Domingo, 31 de enero de 2010
EL ABORTO - VISIONES DE MARÍA VALTORTA

Como ya conocemos ha esta hermana nuestra de diversos artículos, no voy a referír otra vez quien era, no así por olvidarla, sino más bien por evitarle al lector el reiterativo magullar del texto ya conocido. EL AUTOR DEL BLOG

“‘No matarás’, está escrito. ¿A cuál de los dos grupos de mandamientos pertenece éste? ¿‘Al segundo’, decís? ¿Estáis seguros? Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: ‘A la víctima’? ¿Estáis seguros de esto también? Os hago una tercera pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio? Al matar, ¿no cometéis más que éste único pecado? ¿‘Este sólo’, decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Decid en voz alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero”.

Se pone en pie un anciano de aspecto grave y dice: “Escucha, Maestro. Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues. Me parece, nos parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado. Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las agresiones físicas. Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad. Por tanto, si me equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey vestido de luz. Y, como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida” y se inclina, antes de sentarse, con el máximo respeto.

“¿Quién eres, padre?”.

“Cleofás, de Emaús, tu siervo”.

“No mío, sino de Aquel que me ha enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra, en los corazones. El primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición. Mas escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.

Para medir una culpa es necesario pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la explican. ¿A quién he matado?, ¿qué he matado?, ¿dónde?, ¿con qué medios?, ¿por qué he matado?, ¿cómo he matado?, ¿cuándo he matado?: éstas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle perdón.

¿A quién he matado? A un hombre.

Yo digo: a un hombre. No pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo. Para mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un Único; por tanto, todos iguales. En efecto, frente a la majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra, y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por tanto, la de estar bajo Satanás. La Ley antigua distingue entre libres y esclavos, y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar dejando sobrevivir un día o dos, o también acerca de si la mujer encinta muere por el golpe recibido, o si pierde la vida sólo su fruto. Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora se halla entre vosotros, y dice: Quienquiera que mate a un semejante suyo peca; y no peca sólo con el hombre, sino también contra Dios.

¿Qué es el hombre? El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la creación, creado a su imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen. Observad el aire, la tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que, por muy hermosos que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme, genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa... pero no tiene la capacidad de hablar. El hombre, como el animal, sabe correr y saltar, y en el salto es tan ágil que emula al ave; sabe nadar y nadando es tan veloz que semeja al pez; sabe arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe cantar, y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse... Pero, además, sabe hablar.

No digáis como objeción: “Todo animal tiene su lenguaje”. Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro pía, o gorjea... pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al mismo y único mugido, y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo, y el burro rebuznará como rebuznó el primero, y el pardal siempre emitirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno (al Sol, la primera; a la noche estrellada, el segundo), aunque sea el último día de la Tierra, de la misma manera que saludaron al primer Sol y a la primera noche terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto, sabe –debido a ello– captar las sensaciones nuevas y reflexionar en ellas y darle un nombre.

Adán puso por nombre “perro” a su amigo, y llamó “león” a aquel que, por su melena tupida y derecha en una cara ligeramente barbada, se le parecía más; llamó “oveja” a la cordera que le saludaba mansamente, y llamó “pájaro” a esa flor de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía, dulce, un canto que ésta no posee. Y andando el tiempo, a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que “fueron conociendo” las obras de Dios en las criaturas, o cuando –por la chispa divina que hay en el hombre– engendraron, además de otros hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos (si estaban con Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan maléficas para el prójimo). Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por el mal ingenio humano.

El hombre es, pues, la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por Él: lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo –no a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo– revistiéndole de la humana carne, para salvar al hombre; y no consideró indigna esta veste para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como Él purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.

El Padre me dijo: “Serás hombre: el Hombre. Yo hice ya un hombre, perfecto, como todo lo que hago. Había dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición, un beato despertar, una beatísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso. Pero, como Tú sabes, en ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo-Nosotros, Dios Uno y Trino, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy el que soy. Mi divina naturaleza. Nuestra misteriosa Esencia, no puede ser conocida sino por aquellos que no tienen mancha. Al presente, el hombre, en Adán y por Adán, está sucio. Ve. Límpiale. Es mi deseo. Serás Tú, de ahora en adelante, el Hombre, el Primogénito, porque serás el primero en entrar aquí con carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original. Los que te han precedido sobre la faz de la tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu muerte de Redentor”. Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he nacido, y moriré.

El hombre es la criatura predilecta de Dios. Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su predilecto –la pupila de sus ojos– y se lo matan, ¿no sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así, porque el padre debería ser justo con todos sus hijos, pero de hecho así sucede, y es porque el hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque el hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual, signo innegable de la paternidad divina.

¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende sólo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre se ofende sólo al hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: sólo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida o la muerte. Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo, porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.

Ved que así he dado respuesta a las dos primeras preguntas.

¿En dónde he agredido a mi víctima?

Se puede hacer en la calle, en casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el seno grávido de su fruto.

Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo. Un animal que se escape a nuestro control puede matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación. Si, por el contrario, uno va, armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a la casa de su enemigo –y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido la equivocación de ser mejor–, o le invita a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego le degüella y le echa al pozo, entonces hay premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.

Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el precepto de Dios es sagrado, como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha dado un alma.

¿Qué medios he utilizado?

En vano uno dirá: “No quería matar”, cuando en realidad iba armado con un arma segura. En un momento de ira incluso las manos se transforman en arma, y la piedra tomada del suelo, o la rama arrancada del árbol. Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha, y si cree que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de forma que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad, y preparado de tal suerte va adonde su rival, ciertamente no podrá decir: “No había en mí deseo de agredir”. Y aquel que prepara un veneno tomando hierbas y frutos venenosos y haciendo con ellos polvo o bebida, y luego lo ofrece a la víctima, como especia o como sidra, ciertamente no podrá decir: “No quería matar”.

Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar. No unáis homicidio con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el hombre no vea. Dios ve todo y se acuerda de todo. Tenedlo presente también vosotras.

¿Por qué he matado?

¡Oh, por cuántos porqués! Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta (veros profanado el tálamo, encontraros con un ladrón dentro de casa, un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia), hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones. Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor, asesina, mas no se lo concede a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima de los demás.

Obrad siempre bien para no temer ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.

¿Cómo he matado?

¿Ensañándome con la víctima aún después de la primera reacción impulsiva? En algunas ocasiones el hombre no se puede frenar porque Satanás le impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra. Pero, ¿qué diríais de una piedra que, habiendo dado en el blanco, volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en su objetivo? Diríais: “Está poseída por una fuerza mágica e infernal”. Así es el hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino, o sea, en el satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un satanás, es odio.

¿Cuándo he matado?

¿Durante el primer impulso? ¿Una vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha ido fermentando cada vez más el rencor? ¿O he esperado incluso años para cometer el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los hijos?

Así podéis ver cómo al matar se viola el primero y el segundo grupo de mandamientos. En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo. Es pecado, por tanto, contra Dios y contra el prójimo. Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio, y, en ocasiones –si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa–, de codicia. Y no –aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día –y no se peca de homicidio sólo con un arma o con veneno; también calumniando. Meditad en ello”.


Visitar a los encarcelados.

¿Creéis que en las galeras están sólo los delincuentes? La justicia humana tiene un ojo tuerto y el otro medio nublado, por el que ve camellos donde hay nubes o confunde una serpiente con un ramo florido. Juzga mal. Y todavía peor porque frecuentemente quien la hace, forma a propósito neblinas de humo para que no juzgue bien. Aun cuando los encarcelados fuesen todos ladrones y homicidas, no es justo que nos hagamos ladrones y homicidas, quitándoles la esperanza de perdón con nuestro desprecio.

¡Pobres prisioneros! No se atreven a levantar los ojos a Dios, cargados como están con su delito. Las cadenas, en verdad, están más bien en el espíritu que en los pies. Pero ¡ay de ellos si desconfían de Dios! Unen al delito contra el prójimo el de la desesperación del perdón. La galera es expiación, como lo es la muerte en el patíbulo. Pero no basta pagar la parte a la que tiene derecho la sociedad humana por el delito cometido. Es menester pagar también y sobre todo la parte que se debe a Dios, para poder expiar, para tener la vida eterna. Quien es rebelde, quien se desespera no expía sino ante la sociedad. Que el amor de los hermanos vaya al condenado o al prisionero. Será luz en las tinieblas. Será una voz. Será una mano que señala lo alto, mientras la voz dice: “Que mi amor te diga que también Dios te ama; Dios que me puso en el corazón este amor por ti, hermano desventurado” y la luz permite entrever a Dios, Padre piadoso.

Que vuestra caridad se dirija con mayor ahínco a consolar a los mártires de la justicia humana. A los que en realidad no son culpables, o a los que una fuerza cruel empujó a matar. No juzguéis allí donde ya se juzgó. No sabéis que muchas veces el que asesina no es sino un muerto, un autómata privado de razón, porque un asesinato incruento le quitó la razón con la vileza de una cruel traición. Dios sabe y basta. En la otra vida se verán muchos de los que estuvieron en las galeras, muchos de los que mataron y robaron, poseyendo el cielo, porque en realidad los verdaderos ladrones de la paz de los demás, de la honradez, de la confianza, los verdaderos asesinos de un corazón fueron ellos: las pseudo–víctimas. Víctimas sólo porque fueron las últimas en recibir el golpe. El homicidio y el hurto son pecados, pero quien mata y roba, porque fue empujado por otro, y luego se arrepiente, y quien induce a otros al pecado y no se arrepiente, será castigado menos duramente que el que lo empujó al pecado sin sentir remordimiento.

Por lo cual, no juzgando jamás, sed compasivos para con los encarcelados. Pensad siempre que si se debiese castigar a todos los homicidas y ladrones, no pocos hombres ni pocas mujeres morirían en las galeras o en el patíbulo. A esas madres que conciben y que luego no quieren dar a luz su fruto, ¿qué nombre se les dará? ¡Oh! no juguemos con las palabras. Digámoslas claramente su nombre: “Asesinas”. Esos hombres que roban reputación y puestos, ¿cómo los llamaremos? Con lo que son: “Ladrones”. Esos hombres y mujeres que siendo adúlteros o maltratando a sus familias y que por eso empujan al homicidio o suicidio, o también los que siendo grandes de la tierra arrastran a la desesperación a sus vasallos, y con la desesperación a la violencia, ¿qué nombre se merecen? Este: “Homicidas”. ¿Huye alguien? Vosotros sois testigos de que entre galeotes que escaparon de la justicia, que llenan casas y ciudades y se topan con nosotros en las calles y duermen en los mismos albergues que nosotros y con ellos condividimos la mesa, se vive sin preocupación alguna. Y sin embargo ¿Quién está sin pecado? Si Dios escribiese en la pared del lugar donde se reúnen para su banquete los pensamientos del hombre, en la frente, las palabras acusadoras de lo que fuisteis, sois o seréis, pocas frentes llevarían escrita con letras luminosas la palabra: “Inocente”. Todas las demás con color de verde como la envidia, negro como la traición, rojo como el crimen, llevarían las palabras: “Adúlteros” “Asesinas” “Ladrones” “Homicidas”.

Sed, pues, misericordiosos sin soberbia para con los hermanos menos afortunados, según la condición humana, que están en las galeras expiando lo que vosotros no expiáis, por la misma culpa. Vuestra humildad sacará de ello humildad.

Fdo. Cristobal Aguilar.


Image Hosted by ImageShack.us
By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
 
¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com Contador de visitas y estadísitcas
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti