LA FORMACIÓN DEL CATEQUISTA
El
catequista debe estar consciente que cualquier actividad pastoral que no
cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas,
pone en peligro su calidad. Los instrumentos de trabajo catequísticos
no son eficaces si no se utilizan por catequistas bien
formados. Dado el papel de “educadores en la fe” que
tienen, deben motivarse fuertemente a ser, al mismo tiempo: maestros,
educadores y testigos, ya que la catequesis “cumple, al mismo
tiempo, tareas de iniciación, de educación y de instrucción” (Directorio
General de Catequesis, 31). Deberán, en efecto, formar al cristiano
en el conocimiento del misterio de Cristo, en la vida
evangélica, en la oración y en la liturgia, así como
en el compromiso evangelizador.
Todo catequista debe preocuparse por:
La preparación y
revisión de las sesiones de catequesis. Esta revisión está directamente
vinculada a la práctica concreta de la catequesis. Su duración
es constante e indefinida ya que requiere una evaluación periódica.
Para esto, puedes preguntarte: ¿Qué quiero lograr?, ¿qué medios voy
a emplear?, ¿cómo lo quiero lograr?, etc.
La formación práctica, esto
es, revisar los objetivos, los contenidos y el mensaje de
los temas. Es importante fomentarse en los grupos de formación,
en las reuniones de catequistas, en cursos parroquiales, etc.
La formación
permanente, esta supone la formación catequética práctica, y como indica
su nombre practicada de manera periódica y constantemente. Reviste muchas
modalidades (cursillos, encuentros, estudio personal...). Mediante ella, se puede ir
profundizando, poco a poco, en la formación orgánica y complementarla
con aquellos aspectos que no fue posible desarrollar.
El catequista debe
abrir su horizonte, debe ser capaz de ver más allá
de su ambiente, debe desarrollar su visión hacia la construcción
de una sociedad más humana y fraterna.
b) Finalidad y naturaleza
de la formaciónLa catequesis tiene como centro a Cristo, su
finalidad es propiciar la comunión con Jesucristo en el convertido,
(Catechesi Tradendae, 5). Lo que ésta persigue no es otra
cosa que lograr que el catequista pueda animar eficazmente a
la comunidad y lograr que se:
• Anuncie a Jesucristo
• Dé
a conocer su vida, enmarcándola en el conjunto de la
Historia de la Salvación
• Explique su misterio de Hijo de
Dios, hecho hombre por nosotros
• Ayude finalmente, al catecúmeno y
a la comunidad a identificarse con Jesucristo en los sacramentos
de iniciación.
El hecho de que la formación busque capacitar al
catequista para transmitir el Evangelio en nombre de la Iglesia
confiere a toda la formación una naturaleza eclesial.
La finalidad
última de la formación, por tanto, trata de hacer apto
al catequista para realizar un acto de comunicación, para ser
un transmisor, realizando una entrega.
Entonces, la formación de catequistas trata
de:
• Situar al catequista en la misión evangelizadora de la
Iglesia
• Capacitarle para poder iniciar en la totalidad de la
vida cristiana al hombre de hoy
• Con la pedagogía original
del Evangelio.
-Todo ello dentro de un clima comunitario y de
diálogo
-Mientras el catequista va madurando como hombre, creyente y educador
de la fe.
c) Criterios inspiradores de la formación • Se
trata ante todo de ser catequistas que respondan eficazmente a
las necesidades evangelizadoras de este momento histórico con sus valores,
sus desafíos y sus sombras. Para responder a él se
necesitan catequistas dotados de una fe profunda, de una clara
identidad cristiana y eclesial y de una honda sensibilidad social.
•
La Formación tendrá presente, también, el concepto de catequesis que
hoy propone la Iglesia. Se trata de hacer que los
catequistas puedan impartir no sólo una enseñanza sino una formación
cristiana integral, desarrollando tareas de “iniciación, de educación y de
enseñanza”. El catequista debe ser, a un tiempo, maestro, educador
y testigo.
• El movimiento catequético que vive la Iglesia invita
también, a los catequistas a ser integradores, que sepan superar
“obstáculos, diferencias, problemas” y ofrecer una catequesis plena y completa.
•
El catequista debe además estar formado con una espiritualidad de
laico, y con un gran estilo y sensibilidad que le
permitan desempeñar mejor su ministerio.
d) Las dimensiones de la formación•
La más profunda hace referencia al ser del catequista, a
su dimensión humana y cristiana. La formación, en efecto, le
ha de ayudar a madurar ante todo como persona, como
creyente y como apóstol.
• Después, está lo que el
catequista debe saber para desempeñar bien su tarea. Esta dimensión,
penetrada de la doble fidelidad al mensaje y a la
persona humana, requiere que el catequista conozca bien el mensaje
que transmite y, al mismo tiempo, al destinatario que lo
recibe y al contexto social en que vive.
• Finalmente, está la
dimensión del saber hacer ya que la catequesis es un
acto de comunicación. La formación lleva al catequista a ser
un educador del hombre y de la vida del hombre.
Estas
dimensiones son metas que:
- No se consiguen de una vez,
sino a lo largo de toda la vida formativa, se
van adquiriendo gradualmente.
- Se desarrollan con mayor o menor profundidad
y extensión según los diferentes niveles de formación.
- Se complementan
y relacionan mutuamente, como guías de ayuda, ya que no
son aislados.
Lo que las une, es el hecho de que
preparan al catequista para realizar el acto de transmisión del
Evangelio que “Íntegro y vivo” (Dei Verbum, 7) se conserva
en la Iglesia.
Fdo. Cristobal Aguilar.