LA CONCEPCIÓN VIRGINAL DE JESÚS
1. Dios ha querido, en su designio
salvífico, que el Hijo unigénito naciera de una Virgen. Esta
decisión divina implica una profunda relación entre la virginidad de
María y la Encarnación del Verbo. «La mirada de la
fe, unida al conjunto de la revelación, puede descubrir las
razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico,
quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones
se refieren tanto a la persona y a la misión
redentora de Cristo como a la aceptación por María de
esta misión para con los hombres»(88).
La concepción virginal, excluyendo una
paternidad humana, afirma que el único padre de Jesús es
el Padre celestial, y que en la generación temporal del
Hijo se refleja la generación eterna: el Padre, que había
engendrado al Hijo en la eternidad, lo engendra también en
el tiempo como hombre.
2. El relato de la Anunciación
pone de relieve el estado de Hijo de Dios, consecuente
con la intervención divina en la concepción. «El Espíritu Santo
vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por eso el que ha de nacer
será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).
Aquel
que nace de María ya es, en virtud de la
generación eterna, Hijo de Dios; su generación virginal, obrada por
la intervención del Altísimo, manifiesta que, también en su humanidad,
es el Hijo de Dios.
La revelación de la generación eterna
en la generación virginal nos la sugieren también las expresiones
contenidas en el Prólogo del evangelio de San Juan, que
relacionan la manifestación de Dios invisible, por obra del «Hijo
único, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18),
con su venida en la carne: «Y la Palabra se
hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos
contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo
único, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).
San Lucas
y San Mateo, al narrar la generación de Jesús, afirman
también el papel del Espíritu Santo. Este no es el
padre del niño: Jesús es hijo únicamente del Padre eterno
(ver Lc 1,32.35) que, por medio del Espíritu, actúa en
el mundo y engendra al Verbo en la naturaleza humana.
En efecto, en la Anunciación el ángel llama al Espíritu
«poder del Altísimo» (Lc 1,35), en sintonía con el Antiguo
Testamento, que lo presenta como la energía divina que actúa
en la existencia humana, capacitándola para realizar acciones maravillosas. Este
poder, que en la vida trinitaria de Dios es Amor,
manifestándose en su grado supremo en el misterio de la
Encarnación, tiene la tarea de dar el Verbo encarnado a
la humanidad.
3. El Espíritu Santo, en particular, es la
persona que comunica las riquezas divinas a los hombres y
los hace participar en la vida de Dios. Él, que
en el misterio trinitario es la unidad del Padre y
del Hijo, obrando la generación virginal de Jesús, une la
humanidad a Dios.
El misterio de la Encarnación muestra también la
incomparable grandeza de la maternidad virginal de María: la concepción
de Jesús es fruto de su cooperación generosa en la
acción del Espíritu de amor, fuente de toda fecundidad.
En el
plan divino de la salvación, la concepción virginal es, por
tanto, anuncio de la nueva creación: por obra del Espíritu
Santo, en María es engendrado aquel que será el hombre
nuevo. Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica: «Jesús
fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno
de la Virgen María, porque él es el nuevo Adán
que inaugura la nueva creación»(89).
En el misterio de esta nueva
creación resplandece el papel de la maternidad virginal de María.
San Ireneo, llamando a Cristo «primogénito de la Virgen»(90), recuerda
que, después de Jesús, muchos otros nacen de la Virgen,
en el sentido de que reciben la vida nueva de
Cristo. «Jesús es el Hijo único de María. Pero la
maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres
a los cuales él vino a salvar: "Dio a luz
al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos
hermanos" (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo
nacimiento y educación colabora con amor de madre»(91).
4. La
comunicación de la vida nueva es transmisión de la filiación
divina. Podemos recordar aquí la perspectiva abierta por San Juan
en el Prólogo de su evangelio: aquel a quien Dios
engendró, da a los creyentes el poder de hacerse hijos
de Dios (ver Jn 1,12-13). La generación virginal permite la
extensión de la paternidad divina: a los hombres se les
hace hijos adoptivos de Dios en aquel que es Hijo
de la Virgen y del Padre.
Así pues, la contemplación del
misterio de la generación virginal nos permite intuir que Dios
ha elegido para su Hijo una Madre virgen, para dar
más ampliamente a la humanidad su amor de Padre.
Autor: Juan Pablo II.
Transcrito por: Cristobal AGuilar.