Martes, 02 de febrero de 2010
REFLEXIONES CRISTIANAS

Una segunda entrega de meditaciones y reflexiones de momentos de vida de todo cristiano. EL AUTOR DEL BLOG.


No dejar la Comunión.

Debemos tener presente que si nos hemos decidido a comulgar lo más frecuentemente que podemos, el demonio hará todo lo posible por hacernos desistir de tal propósito. Por eso tenemos que ponernos en guardia y descubrir sus astucias, pues cuando el enemigo no puede hacernos caer en pecado grave para alejarnos así de la Eucaristía, por lo menos trata de hacernos creer que estamos en pecado y así nos sugiere que somos indignos de acercarnos a comulgar.

No. Sólo no hay que comulgar cuando estamos completamente seguros de que hemos cometido un pecado grave, pero de lo contrario SIEMPRE debemos ir a comulgar, pues en la Comunión viene el mismo Jesús que nos perdona los pecados veniales y nos da toda clase de fuerza y dones para seguir en la lucha contra el mundo, el demonio y la carne.

Y si tenemos la desgracia de cometer un pecado grave, confesémonos lo antes posible con un sacerdote para poder volver a recibir a Jesús Sacramentado en nuestro corazón, pues si dejamos de lado la Comunión, pronto seremos presa fácil del Enemigo.

 

Los dos caminos.

Ya el Señor nos dice en el Evangelio que hay dos caminos para transitar en esta vida. Uno lleva al Cielo, otro al Infierno. No podemos andar por los dos a la vez, sino que debemos elegir.

El camino que lleva al Cielo es estrecho, tiene espinas y es dificultoso. Los que caminan por él derraman lágrimas y sufren, y no son muchos los que van por él.

En cambio el camino que lleva al Infierno es ancho y espacioso, lleno de flores, alegría, diversiones y placer, y son muchos los que van por él.

Este tiempo de vida que tenemos sobre la tierra, es tiempo de elegir por qué camino queremos transitar. Elijamos bien y, si venimos andando por el camino equivocado, éste es el momento de cambiarnos de camino e ir al que conduce al Cielo, que tiene dificultades porque el demonio hace lo posible para desanimar a los caminantes, pero si perseveramos hasta el fin, llegaremos a una felicidad que no es posible imaginar en este mundo. Este camino estrecho es el del cumplimiento de los Diez Mandamientos.

 

Todos debemos orar.

“A través de la oración el alma se arma para enfrentar cualquier batalla.  En cualquier condición en que se encuentre un alma, debe orar.  Tiene que rezar el alma pura y bella, porque de lo contrario perdería su belleza; tiene que implorar el alma que tiende a la pureza, porque de lo contrario no la alcanzaría; tiene que suplicar el alma recién convertida, porque de lo contrario caería nuevamente; tiene que orar el alma pecadora, sumergida en los pecados, para poder levantarse.  Y no hay alma que no tenga el deber de orar, porque toda gracia fluye por medio de la oración.” (Santa Faustina Kowalska. Diario #146)

No debemos desanimarnos jamás sino que siempre tenemos que orar, en todo tiempo, porque la oración defiende del Maligno y nos atrae la benevolencia y Misericordia de Dios sobre nosotros y sobre nuestros seres queridos, así como también sobre nuestra patria.

En especial hay que rezar el Santo Rosario, que es la oración predilecta de María, y es la más poderosa y eficaz contra las fuerzas del Infierno. Por eso la Virgen en todas sus apariciones nos pide que recemos mucho el Rosario. Ya lo dice San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva y el que no reza se condena”.

 

Reflexionar.

No tenemos la cabeza solo para llevar el sombrero, sino para usarla para reflexionar, pensar, meditar, pues nuestra vida toda depende de saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, y para saber esto hay que ponerse a reflexionar, detenerse un momento y pensar. Entonces así no nos equivocaremos y le imprimiremos a nuestra vida la orientación  correcta que nos permitirá alcanzar el Cielo, la Felicidad eterna.

Hoy el mundo, y Satanás, amo del mundo, no quiere que pensemos, nos llena de ruido y nos aturde con la televisión, la radio, el cine, los libros y revistas superficiales, y así el hombre vive como en la periferia de su ser y nunca entra en sí mismo a profundizar en las grandes cuestiones de su vida. Y así se le va pasando la vida, y llega la muerte y no se encuentra preparado.

Por eso no seamos superficiales y no pasemos la vida de diversión en diversión, porque este tiempo de vida que tenemos sobre la tierra es tiempo de merecer, es tiempo de trabajar para el Cielo, ya que es la única vida que se nos concede y luego viene el Juicio. Entonces usemos la cabeza, y también el corazón.

 

Vigilancia.

El Enemigo del alma humana, el demonio, anda como león rugiente alrededor nuestro buscando a quién devorar. Y devorará a quien no esté vigilando continuamente y tenga la guardia baja.

Para vigilar y estar en guardia contra sus ataques es necesaria la oración frecuente, y estar atentos a los sentimientos y pensamientos que tenemos, para ver si en ellos se insinúa el enemigo.

Ya les dijo Jesús a los tres apóstoles que dormían mientras Él oraba en el Huerto de los Olivos: “Velad y orad para no caer en tentación”. Eso mismo debemos hacer nosotros, no dejarnos arrastrar por este mundo de pecado y ser sobrios, parcos en las comidas, puros en las miradas y sencillos y sinceros en las palabras.

De esta forma el demonio no tendrá ningún resquicio por donde atacar y estaremos a salvo. Pero hay que insistir que la oración es lo más importante en la vida del cristiano. Sin oración no hay victoria.

 

Amar es la solución.

Amar es la solución para todo, pues si amamos a Dios, no querremos ofenderle con el pecado y, si pecamos, enseguida nos arrepentiremos porque reconoceremos que con esa falta hemos herido el Corazón del Amado.

El resumen de los Mandamientos y de toda la Ley del Señor es el amor. Amar a Dios con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo. No hay otro mandamiento superior a estos.

Cuando una empresa se nos hace difícil, pongamos amor en ella y veremos cómo se nos hará fácil. El amor todo lo puede, y debemos poner amor hasta en las acciones más comunes de todos los días; es más, justamente en ellas, en las pequeñeces, debemos poner mucho amor, porque ya el Señor nos dice que el que es fiel en lo poco también lo es en lo mucho.

Amar es querer el bien del amado; entonces amemos a Dios y al prójimo, y estaremos seguros en este mundo y luego iremos al Cielo a gozar del Amor infinito que es Dios.

 

Abandonémonos a Dios.

¡Qué bueno es que el alma se abandone completamente a Dios y lo deje actuar al gusto de Él! Porque Dios no hará ningún mal al alma, pues es el Bueno y si le dejamos total libertad para actuar, Él nos llevará a altas cimas de santidad y hará de nosotros estrellas de su Cielo.

Para ello debemos tener confianza en Dios, en su Misericordia, puesto que a veces nos parecerá que nos está haciendo daño. Pero no, jamás Dios nos puede hacer daño, y cuando pase la tormenta y la tempestad de ese momento, veremos con asombro a las alturas que nos ha llevado su Bondad divina.

Ojalá nos hagamos como niños y nos tomemos de la mano de Dios y caminemos seguros por este mundo; y si Dios a veces nos da una medicina amarga, no le llamemos malo, pues la madre buena también suele dar alguna medicina amarga a su niño, pero es para su bien. De la misma manera actúa Dios con nosotros y, si nos pudiera evitar ese trago amargo, ¿acaso no nos lo evitaría? Confiemos en Él.

 

Si somos miserables, tanto mejor.

La Misericordia de Dios actúa donde hay miseria que consumir, por eso si somos miserables, tanto mejor, tanta más Misericordia tendrá el Señor con nosotros.

Tal vez hemos pecado mucho. Pero debemos recordar que Jesús en el Evangelio dice que mucho se perdona a quien mucho ama; y a quien ama completamente, se le perdona todo. Por eso amemos al Señor y todos nuestros pecados se disolverán como escarcha con la salida del sol.

Ya Jesús Misericordioso dice a Santa Faustina que los grandes pecadores se podrían convertir en grandes santos, si ellos lo quisieran. Así que confiemos en Él y arrojemos toda nuestra maldad y pecado en el horno ardiente del Corazón de Jesús, pues la miseria es como el combustible que quema la Misericordia, y cuanta más miseria hay, tanto más crece la Misericordia.

Entonces nunca tengamos miedo, sino confianza en el Corazón de Cristo que da asilo a todos los desesperados y oprimidos.

 

Jesús nunca da miedo.

No debemos tener miedo de Jesús. Porque a veces podemos cometer un gran pecado y sentirnos con miedo a que Dios nos castigue. Pero debemos saber que Dios a veces castiga, pero ese castigo es amoroso y no quiere nuestra ruina sino nuestra salvación. Con Jesús siempre debemos estar en paz y confiando en Él, porque es la Misericordia misma y quiere nuestra salvación y no nuestra perdición.

El Señor no nos hará ningún mal y todo lo que nos suceda será para avanzar en la santidad. Pero para ello deberemos rezar mucho, pues con la oración se reciben muchas gracias de Dios y se evitan muchos peligros. Además, Satanás no puede actuar en las almas que oran mucho.

Por eso no tengamos miedo de Dios. No seamos como Adán y Eva que se escondieron de Dios tras el pecado, sino busquémoslo y humildemente pidámosle perdón, y Él, como el Padre misericordioso de la parábola, nos abrazará y nos colmará de dones y favores por encima de lo que podemos imaginar. Recordemos siempre que Dios es Bueno. Hasta cuando castiga lo hace por bondad hacia nosotros. Ya lo comprobaremos en el Cielo, cuando veamos toda nuestra vida a la luz de la verdad.

 

Somos de estirpe guerrera y real.

Dios ha puesto enemistades entre la Mujer y la Serpiente, y entre la descendencia de la Mujer y la descendencia de la Serpiente. Pues bien, nosotros los cristianos somos la descendencia de la Mujer, que es la Virgen, la cual se enfrenta contra la Serpiente antigua que es Satanás. Por eso nosotros también somos guerreros y debemos combatir en este combate entre Cielo a Infierno.

También somos reyes, pues somos hijos de Dios y hermanos de Jesucristo Rey. Y como reyes que somos, debemos cuidar nuestro reino, que es nuestra alma, y preservarla del pecado luchando contra sus enemigos que son el mundo, el demonio y la carne, es decir, las pasiones.

Por eso no nos ilusionemos con una falsa paz, pues este tiempo sobre la tierra es tiempo de guerra. Guerra al pecado y al Mal. Y para ello debemos pedir la ayuda de Dios y de María, pues solos somos menos que nada, ante las fuerzas aplastantes de los malvados. Pero como siempre el Mal será vencido por el Bien, y en nosotros también debemos luchar para que esto sea así, evitando el pecado y cumpliendo los Diez Mandamientos.

 

Guardar silencio.

Si queremos escuchar a Dios, si queremos tener vida interior, si queremos ser santos, es necesario que aprendamos a guardar silencio. No un silencio triste, sino un silencio lleno de la presencia de Dios, un silencio dulce en el cual podamos decir a Dios lo mucho que lo amamos.

Como siempre Jesús es nuestro Modelo a imitar en todo, ya que imitándolo nos hacemos santos y alcanzamos, al fin, el Cielo. Y en esto del silencio es también el Maestro que,  con su vida, nos dice que es necesario guardar silencio muchas veces. Él, ante quien lo ofendía y lo acusaba, guardó silencio. Nosotros también debemos aprender de Él y callar cuando nos ofenden y sentimos el deseo de devolver la ofensa, y gritar y vengarnos. ¡No! ¡No hagamos así! Tratemos de dominarnos y elevemos el pensamiento a Dios y cerremos nuestra boca hasta que pase la tempestad, porque palabra que se dice no vuelve, y luego nos arrepentiremos de las cosas que dijimos en un momento de cólera.

Aprendamos de Jesús, del Divino Silencioso que está en el Sagrario, y abramos la boca solo para rezar y para decir palabras edificantes. Recordemos que un alma jamás llegará a la santidad si no controla su lengua.

 

No juzgar.

En este mundo dejemos a Dios el juicio de los hermanos, porque si juzgamos, lo más probable es que nuestro juicio sea injusto porque no vemos todo completo como lo ve Dios, sino que vemos en parte y medio nublado, además. Recordemos que Dios dará a cada uno lo que le corresponde y que nada dejará sin premiar o castigar. Pero Dios es paciente y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad, por eso da tiempo a los pecadores para que se arrepientan y se conviertan.

En cuanto a nosotros, debemos perdonar todo y a todos, ya que es el mismo Jesús el que nos lo ordena, y nos enseñó en el Padrenuestro que debemos perdonar a los que nos ofenden. Porque el perdón es un bien también para nosotros, para nuestra paz interior y exterior. Porque un alma resentida y rencorosa no tiene paz y vive amargada y tal vez buscando venganza. ¡No! Nosotros no debemos ser así, sino esforzarnos por perdonar y amar. Por lo menos rezar por los que nos ofenden y si están en algún peligro o gran necesidad, socorrerlos como es de buenos cristianos.

No odiemos jamás, porque el odio viene de Satanás y él quiere que odiemos para que seamos, como él, dignos del Infierno eterno. No odiemos a nadie, solo el pecado y el mal. Y como dice el dicho: Hay que matar el error, pero amar al que yerra.

 

El que desprecia lo pequeño...

El que desprecia lo pequeño, poco a poco se precipitará. Es decir que el que no da importancia a los pecados “pequeños”, poco a poco caerá en los grandes. Por eso no debemos descuidarnos y hacer todas las cosas con fidelidad y lo mejor posible, pues para Dios no hay obras ni grandes ni pequeñas, solo hay obras hechas con amor o sin amor.

Entonces pongamos mucho amor en las obras que realizamos. Tomemos el ejemplo de la Santísima Virgen que tenía momentos de altísima contemplación, pero que también hacía las humildes cosas de la casa con un amor tan ardiente que conquistaba el Corazón de Dios.

Así que no despreciemos nada de lo que hacemos durante el día, sea lo que sea, ya que, como dice el Apóstol: “ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”.

Tengamos cuidado en no despreciar las cosas pequeñas y ser muy fieles en ellas a Dios, porque como dice el Señor: “El que es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho. Y al que se le ha confiado poco y fue fiel, se le confiará mucho más.”

 

En el exilio.

Vivimos en esta tierra, que es un exilio, pues nuestra verdadera Patria es el Cielo que nos espera después de esta vida terrena. Por eso no debemos atarnos demasiado a este mundo y vivir con la mirada puesta en las cosas celestiales, aunque cumpliendo a la perfección las terrenas.

La se dice en la oración de la Salve que este es un valle de lágrimas y, aunque muchas veces nos sentimos felices y cómodos en esta vida, también es cierto que llegan momento en que nos sentimos desterrados. Y es lógico que sea así porque este no es nuestro mundo. Nuestro mundo era el Paraíso terrenal, y desde allí, después de una vida tranquila pasábamos al Cielo. Pero el pecado vino a trastornar todo y desde entonces el hombre debe sufrir. Pero Cristo ha santificado el sufrimiento y nos ha dicho que ése es el único camino para llegar al Cielo, el de la renuncia y el de cumplir los Diez Mandamientos llevando nuestra cruz de cada día. Así que tomemos coraje y, con lágrimas en los ojos tal vez, sigamos el camino que nos lleva a la felicidad eterna del Cielo, pasando por este inmenso desierto que es el mundo, hasta que lleguemos a la tierra prometida.

 

No abandonar la Santa Comunión.

Si queremos salir victoriosos de este combate que llevamos en este mundo, es necesario que nos aferremos a la Sagrada Comunión, ya que éste es el Pan de los fuertes y el vino que engendra vírgenes y lleva al heroísmo.

Sepamos que el demonio hará todo lo que esté a su alcance para alejarnos de la Eucaristía, pues sabe que un alma eucarística está perdida para él. Y si no puede hacernos caer en pecado mortal para que no podamos acercarnos a comulgar, por lo menos intentará hacernos creer que estamos en pecado y nos pondrá escrúpulos y toda clase de artimañas como por ejemplo decirnos que no somos dignos de acercarnos al Pan de Vida.

Pero ¡atención! A no dejarnos embaucar por el Astuto, y sigamos comulgando, de ser posible todos los días, con constancia. Y si tenemos la desgracia de cometer un pecado grave, confesémonos lo antes posible y sigamos comulgando, pues en la Comunión nos vamos haciendo cada vez más semejantes a Dios, porque cuando ingerimos un alimento cualquiera, el cuerpo lo asimila y lo convierte en nosotros mismos; pero cuando comemos la Eucaristía, que es Jesucristo, Él es el que nos asimila a Sí mismo y nos hacemos cada vez más Cristo.

No dejemos la Eucaristía por nada del mundo, y venzamos nuestra pereza para participar de la Santa Misa, que si nos dirían que en tal lado hay un tesoro incalculable esperándonos, iríamos rápidamente. Pues bien, la Eucaristía y la Santa Misa son tesoros infinitos que valen infinitamente más que cualquier tesoro de la tierra.

 

Al combate.

Ya hemos sido creados y estamos viviendo en este mundo. Ya Dios no nos destruirá sino que seguiremos existiendo para siempre, o en el Cielo o en el Infierno, y esto dependerá de lo que hagamos aquí en la tierra, pues se vive una sola vez y después llega la muerte y con la muerte el juicio donde se decide nuestra suerte.

Tenemos muchos enemigos en este mundo que nos quieren ver en el Infierno: el enemigo está en nosotros mismos, el mundo también es enemigo, y tenemos a Satanás, que es un espíritu poderoso que quiere nuestro mal y nuestra perdición. Así que no tenemos tiempo para aburrirnos, sino que hay que correr al combate que se nos presenta. Como dicen los Santos: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Así que a poner todo de nuestra parte porque esta aventura es única y nosotros somos los protagonistas y a nosotros nos incumbe que tenga un final feliz o desventurado.

A no tener miedo, a ser prudentes y a luchar con la oración y la abnegación de nosotros mismos. Confiemos en la ayuda de Dios y tengamos una gran devoción a María Santísima, nuestra Capitana, y como dicen los santos ¡Ave María y adelante!

 

Eternidad.

Si de vez en cuando meditáramos esta palabra “eternidad” y lo que ella significa, seguramente cambiaríamos radicalmente nuestra forma de vida y seríamos muy fieles al Señor. Porque nosotros, que estamos leyendo esto, debemos saber que ya no moriremos más. Hemos sido creados por Dios y para siempre existiremos, ya sea en el Cielo, gozando lo inimaginable, o sufriendo terriblemente en el Infierno, y ambos estados son eternos. Es decir que somos eternos, y según sea nuestra vida en este mundo, así será la eternidad que merezcamos.

Pero pensemos un poco en lo que es la eternidad.

Si todos los granitos de arena de las playas de la tierra se convirtieran en siglos, la verdad es que sería un número muy grande de siglos, un muy largo tiempo, imposible de imaginar casi. Pues bien, aún después de que haya pasado esa tremenda cantidad de tiempo, los gozos del Cielo y los tormentos del Infierno no habrán hecho más que comenzar.

Oigamos lo que Jesús le dice a María Valtorta sobre el tiempo que un condenado pasa en el Infierno: “Vosotros no sabéis y no creéis. Mas en verdad os digo que os convendría más soportar todos los tormentos de mis mártires que una hora de esas torturas infernales.”

Y si una hora es tan terrible, ¡¿qué será pasar allí siglos y siglos?! ¡¡La eternidad!!

Hagamos el firme propósito de no pecar más.

 

Pobres de espíritu.

En este mundo materialista el demonio nos quiere atar cada vez más a los bienes materiales, alejándonos así de la oración y de la vida de unión con Dios, porque donde está el demonio no puede estar Dios, y allí donde está Mammón no puede estar Jesús.

Esto de apegarnos a los bienes materiales suele suceder cuando dejamos la oración de lado; entonces ya tenemos la mirada puesta en las cosas de abajo y nos comenzamos a preocupar desordenadamente de las riquezas, y así las ponemos como finalidad de nuestro vivir. Así que ¡atención!, hay que volver a la oración frecuente, para que cada cosa tenga su lugar y nuestra mirada esté puesta en las cosas de arriba, como dice el Apóstol San Pablo, y no en las de abajo, en las de la tierra.

Este error del materialismo es la encarnación de Satanás, que nos hace creer que por tener más cosas y más comodidades vamos a ser más felices. Esto es un engaño, pues la felicidad del hombre está en Dios, porque el hombre tiene hambre de infinito, de felicidad infinita, y eso no lo puede colmar ningún bien material, sino solo Dios, para el cual fuimos creados.

Entonces recordemos: más oración y menos ambición.

 

Tender a la santidad.

Esto es lo que debemos hacer todos los cristianos: “Tender a la santidad”, pues para esto estamos en el mundo, para ser santos, es decir, para alcanzar la perfección en este mundo y así ir a gozar de Dios para siempre en el Cielo. Esto es lo que realmente importa. Un hombre que se santifica, hace más que mil hombres que viven tibiamente su cristianismo. Todos los hombres tenemos el deber de tender hacia la santidad. Ya Jesús lo dice en el Evangelio: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”, y si bien nunca la criatura llegará a ser tan perfecta como su Creador, siempre podrá acercarse lo más posible a dicha perfección, porque Jesús con este mandato ha querido que no pongamos límites en nuestro tratar de ser perfectos.

Es que el santo sirve para todo. Un santo es un buen esposo, buen hijo, buen hermano, buen ciudadano, buen trabajador, y atrae las bendiciones de Dios sobre él y sobre sus hermanos. Además, el que se santifica no solo se hace bien él mismo, sino que por la Comunión de los Santos, el bien que hace circula por todo el Cuerpo Místico que es la Iglesia; así como también el que peca no solo se hace mal a él mismo sino que causa daño a toda la Iglesia.

Seamos santos. No nos arrepentiremos.

Fdo. Cristobal Aguiilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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