La iniciación cristiana alcanzó su estructuración teológico-litúrgica en
los comienzos del V siglo, gracias a las homilías catequísticas.
Los alejandrinos, comenzando con Orígenes y terminando con el Pseudo
Dionisio, proponían una mistagogía alegórica: consideraban la liturgia y la
Escritura, como un camino de elevación de la letra al
espíritu, de los misterios visibles, los sacramentos, al misterio invisible.
Así la liturgia seguía la narración bíblica y proponía una
escatología moral personal como itinerario de esta vida hacia Dios.
La mistagogía de los antioquenos, especialmente San Cirilo de Jerusalén,
San Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia, consistía en describir
a través de la liturgia los hechos históricos y mistéricos
de la salvación, vistos como tipológicos. Para ellos los sacramentos
reproducen imitando (mímesis) o hacen memoria (anánmnesis) de los gestos
salvíficos de la vida de Jesús y anticipan la liturgia
definitiva, más aún, la transfieren al presente a causa de
la presencia del Señor resucitado entre aquellos que se reúnen
para el culto.
La negación actual del misterio
46. Mientras en algunas
partes del mundo el sentido del misterio permanece verdaderamente fuerte,
en otras, en cambio, se nota una difundida mentalidad que
no niega formalmente el misterio de Dios, sino la posibilidad
de reconocerlo con la razón y adherir a él libremente.
Un neopaganismo ofrece mensajes que invitan a evadirse de la
realidad y a refugiarse en los mitos, en los ídolos,
que pueden consolar la existencia sólo por un instante. Al
mismo tiempo, se manifiesta ampliamente también una exigencia de espiritualidad.[175]
Además, avanzan las tendencias gnósticas que llevan a buscar el
sentido de la historia en pocos privilegiados, que lo conocerían
por presunta revelación.
La Iglesia quiere ayudar a la humanidad a
encontrar nuevamente el misterio escondido desde siglos y manifestado en
Jesucristo (cf. Ef 3,5-6). Dado que mistagogía significa conducir por
un camino que lleva al misterio, se comprende porqué no
basta un itinerario litúrgico sin una comprensión personal.
La mistagogía hoy
47.
El Señor camina con su pueblo, acompaña siempre la misión
de la Iglesia con su presencia, que nos transforma y
nos hace entrar en el tiempo definitivo (éschaton). Al principio
de la mistagogía hay un encuentro de fe con el
Señor a través de su gracia. La costumbre de las
Iglesias orientales de dar la comunión a los niños junto
con el bautismo y la confirmación indica claramente que la
gracia de la Eucaristía viene antes que cualquier intervención humana.
¿Cómo podría hacerse mistagogía sin ser atraídos por Jesús? El
Evangelio narra encuentros de Jesús con hombres y mujeres de
distintas condiciones. Del encuentro de Cristo con el hombre nace
un camino de conocimiento que se despliega en experiencia de
fe: “¿dónde vives? .... y se quedaron con él aquel
día” (Jn 1,38-39). Así sucedió que algunos lo siguieron. Ésta
es la mistagogía de Dios hacia el hombre: comienza por
tomar nuestra realidad humana para llevarla a la redención.
La mistagogía
hoy en día deberá evitar el alegorismo, que a menudo
resulta incomprensible y abstracto e induce a comentarios confusos; en
cambio, la mistagogía confiará en la fuerza del Espíritu, que
se comunica mediante la sobriedad de las palabras y de
los gestos sacramentales. La misión del Espíritu Santo es hacer
comprender lo que Jesucristo ha revelado. Él es el mistagogo
invisible. Según San Basilio Magno, aún cuando las personas de
Trinidad cumplan individualmente algo en modo exclusivo, permanece en las
tres el mismo plan de conjunto.[176]
Por lo tanto, volver a
descubrir la metodología de los padres es importante para responder
a la necesidad visual de imágenes y símbolos, que caracteriza
al hombre contemporáneo. La misma contribución de los teólogos medievales
es útil para responder a la exigencia racional de la
adhesión al misterio. Este patrimonio es conservado en las oraciones
y en los ritos litúrgicos: de su comprensión depende en
parte la participación al misterio eucarístico.[177] Pero también la catequesis
debe ayudar a los sacerdotes y a los fieles a
comprender y a poner en práctica los diversos aspectos de
la celebración de la Eucaristía.[178]
Presidir la Eucaristía
48. El método mistagógico
consiste en leer en los ritos el misterio de Cristo
y contemplar la subyacente realidad invisible. Por ello, el mistagogo
en la liturgia no habla en nombre proprio, sino que
se hace eco de la Iglesia, la cual le ha
confiado aquello que a su vez ella ha recibido. La
liturgia no puede ser tratada por el celebrante y por
la comunidad “como propiedad privada”.[179]
San Juan Bautista es la figura
más emblemática del ministro que se hace pequeño para dejar
crecer al Señor. Éste es el fundamento del poder sacro,
exousía en el Espíritu Santo, confiado a la Iglesia por
Cristo, sacerdocio de Cristo participado en sus ministros. San Cirilo
de Jerusalén recuerda que la palabra ecclesía se encuentra por
primera vez en el pasaje en el cual es asignado
a Aarón el ministerio sacerdotal. Sacerdocio e Iglesia nacen en
el mismo momento y son partes inseparables uno del otro.[180]
El Canon Romano dice: “Acepta, Señor, en tu bondad, esta
ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa”.
Respetando la diferencia de funciones propias del Cuerpo, en la
Misa el sacerdote cumple la función de Cristo cabeza, mientras
todos los fieles ejercitan la función de los miembros de
Cristo. El sacerdote obra in persona Christi, en el sentido
que no es él que obra sino Cristo en él
(cf. Gal 2, 20).
49. La Eucaristía extiende su eficacia a
todo el obrar del ministro, puesto que la función sacerdotal
no incluye solo la santificación, sino también el gobierno y
la enseñanza. Ésta es la verdad del ministerio del obispo
cuando celebra la Eucaristía. Además, en él se muestra en
plenitud, y “con mayor evidencia”,[181] la Iglesia sacramento de unidad
. La misma verdad constituye el fundamento del ministerio del
presbítero “cuando celebra la Eucaristía ... con dignidad y humildad”;[182]
pero es también el modelo de las funciones diaconales, de
los ministros, en particular el acólito, del ministro extraordinario de
la comunión, de todos los fieles, que deben “ofrecerse a
sí mismos....”con profundo sentido religioso y caridad hacia los hermanos.[183]
El
decoro de la celebración eucarística
50. La mistagogía supone el decoro
de la celebración. La liturgia romana, en su sobriedad, quiere
que “los edificios sagrados y las cosas destinadas al culto
divino sean en verdad dignas y bellas y símbolos de
las realidades celestiales”.[184] En efecto, el misterio es puesto en
luz “también por el sentir y la expresión exterior de
suma reverencia y de adoración que tienen lugar en el
transcurso de la liturgia eucarística”.[185] Por esta razón, Juan Pablo
II, hablando del decoro de la celebración eucarística, ha invitado
a observar las reglas litúrgicas de la Iglesia, que se
traducen en expresiones externas.[186] El término latino ordo, usado para
los ritos litúrgicos, nace del precepto apostólico paulino (cf. 1
Co 14, 40), que establece que en la asamblea litúrgica
todo sea moderado por el decoro y el orden jerárquico.[187]
En primer lugar, según el profundo espíritu de la liturgia
“el vestir un hábito especial para cumplir una acción sagrada
indica el salir fuera de la común dimensión de la
vida cotidiana para entrar en la presencia de Dios en
la celebración de los divinos Misterios”.[188] Responden a esta exigencia
las normas sobre todos los objetos sacros. Todo esto expresa
el sentido del misterio. San Francisco de Asís exigía a
los frailes que los cálices, los copones y los linos
destinados a la Eucaristía fueran preciosos y fueran tratados con
sumo respeto y veneración.[189]
La dignidad del canto y de
la música sacra
51. El canto y la música deben ser
dignos del misterio que se celebra, como lo atestiguan los
salmos, los himnos y los cánticos inspirados de la Sagrada
Escritura (cf. Col 3, 16). Por ello, desde los primeros
siglos, la Iglesia ha siempre considerado la música sacra como
una parte integrante de la liturgia. A pesar de haber
aceptado diversas formas musicales, el Magisterio de la Iglesia ha
constantemente confirmado que es conveniente “que estas diversas formas musicales
sean acordes con el espíritu de la acción litúrgica”,[190] para
evitar que el culto del misterio sea contaminado por elementos
profanos inadecuados.
El encuentro con el misterio a través del arte
52.
En la encarnación del Verbo no sólo se realiza el
encuentro de Dios con la humanidad que espera la salvación,
sino que también se hace visible a los hombres la
imagen de Dios (cf. Jn 14,9). A su vez, con
el misterio pascual de Cristo el hombre es implicado en
un movimiento de ascensión hacia Dios, que pasa necesariamente a
través de la cruz, y por lo tanto a través
de la realidad humana (cf. Col 1, 15-20). La celebración
de estos misterios encuentra una profunda analogía con “las actividades
más nobles del ingenio humano”, entre las cuales, con todo
derecho, se cuentan las artes liberales, y sobre todo el
arte religioso. Éste, en efecto, como la liturgia, eleva el
espíritu a la contemplación a través de la experiencia sensible,
y por ello, es particularmente adecuado para “orientar santamente los
hombres hacia Dios”.[191]
No podían, por lo tanto, faltar en
la vida de la Iglesia expresiones de fe a través
de un rico patrimonio artístico. Es por este motivo que
“la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar
por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa
o indirectamente, un motivo de gran inspiración”.[192] Así, para el
decoro del espacio sacro destinado a la celebración eucarística han
sido construidos espléndidos monumentos arquitectónicos; para hacer venerable el altar
en occidente y el iconostasio en oriente han sido realizadas
maravillosas obras de arte; y para la dignidad del servicio
litúrgico han sido creados preciosos objetos sagrados.
La orientación de la
oración
53. La concepción cósmica de la salvación que llega, como
“una Luz de la altura” (Lc 1,78), ha inspirado la
tradición apostólica de la orientación hacia el Este de los
edificios cristianos y la posición del altar, con la finalidad
de celebrar la Eucaristía hacia el Señor, como sucede actualmente
entre los orientales. “No se trata en este caso, como
frecuentemente se dice, de presidir la celebración dando la espalda
al pueblo, sino de guiar al pueblo en el peregrinaje
hacia el Reino, invocado en la oración hasta el retorno
del Señor”.[193]
En el rito romano la colocación diversa del ambón
y del altar provoca una espontánea variación de la mirada
y también de la atención sobre las diferentes acciones litúrgicas
que allí se cumplen. También en el culto eucarístico fuera
de la Misa los fieles, desde que entran en la
iglesia, dirigen la mirada hacia la custodia del Santísimo Sacramento.
El
área particularmente sagrada del presbiterio o santuario
54. La tradición neotestamentaria,
en continuidad con la liturgia hebraica del templo, ha querido
separar el santuario, lugar santo de Dios (cf. Gn 28,
17; Es 3, 5), donde los ministros cumplen los divinos
misterios, del lugar que ocupan los fieles, los catecúmenos y
los penitentes. Es el espacio sagrado del culto divino, que
en las Iglesias de oriente, como en las de rito
latino debe “distinguirse”[194] en el interior del templo.
El altar, mesa
del Señor
55. La imagen bíblica y patrística del cielo que
desciende sobre la tierra, se manifiesta en la Eucaristía celebrada
sobre el altar.
No es necesario que el altar sea grande,
sino que tenga una forma proporcionada al espacio presbiteral. El
sacerdote sube allí para los ritos de las ofrendas, mientras
que en la concelebración los sacerdotes se disponen alrededor del
mismo en el momento de la anáfora.[195] La especial recomendación
de que exista en cada iglesia un altar fijo es
expresión de la veneración debida al mismo, como signo de
Jesucristo, piedra viva (1 Pe 2,4).[196] Por idéntico motivo el
altar es ornamentado y recubierto, al menos por un mantel
digno.[197]
56. El altar es símbolo de Cristo, del Calvario y
del Sepulcro del cual resurge glorioso el Señor,[198] y es
también mesa,[199] sobre la cual es preparado el Cordero de
Dios, mientras la comunión de los fieles es distribuida fuera
del santuario. Por ello, el altar es venerado, incensado junto
al libro de los Evangelios colocado sobre el mismo.[200] He
aquí lo que afirma el Catecismo al respecto: “El altar,
en torno al cual la Iglesia se reúne en la
celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un
mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del
Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano
es símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la
asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima
ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se
nos da. ‘¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo
sino la imagen del Cuerpo de Cristo?’ dice san Ambrosio
(De Sacramentis 5,7) y en otro lugar: ‘El altar representa
el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está
sobre el altar’ (Ibidem 4,7)”[201]
El tabernáculo, tienda de la Presencia
57.
La adoración no se contrapone a la comunión y ni
siquiera puede ser considerada al margen de ella: la comunión
alcanza la profundidad de la persona cuando va acompañada por
la adoración. No hay conflicto de signos entre el tabernáculo
y el altar de la celebración eucarística. La presencia eucarística
no es cronológica, limitada a la Misa. Es un misterio
que perdura en el tiempo hasta la parusía del Señor
glorioso.
Los orientales, aún cuando no tienen la adoración eucarística, conservan
frecuentemente sobre el altar el artofòrio, reserva de los Santos
Dones para los enfermos y los ausentes, y colocan allí
también el libro de los Evangelios.
58. La necesaria proporción entre
el altar, el tabernáculo y la sede es debida a
la preeminencia del Señor respecto a su ministro. La posición
central del tabernáculo y de la cruz no debe ser
comprometida por la sede del celebrante, para la cual la
liturgia recomienda que se evite “la forma di trono”.[202] Si
el altar central comprende el tabernáculo, conviene que la sede
no sea antepuesta, dado que el celebrante debe ser y
aparecer humilde. Si además, con el altar al centro del
presbiterio, la sede es colocada detrás, será necesario buscar soluciones
significativas y funcionales para favorecer “la comunicación entre el sacerdote
y la asamblea de los fieles”.[203]
En conclusión, es oportuno recordar
que, tanto en occidente como en oriente, “la disposición de
los lugares, las imágenes, los ornamentos litúrgicos, los objetos sagrados
no quedan librados al gusto de cada uno, sino que
deben corresponder a las exigencias intrínsecas de las celebraciones y
ser coherentes entre ellos.”.[204]
