S?bado, 02 de enero de 2010
LOS CURANDEROS (I)

El mundo moderno ha apostatado de la fe y su caridad se ha enfria­do. El castigo divino ha consistido en dejar al hombre librado a si mismo, para que realizara aquello de San Agustín: “Caido de Dios, caerás también de ti mismo”. La razón divini­zada se ha extraviado en las peores credulidades. La exaltación soberbia de la ciencia coexiste con las peo­res supersticiones pseudocientíficas. La voluntad de las multitudes, liberada del yugo divino, se ve cautiva­da por falsos profetas de la mas ba­ja ralea. El instinto cegado lleva al hombre a buscar seguridad y paz en las más absurdas caricaturas de lo sobrenatural, para beneficio último de aquel espíritu “pérfido y astuto que sabe insinuarse en nosotros ver medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utó­pica (. . ) para introducirnos en des­viaciones, tan nocivas como confor­mes en apariencia con nuestras estructuras físicas o psíquicas, o con nuestras aspiraciones instintivas y profundas” (Pablo VI, 15-XI-72).

El mundo en que vivimos resulta así, de modo simultáneo, tremenda­mente materialista y supersticioso. De allí el mérito de esta obra, que intenta poner un poco de luz en la ancha franja de terreno ocupada por curanderos de las más variadas especies y por el espiritismo con sus sectas afines y tendencias pseudoreligiosas.

  Nos situamos en el campo científico —medicina y parapsicología— en el que demuestra una erudición abundante, visible sobre todo en la amplia ejemplifica­ción casuística. El estilo es ágil y ameno, periodístico, hasta el punto de pecar a veces de cierta inuficiencia o superficialidad.

No todo es estafa, sin embargo. El curandero sabe provocar en sus clien­tes una confianza ciega e ilimitada, o desatar los mecanismos de la histeria. La sugestión es entonces una poderosa —y por lo general peligro­sa— fuerza curativa, capaz de producir aparentes milagros. Muchos curanderos unen a su poder suges­tivo o hipnótico conocimientos rudimentarios de medicina, o remedios conocidos por tradición en la medicina popular. En algunos casos el curandero es sujeto de facultades paranormales, capaz de producir algún influjo energético al que los parapsicólogos llaman “telergia”, como en los “bicheros” que curan “de pa­labra” animales o personas. Pero estas fuerzas poco conocidas son es­pontáneas, irregulares.

Las graves consecuencias del curanderismo, en el plano corporal, en el de la salud psíquica y en el orden so­cial. Tenemos dos conclusiones: La primera se refiere al aspecto negativo: el curanderismo, especialmente organizado, y el espiritismo en sus diversas variantes deben ser puestos fuera de la ley, por el grave peligro que implican para la salud mental de la población. La ley que los prohiba debe ser severísima y cumplirse si no quiere ser no sólo ineficaz, sino hasta contraproducente.

La conclusión positiva se refiere a la necesidad de que la medicina ten­ga en cuenta al hombre en su tota­lidad: “La actual Medicina psicosomática viene a corroborar el concepto escolástico del hombre. El hombre se compone de dos realidades: cuerpo y alma, pero esas realidades están uni­das formando una persona integral, hasta tal punto, que todas sus reacciones, sean de naturaleza psíquica, sean de naturaleza física, son reac­ciones de toda la persona. Es de la­mentar que durante tanto tiempo la Medicina se mantuviera completamen­te ajena a la sana filosofía (p. 295). No podemos menos de suscribir estas afirmaciones, en compañía de Platón.

Frente a la actitud de las sectas de todos los tiempos, que tra­bajan creando ambientes de exaltación pseudomística, señala la prudencia, la serenidad, la pureza de fe que rodean los auténticos fenómenos extraordinarios en el ámbito de la Iglesia Católica desde los milagros de Cristo hasta los de Lourdes.

Limitémonos a dos aspectos de mayor importancia. El primero se refiere a la posesión diabólica, cuya posibilidad niega el A., aquí como en otras obras (cf. v. gr. p. 75). Es­to nos parece inaceptable. La fe cató­lica, reafirmada recientemente por Pablo VI y por la Congregación para la Doctrina de la Fe, nos enseña que el demonio existe, y que puede actuar sobre el hombre. La posesión es una de las formas —no la más importante, si bien la más lla­mativa— de esta actuación. Aunque su posibilidad no haya sido objeto de expresa definición dogmática, pertenece al acervo de la fe. En primer lugar están los casos de posesión que nos narra el Evangelio. Puede admitirse que en algunos de éstos se trate de enfermedades men­tales, “pero cuando Jesús denuncia la presencia de seres hostiles tras el estado de determinados enfermos del cuerpo y del alma, y lucha contra estos seres, no hay otro remedio que tomar a la letra lo que dice” (E. Guardini, “Pequeña Suma Teológica”, p. 269). Y no vale objetar que Jesús “habla de acuerdo a la mentalidad corriente de su tiempo”. Ello tiene un límite: el Señor no podría confir­mar con sus palabras una creencia errónea o supersticiosa en el orden espiritual. Esta enseñanza evangéli­ca ha sido confirmada por la tradi­ción constante de la Iglesia, en su liturgia y en sus exorcismos, que no han sido suprimidos.

Reconocemos que hay posesiones falsas o aparentes, y que éstas pueden ser favorecidas por contagio de la moda o por un tratamiento imprudente del tema. Pero no basta pa­ra rechazar la posibilidad de la po­sesión el hecho de que su sintomatología se asemeje a la de la histeria o al desdoblamiento de personalidad, o alegar que otras características, como la xenoglosia o la telekinesia puedan explicarse parapsicológicamente. La ciencia debe reconocer sus límites. Su campo es el de los fenómenos, y fenómenos idénticos pueden ser producidos en el hombre por cau­sas muy diversas. La gracia supone la naturaleza. También la “des-gracia”. La tentación diabólica respeta el orden natural de los procesas psíquicos. No es de extrañar entonces que la presencia tiránica o la irrupción violenta de un espíritu dominador y perverso provoque alteracio­nes biopsíquicas que pueden también ser desatadas por la histeria y la epilepsia.

Tampoco vale el afirmar que “el demonio no es apóstol” y que “trabajaría contra sí mismo con aquellas manifestaciones” que terminan por favorecer la piedad de los tes­tigos (cf. pp. 73-75). Esa es preci­samente su tragedia: es el eterno de­rrotado, y todas sus rebeldías y maldades se ordenan en última instancia a manifestar la gloria de Dios en su misericordia o en su justica.

De todas formas este pequeño y breve artículo no quiere desmerecer a aquellos curanderos verdaderos que han sido puestos por Dios y que tienen todo nuestro afecto y cariño, aunque si habría de guardarse de aquellos que nada mas entrar nos piden dinero de entrada o lo hacen al fina con algún regalo (si viene de Dios normalmente no pedirá nada para síGui?o de todas formas respetamos a cuantas personas usan de ellos y a los que los practican, nosotros no somos nadie para juzgar, como decía el propio Cristo.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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