EL OBJETIVO MISMO DE LA TEOLOGÍA Y SU FINALIDAD
Es evidente que el objeto
material de la Teología es
Dios, pero hay que ver cuál es su objeto formal.
El objeto
formal de una ciencia es el aspecto particular
bajo el que considera su propio objeto material; por ejemplo
el hombre puede ser el objeto material de varias ciencias:
Filosofía, Sociología, Psicología, Antropología, etc., y cada una de ellas
lo verá bajo un aspecto diferente. Dentro de la Filosofía,
la Ontología lo considerará bajo el punto de vista del
ser, mientras que la Psicología lo hará basándose en su
pensamiento.
Para designar el objeto formal de la Teología, Santo
Tomás propuso el estudio de Dios en cuanto Dios:
“En
la doctrina sagrada todo se trata desde el punto de
vista de Dios, bien porque es el mismo Dios (esencia,
atributos, personas), o porque está ordenado a Dios como principio
y fin (las criaturas, los actos humanos, las leyes, la
gracia, las virtudes, los sacramentos)” (Sth 1, q.1.a.7).
La Teología estudia
a Dios en el misterio de su vida íntima y
de su designio de salvación. Toda la Teología para Santo
Tomás se reduce al doble misterio de la Trinidad y
de la Encarnación, es decir, al misterio de Dios en
su vida íntima, y al misterio de la economía de
los medios que nos conducen a él. En términos más
personalistas podemos decir que la Teología trata de Dios mismo,
y también de Cristo, como signo eficaz de la salvación.
Por eso todos los tratados de Teología hablan de Dios:
del Dios uno y trino, del Dios que crea y
que justifica, del Dios hecho hombre y siervo doliente, del
Dios fuente de toda gracia y de toda virtud, del
Dios que santifica por medio de la Iglesia y de
los sacramentos, del Dios que hace bienaventurados a los que
le aman y le sirven.
La Teología no habla más
que del Dios vivo y personal que ha creado al
mundo, que ha librado a su pueblo de la esclavitud
de Egipto y ha establecido con Él la alianza, que
amó a los hombres hasta el punto de entregar por
ellos a su Hijo, y al que la Iglesia en
los Salmos no deja de invocar como el Dios de
la salvación (23, 37, 87); o en las oraciones de
la misa como el Dios que es y será para
siempre. El Dios del que habla la Teología no es
un concepto abstracto ni un Dios mudo, sino el Dios
vivo cuya palabra y cuyos gestos llenan los dos Testamentos.
La
Teología trata también de las criaturas, del hombre, pero las
considera en su relación con Dios: como efectos de Dios,
como imágenes de Dios llamadas a compartir su vida íntima,
o a entrar en el movimiento de renovación cósmica inaugurado
por la victoria de Cristo sobre el pecado y la
muerte. La atención que la Teología dirige al hombre no
está en contradicción con esta visión de las cosas; si
la Teología se inclina sobre el hombre es para revelarle
que su misterio está en Dios, porque en definitiva, lo
que le preocupa y lo que quiere la Teología es
completar al hombre, mostrándole sus rasgos de criatura renovada en
Cristo. La conversión del hombre se hace con vistas a
una conversión a Dios; entonces, aunque trate del hombre, Dios
sigue siendo el objeto de la Teología.
El medio por el
que Dios se vuelve accesible a la Teología es la
revelación que nos da sobre sí mismo. En el plano
subjetivo, la luz de la Teología es la razón iluminada
por la fe, con una luz que resulta de la
empresa de la razón y de una acción sobrenatural de
Dios, que hace naturalizar al hombre con el mundo del
Evangelio.
2. Formulaciones nuevas.La expresión
Dios en cuanto Dios, empleada
por Santo Tomás para designar el objeto de la Teología,
puede explicarse de diversas formas; vamos a proponer dos de
las más corrientes.
a) Dicen algunos teólogos que el objeto formal
de la Teología es el Dios Salvador, puesto que si
nos preguntáramos cuál es la verdad que Dios nos ha
querido revelar principalmente, la verdad central de la revelación a
la que principalmente aspire a conocer nuestra fe, hemos de
responder que esta verdad es:
Dios es nuestra salvación, Dios
nos salva por Jesucristo. El misterio mismo de la Trinidad
de Dios se nos ha revelado dentro de esta perspectiva
de salvación, para hacernos comprender que el Padre nos ama
y nos salva por medio de Jesucristo en el Espíritu
de amor.
“Tanto amó Dios al mundo que dio a su
Hijo único para que todo el que crea en él
no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no
ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al
mundo, sino para que el mundo se salve por Él”
(Jn 3,16-18).
En la obra de San Pablo, el tema de
la salvación ofrecida a los hombres por la fe en
el Evangelio constituye el tema de la Carta a los
Romanos. En la Carta a los Efesios, San Pablo nos
dice que Dios en sus planes amorosos ha querido recapitular
todas las cosas en Cristo, constituyendo a Cristo principio último
de salvación para todos los hombres, judíos y gentiles. El
cristianismo no es, pues, una metafísica abstracta, sino la historia
de la salvación; de esta forma, la idea dominante que
dirige el progreso de la revelación, desde el comienzo del
Antiguo Testamento hasta el final del Nuevo, y que da
su unidad a ambos Testamentos, es el siguiente: Dios nos
salva por Jesucristo.
No podemos tener de Dios más idea
que la que Él mismo nos ha revelado; pues bien,
Él se nos ha manifestado como el Dios que salva.
El objeto de la revelación, el objeto de la fe,
y en consecuencia el objeto de la Teología es, por
tanto, el
Dios salvador; por eso el Evangelio es llamado
“buena nueva de salvación” (Ef 2,16), o
“palabra de salvación”
(He 20,24), y también
“palabra de vida” (Fil 2,16).
b) Otros
teólogos proponen centrarse en la vida divina. El objeto formal
de la Teología, afirman, es el Dios vivo y fuente
de la vida. Realmente nos encontraremos con este aspecto a
través de toda la Teología y de todos los tratados
teológicos.
El cuanto al interior de la vida de Dios,
el dinamismo se sublima en la generación del Verbo y
en la espiración del Espíritu (tratados de
Deo Uno y
de Deo Trino), pero hay también en Dios una actividad
exterior en virtud de la cual se les comunica a
las criaturas parte de su vida divina. Así, Dios crea
al hombre y lo eleva a una participación de su
propia vida (tratados de
Deo Creante et Elevante). Luego, por
el pecado original, esta vida queda destruida en el hombre,
pero por la encarnación del Verbo y por el sacrificio
de Cristo entra de nuevo la vida en el mundo
(tratados
De Christo Legato, De Verbo Incarnato, De Deo Redemptore).
La vida divina se difunde así en los miembros de
Cristo (tratados
De Ecclesia, De Sacramentis, De Virtutibus), y existe
un tratado particular que tiene por misión estudiar la naturaleza
de esta vida divina comunicada a los hombres: el tratado
De Gratia; finalmente, la Teología trata de los fines últimos
del hombre, o sea de la posesión o de la
pérdida eterna de esta vida, en el
De Novissimis. Cada
uno de estos tratados estudia un aspecto de la vida
divina que tiene su fuente en la Trinidad, que se
le comunica al género humano, que es destruida por el
pecado, y que finalmente es restaurada en Cristo y difundida
por la Iglesia.
3 Condición de la Teología y del teólogo.La
Teología es, pues, la ciencia de Dios en cuanto Dios,
conocida a partir de la revelación; pero el que una
ciencia tenga como objeto de su investigación al Dios vivo
y salvador tiene que afectarla profundamente, lo mismo que a
la condición del teólogo que se ha consagrado a ella.
a)
Si la Teología puede hablar de Dios en su vida
íntima y en su plan de salvación, es porque Dios
ha sido el primero que ha salido de su misterio
para entablar con el hombre un diálogo de amistad. Al
comienzo de toda empresa teológica está siempre la iniciativa divina,
la automanifestación de Dios. La Teología habla de Dios y
se esfuerza en comprender mejor a Dios, pero partiendo del
propio testimonio que Dios ha dado de sí mismo; de
ahí se sigue que la Teología no puede nunca convertirse
en una ciencia autónoma. Del mismo modo como la Iglesia
está
“al servicio de la Palabra de Dios”, la Teología
es y debe seguir siendo la humilde sierva de la
Palabra de Dios.
Esto mismo hay que decir del teólogo: Como
el primero entre los fieles, tiene que mantenerse a la
escucha de la Palabra que desea comprender, porque la Palabra
de Dios también va dirigida a él para que la
acoja con una fe que comprometa toda su vida. Esta
Palabra exige del teólogo docilidad de espíritu y docilidad de
corazón; toda su existencia tiene que abrirse a las dimensiones
de una verdad que dice la última palabra sobre el
hombre, y en este aspecto no hay ninguna diferencia entre
el profesor de Teología y el estudiante de Teología: ambos
están sometidos a la Palabra de Dios, ambos se dedican
a penetrar y a gustar esa Palabra que es la
aspiración y la norma de su vida. En este punto,
el objeto de la vida intelectual y el objeto de
la vida espiritual coinciden por completo.
Así pues, en el panorama
de las ciencias, la Teología goza de una situación particular
y privilegiada: Trabaja en un ambiente sagrado, religioso; un ambiente
creado que une al profesor y al estudiante en una
comunión en el mismo objeto, porque la Palabra de Dios
que ambos se esfuerzan en comprender mejor constituye el objeto
de su fe y el fundamento de su vida. Ambos
se entregan a esa Palabra. La Teología puede, pues, convertirse,
tanto para el estudiante como para el profesor, en escuela
de santidad.
“No sólo de pan vive el hombre, sino
de toda palabra que sale de la boca de Dios”
(Mt 4,4).
b) Como la Teología tiene por objeto al Dios
vivo y salvador, tiene que revestir cierto número de características
que es preciso definir:
Carácter histórico. Al tener como objeto a
Dios que se revela en la historia y por la
historia, la Teología tiene que referirse continuamente a la historia
de la salvación. No es la Teología una reflexión sobre
un sistema de proposiciones abstractas, sino sobre unas intervenciones libres
de Dios en el tiempo. No hay Teología sin referencia
a la economía de la manifestación de Dios.
Carácter cristológico.
La historia de la salvación está completamente centrada en Cristo.
El Antiguo Testamento es un anuncio y una preparación de
Cristo; es una profecía y una pedagogía de Cristo. El
centro y el objeto del Evangelio en el Nuevo Testamento
es Cristo, en su vida y en su obra salvífica,
de ahí se sigue que toda Teología es cristológica. No
conocemos a Dios sino a través de Cristo: en resumen,
no hay Teo-logía sin Cristo-logía.
Carácter eclesiológico. La Teología escucha y
recibe la Palabra de Dios en la Iglesia; procura comprenderla
e interpretarla en la Iglesia y como auxiliar de la
Iglesia; finalmente, su reflexión tiene que llevarse a cabo en
comunión con los teólogos del pasado y en diálogo con
los del tiempo presente, por eso no hay Teología sin
referencia a la Iglesia.
Carácter antropológico. La revelación de Dios es
al propio tiempo revelación al hombre de su propio misterio,
ya que lo más profundo que hay en el hombre
es el misterio de Dios que se inclina sobre él
para cubrirlo con su amor. Tanto si lo sabe como
si lo ignora, el hombre está llamado por el amor
para que participe de la vida divina. Por consiguiente la
Teología no puede hablar de Dios sin hablar del hombre,
lo mismo que no puede hablar del hombre sin hablar
de Dios. No hay Teología sin antropología.
4. Cristo, como
objeto de la Teología.
Las formulaciones examinadas hasta ahora, Dios en
cuanto Dios, Dios en cuanto salvador, Dios en cuanto fuente
de vida, están de acuerdo en reconocer que el objeto
formal de la Teología es Dios; pero otros teólogos como
E. Mersch y los partidarios de la Teología kerigmática, se
expresan de diferente manera, al afirmar que el objeto de
la Teología es Cristo.
a) Opinión de E. Mersch. Según este
autor, el objeto de la Teología y su centro por
excelencia es el Cristo místico. El objeto material de la
Teología, observa, es doble: por una parte el objeto principal,
Dios, y por la otra el objeto secundario, las obras
de Dios; y entre ellas, como obra principal, está el
hombre. El objeto central de la Teología tiene que abarcar
este doble objeto, y por tanto no puede ser otro
que el Cristo total o Cristo místico, pues por un
lado Cristo es Dios y por otro es el Hombre-Dios,
con toda la humanidad que se le ha incorporado.
Esta doctrina
del Cristo total es eminentemente apta para conferir a la
Teología su unidad orgánica, basada en la revelación de ambos
Testamentos. Por ella estamos situados en el centro de la
inteligibilidad de todo el misterio de la salvación. Mientras que
la sistematización tomista es teocéntrica, la que propone Mersch es
evidentemente cristocéntrica.
La postura de Mersch contiene, junto a excelentes elementos,
algunos puntos ambiguos: Es verdad que el lugar de Cristo
es central en la historia de la salvación; también es
verdad que el Cristo total es el objeto material integral
de la Teología; igualmente es verdad que el misterio de
la salvación sólo se nos hace inteligible en Cristo; finalmente
es verdad, en el aspecto de nuestra unión efectiva con
Dios, que la vida divina sólo se nos comunica en
Cristo y por Cristo. Pero una vez aceptado todo esto,
¿se podrá decir sin más que Cristo es el objeto
formal de la Teología? Responderemos a esta cuestión con las
siguientes observaciones:
La Teología, como ciencia del objeto de fe, tiene
que participar en el movimiento y en la orientación de
la fe. Pues bien, la fe, en el último análisis,
está totalmente dirigida hacia el Dios Salvador: “En esto se
manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios
envió al mundo a su Hijo único para que vivamos
por medio de él” (1 Jn 4,9), por eso “nosotros
hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos
creído en él” (1 Jn 4,16). Nuestra fe tiende, por
lo tanto, hacia Dios que nos ha enviado a su
Hijo para demostrarnos su amor. Cristo es aquel en quien
se manifiesta y nos conduce el amor de Dios salvador.
En la economía de la salvación y de la epifanía
del amor de Dios, Cristo es primero; pero el objeto
último de nuestra fe, y por ende de nuestra Teología,
es Dios-que-nos-salva-por-Cristo, es el Dios Salvador.
La Teología procura construir el
dato revelado según el orden mismo de la sabiduría divina.
Pues bien, el plan de esta sabiduría divina es precisamente
el de recapitularlo todo en Cristo para llevar a los
hombres a Dios. El mismo Cristo y su cuerpo místico
están ordenados a Dios: “Todo es vuestro; y vosotros, de
Cristo; y Cristo, de Dios” (1 Cor 3,22.23). Y en
la Carta a los Efesios dice San Pablo: “Bendito sea
el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos
ha bendecido... eligiéndonos de antemano para ser hijos adoptivos por
medio de Jesucristo... para alabanza de la gloria de su
gracia con la que nos agració en el amado” (1,3-7).
En la perspectiva de Mersch, por el contrario, el misterio
de la Trinidad y de las misiones divinas pasa a
segundo plano en beneficio de un primer objeto, el misterio
del Cristo místico.
Recogiendo lo que anteriormente se dijo sobre
el objeto de la Teología, podemos ahora proponer, para definir
ese objeto, una formulación más elaborada y más precisa: Dios
nuestra salvación, tal como se ha manifestado en Cristo y
por Cristo. El enunciado de Mersch, a su vez (el
Cristo místico es el primer inteligible), puede distinguirse de la
siguiente manera: El Cristo místico es el primer inteligible para
nosotros, en el orden de la invención y de la
inquisición: ¡concedido!; es el primer inteligible en el orden de
la sabiduría divina: ¡lo negamos!, porque en este orden el
misterio del Cristo no alcanza su inteligibilidad más que por
su relación con el misterio del Dios vivo, uno y
trino, al que tiene la misión de introducirnos. Si bien
es cierto que alcanzamos el misterio de Dios que se
revela a través de Cristo, será solamente a través del
misterio de Dios como podremos comprender y apreciar el misterio
de Cristo.
Dicho esto, todavía podemos preguntarnos si es preferible una
sistematización cristocéntrica o una sistematización teocéntrica. La sistematización cristocéntrica propuesta
por Mersch no sólo es legítima, sino que quizá sea
preferible bajo el punto de vista pedagógico, por ser más
fiel a la economía de la salvación y a su
manifestación. También es verdad que sirve de feliz complemento a
la visión teocéntrica de la Edad Media; pero insistimos, la
cuestión de la sistematización no puede confundirse con el objeto
de la Teología, porque se trata de dos cuestiones distintas.
Una vez admitido que el objeto de la teología es
Dios en cuanto Dios, nada impide que adoptemos una sistematización
cristocéntrica, o teocéntrica, o eclesiocéntrica, o incluso antropocéntrica. Hay varias
sistematizaciones posibles, lo mismo que hay diversos tipos de Teología,
y cada sistematización tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El
principal inconveniente de la síntesis teocéntrica puede ser quizá el
de una atención insuficiente al carácter de economía, de historia
y de pedagogía de la revelación.
Postura de la Teología kerigmática.
Los teólogos llamados kerigmáticos (de kerigma = proclamar) han propuesto
también una sistematización cristocéntrica, e incluso una doble Teología con
un doble objeto. El contexto histórico en que apareció esta
Teología kerigmática es el siguiente: Conmovidos por las quejas de
los pastores de almas sobre la ignorancia y la mediocridad
de vida de sus feligreses, cierto número de teólogos creyeron
que la razón de ello estaba en una presentación deficiente
del cristianismo y en una enseñanza poco adecuada de la
Teología.
Para corregir este problema, los kerigmáticos propusieron que se
diese prioridad a la proclamación del mensaje cristiano sobre la
Teología científica, y que se procurase que la predicación se
inspirara en Cristo y en la historia de la salvación.
Algunos de sus teólogos exageraron aún más las necesidades del
apostolado, al proponer construir al lado de la Teología tradicional
otra llamada Teología kerigmática. La primera, de las dos sería
científica, sistemática, estaría preocupada por la investigación y se impartiría
en las universidades; la segunda tendría por objeto a Cristo
y se encaminaría a la predicación, se preocuparía de la
Psicología y de la Pedagogía en la presentación del mensaje
cristiano, y sería la Teología de seminarios. La primera de
estas dos Teologías se ocuparía de comprobar la veracidad del
dato revelado, mientras que la segunda lo estudiaría bajo los
aspectos del bien y del valor; la primera se expresaría
en lenguaje técnico, pero la segunda lo haría en términos
sencillos; la primera sería una Teología del intelecto mientras que
la segunda estaría destinada a ser acogida en el corazón.
La
proposición kerigmática de una doble Teología fue atacada desde su
presentación, y finalmente rechazada por la Iglesia al considerar que
no podría ser fiel a su objeto una ciencia teológica
que en lugar de ocuparse de la comprensión del mensaje
revelado se dedicara a promover la piedad de sus partidarios;
y no porque esto último fuera indeseable, sino porque no
es la materia que corresponde a la Teología.
5 ¿Teología o
historia de la salvación?
Esta alternativa constituye otra manera de abordar
la cuestión del objeto de la Teología. La Teología, dice
Santo Tomás, tiene por objeto formal a Dios en cuanto
Dios, tal como él se conoce a sí mismo y
tal como se nos comunica por medio de la revelación;
pero, por otra parte, la revelación llega hasta nosotros bajo
la forma de unos acontecimientos que se insertan en la
trama de la historia humana y componen la historia de
la salvación.
El Antiguo Testamento nos narra las maravillas que
hizo Dios para salvar a su pueblo, y el Nuevo
Testamento nos habla de la buena nueva del mensaje salvífico
de Jesucristo; se presenta entonces ante nosotros un problema: ¿El
objeto de la Teología será la comprensión de historia de
la salvación, o el estudio de Dios en cuanto Dios?
Así planteada, la pregunta parece no tener respuesta; pero lo
cierto es que no hay separación entre la Teología y
la Economía de la Salvación, porque el mismo Dios que
se ha revelado en la Sagrada Escritura es el que
en la misma Escritura revela su plan y su compromiso
para la salvación del hombre. Por consiguiente, podemos decir que
a Dios lo conocemos a partir de su programa de
salvación, y que el camino que conduce hasta el misterio
íntimo de Dios es la historia de la salvación que
fue inaugurada por el Antiguo Testamento, pero que concluye y
se realiza con Cristo y en su Iglesia.
Hay dos excesos
que amenazan a la Teología de hoy: Reducirla a la
historia de la salvación, renunciando así a penetrar en el
misterio de Dios; o bien, construir una Teología pura, olvidándose
de que Dios se revela dentro de su programa salvífico.
Si la teología sigue fiel al movimiento de la revelación
y procura alcanzar a Dios allí donde Dios se manifiesta,
o sea en la historia de la salvación que culmina
en Jesucristo, no puede haber divorcio entre Teología y Economía
de la Salvación. Una Teología atenta a la historia de
la salvación no se opone a una Teología centrada en
Dios; y al revés, una Teología del Dios vivo no
puede elaborarse independientemente de la historia de la salvación. La
Teología reconoce que Dios es trascendente a la historia de
la salvación, y que la vida Trinitaria se basta a
sí misma; pero reconoce al mismo tiempo que no sabemos
nada de esa vida íntima de Dios si no es
a través de la economía de la salvación.
No hay
división alguna entre la Teología y la Historia de la
Salvación. La Teología es reflexión sobre Dios que se ha
manifestado en Jesucristo, y su objeto es el Dios conocido
por la Historia de la Salvación.
Fdo. Cristobal Aguilar.