domingo, 27 de diciembre de 2009
PURIFICACIÓN INTERIOR - ¿ES POSIBLE?

Al pecar, nuestro corazón queda infectado. No solamente comete la falta, sino que queda herido en su naturaleza. Son huellas que quedan y que de alguna manera, le restan fuerza, claridad y vigor en la lucha constante por hacer siempre el bien, por conseguir la virtud que nos hemos propuesto alcanzar. Querámoslo o no, el pecado va debilitando la fuerza de voluntad. Imagínate tu corazón como esa bomba de amor que constantemente esta haciendo llegar una savia pura y fresca a todas las acciones de tu obrar cotidiano, que te impele a estar siempre obrando el bien con el fin único de alcanzar la santidad, el parecerte a Jesucristo. Los pecados son basuras que se van incrustando en la bomba y que no permiten que circule libremente la savia vivificadora. No es que el corazón se estropee. Es que al corazón se le van adhiriendo basuras, vicios, comportamientos que impiden que en todas las acciones que debe realizar brille la virtud que debes conquistar. Al paso del tiempo podemos muy bien preguntarnos: “... y bien, ¿por qué no soy lo que debo ser? ¿Por qué estoy retrocediendo en lugar de avanzar?”

Cuentan que Leonardo Da Vinci, buscaba modelos para su obra “La última cena”. Fácilmente encontró a Jesús: un joven florentino en la primavera de la vida: fuerte, alto, con la mirada fresca, envolvente y cautivadora. Limpia. Fue fácil invitarlo a posar. Pasó el tiempo y entre las distintas actividades del gran maestro el cuadro no quedaba terminado. Serían diez años desde que había comenzado el cuadro y para dar por terminada la obra faltaba otro de los personajes principales de la escena: Judas, el discípulo que traicionó a Jesús. No era cosa de otro mundo buscar una persona que pudiera servir de modelo, si bien a nadie le agradaba tal empresa, por las heridas que en la susceptibilidad personal pudieran causarse: eso de quedar inmortalizado en la historia como un traidor no era del todo halagador para nadie. Así las cosas, Leonardo buscó entre las peores tabernas a los posibles personajes que pudieran desempeñar el triste papel de Judas Iscariote. Buscando, buscando, lo encontró: un hombre, no muy grande, de unos treinta años pero con una mirada triste, perdida, el ceño fruncido y las espaldas ya algo cargadas por el paso del tiempo. Con todo respeto lo invitó a la osada empresa y el sujeto aceptó. Habría sido en las primeras sesiones cuando nuestro modelo, sin notarlo, comenzó a llorar. Leonardo, tratando de congraciarse con él y admirando su exquisita sensibilidad le dijo:
-Pero hombre. No llores, no es para tanto. Tú no eres un traidor, tan sólo me estás ayudando en esta empresa. Es cierto que te ha tocado jugar un papel muy poco halagador, pero por favor, no lo tomes así.
A lo que el hombre respondió:
-No lloro por lo que tú me estás diciendo. Lloro por mí mismo. ¿Es que no me reconoces? Cuánto habré cambiado que al cabo de diez años tú mismo me pediste que posara como Jesucristo y ahora me invitas a ser Judas Iscariote...

El corazón también ha sido comparado por un gran maestro espiritual del siglo XX como una papa. Comparación poco elegante, ciertamente, pero muy efectiva. Una papa si se la deja en cualquier parte, es capaz de echar raíces ahí en donde se le coloca. Puede ser en la bodega, en la alacena de una casa, en lo oscuro de un diván. Echa raíces. De la misma manera, nuestro corazón se habitúa a actuar de cualquier forma. Si no estamos atentos irá adquiriendo tendencias malas de aquí y allá y al final no nosotros mismos acabaremos por reconocerlo.

Es por ello que debemos hacer de vez en cuando una purificación de nuestro corazón, una limpieza profunda para quitar esas manchas, esos virus que puedan haberse incrustado en el camino diario.

¿Signos con los que podemos detectar que ya necesitamos una purificación de nuestro corazón? Hay varios.

Primero: nos dejamos de doler por nuestras faltas, especialmente aquellas faltas que cometemos por culpa de nuestro defecto dominante. Ya no le damos la importancia necesaria como la solíamos dar al inicio de nuestro programa de reforma de vida. Nos hemos ido acostumbrado poco a poco a esas fallas. Nuestro corazón “ha aprendido a convivir” con esas fallas. Como los virus que ya no son detectados por los anticuerpos. Nuestro cuerpo se ha habituado de tal manera a convivir con ellos que ya no detecta su presencia. En la vida espiritual puede pasarnos algo semejante. No es que no le demos importancia a las fallas, pero ya no nos duelen tanto, no nos movemos tanto hacia una conversión fuerte, eficaz, ya no nos causa tanto dolor el haber cometido esas faltas. El pecado ha “obnubilado” la forma de ver las cosas. Lo que antes nos causaba gran dolor, ahora simplemente nos causa fastidio o flojera y podemos tener expresiones como las de “se ve que yo soy así y me va a ser muy difícil cambiar”. “Lo he intentado todo...” “Total: no es tan malo...” Si una alarma contra incendios no funciona bien, el día menos pensado que necesitemos de sus servicios nos fallará y entonces lamentaremos las consecuencias de no haberle dado un servicio de mantenimiento con la frecuencia con la que se lo habríamos de haber dado.

Otro de los signos con los cuales podemos detectar que las cosas no marchan ya muy bien en nuestro corazón es el hacernos esclavos de las circunstancias. Tengo mi programa de reforma de vida, pero yo mismo hago mis espacios mentales para no cumplirlo, porque las circunstancias indican otras cosa o son desfavorables, según nuestro propio y peculiar juicio. “Una vez al año, no hace daño.” “Ahora estoy con mis amigos.” “En estos momentos me siento tan cansado.” “Era muy difícil no haber caído: la tentación se me presentó en forma tan inesperada...” Y justificaciones similares. Las circunstancias son las que cada día se van enseñoreando más de nuestro corazón hasta dominarlo. Nos convertimos en hombre y mujeres de circunstancias, porque nos fuimos habituando a dejar que ellas fueran dictándonos los comportamientos de nuestro obrar. Y nuestro corazón, si bien seguía bombeando, la savia ya no pasaba porque había sido taponada por las circunstancias.

Confundimos la ilusión con la realidad. Creemos que ciertas cosas pueden hacernos bien y no nos damos cuenta del mal que nos provocan. Hemos trastocado los términos de todo. Lo bueno ya no lo vemos tan bueno y lo malo, por consecuencia, ya no lo vemos tan malo.

Un último signo es la justificación para no obrar el bien con la fuerza y la constancia con la que deberíamos hacerlo. Encontramos una respuesta fácil y cómoda para explicar nuestra falta de virtud. No nos preocupamos por alcanzar las cumbres de la santidad. Nos justificamos con que no somos malas personas y así, vamos tirando en la vida.

Cuando alguno de estos signos se presentan, señal es de que nuestro corazón comienza a atrofiarse, a ensuciarse. Es tiempo de una buena purificación, de una buena limpieza interior. Y esta limpieza debe ser profunda, debe ir a las raíces de las faltas. No quedarnos en la superficialidad, sino ir al fondo. ¿Cómo logra esta purificación? La Iglesia católica nos recomienda la confesión de nuestros pecados. Pero debe ser una confesión profunda íntima, llena de fe. Una confesión que mire más las actitudes por las que hemos cometido las faltas, que las faltas en cuanto tal.

Sabemos que la gracia actúa en el alma, porque la gracia es eficaz, actúa por sí misma. Pero las buenas disposiciones del alma, ayudan a que la gracia actúe con mayor profundidad, porque el individuo se presta para ello: prepara los lugares en donde la gracia puede actuar. Puedes confesarte con mucho sentido de arrepentimiento, con mucho dolor de los pecados, pero si no hay las disposiciones, los medios para cambiar, será difícil que la gracia actúe. Borrará los pecados, de eso no nos cabe la menor duda, pero que actúe en tu corazón, que lo disponga a actuar siempre para el bien, que lo fortalezca, que lo vigorice, eso dependerá de tus buenas disposiciones.

¿Cómo disponernos a una buena purificación de nuestro corazón para que actúe la gracia? ¿Cómo disponernos para que cada confesión sea un verdadero encuentro con Cristo que fortalezca nuestro corazón y lo lance a obrar siempre y de mejor manera el bien para vencer nuestro defecto dominante y alcanzar la virtud que queremos conquistar?

Cuando un hombre o una mujer aman, todo es importante: los detalles, las cosas más sencillas, las palabras y los gestos. Todo tiene un significado muy peculiar para quien está enamorado. Y cuando la persona amada deja de hacer algo que nosotros esperábamos que lo haría o realiza una acción negativa que no preveíamos en su persona, ¡cuánto nos duele! Y no es por la acción en sí misma, sino por la persona que la realiza o la deja de hacer. Cuántas cosas que a los ojos de los enamorados significan tanto, para quienes están fuera de ese círculo no son más que tonterías o francas cursilerías. Pero para el que ama, todo es importante.

Tu relación con Dios, con Cristo amigo, ¿es una relación de amor? ¿O solamente es una relación fría, de un burócrata que debe pasar revista en las mañanas frente a su jefe? Si Cristo fuera verdaderamente nuestro hermano, nuestro amigo, aquella persona por la cual vivimos, nuestra relación con Él sería una relación de amor. Entonces, y sólo entonces, todo cobraría importancia frente a Él. Nuestra manera de relacionarnos con nuestros prójimos, comenzando con nuestros parientes más cercanos. Nuestro estilo de vida: amigos, diversiones, lecturas, deportes. Nuestra relación personal con Cristo y con la Iglesia.

Por lo tanto, para quien ama, todo es importante. ¿Debo entonces revisar todo lo que me sucede en la vida? En cierto sentido... sí. Pero con orden. Veamos. Tienes un programa de vida que es la brújula a través de la cual tu buscas cumplir con la voluntad de Dios para tu vida. Por lo tanto esa brújula bien puede servirte de orientación para revisar tu vida y tus relaciones con Dios, con el fin de preparar bien tu confesión periódica.

Comienza por las manifestaciones de tu defecto dominante. Toma la hoja de control y revisa las veces en las que has caído, desde el día de tu última confesión. Y esta revisión no debe ser hecha en tono pesimista, como quien se lamenta por un mal que ha hecho. Esta postura podría llevarte al descorazonamiento, a la soberbia o al abandono de la lucha. Al descorazonamiento, si te fijas únicamente en las faltas cometidas y te das cuenta que sigues siendo el mismo, o que incluso, has llegado a retroceder. Es la visión de la persona que no se da cuenta de que en la lucha por adquirir la santidad no bastan sólo los buenos deseos, sino que es necesario trabajar con tenacidad, con constancia, un día tras otro. Y que las fallas, los retrocesos o las caídas no son más que elementos de espoleo para logra cada día metas más altas. Nos puede llevar a la soberbia si pensamos que la obra de nuestra santidad es una obra meramente producto del esfuerzo y del trabajo personal, dejando a un lado a Dios, que en última instancia es el verdadero autor de nuestra santidad. La soberbia no es compatible con Dios y tarde o temprano nos alejaremos de la lucha, por pensar únicamente que cada uno de nosotros es el que trabajo. Las personas con esta postura piensan que los logros son de ellos y las fallas se deben a los demás. Por último, nos puede llevar al abandono en la lucha porque una revisión hecha en tono pesimista únicamente ve lo malo y no toma en cuenta el amor.

Tomar en cuenta el amor al revisar nuestras faltas. ¿Parece paradójico? Y sin embargo esa es la postura que debemos tomar al hacer nuestro examen de conciencia. Tenemos un corazón que está constantemente latiendo, bombeando savia para dar vida a todas las acciones de nuestro ser y de nuestro obrar cotidiano. Una falta o un pecado, por más mínimos o grandes que sean no son sino faltas al amor. Me explico: Dios nos ha amado tanto que nos da la posibilidad de devolverle ese amor en la libertad. Yo tengo la libertad para actuar como más crea conveniente, teniendo en cuenta mi programa de reforma de vida que es el resumen de mi postura de criatura frente a Dios. Yo elijo hacer esto o aquello para demostrar mi amor a Dios. Pero si elijo algo que no va de acuerdo a ese programa de vida, es porque amo poco. ¿Una nueva visión del pecado? Digamos que es una nueva manera de valorar al pecado. Se le valora por la falta de amor que significa y no tanto por la ofensa cometida. Y con esta nueva visión, puedo correr, casi volar a la santidad. Mis faltas, mis pecados los veré como faltas de amor a Dios. Pude haber elegido amar más a Dios, pero elegí amarlo menos. Pude haber elegido obrar de acuerdo a su voluntad, pero obré de acuerdo a mi voluntad.

Al hacer nuestro examen de conciencia de esta manera, estaremos haciendo no una enumeración de faltas, sino una verdadera purificación interior. Conoceremos las raíces de nuestras faltas y pecados que no es otra cosa, sino la falta de amor. Al analizar el por qué he amado menos, por qué he amado con poca fuerza, me podré dar cuenta de cuál ha sido la raíz de la falta y por lo tanto estaré en el camino correcto para rectificar. Cambiar lo que puedo cambiar es hacer un proceso de purificación, extirpando las faltas de amor a las que se había acostumbrado mi corazón. La raíz de esas faltas se encuentra en una falta de amor y es en el corazón donde debemos buscar su origen.

La vida del hombre, es una vida en la que continuamente está escogiendo. La libertad, la verdadera libertad no consiste en hacer aquello que más me plazca sino en escoger aquello que me hace ser más hombre o más mujer. Al hacer mi programa de vida yo he escogido ser más hombre o ser más mujer de acuerdo a la imagen y al plan que Dios tiene para mi vida. Junto con otros medios que he escrito en dicho programa, tengo la seguridad de que cumpliéndolo tendré acceso a una vida más plena. Las dificultades, los problemas y los obstáculos no cortan mi libertad, al contrario, la engrandecen. Es precisamente en los momentos de dificultad en donde yo sigo eligiendo aquello que libremente escogí porque creí y porque creo que a través de esos medios puedo obtener una gran felicidad: la felicidad de saberme cada día más cercano a aquello que Dios quiere para mí.

Pero en ciertos momentos yo elijo no seguir tan fielmente el camino que me he trazado. Elijo, con toda libertad, no seguir en plenitud el camino que se encuentra en mi programa de reforma de vida. Somos humanos y por lo tanto estamos a expensas de mil y un factores que pueden reducir o aminorar nuestra libertad. Pero cuidado. Hoy en día se exagera mucho al pensar que cualquier factor, tanto externo como interno es una excusa excelente para no responsabilizarnos de nuestras obras. Así, hay quien dice que no eres libre si desde chico te traumaron por tantos golpes o gritos que recibiste en casa. ¿Cómo vas a ser libre si tu interior está condicionado a actuar sólo por temor? Hay quienes dicen por ahí que las circunstancias justifican todo o casi todo. Desde el famoso: “No te preocupes, lo hiciste por amor”, hasta aquellos más complicados en los que “... si tu ya has hecho una opción definitiva en la vida y las circunstancias te obligaron a ir en contra de esa opción, es lógico que tu acto está separado de tu opción fundamental”.

Para cada uno de estos casos conviene tener una conciencia bien formada. En los siguientes artículos de esta serie hablaremos acerca de la forma en que la conciencia nos ayuda a lograr formar en nosotros el hombre y la mujer que Dios ha pensado desde siempre para nosotros. Por lo pronto diremos que una conciencia bien formada nos dirá en qué momentos hemos fallado y la intensidad de ese fallo.

Cuando hayas fallado al amor de Dios, cuando te hayas dado cuenta que no cumpliste con aquello que Dios esperaba de ti, no tanto de lo que tú te habías propuesto, sino de lo que tú y Dios se habían propuesto para alcanzar la santidad, no quiero que te deshagas en disculpas o en lamentos estériles. Eso, de nada le serviría tu corazón que debe ser purificado de los malos arraigos. Es mejor que tengas una postura serena, pero valiente. Ponte delante de un crucifijo o de aquella imagen que te ayude más a valorar tus faltas de amor delante de Dios. Y con toda humildad y con toda sencillez deja que el dolor de haber fallado inunde tu corazón. No se trata de una actividad masoquista en donde te estoy pidiendo que sufras. Fíjate muy bien que he dicho que dejes que “el dolo inunde tu corazón”. No es un sufrimiento, sino es sentir dolor por las faltas que se han cometido, por el poco amor que has tenido.

Podemos sentir dolor de dos maneras: dolor porque nos arrepentimos de nuestras faltas, porque nos desviamos del camino. Y dolor por no haber amado en la forma en que debíamos haber amado. Dos tipos de dolor que ayudan a desarraigar las malas inclinaciones de tu corazón. Al dejar que el dolor cubra tu corazón, nacerán de ti las fuerzas, los sentimientos, las intenciones de cambio. Nadie dice en su interior “ya no lo volveré a hacer”, si antes no ha calibrado la magnitud de la falta. La magnitud de haber amado poco.

Si te sirve esta reflexión para alcanzar ese dolor del corazón, puedes pensar en la forma en que Dios ve el pecado. Piensa lo que para Él significaban los ángeles o Adán y Eva. Medita en qué terminaron por un solo pecado. Los ángeles se revelaron a Dios y le dijeron: no serviremos. No queremos seguir siendo tus servidores, tus adoradores. Y Dios los precipitó hasta los abismos. Por otro lado, Adán y Eva, criaturas predilectas de Dios que habían sido puestas en lo más alto de la creación para dominar sobre todos los seres creados. Y por una sola desobediencia, por un solo acto de desamor, pierden el Paraíso.

¿Es tan grande el pecado? Debe ser tan grande el pecado que Dios permitió que su Hijo Jesucristo sufriera el martirio de la Cruz para rescatarnos del pecado. Era tan grande el pecado, tan grande la carga y la culpa que se debía pagar, que no había otra forma más que enviando a su Hijo como rehén. Se entrega por nosotros, en lugar nuestro. Él está en la cruz, siendo que nosotros deberíamos de estar en la Cruz, pagando por nuestros pecados.

Estas consideraciones pueden ayudarte en el momento que tengas el crucifijo en la mano y tus pecados en tu corazón. “Por mí, por mí Cristo está ahí, clavado en la Cruz.” Repite estas palabras cuántas veces sean necesarias. Verás como poco a poco el dolor inunda tu corazón. Deja que ese dolor actúe de bálsamo para que llegue hasta lo más hondo del origen de esas faltas. Quiero que vayas a la raíz de las faltas, al origen, a la causa última de cada una de ellas y eso sólo lo puede hacer el dolor.

De esta forma irá naciendo en ti, junto con el dolor, un verdadero arrepentimiento de tus faltas. Dolor y arrepentimiento van juntos, de la mano. Pero es un dolor de sanación, es un dolor que libera, un dolor que te permite ser más libre, porque te obliga a buscar la forma de no volver a pecar.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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