Viernes, 05 de febrero de 2010
REFLEXIONES CRISTIANAS

Os traigo de nuevo una serie de reflexiones sobre la vida y el deber del cristiano. EL AUTOR DEL BLOG

El sufrimiento es una gran gracia

Dado que el hombre es un ser de naturaleza caída, es decir, creado por Dios en estado de gracia pero venido a menos por el pecado original, como consecuencia de ello el sufrimiento ha entrado en el mundo. Y si miramos la vida del Salvador, que es Dios, que es la Inteligencia y Sabiduría infinitas, podemos comprender el tremendo valor que tiene el sufrimiento para redimir y redimirnos. Si Dios, con todo su saber, no eligió otro camino que el de la humillación y el sufrimiento, es porque éste es un camino regio por el cual debemos pasar si queremos alcanzar la salvación.

En este mundo tendremos que sufrir. Pero hay tres formas de sufrir que se quedaron plasmadas en las tres cruces del monte Calvario. Sufría Jesús, sufría el buen ladrón y sufría el otro ladrón. Jesús sufría como un santo y para salvar a muchos; el buen ladrón sufría como un penitente para salvarse él; pero el otro ladrón sufría inútilmente y para el infierno

Por eso debemos aprovechar el sufrimiento en este mundo para crecer en el amor a Dios y al prójimo, y recordar que en el Purgatorio se sufre mil veces más que en la tierra, por mucho más tiempo y sin mérito para el alma. Así que del sufrimiento no nos podemos escapar y, si no nos animamos a pedirlo como hacían los santos, por lo menos no nos rebelemos y aceptémoslo con resignación cuando nos llegue. Recordemos que más alto se sube al Cielo, cuanto más se ha sufrido en la tierra.

 

El Infierno

Dictado de Jesús a María Valtorta sobre el infierno

15 de enero de 1944.

Dice Jesús:

"Una vez te hice ver al Monstruo de los abismos. Hoy te hablaré de su reino. No puedo tenerte siempre en el paraíso. Recuerda que tú tienes la misión de evocar en los hermanos las verdades que han olvidado demasiado. Pues en este olvido que, en realidad, es desprecio por las verdades eternas, se originan tantos males para los hombres.

Por lo tanto, escribe esta página dolorosa. Luego tendrás consuelo. Es viernes por la noche. Mientras escribes, mira a tu Jesús, que murió en la cruz, entre tormentos tales que pueden compararse a los del infierno, y que quiso esa muerte para salvar a los hombres de la Muerte.

Los hombres de nuestro tiempo ya no creen en la existencia del Infierno. Se han construido un más allá según el propio deseo, de tal modo que sea menos aterrador para su conciencia, merecedora de grandes castigos. Como son discípulos relativamente fieles del Espíritu del Mal, saben que su conciencia retrocedería ante ciertas fechorías, si de verdad creyera en el Infierno tal como lo enseña la Fe; saben que, si cometieran esa fechoría, su conciencia volvería en sí misma y, por el remordimiento, llegaría a arrepentirse, por el miedo llegaría a arrepentirse y, arrepintiéndose, encontraría el camino para volver a Mí.

Su maldad, que les enseña Satanás -del que son siervos o esclavos, según su adhesión a los deseos e instigaciones del Maligno-, no admite estos retrocesos y estos regresos. Por eso, anula la creencia en el Infierno tal como es y construye otro -si es que se decide a hacerlo- que no es más que una pausa para tomar impulso hacia nuevas elevaciones futuras.

E insiste en esta opinión hasta creer sacrílegamente que el mayor pecador de la humanidad puede redimirse y llegar a Mí a través de fases sucesivas. Hablo de Judas, el hijo predilecto de Satanás; el ladrón, tal como está escrito en el Evangelio; el que era concupiscente y ansioso de gloria humana, como Yo le defino; el Iscariote que, por la sed insaciable de la triple concupiscencia, se convirtió en mercante del Hijo de Dios y que me entregó a los verdugos por treinta monedas y la señal de un beso: un valor monetario irrisorio y un valor afectivo infinito.

No; si él fue el sacrílego por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue el injusto por excelencia, Yo no lo soy. Si él fue quien con desprecio derramó mi Sangre, Yo no lo soy. Perdonar a Judas sería un sacrilegio hacia mi Divinidad, que traicionó; sería una injusticia hacia todos los demás hombres que, en todo caso, son menos culpables que él y que, aún así, son castigados por sus pecados; sería despreciar mi Sangre y sería, en fin, faltar a mis leyes.

Yo, Dios Uno y Trino, he dicho que lo que está destinado al Infierno, quedará en él eternamente, porque de esa muerte no se surge a una nueva resurrección. He dicho que ese fuego es eterno y que acogerá a todos los que cometieron escándalos e iniquidades. Y no creáis que esto dure hasta el momento del fin del mundo. No; al contrario, tras la tremenda reseña, esa morada de llanto y de tormento se hará más despiadada, porque el infernal solaz que aún se concede a sus huéspedes -poder dañar a los vivos y ver precipitar en el abismo a nuevos condenados- ya no será posible y la puerta del abominable reino de Satanás será remachada y clausurada por mis ángeles para siempre, para siempre; será ése un siempre cuyo número de años no tiene número; un siempre tan ilimitado que, si los granillos de arena de todos los océanos de la tierra se convirtieran en años, formarían menos de un día del mismo, de esta inconmensurable eternidad mía, hecha de luz y gloria en las alturas para los benditos; de tinieblas y horror en el abismo para los malditos.

Te he dicho que el Purgatorio es fuego de amor. Y que el Infierno es fuego de rigor.

El Purgatorio es un lugar en el cual expiáis la carencia de amor hacia el Señor Dios vuestro mientras pensáis en Dios, cuya Esencia brilló ante vosotros en el instante del juicio particular y despertó en vosotros un incolmable deseo de poseerla. A través del amor conquistáis el Amor y, por niveles de caridad cada vez más viva, laváis vuestras vestiduras hasta hacerlas cándidas y brillantes para entrar en el reino de la Luz, cuyos fulgores te hice ver días atrás.

El Infierno es un lugar en el cual el pensamiento de Dios, el recuerdo del Dios entrevisto en el juicio particular no es, como para los que están en el Purgatorio, deseo santo, nostalgia dolorida más plena de esperanza, esperanza colma de serena espera, de segura paz, que será perfecta cuando llegue a convertirse en conquista de Dios, pero que ya va dando al espíritu que purga sus faltas una jubilosa actividad purgativa porque cada pena, cada instante de pena, le acerca a Dios, su único amor. En cambio, en el Infierno, el recuerdo de Dios es remordimiento, es resquemor, es tormento, es odio; odio hacia Satanás, odio hacia los hombres, odio hacia sí mismos.

Tras haber adorado en la vida a Satanás en vez que a Mí, ahora que le poseen y ven su verdadero aspecto, que ya no se oculta bajo la hechicera sonrisa de la carne, bajo el brillante refulgir del oro, bajo el poderoso signo de la supremacía, ahora le odian porque es la causa de su tormento.

Tras haber adorado a los hombres -olvidando su dignidad de hijos de Dios- hasta llegar a ser asesinos, ladrones, estafadores, mercantes de inmundicias por ellos, ahora que se encuentran con esos patrones por los que mataron, robaron, estafaron, vendieron el propio honor y el honor de tantas criaturas infelices, débiles, indefensas -que convirtieron en instrumento de la lujuria, un vicio que las bestias no conocen, pues es atributo del hombre envenenado por Satanás-, ahora, les odian porque son la causa de su tormento.

Tras haber adorado a sí mismos otorgando todas las satisfacciones a la carne, a la sangre, a los siete apetitos de su carne y de su sangre y haber pisoteado la Ley de Dios y la ley de la moralidad, ahora se odian porque ven que son la causa de su tormento.

La palabra "Odio" tapiza ese reino inconmensurable; ruge en esas llamas; brama en las risotadas de los demonios; solloza y aúlla en los lamentos de los condenados; suena, suena y suena como una eterna campana que toca a rebato; retumba como un eterno cuerno pregonero de muerte; colma todos los recovecos de esa cárcel; es, por sí misma, tormento porque cada sonido suyo renueva el recuerdo del Amor perdido para siempre, el remordimiento de haber querido perderlo, la desazón de no poder volver a verlo jamás.

Entre esas llamas, el alma muerta, a igual que los cuerpos arrojados a la hoguera o en un horno crematorio, se retuerce y grita como si la animara de nuevo una energía vital y se despierta para comprender su error, y muere y renace a cada instante en medio de atroces sufrimientos, porque el remordimiento la mata con una maldición y la muerte la vuelve a la vida para padecer un nuevo tormento. El delito de haber traicionado a Dios en el tiempo terrenal está integralmente frente al alma en la eternidad; el error de haber rechazado a Dios en el tiempo terrenal está presente integralmente para atormentarla, en la eternidad.

En el fuego, las llamas simulan los espectros de lo que adoraron en la vida terrena, por medio de candentes pinceladas las pasiones se presentan con las más apetitosas apariencias y vociferan, vociferan su memento: "Quisiste el fuego de las pasiones. Experimenta ahora el fuego encendido por Dios, cuyo santo Fuego escarneciste".

A fuego corresponde fuego. En el Paraíso es fuego de amor perfecto. En el Purgatorio es fuego de amor purificador. En el Infierno es fuego de amor ultrajado. Dado que los electos amaron a la perfección, el Amor se da a ellos en su Perfección. dado que los que están en el Purgatorio amaron débilmente, el Amor se hace llama para llevarles a la Perfección. Dado que los malditos ardieron en todos los fuegos menos que en el Fuego de Dios, el Fuego de la ira de Dios les abrasa por la eternidad. Y en ese fuego hay hielo.

¡Oh, no podéis imaginar lo que es el Infierno! Tomad fuego, llamas, hielo, aguas desbordantes, hambre, sueño, sed, heridas, enfermedades, plagas, muerte, es decir, todo lo que atormenta al hombre en la tierra, haced una única suma y multiplicadla millones de veces. Tendréis sólo una sombra de esa tremenda verdad.

Al calor abrasador se mezcla el hielo sideral. Los condenados ardieron en todos los fuegos humanos y tuvieron únicamente hielo espiritual para con el Señor su Dios. Y el hielo les espera para congelarles una vez que el fuego les haya sazonado como a los pescados puestos a asar en la brasa. Este pasar del ardor que derrite al hielo que condensa es un tormento en el tormento.

¡Oh, no es un lenguaje metafórico, pues Dios puede hacer que las almas, ya bajo el peso de las culpas cometidas, tengan una sensibilidad igual a la de la carne, aún antes de que vuelvan a vestir dicha carne! Vosotros no sabéis y no creéis. Mas en verdad os digo que os convendría más soportar todos los tormentos de mis mártires que una hora de esas torturas infernales.

El tercer tormento será la oscuridad, la oscuridad material y la oscuridad espiritual. ¡Será permanecer para siempre en las tinieblas tras haber visto la luz del paraíso y ser abrazado por la Tiniebla tras haber visto la Luz que es Dios! ¡Será debatirse en ese horror tenebroso en el que solamente se ilumina, por el reflejo del espíritu abrasado, el nombre del pecado que les ha clavado en dicho horror! Será encontrar apoyo, en medio de ese revuelo de espíritus que se odian y se dañan recíprocamente, sólo en la desesperación que les enloquece y cada vez más les hace malditos. Será nutrirse de esa desesperación, apoyarse en ella, matarse con ella. Está dicho: La muerte nutrirá a la muerte. La desesperación es muerte y nutrirá a estos muertos eternamente.

Y os digo que, a pesar de que Yo creé ese lugar, cuando descendí a él para sacar del Limbo a los que esperaban mi venida, sentí horror de ese horror. Lo sentí Yo mismo, Dios; y si no hubiera sido porque lo que ha hecho Dios es inmutable por ser perfecto, habría intentado hacerlo menos atroz, porque Yo soy el Amor y ese lugar horroroso produjo dolor en Mí.

¡Y vosotros queréis ir allí!

¡Oh hijos, reflexionad sobre esto que os digo! A los enfermos se les da una amarga medicina; a los cancerosos se les cauteriza y cercena el mal. Ésta es para vosotros, enfermos y cancerosos, medicina y cauterio de cirujano. No la rechacéis. Usadla para sanaros. La vida no dura estos pocos días terrenos. La vida comienza cuando os parece que termina, y ya no acaba más.

Haced que para vosotros la vida se deslice donde la luz y el júbilo de Dios embellecen la eternidad y no donde Satanás es el eterno Torturador".

 

Nuestro poco

Tal vez no tengamos grandes e importantes cosas que ofrecerle a Dios, pero en el Evangelio tenemos un ejemplo que nos da ánimos ante el Señor, y es el de la viuda que puso unas pocas moneditas en el arca del Tesoro. Y Jesús dijo que, si bien los ricos habían puesto muchísimo dinero, nadie había puesto más que esta viudita.

Entonces también nosotros echemos en el Corazón de Jesús todo nuestro haber, todo lo que somos, no importa que seamos pobres, desconocidos, sin grandes cualidades; lo importante es que lo demos todo aunque sea muy poquito, y entonces el Señor hará grandes cosas con nuestro poco. Pues Él es el Grande y puede engrandecer a los más pequeños cuando quiere y cuanto quiere. Ya la Virgen cantó en su Magníficat que el Señor eleva a los humildes y colmó de bienes a los hambrientos. Así que no nos desilusionemos de ser poca cosa, al contrario, de esa forma tendremos más lugar para que el Señor vuelque en nosotros todos sus maravillosos dones.

Recordemos que el Señor tiene predilección por los pobres, por los débiles, por los sencillos; así que estemos contentos si tenemos como si no tenemos, y más si no tenemos, pues así Dios nos colmará sobreabundantemente.

 

Vivir haciendo el bien

Se decía de Jesús que “pasó haciendo el bien”. Y lo mismo se debería decir de nosotros en el momento de nuestra muerte. A esto nos debemos abocar, a hacer el bien a todos, a cumplir los Diez Mandamientos y a hacer obras de misericordia, pues en esto consiste el hacer el bien.

Mientras vivimos en este mundo, vamos escribiendo el libro de nuestra vida. Ojalá que en cada página haya siempre un adorno de bondad que hemos realizado por Dios y por nuestros prójimos. No malgastemos el tiempo inútilmente. Para los mundanos hay un dicho que dice “El tiempo es oro”; en cambio, para los cristianos se cambia en el siguiente: “El tiempo es gloria”. Y claro, porque cada momento que pasamos haciendo la voluntad de Dios, ganamos méritos para el Cielo y un aumento de gloria eterna.

Esta vida que tenemos en la tierra es única. No volveremos a vivir más. La Reencarnación es un grave error que Satanás nos propone para hacernos olvidar que solo tenemos esta vida y al final de ella, llega la muerte y el juicio, y allí se decide nuestro destino eterno: Cielo o Infierno. Por eso aprovechemos este tiempo de misericordia que tenemos a nuestra disposición para hacer el bien.

 

La desconfianza en Dios

La desconfianza es el pecado que más le duele a Dios. Y especialmente le duele cuando el alma que desconfía de Él es un alma elegida. Por eso debemos tratar de no herir el Corazón de Jesús con este feo pecado y confiar siempre en la Bondad de Dios.

A veces nos suceden cosas realmente graves y que en el momento no entendemos y hasta podemos pensar que Dios nos castigó. Pero si dejamos pasar el tiempo, veremos que eso que sucedió sirvió para el bien y nos hizo acercarnos más a Dios y a amar más al prójimo.

Tenemos que estar convencidos de que Dios todo lo que quiere o permite es para nuestro bien, porque todo sucede para el bien de los que aman a Dios, como dice la Escritura. A nosotros nos corresponde solo una cosa que es rezar, y rezar mucho para que los planes de Dios se cumplan en nosotros y que nosotros tengamos fuerzas suficientes para enfrentar los dolores que puedan acontecer en nuestra vida. Y especialmente debemos rezar el Santo Rosario, pues hay una promesa de la Virgen que el que lo reza frecuentemente no será vencido por la mala fortuna, es decir que saldrá victorioso de todas las pruebas que el demonio le ponga en el camino, con la permisión de Dios.

Entonces confiemos en la Bondad de Dios, y estemos seguros que Él nos cuida como una Madre cariñosísima y si a veces nos da un remedio amargo, siempre es por amor y para nuestro bien.

 

Pecador, no tengas miedo de Dios

Ya Adán y Eva, después del pecado tuvieron miedo de Dios y se escondieron. Y cuando nosotros pecamos también tenemos este instinto que nos hace alejarnos de Dios, en lugar de hacer lo contrario que es acercarnos a Él para que nos cure, pues Él es el único que puede remediar la situación triste en que hemos caído. Y esto es obra del demonio: primero nos seduce con la tentación y, cuando logra hacernos caer, nos trata de hacer creer que no seremos perdonados por Dios y así quiere llevarnos a la desesperación y al desánimo. Pero es el momento de que reaccionemos y, como el hijo pródigo nos levantemos de nuestra miseria y volvamos al Padre misericordioso que nos espera con los brazos abiertos para colmarnos de dones. Y esto lo hacemos a través de una sincera confesión sacramental con un sacerdote, que en nombre de Cristo nos devuelve la gracia que habíamos perdido y, salimos del confesionario completamente felices y libres otra vez y en amistad con el Señor.

Aprovechemos este tiempo de vida que tenemos para hacer frecuentes confesiones. No dejemos pasar más de un mes sin confesarnos. No importa que no tengamos pecado grave, gracias a Dios que no los tenemos, pero igual vayamos a confesarnos porque en la confesión se reciben muchas gracias y un aumento de fuerzas para no caer. Es el Sacramento de la Misericordia de Dios que debemos aprovechar mientras vivimos.

Entonces, si tenemos la desgracia de pecar, no tengamos miedo de Dios y vayamos humillados y arrepentidos a decirle: “Señor, mira, otra vez lo hice mal, te he ofendido, ten compasión de mí que propongo no volver a ofenderte”. Y el Señor, que ama mucho la humildad, nos colocará en un lugar mayor al que estábamos antes del pecado.

 

La paz viene de Dios

La paz viene de Dios. La inquietud viene de Satanás. Por eso debemos estar prevenidos y darnos cuenta de que cuando estamos perturbados o con cierta inquietud, el enemigo del alma está merodeando cerca. En cambio Dios nos infunde paz en el alma y cuando estamos en paz es señal de que Dios está moviendo al alma.

El mundo cada vez más está perdiendo la paz porque está perdiendo a Dios. Ya no se cumplen los Diez Mandamientos y el alma vive en pecado, entonces Dios no puede habitar en ella con su paz y así entra la inquietud en el alma y la desesperación. La solución está en volver a Dios con una sincera confesión y recurrir a la oración constante, especialmente la oración del Santo Rosario, que trae mucha paz al alma, a las familias, a la patria y al mundo.

También para tener paz debemos saber perdonar de corazón a todos los que creemos nos han ofendido, pues el resentimiento y el rencor no nos dejan vivir en paz. Echemos todo en el Corazón ardiente de Jesús y veremos florecer la paz en nosotros y a nuestro alrededor.

También para guardar la paz debemos guardar los sentidos. Mirar lo menos posible televisión, pues en los noticieros, por ejemplo, de pasan noticias mezcladas, una detrás de la otra y que no tienen nada que ver entre sí, y con ello nos desordenan nuestro interior. También debemos escuchar menos radio y dedicar más tiempo a la oración, pues esta vida que tenemos hay que aprovecharla para alcanzar el Cielo y evitar el Infierno.

 

La importancia de la reparación

¡Qué importante es hacer reparación a Dios por todos los pecados cometidos por los hombres! El Corazón de Dios está muy dolorido por todas las ingratitudes humanas. Entonces es el momento de hacer reparación por todo ello con nuestro amor, oración y penitencia.

La humanidad peca cada día más y la balanza de la Justicia divina se va inclinando hacia los castigos que merece. Es por eso que nosotros, los que tratamos de ser fieles a Dios y cumplimos sus Mandamientos, debemos ofrecer reparación para equilibrar, al menos en parte, dicha balanza, para evitar la catástrofe de los castigos sobre esta pobre humanidad, o al menos atenuarlos o aplazarlos para más adelante.

Démosle amor al Señor, pues con un poco de amor que le damos a Jesús, Él perdona mucho, pues como se dice en el Evangelio: Dios perdona mucho a quien mucho ama; y si lo amamos mucho, el Señor nos perdonará todo a nosotros y a nuestros hermanos.

No ofendamos más al Señor que ya está muy ofendido, y así como reparamos las ofensas hechas a Dios, reparemos también con mucho amor las ofensas cometidas contra María, nuestra Madre amadísima.

 

Solo Dios basta

No hay satisfacción fuera de Dios, y el que cree estar satisfecho sin tener a Dios en el alma, está engañado y en algún momento comprobará lo equivocado de su razonamiento, pues Dios nos ha creado para Él y solo seremos felices cuando lo tengamos a Él completamente para nosotros. Pero ya en este mundo somos felices cuando tenemos a Dios en el alma, cuando vivimos en gracia de Dios, en amistad con Él, cumpliendo los Diez Mandamientos. Y los que viven en pecado y se divierten y dicen que son felices, en realidad son los más pobres del mundo, pues no tienen a Dios que es la única Riqueza del hombre.

Por eso tratemos de agradar siempre al Señor para que Él habite en nuestro corazón y nos consuele en este mundo en que tenemos que sufrir y que es como una sala de espera para entrar a la Vida verdadera del Cielo. Este tiempo sobre la tierra es tiempo de prueba y por ello no debemos anclarnos aquí sino caminar con los pies sobre la tierra pero el corazón puesto en el Cielo que nos espera.

Si perdemos algo de valor, enseguida revolvemos cielo y tierra para encontrarlo. Y si perdemos la gracia de Dios con el pecado grave, ni nos damos cuenta y seguimos así, como cadáveres ambulantes por meses y años. No, no debe ser así, debemos poner a Dios en primer lugar y tratar de vivir siempre cumpliendo su Voluntad, es decir sus Mandamientos, y así ya gozaremos del Cielo anticipado en la tierra, porque tendremos a Dios, el Bien infinito, en nuestra alma.

 

Rezar por los sacerdotes

Es obligación de todos los católicos rezar por los sacerdotes, pues ellos son muy tentados por Satanás que sabe que si hace caer a un sacerdote, logra arrastrar a muchas almas a la perdición.

El sacerdote en estos tiempos está muy tentado, pues el Infierno y el mundo pagano en que vivimos lo seducen y le hacen perder de vista su misión tan importante. Muchos han dejado de rezar, y sabemos que la oración es el alimento del alma, y si un alma no se alimenta muere. Pero si ellos ya no rezan, debemos rezar mucho nosotros para sostenerlos y salvarlos de esta avalancha provocada por Satanás y los hombres perversos unidos al demonio.

Por ellos recibimos los sacramentos y hemos sido bautizados. Ellos nos han dado la vida sobrenatural y nos la aumentan con los medios de misericordia que el Señor ha puesto en sus manos.

No los juzguemos nunca y respetémoslos siempre, pues no nos corresponde a nosotros el juzgarnos, sino que nuestra obligación es rezar mucho por ellos y ofrecer los pequeños o grandes sufrimientos que tengamos, para arrebatarlos de las manos del Maligno, que a muchos los tiene como hipnotizados.

 

Devoción a María

Nosotros los católicos debemos tener una grandísima devoción a la Santísima Virgen, pues Ella es nuestra Madre y todas las gracias y dones que nos da Dios nos vienen a través de Ella. El demonio le tiene terror porque María le aplastó la cabeza y lo volverá a hacer en estos últimos tiempos que estamos viviendo, en que el ateísmo domina el mundo. Pero María, invocada y amada por nosotros, volverá a aplastar la cabeza de la Serpiente infernal y, aunque momentáneamente parece que el mal es el que triunfa, en realidad el triunfo será solo de María y Jesús.

Tengamos un tierno amor a la Virgen y ojalá decidamos consagrarnos a Ella, pues así seremos especialmente custodiados y defendidos por María, que es muy celosa de las almas que se confían a Ella.

Para tener una buena muerte y ver su rostro en ese último momento de nuestras vidas, es necesario que le recemos frecuentemente y la tengamos por Madre cariñosa que nos cuida constantemente y vela por nosotros.

Recordemos la letra de una nación mariana y hagámosla vida en nosotros. Dice así: “La Virgen María es nuestra protectora, nuestra defensora, no hay nada que temer. Vence al demonio, al mundo y a la carne. Guerra, guerra, guerra contra Lucifer”.

 

La pureza

En este mundo corrompido ya no se habla de la pureza sino para burlarse. Sin embargo Jesús nos dejó una bienaventuranza para los puros: “Felices los puros de corazón porque ellos verán a Dios”. Y nosotros debemos tratar de ser puros de cuerpo, alma y mente, y pedirle a la Santísima Virgen que nos ayude a guardar la pureza de pensamientos, palabras y obras, porque Ella es la Virgen Purísima que si la invocamos vendrá en nuestra ayuda y el demonio de la lujuria huirá de nosotros.

Dios quiere que seamos como niños, y los niños son puros y buenos, aunque en este mundo moderno se trata de corromper a los niños desde la más tierna edad, porque Satanás odia a los niños porque son los más amados de Dios. Además, los medios de comunicación, especialmente la televisión, exaltan la impureza y la proponen como un valor y un bien; ya no se considera pecado y así muchas almas viven habitualmente en pecado mortal y ya no se confiesan, y por ello se han esclavas del demonio que puede actuar en sus vidas y llevarlas al más profundo de los abismos.

La moda también es muy provocativa y desagrada mucho al Corazón de Jesús, por eso las mujeres deben vestirse decentemente para que Jesús esté contento de ellas y no sean motivo de escándalo para los hombres. No hay que dejarse llevar por lo que hace la mayoría, pues recordemos que el camino que lleva a la salvación es estrecho y la puerta angosta; en cambio el camino que lleva a la perdición es amplio y muchos son los que van por él.

 

Es difícil sufrir

Es difícil sufrir, el hombre lo encuentra difícil. Pero debemos saber que el sufrimiento es necesario desde que el pecado entró en el mundo y, si Cristo mismo lo tomó sobre sí y sufrió lo indecible para abrirnos el Cielo, es señal de que ese es el único camino para salvarnos.

Si no queremos sufrir en la tierra, deberemos sufrir por mucho más tiempo y más cruelmente en el Purgatorio. Y si no queremos sufrir en este mundo para privarnos de cometer un pecado o satisfacer una pasión, deberemos sufrir eternamente en el Infierno. ¿Y cómo soportar los castigos tremendos del Infierno si en este mundo no podemos ni siquiera aguantar un fuerte dolor de muelas que dura unas horas? No pensamos que con nuestro pecar nos sometemos al Maligno y tenemos como herencia el Infierno tan terrible. Pensemos en todo esto y tratemos de no pecar. Y si nos viene algún sufrimiento, tomémoslo con resignación sabiendo que es para descontarnos sufrimientos futuros en el Purgatorio. 

¿Qué es preferible: sufrir unos meses o años en la tierra, o siglos y siglos en el Purgatorio? Por eso bendigamos el sufrimiento, y tratemos de resignarnos a él, pues antes o después tenemos que sufrir por nuestros pecados, y es preferible sufrir en este mundo que en el otro.

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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