LOS CURANDEROS (I)
El mundo moderno
ha apostatado de la fe y su caridad se ha
enfriado. El castigo divino ha consistido en dejar al hombre
librado a si mismo, para que realizara aquello de San
Agustín: “Caido de Dios, caerás también de ti mismo”. La
razón divinizada se ha extraviado en las peores credulidades. La
exaltación soberbia de la ciencia coexiste con las peores supersticiones
pseudocientíficas. La voluntad de las multitudes, liberada del yugo divino,
se ve cautivada por falsos profetas de la mas baja
ralea. El instinto cegado lleva al hombre a buscar seguridad
y paz en las más absurdas caricaturas de lo sobrenatural,
para beneficio último de aquel espíritu “pérfido y astuto que
sabe insinuarse en nosotros ver medio de los sentidos, de
la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica (.
. ) para introducirnos en desviaciones, tan nocivas como conformes
en apariencia con nuestras estructuras físicas o psíquicas, o con
nuestras aspiraciones instintivas y profundas” (Pablo VI, 15-XI-72).
El mundo
en que vivimos resulta así, de modo simultáneo, tremendamente materialista
y supersticioso. De allí el mérito de esta obra, que
intenta poner un poco de luz en la ancha franja
de terreno ocupada por curanderos de las más variadas especies
y por el espiritismo con sus sectas afines y tendencias
pseudoreligiosas.
Nos situamos en el campo
científico —medicina y parapsicología— en el que demuestra una erudición
abundante, visible sobre todo en la amplia ejemplificación casuística. El
estilo es ágil y ameno, periodístico, hasta el punto de
pecar a veces de cierta inuficiencia o superficialidad.
No todo es estafa, sin embargo.
El curandero sabe provocar en sus clientes una confianza ciega
e ilimitada, o desatar los mecanismos de la histeria. La
sugestión es entonces una poderosa —y por lo general peligrosa—
fuerza curativa, capaz de producir aparentes milagros. Muchos curanderos unen
a su poder sugestivo o hipnótico conocimientos rudimentarios de medicina,
o remedios conocidos por tradición en la medicina popular. En
algunos casos el curandero es sujeto de facultades paranormales, capaz
de producir algún influjo energético al que los parapsicólogos llaman
“telergia”, como en los “bicheros” que curan “de palabra” animales
o personas. Pero estas fuerzas poco conocidas son espontáneas, irregulares.
Las graves consecuencias del curanderismo, en el plano corporal, en
el de la salud psíquica y en el orden social. Tenemos dos conclusiones: La
primera se refiere al aspecto negativo: el curanderismo, especialmente organizado,
y el espiritismo en sus diversas variantes deben ser puestos
fuera de la ley, por el grave peligro que implican
para la salud mental de la población. La ley que
los prohiba debe ser severísima y cumplirse si no quiere
ser no sólo ineficaz, sino hasta contraproducente.
La conclusión positiva se
refiere a la necesidad de que la medicina tenga en
cuenta al hombre en su totalidad: “La actual Medicina psicosomática
viene a corroborar el concepto escolástico del hombre. El hombre
se compone de dos realidades: cuerpo y alma, pero esas
realidades están unidas formando una persona integral, hasta tal punto,
que todas sus reacciones, sean de naturaleza psíquica, sean de
naturaleza física, son reacciones de toda la persona. Es de
lamentar que durante tanto tiempo la Medicina se mantuviera completamente
ajena a la sana filosofía (p. 295). No podemos menos
de suscribir estas afirmaciones, en compañía de Platón.
Frente a la actitud de las
sectas de todos los tiempos, que trabajan creando ambientes de
exaltación pseudomística, señala la prudencia, la serenidad, la pureza de
fe que rodean los auténticos fenómenos extraordinarios en el ámbito
de la Iglesia Católica desde los milagros de Cristo hasta
los de Lourdes.
Limitémonos a dos aspectos de mayor importancia. El
primero se refiere a la posesión diabólica, cuya posibilidad niega
el A., aquí como en otras obras (cf. v. gr.
p. 75). Esto nos parece inaceptable. La fe católica, reafirmada
recientemente por Pablo VI y por la Congregación para la
Doctrina de la Fe, nos enseña que el demonio existe,
y que puede actuar sobre el hombre. La posesión es
una de las formas —no la más importante, si bien
la más llamativa— de esta actuación. Aunque su posibilidad no
haya sido objeto de expresa definición dogmática, pertenece al acervo
de la fe. En primer lugar están los casos de
posesión que nos narra el Evangelio. Puede admitirse que en
algunos de éstos se trate de enfermedades mentales, “pero cuando
Jesús denuncia la presencia de seres hostiles tras el estado
de determinados enfermos del cuerpo y del alma, y lucha
contra estos seres, no hay otro remedio que tomar a
la letra lo que dice” (E. Guardini, “Pequeña Suma Teológica”,
p. 269). Y no vale objetar que Jesús “habla de
acuerdo a la mentalidad corriente de su tiempo”. Ello tiene
un límite: el Señor no podría confirmar con sus palabras
una creencia errónea o supersticiosa en el orden espiritual. Esta
enseñanza evangélica ha sido confirmada por la tradición constante de
la Iglesia, en su liturgia y en sus exorcismos, que
no han sido suprimidos.
Reconocemos que hay posesiones falsas o aparentes,
y que éstas pueden ser favorecidas por contagio de la
moda o por un tratamiento imprudente del tema. Pero no
basta para rechazar la posibilidad de la posesión el hecho
de que su sintomatología se asemeje a la de la
histeria o al desdoblamiento de personalidad, o alegar que otras
características, como la xenoglosia o la telekinesia puedan explicarse parapsicológicamente.
La ciencia debe reconocer sus límites. Su campo es el
de los fenómenos, y fenómenos idénticos pueden ser producidos en
el hombre por causas muy diversas. La gracia supone la
naturaleza. También la “des-gracia”. La tentación diabólica respeta el orden
natural de los procesas psíquicos. No es de extrañar entonces
que la presencia tiránica o la irrupción violenta de un
espíritu dominador y perverso provoque alteraciones biopsíquicas que pueden también
ser desatadas por la histeria y la epilepsia.
Tampoco vale el
afirmar que “el demonio no es apóstol” y que “trabajaría
contra sí mismo con aquellas manifestaciones” que terminan por favorecer
la piedad de los testigos (cf. pp. 73-75). Esa es
precisamente su tragedia: es el eterno derrotado, y todas sus
rebeldías y maldades se ordenan en última instancia a manifestar
la gloria de Dios en su misericordia o en su
justica.
De todas formas este pequeño y breve artículo no quiere desmerecer a aquellos curanderos verdaderos que han sido puestos por Dios y que tienen todo nuestro afecto y cariño, aunque si habría de guardarse de aquellos que nada mas entrar nos piden dinero de entrada o lo hacen al fina con algún regalo (si viene de Dios normalmente no pedirá nada para sí

de todas formas respetamos a cuantas personas usan de ellos y a los que los practican, nosotros no somos nadie para juzgar, como decía el propio Cristo.
Fdo. Cristobal Aguilar.