertemos del sueño en que estamos inmersos y despabilémonos, tomando las armas de la oración y de la penitencia para vencer a todo el Infierno que quiere llevar al mundo a la perdición. ¡Ave María y adelante!

 

Perseverar en la oración

Jesús, que es Dios, no tenía necesidad de rezar. Pero ¡cuánto rezó! Pasó noches enteras en oración, y se preparó a su misión con cuarenta días de ayuno y oración.

María, que es la Madre de Dios, no tenía necesidad de rezar pues es la Mujer perfecta, sin mancha, la Llena de Gracia. Pero ¡cuánto rezó! Pasó también noches en oración, y toda su vida era oración.

¿Y nosotros? ¿Queremos ser superiores a Jesús y a María? ¿Queremos pasarlo sin rezar o rezando muy poco? Porque nosotros sí somos pobres y necesitamos de la oración continua para merecer gracias y tener voluntad para cumplir los mandamientos. Por eso no nos cansemos de rezar, perseveremos en la oración y veremos sus maravillosos frutos.

Los Santos dicen que “El que reza se salva. El que no reza se condena.” Así que tomemos conciencia de la importancia capital que tiene la oración y recemos todos los días, lo más que podamos, y especialmente el Santo Rosario.

Dios nos tiene destinadas muchas gracias desde toda la eternidad, pero sólo nos las concederá si se las pedimos en la oración, pues esa es la regla misteriosa que Él se ha puesto: Conceder gracias a los que recen pidiéndolas.

 

El sufrimiento es una gran gracia

Dado que el hombre es un ser de naturaleza caída, es decir, creado por Dios en estado de gracia pero venido a menos por el pecado original, como consecuencia de ello el sufrimiento ha entrado en el mundo. Y si miramos la vida del Salvador, que es Dios, que es la Inteligencia y Sabiduría infinitas, podemos comprender el tremendo valor que tiene el sufrimiento para redimir y redimirnos. Si Dios, con todo su saber, no eligió otro camino que el de la humillación y el sufrimiento, es porque éste es un camino regio por el cual debemos pasar si queremos alcanzar la salvación.

En este mundo tendremos que sufrir. Pero hay tres formas de sufrir que se quedaron plasmadas en las tres cruces del monte Calvario. Sufría Jesús, sufría el buen ladrón y sufría el otro ladrón. Jesús sufría como un santo y para salvar a muchos; el buen ladrón sufría como un penitente para salvarse él; pero el otro ladrón sufría inútilmente y para el infierno

Por eso debemos aprovechar el sufrimiento en este mundo para crecer en el amor a Dios y al prójimo, y recordar que en el Purgatorio se sufre mil veces más que en la tierra, por mucho más tiempo y sin mérito para el alma. Así que del sufrimiento no nos podemos escapar y, si no nos animamos a pedirlo como hacían los santos, por lo menos no nos rebelemos y aceptémoslo con resignación cuando nos llegue. Recordemos que más alto se sube al Cielo, cuanto más se ha sufrido en la tierra.

 

El Infierno

Dictado de Jesús a María Valtorta sobre el infierno

15 de enero de 1944.

Dice Jesús:

"Una vez te hice ver al Monstruo de los abismos. Hoy te hablaré de su reino. No puedo tenerte siempre en el paraíso. Recuerda que tú tienes la misión de evocar en los hermanos las verdades que han olvidado demasiado. Pues en este olvido que, en realidad, es desprecio por las verdades eternas, se originan tantos males para los hombres.

Por lo tanto, escribe esta página dolorosa. Luego tendrás consuelo. Es viernes por la noche. Mientras escribes, mira a tu Jesús, que murió en la cruz, entre tormentos tales que pueden compararse a los del infierno, y que quiso esa muerte para salvar a los hombres de la Muerte.

Los hombres de nuestro tiempo ya no creen en la existencia del Infierno. Se han construido un más allá según el propio deseo, de tal modo que sea menos aterrador para su conciencia, merecedora de grandes castigos. Como son discípulos relativamente fieles del Espíritu del Mal, saben que su conciencia retrocedería ante ciertas fechorías, si de verdad creyera en el Infierno tal como lo enseña la Fe; saben que, si cometieran esa fechoría, su conciencia volvería en sí misma y, por el remordimiento, llegaría a arrepentirse, por el miedo llegaría a arrepentirse y, arrepintiéndose, encontraría el camino para volver a Mí.

Su maldad, que les enseña Satanás -del que son siervos o esclavos, según su adhesión a los deseos e instigaciones del Maligno-, no admite estos retrocesos y estos regresos. Por eso, anula la creencia en el Infierno tal como es y construye otro -si es que se decide a hacerlo- que no es más que una pausa para tomar impulso hacia nuevas elevaciones futuras.

E insiste en esta opinión hasta creer sacrílegamente que el mayor pecador de la humanidad puede redimirse y llegar a Mí a través de fases sucesivas. Hablo de Judas, el hijo predilecto de Satanás; el ladrón, tal como está escrito en el Evangelio; el que era concupiscente y ansioso de gloria humana, como Yo le defino; el Iscariote que, por la sed insaciable de la triple concupiscencia, se convirtió en mercante del Hijo de Dios y que me entregó a los verdugos por treinta monedas y la señal de un beso: un valor monetario irrisorio y un valor afectivo infinito.

No; si él fue el sacrílego por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue el injusto por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue quien con desprecio derramó mi Sangre, Yo no lo soy. Perdonar a Judas sería un sacrilegio hacia mi Divinidad, que traicionó; sería una injusticia hacia todos los demás hombres que, en todo caso, son menos culpables que él y que, aún así, son castigados por sus pecados; sería despreciar mi Sangre y sería, en fin, faltar a mis leyes.

Yo, Dios Uno y Trino, he dicho que lo que está destinado al Infierno, quedará en él eternamente, porque de esa muerte no se surge a una nueva resurrección. He dicho que ese fuego es eterno y que acogerá a todos los que cometieron escándalos e iniquidades. Y no creáis que esto dure hasta el momento del fin del mundo. No; al contrario, tras la tremenda reseña, esa morada de llanto y de tormento se hará más despiadada, porque el infernal solaz que aún se concede a sus huéspedes -poder dañar a los vivos y ver precipitar en el abismo a nuevos condenados- ya no será posible y la puerta del abominable reino de Satanás será remachada y clausurada por mis ángeles para siempre, para siempre; será ése un siempre cuyo número de años no tiene número; un siempre tan ilimitado que, si los granillos de arena de todos los océanos de la tierra se convirtieran en años, formarían menos de un día del mismo, de esta inconmensurable eternidad mía, hecha de luz y gloria en las alturas para los benditos; de tinieblas y horror en el abismo para los malditos.

Te he dicho que el Purgatorio es fuego de amor. Y que el Infierno es fuego de rigor.

El Purgatorio es un lugar en el cual expiáis la carencia de amor hacia el Señor Dios vuestro mientras pensáis en Dios, cuya Esencia brilló ante vosotros en el instante del juicio particular y despertó en vosotros un incolmable deseo de poseerla. A través del amor conquistáis el Amor y, por niveles de caridad cada vez más viva, laváis vuestras vestiduras hasta hacerlas cándidas y brillantes para entrar en el reino de la Luz, cuyos fulgores te hice ver días atrás.

El Infierno es un lugar en el cual el pensamiento de Dios, el recuerdo del Dios entrevisto en el juicio particular no es, como para los que están en el Purgatorio, deseo santo, nostalgia dolorida más plena de esperanza, esperanza colma de serena espera, de segura paz, que será perfecta cuando llegue a convertirse en conquista de Dios, pero que ya va dando al espíritu que purga sus faltas una jubilosa actividad purgativa porque cada pena, cada instante de pena, le acerca a Dios, su único amor. En cambio, en el Infierno, el recuerdo de Dios es remordimiento, es resquemor, es tormento, es odio; odio hacia Satanás, odio hacia los hombres, odio hacia sí mismos.

Tras haber adorado en la vida a Satanás en vez que a Mí, ahora que le poseen y ven su verdadero aspecto, que ya no se oculta bajo la hechicera sonrisa de la carne, bajo el brillante refulgir del oro, bajo el poderoso signo de la supremacía, ahora le odian porque es la causa de su tormento.

Tras haber adorado a los hombres -olvidando su dignidad de hijos de Dios- hasta llegar a ser asesinos, ladrones, estafadores, mercantes de inmundicias por ellos, ahora que se encuentran con esos patrones por los que mataron, robaron, estafaron, vendieron el propio honor y el honor de tantas criaturas infelices, débiles, indefensas -que convirtieron en instrumento de la lujuria, un vicio que las bestias no conocen, pues es atributo del hombre envenenado por Satanás-, ahora, les odian porque son la causa de su tormento.

Tras haber adorado a sí mismos otorgando todas las satisfacciones a la carne, a la sangre, a los siete apetitos de su carne y de su sangre y haber pisoteado la Ley de Dios y la ley de la moralidad, ahora se odian porque ven que son la causa de su tormento.

La palabra "Odio" tapiza ese reino inconmensurable; ruge en esas llamas; brama en las risotadas de los demonios; solloza y aúlla en los lamentos de los condenados; suena, suena y suena como una eterna campana que toca a rebato; retumba como un eterno cuerno pregonero de muerte; colma todos los recovecos de esa cárcel; es, por sí misma, tormento porque cada sonido suyo renueva el recuerdo del Amor perdido para siempre, el remordimiento de haber querido perderlo, la desazón de no poder volver a verlo jamás.

Entre esas llamas, el alma muerta, a igual que los cuerpos arrojados a la hoguera o en un horno crematorio, se retuerce y grita como si la animara de nuevo una energía vital y se despierta para comprender su error, y muere y renace a cada instante en medio de atroces sufrimientos, porque el remordimiento la mata con una maldición y la muerte la vuelve a la vida para padecer un nuevo tormento. El delito de haber traicionado a Dios en el tiempo terrenal está integralmente frente al alma en la eternidad; el error de haber rechazado a Dios en el tiempo terrenal está presente integralmente para atormentarla, en la eternidad.

En el fuego, las llamas simulan los espectros de lo que adoraron en la vida terrena, por medio de candentes pinceladas las pasiones se presentan con las más apetitosas apariencias y vociferan, vociferan su memento: "Quisiste el fuego de las pasiones. Experimenta ahora el fuego encendido por Dios, cuyo santo Fuego escarneciste".

A fuego corresponde fuego. En el Paraíso es fuego de amor perfecto. En el Purgatorio es fuego de amor purificador. En el Infierno es fuego de amor ultrajado. Dado que los electos amaron a la perfección, el Amor se da a ellos en su Perfección. dado que los que están en el Purgatorio amaron débilmente, el Amor se hace llama para llevarles a la Perfección. Dado que los malditos ardieron en todos los fuegos menos que en el Fuego de Dios, el Fuego de la ira de Dios les abrasa por la eternidad. Y en ese fuego hay hielo.

¡Oh, no podéis imaginar lo que es el Infierno! Tomad fuego, llamas, hielo, aguas desbordantes, hambre, sueño, sed, heridas, enfermedades, plagas, muerte, es decir, todo lo que atormenta al hombre en la tierra, haced una única suma y multiplicadla millones de veces. Tendréis sólo una sombra de esa tremenda verdad.

Al calor abrasador se mezcla el hielo sideral. Los condenados ardieron en todos los fuegos humanos y tuvieron únicamente hielo espiritual para con el Señor su Dios. Y el hielo les espera para congelarles una vez que el fuego les haya sazonado como a los pescados puestos a asar en la brasa. Este pasar del ardor que derrite al hielo que condensa es un tormento en el tormento.

¡Oh, no es un lenguaje metafórico, pues Dios puede hacer que las almas, ya bajo el peso de las culpas cometidas, tengan una sensibilidad igual a la de la carne, aún antes de que vuelvan a vestir dicha carne! Vosotros no sabéis y no creéis. Mas en verdad os digo que os convendría más soportar todos los tormentos de mis mártires que una hora de esas torturas infernales.

El tercer tormento será la oscuridad, la oscuridad material y la oscuridad espiritual. ¡Será permanecer para siempre en las tinieblas tras haber visto la luz del paraíso y ser abrazado por la Tiniebla tras haber visto la Luz que es Dios! ¡Será debatirse en ese horror tenebroso en el que solamente se ilumina, por el reflejo del espíritu abrasado, el nombre del pecado que les ha clavado en dicho horror! Será encontrar apoyo, en medio de ese revuelo de espíritus que se odian y se dañan recíprocamente, sólo en la desesperación que les enloquece y cada vez más les hace malditos. Será nutrirse de esa desesperación, apoyarse en ella, matarse con ella. Está dicho: La muerte nutrirá a la muerte. La desesperación es muerte y nutrirá a estos muertos eternamente.

Y os digo que, a pesar de que Yo creé ese lugar, cuando descendí a él para sacar del Limbo a los que esperaban mi venida, sentí horror de ese horror. Lo sentí Yo mismo, Dios; y si no hubiera sido porque lo que ha hecho Dios es inmutable por ser perfecto, habría intentado hacerlo menos atroz, porque Yo soy el Amor y ese lugar horroroso produjo dolor en Mí.

¡Y vosotros queréis ir allí!

¡Oh hijos, reflexionad sobre esto que os digo! A los enfermos se les da una amarga medicina; a los cancerosos se les cauteriza y cercena el mal. Ésta es para vosotros, enfermos y cancerosos, medicina y cauterio de cirujano. No la rechacéis. Usadla para sanaros. La vida no dura estos pocos días terrenos. La vida comienza cuando os parece que termina, y ya no acaba más.

Haced que para vosotros la vida se deslice donde la luz y el júbilo de Dios embellecen la eternidad y no donde Satanás es el eterno Torturador".

 

Nuestro poco

Tal vez no tengamos grandes e importantes cosas que ofrecerle a Dios, pero en el Evangelio tenemos un ejemplo que nos da ánimos ante el Señor, y es el de la viuda que puso unas pocas moneditas en el arca del Tesoro. Y Jesús dijo que, si bien los ricos habían puesto muchísimo dinero, nadie había puesto más que esta viudita.

Entonces también nosotros echemos en el Corazón de Jesús todo nuestro haber, todo lo que somos, no importa que seamos pobres, desconocidos, sin grandes cualidades; lo importante es que lo demos todo aunque sea muy poquito, y entonces el Señor hará grandes cosas con nuestro poco. Pues Él es el Grande y puede engrandecer a los más pequeños cuando quiere y cuanto quiere. Ya la Virgen cantó en su Magníficat que el Señor eleva a los humildes y colmó de bienes a los hambrientos. Así que no nos desilusionemos de ser poca cosa, al contrario, de esa forma tendremos más lugar para que el Señor vuelque en nosotros todos sus maravillosos dones.

Recordemos que el Señor tiene predilección por los pobres, por los débiles, por los sencillos; así que estemos contentos si tenemos como si no tenemos, y más si no tenemos, pues así Dios nos colmará sobreabundantemente.

 

Vivir haciendo el bien

Se decía de Jesús que “pasó haciendo el bien”. Y lo mismo se debería decir de nosotros en el momento de nuestra muerte. A esto nos debemos abocar, a hacer el bien a todos, a cumplir los Diez Mandamientos y a hacer obras de misericordia, pues en esto consiste el hacer el bien.

Mientras vivimos en este mundo, vamos escribiendo el libro de nuestra vida. Ojalá que en cada página haya siempre un adorno de bondad que hemos realizado por Dios y por nuestros prójimos. No malgastemos el tiempo inútilmente. Para los mundanos hay un dicho que dice “El tiempo es oro”; en cambio, para los cristianos se cambia en el siguiente: “El tiempo es gloria”. Y claro, porque cada momento que pasamos haciendo la voluntad de Dios, ganamos méritos para el Cielo y un aumento de gloria eterna.

Esta vida que tenemos en la tierra es única. No volveremos a vivir más. La Reencarnación es un grave error que Satanás nos propone para hacernos olvidar que solo tenemos esta vida y al final de ella, llega la muerte y el juicio, y allí se decide nuestro destino eterno: Cielo o Infierno. Por eso aprovechemos este tiempo de misericordia que tenemos a nuestra disposición para hacer el bien.

 

La desconfianza en Dios

La desconfianza es el pecado que más le duele a Dios. Y especialmente le duele cuando el alma que desconfía de Él es un alma elegida. Por eso debemos tratar de no herir el Corazón de Jesús con este feo pecado y confiar siempre en la Bondad de Dios.

A veces nos suceden cosas realmente graves y que en el momento no entendemos y hasta podemos pensar que Dios nos castigó. Pero si dejamos pasar el tiempo, veremos que eso que sucedió sirvió para el bien y nos hizo acercarnos más a Dios y a amar más al prójimo.

Tenemos que estar convencidos de que Dios todo lo que quiere o permite es para nuestro bien, porque todo sucede para el bien de los que aman a Dios, como dice la Escritura. A nosotros nos corresponde solo una cosa que es rezar, y rezar mucho para que los planes de Dios se cumplan en nosotros y que nosotros tengamos fuerzas suficientes para enfrentar los dolores que puedan acontecer en nuestra vida. Y especialmente debemos rezar el Santo Rosario, pues hay una promesa de la Virgen que el que lo reza frecuentemente no será vencido por la mala fortuna, es decir que saldrá victorioso de todas las pruebas que el demonio le ponga en el camino, con la permisión de Dios.

Entonces confiemos en la Bondad de Dios, y estemos seguros que Él nos cuida como una Madre cariñosísima y si a veces nos da un remedio amargo, siempre es por amor y para nuestro bien.

 

Pecador, no tengas miedo de Dios

Ya Adán y Eva, después del pecado tuvieron miedo de Dios y se escondieron. Y cuando nosotros pecamos también tenemos este instinto que nos hace alejarnos de Dios, en lugar de hacer lo contrario que es acercarnos a Él para que nos cure, pues Él es el único que puede remediar la situación triste en que hemos caído. Y esto es obra del demonio: primero nos seduce con la tentación y, cuando logra hacernos caer, nos trata de hacer creer que no seremos perdonados por Dios y así quiere llevarnos a la desesperación y al desánimo. Pero es el momento de que reaccionemos y, como el hijo pródigo nos levantemos de nuestra miseria y volvamos al Padre misericordioso que nos espera con los brazos abiertos para colmarnos de dones. Y esto lo hacemos a través de una sincera confesión sacramental con un sacerdote, que en nombre de Cristo nos devuelve la gracia que habíamos perdido y, salimos del confesionario completamente felices y libres otra vez y en amistad con el Señor.

Aprovechemos este tiempo de vida que tenemos para hacer frecuentes confesiones. No dejemos pasar más de un mes sin confesarnos. No importa que no tengamos pecado grave, gracias a Dios que no los tenemos, pero igual vayamos a confesarnos porque en la confesión se reciben muchas gracias y un aumento de fuerzas para no caer. Es el Sacramento de la Misericordia de Dios que debemos aprovechar mientras vivimos.

Entonces, si tenemos la desgracia de pecar, no tengamos miedo de Dios y vayamos humillados y arrepentidos a decirle: “Señor, mira, otra vez lo hice mal, te he ofendido, ten compasión de mí que propongo no volver a ofenderte”. Y el Señor, que ama mucho la humildad, nos colocará en un lugar mayor al que estábamos antes del pecado.

 

La paz viene de Dios

La paz viene de Dios. La inquietud viene de Satanás. Por eso debemos estar prevenidos y darnos cuenta de que cuando estamos perturbados o con cierta inquietud, el enemigo del alma está merodeando cerca. En cambio Dios nos infunde paz en el alma y cuando estamos en paz es señal de que Dios está moviendo al alma.

El mundo cada vez más está perdiendo la paz porque está perdiendo a Dios. Ya no se cumplen los Diez Mandamientos y el alma vive en pecado, entonces Dios no puede habitar en ella con su paz y así entra la inquietud en el alma y la desesperación. La solución está en volver a Dios con una sincera confesión y recurrir a la oración constante, especialmente la oración del Santo Rosario, que trae mucha paz al alma, a las familias, a la patria y al mundo.

También para tener paz debemos saber perdonar de corazón a todos los que creemos nos han ofendido, pues el resentimiento y el rencor no nos dejan vivir en paz. Echemos todo en el Corazón ardiente de Jesús y veremos florecer la paz en nosotros y a nuestro alrededor.

También para guardar la paz debemos guardar los sentidos. Mirar lo menos posible televisión, pues en los noticieros, por ejemplo, de pasan noticias mezcladas, una detrás de la otra y que no tienen nada que ver entre sí, y con ello nos desordenan nuestro interior. También debemos escuchar menos radio y dedicar más tiempo a la oración, pues esta vida que tenemos hay que aprovecharla para alcanzar el Cielo y evitar el Infierno.

 

La importancia de la reparación

¡Qué importante es hacer reparación a Dios por todos los pecados cometidos por los hombres! El Corazón de Dios está muy dolorido por todas las ingratitudes humanas. Entonces es el momento de hacer reparación por todo ello con nuestro amor, oración y penitencia.

La humanidad peca cada día más y la balanza de la Justicia divina se va inclinando hacia los castigos que merece. Es por eso que nosotros, los que tratamos de ser fieles a Dios y cumplimos sus Mandamientos, debemos ofrecer reparación para equilibrar, al menos en parte, dicha balanza, para evitar la catástrofe de los castigos sobre esta pobre humanidad, o al menos atenuarlos o aplazarlos para más adelante.

Démosle amor al Señor, pues con un poco de amor que le damos a Jesús, Él perdona mucho, pues como se dice en el Evangelio: Dios perdona mucho a quien mucho ama; y si lo amamos mucho, el Señor nos perdonará todo a nosotros y a nuestros hermanos.

No ofendamos más al Señor que ya está muy ofendido, y así como reparamos las ofensas hechas a Dios, reparemos también con mucho amor las ofensas cometidas contra María, nuestra Madre amadísima.

 

Solo Dios basta

No hay satisfacción fuera de Dios, y el que cree estar satisfecho sin tener a Dios en el alma, está engañado y en algún momento comprobará lo equivocado de su razonamiento, pues Dios nos ha creado para Él y solo seremos felices cuando lo tengamos a Él completamente para nosotros. Pero ya en este mundo somos felices cuando tenemos a Dios en el alma, cuando vivimos en gracia de Dios, en amistad con Él, cumpliendo los Diez Mandamientos. Y los que viven en pecado y se divierten y dicen que son felices, en realidad son los más pobres del mundo, pues no tienen a Dios que es la única Riqueza del hombre.

Por eso tratemos de agradar siempre al Señor para que Él habite en nuestro corazón y nos consuele en este mundo en que tenemos que sufrir y que es como una sala de espera para entrar a la Vida verdadera del Cielo. Este tiempo sobre la tierra es tiempo de prueba y por ello no debemos anclarnos aquí sino caminar con los pies sobre la tierra pero el corazón puesto en el Cielo que nos espera.

Si perdemos algo de valor, enseguida revolvemos cielo y tierra para encontrarlo. Y si perdemos la gracia de Dios con el pecado grave, ni nos damos cuenta y seguimos así, como cadáveres ambulantes por meses y años. No, no debe ser así, debemos poner a Dios en primer lugar y tratar de vivir siempre cumpliendo su Voluntad, es decir sus Mandamientos, y así ya gozaremos del Cielo anticipado en la tierra, porque tendremos a Dios, el Bien infinito, en nuestra alma.

 

Rezar por los sacerdotes

Es obligación de todos los católicos rezar por los sacerdotes, pues ellos son muy tentados por Satanás que sabe que si hace caer a un sacerdote, logra arrastrar a muchas almas a la perdición.

El sacerdote en estos tiempos está muy tentado, pues el Infierno y el mundo pagano en que vivimos lo seducen y le hacen perder de vista su misión tan importante. Muchos han dejado de rezar, y sabemos que la oración es el alimento del alma, y si un alma no se alimenta muere. Pero si ellos ya no rezan, debemos rezar mucho nosotros para sostenerlos y salvarlos de esta avalancha provocada por Satanás y los hombres perversos unidos al demonio.

Por ellos recibimos los sacramentos y hemos sido bautizados. Ellos nos han dado la vida sobrenatural y nos la aumentan con los medios de misericordia que el Señor ha puesto en sus manos.

No los juzguemos nunca y respetémoslos siempre, pues no nos corresponde a nosotros el juzgarnos, sino que nuestra obligación es rezar mucho por ellos y ofrecer los pequeños o grandes sufrimientos que tengamos, para arrebatarlos de las manos del Maligno, que a muchos los tiene como hipnotizados.

 

Devoción a María

Nosotros los católicos debemos tener una grandísima devoción a la Santísima Virgen, pues Ella es nuestra Madre y todas las gracias y dones que nos da Dios nos vienen a través de Ella. El demonio le tiene terror porque María le aplastó la cabeza y lo volverá a hacer en estos últimos tiempos que estamos viviendo, en que el ateísmo domina el mundo. Pero María, invocada y amada por nosotros, volverá a aplastar la cabeza de la Serpiente infernal y, aunque momentáneamente parece que el mal es el que triunfa, en realidad el triunfo será solo de María y Jesús.

Tengamos un tierno amor a la Virgen y ojalá decidamos consagrarnos a Ella, pues así seremos especialmente custodiados y defendidos por María, que es muy celosa de las almas que se confían a Ella.

Para tener una buena muerte y ver su rostro en ese último momento de nuestras vidas, es necesario que le recemos frecuentemente y la tengamos por Madre cariñosa que nos cuida constantemente y vela por nosotros.

Recordemos la letra de una nación mariana y hagámosla vida en nosotros. Dice así: “La Virgen María es nuestra protectora, nuestra defensora, no hay nada que temer. Vence al demonio, al mundo y a la carne. Guerra, guerra, guerra contra Lucifer”.

 

La pureza

En este mundo corrompido ya no se habla de la pureza sino para burlarse. Sin embargo Jesús nos dejó una bienaventuranza para los puros: “Felices los puros de corazón porque ellos verán a Dios”. Y nosotros debemos tratar de ser puros de cuerpo, alma y mente, y pedirle a la Santísima Virgen que nos ayude a guardar la pureza de pensamientos, palabras y obras, porque Ella es la Virgen Purísima que si la invocamos vendrá en nuestra ayuda y el demonio de la lujuria huirá de nosotros.

Dios quiere que seamos como niños, y los niños son puros y buenos, aunque en este mundo moderno se trata de corromper a los niños desde la más tierna edad, porque Satanás odia a los niños porque son los más amados de Dios. Además, los medios de comunicación, especialmente la televisión, exaltan la impureza y la proponen como un valor y un bien; ya no se considera pecado y así muchas almas viven habitualmente en pecado mortal y ya no se confiesan, y por ello se han esclavas del demonio que puede actuar en sus vidas y llevarlas al más profundo de los abismos.

La moda también es muy provocativa y desagrada mucho al Corazón de Jesús, por eso las mujeres deben vestirse decentemente para que Jesús esté contento de ellas y no sean motivo de escándalo para los hombres. No hay que dejarse llevar por lo que hace la mayoría, pues recordemos que el camino que lleva a la salvación es estrecho y la puerta angosta; en cambio el camino que lleva a la perdición es amplio y muchos son los que van por él.

 

Es difícil sufrir

Es difícil sufrir, el hombre lo encuentra difícil. Pero debemos saber que el sufrimiento es necesario desde que el pecado entró en el mundo y, si Cristo mismo lo tomó sobre sí y sufrió lo indecible para abrirnos el Cielo, es señal de que ese es el único camino para salvarnos.

Si no queremos sufrir en la tierra, deberemos sufrir por mucho más tiempo y más cruelmente en el Purgatorio. Y si no queremos sufrir en este mundo para privarnos de cometer un pecado o satisfacer una pasión, deberemos sufrir eternamente en el Infierno. ¿Y cómo soportar los castigos tremendos del Infierno si en este mundo no podemos ni siquiera aguantar un fuerte dolor de muelas que dura unas horas? No pensamos que con nuestro pecar nos sometemos al Maligno y tenemos como herencia el Infierno tan terrible. Pensemos en todo esto y tratemos de no pecar. Y si nos viene algún sufrimiento, tomémoslo con resignación sabiendo que es para descontarnos sufrimientos futuros en el Purgatorio. 

¿Qué es preferible: sufrir unos meses o años en la tierra, o siglos y siglos en el Purgatorio? Por eso bendigamos el sufrimiento, y tratemos de resignarnos a él, pues antes o después tenemos que sufrir por nuestros pecados, y es preferible sufrir en este mundo que en el otro.

 

Seremos juzgados

A veces vivimos en este mundo como si nunca fuéramos a morir. Pero no hay una verdad tan segura en nuestra vida como ésta de que algún día moriremos. Y después de la muerte, inmediatamente después, vendrá el juicio particular; es decir, nos presentaremos ante Jesús y veremos toda nuestra vida y el estado de nuestra alma y, allí mismo se dará la sentencia eterna e irrevocable de salvación o de condenación.

Toda la vida deberíamos tener presente este momento.

Dice la Escritura: “Acuérdate de tus postrimerías y jamás pecarás”. Y es cierto, si recordáramos siempre que vamos a morir y que seremos juzgados por Dios, difícilmente pecaríamos.

Hay gente que piensa que Dios estará apurado y que nos hará pasar enseguida y pasará por alto las pequeñeces. Esto no es así, Dios juzgará hasta las últimas consecuencias TODO, absolutamente todo. ¿Pero entonces hay que estar asustados y vivir amedrentados? No. Hay que hacer todo con amor, pues las acciones hechas con amor nunca estarán mal del todo y Dios tendrá mucha compasión de ellas. Entonces a no tener miedo, pero a ser prevenidos y a hacer todo por amor a Dios y al prójimo para que en nuestro juicio particular y en el Juicio Final, Jesús nos diga: “Venid benditos de mi Padre. Porque tuve hambre y me disteis de comer, etc.”

 

Todo ocurre para el bien de los que aman a Dios

Todo en el mundo ocurre para el bien de los que aman a Dios, porque Dios quiere la salvación de sus hijos y todo lo que quiere o permite tiene como fin el darnos un empuje para ascender en la vida espiritual y alcanzar el puesto al que estamos destinados en el Cielo. Pensemos en los mártires, que veían en sus verdugos el instrumento que les hacía ganar el Cielo, y los amaban y rezaban por ellos; o en las fieras que también eran el medio para que muriendo, entraran al Paraíso. Por eso no tengamos miedo, que si rezamos mucho y tenemos confianza en Dios, todo lo que nos suceda será para bien nuestro. No perdamos la fe. Hagamos caso a la frase que decía el Padre Pío de Pietralcina: “Reza, ten fe y no te preocupes”. Incluso nuestros enemigos, cuando nos ataquen, lo único que conseguirán es hacernos subir más alto y más rápidamente al lugar de la gloria que Dios nos tiene preparado.

Aunque nos suceda algo realmente malo, o causado por las fuerzas del mal, confiemos en que Dios puede cambiarlo en bien para nosotros y si confiamos en Él veremos con el tiempo que eso que sucedió nos hizo avanzar en la vida espiritual. A Dios lo desarma el amor, por eso demostrémosle mucho amor al Señor y obtendremos TODO  de Él, pues lo que Dios quiere es que le amemos con todo nuestro ser, que nos volvamos locos de amor por Él, que se lo merece.

Dios dirige los destinos del mundo y, si bien Satanás es el príncipe de este mundo, ya fue vencido en la Cruz por Cristo y solo puede hacer lo que Dios le permite y nada más. Así que recemos mucho, pues Dios nos da sus gracias a través de nuestra oración. Y necesitamos orar mucho para poder pasar las pruebas que tengamos, pues algunas son muy duras y solos jamás las podríamos superar, pero con Dios las pasaremos victoriosos, y para tener Su ayuda hay que rezar mucho.

 

Dios es siempre Padre

Dios es siempre Padre aunque somete a pruebas. Por eso no debemos tener nunca miedo de Dios, sino abandonarnos confiadamente a Él, pues ningún daño nos vendrá de Él, porque sabe llevar la prueba hasta la medida en que el alma la puede soportar y nunca la prueba será mayor que las fuerzas del alma. Si a Jesús mismo, por intercesión de la Virgen, Dios Padre le dio un ángel de consuelo en los terribles momentos del Getsemaní; pensemos que lo mismo hará con nosotros que somos infinitamente menos fuertes que su Hijo y necesitamos la ayuda divina para poder salir victoriosos de la tentación.

El hombre suele ser irreflexivo. Entonces Dios lo hace pasar pro distintas pruebas para que se vuelva reflexivo y misericordioso, pues de esta manera comprueba lo débil que es por sí mismo y que necesita la ayuda de Dios para todo. Así se hace misericordioso y caritativo con los demás y obtiene la ciencia de comprender las miserias ajenas y a no escandalizarse por nada y ser compasivo con quien cae o está en necesidad. ¡Y qué importante es tener un corazón misericordioso, pues eso es lo que quiere Dios de nosotros! De la misma manera procedió con los Apóstoles, permitió que lo abandonaran y huyeran y luego se les apareció en último lugar, para que, siendo humildes, aprendieran a compadecer las debilidades de los hermanos.

Entonces no tengamos miedo de las pruebas y reposemos confiados en los brazos de Dios y oremos incesantemente para que podamos responder al Señor como Él lo espera de nosotros.

 

Alimento espiritual

Todos nosotros debemos tener la santa costumbre de hacer diariamente la lectura espiritual. Tomar el Santo Evangelio o las Sagradas Escrituras o algún libro de Santo y leer y meditar las grandes verdades de nuestra fe, porque nuestra alma necesita alimentarse, así como el cuerpo lo hace con alimentos, así nuestra alma lo debe hacer con las buenas lecturas.

No perdamos tiempo frente al televisor o leyendo cosas triviales, sino aprovechemos el tiempo para formarnos en la vida espiritual, y conformemos nuestras vidas a lo que leemos, y así seremos felices en este mundo y, sobre todo, seremos felices para siempre en el mundo futuro que es lo que más importa.

En estos tiempos se nos bombardea con imágenes y palabras y sonidos y ruidos y noticias que, lo único que hacen es disiparnos y desinformarnos, y entre esas noticias no se habla de la salvación eterna que es lo más importante en la vida. Vivimos una sola vez y cuando llega la muerte somos juzgados por Dios e inmediatamente vamos al Cielo o al Infierno, o si estamos manchados primero pasamos por el Purgatorio. Y entonces, siendo esto así, ¿por qué perdemos el tiempo tan inútilmente como si lo tuviéramos a nuestra disposición? No somos eternos en este mundo. La eternidad está en el otro mundo y allí nos tocará el destino según haya sido nuestro obrar aquí en la tierra. Y para obrar bien debemos conocer bien. Por eso hagamos buena lectura espiritual en buenos libros libres de errores.

 

Santa Comunión

La Eucaristía es el Pan de los fuertes. En ella encontramos todo lo necesario para poder seguir en el combate de esta vida. Nunca debemos dejar la comunión a menos que estemos completamente seguros de que estamos en pecado grave. Pero si estamos dudosos tenemos que seguir comulgando, pues el demonio hará todo lo posible por alejarnos de la Eucaristía, porque sabe que si seguimos fieles a la Comunión estaremos perdidos para él.

Hagamos el propósito de comulgar todos los días que podamos, si es posible diariamente, porque allí está toda nuestra fuerza y salvación y, si dejamos de comulgar tarde o temprano entrará la tibieza en nosotros y despaciosamente nos iremos precipitando en el pecado. No dejemos la Comunión por ligereza o descuido, ya que en ella está el mismo Cristo que se nos da en alimento y con Él vienen todos los dones y gracias para el alma.

Cuando comemos un alimento común, nuestro cuerpo asimila el alimento y transformamos ese alimento en nuestro propio cuerpo, es decir, lo transformamos en carne y sangre. Pero cuando comulgamos sucede al revés, pues en lugar de nosotros asimilar a Cristo, es Cristo el que nos transforma y asimila a Él, y así nos vamos cristificando cada vez más, hasta que al final llegamos a ser otros Cristos.

La Eucaristía es el Corazón de Jesús, y con esto ya está todo dicho.

 

Añoranza de Dios

El mayor tormento de las almas que están detenidas en el Purgatorio es la añoranza de Dios.

Sí, en el juicio particular que han tenido, se encontraron con Dios y han visto su Belleza, Bondad y Amor infinito y han quedado perdidamente enamoradas de Él; pero se dan cuenta de que están sucias y no pueden fundirse a su Amor y deben ir a purificarse, deben separarse de Él, y tal vez por siglos y siglos. ¡Que terrible!

Ahora pensemos cuando alguien ama de verdad, cuánto deseo tiene de estar con el ser amado. Cuando más grande es el amor, tanto más es el deseo de fundirse con el otro. Y entonces aquí nos podemos hacer una idea del horror que deben sufrir estas almas en el Purgatorio al no poderse unir a su Amor, a Dios. Entonces estas almas penan de amor. Y todo el que ha estado enamorado y por un motivo u otro no puede unirse a su amante, llega hasta volverse loco o por lo menos sufre muchísimo. Por eso tengamos mucha compasión de estas almas que están purgando sus faltas y tratemos de aliviarlas con nuestras oraciones y actos de amor a Dios, y ofrezcamos misas por ellas para que, cuanto antes, puedan ir a gozar para siempre de su Amor, y así aliviaremos también a Dios que las quiere unidas a Él con lazo indisoluble. Será una gran caridad.

Fdo. Cristobal Aguilar.



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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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