Lunes, 01 de febrero de 2010
REFLEXIONES Y MEDITACIONES QUE NOS AYUDAN

Preguntas y Reflexiones que nos ayudan. EL AUTOR DEL BLOG.

¿Por qué?

¡Cuántas veces le preguntamos a Dios: “¿Por qué?”! ¿Por qué lo has permitido?, ¿por qué me pasó esto? Pero no nos apuremos. Esperemos que pase un poco el tiempo y posiblemente obtendremos una respuesta, y si no es en este mundo, será en el Cielo donde encontraremos las respuestas adecuadas. Y así entenderemos que TODO lo que nos sucedió en este mundo fue querido o permitido por Dios por amor hacia nosotros. ¡Pero cómo! Sí, por amor. Aquí no lo entendemos, pero en el Cielo veremos claro. Aquí vemos el tapiz del lado en donde están todos los hilos entrecruzados y no entendemos nada, pero en la eternidad veremos el tapiz del lado correcto y todos los hilos formarán un bello cuadro, ordenado, y quedaremos admirados y agradecidos con Dios.

Lo que sí debemos hacer es rezar, y rezar mucho, porque las pruebas que nos pone el demonio en el camino, y que Dios a veces permite, no siempre nos encuentran bien preparados con la oración. Por eso hagamos caso a las palabras que dijo el Padre Pío de Pietralcina: “Reza, ten fe y no te preocupes”.

Nunca le preguntemos a Dios: “¿Por qué?”, sino confiemos en su Divina Providencia, que todo lo dispone para el bien de los que lo aman.

No decir: “Yo ya llegué”.

Nunca hay que decir: “Yo ya llegué al grado de santidad que Dios quiere y aquí me planto”. ¡No! Siempre hay que seguir avanzando y luchando contra nuestros defectos y pasiones, porque esta vida es tiempo de prueba y según como salgamos de esta prueba, así será nuestro destino eterno.

En la vida espiritual uno nunca se queda en el mismo lugar, sino que, o avanza, o retrocede, pero nunca se queda quieto. Entonces no nos quedemos dormidos en los laureles, como se suele decir, y trabajemos por nuestra santificación y por la salvación de las almas. Hasta el último suspiro sigamos en el combate. Nunca dejemos las armas, porque el demonio es paciente y a veces se hace el que no nos vigila, pero en realidad no nos pierde de vista ni por un instante, y está esperando el momento oportuno para actuar. Atención, entonces, y mucha oración.

Solo demos el grito de ¡victoria! cuando estemos en el Paraíso junto a Dios, a María y a los Ángeles y Santos, pero no antes para no aflojar en la carrera.

Las pruebas.

En las pruebas de la vida siempre debemos ver la amorosa mano de Dios que las permite para nuestro bien y el de otras almas.

Las pruebas no vienen de Dios, porque el mal no viene nunca de Dios, jamás; sino que el mal viene de Satanás y sus demonios. Todo el mal viene de ellos. Dios a veces lo permite por bondad, pues Él sabe sacar bien del mal.

Nosotros debemos rezar mucho para que las pruebas de la vida no nos superen y podamos salir airosos de ellas, ya que con la oración se obtienen gracias y ayudas de Dios, que Él está dispuesto a concedernos en abundancia si se las pedimos en la oración.

Si nos hemos decidido a ser fieles a Dios y a seguir a Cristo, no nos faltarán las pruebas, pues el demonio, envidioso de nosotros y que nos odia eternamente, hará todo lo que pueda por desviarnos del camino y arrastrarnos al abismo. Estemos atentos, vigilantes y orando en todo tiempo, pues nuestra lucha no es contra seres de carne y sangre, sino contra las potestades infernales.

En cada asunto siempre tener presente a Dios.

En cada asunto de nuestra vida siempre deberíamos tener presente a Dios, porque a veces actuamos sin pensar en Dios y por lo tanto actuamos mal.

Cuando me siento a mirar una película, pensar: ¿Dios la miraría? Cuando tengo que decidir algo, pensar: ¿Cómo decidiría Dios estando en mi lugar? Y según sea lo que nos dice la recta conciencia, proceder así.

También en las miradas debemos tener presente a Dios y ver a Jesús en cada persona, pues si reparamos en quién es el que nos pide un favor o nos hace algún mal, no podremos evitar sentir desagrado. En cambio si hacemos el ejercicio de ver a Jesús en todas las personas que nos piden algo o con las que tratamos, nuestras relaciones mejorarán y le daremos gusto al Señor, y trataremos a todos con la caridad que Cristo nos pide en el Evangelio. Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre. La dulzura y la bondad siempre atraen a los hombres, y Dios está contento de que las utilicemos para el trato con nuestro prójimo.

Pero es necesario que conozcamos a Dios a través de la oración, de los sacramentos y de la lectura espiritual de su Palabra, y así sabremos lo que opina Dios en cada situación particular que nos toque resolver.

 

Vivamos como si mañana debiéramos morir.

Nadie tiene comprada la vida, y cuando menos lo esperemos nos puede llegar la muerte. Ya Jesús nos lo dice en el Evangelio que el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada, que llegará a la hora del ladrón, y el que no esté preparado para recibirlo no entrará en el Cielo.

¿Y cómo hay que estar preparado para recibir al Señor, ya sea en su Segunda Venida o en el momento de nuestra muerte? Simplemente viviendo constantemente en gracia de Dios, es decir, cumpliendo los Diez Mandamientos y las enseñanzas de Jesús en el Evangelio. Así estaremos siempre preparados para cuando venga el Señor y nos llame a su presencia.

Esto es lo que realmente importa en nuestra vida: morir estando en gracia de Dios. Porque si morimos estando en pecado grave, nuestro destino es el Infierno eterno. Por eso, si tenemos la desgracia de cometer un pecado grave, debemos hacer enseguida un acto de contrición perfecta con el propósito de confesarnos cuanto antes con un sacerdote. Y no acostarnos nunca estando en pecad, pues como dice el dicho: “Pecador, no te acuestes nunca en pecado, no sea que despiertes ya condenado”.

 

Dios nos ve.

Dios siempre nos ve. No hay lugar donde podamos escondernos de su mirada. Y esto no es para amedrentarnos, sino porque Él no quiere dejar ni un momento de cuidarnos y prodigarnos sus gracias. Pero también es cierto que si pecamos, Él también lo ve. El Señor todo lo ve, por eso debemos comportarnos siempre sabiendo que estamos en su presencia, y aunque estemos en la habitación más solitaria y oscura, para Dios todo es claridad. Los santos tenían siempre la idea de la presencia de Dios, porque ello los salvaba de caer en muchos pecados. Y los hombres pecan porque no piensan en esto y creen poder escaparse de la mirada de Dios.

Recordemos que todas nuestras acciones serán llevadas a juicio, y que el demonio, en el juicio, nos acusará de todos los pecados y maldades que hayamos cometido. ¿Y quién nos defenderá, si son verdaderas esas cosas? Porque el demonio también nos espía y nos induce al pecado y está como león rugiente a nuestro alrededor para hacernos pecar. A veces nosotros estamos medio dormidos y no tomamos conciencia de estas realidades espirituales, pero sepamos que los santos, todos los santos, tuvieron que luchar contra los demonios que los molestaban. Esto nos sucederá también a nosotros si queremos ser fieles a Dios. No tengamos miedo y confiemos en la Misericordia de Dios y en la protección de María Santísima.

 

Dios es Bueno.

Dios es Bueno, infinitamente Bueno. Esta es una verdad que debiéramos graba a fuego en nuestra alma, para no dudar de Dios y tener cada vez más confianza en Él. Porque el mal, todo el mal que hay en el mundo viene de Satanás. El mal nunca puede venir de Dios, porque Dios hace todo bien, todo bueno, y no hace nada imperfecto, y el mal es una imperfección, como las enfermedades, desastres naturales, guerras, epidemias, etc.

Dios permite el mal porque de él saca un bien mayor para una o muchas almas. Cuando se dice que Dios castiga sucede esto, es decir, Dios deja de proteger a un alma y entonces los demonios le hacen daño. Por eso debemos rezar mucho para ser protegidos siempre por Dios, y para que las pruebas que nos pone Satanás, y que Dios permita para nuestra santificación, no nos desvíen del buen camino del cumplimiento de los Diez Mandamientos

Recordemos siempre esto: Que todo el mal que hay en el mundo y en nuestras vidas no provienen de Dios sino de Satanás y sus demonios, porque Dios es Bueno y solo da cosas buenas a sus hijos. Por eso el mayor atributo de Dios es la Misericordia. Dios es Amor.

 

A la mayor Gloria de Dios.

Nuestra vida en este mundo debemos vivirla a la mayor Gloria de Dios y para la salvación de las almas. No gastemos nuestra vida inútilmente, “matando” el tiempo, como suele decirse, sino aprovechemos el tiempo de vida que tenemos para salvar almas.

Jesús, en un mensaje que da al P. Michelini, le dice que un alma que se condena es mayor mal que todas las calamidades pasadas, presentes y futuras que suceden en el mundo. Y es que esa alma va a castigos eternos. No nos podemos hacer una idea lo que quiere decir esto. El sólo pensarlo –si lo pensáramos seriamente- es causa de que nos venga un gran fervor por salvarlas y salvarnos nosotros. Por eso el demonio ya no quiere que se hable del Infierno eterno, ni de la eternidad, que será según haya sido la vida en la tierra.

Abramos los ojos y no nos dejemos engañar por Satanás que nos quiere hacer olvidar lo más importante que es la salvación del alma, de la nuestra y de las de nuestros hermanos. No desperdiciemos nuestra vida, sino aprovechémosla para la Gloria de Dios y bien de nuestros prójimos.

 

Con sencillez y confianza.

Debemos hablar con Dios con sencillez y confianza, pues Él es un Dios simple, sencillo, y ama la sencillez y la simplicidad. No rebusquemos nuestro lenguaje cuando hablamos con Él, porque el Señor ya sabe todo de nosotros y quiere que seamos sinceros y sencillos.

Las cosas complicadas no vienen de Dios, sino del espíritu maligno que trata de hacer complicado lo que es sencillo. El Evangelio de Jesús es sencillo, y los que lo explican complicándolo, no son de Dios.

Cuando vayamos a los pies de Jesús Sacramentado hablémosle como al mejor de los amigos. No tratemos de engañarlo porque a Dios no se le engaña y no nos ensalcemos ante Él, pues el Señor es el Todo y nosotros somos la nada. Vayamos con confianza ilimitada en su Bondad, sabiendo que del Señor no nos puede venir ningún mal, y que cuando nos sucede alguna desgracia, ésta viene siempre de Satanás y no de Dios, que nos ama con un amor infinito y solo quiere nuestro bien.

 

Conservar la paz.

La paz viene de Dios, la turbación viene del demonio.

Satanás, cuando no nos puede hacer caer en el pecado, trata de hacernos perder la paz, de asustarnos y acobardarnos, y llevarnos al desaliento. No le demos el gusto y estemos vigilantes y conservemos la paz a toda costa. No sigamos su juego. Debemos cuidar nuestra paz interior y rezar mucho, especialmente el Santo Rosario el cual nos trae paz al alma, a las familias y al mundo entero.

Para reconocer si un pensamiento viene o no de Dios hay que ver si nos deja paz o inquietud en el alma. Si nos trae paz, es de Dios; si nos trae inquietud, miedo, es del demonio y hay que descartarlo enseguida.

Oremos frecuentemente porque Satanás es muy astuto y necesitamos de la oración que nos obtiene la ayuda de Dios, pues Dios ha prometido dar muchas gracias pero a aquellos que se las pidan a través de la oración.

 

Con la mirada puesta en el Cielo.

Como dice el Apóstol San Pablo, debemos buscar las cosas de arriba, es decir, caminar por este mundo pero con la mirada puesta en el Cielo, porque todo lo de aquí abajo es pasajero y somos peregrinos que vamos en busca de la Ciudad Celestial. Allí estaremos felices para siempre, si aquí abajo hemos cumplido los Diez Mandamientos y hemos sido fieles a las enseñanzas de Jesús en el Evangelio.

Cuando estemos sufriendo, pensemos en el Cielo que nos espera, no caigamos en la desesperanza. Recemos el Rosario, especialmente los misterios gloriosos, que nos harán olvidar un poco de este mundo y nos harán pensar en la gloria futura que conquistaremos a fuerza de sacrificios y de sufrimientos en la vida. Porque hay que recordar que esta vida terrena es tiempo de prueba. Algunos la viven como si esta vida fuera la única que existe y se olvidan de lo más importante, de que este tiempo es tiempo de combate para conquistar la Vida eterna. Nosotros no seamos insensatos como ellos, y preparémonos para la lucha contra los enemigos del alma, que harán todo lo posible para desanimarnos y llevarnos a la perdición.

 

Para no cansarnos.

Para no cansarnos en el arduo camino hacia la santidad, es necesario que nos apoyemos en Dios que es nuestra Fuerza. Tenemos que acudir a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía que es el mismo Cristo que viene a nosotros a darnos su poder y fortaleza.

Hay que perseverar hasta el fin. No basta ser católico por unos días o por unos meses o por unos años, hay que serlo siempre, hasta el último suspiro, hasta que la muerte nos presente ante Dios para ser juzgados por Él.

Ya lo dice Jesús en el Evangelio, que el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Y para perseverar hay que rezar, y rezar mucho, pues toda la fuerza y las gracias nos vienen con la oración. No dejemos jamás la oración porque con ella se vencen las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne. La llama apostólica no debe arder solo por un tiempo, sino que nos debe durar para todo nuestro día terreno. A no descorazonarse y a ser valientes y pedir la ayuda de Dios para seguir en el combate hasta el fin.

 

El martirio cotidiano.

Para ser mártires no es necesario morir decapitado o en la hoguera, sino que la cosas de cada día, con sus pequeñeces y sus crucecitas, si las llevamos con valor, con constancia y con amor, ya son un martirio igual al martirio cruento. Porque hay que tener constancia para sufrir las mil contrariedades de todos los días, sin rebelarse.

El mártir sufre solo por un corto tiempo, en cambio nosotros, en nuestro vivir diario, debemos sufrir las mil cosillas que nos molestan, y eso día tras día, hoy igual que ayer y lo mismo que mañana, y siempre así. Hay que ser valientes para no huir del combate y mantenerse mansos y alegres en medio de este batallar.

Así que pongamos los pies sobre la tierra y elevemos la mente al Cielo. No esperemos las grandes ocasiones para servir al Señor derramando nuestra sangre por Él, sino vayamos derramando gota a gota de nuestra sangre, haciendo con amor y paciencia las mil cosas de cada día, soportando al prójimo y a nosotros mismos. Esto ya es un martirio agradable a Dios y que sirve para la salvación de las almas.

 

¿Por qué existimos?

¿Por qué existimos cada uno de nosotros? En nuestro lugar Dios podría haber creado millones y millones de otros seres humanos. Pero no. Él ha querido crearnos a nosotros. ¿Y por qué? Simplemente por amor, porque nos ama desde toda la eternidad y quiere que vayamos a gozar de su Felicidad al Cielo por los siglos de los siglos.

Ahora digo yo: ¿Vale la pena, por un  placer mezquino y corto, por un pecado, perder esa felicidad para la cual nos ha creado? ¿No es de locos preferir el horror del infierno eterno, a la paz beatífica del Cielo, y solo por un pecado?

Es tiempo de que comprendamos la gravedad del pecado y que lo dejemos de lado, pues Dios nos quiere en el Cielo con Él y nos ha creado para la Gloria eterna. No defraudemos el Corazón de Dios. No defraudemos a nuestra alma. Dios nos ama, y aunque tengamos que pasar o hayamos pasado por pruebas duras, en el Cielo comprobaremos que fueron permitidas o queridas por Dios por amor.

Así que agradezcamos a Dios porque nos ha elegido y nos ha mantenido en la existencia por amor y para que tengamos tiempo de recapacitar y elegir el camino correcto

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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