LA CLONACIÓN Y EL PUNTO DE VÍSTA ÉTICO
Es necesario saber primero
lo que sucede, a nivel científico, en la clonación humana,
para hacer después una valoración serena, a nivel ético, racional,
del problema: hace falta ver claro en el hecho (qué
pasa en la clonación), para después ver claro en el
juicio conforme a derecho (de darle, o no, la luz
verde). Por razones de espacio, las consideraciones que siguen serán
muy resumidas.
Clonar: es tanto como producir seres vivos, genéticamente
idénticos a la célula de origen. Un hecho biológico
parecido, pero no igual, es la escisión de gemelos que
ya se había conseguido hace años, en el campo zootécnico,
de la experimentación animal. Incluso, desde 1993, se conocen experimentos
de escisión gemelar de embriones humanos de muy pocas células.
Pero al ciudadano de a pie sólo le ha empezado
a sonar el término ´´clonación´´, desde hace cuatro años, cuando
la revista Nature publicaba el nacimiento de la oveja Dolly.
Estábamos, en efecto, ante un hecho nuevo, por un doble
motivo: en primer lugar porque no se trataba ya de
una escisión gemelar, sino de una verdadera y propia clonación:
es decir, de la reproducción asexuada (sin la previa unión
sexual), y agámica (sin el encuentro de los dos gametos,
como sucede después de la unión sexual, si tiene lugar
la fecundación).
Está dirigida a producir individuos (Dolly) biológicamente idénticos al
individuo adulto (la ´´madre de Dolly´´

, del que se recibe
todo el patrimonio gen ético nuclear. Es decir, Dolly procedía
de una célula somática, ya diferenciada, de su madre, y
no de dos gametos sexuales. y ahí radicaba la segunda
gran novedad: en el hecho de que, hasta entonces, esta
verdadera y propia clonación se consideraba imposible, porque parecía que
el ADN (el ácido desoxirribonucleico, que forma el patrimonio gen
ético) de las células adultas ya diferenciadas, habría perdido su
pluripotencia inicial para originar diversos tejidos, y dirigir el desarrollo
de un nuevo individuo.
Este hecho enseguida hizo pensar en
la posibilidad de su aplicación al hombre. Sobre todo, se
vio la posibilidad de utilizar la clonación, no con una
finalidad reproductiva -originar nuevos seres genéticamente idénticos al donante-, sino
terapéutica. Posibilidad ésta, enormemente tentadora porque aparte de beneficios económicos,
permitirá producir -a partir de las llamadas ´´células madres´´ del
embrión clónico- cultivos de células diferenciadas, con vistas a trasplantes.
Tendrán la ventaja de evitar problemas de rechazo por tratarse
de células con idéntico patrimonio gen ético al del sujeto
donante, que será, a su vez, el futuro beneficiario del
trasplante. Además, se espera conseguir también tratamiento de enfermedades para
las que hoy día carecemos de recursos eficaces: Alzheimer, Parkinson,
etc...
Casi desde el primer momento, la comunidad científica
internacional -comenzando por los investigadores que produjeron a Dolly-, rechazó
la clonación humana con fines reproductivos; se calificó de ´´ofensiva´´
y ´´repugnante´´ para la especie humana. Son muchos los
argumentos que justifican estos calificativos, aunque ahora no es posible
entrar en ellos. Vamos a ocuparnos, en cambio, de la
clonación con fines terapéuticos, objeto del debate y de la
reciente aprobación por el gobierno británico. Ahora, comenzará a entreverse
el problema ético; pero antes hay que llegar al fondo
del hecho biológico y de lo que implica ese cultivo
de ´´células madre´´.
Para conseguir esas células diferenciadas con vistas
a la regeneración de tejidos y de futuros trasplantes, es
preciso manipular al embrión; esto ya se viene haciendo desde
hace algunos años, no con embriones clónicos, sino con los
sobrantes de fecundaciones in vitro. Se trata de una operación
de auténtico ´´desguace´´ del embrión aunque, eso sí, de alta
biotecnología y precisión científica.
Tal vez la palabra ´´desguace´´ sea
el término más preciso, con la diferencia de que no
estamos aprovechando los materiales de un viejo barco o desbastando
un trozo de madera, sino una vida humana incipiente. Porque
en eso consiste la operación: al embrión de pocos días
de vida (en la llamada fase de blastocito) se le
separan las células de su masa interna (las ´´células madre´´

,
para multiplicarlas y, en un segundo momento, guiar su desarrollo
para formar diversos tejidos con fines terapéuticos. En pocas palabras:
se sacrifica al embrión. Esta es la realidad biológica y
el dato científico, es decir, la verdad cruda y dura.
Ahí reside el nudo de la cuestión y el problema
ético. Hay que preguntarse: ¿valen más los fines terapéuticos por
buenos que sean, conseguidos a expensas de esa vida incipiente,
que esta misma vida que ha de inmolarse? O, para
decirlo en términos clásicos: ¿el fin justifica los medios?.
Por
supuesto, un fin bueno, pero a cambio de algo malo
como el sacrificio de vidas nacientes. Dicho así, sin velos
ni maquillajes que oculten la verdad, suena un poco fuerte;
y en el fondo esto es lo que llevó, en
1984, a un gran debate sobre la licitud ética de
experimentar con embriones humanos. No se trataba entonces de la
clonación, porque aún no se había planteado; pero sí estaba
en juego la condición necesaria para sacar partido terapéutico a
la clonación: es decir, la destrucción de vidas nacientes. Fue
necesario entonces tranquilizar la conciencia de la opinión pública y,
por supuesto, de no pocos investigadores, que deseaban seguir adelante
en la carrera emprendida. y la ´´solución final´´ fue dictaminar
-no porque así lo dijeran los datos de la biología,
sino porque así convenía para seguir adelante sin detener la
investigación-, que hasta el día 14, desde el momento de
la fecundación, no podía hablarse propiamente de embrión ni considerar
aquel cúmulo de células, como una vida humana en desarrollo.
Me estoy refiriendo -lo sabe cualquier iniciado en esta materia-
al famoso informe Warnock, que también vio la luz -como
Dolly- en el Reino Unido.
Este último punto está en
la base de todo el problema. Por eso, su dimensión
biológica y su valoración ética requieren una consideración más detenida,
que será objeto de un próximo artículo. A fin de
cuentas, es la cuestión neurálgica de todo el asunto: la
protección jurídica del embrión humano, frente a prometeicos objetivos, resultado
de su manipulación. Importa pues saber si la vida humana
comienza o no en el momento mismo de la fecundación;
y, según sea la respuesta, si es o no éticamente
lícito, experimentar con el fruto de esa fecundación, por muy
buenos fines que nos propongamos.
Vemos que están cayendo las
barreras éticas protectoras, aunque se siguen dando pasos hacia adelante,
sin haber resuelto bien el punto de partida. Es mucho
lo que nos estamos jugando, y no sería bueno que
nos sucediera aquello que cuentan del nuevo presidente de cierto
país. En el discurso de toma de posesión, dijo con
tono dramático: ´´este país se encuentra al borde del abismo..´´
y meses más tarde, en otro discurso sentenció: ´´hemos dado
un gran paso hacia adelante, y seguiremos en la misma
dirección´´. Sin ironías ni alarmismos que no son del caso,
sino con un discurso racional y sereno -para seguir viendo
claro en el hecho y después en el derecho-, concluyamos
que un progreso sin rigurosa orientación ética llevará por fuerza
a dar pasos en falso, contrarios a la dignidad humana,
aunque sean pasos al frente.
Fdo. Cristobal Aguilar.