Jueves, 04 de febrero de 2010
REFLEXIONES CRISTIANAS

Reflexiones sobre la misa y la oración. EL AUTOR DEL BLOG.


¿Para qué rezar?

A veces el demonio nos sugiere esta idea: “¿Para qué rezar?”. Entonces es el momento de rechazar esta tentación y seguir rezando siempre, porque de la oración depende toda nuestra vida espiritual y también nuestra salvación o condenación eterna, pues como dice San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva. El que no reza se condena”.

Si tenemos la desgracia de dejar de lado la oración, veremos que comenzamos a interesarnos mucho por las cosas de la tierra, por lo material, y olvidamos lo espiritual, lo que realmente importa. Olvidamos el cielo y nos atamos a la tierra, a este mundo como si fuera lo único que existe. En cambio si perseveramos en la oración, poco a poco nos vamos desatando de las cosas temporales y caminamos por este mundo pero con la mirada y el alma puestas en el Cielo que nos espera.

Además con la oración se reciben todas las gracias que Dios nos tiene preparadas desde toda la eternidad y que nos las dará solo a cambio de que recemos para merecerlas.

No abandonemos NUNCA la oración, pues de ella depende nuestro destino y el del mundo.

 

Debemos ir a Misa

Todos los católicos tenemos obligación de participar de la Misa los domingos y días de precepto. Pero no nos quedemos solo con esto, sino tratemos de participar en Misa todos los días que podamos. Ojalá sea todo los días, pues la Misa es el don más grande que nos hizo Dios, pues en ella se renueva la vida, muerte, resurrección y ascensión al Cielo de nuestro Señor, y nosotros, al participar en ella, estamos presentes realmente como si hubiéramos estado presentes en aquel tiempo junto a Jesús.

Como mínimo debemos participar de la Misa los domingos, pues ¿qué es una hora por semana dedicada al Señor? Y si hasta esto le negamos a Dios, la verdad es que estamos muy lejos del Amor y es un pecado grave faltar a Misa el domingo, pues es dejar solo a Jesús sufriendo en la cruz, mientras nosotros seguimos en la cama o haciendo cualquier otra actividad que no justifica la ausencia del Santo sacrificio.

Si no vamos a Misa los domingos, hagamos el propósito de comenzar a ir y, confesarnos también para recibir en cada celebración la Comunión, que es el Pan de los fuertes y nos mantiene en el combate de la vida. Y si por alguna razón no podemos confesarnos y recibir la Comunión, tratemos por lo menos de hacer una comunión espiritual, diciéndole al Señor que queremos recibirle pero que por el momento no podemos recibirlo sacramentalmente y lo queremos recibir espiritualmente hasta tanto arreglemos nuestra conciencia con Él.

 

Tentaciones

Las tentaciones son útiles para vencerlas y, venciéndolas, ganar méritos para el Cielo. Lo malo es ceder a las tentaciones.

Ellas vienen de tres fuentes: el mundo, con su ambiente de pecado, sus modas provocativas, la televisión y todos los medios de comunicación. Debemos combatirlo con la huida de espectáculos malsanos y evitar las ocasiones de pecar. El demonio, que nos tienta directamente proponiéndonos el pecado con pensamientos, imaginaciones, etc. Debemos combatirlo sin discutir con él, sino acudiendo a la oración e invocando los nombres sagrados de Jesús y de María. La carne, es decir, nuestra propia debilidad, nuestra naturaleza caída que siempre está tendiendo al mal, pues después del pecado original el hombre tiende al mal y solo una gran fuerza sobre sí mismo logra vencer el mal y encaminarlo a la santidad. Debemos combatirla con la mortificación de los sentidos y la penitencia, pues si estamos acostumbrados a darnos todos los gustos para el cuerpo, muy pronto caeremos en pecado, pues no tendremos fuerzas para resistir las tentaciones de la carne.

Si hemos logrado vencer la tentación, demos gracias a Dios y sepamos que hemos logrado un mérito para el Cielo. En cambio si hemos cedido a la tentación y hemos pecado, humillémonos ante Dios pidiéndole perdón y confesémonos cuanto antes, y esto nos hará más humildes, y más precavidos para la próxima vez.


Lectura espiritual

Así como el cuerpo se debe alimentar para poder sobrevivir, así también el alma se debe alimentar. El cuerpo se alimenta con lo material; el alma, con lo espiritual. Y uno de esos alimentos del alma es la lectura espiritual. Todos los días debemos leer un texto de algún buen libro, la Biblia, vidas de santos, o buenos libros de formación o meditación para que nuestra mente se llene de buenos pensamientos y nuestra voluntad haga buenos propósitos.

Así como todos los días alimentamos nuestro cuerpo, y varias veces al día; así también debemos hacer la lectura espiritual y, de ser posible, varias veces al día. Apaguemos el televisor que tanto daño nos causa a nuestra mente y a nuestro espíritu con sus imágenes desordenadas y ruido, y dediquemos el mayor tiempo a Dios y sus cosas.

Debemos alimentar nuestra mente con cosas buenas y evitar las dañinas porque el pecado comienza en la mente, es decir, comienza con un laborío de la mente y luego se concreta en el acto, y si tenemos la mente sana y bien alimentada con buenas lecturas, es muy difícil que nos dejemos arrastrar por el mal y el pecado y, al contrario, tendremos ánimo para imitar las lindas cosas que hemos leído o meditado.

 

El Infierno según visión de Santa Faustina Kowalska

"Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ése será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse diciendo que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es.

Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de ello, tengo la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco intensamente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado".

 

Silencio

Dios habla en el silencio. Por eso Satanás mete tanto ruido con la televisión y todos los medios de comunicación que nos inundan de voces e imágenes para que nuestras almas estén cada vez menos dispuestas a hacer silencio exterior e interior, y así Dios se aleje cada vez más de nosotros.

Entonces debemos ser inteligentes y buscar el silencio. Tener unos momentos al día de silencio exterior y tratar también de hacer callar nuestra imaginación y el ruido que llevamos dentro. Es necesario que evitemos mirar televisión, pues ella nos desordena interiormente y nos satura con imágenes, las más de las veces violentas y obscenas, que dificultan luego nuestra concentración y atención para rezar y meditar. Recordemos que lo único que realmente importa en nuestra vida es salvar la propia alma y, si la perdemos, si perdemos nuestra alma, si nos condenamos al Infierno eterno, habremos perdido todo y seremos eternamente desgraciados. Ya lo dice Jesús en su Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma?”.

Por eso tomemos la vida en serio pues nos estamos jugando nuestra salvación y tal vez la de muchas otras personas, pues si nos santificamos ayudamos a salvar a otros hermanos, y si pecamos dañamos a otros prójimos, pues todos formamos un mismo cuerpo.

 

Buscar ayuda en el Sagrario

Cuando estemos abatidos y con muchos sufrimientos, acudamos a los pies del Sagrario, donde está Jesús Sacramentado esperándonos para aliviarnos y consolarnos. Jesús mismo nos dice en el Evangelio que si estamos afligidos y agobiados, acudamos a Él que nos aliviará. Y Él está en el Tabernáculo, escondido en la hostia y esperándonos para colmarnos de gracias, dones y consuelos.

Hagamos el propósito de ir a visitar a Jesús todos los días en el Sagrario y quedarnos charlando con Él por lo menos quince minutos, en donde le contemos lo que nos pasa, pues aunque Él es Dios y lo sabe todo, igual le gusta mucho que nosotros le contemos lo nuestro y Él tiene su delicia escuchándonos. No lo dejemos solo. Dicen que si los ángeles pudieran envidiarnos en algo a los hombres, nos envidiarían el poder sufrir por Dios y la Eucaristía.

Y si no podemos ir a la iglesia más cercana para estar a los pies de Jesús Sacramentado; por lo menos estemos los quince minutos en nuestra casa, en nuestro cuarto, y vayamos con el pensamiento a los pies del Sagrario y hablemos con Jesús que nos está esperando día y noche para colmarnos de felicidad. Hagamos la prueba, seamos constantes en esta práctica, y veremos frutos admirables e impresionantes.

 

Jesús, nuestra ayuda

¡Ay de nosotros si queremos caminar solos por este mundo y cuidar la gracia de nuestra alma! Seguramente muy pronto caeremos en manos de los demonios que nos arrebatarán la gracia santificante, invalorable tesoro que vale más que todo el universo creado.

En cambio debemos ir de la mano de Jesús, que conoce cuáles son las técnicas del diablo y nos puede defender de él. Y a través de la oración, Dios nos da las gracias necesarias para que permanezcamos fieles en el camino de los Diez Mandamientos, fieles en el camino estrecho por el que pocos caminan, pero que conduce directamente al Cielo.

Y Jesús nos ayuda especialmente cuando lo recibimos en la Eucaristía. La Comunión es la Fuerza que nos ayuda a permanecer en amistad con Dios y a caminar por este valle de lágrimas sin desanimarnos. No dejemos jamás la Eucaristía, que es Jesús mismo. Si podemos, tratemos de comulgar todos los días, o la mayor cantidad de días que podamos, pues el Santísimo Sacramento es el Pan de los Fuertes y es el que sostiene a los Mártires; y nosotros, con el solo hecho de vivir los Diez Mandamientos en este mundo que va al revés, ya somos pequeños mártires que necesitan el Pan de la Vida para seguir en el combate.

 

Oraciones y buenas obras

En este tiempo de vida que Dios nos concede sobre la tierra, tenemos que hacer oraciones y buenas obras, pues en el momento de la muerte seremos juzgados según haya sido nuestro obrar. Así que no importará tanto lo que sabemos o no sabemos de Dios, sino lo que hemos practicado, la misericordia que hemos tenido para con los hermanos, si hemos amado a Dios como Él se lo merece.

Por eso dejemos de perder el tiempo inútilmente, dejemos de “matar” el tiempo como vulgarmente se dice y aprovechémoslo para ganar el Cielo con las buenas obras y orando incesantemente, pues la Vida verdadera viene después de la muerte y esta vida es como una sala de espera para entrar a la Vida que no tendrá fin.

Pensemos esto todos los días, al levantarnos y al acostarnos. Digámonos siempre “yo no soy eterno, algún día moriré, quizás mañana, quizás hoy, ¿y cómo me encuentro preparado para dar este paso decisivo? ¿Estoy en gracia de Dios y con las manos llenas de buenas obras y el tiempo pasado aprovechado para orar?”

Y de acuerdo a cómo respondamos estas preguntas, hagamos el propósito de cambiar y convertirnos en serio y comenzar a aprovechar el tiempo que pasa y no vuelve, y del cual depende nuestro destino eterno.

 

Misericordiosos como Dios

A veces nos preguntamos por qué Dios no soluciona todos los problemas económicos y todos los males y enfermedades. Pero si Dios procediera así, nos ataríamos a este mundo y nos olvidaríamos del mundo futuro que es el que realmente importa, nos anclaríamos en la tierra y olvidaríamos el Cielo para el que fuimos creados. Y lo que es peor, seguramente utilizaríamos el bienestar que tenemos y la salud para pecar y así condenarnos al Infierno.

Pero también hay otro motivo por el que Dios deja las miserias en este mundo, y es para que nosotros, sus hijos, practiquemos la misericordia con nuestros hermanos. Porque donde hay enfermedad podemos visitar con palabras de consuelo, curar, medicar, alentar, rezar, y así con todas las miserias de este mundo. Si somos ricos o desahogados podemos socorrer a los pobres y necesitados. Es decir que Dios deja las miserias en este mundo para que practiquemos la misericordia y así seamos semejantes a Él que es Misericordioso. Como suele decirse “De tal palo tal astilla”, así debemos decir que de “Tal Padre tal hijo”.

¡Ay de nosotros si no aprovechamos este mundo para practicar la misericordia y vamos por la vida pensando solo en nosotros y pisoteando a los demás! Recordemos que Jesús en el Juicio Final, separará a las ovejas de los cabritos y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda, y juzgará según hayamos o no hayamos practicado la misericordia con nuestros hermanos.

 

El valor del sufrimiento

La Virgen en sus apariciones y mensajes no cesa de pedir oración y penitencia, oración y sacrificios, oración y sufrimiento. Y es que con estas dos cosas podemos obtener todo de Dios para nosotros y para nuestros hermanos. Si queremos arrebatar almas a Satanás no hay nada mejor que ponerse a rezar mucho y hacer alguna mortificación, porque Jesús utilizó estos medios para vencer al demonio, y nosotros debemos imitar al Maestro y hacer lo mismo.

Así que estemos contentos sobrenaturalmente cuando nos llegue alguna cruz, pues sabemos que nuestro sufrir le dará luz y gracia a muchas almas que están en las tinieblas y que nadie las socorre.

Es difícil sufrir pero tratemos de vencernos a nosotros mismos porque la salvación del mundo depende de su conversión, y su conversión depende de nuestras oraciones y sufrimientos. Además, recordemos que es mejor sufrir aquí en la tierra por un corto período de tiempo, pues la vida por más larga que sea siempre será un corto tiempo; que sufrir largos siglos en el Purgatorio o eternamente en el Infierno.

 

Somos débiles

Debemos reconocer que somos débiles, que por nosotros mismos no seríamos capaces de hacer nada bueno. Por eso tenemos que ser humildes y, reconociendo nuestra incapacidad para todo bien, pedir ayuda al Poderoso, ya que Él espera eso de nosotros, que le pidamos Su ayuda.

Los mandamientos no se pueden cumplir sin la ayuda de Dios, porque con nuestra naturaleza caída por el pecado original y los pecados cometidos en nuestra vida, se nos hace imposible el cumplirlos. Entonces es el momento de pedir auxilio a Dios que nos dará la fuerza necesaria para cumplirlos y así vivir en gracia, en amistad con Él.

Tenemos que tratar de huir de las ocasiones próximas de pecado porque como somos muy débiles, podemos caer en cualquier momento. No hay que presumir de las fuerzas, porque como dice la Escritura: “El que ama el peligro, perecerá en él”. Así que mucha prudencia y mucha oración para mantenernos fieles a Dios y, si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal, ir a confesarnos cuanto antes y volver a empezar el camino a la santidad.

 

La intención es lo que vale

No nos engañemos, Dios ve hasta lo más profundo de nuestros pensamientos. A Él no le podemos ocultar nada y, si ante los hombres podemos pasar por hombres y mujeres piadosos, a Dios no le engañamos. Por eso es necesario que rectifiquemos nuestra intención en todas nuestras acciones, es necesario purificar nuestras intenciones cada vez que vamos a obrar algo, para que Dios esté contento con nosotros y nos premie no por el resultado sino por la intención y el esfuerzo que hemos puesto en hacer esas acciones.

Dar un vaso de agua al que tiene sed es una obra de misericordia. Pero si el doctor dice que el enfermo no puede tomar agua y nosotros le llevamos un vaso de agua y se lo damos, sabiendo lo que hacemos de mal, eso se convierte en una obra de odio. Por eso es tan importante la intención con la que se hace una acción. Y si siempre tenemos la intención de amar a Dios y al prójimo, nunca el Señor nos castigará si hacemos algo equivocado, pues Él ve y juzga el corazón del hombre y es Justo en todos sus juicios.

Por eso tratemos de tener las mejores intenciones en todo nuestro obrar, que si después algo sale mal, confiémoslo a la misericordia de Dios y a su Providencia, para que Él arregle lo que hemos hecho mal.

 

Vigilar nuestros sentidos

Si queremos salvarnos y alcanzar el Cielo, debemos vivir en gracia de Dios, en amistad con Él, y lo hacemos cumpliendo los Diez Mandamientos. Ahora bien, para poder cumplir los Diez Mandamientos es necesario saber guardar nuestros sentidos porque éstos nos llevan al pecado, especialmente el sentido de la vista, pues hoy en día se nos bombardea con imágenes indecentes o violentas a través de la televisión, del cine, de Internet. Por eso debemos recordar aquí las palabras de Jesús en su Evangelio, que nos dice que la lámpara del cuerpo es el ojo y que éste debe estar limpio. Claro, porque el pecado entra por los ojos.

Especialmente a los hombres se nos hace más difícil el guardar puras las miradas porque hay una moda muy indecente en las mujeres, moda que disgusta mucho al Señor y hace mucho mal a las almas.

Dice Santa Faustina Kowalska que en el Infierno se castiga al condenado en el mismo sentido con el que pecó. Imaginemos entonces las visiones de horror que habrán de torturar al condenado por haber tenido miradas impuras aquí en la tierra. Así que hagamos un pacto con nuestros ojos y evitemos las miradas peligrosas, y apaguemos el televisor pues allí tenemos que fijar la vista y pasan escenas pornográficas o violentas, y no podemos evitar mirarlas. Recordemos que todo lo que leemos o miramos deja una huella en nuestra alma. No perdamos el Cielo por tan poca cosa.

 

Ángel de la Patria

Dios ha dado uno de sus Ángeles a nuestra Patria y nosotros, los que tratamos de vivir en el bien y cumpliendo los mandamientos de Dios, debemos tratar de ayudar a este ángel con nuestras oraciones y sacrificios. Porque también Satanás ha dado un demonio a nuestra Patria, que tiene la misión de sembrar el odio, la división, la maldad, la desesperación. En cambio el ángel de Dios tiene la misión de sembrar la paz, la unión, el amor, la esperanza, la fe. Es tiempo de que creamos firmemente en que los demonios existen y que nos hacen la guerra sin tregua porque quieren perder al mayor número de almas y llevarlas a su Infierno para vengarse allí de Dios en ellas.

Es necesario que recemos mucho el Santo Rosario para ayudar a nuestro Ángel de la Patria y pedir también por los gobernantes, que muchas veces son enemigos de Dios porque la masa es enemiga de Dios. Es decir que si los ciudadanos cumplieran los mandamientos y fueran fieles a Dios, a los gobernantes no les quedaría otro remedio más que ser también buenos gobernantes. Por eso debemos rezar mucho por la conversión de todos los integrantes de nuestra nación, y rezar también por las otras naciones.

Despertemos del sueño en que estamos inmersos y despabilémonos, tomando las armas de la oración y de la penitencia para vencer a todo el Infierno que quiere llevar al mundo a la perdición. ¡Ave María y adelante!

 

Perseverar en la oración

Jesús, que es Dios, no tenía necesidad de rezar. Pero ¡cuánto rezó! Pasó noches enteras en oración, y se preparó a su misión con cuarenta días de ayuno y oración.

María, que es la Madre de Dios, no tenía necesidad de rezar pues es la Mujer perfecta, sin mancha, la Llena de Gracia. Pero ¡cuánto rezó! Pasó también noches en oración, y toda su vida era oración.

¿Y nosotros? ¿Queremos ser superiores a Jesús y a María? ¿Queremos pasarlo sin rezar o rezando muy poco? Porque nosotros sí somos pobres y necesitamos de la oración continua para merecer gracias y tener voluntad para cumplir los mandamientos. Por eso no nos cansemos de rezar, perseveremos en la oración y veremos sus maravillosos frutos.

Los Santos dicen que “El que reza se salva. El que no reza se condena.” Así que tomemos conciencia de la importancia capital que tiene la oración y recemos todos los días, lo más que podamos, y especialmente el Santo Rosario.

Dios nos tiene destinadas muchas gracias desde toda la eternidad, pero sólo nos las concederá si se las pedimos en la oración, pues esa es la regla misteriosa que Él se ha puesto: Conceder gracias a los que recen pidiéndolas.

 

El sufrimiento es una gran gracia

Dado que el hombre es un ser de naturaleza caída, es decir, creado por Dios en estado de gracia pero venido a menos por el pecado original, como consecuencia de ello el sufrimiento ha entrado en el mundo. Y si miramos la vida del Salvador, que es Dios, que es la Inteligencia y Sabiduría infinitas, podemos comprender el tremendo valor que tiene el sufrimiento para redimir y redimirnos. Si Dios, con todo su saber, no eligió otro camino que el de la humillación y el sufrimiento, es porque éste es un camino regio por el cual debemos pasar si queremos alcanzar la salvación.

En este mundo tendremos que sufrir. Pero hay tres formas de sufrir que se quedaron plasmadas en las tres cruces del monte Calvario. Sufría Jesús, sufría el buen ladrón y sufría el otro ladrón. Jesús sufría como un santo y para salvar a muchos; el buen ladrón sufría como un penitente para salvarse él; pero el otro ladrón sufría inútilmente y para el infierno

Por eso debemos aprovechar el sufrimiento en este mundo para crecer en el amor a Dios y al prójimo, y recordar que en el Purgatorio se sufre mil veces más que en la tierra, por mucho más tiempo y sin mérito para el alma. Así que del sufrimiento no nos podemos escapar y, si no nos animamos a pedirlo como hacían los santos, por lo menos no nos rebelemos y aceptémoslo con resignación cuando nos llegue. Recordemos que más alto se sube al Cielo, cuanto más se ha sufrido en la tierra.

Fdo. Cristobal AGuilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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