Domingo, 24 de enero de 2010
REVELACIONES PROFÉTICAS DE SANTA BRÍGIDA DE SUECIA (SEGUNDA PARTE)

Aqui os traigo la segunda parte (desde el capítulo 6 al 15 del libro primero) de estas interesantísimas revelaciones, APROBADAS POR LA IGLESIA COMO REALES y que en nada contradicen la FÉ, y en las que se nos dice como debemos estar preparados para estos últimos tiempos. ES MUY IMPORTANTE LEERLAS. EL AUTOR DEL BLOG.

                   Capítulo 6

 

Mis enemigos son como la más salvaje de las bestias, que nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma. Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!” ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas que están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?

 

Su corazón está lleno de viles gusanos, es decir, lleno de pasiones mundanas. El demonio ha dejado sus excrementos en sus bocas y, por eso, no tienen gusto por mis palabras. Por ello, con mi serrucho, los cortaré para apartarlos de mis amigos. No hay forma peor de morir que bajo la sierra. Igualmente, no habrá castigo que ellos no compartan: serán serrados en dos por el demonio y apartados de mí. Los encuentro tan odiosos que todos los que se adhieran a ellos se separarán de mí.

 

Por esta razón, estoy enviando a mis amigos para que ellos separen a los demonios de mis miembros, ya que los demonios son mis verdaderos enemigos. Los envío como nobles soldados a la batalla. Todo el que mortifique su carne y se abstenga de lo ilícito es mi verdadero soldado. Como lanza llevarán las palabras de mi boca y en sus manos esgrimirán la espada de la fe; en sus pechos estará la coraza del amor, por lo que, pase lo que pase, no dejarán de amarme. Deben tener el escudo de la paciencia en su costado, de forma que soporten todo con paciencia. Los he atesorado como oro en un estuche: ahora deben salir y andar por mis caminos.

 

Según los designios de la justicia, Yo no podría entrar en la gloria de mi majestad sin soportar tribulación en mi naturaleza humana. Por tanto ¿cómo entrarán ellos? Si su Señor sufrió, no es de extrañar que ellos también tengan que sufrir. Si su señor soportó latigazos, no será para ellos gran cosa el soportar palabras. No han de temer porque nunca les abandonaré. Igual que es imposible para el demonio entrar en el corazón de Dios y dividirlo, igual de imposible le será separarlos de mí. Y como, ante mi vista, son como oro purísimo, pues han sido testados con un poco de fuego, no les abandonaré: es para su mayor recompensa.

 

 

Palabras de la gloriosa Virgen a su hija, sobre la forma de vestir y el tipo de ropas y ornamentos con los que la hija debe adornarse y vestirse.

 

                   Capítulo 7

 

Yo soy María, que alumbró al Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Soy la Reina de los ángeles. Mi Hijo te ama con todo su corazón ¡Ámale! Debes de adornarte con muy honestos vestidos y yo te mostraré cómo y qué tipo de ropas deben ser. Igual que antes tenías una enagua, una túnica, calzado, una capa y un broche sobre tu pecho, ahora has de cubrirte de ropas espirituales. La enagua es la contrición. Igual que la enagua se viste pegada al cuerpo, así la contrición y la conversión son el primer camino de conversión a Dios. A través de ello, la mente, que en su momento encontró gozo en el pecado, se purifica, y la carne impura se mantiene bajo control.

 

Los dos zapatos son dos disposiciones, en concreto la intención de rectificar las transgresiones pasadas y la intención de hacer el bien y mantenerse lejos del mal. Tu túnica es la esperanza en Dios. Igual que la túnica tiene dos mangas, ha de haber justicia y misericordia en tu esperanza. De esta forma, esperarás a la misericordia de Dios porque no olvidarás su justicia. Piensa en su justicia y en su juicio, de forma que no olvides su misericordia, porque Él no emplea la justicia sin misericordia ni la misericordia sin justicia. La capa es la fe. Lo mismo que la capa lo cubre todo y todo está contenido en ella, la naturaleza humana puede igualmente abarcar y conseguir todo mediante la fe.

 

Esta capa debe ir decorada con las insignias del amor de tu Esposo, o sea, de la forma que te ha creado, de la forma que te ha redimido, de la forma que te alimentó, te atrajo hacia su Espíritu y abrió tus ojos espirituales. El broche es la consideración de su pasión. Fija firmemente en tu pecho el pensamiento de cómo Él fue burlado y mortificado, cómo se mantuvo vivo en la cruz, ensangrentado y perforado en todas sus fibras, cómo a su muerte su cuerpo entero se convulsionó por el agudo dolor de la pasión, cómo encomendó su Espíritu en manos de su Padre. ¡Que este broche permanezca siempre en tu pecho! Sobre tu cabeza, póngase una corona, es decir, castidad en tus afectos, que prefieras resistir los azotes antes que volver a mancharte. Se modesta y digna. No pienses ni desees nada más que a tu Dios y Creador. Cuando le tienes a Él, lo tienes todo. Adornada de esta forma, debes esperar a tu Esposo.

 

 

Palabras de la Reina de los Cielos a su querida hija, enseñándole que debe amar y alabar a su Hijo junto a su Madre.

 

                   Capítulo 8

 

Yo soy la Reina de los Cielos. Estás preocupada sobre cómo tienes que alabarme. Ten por seguro que toda alabanza a mi Hijo es alabanza a mí. Y aquellos que lo deshonran, me deshonran a mí, pues mi amor hacia él y el suyo hacia mí es tan ardiente como si los dos fuéramos un solo corazón. Tanto me honró a mí, que era un vaso de arcilla, que me ensalzó por encima de todos los ángeles. Por ello, tú me has de alabar así: “Bendito seas, Señor Dios, Creador de todas las cosas, que te dignaste descender dentro del vientre de la Virgen María. Bendito seas, Señor Dios, que quisiste habitar en las entrañas de la Virgen María, sin ser una carga para Ella y te dignaste a recibir su carne inmaculada sin pecado.

 

Bendito seas, Señor Dios, que viniste a la Virgen, dándole gozo a su alma y a todos sus miembros y que, con el gozo de todos los miembros de su cuerpo sin pecado, de Ella naciste. Bendito seas, Señor Dios, que, después de tu ascensión alegraste a la Virgen María con frecuentes consolaciones y con tu consolación la visitaste. Bendito seas, Señor Dios, que ascendiste el cuerpo y el alma de la Virgen María, tu Madre, a los Cielos y la honraste situándola junto a tu divinidad, sobre todos los ángeles. Ten misericordia de mí, Señor, por sus ruegos e intercesión”.

 

 

Palabras de la Reina de los Cielos a su querida hija sobre el hermoso amor que el Hijo profesaba a su Madre Virgen; sobre cómo la Madre de Cristo fue concebida en un matrimonio casto y santificada en el vientre de su madre; sobre cómo ascendió en cuerpo y alma al Cielo; sobre el poder de su nombre y sobre los ángeles asignados a los hombres para el bien o para el mal.

 

                   Capítulo 9

 

Yo soy la Reina del Cielo. Ama a mi Hijo, porque él es el honestísimo y cuando lo tienes a Él tienes todo lo que es honesto. Él es lo más deseable y cuando lo tienes a Él tienes todo lo que es deseable. Ámalo, también, porque Él es virtuosísimo y cuando lo tienes a él tienes todas las virtudes. Te voy a contar lo hermoso que fue su amor hacia mi cuerpo y mi alma y cuánto honor le dio a mi nombre. Él, mi hijo, me amó antes de que yo lo amara a Él, pues es mi Creador. Él unió a mi padre y a mi madre en un matrimonio tan casto que no se puede encontrar a ninguna pareja más casta.

 

Nunca desearon unirse excepto de acuerdo a la Ley, sólo para tener descendencia. Cuando el ángel les anunció que tendrían una Virgen por la cual llegaría la salvación del mundo, antes hubieran muerto que unirse en un amor carnal pues la lujuria estaba extinguida en ellos. Te aseguro que, por la caridad divina y debido al mensaje del ángel, ellos se unieron en la carne, no por concupiscencia sino contra su voluntad y por su amor hacia Dios. De esta forma, mi carne fue engendrada de su semilla a través del amor divino.

 

Cuando mi cuerpo se formó, Dios envió al alma creada dentro de Él desde su divinidad. El alma fue inmediatamente santificada junto con el cuerpo y los ángeles la vigilaban y custodiaban día y noche. Es imposible expresarte qué grandísimo gozo sintió mi madre cuando mi alma fue santificada y se unió a su cuerpo. Después, cuando el curso de mi vida estuvo cumplido, mi Hijo primero elevó mi alma, por haber sido la dueña del cuerpo, a un lugar más eminente que los demás, cerca de la gloria de su divinidad, y después mi cuerpo, de forma que ningún otro cuerpo de criatura está tan cerca de Dios como el mío.

 

¡Mira cuánto amó mi Hijo a mi alma y cuerpo! Hay personas, sin embargo, que maliciosamente niegan que yo haya sido ascendida en cuerpo y alma, y hay otras que simplemente no tienen mayor conocimiento. Pero la verdad de ello es cierta: Fui elevada hasta la Gloria de Dios en cuerpo y alma. ¡Escucha ahora lo mucho mi Hijo honró mi nombre! Mi nombre es María, como dice el Evangelio.

 

Cuando los ángeles oyen este nombre, se regocijan en su conciencia y dan gracias a Dios por la grandísima gracia que obró en mí y conmigo, porque ellos ven la humanidad de mi Hijo glorificada en su divinidad. Las almas del purgatorio se regocijan de especial manera, como cuando un hombre enfermo que está en la cama escucha alentadoras palabras de otros y esto agrada a su corazón haciéndole sentir contento. Al oír mi nombre, los ángeles buenos se acercan inmediatamente a las almas de los justos, a quienes han sido dados como guardianes, y se regocijan en sus progresos. Los ángeles buenos han sido adjudicados a todos como protección y los ángeles malos como prueba.

 

No es que los ángeles estén nunca separados de Dios sino que, más bien, asisten al alma sin dejar a Dios y permanecen constantemente en su presencia, mientras siguen inflamando e incitando al alma a que haga el bien. Los demonios todos se espantan y temen mi nombre. Al sonido del nombre de María, sueltan inmediatamente a la presa que tengan en sus zarpas. Lo mismo que un ave rapaz, cebada en su presa con sus garras, la deja en cuanto oye un ruido y vuelve después cuando ve que no pasa nada, igualmente los demonios dejan al alma, asustados, al oír mi nombre, pero vuelven de nuevo rápidos como una flecha a menos que vean que después se ha producido una enmienda.

 

Nadie está tan enfriado en el amor de Dios –a menos que esté condenado—que no se aleje del él el demonio si invoca mi nombre con la intención de no volver más a sus malos hábitos, y el demonio se mantiene lejos de él a menos que vuelva a consentir en pecar mortalmente. Sin embargo, a veces se le permite al demonio que lo inquiete por el bien de una mayor recompensa, pero nunca para que llegue a poseerlo.

 

 

Palabras de la Virgen María a su hija, ofreciéndole una provechosa enseñanza sobre cómo debe de vivir, y describiendo maravillosos detalles de la pasión de Cristo.

                   Capítulo 10

 

Yo soy la Reina del Cielo, la Madre de Dios. Te dije que debías llevar un broche sobre tu pecho. Ahora te mostraré con más detalle cómo, desde el principio, nada más aprender y llegar a la comprensión de la existencia de Dios, estuve siempre solícita y temerosa de mi salvación y observancia religiosa. Cuando aprendí más plenamente que el mismo Dios era mi Creador y el Juez de todas mis acciones, llegué a amarlo profundamente y estuve constantemente alerta y observadora para no ofenderlo de palabra ni de obra.

 

Cuando supe que Él había dado su Ley y mandamientos a su pueblo y obró tantos milagros a través de ellos, hice la firme resolución en mi alma de no amar nada más que a Él, y las cosas mundanas se volvieron muy amargas para mí. Entonces, sabiendo que el mismo Dios redimiría al mundo y nacería de una Virgen, yo estaba tan conmovida de amor por Él que no pensaba en nada más que en Dios ni quería nada que no fuera Él. Me aparté, en lo posible, de la conversación y presencia de parientes y amigos, y le di a los necesitados todo lo que había llegado a tener, quedándome sólo con una moderada comida y vestido.

 

Nada me agradaba sino sólo Dios. Siempre esperé en mi corazón vivir hasta el momento de su nacimiento y, quizá, aspirar a convertirme en una indigna servidora de la Madre de Dios. También hice en mi corazón el voto de preservar mi virginidad, si esto era aceptable para Él, y de no poseer nada en el mundo. Pero si Dios hubiera querido otra cosa, mi deseo era que se cumpliera en mí su deseo y no el mío, porque creí en que Él era capaz de todo y que Él sólo querría lo mejor para mí. Por ello, sometí a Él toda mi voluntad. Cuando llegó el tiempo establecido para la presentación de las vírgenes en el templo del Señor, estuve presente con ellas gracias a la religiosa obediencia de mis padres.

 

Pensé para mí que nada era imposible para Dios y que, como Él sabía que yo no deseaba ni quería nada más que a Él, Él podría preservar mi virginidad, si esto le agradaba y, si no, que se hiciera su voluntad. Tras haber escuchado todos los mandamientos en el templo, volví a casa aún ardiendo más que nunca en mi amor hacia Dios, siendo inflamada con nuevos fuegos y deseos de amor cada día. Por eso, me aparté aún más de todo lo demás y estuve sola noche y día, con gran temor de que mi boca hablase o mis oídos oyesen algo contra Dios, o de que mis ojos mirasen algo en lo que se deleitaran. En mi silencio sentí también temor y ansiedad por si estuviera callando en algo que debiera de hablar.

 

Con estas turbaciones en mi corazón, y a solas conmigo misma, encomendé todas mis esperanzas a Dios. En aquel momento vino a mi pensamiento considerar el gran poder de Dios, cómo los ángeles y todas las criaturas le sirven y cómo es su gloria indescriptible y eterna. Mientras me preguntaba todo esto, tuve tres visiones maravillosas. Vi una estrella, pero no como las que brillan en el Cielo. Vi una luz, pero no como las que alumbran el mundo. Percibí un aroma, pero no de hierbas ni de nada de eso, sino indescriptiblemente suave, que me llenó tanto que sentí como si saltara de gozo. En ese momento, oí una voz, pero no de hablar humano.

 

Tuve mucho miedo cuando la oí y me pregunté si sería una ilusión. Entonces, apareció ante mí un ángel de Dios en una bellísima forma humana, pero no revestido de carne, y me dijo: ‘Ave, llena gracia…’ Al oírlo, me pregunté qué significaba aquello o por qué me había saludado de esa forma, pues sabía y creía que yo era indigna de algo semejante, o de algo tan bueno, pero también sabía que para Dios no era imposible hacer todo lo que quisiese. Acto seguido, el ángel añadió: ‘El hijo que ha de nacer en ti es santo y se llamará Hijo de Dios. Se hará como a Dios le place’. Aún no me creí digna ni le pregunté al ángel ‘¿Por qué?’ o ‘¿Cuándo se hará?’, pero le pregunté: ‘¿Cómo es que yo, tan indigna, he de ser la madre de Dios, si ni siquiera conozco varón?’

 

El ángel me respondió, como dije, que nada es imposible para Dios, pero ‘Todo lo que él quiera se hará’. Cuando oí las palabras del ángel, sentí el más ferviente deseo de convertirme en la Madre de Dios, y mi alma dijo con amor: ‘¡Aquí estoy, hágase tu voluntad en mí!’ Al decir aquello, en ese momento y lugar, fue concebido mi Hijo en mi vientre con una inefable exultación de mi alma y de los miembros de mi cuerpo. Cuando Él estaba en mi vientre, lo engendré sin dolor alguno, sin pesadez ni cansancio en mi cuerpo. Me humillé en todo, sabiendo que portaba en mí al Todopoderoso. Cuando lo alumbré, lo hice sin dolor ni pecado, igual que cuando lo concebí, con tal exultación de alma y cuerpo que sentí como si caminara sobre el aire, gozando de todo. Él entró en mis miembros, con gozo de toda mi alma, y de esa forma, con gozo de todos mis miembros, salió de mí, dejando mi alma exultante y mi virginidad intacta.

 

Cuando lo miré y contemplé su belleza, la alegría desbordó mi alma, sabiéndome indigna de un Hijo así. Cuando consideré los lugares en los que, como sabía a través de los profetas, sus manos y pies serían perforados en la crucifixión, mis ojos se llenaron de lágrimas y se me partió el corazón de tristeza. Mi hijo miró a mis ojos llorosos y se entristeció casi hasta morir. Pero al contemplar su divino poder, me consolé de nuevo, dándome cuenta de que esto era lo que él quería y, por ello, como era lo correcto, conformé toda mi voluntad a la suya. Así, mi alegría siempre se mezclaba con el dolor.

 

Cuando llegó el momento de la pasión de mi Hijo, sus enemigos lo arrestaron. Lo golpearon en la mejilla y en el cuello, y lo escupieron mofándose de él. Cuando fue llevado a la columna, él mismo se desnudó y colocó sus manos sobre el pilar, y sus enemigos se las ataron sin misericordia. Atado a la columna, sin ningún tipo de ropa, como cuando vino al mundo, se mantuvo allí sufriendo la vergüenza de su desnudez. Sus enemigos lo cercaron y, estando huidos todos sus amigos, flagelaron su purísimo cuerpo, limpio de toda mancha y pecado. Al primer latigazo yo, que estaba en las cercanías, caí casi muerta y, al volver en mí, vi en mi espíritu su cuerpo azotado y llagado hasta las costillas.

 

Lo más horrible fue que, cuando le retiraron el látigo, las correas engrosadas habían surcado su carne. Estando ahí mi Hijo, tan ensangrentado y lacerado que no le quedó ni una sola zona sana en la que azotar, alguien apareció en espíritu y preguntó: ‘¿Lo vais a matar sin estar sentenciado?’ Y directamente le cortó las amarras. Entonces, mi Hijo se puso sus ropas y vi cómo quedó lleno de sangre el lugar donde había estado y, por sus huellas, pude ver por dónde anduvo, pues el suelo quedaba empapado de sangre allá donde Él iba. No tuvieron paciencia cuando se vestía, lo empujaron y lo arrastraron a empellones y con prisa. Siendo tratado como un ladrón, mi Hijo se secó la sangre de sus ojos. Nada más ser sentenciado, le impusieron la cruz para que la cargara. La llevó un rato, pero después vino uno que la cogió y la cargó por Él. Mientras mi Hijo iba hacia el lugar de su pasión, algunos le golpearon el cuello y otros le abofetearon la cara. Le daban con tanta fuerza que, aunque yo no veía quién le pegaba, oía claramente el sonido de la bofetada.

 

Cuando llegué con Él al lugar de la pasión, vi todos los instrumentos de su muerte allí preparados. Al llegar allí, Él solo se desnudó mientras que los verdugos se decían entre sí: ‘Estas ropas son nuestras y Él no las recuperará porque está condenado a muerte’. Mi Hijo estaba allí, desnudo como cuando nació y, en esto, alguien vino corriendo y le ofreció un velo con el cuál el, contento, pudo cubrir su intimidad. Después, sus crueles ejecutores lo agarraron y lo extendieron en la cruz, clavando primero su mano derecha en el extremo de la cruz que tenía hecho el agujero para el clavo. Perforaron su mano en el punto en el que el hueso era más sólido. Con una cuerda, le estiraron la otra mano y se la clavaron en el otro extremo de la cruz de igual manera.

 

A continuación, cruzaron su pie derecho con el izquierdo por encima usando dos clavos de forma que sus nervios y venas se le extendieron y desgarraron. Después le pusieron la corona de espinas[1] y se la apretaron tanto que la sangre que salía de su reverenda cabeza le tapaba los ojos, le obstruía los oídos y le empapaba la barba al caer. Estando así en la cruz, herido y sangriento, sintió compasión de mí, que estaba allí sollozando, y, mirando con sus ojos ensangrentados en dirección a Juan, mi sobrino, me encomendó a él. Al tiempo, pude oír a algunos diciendo que mi Hijo era un ladrón, otros que era un mentiroso, y aún otros diciendo que nadie merecía la muerte más que Él.

 

Al oír todo esto se renovaba mi dolor. Como dije antes, cuando le hincaron el primer clavo, esa primera sangre me impresionó tanto que caí como muerta, mis ojos cegados en la oscuridad, mis manos temblando, mis pies inestables. En el impacto de tanto dolor no pude mirarlo hasta que lo terminaron de clavar. Cuando pude levantarme, vi a mi Hijo colgando allí miserablemente y, consternada de dolor, yo Madre suya y triste, apenas me podía mantener en pie.

 

Viéndome a mí y a sus amigos llorando desconsoladamente, mi Hijo gritó en voz alta y desgarrada diciendo: ‘¿Padre por qué me has abandonado?’ Era como decir: ‘Nadie se compadece de mí sino tú, Padre’. Entonces sus ojos parecían medio muertos, sus mejillas estaban hundidas, su rostro lúgubre, su boca abierta y su lengua ensangrentada. Su vientre se había absorbido hacia la espalda, todos sus fluidos quedaron consumidos como si no tuviera órganos. Todo su cuerpo estaba pálido y lánguido debido a la pérdida de sangre. Sus manos y pies estaban muy rígidos y estirados al haber sido forzados para adaptarlos a la cruz. Su barba y su cabello estaban completamente empapados en sangre.

 

Estando así, lacerado y lívido, tan sólo su corazón se mantenía vigoroso, pues tenía una buena y fuerte constitución. De mi carne, Él recibió un cuerpo purísimo y bien proporcionado. Su cutis era tan fino y tierno que al menor arañazo inmediatamente le salía sangre, que resaltaba sobre su piel tan pura. Precisamente por su buena constitución, la vida luchó contra la muerte en su llagado cuerpo. En ciertos momentos, el dolor en las extremidades y fibras de su lacerado cuerpo le subía hasta el corazón, aún vigoroso y entero, y esto le suponía un sufrimiento increíble. En otros momentos, el dolor bajaba desde su corazón hasta sus miembros heridos y, al suceder esto, se prolongaba la amargura de su muerte.

 

Sumergido en la agonía, mi Hijo miró en derredor y vio a sus amigos que lloraban, y que hubieran preferido soportar ellos mismos el dolor con su auxilio, o haber ardido para siempre en el infierno, antes que verlo tan torturado. Su dolor por el dolor de sus amigos excedía toda la amargura y tribulaciones que había soportado en su cuerpo y en su corazón, por el amor que les tenía. Entonces, en la excesiva angustia corporal de su naturaleza humana, clamó a su Padre: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu’.

 

Cuando yo, Madre suya y triste, oí esas palabras, todo mi cuerpo se conmovió con el dolor amargo de mi corazón, y todas las veces que las recuerdo lloro desde entonces, pues han permanecido presentes y recientes en mis oídos. Cuando se le acercaba la muerte, y su corazón se reventó con la violencia de los dolores, todo su cuerpo se convulsionó y su cabeza se levantó un poco para después caérsele otra vez. Su boca quedó abierta y su lengua podía ser vista toda sangrante. Sus manos se retrajeron un poco del lugar de la perforación y sus pies cargaron más con el peso de su cuerpo. Sus dedos y brazos parecieron extenderse y su espalda quedó rígida contra la cruz.

 

Entonces, algunos me decían: ‘María, tu Hijo ha muerto’. Otros decían: ‘Ha muerto pero resucitará’. A medida que todos se iban marchando, vino un hombre, y le clavó una lanza en el costado con tanta fuerza que casi se le salió por el otro lado. Cuando le sacaron la espada, su punta estaba teñida de sangre roja y me pareció como si me hubieran perforado mi propio corazón cuando vi a mi querido hijo traspasado. Después lo descolgaron de la cruz y yo tomé su cuerpo sobre mi regazo. Parecía un leproso, completamente lívido. Sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca tan fría como el hielo, su barba erizada y su cara contraída.

 

Sus manos estaban tan descoyuntadas que no se sostenían siquiera encima de su vientre. Le tuve sobre mis rodillas como había estado en la cruz, como un hombre contraído en todos sus miembros. Tras esto le tendieron sobre una sábana limpia y, con mi pañuelo, le sequé las heridas y sus miembros y cerré sus ojos y su boca, que había estado abierta cuando murió. Así lo colocaron en el sepulcro. ¡De buena gana me hubiera colocado allí, viva con mi Hijo, si esa hubiera sido su voluntad! Terminado todo esto, vino el bondadoso Juan y me llevó a su casa. ¡Mira, hija mía, cuánto ha soportado mi Hijo por ti!

 

[1] Explicación del Libro 7 - Capítulo 15 (from the english translation): "Entonces la corona de espinas, que habían removido de Su cabeza cuando estaba siendo crucificado, ahora la ponen de vuelta, colocándola sobre su santísima cabeza. Punzó y agujereó su imponente cabeza con tal fuerza que allí mismo sus ojos se llenaron de sangre que brotaba y se obstruyeron sus oídos."

 

 

Palabras de Cristo a su esposa sobre cómo Él mismo se entregó, por su propia y libre voluntad, para ser crucificado por sus enemigos, y sobre cómo controlar el cuerpo de movimientos ilícitos ante la consideración de su pasión.

 

                   Capítulo 11

 

El Hijo de Dios se dirigió a su esposa, diciendo: “Yo soy el Creador del Cielo y la tierra, y el que se consagra en el altar es mi verdadero cuerpo. Ámame con todo tu corazón, porque yo te amé y me entregué a mis enemigos por mi propia y libre voluntad, mientras que mis amigos y mi Madre se quedaron en amargo dolor y llanto. Cuando vi la lanza, los clavos, las correas y todos los demás instrumentos de mi pasión allí preparados, aún así acudí a sufrir con alegría. Cuando mi cabeza sangraba por todas las partes desde la corona de espinas, aún entonces, y aunque mis enemigos se apoderasen de mi corazón, también, antes que perderte, dejaría que lo hiriesen y lo despedazasen.

 

Por ello serías muy ingrata si, en correspondencia a tanta caridad, no me amases. Si mi cabeza fue perforada y se inclinó en la cruz por ti, también tu cabeza debería inclinarse hacia la humildad. Dado que mis ojos estaban ensangrentados y llenos de lágrimas, tus ojos deberían apartarse de visiones placenteras. Si mis oídos se obstruyeron de sangre y oí palabras de burla contra mí, tus oídos tendrían que apartarse de las conversaciones frívolas e inoportunas.

 

Al habérsele dado a mi boca una bebida amarga y negársele una dulce, guarda tu propia boca del mal y deja que se abra para el bien. Puesto que mis manos fueron estiradas y clavadas, que las obras simbolizadas en tus manos se extiendan a los pobres y a mis mandamientos. Que tus pies, o sea, tus afectos, con los que debes caminar hacia mí, sean crucificados a los deleites de manera que, igual que Yo sufrí en todos mis miembros, también todos tus miembros estén dispuestos a obedecerme. Demando más servicios de ti que de otros porque te he dado una mayor gracia”.

 

 

Acerca de cómo un ángel reza por la esposa y cómo Cristo le pregunta al ángel qué es lo que pide para la esposa y qué es bueno para ella.

 

                   Capítulo 12

 

Un ángel bueno, el guardián de la esposa, apareció rogando a Cristo por ella. El Señor le respondió y dijo: “Una persona que reza por otra debe rogar por la salvación de la otra. Tú eres como un fuego que nunca se extingue, incesantemente ardiendo con mi amor. Tú ves y conoces todo cuando me ves y no quieres nada más que lo que yo quiero. Por ello, dime ¿qué es lo que conviene a esta esposa mía? Él contestó: “Señor, tú lo sabes todo”. El Señor le dijo: “Todo lo que se ha creado o se creará existe eternamente en mí. Entiendo y conozco todo en el Cielo y en la tierra, y no hay cambio en mí.

 

Pero, para que la esposa pueda reconocer mi voluntad, dime qué es bueno para ella, ahora que está escuchando”. Y el ángel dijo: “Ella tiene un corazón altanero y grande. Por ello, necesita palos para hacerse dócil”. Entonces, el Señor dijo: “¿Qué pides para ella, mi amigo?” El ángel dijo: “Señor, te pido que le garantices la misericordia junto con los palos”. Y el Señor agregó: “Por tu bien, lo haré, pues nunca empleo la justicia sin misericordia. Es por esto que la novia debe amarme con todo su corazón”.

 

 

Acerca de cómo un enemigo de Dios tenía tres demonios dentro de él y acerca de la sentencia que Cristo le aplicó.

 

                   Capítulo 13

 

Mi enemigo tiene tres demonios en su interior. El primero reside en sus genitales, el segundo en su corazón, el tercero en su boca. El primero es como un barquero, que deja que el agua le llegue a las rodillas, y el agua, al aumentar gradualmente, termina llenando el barco. Entonces se produce una inundación y el barco se hunde. Este barco representa a su cuerpo, que es asaltado por las tentaciones de demonios, y por sus propias concupiscencias, como si fueran tormentas. La lujuria entró primero hasta la rodilla, es decir, a través de su deleite en pensamientos impuros. Al no resistir con la penitencia, ni tapar los agujeros mediante los parches de la abstinencia, el agua de la lujuria creció día a día por su consentimiento.

 

Entonces, el barco repleto, o sea, lleno por la concupiscencia del vientre, se inundó y hundió el barco en lujuria, de forma que no pudo llegar al puerto de la salvación. El segundo demonio, que residía en su corazón, es como un gusano dentro de una manzana, que primero come la piel de la manzana y después, tras dejar ahí sus excrementos, merodea por el interior de la manzana hasta que todo el fruto se descompone. Esto es lo que hace el demonio. Primero debilita la voluntad de la persona y sus buenos deseos, que son como la cáscara, donde se encuentra toda la fuerza y bondad de la mente y, cuando el corazón se vacía de estos bienes, pone en su lugar, dentro del corazón, los pensamientos mundanos y las afecciones hacia los que la persona se haya inclinado más. Así, impele al cuerpo hacia su propio placer y, por esta razón, el valor y entendimiento del hombre disminuyen y su vida se vuelve aburrida.

 

Es, de hecho, una manzana sin piel, o sea, un hombre sin corazón, pues entra en mi Iglesia sin corazón, porque no tiene caridad. El tercer demonio es como un arquero que, mirando por la ventana, dispara a los incautos. ¿Cómo no va a estar el demonio dentro de un hombre que siempre lo incluye en su conversación? Aquél que amamos es a quien más mencionamos. Las duras palabras con las que él hiere a otros son como flechas disparadas por tantas ventanas como veces mencione al demonio o sus palabras hieran a personas inocentes y escandalicen a la gente sencilla.

 

Yo, que soy la verdad, juro por mi verdad que lo condenaré como a una ramera, a fuego y azufre; como a un traidor insidioso, a la mutilación de sus miembros; como a un bufón del Señor, a la vergüenza eterna. Sin embargo, mientras su alma y su cuerpo permanezcan unidos, mi misericordia está aún abierta para él. Lo que exijo de él es que atienda con mayor frecuencia los divinos servicios, que no tenga miedo de ningún reproche ni desee ningún honor y que nunca vuelva a tener ese siniestro nombre en sus labios.

 

Explicación

 

Este hombre, un abad de la orden cisterciense, ha enterrado a una persona que había estado excomulgada. Cuando estaba rezando la oración correspondiente sobre él, Doña Brígida, en rapto espiritual, escuchó esto: “Él utilizó su poder y lo enterró. Puedes estar segura de que el próximo entierro después de éste será el suyo, pues pecó contra el Padre, quien nos ha dicho que no mostremos parcialidad ni honremos injustamente a los ricos. Por un favor propio, perecedero, este hombre honró a una persona indigna y lo situó entre los dignos, cosa que no debió hacer. Ha pecado contra mí también, el Hijo, porque Yo he dicho: “Aquél que me rechace será rechazado”. Este hombre honró y exaltó a alguien que mi Iglesia y mi vicario habían rechazado”. El abad se arrepintió cuando oyó estas palabras y murió al cuarto día.

 

 

Palabras de Cristo a su esposa sobre la manera y respeto con que se debe conducir en la oración, y sobre tres clases de personas que sirven a Dios en este mundo.

 

                   Capítulo 14

 

Yo soy tu Dios, el que fue crucificado en la cruz, verdadero Dios y hombre en una persona, y el que está presente todos los días en las manos del sacerdote. Cuando me ofrezcas una oración, termínala siempre con el deseo de que se haga mi voluntad y no la tuya. Cuando rezas por alguien que ya está condenado no te escucho. A veces tampoco te oigo si deseas algo que pueda ir contra tu salvación. Es, por ello, necesario que sometas tu voluntad a la mía, porque como Yo sé todas las cosas, no te proveo de nada más que de lo que es beneficioso. Hay muchos que no rezan con la intención correcta y es por esto que no merecen ser atendidos. Hay tres tipos de personas que me sirven en este mundo.

 

Los primeros son los que creen que soy Dios y el proveedor de todas las cosas, que tiene poder sobre todo. Estos me sirven con la intención de conseguir bienes y honores temporales, pero las cosas del Cielo no les importan y están hasta dispuestos a perderlas con tal de obtener bienes presentes. El éxito mundano se ajusta completamente a su medida, según sus deseos. Puesto que han perdido los bienes eternos, Yo les compenso con consuelos temporales por cualquier buen servicio que me hagan, pagándoles hasta el último cuadrante y hasta el último punto.

 

Los segundos son los que creen que soy Dios omnipotente y Juez estricto, pero me sirven por miedo al castigo y no por amor a la gloria celestial. Si no me temieran no me servirían.

Los terceros son los que creen que soy el Creador de todas las cosas y Dios verdadero y los que me creen justo y misericordioso. Estos no me sirven por miedo al castigo sino por divino amor y caridad. Preferirían soportar cualquier castigo, por duro que fuese, antes que provocar mi enfado. Éstos merecen verdaderamente ser escuchados cuando rezan, pues su voluntad coincide con mi voluntad. El primer tipo de sirvientes nunca saldrá del castigo ni llegará a ver mi rostro. El segundo, no será tan castigado, pero tampoco alcanzará a ver mi rostro, a menos que corrija su temor mediante la penitencia.

 

 

Palabras de Cristo a la esposa describiéndose a sí mismo como un gran Rey; sobre dos tesoros que simbolizan el amor de Dios y el amor del mundo, y una lección sobre cómo mejorar en esta vida.

 

                   Capítulo 15

 

Yo soy como un gran Rey magno y potente. Cuatro cosas corresponden a un rey. Primero, tiene que ser rico; segundo, generoso; tercero, sabio; y cuarto, caritativo. Yo tengo esas cuatro cualidades que he mencionado. En primer lugar, Yo soy el más rico de todos, pues abastezco las necesidades de todos y no tengo menos después de haber dado. Segundo, soy el más generoso, pues estoy preparado para dar a cualquiera que lo pida. Tercero, soy el más sabio, pues conozco las deudas y las necesidades de cada persona. Cuarto, soy caritativo, pues estoy más dispuesto a dar de lo que está cualquiera para pedir. Yo tengo, digamos, dos tesoros.

 

En el primer tesoro guardo materiales pesados como el plomo y los compartimentos donde se encuentran están cubiertos por afiladísimos clavos. Pero estas cosas pesadas llegan a parecer tan ligeras como plumas para la persona que empieza a cambiarlas y revolverlas y que, después, aprende a cargar con ellas. Lo que antes parecía tan pesado se convierte en luz y las cosas que antes se veían afiladas y cortantes se vuelven suaves. En el segundo tesoro, se ve oro resplandeciente, piedras preciosas, y aromáticas y deliciosas bebidas. Pero el oro es realmente barro y las bebidas son veneno.

 

Hay dos caminos hacia el interior de estos tesoros, pese a que antes solo había uno. En el cruce, o sea, a la entrada de los dos caminos, hay un hombre que, gritando a tres hombres que toman el segundo camino, les dice: ‘¡Escuchad, escuchad lo que tengo que deciros! Si no queréis escuchar, al menos emplead vuestros ojos para ver que lo que digo es cierto. Si no queréis usar ni vuestros oídos ni vuestros ojos, al menos usad vuestras manos para tocar y daros cuenta de que no hablo en falso’. Entonces, el primero de ellos dice: ‘Vamos a atender y ver si lo que dice es cierto’. El segundo hombre dice: ‘Todo lo que dice es falso’. El tercero dice: ‘Sé que todo lo que dice es cierto, pero no me importa’.

 

¿Qué son estos dos tesoros sino amor por mí y amor por el mundo? Hay dos senderos hacia estos dos tesoros. El rebajarse uno mismo y la completa autonegación conduce a mi amor, mientras que el deseo carnal conduce al amor del mundo. Para algunas personas, la carga que soportan en mi amor parece hecha de plomo, porque cuando tienen que ayunar o mantener la vigilia, o practicar la restricción, piensan que están acarreando una carga de plomo. Si tienen que oír burlas e insultos porque emplean tiempo en la oración y en la práctica de la religión, es como si se sentaran sobre clavos, siempre es una tortura para ellos.

 

La persona que desea estar en mi amor, primero tiene que revertir el plomo, o sea, hacer un esfuerzo para hacer el bien anhelándolo con un deseo constante. Entonces levantará un poquito, paulatinamente, o sea, hará lo que pueda, pensando: ‘Esto lo puedo hacer bien si Dios me ayuda’. Entonces, perseverando en la tarea que ha asumido, comenzará a cargar con todo lo que antes le parecía plomo, con una disposición tan alegre que todos los trabajos o ayunos y vigilias, o cualquier otro trabajo, será para él tan ligero como una pluma.

 

Mis amigos descansan en un lugar que, para los malvados y desidiosos, parece estar cubierto de espinas y clavos, pero que a mis amigos les ofrece el mejor reposo, suave como las rosas. El camino directo hacia este tesoro es desdeñar tu propia voluntad. Esto sucede cuando un hombre, pensando en mi pasión y muerte, no se preocupa de su voluntad sino que resiste y lucha constantemente para mejorarse. Pese a que este camino es algo difícil al principio, aún hay un montón de placer en este proceso, tanto que todo lo que en un principio parecía imposible de cargar se llega a volver muy ligero, de forma que uno puede decirse con toda razón a sí mismo: ‘Leve es el yugo de Dios’.

 

El segundo tesoro es el mundo. Ahí hay oro, piedras preciosas y bebidas que parecen deliciosas, pero que son amargas como veneno cuando se prueban. Lo que ocurre a todos los que llevan el oro es que, cuando su cuerpo se debilita y sus miembros fallan, cuando su médula se desgasta y su cuerpo cae en tierra debido a la muerte, entonces dejan el oro y las joyas y no merecen más que barro. Las bebidas del mundo, es decir, sus placeres, parecen deliciosos, pero cuando llegan al estómago debilitan la cabeza y hacen pesado al corazón, arruinan el cuerpo y la persona entonces se marchita como el heno. A medida que se aproxima el dolor de la muerte, todas estas delicias se hacen tan amargas como el veneno. La propia voluntad conduce a este deseo, cuando una persona no se preocupa de resistir sus apetitos y no medita sobre lo que Yo he ordenado y sobre lo que he hecho, sino que en todo momento hace lo que se le antoja, sea lícito o no lo sea.

 

Tres hombres caminan por este sendero. Me refiero a todos los réprobos, todos aquellos que aman al mundo y a su propio deseo. Yo les grito desde el cruce de caminos, a la entrada de los dos, porque al haber venido en carne humana he mostrado dos caminos a la humanidad, en concreto uno para ser seguido y el otro para ser evitado, o sea, un camino que lleva a la vida y otro que conduce a la muerte. Antes de mi venida en carne tan sólo había un camino.

 

En él todas las personas, buenos y malos, iban al infierno. Yo soy el que clamé y mi clamor fue este: ‘Gentes, escuchad mis palabras, que conducen al camino de la vida, emplead vuestros sentidos para comprender que lo que digo es verdad. Si no las escucháis o no podéis escucharlas, entonces al menos mirad –o sea, emplead la fe y la razón—y ved que mis palabras son ciertas. De la misma forma que una cosa visible puede ser percibida por los ojos del cuerpo, así también lo invisible se puede percibir y creer mediante los ojos de la fe.

 

Hay muchas almas simples en la Iglesia que hacen pocos trabajos, pero que se salvan gracias a su fe, por creer que soy el Creador y redentor del universo. Nadie hay que no pueda comprender o llegar a la creencia de que Yo soy Dios, tan sólo si considera cómo la tierra contiene frutos y los Cielos producen la lluvia; cómo se hacen verdes los árboles; cómo subsisten los animales, cada uno en su especie; cómo los astros son útiles al ser humano, y cómo ocurren cosas contrarias a la voluntad del hombre.

 

Partiendo de todo esto, una persona puede ver que es mortal y que es Dios quien dispone todas estas cosas. Si Dios no existiera todo estaría en desorden. Por consiguiente, todo ha sido creado y dispuesto por Dios, todo se ha ordenado racionalmente para la propia instrucción del ser humano. Ni siquiera la más mínima cosa existe ni subsiste en el mundo sin razón. Por tanto, si una persona no puede entender o comprender mis poderes debido a su debilidad, al menos puede ver y creer por medio de la fe.

 

Pero si aún --¡oh hombres!—no queréis emplear vuestro intelecto para considerar mi poder, podéis usar vuestras manos para tocar las obras que Yo y mis santos hemos realizado. Son tan patentes que nadie puede dudar de que se trata de obras de Dios ¿Quién, sino Dios, puede resucitar a los muertos o devolverle la vista a un ciego? ¿Quién sino Dios expulsa a los demonios? ¿Qué he enseñado que no sirva para la salvación del alma y del cuerpo, y sea fácil de llevar?

 

Sin embargo, el primer hombre o, más bien, algunas personas dicen: ‘¡Escuchemos y comprobemos si esto es cierto!’ Estas personas están algún tiempo a mi servicio, pero no por amor sino como experimentación y a imitación de otros, sin renunciar a su propia voluntad sino tratando de conjugar su propia voluntad junto con la mía. Éstos se encuentran en una peligrosa posición porque quieren servir a dos maestros, aunque no pueden servir bien a ninguno de los dos. Cuando se les llame, serán recompensados por el maestro que más amaron.

 

El segundo hombre, es decir algunas personas, dicen: ‘Lo que dice es falso y la Escritura es falsa’. Yo soy Dios, el Creador de todas las cosas, nada se ha creado sin mí. Yo establecí los testamentos nuevo y antiguo, ambos salieron de mi boca y no hay falsedad en ellos porque Yo soy la verdad. Por ello, aquellos que digan que Yo soy falso y que las Sagradas Escrituras son falsas, nunca verán mi rostro porque su conciencia les dice que Yo soy Dios, pues todo ocurre según mi deseo y disposición.

 

El Cielo les da luz, ellos no se pueden alumbrar a sí mismos; la tierra da frutos, el aire hace que fecunde la tierra, todos los animales tienen ciertas disposiciones, los demonios me confiesan, los justos sufren de manera increíble por su amor a mí. Ellos ven todo esto y aún no me ven. Podrían verme en mi justicia, si considerasen cómo la tierra se traga a los impíos o cómo el fuego consume a los malvados. Igualmente, también podrían verme en mi misericordia, cuando el agua fluyó de la roca para los rectos o las aguas se abrieron para que pasaran ellos; cuando el fuego no les quemó, o los Cielos les dieron alimento como la tierra. Pues por ver todo esto y aún decir que miento, éstos nunca verán mi rostro.

 

El tercer hombre, o sea, ciertas personas, dicen: ‘Sabemos muy bien que Él es Dios en verdad, pero no nos importa’. Estas personas serán atormentadas eternamente, porque me desprecian a mí, que soy su Señor y su Dios. ¿No es un grandísimo desprecio por su parte usar mis regalos y rehusar a servirme? Si al menos hubieran adquirido todo eso por su cuenta y no enteramente por mí, su desdén no sería tan grande. Pero Yo daré mi gracia a aquellos que comiencen voluntariamente a revertir mi carga y luchen con un deseo ferviente de hacer lo que puedan.

 

Yo trabajaré junto a esos que porten mi carga, o sea, los que progresen cada día por amor a mí. Seré su fuerza y los inflamaré tanto que estarán deseosos de hacer más. Los que perseveran en el lugar que parece pincharles –pero que en verdad es pacífico—son quienes se afanan día y noche sin descanso, haciéndose incluso más ardientes, pensando que lo que hacen es poco. Estos son mis amigos más queridos y son muy pocos, pues los demás encuentran más placenteras las bebidas del segundo tesoro.

 

 

Cómo la esposa vio a un santo hablando a Dios acerca de una mujer que había sido terriblemente afligida por el demonio y que después se convirtió gracias a las oraciones de la gloriosa Virgen.

Fdo. Cristobal Aguilar.

 


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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