Domingo, 03 de enero de 2010
LA FORMACIÓN DEL CATEQUISTA

El catequista debe estar consciente que cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad. Los instrumentos de trabajo catequísticos no son eficaces si no se utilizan por catequistas bien formados. Dado el papel de “educadores en la fe” que tienen, deben motivarse fuertemente a ser, al mismo tiempo: maestros, educadores y testigos, ya que la catequesis “cumple, al mismo tiempo, tareas de iniciación, de educación y de instrucción” (Directorio General de Catequesis, 31). Deberán, en efecto, formar al cristiano en el conocimiento del misterio de Cristo, en la vida evangélica, en la oración y en la liturgia, así como en el compromiso evangelizador.

Todo catequista debe preocuparse por:
La preparación y revisión de las sesiones de catequesis. Esta revisión está directamente vinculada a la práctica concreta de la catequesis. Su duración es constante e indefinida ya que requiere una evaluación periódica. Para esto, puedes preguntarte: ¿Qué quiero lograr?, ¿qué medios voy a emplear?, ¿cómo lo quiero lograr?, etc.

La formación práctica, esto es, revisar los objetivos, los contenidos y el mensaje de los temas. Es importante fomentarse en los grupos de formación, en las reuniones de catequistas, en cursos parroquiales, etc.

La formación permanente, esta supone la formación catequética práctica, y como indica su nombre practicada de manera periódica y constantemente. Reviste muchas modalidades (cursillos, encuentros, estudio personal...). Mediante ella, se puede ir profundizando, poco a poco, en la formación orgánica y complementarla con aquellos aspectos que no fue posible desarrollar.

El catequista debe abrir su horizonte, debe ser capaz de ver más allá de su ambiente, debe desarrollar su visión hacia la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

b) Finalidad y naturaleza de la formación

La catequesis tiene como centro a Cristo, su finalidad es propiciar la comunión con Jesucristo en el convertido, (Catechesi Tradendae, 5). Lo que ésta persigue no es otra cosa que lograr que el catequista pueda animar eficazmente a la comunidad y lograr que se:
• Anuncie a Jesucristo
• Dé a conocer su vida, enmarcándola en el conjunto de la Historia de la Salvación
• Explique su misterio de Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros
• Ayude finalmente, al catecúmeno y a la comunidad a identificarse con Jesucristo en los sacramentos de iniciación.

El hecho de que la formación busque capacitar al catequista para transmitir el Evangelio en nombre de la Iglesia confiere a toda la formación una naturaleza eclesial.

La finalidad última de la formación, por tanto, trata de hacer apto al catequista para realizar un acto de comunicación, para ser un transmisor, realizando una entrega.
Entonces, la formación de catequistas trata de:
• Situar al catequista en la misión evangelizadora de la Iglesia
• Capacitarle para poder iniciar en la totalidad de la vida cristiana al hombre de hoy
• Con la pedagogía original del Evangelio.

-Todo ello dentro de un clima comunitario y de diálogo
-Mientras el catequista va madurando como hombre, creyente y educador de la fe.

c) Criterios inspiradores de la formación

• Se trata ante todo de ser catequistas que respondan eficazmente a las necesidades evangelizadoras de este momento histórico con sus valores, sus desafíos y sus sombras. Para responder a él se necesitan catequistas dotados de una fe profunda, de una clara identidad cristiana y eclesial y de una honda sensibilidad social.
• La Formación tendrá presente, también, el concepto de catequesis que hoy propone la Iglesia. Se trata de hacer que los catequistas puedan impartir no sólo una enseñanza sino una formación cristiana integral, desarrollando tareas de “iniciación, de educación y de enseñanza”. El catequista debe ser, a un tiempo, maestro, educador y testigo.
• El movimiento catequético que vive la Iglesia invita también, a los catequistas a ser integradores, que sepan superar “obstáculos, diferencias, problemas” y ofrecer una catequesis plena y completa.
• El catequista debe además estar formado con una espiritualidad de laico, y con un gran estilo y sensibilidad que le permitan desempeñar mejor su ministerio.

d) Las dimensiones de la formación

• La más profunda hace referencia al ser del catequista, a su dimensión humana y cristiana. La formación, en efecto, le ha de ayudar a madurar ante todo como persona, como creyente y como apóstol.
• Después, está lo que el catequista debe saber para desempeñar bien su tarea. Esta dimensión, penetrada de la doble fidelidad al mensaje y a la persona humana, requiere que el catequista conozca bien el mensaje que transmite y, al mismo tiempo, al destinatario que lo recibe y al contexto social en que vive.
• Finalmente, está la dimensión del saber hacer ya que la catequesis es un acto de comunicación. La formación lleva al catequista a ser un educador del hombre y de la vida del hombre.

Estas dimensiones son metas que:
- No se consiguen de una vez, sino a lo largo de toda la vida formativa, se van adquiriendo gradualmente.
- Se desarrollan con mayor o menor profundidad y extensión según los diferentes niveles de formación.
- Se complementan y relacionan mutuamente, como guías de ayuda, ya que no son aislados.

Lo que las une, es el hecho de que preparan al catequista para realizar el acto de transmisión del Evangelio que “Íntegro y vivo” (Dei Verbum, 7) se conserva en la Iglesia.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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