CATEQUESIS SOBRE LA MISA
La Misa es el ofrecimiento de Cristo y nuestro al
Padre, y básicamente tiene dos partes, que son la liturgia
de la palabra (después de estar bien preparados por la
petición de perdón de los pecados) y la Eucaristía. Ofrecimiento
al Padre de Jesús y nuestro, pues somos también nosotros
hijos de Dios (como le dijo a María el primer
domingo: "di a mis hermanos: subo a mi Padre, que
es también vuestro Padre").
a) La liturgia de la Palabra. "La
Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía
me ha llevado en diversos momentos de mi vida -dice
otro testimonio- a tomar decisiones concretas para ir adelante en
hacer la voluntad de Dios en mi vida; no es
cuestión de voluntad (muchas veces no encuentro esta intensidad) sino
un don de Dios". A nosotros nos toca, como en
el milagro de Caná, llenar las tinajas de agua (estar
ahí, dispuestos a la escucha de la Palabra): es Jesús
quien puede hacer el milagro de convertir el agua en
vino (cambiar nuestro corazón), y hacer realidad lo que oímos
al comienzo del Evangelio: "El Señor esté con vosotros".
¿Cómo sería
el encuentro con Jesús, por ejemplo el que tuvieron los
discípulos de Emaús, cuando huían desanimados? Fue en el primer
domingo, y estaban tristes porque no tenían a Jesús; se
les aparece en forma de caminante desconocido, y ellos le
cuentan la amargura del fracaso: "Jesús dijo... hizo... ahora está
muerto..." El acompañante les explica el sentido de la cruz,
y ellos dirán más tarde: "¿no ardían nuestros corazones mientras
en el camino nos iba explicando las Escrituras?" Reencontraron el
sentido de sus vidas; y cuando Jesús hace ademán de
seguir adelante, le retienen "porque se hace de noche", y
al entrar y comer con Él, le reconocieron al partir
el pan, y entonces Jesús desapareció y ellos, gozosos, volvieron
a Jerusalén, a dar testimonio de Jesús.
Fijémonos en que
son como las dos partes de la Misa: la liturgia
de la Palabra y la "fracción del pan", que Jesús
hizo el jueves santo (y que estos discípulos recordarían cuando
reconocieron a Jesús). La Eucaristía nunca es aislada, sino que
-inscrita en el año litúrgico, con unos sentimientos distintos según
sea la esperanza del Adviento, o el dolor de la
Cuaresma o la alegría de Navidad o Pascua...- siempre nos
hace viva la muerte y resurrección de Jesús, por esto
es buena disposición ver que la vida es como un
camino de Emaús, un encuentro con Jesús en el que
cada día hay una palabra suya que va germinando en
nuestro corazón, algo que nos va explicando por el camino.
*
Comienza la Misa con un beso al altar, porque el
altar es Cristo. Invocamos a la Santísima Trinidad, fuente de
vida sobrenatural; y queremos disponernos bien con un acto penitencial,
pidiendo perdón de nuestros pecados (para los pecados graves, se
requiere el sacramento de la confesión).
** Con las lecturas bíblicas,
se continúa el diálogo de Dios con sus hijos, y
proclamamos las maravillas de la salvación (especialmente los misterios de
la vida de Jesús hecho hombre y la fidelidad de
Dios, que no se echa atrás de sus promesas). Esta
palabra viva y eficaz, más penetrante que una espada, provoca
en nuestro corazón una conversión, un estímulo a darnos más,
a amar más, nos infunde esperanza (la selección de textos
de cada domingo se hace con un ritmo cíclico de
tres años). La homilía nos ayuda a actualizar estos tesoros
bíblicos y aplicarlos a nuestras necesidades, como una semilla que
puede producir mucho fruto, aunque muchas veces lo entendemos a
nuestro modo y vamos profundizando sabiendo que es algo inabarcable,
como un iceberg cuya mayor parte sigue hundida en el
misterio y no se ve, aunque sepamos que está realmente
ahí dando consistencia y haciendo posible la belleza de lo
que se ve... Igual que en una gota de
rocío prendida de una hoja en una mañana clara y
serena se refleja la entera bóveda terrestre, así también en
la Eucaristía se refleja todo el arco de la historia
de la salvación. Así los discípulos de Emaús -y nosotros
también- se transforman de tristes en felices. El recuerdo de
Emaús ha quedado como una catequesis única de la Eucaristía
ofrecida por el mismo Jesús resucitado... aún hoy en cada
Eucaristía corre la brisa y la luz de Emaús... se
vuelve a oír la palabra de Dios explicada por Jesús
mismo; es Él quien, ahora como entonces, nos pregunta qué
nos pasa, aquella cosa que cuesta ofrecer… y deja que
le comuniquemos nuestras perplejidades, para introducirnos seguidamente en su misterio
que hace arder nuestro corazón y que soluciona todos nuestros
problemas. Su Palabra integrada en nuestra vida; nuestra vida interpelada
por su Palabra.
*** A continuación, proclamamos nuestra fe (renovación
de las promesas bautismales), y rezamos unos por los otros:
es la plegaria de los fieles para pedir por vivos
y difuntos (especialmente por los pobres y los afligidos).
b) Eucaristía
(acción de gracias). La plegaria eucarística es propiamente la fracción
del pan, es decir la renovación del sacrificio de Jesús,
el memorial de su muerte y resurrección que nos hace
hijos de Dios. La Cena del Señor se llama "Liturgia
eucarística" pues consiste en una acción de gracias-bendición (con la
consagración del pan y del vino que hizo Jesús) y
la distribución (comunión).
Como los discípulos de Emaús, reconfortados en aquel
encuentro con el Señor, cuando les abrió los corazones con
el sentido de las Escrituras, queremos decirle a Jesús: "quédate
con nosotros, Señor, porque anochece..." pues se nos hace de
noche sin Jesús: "sin ti se me hace oscuro todo"...
y Jesús se queda. Le decimos: "quiero agradecerte el regalo
de la Eucaristía, quiero reconocerte en la fracción del pan,
estar seguro de tu presencia. Cuando vienes a mí te
fundes conmigo, por un momento somos los dos uno. ¡Y
cómo arde entonces mi corazón, Jesús! Cuando te siento tan
cerca, ¡qué felicidad! Gracias, Jesús, por quedarte con nosotros de
una manera tan sencilla, tan cercana". Sentándose a cenar con
los de Emaús, le reconocen cuando "tomó el pan, pronunció
la bendición, lo partió y se lo iba dando". Jesús
se hace alimento, para que recobremos las fuerzas; y en
esta plegaria le pedimos: "¡quédate con nosotros! Quédate con nosotros
hoy, y quédate de ahora en adelante, todos los días..."
Se queda como ofrenda al Padre, pues esta parte central
de la Misa es una acción de gracias a Dios
Padre en Cristo.
* Llevamos al altar todas las penas y
alegrías, con la presentación de las ofrendas (pan y vino
para la mesa, colectas para los necesitados, etc.) y ahí
también van los éxitos y fracasos de la semana, nos
hacemos la voz de toda la creación y unidos a
Jesús ofrecemos todo al Padre: trabajos y preocupaciones, alegrías y
tristezas, esa humillación que no sé llevar..., toda la vida.
El sacerdote pone unas gotas de agua en el vino:
poca cosa, pero representa esta participación nuestra que -así como
el agua es una cosa con el vino- nos hará
unir todo lo nuestro a los méritos infinitos de Jesús.
** La liturgia eucarística, parte central de la Misa, se
hace en el altar, lugar del sacrificio. Tiene lugar después
de las ofrendas del pan y del vino, y de
esta invitación a orar; el sacerdote reza una oración sobre
las ofrendas y comienza una acción de gracias larga, introducida
con un diálogo que eleva los corazones a Dios, y
entonces se proclama el "Santo, santo..." -juntando nuestras voces con
los coros angélicos- ante el trono de Dios. Después, hay
una invocación al Espíritu Santo (epíclesis) para que transforme las
ofrendas en Cuerpo y Sangre de Cristo, lo que ocurre
en el relato de la institución de la Eucaristía (Consagración),
donde se realiza la transubstanciación, la consagración del pan
y vino que se convierten en el Cuerpo y Sangre
del Señor, y podemos decir con el discípulo Tomás: "¡Señor
mío y Dios mío!". Recordando la redención obrada por Jesús,
ofrecemos al Padre la Víctima y junto a Jesús nos
ofrecemos nosotros. Este es el sentido profundo de la Misa.
Jesús ofrece su cuerpo (su vida) por nosotros y su
sangre (derramada, su muerte) por nosotros y, así, también nosotros
hacemos nuestra consagración, ofrecemos nuestras vidas (vivir para los demás,
por amor) y nuestra muerte (mortificación, es decir, vida sacrificada,
llevar la cruz que es la señal del cristiano) y
la comunión con Cristo y con los demás nos lleva
a pedir que seamos "un solo cuerpo y un solo
espíritu".
Vamos a detenernos en este actuar de Dios, amante que
sale a nuestro encuentro, busca la oveja perdida y envía
a su hijo para salvarnos: Jesús se hace hombre y
muere en la cruz y con su sacrificio cruento paga
abundantemente los pecados de todos los hombres y nos reconcilia
con Dios, y nos abre las puertas del cielo. El
Padre organiza la gran fiesta para el hijo que vuelve
después de haberse perdido. Pensemos en un mendigo que es
elevado a la categoría de hijo, y en el rey
que lo acoge como hijo propio. Pues mucho más que
esto es lo que Dios hace con nosotros a través
del misterio pascual de Jesús, de toda su vida. Podemos
considerar la Eucaristía bajo varios aspectos, principalmente como
sacrificio ofrecido
a Dios, y como
sacramento de la presencia de Jesús.
Veamos ahora el
sacrificio de Jesús por amor a nosotros,
y al hablar de la comunión nos referiremos a la
presencia. Cuando el sacerdote consagra, ahí pasa algo muy importante
que aconteció hace 2000 años: el hijo de Dios baja
a la tierra, nace haciéndose uno de nosotros, se sacrifica
por mí, se ofrece por cada uno en la Cruz,
el calvario, místicamente, pues el sacrificio se realizó sólo una
vez. Pero es el mismo sacrificio. Una la víctima, Jesús.
Uno el sacerdote, Jesús. Y sólo se distingue en el
modo (en la cruz, en su cuerpo que muere, y
en el altar de modo "eucarístico", bajo las especies). Todos
nos juntamos para hacer la Misa, que no solamente vamos
para "oír la Misa", sino a "hacerla" con el sacerdote.
Porque vamos a ofrecer y a hacer sacrificios con él.
La Misa es la viva actualización del sacrificio de la
Cruz. En la Misa se cumplen también aquellas palabras de
Jesús: "cuando sea levantado sobre la tierra atraeré a todos
hacia mí" (Jn 12, 32).
Somos entonces sacerdotes de nuestra
propia existencia, como dice san Pedro en la primera carta:
"vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, pueblo adquirido por Dios".
En la Eucaristía el sacrificio de Cristo es también el
sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de
los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su
trabajo se unen a los de Cristo y a su
total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. Esta participación
de toda la comunidad asume un particular relieve en el
encuentro dominical, que permite lleva al altar la semana transcurrida,
con las cargas humanas que la han caracterizado. Por esto
Jesús, en palabras del sacerdote, dice "sacrificio mío y vuestro".
El aspecto central y principalísimo de la Misa lo constituye
su carácter de sacrificio, que perpetúa el único y perfecto
sacrificio de Cristo en la cruz; ahora de manera incruenta,
con la separación mística de las dos especies; y el
ofrecimiento de este sacrificio se realiza -por el ministerio del
sacerdote- mediante la doble consagración del pan y del vino,
que significa la separación del Cuerpo y de la Sangre,
la muerte de Cristo.
*** Después de la consagración hay
un recuerdo explícito de la pasión y resurrección de Cristo
(anamnesis), la oblación del Hijo al Padre, y unas intercesiones
por los vivos y difuntos. Termina esta plegaria al Padre
con una acción de gracias a la Trinidad (doxología), a
la que el pueblo asiente (Amén).
c) La comunión. * Llega
el momento de distribuir el cuerpo del Señor, y nos
preparamos con la recitación del "Padrenuestro", la oración de los
hermanos, pues quien comulga con la cabeza de la Iglesia
(Cristo) ha de comulgar con el cuerpo (fraternidad, compartir y
perdonar). Si rezamos esta oración cada día, la saborearemos el
domingo de un modo especial. ¿Cómo hablar con Dios? nos
preguntamos a veces: vamos a paladear bien, lentamente, el padrenuestro.
** Después de toda la plegaria eucarística, dirigida al Padre,
en Cristo, ahora dirigimos la oración a Jesús, con la
petición de la paz: "Señor Jesucristo, que dijiste... la paz
os dejo... no mires nuestros pecados..." Y antes de la
fracción del pan le pedimos que Él, Cordero de Dios
que quita los pecados del mundo, tenga piedad de nosotros
y nos de su paz.
*** Jesús viene a nosotros,
y se consuma la Misa, que tiene un valor infinito.
Pero depende de nuestra fe, pues es como un océano
de agua, que podemos ir a recoger con un vasito
pequeño (distraídos, sin prepararnos, sin comulgar) o bien con una
gran tinaja (devotamente, con amor, comulgando bien confesados); es decir
que la eficacia depende de las disposiciones que llevemos, y
por eso los llamamos sacramentos de la fe, pues producen
la gracia que significan, pero al mismo tiempo se expresa
y enriquece nuestra fe. Hemos procurado hacer actos de fe,
mientras el sacerdote hacía la fracción del pan y recordábamos
las palabras del centurión, y por dentro pensábamos que si
una sola palabra de Jesús es capaz de curar cualquier
dolencia, ¡cuanto más tenerle, bien dispuestos, dentro de nosotros! Lo
deseamos, como la mujer que padecía flujos de sangre y
que quedó curada al tocar el manto de Jesús, pero
nosotros tenemos más, podemos comulgar. Vemos junto a la Eucaristía,
con los ojos del alma, a los ángeles adorando
la Hostia. Pensemos si nosotros lo reconocemos también, por la
fe, en la fracción del pan. Toda la participación
plena y activa en la liturgia va hacia aquí, celebrar
"el día que Cristo ha vencido a la muerte y
nos ha hecho participar de su vida inmortal" (plegaria eucarística),
y allí hay un carácter esponsal, anticipo de la celestial
unión con el divino esposo; "engalanada como una novia ataviada
para su esposo" (Apo 21, 2); allí es donde está
el Misterio de nuestra Fe. Mucha gente dice hoy, como
Tomás antes de tener fe, escandalizado por la cruz, cuando
le hablan de Jesús resucitado: "si no lo veo no
lo creo", y Jesús se le aparece y le dice:
"Tomás, no seas incrédulo, sino creyente"; y nos promete la
felicidad cuando dijo: "bienaventurados (felices) los que sin haber visto
creerán". Buen momento para decirle también nosotros: "¡Señor mío y
Dios mío!" y pedirle más fe: "creo firmemente que estás
aquí con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma
y tu Divinidad. Auméntame la fe, la esperanza y la
caridad... te adoro con devoción, Dios escondido".
Jesús se da
como alimento de los que peregrinan: "quien come mi carne
y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo
le resucitaré en el último día", "si no coméis la
carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre,
no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es
necesaria como alimento del cuerpo, el alma necesita la Eucaristía;
es necesaria en cualquier circunstancia de cansancio o agobio, hambre
y sed de salvación, en salud y enfermedad, en juventud
y vejez, fortalece a todos y es "viático" para quienes
están a punto de dejar el mundo...
La comunión sacramental produce
tal grado de unión personal de los fieles con Jesucristo
que cada uno puede hacer suya la expresión de San
Pablo: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien
vive en mí" (Gal 2,20). La comunión eucarística se convierte
así en germen de resurrección y en soporte de nuestra
esperanza en la transformación futura de nuestros cuerpos mortales. Pero
al mismo tiempo hace de nosotros un solo cuerpo en
Cristo (cf 1 Cor 10,16-17) y nos hace vivir en
el amor y ser solidarios con todos nuestros hermanos: como
explicaba San Pablo a los fieles de Corinto, es una
contradicción inaceptable comer indignamente el Cuerpo de Cristo desde la
división o discriminación (cf 1 Cor 11,18-21). El sacramento de
la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la
caridad. No se puede recibir el cuerpo de Cristo y
sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son
explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos.
Jesús
hace realidad lo que dijo: "yo estaré con vosotros cada
día hasta el fin de los siglos" (Mt 28,20) y
también "venid a mí todos los que estéis cansados o
agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11,28). Está con nosotros
en la comunión con una presencia substancial, es decir que
está presente el mismo Jesús que nació en Belén y
creció en Nazaret y que hizo milagros y murió en
el calvario, el mismo que está en el cielo es
el que se nos da en la comunión. En su
sermón de Cafarnaum, nos abrió este sentido: "Yo soy el
pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en
el desierto y murieron. Este es el pan que baja
del cielo, para que el que lo coma no muera
más... el que come de mi carne y bebe de
mi sangre tiene ya la vida eterna y yo lo
resucitaré el último día..." es impresionante ver que no dice
“tendrá la vida eterna” sino “tiene ya”: ¿qué esto misterioso
que nos da ya, esta vida eterna que nos concede,
este cielo que comulgamos?... ya decía Juan Pablo II: “quien
se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que
esperar el más allá para recibir la vida eterna: la
posee ya en la tierra como primicia de la plenitud
futura, que abarcará al hombre en su totalidad… con la
Eucaristía se asimila, por decirlo así, el ‘secreto’ de la
resurrección… es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre
sobre la tiera. Es un rayo de gloria de la
Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia
y proyecta luz sobre nuestro camino”; todo ello es prefiguración
de lo que en la última cena dijo Jesús, ofreciendo
el pan y el vino: "tomad y comed todos de
él, porque este es mi cuerpo... tomad y bebed todos,
que este es el cáliz de mi sangre"... y ante
el desconcierto de algunos, que se escandalizan, podemos decirle nosotros
con san Pedro que no queremos dejarle: "Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Estar sin Jesús
es un infierno insoportable, y estar con Jesús es un
dulce paraíso. Esta apertura a Dios está compuesta de
conversiones interiores, en docilidad a las mociones del
Espíritu Santo.
Es lo que dicen los poetas sobre
la apertura del alma a Dios, como el florecer de
las plantas que no pueden contener la primavera que llevan
dentro: "con un roce de tu mirada ya me rindo
/ y aunque yo me haya cerrado como un puño
/ tú siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser /
como la primavera abre con un toque diestro y misterioso
/ su más terca rosa. / Y es un misterio
esta destreza tuya de mirar y abrir / pero lo
cierto es que algo me dice que la voz de
tus ojos / es más profunda que todas las rosas.
/ Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas"
(E.E. Cummings).
Los cerrojos saltan, el resentimiento da paso
a la confianza, entendemos el "si no os hacéis como
este niño, no entraréis en el reino de los cielos"
y nos hacemos niños en la fe y abandono confiado...
El alma se hace como una rosa abierta que desafía
la tempestad de la desconfianza. En la comunión, al contemplar
a Jesús que se juega el todo por el todo,
el alma ansía entregarse, ponerse en las manos de
Dios. Aunque esa confianza y entrega plena a veces da
miedo, pues es perder la vida: "el que quiera ganar
su vida la perderá y el que la pierda la
salvará", dijo Jesús. Se ve que hay que sustituir
la búsqueda del éxito por el servicio. Y así como
la comida se destruye, es pura gracia: amor, así
también nos hacemos hostia viva como Jesús, pan blanco para
comida de la gente, para el servicio de los demás.
La presencia del amado es una necesidad del amor, y
como una madre que dice a su pequeño "te comería
a besos", así Jesús nos dice "toma, cómeme". Contemplar
su pasión y muerte por amor a nosotros nos hace
proclamar: "Jesús, te has pasado...." y ahí todo tiene
un sentido unitario. Entendemos que lo que hacíamos, a veces
con cierta rutina, no eran cosas desgajadas, versos sueltos, sino
fragmentos de una canción que ahora tienen sentido, pues en
la Misa todo adquiere su unidad. Ahí Jesús revela el
amor. Radica ahí la verdadera alegría de vivir. Jesús va
llamando a nuestro corazón: "Ábreme. Estoy a la puerta y
llamo, el que me abra cenaré con él y él
conmigo". Y entonces la gracia aparece con todo su esplendor
como un regalo, encanto, brillo, resplandor, exultación que hace
saltar de alegría y decir: "me encuentro feliz".
Qué momento
más bueno para decirle a Jesús cosas íntimas, para pronunciar
una comunión espiritual: yo quisiera recibirte, Señor, con la pureza,
humildad y devoción con que te recibió tu Santísima Madre,
con el espíritu y fervor de los santos. Los cantos
y los silencios sagrados, la música y los detalles de
urbanidad, todo es secundario en relación a la comunión (aunque
también esos detalles realzan la dignidad de la Misa, y
demuestran la fe de quien sabe qué se realiza, y
por esto están regulados los colores litúrgicos y los ornamentos,
etc., y denotaría poca fe cambiarlo). La comunión es un
misterio inmenso, pues no transformamos el cuerpo de Jesús en
el nuestro sino que Jesús nos hace como Él
(espirituales, hijos de Dios). La fe nos va llevando a
tratar a Jesús como una persona viva, y transformarnos hasta
poder decir: "no soy yo el que vivo, es Cristo
quien vive en mí".
****
Esta acción de gracias después
de comulgar -tiempo de recogimiento en el que agradecemos a
Dios que haya venido a nosotros-, puede continuar aún después
del saludo final del sacerdote: "Podéis ir en paz": así
acaba la Misa. Como decía Teresa de Jesús: “si después
de comulgar / no recogen las miradas / y
van de acá para allá / desmemoriándose vanas, / olvidan
Al que está en ellas; / no digan que Él
no les habla. / Desvívanse recibiéndolo; / Dios no suele,
cuando viaja, / si le dan buen hospedaje, / pagar
tan mal la posada”. Decía el santo cura de Ars:
“Cuando se comulga, se siente algo extraordinario… un gozo… una
suavidad… un bienestar que corre por todo el cuerpo… y
lo conmueve. No podemos menos de decir con san
Juan: ¡es el Señor!... ¡Oh Dios mío! ¡Qué alegría para
un cristiano, cuando al levantarse de la sagrada mesa se
lleva consigo todo el cielo en el corazón!”
Somos enviados
a llevar la paz, llevando a Jesús con nosotros: vemos
a Jesús en los demás, y pensamos que dar un
vaso de agua fresca a quien lo necesite es también
ayudar a Jesús que está en aquel hermano. Ir en
paz es una misión que cumplir, es comprender y perdonar
(condición que pone Dios para podernos perdonar).
Fdo. Cristobal Aguilar.