Jueves, 31 de diciembre de 2009
EL OBJETIVO MISMO DE LA TEOLOGÍA Y SU FINALIDAD

Es evidente que el objeto material de la Teología es Dios, pero hay que ver cuál es su objeto formal. El objeto formal de una ciencia es el aspecto particular bajo el que considera su propio objeto material; por ejemplo el hombre puede ser el objeto material de varias ciencias: Filosofía, Sociología, Psicología, Antropología, etc., y cada una de ellas lo verá bajo un aspecto diferente. Dentro de la Filosofía, la Ontología lo considerará bajo el punto de vista del ser, mientras que la Psicología lo hará basándose en su pensamiento.

Para designar el objeto formal de la Teología, Santo Tomás propuso el estudio de Dios en cuanto Dios: “En la doctrina sagrada todo se trata desde el punto de vista de Dios, bien porque es el mismo Dios (esencia, atributos, personas), o porque está ordenado a Dios como principio y fin (las criaturas, los actos humanos, las leyes, la gracia, las virtudes, los sacramentos)” (Sth 1, q.1.a.7).

La Teología estudia a Dios en el misterio de su vida íntima y de su designio de salvación. Toda la Teología para Santo Tomás se reduce al doble misterio de la Trinidad y de la Encarnación, es decir, al misterio de Dios en su vida íntima, y al misterio de la economía de los medios que nos conducen a él. En términos más personalistas podemos decir que la Teología trata de Dios mismo, y también de Cristo, como signo eficaz de la salvación. Por eso todos los tratados de Teología hablan de Dios: del Dios uno y trino, del Dios que crea y que justifica, del Dios hecho hombre y siervo doliente, del Dios fuente de toda gracia y de toda virtud, del Dios que santifica por medio de la Iglesia y de los sacramentos, del Dios que hace bienaventurados a los que le aman y le sirven.

La Teología no habla más que del Dios vivo y personal que ha creado al mundo, que ha librado a su pueblo de la esclavitud de Egipto y ha establecido con Él la alianza, que amó a los hombres hasta el punto de entregar por ellos a su Hijo, y al que la Iglesia en los Salmos no deja de invocar como el Dios de la salvación (23, 37, 87); o en las oraciones de la misa como el Dios que es y será para siempre. El Dios del que habla la Teología no es un concepto abstracto ni un Dios mudo, sino el Dios vivo cuya palabra y cuyos gestos llenan los dos Testamentos.

La Teología trata también de las criaturas, del hombre, pero las considera en su relación con Dios: como efectos de Dios, como imágenes de Dios llamadas a compartir su vida íntima, o a entrar en el movimiento de renovación cósmica inaugurado por la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. La atención que la Teología dirige al hombre no está en contradicción con esta visión de las cosas; si la Teología se inclina sobre el hombre es para revelarle que su misterio está en Dios, porque en definitiva, lo que le preocupa y lo que quiere la Teología es completar al hombre, mostrándole sus rasgos de criatura renovada en Cristo. La conversión del hombre se hace con vistas a una conversión a Dios; entonces, aunque trate del hombre, Dios sigue siendo el objeto de la Teología.

El medio por el que Dios se vuelve accesible a la Teología es la revelación que nos da sobre sí mismo. En el plano subjetivo, la luz de la Teología es la razón iluminada por la fe, con una luz que resulta de la empresa de la razón y de una acción sobrenatural de Dios, que hace naturalizar al hombre con el mundo del Evangelio.


2. Formulaciones nuevas.

La expresión Dios en cuanto Dios, empleada por Santo Tomás para designar el objeto de la Teología, puede explicarse de diversas formas; vamos a proponer dos de las más corrientes.

a) Dicen algunos teólogos que el objeto formal de la Teología es el Dios Salvador, puesto que si nos preguntáramos cuál es la verdad que Dios nos ha querido revelar principalmente, la verdad central de la revelación a la que principalmente aspire a conocer nuestra fe, hemos de responder que esta verdad es: Dios es nuestra salvación, Dios nos salva por Jesucristo. El misterio mismo de la Trinidad de Dios se nos ha revelado dentro de esta perspectiva de salvación, para hacernos comprender que el Padre nos ama y nos salva por medio de Jesucristo en el Espíritu de amor.

“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,16-18).

En la obra de San Pablo, el tema de la salvación ofrecida a los hombres por la fe en el Evangelio constituye el tema de la Carta a los Romanos. En la Carta a los Efesios, San Pablo nos dice que Dios en sus planes amorosos ha querido recapitular todas las cosas en Cristo, constituyendo a Cristo principio último de salvación para todos los hombres, judíos y gentiles. El cristianismo no es, pues, una metafísica abstracta, sino la historia de la salvación; de esta forma, la idea dominante que dirige el progreso de la revelación, desde el comienzo del Antiguo Testamento hasta el final del Nuevo, y que da su unidad a ambos Testamentos, es el siguiente: Dios nos salva por Jesucristo.

No podemos tener de Dios más idea que la que Él mismo nos ha revelado; pues bien, Él se nos ha manifestado como el Dios que salva. El objeto de la revelación, el objeto de la fe, y en consecuencia el objeto de la Teología es, por tanto, el Dios salvador; por eso el Evangelio es llamado “buena nueva de salvación” (Ef 2,16), o “palabra de salvación” (He 20,24), y también “palabra de vida” (Fil 2,16).

b) Otros teólogos proponen centrarse en la vida divina. El objeto formal de la Teología, afirman, es el Dios vivo y fuente de la vida. Realmente nos encontraremos con este aspecto a través de toda la Teología y de todos los tratados teológicos.

El cuanto al interior de la vida de Dios, el dinamismo se sublima en la generación del Verbo y en la espiración del Espíritu (tratados de Deo Uno y de Deo Trino), pero hay también en Dios una actividad exterior en virtud de la cual se les comunica a las criaturas parte de su vida divina. Así, Dios crea al hombre y lo eleva a una participación de su propia vida (tratados de Deo Creante et Elevante). Luego, por el pecado original, esta vida queda destruida en el hombre, pero por la encarnación del Verbo y por el sacrificio de Cristo entra de nuevo la vida en el mundo (tratados De Christo Legato, De Verbo Incarnato, De Deo Redemptore). La vida divina se difunde así en los miembros de Cristo (tratados De Ecclesia, De Sacramentis, De Virtutibus), y existe un tratado particular que tiene por misión estudiar la naturaleza de esta vida divina comunicada a los hombres: el tratado De Gratia; finalmente, la Teología trata de los fines últimos del hombre, o sea de la posesión o de la pérdida eterna de esta vida, en el De Novissimis. Cada uno de estos tratados estudia un aspecto de la vida divina que tiene su fuente en la Trinidad, que se le comunica al género humano, que es destruida por el pecado, y que finalmente es restaurada en Cristo y difundida por la Iglesia.


3 Condición de la Teología y del teólogo.

La Teología es, pues, la ciencia de Dios en cuanto Dios, conocida a partir de la revelación; pero el que una ciencia tenga como objeto de su investigación al Dios vivo y salvador tiene que afectarla profundamente, lo mismo que a la condición del teólogo que se ha consagrado a ella.

a) Si la Teología puede hablar de Dios en su vida íntima y en su plan de salvación, es porque Dios ha sido el primero que ha salido de su misterio para entablar con el hombre un diálogo de amistad. Al comienzo de toda empresa teológica está siempre la iniciativa divina, la automanifestación de Dios. La Teología habla de Dios y se esfuerza en comprender mejor a Dios, pero partiendo del propio testimonio que Dios ha dado de sí mismo; de ahí se sigue que la Teología no puede nunca convertirse en una ciencia autónoma. Del mismo modo como la Iglesia está “al servicio de la Palabra de Dios”, la Teología es y debe seguir siendo la humilde sierva de la Palabra de Dios.

Esto mismo hay que decir del teólogo: Como el primero entre los fieles, tiene que mantenerse a la escucha de la Palabra que desea comprender, porque la Palabra de Dios también va dirigida a él para que la acoja con una fe que comprometa toda su vida. Esta Palabra exige del teólogo docilidad de espíritu y docilidad de corazón; toda su existencia tiene que abrirse a las dimensiones de una verdad que dice la última palabra sobre el hombre, y en este aspecto no hay ninguna diferencia entre el profesor de Teología y el estudiante de Teología: ambos están sometidos a la Palabra de Dios, ambos se dedican a penetrar y a gustar esa Palabra que es la aspiración y la norma de su vida. En este punto, el objeto de la vida intelectual y el objeto de la vida espiritual coinciden por completo.

Así pues, en el panorama de las ciencias, la Teología goza de una situación particular y privilegiada: Trabaja en un ambiente sagrado, religioso; un ambiente creado que une al profesor y al estudiante en una comunión en el mismo objeto, porque la Palabra de Dios que ambos se esfuerzan en comprender mejor constituye el objeto de su fe y el fundamento de su vida. Ambos se entregan a esa Palabra. La Teología puede, pues, convertirse, tanto para el estudiante como para el profesor, en escuela de santidad. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

b) Como la Teología tiene por objeto al Dios vivo y salvador, tiene que revestir cierto número de características que es preciso definir:

  • Carácter histórico. Al tener como objeto a Dios que se revela en la historia y por la historia, la Teología tiene que referirse continuamente a la historia de la salvación. No es la Teología una reflexión sobre un sistema de proposiciones abstractas, sino sobre unas intervenciones libres de Dios en el tiempo. No hay Teología sin referencia a la economía de la manifestación de Dios.

  • Carácter cristológico. La historia de la salvación está completamente centrada en Cristo. El Antiguo Testamento es un anuncio y una preparación de Cristo; es una profecía y una pedagogía de Cristo. El centro y el objeto del Evangelio en el Nuevo Testamento es Cristo, en su vida y en su obra salvífica, de ahí se sigue que toda Teología es cristológica. No conocemos a Dios sino a través de Cristo: en resumen, no hay Teo-logía sin Cristo-logía.

  • Carácter eclesiológico. La Teología escucha y recibe la Palabra de Dios en la Iglesia; procura comprenderla e interpretarla en la Iglesia y como auxiliar de la Iglesia; finalmente, su reflexión tiene que llevarse a cabo en comunión con los teólogos del pasado y en diálogo con los del tiempo presente, por eso no hay Teología sin referencia a la Iglesia.

  • Carácter antropológico. La revelación de Dios es al propio tiempo revelación al hombre de su propio misterio, ya que lo más profundo que hay en el hombre es el misterio de Dios que se inclina sobre él para cubrirlo con su amor. Tanto si lo sabe como si lo ignora, el hombre está llamado por el amor para que participe de la vida divina. Por consiguiente la Teología no puede hablar de Dios sin hablar del hombre, lo mismo que no puede hablar del hombre sin hablar de Dios. No hay Teología sin antropología.


    4. Cristo, como objeto de la Teología.

    Las formulaciones examinadas hasta ahora, Dios en cuanto Dios, Dios en cuanto salvador, Dios en cuanto fuente de vida, están de acuerdo en reconocer que el objeto formal de la Teología es Dios; pero otros teólogos como E. Mersch y los partidarios de la Teología kerigmática, se expresan de diferente manera, al afirmar que el objeto de la Teología es Cristo.

    a) Opinión de E. Mersch. Según este autor, el objeto de la Teología y su centro por excelencia es el Cristo místico. El objeto material de la Teología, observa, es doble: por una parte el objeto principal, Dios, y por la otra el objeto secundario, las obras de Dios; y entre ellas, como obra principal, está el hombre. El objeto central de la Teología tiene que abarcar este doble objeto, y por tanto no puede ser otro que el Cristo total o Cristo místico, pues por un lado Cristo es Dios y por otro es el Hombre-Dios, con toda la humanidad que se le ha incorporado.

    Esta doctrina del Cristo total es eminentemente apta para conferir a la Teología su unidad orgánica, basada en la revelación de ambos Testamentos. Por ella estamos situados en el centro de la inteligibilidad de todo el misterio de la salvación. Mientras que la sistematización tomista es teocéntrica, la que propone Mersch es evidentemente cristocéntrica.

    La postura de Mersch contiene, junto a excelentes elementos, algunos puntos ambiguos: Es verdad que el lugar de Cristo es central en la historia de la salvación; también es verdad que el Cristo total es el objeto material integral de la Teología; igualmente es verdad que el misterio de la salvación sólo se nos hace inteligible en Cristo; finalmente es verdad, en el aspecto de nuestra unión efectiva con Dios, que la vida divina sólo se nos comunica en Cristo y por Cristo. Pero una vez aceptado todo esto, ¿se podrá decir sin más que Cristo es el objeto formal de la Teología? Responderemos a esta cuestión con las siguientes observaciones:

  • La Teología, como ciencia del objeto de fe, tiene que participar en el movimiento y en la orientación de la fe. Pues bien, la fe, en el último análisis, está totalmente dirigida hacia el Dios Salvador: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9), por eso “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Nuestra fe tiende, por lo tanto, hacia Dios que nos ha enviado a su Hijo para demostrarnos su amor. Cristo es aquel en quien se manifiesta y nos conduce el amor de Dios salvador. En la economía de la salvación y de la epifanía del amor de Dios, Cristo es primero; pero el objeto último de nuestra fe, y por ende de nuestra Teología, es Dios-que-nos-salva-por-Cristo, es el Dios Salvador.

  • La Teología procura construir el dato revelado según el orden mismo de la sabiduría divina. Pues bien, el plan de esta sabiduría divina es precisamente el de recapitularlo todo en Cristo para llevar a los hombres a Dios. El mismo Cristo y su cuerpo místico están ordenados a Dios: “Todo es vuestro; y vosotros, de Cristo; y Cristo, de Dios” (1 Cor 3,22.23). Y en la Carta a los Efesios dice San Pablo: “Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido... eligiéndonos de antemano para ser hijos adoptivos por medio de Jesucristo... para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el amado” (1,3-7). En la perspectiva de Mersch, por el contrario, el misterio de la Trinidad y de las misiones divinas pasa a segundo plano en beneficio de un primer objeto, el misterio del Cristo místico.

  • Recogiendo lo que anteriormente se dijo sobre el objeto de la Teología, podemos ahora proponer, para definir ese objeto, una formulación más elaborada y más precisa: Dios nuestra salvación, tal como se ha manifestado en Cristo y por Cristo. El enunciado de Mersch, a su vez (el Cristo místico es el primer inteligible), puede distinguirse de la siguiente manera: El Cristo místico es el primer inteligible para nosotros, en el orden de la invención y de la inquisición: ¡concedido!; es el primer inteligible en el orden de la sabiduría divina: ¡lo negamos!, porque en este orden el misterio del Cristo no alcanza su inteligibilidad más que por su relación con el misterio del Dios vivo, uno y trino, al que tiene la misión de introducirnos. Si bien es cierto que alcanzamos el misterio de Dios que se revela a través de Cristo, será solamente a través del misterio de Dios como podremos comprender y apreciar el misterio de Cristo.

  • Dicho esto, todavía podemos preguntarnos si es preferible una sistematización cristocéntrica o una sistematización teocéntrica. La sistematización cristocéntrica propuesta por Mersch no sólo es legítima, sino que quizá sea preferible bajo el punto de vista pedagógico, por ser más fiel a la economía de la salvación y a su manifestación. También es verdad que sirve de feliz complemento a la visión teocéntrica de la Edad Media; pero insistimos, la cuestión de la sistematización no puede confundirse con el objeto de la Teología, porque se trata de dos cuestiones distintas.

    Una vez admitido que el objeto de la teología es Dios en cuanto Dios, nada impide que adoptemos una sistematización cristocéntrica, o teocéntrica, o eclesiocéntrica, o incluso antropocéntrica. Hay varias sistematizaciones posibles, lo mismo que hay diversos tipos de Teología, y cada sistematización tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El principal inconveniente de la síntesis teocéntrica puede ser quizá el de una atención insuficiente al carácter de economía, de historia y de pedagogía de la revelación.

  • Postura de la Teología kerigmática. Los teólogos llamados kerigmáticos (de kerigma = proclamar) han propuesto también una sistematización cristocéntrica, e incluso una doble Teología con un doble objeto. El contexto histórico en que apareció esta Teología kerigmática es el siguiente: Conmovidos por las quejas de los pastores de almas sobre la ignorancia y la mediocridad de vida de sus feligreses, cierto número de teólogos creyeron que la razón de ello estaba en una presentación deficiente del cristianismo y en una enseñanza poco adecuada de la Teología.

    Para corregir este problema, los kerigmáticos propusieron que se diese prioridad a la proclamación del mensaje cristiano sobre la Teología científica, y que se procurase que la predicación se inspirara en Cristo y en la historia de la salvación. Algunos de sus teólogos exageraron aún más las necesidades del apostolado, al proponer construir al lado de la Teología tradicional otra llamada Teología kerigmática. La primera, de las dos sería científica, sistemática, estaría preocupada por la investigación y se impartiría en las universidades; la segunda tendría por objeto a Cristo y se encaminaría a la predicación, se preocuparía de la Psicología y de la Pedagogía en la presentación del mensaje cristiano, y sería la Teología de seminarios. La primera de estas dos Teologías se ocuparía de comprobar la veracidad del dato revelado, mientras que la segunda lo estudiaría bajo los aspectos del bien y del valor; la primera se expresaría en lenguaje técnico, pero la segunda lo haría en términos sencillos; la primera sería una Teología del intelecto mientras que la segunda estaría destinada a ser acogida en el corazón.

    La proposición kerigmática de una doble Teología fue atacada desde su presentación, y finalmente rechazada por la Iglesia al considerar que no podría ser fiel a su objeto una ciencia teológica que en lugar de ocuparse de la comprensión del mensaje revelado se dedicara a promover la piedad de sus partidarios; y no porque esto último fuera indeseable, sino porque no es la materia que corresponde a la Teología.


    5 ¿Teología o historia de la salvación?

    Esta alternativa constituye otra manera de abordar la cuestión del objeto de la Teología. La Teología, dice Santo Tomás, tiene por objeto formal a Dios en cuanto Dios, tal como él se conoce a sí mismo y tal como se nos comunica por medio de la revelación; pero, por otra parte, la revelación llega hasta nosotros bajo la forma de unos acontecimientos que se insertan en la trama de la historia humana y componen la historia de la salvación.
    El Antiguo Testamento nos narra las maravillas que hizo Dios para salvar a su pueblo, y el Nuevo Testamento nos habla de la buena nueva del mensaje salvífico de Jesucristo; se presenta entonces ante nosotros un problema: ¿El objeto de la Teología será la comprensión de historia de la salvación, o el estudio de Dios en cuanto Dios?

    Así planteada, la pregunta parece no tener respuesta; pero lo cierto es que no hay separación entre la Teología y la Economía de la Salvación, porque el mismo Dios que se ha revelado en la Sagrada Escritura es el que en la misma Escritura revela su plan y su compromiso para la salvación del hombre. Por consiguiente, podemos decir que a Dios lo conocemos a partir de su programa de salvación, y que el camino que conduce hasta el misterio íntimo de Dios es la historia de la salvación que fue inaugurada por el Antiguo Testamento, pero que concluye y se realiza con Cristo y en su Iglesia.

    Hay dos excesos que amenazan a la Teología de hoy: Reducirla a la historia de la salvación, renunciando así a penetrar en el misterio de Dios; o bien, construir una Teología pura, olvidándose de que Dios se revela dentro de su programa salvífico.

    Si la teología sigue fiel al movimiento de la revelación y procura alcanzar a Dios allí donde Dios se manifiesta, o sea en la historia de la salvación que culmina en Jesucristo, no puede haber divorcio entre Teología y Economía de la Salvación. Una Teología atenta a la historia de la salvación no se opone a una Teología centrada en Dios; y al revés, una Teología del Dios vivo no puede elaborarse independientemente de la historia de la salvación. La Teología reconoce que Dios es trascendente a la historia de la salvación, y que la vida Trinitaria se basta a sí misma; pero reconoce al mismo tiempo que no sabemos nada de esa vida íntima de Dios si no es a través de la economía de la salvación.

    No hay división alguna entre la Teología y la Historia de la Salvación. La Teología es reflexión sobre Dios que se ha manifestado en Jesucristo, y su objeto es el Dios conocido por la Historia de la Salvación.

  • Fdo. Cristobal Aguilar.
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    By cristobalaguilar at 2011-02-03
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