LOS MILAGROS EXISTEN SOLO HAY QUE BUSCARLOS - LOS MILAGROS DE JESÚS (CATEQUESIS DE JUAN PABLO II)
Hablando de
los milagros realizados por Jesús durante su misión en la
tierra, San Agustín, en un texto interesante, los interpreta como
signos del poder y del amor salvífico y como estímulos
para elevarse al reino de las cosas celestes.
"Los milagros
que hizo Nuestro Señor Jesucristo (escribe) son obras divinas que
enseñan a la mente humana a elevarse por encima de
las cosas visibles, para comprender lo que Dios es" (Agustín,
In Io. Ev. Tr., 24, 1 ).
2. A este
pensamiento podemos referirnos al reafirmar la estrecha unión de los
"milagros-signos" realizados por Jesús con la llamada a la fe.
Efectivamente, tales milagros demostraban la existencia del orden sobrenatural, que
es objeto de la fe. A quienes los observaban y,
particularmente, a quienes en su persona los experimentaban, estos milagros
les hacían constatar, casi con la mano, que el orden
de la naturaleza no agota toda la realidad.
El universo
en el que vive el hombre no está encerrado solamente
en el marco del orden de las cosas accesibles a
los sentidos y al intelecto mismo condicionado por el conocimiento
sensible. El milagro es
"signo" de que este orden es
superior por el
"Poder de lo alto", y, por consiguiente,
le está también sometido.
Este
"Poder de lo alto" (Cfr.
Lc 24,49), es decir, Dios mismo, está por encima del
orden entero de la naturaleza. Este poder dirige el orden
natural y, al mismo tiempo, da a conocer que (mediante
este orden y por encima de él) el destino del
hombre es el reino de Dios. Los milagros de Cristo
son
"signos" de este reino.
3. Sin embargo, los milagros
no están en contraposición con las fuerzas y leyes de
la naturaleza, sino que implican a solamente cierta
"suspensión" experimentable
de su función ordinaria, no su anulación.
Es más, los
milagros descritos en el Evangelio indican la existencia de un
Poder que supera las fuerzas y las leyes de la
naturaleza, pero que, al mismo tiempo, obra en la línea
de las exigencias de la naturaleza misma, aunque por encima
de su capacidad normal actual.
¿No es esto lo que
sucede, por ejemplo, en toda curación milagrosa? La potencialidad de
las fuerzas de la naturaleza es activada por la intervención
divina, que la extiende más allá de la esfera de
su posibilidad normal de acción.
Esto no elimina ni frustra
la causalidad que Dios ha comunicado a las cosas en
la creación, ni viola las
"leyes naturales" establecidas por Él
mismo e inscritas en la estructura de lo creado, sino
que exalta y, en cierto modo, ennoblece la capacidad del
obrar o también de recibir los efectos de la operación
del otro, como sucede precisamente en las curaciones descritas en
el Evangelio.
4. La verdad sobre la creación es la
verdad primera y fundamental de nuestra fe. Sin embargo, no
es la única, ni la suprema. La fe nos enseña
que la obra de la creación está encerrada en el
ámbito de designio de Dios, que llega con su entendimiento
mucho más allá de los limites de la creación misma.
La creación (particularmente la criatura humana llamada a la existencia
en el mundo visible) está abierta a un destino eterno,
que ha sido revelado de manera plena en Jesucristo. También
en El la obra de la creación se encuentra completada
por la obra de la salvación. Y la salvación significa
una creación nueva (Cfr. 2 Cor 5, 17; Gal 6,
15), una
"creación de nuevo", una creación a medida del
designio originario del Creador, un restablecimiento de lo que Dios
había hecho y que en la historia del hombre había
sufrido, el desconcierto y la
"corrupción", como consecuencia del pecado.
Los milagros de Cristo entran en el proyecto de la
"creación nueva" y están, pues, vinculados al orden de la
salvación. Son
"signos" salvíficos que llaman a la conversión y
a la fe, y en esta línea, a la renovación
del mundo sometido a la
"corrupción" (Cfr. Rom 8, 19-21).
No se detienen, por tanto, en el orden ontológico de
la creación (creatio), al que también afectan y al que
restauran, sino que entran en el orden sotereológico de la
creación nueva (re) creatio totius universi), del cual son co-eficientes
y del cual, como
"signos", dan testimonio.
5. El orden
soteriológico tiene su eje en la Encarnación; y también los
"milagros-signos" de que hablan los Evangelios, encuentran su fundamento en
la realidad misma del Hombre/Dios.
Esta realidad (misterio abarca Y
supera todos los acontecimientos)milagros en conexión con la misión mesiánica
de Cristo. Se puede decir que la Encarnación es el
"milagro de los milagros", el
"milagro" radical y permanente del
orden nuevo de la creación.
La entrada de Dios en
la dimensión de la creación se verifica en la realidad
de la Encarnación de manera única y, a los ojos
de la fe, llega a ser
"signo" incomparablemente superior a
todos los demás
"signos-milagros" de la presencia y del obrar
divino en el mundo.
Es más, todos estos otros
"signos"
tienen su raíz en la realidad de la Encarnación, irradian
de su fuerza atractiva, son testigos de ella. Hacen repetir
a los creyentes lo que escribe el evangelista Juan al
final del Prólogo sobre la Encarnación:
Y hemos visto su
gloria, gloria como de Unigénito del Padre lleno de gracia
y de verdad" (Jn 1, 14).
6. Si la Encarnación
es el signo fundamental al que se refieren todos los
"signos" que dan testimonio a los discípulos y a la
humanidad de que
"ha llegado... el reino de Dios" (Cfr.
Lc 11, 20), hay también un signo último y definitivo,
al que alude Jesús, haciendo referencia al Profeta Jonás:
"Porque,
como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días
y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres
días y tres noches en el corazón de a tierra"
(Mt 12, 40): es el
"signo" de la resurrección.
Jesús
prepara a los los Apóstoles para este
"signo" definitivo, pero
lo hace gradualmente y con tacto, recomendándoles discreción
"hasta cierto
tiempo". Una alusión particularmente clara tiene lugar después de la
transfiguración en el monte:
"Bajando del monte, les prohibió contar
a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo
del hombre resucitase de entre los muertos" (Mc 9, 9).
Podemos preguntarnos el por qué de esta gradualidad. Se puede
responder que Jesús sabía bien cómo se habrían de complicar
las cosas si los Apóstoles y los demás discípulos hubiesen
comenzado a discutir sobre la resurrección, para cuya comprensión no
estaban suficientemente preparados, como se desprende del comentario que el
evangelista mismo hace a continuación:
"Guardaron aquella orden, y se
preguntaban que era aquello de ¡cuando resucitase de entre los
os muertos!" (Mc 9, 10).
Además, se puede decir que
la resurrección de entre los muertos, aun anunciada una y
otra vez, estaba en la cima de aquella especie de
"secreto mesiánico" que Jesús quiso mantener a lo largo de
todo el desarrollo de su vida y de su misión,
hasta el momento del cumplimiento y de la revelación finales,
que tuvieron lugar precisamente con el
"milagro de los milagros",
la Resurrección, que, según San Pablo, es el fundamento de
nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15, 12-19).
7. Después de
la Resurrección, a ascensión y Pentecostés, los
"milagros/signos" realizados por
Cristo se
"prolongan" a través de los Apóstoles, y después,
a través de los santos que se suceden de generación
en generación. Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen numerosos
testimonios de los milagros realizados
"en el nombre de Jesucristo"
por parte de Pedro (Cfr. Hech 3, 1)8; 5, 15;
9, 32)41), de Esteban (Hech 6, 8), de Pablo (por
ej., Hech 14, 8)10).
La vida de los santos, la
historia de la Iglesia, y, en particular, los procesos practicados
para las causas de canonización de los Siervos de Dios,
constituyen una documentación que, sometida al examen, incluso al más
severo, de la crítica histórica y de la ciencia médica,
confirma la existencia del poder de lo
"alto" que obra
en el orden de la naturaleza y la supera.
Se
trata de
"signos" milagrosos realizados desde los tiempos de los
Apóstoles hasta hoy, cuyo fin esencial es hacer ver el
destino y la vocación del hombre al reino de Dios.
Así, mediante tales
"signos", se confirma en los distintos tiempos
y en las circunstancias más diversas la verdad del Evangelio
y se demuestra el poder salvífico de Cristo que no
cesa de llamar a los hombres (mediante la Iglesia) al
camino de la fe.
Este poder salvífico del Dios/Hombre, se
manifiesta también cuando los
"milagros/signos" se realizan por intercesión de
los hombres, de los santos, de los devotos, así como
el primer
"signo" en Caná de Galilea se realizó por
la intercesión de la Madre de Cristo.
Autor: Juan Pablo II
Transcrito por: Cristobal Aguilar.