Lunes, 21 de diciembre de 2009
LAS CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN - FINAL

Bueno aquí os traigo los capítulos finales del primer apartado que publicamos de las confesiones de San Agustín, para deleite y uso de todos los cristianos. EL AUTOR DEL BLOG.

Libro VII        

CAPITULO I

1. Muerta ya mi mala y perversa adolescencia, entraba yo en la juventud. Estaba ya por los treinta y un años pero al crecer mi edad crecía al parejo mi vanidad, pues no podía concebir que existiera lo que no nos entra por los ojos. Es cierto, mi Señor, que no te pensaba concreto en una figura humana desde el día en que comencé a oír hablar de la sabiduría. Tal idea me repugnó siempre y mucho me alegré al enterarme de que igualmente la rechazaba la fe espiritual de nuestra santa Madre la Iglesia Católica; pero de todos modos, no se me ocurría cómo poder pensarte de otra manera. Te seguía pensando como a hombre; aunque un hombre tal, que al mismo tiempo fuera El solo, soberano y verdadero Dios. Creía también y con todas mis fuerzas que Dios es incorruptible, inviolable e inmutable; porque sin saber cómo ni por dónde, bien claro veía y por cierto tenía que lo corruptible es inferior a lo incorruptible; que lo inviolable es superior a lo que puede ser violado y lo inmutable, superior a lo que se puede mudar. Mi corazón clamaba con violencia contra todos mis fantasmas.

2.Habría querido con un solo golpe de la mano ahuyentar de mi alma toda aquella turba volátil de imágenes inmundas; pero apenas ahuyentada volvía a la carga, aumentada todavía y me obnubilaba la vista y así, aun cuando no te atribuía una figura humana, me sentía forzado a pensarte corpóreo, presente en los lugares, difundido en el mundo, por todo lo infinito, dentro y fuera del mundo. Sólo así podría yo concebir lo incorruptible, lo inviolable, lo inmutable que tan por encima ponía de todo lo que se corrompe, es violado o se muda. Y todo cuanto imaginara yo privado de esta situación en el espacio me parecía ser nada. Como si un cuerpo se retirara de un lugar y éste quedara vacío de todo lo que es térreo, aéreo, húmedo o celeste, la nada absoluta; algo tan absurdo como una nada que ocupara un lugar.

3. Así yo, embotado y lerdo de corazón y confuso para mí mismo, pensaba que no podía ser algo real lo que no se extendiera en algún espacio o se difundiera o se conglomerara o se hinchara en él; lo que no fuera capaz de contener alguna cosa o ser contenido en otra cosa. Mi mente iba siguiendo las imágenes de las formas que veían mis ojos y no comprendía que la actividad interior con la cual formaba yo esas imágenes no era como ellas, cosa vana, ni podría formarlas si no fuera ella misma algo real. Así pensaba yo pues, que tú, vida mía, eras algo muy grande que por infinitos espacios penetraba la mole toda del mundo y se extendía mucho más allá, en todas direcciones, por manera que estabas presente en la tierra, presente en el cielo, presente en todo y todo se terminaba en ti y tú mismo no tenías término.

4.. A la manera como el aire que hay sobre la tierra no es obstáculo para la luz del sol, pues ésta lo atraviesa y lo penetra sin rasgarlo ni despedazarlo, sino llenándolo todo, así pensaba yo que era penetrable la masa del cielo, del aire, del mar y aun de la tierra sólida; penetrable en todas sus partes, máximas y mínimas, para  recibir tu presencia y que es tu presencia la que con oculta inspiración gobierna por fuera y dirige por dentro a todo cuanto creaste. Falsa era esta idea, pero no podía entonces tener otra.

Según ella, la parte mayor de la tierra cogía una parte mayor de ti y la parte menor, una menor y de tal manera estarían las cosas llenas de ti, que más presencia tuya hubiera en el voluminoso cuerpo del elefante que en el diminuto de los pajaritos, teniendo así tu presencia que ocupar más o menos lugar. Con el resultado de que tú dividirías tu presencia en fragmentos; unos grandes para los cuerpos grandes y otros pequeños para los cuerpos pequeños.

Ahora bien, esto no es así. Pero tú no habías iluminado aún mis cerradas tinieblas.

 

CAPITULO II

1. Suficiente para mí contra aquellos engañados engañadores, contra aquellos mudos locuaces (mudos porque en su boca no sonaba tu palabra) suficiente era, digo, aquel argumento que Nebridio solía proponer desde mucho antes, cuando vivíamos aún en Cartago y que tan gande impresión había causado en todos nosotros. Pues, ¿qué podía hacerte no sé qué gente salida de las tinieblas, que según los maniqueos era contraria a ti, si tú no quisieras pelear con ella? Pues si se dijera que en algo te podía hacer daño, tú serías violable y corruptible y si se dijera que ningún daño te podría hacer, no tendrías tú entonces el menor motivo para luchar con ella y por cierto, con un tipo de lucha en que una parte de ti o miembro tuyo, o prole nacida de tu misma sustancia se mezclara con las potencias adversas y con naturalezas no creadas por ti, que las corromperían mudándolas en algo inferior; con lo cual se trocaba la felicidad en miseria y quedaba una necesidad de auxilio y purificación. Y decían que nuestra alma no es sino esa parte de ti, manchada y miserable y que tu Verbo tenía que venir a socorrerla: el libre a la esclava, el puro a la manchada, el íntegro a la corrompida; pero siendo él mismo corruptible, pues era de la misma sustancia que ella.

2. Entonces: si de tu sustancia sea ella lo que fuere, se dice que es incorruptible, con esto sólo aparecen falsas y execrables las afirmaciones de los maniqueos y si se dice que es corruptible, al punto se ve claro que esto es falso y abominable. Este argumento de Nebridio era por sí solo suficiente para vomitar de los oprimidos corazones aquella falsa doctrina; pues no tenían sus doctores una salida que no fuera sacrilegio del corazón y de la lengua, cuando tales cosas decían de ti.

 

CAPITULO III

1. Es cierto que con toda firmeza creía yo que tú, Señor y creador de nuestras almas, de nuestros cuerpos y de todo cuanto existe, eras incontaminable e invariable y en ninguna manera mudable; pero, fuese lo que fuese, no creía tener que investigar la naturaleza del mal en forma que me viera forzado a tener como mudable al Dios inmutable; para no convertirme yo mismo en el mal que investigaba. Mi investigación se basaba en la absoluta seguridad de que era falso lo que decían aquellos de los que con toda su fuerza huía mi ánimo, pues los veía llenos de malicia mientras investigaban la naturaleza del mal; pues creían que tu sustancia era más capaz de padecer el mal que no ellos de cometerlo. Ponía pues todo mi empeño en comprender lo que oía decir a algunos, que en el libre albedrío de la voluntad humana está la causa de que hagamos el mal y que cuando lo padecemos es por la rectitud de tus juicios. Sin embargo, no conseguia ver esto con entera claridad.

2. Con este esfuerzo por sacar mi alma de la fosa, me hundía en ella y mientras más batallaba, más me hundía. Levantábame ya un poco hacia tu luz el hecho de que tenía clara conciencia de poseer una voluntad, lo mismo que la tenía de estar vivo. Entonces, cuando yo quería algo o no lo quería, seguro estaba yo de que no había en mí otra cosa que esta voluntad y con esto advertía ya claramente que la causa del mal estaba en mí. Y, cuando arrastrado por la pasión, hacía algo contra mi propia voluntad, tenía la clara impresión de que más que hacerlo lo padecía y que en ello había más que una culpa, una pena y siendo tú justo, convenía que esa pena no fuera injusta.

3. Pero me volvía con insistencia el pensamiento: ¿Quién me hizo? ¿No fue mi Dios, que no sólo es bueno, sino que es el Bien? ¿De dónde pues me viene este querer el mal y no querer el bien, de manera que tenga que ser castigado? Si todo yo procedo de un Dios de dulzura, ¿quién fue el que puso y plantó en mí semillas de amargura? si fue el diablo quien lo hizo, ¿quién hizo al diablo? Y si él, de ángel bueno se convirtió en demonio por obra de su mala voluntad, ¿de dónde le vino a él esa voluntad mala que lo convirtió en demonio cuando todo él, como ángel, salió bueno de la mano de Dios?

Toda esta baraúnda de pensamientos agitaba mi alma, me deprimía y me dejaba sofocado. Pero nunca llegué a hundirme en aquel infierno de error en que el homre no te confiesa y prefiere pensar que tú padeces el mal, antes que admitir que es el hombre quien lo comete.

 

CAPITULO IV

1. Fatigábame yo por descubrir las demás verdades con el mismo empeño con que había descubierto ya que es mejor lo incorruptible que lo corruptible; por lo cual pensaba que tú, fueras lo que fueras, tenías que ser incorruptible. No existe ni puede existir quien piense que hay algo más excelente que tú, pues eres el sumo bien. Y como es del todo cierto y segurísimo que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, es evidente que si fueras corruptible éste era el punto preciso en que te debía buscar y colegir de eso luego de dónde puede proceder el mal. Es decir, de dónde provenga la corrupción que, ciertamente, de ti no puede venir.

2. Es pues imposible que la corrupción pueda de alguna manera violar a nuestro Dios; por ninguna voluntad, por ninguna necesidad, por ningún caso imprevisto. Porque él es Dios y lo que para sí mismo quiere, bueno es. Ni puede verse sin su poder y sólo sería mayor si fuera posible que Dios fuera mayor que El mismo, ya que la voluntad y el poder de Dios son Dios mismo. ¿Y qué puede tomarte de improviso a ti, que todo lo sabes; a ti, que conociendo las cosas las pusiste en el ser? Y después de todo: ¿Para qué tantas palabras para demostrar la incorruptibilidad de la sustancia de Dios, si es del todo evidente que si fuera corruptible no sería Dios?

 

CAPITULO V

1. Buscaba pues yo de dónde viene el mal, pero no buscaba bien y no veía lo que de malo había en mi búsqueda. En mi mente me representaba la creación entera y cuanto en ella podemos ver: la tierra, el mar, el aire, los astros, los árboles y los animales; me representaba también lo que no se ve, como el espacio sin fin, los ángeles y todo lo que tienen de espiritual; pero me los representaba como si fueran cuerpos a los cuales señalaba un lugar mi imaginación. Con eso me forjaba una masa enorme, que era tu creación, distinta con diferentes géneros de cuerpos; unos, que realmente lo eran y otros, los espíritus, que yo como cuerpos me imaginaba. Muy grande me imaginé tu creación; no como en realidad es, que eso no lo podía yo saber, sino como me plugo que fuera. Grande, sí, pero por todas partes limitada. Y a ti, Señor, te imaginaba como ambiente y continente de toda tu creación, pero tú mismo infinito. Como un mar que estuviera en todas partes y no hubiera sino un solo mar infinito y en él se contuviera una grande esponja, grande pero limitada y que esa esponja estuviera todda llena, en todas sus partes, del agua del inmenso mar. Así me imaginaba yo tu creación; finita, pero llena de ti y tú, infinito. Y me decía: así es Dios y todo esto es lo que Dios creó. Bueno es Dios y con mucho, con muchísimo, más excelente que todo eso. Y siendo El bueno, creó buenas todas las cosas y, ved aquí cómo las circunda, las contiene y las llena.

2. Pero, ¿en dónde está pues el mal, de dónde procede y por qué caminos nos llega? ¿Cuál es su raíz y cuáles las semillas que lo engendran? ¿O será acaso que el mal en sí no existe? Pero, ¿cómo, entonces, podemos temer y precavernos de algo que no existe? Puede ser que nuestro temor mismo sea vano; pero entonces el temor es un mal que sin causa nos aflige y nos hiere en el corazón. Un mal tanto más grande cuanto que no hay nada que temer y sin embargo tememos. Y entonces, o es realmente malo lo que tememos, o lo hacemos malo nosotros porque lo tememos. ¿De dónde viene, pues?

Dios hizo todas las cosas. Buenos es El y buenas son ellas. El es el bien supremo, ellas son bienes inferiores; pero de todos modos bueno es el creador y buena es la creación. ¿De dónde, entonces, viene el mal? ¿Acaso en la materia de que hizo el mundo había una parte mala y Dios formó y ordenó el mundo, pero dejándole una parte de aquella materia, que no convirtió en bien? Pero una vez más, ¿por qué? ¿Acaso no podía, siendo omnipotente, mudar y convertir aquella materia para que nada quedara de ella? Y por último: ¿Por qué quiso formar algo con esa materia en lugar de hacer con su omnipotencia, que esa materia no existiera? Porque ella no podía existir sin su voluntad.  Y si la materia es eterna, ¿por qué la dejó estar así por tan dilatados espacios de tiempo, para luego sacar algo de ella?

3. O bien, si quiso con una voluntad repentina hacer algo, ¿por qué en su omnipotencia no hizo que esa materia no existiese para ser El el único ser verdadero, sumo e infinito bien? Y si no era conveniente que el ser sumamente bueno dejara de crear ortras cosas buenas, ¿por qué no redujo a la nada aquella materia, que era mala, para sustituirla por otra buena de la cual sacara todas las cosas? Porque no sería omnipotente si no fuera capaz de crear algo bueno sin ser ayudado por una materia no creada por El.

Tales cavilaciones revolvía yo penosamente en mi corazón gravado por mordentes preocupaciones y por el temor a la muerte. Pero si bien cuando no daba aún con la verdad, tenía ya bien firme y estable en mi corazón la fe en tu Cristo, Salvador nuestro, como la profesa la Iglesia Católica; una fe informe todavía y fluctuante fuera de toda norma doctrinal. Con todo, no sólo no rechazaba mi alma esta fe, sino que al paso de los días se adentraba más en ella.

 

CAPITULO VI

1. Ya me había yo desprendido de la falacia de la adivinación y había rechazado los impíos delirios de los matemáticos. Alábete mi alma, Señor, desde sus más hondas intimidades, por tus misericordias. Pues, ¿quién puede apartarnos de la muerte del error sino la Vida que nunca muere y que ilumina la indigencia de las mentes sin necesidad de ninguna otra luz y que gobierna el mundo hasta en las hojas que se lleva el aire? Sí, fuiste tú y sólo tú el que me curaste de aquella obstinación con que había yo resistido a Vindiciano, el anciano sagaz y a Nebridio, el admirable joven, cuando frecuentemente me decían, aquel con vehemencia y éste con alguna vacilación, que no existe ninguna manera de predecir lo futuro y que las conjeturas humanas salen a veces acertadas por pura casualidad; que a fuerza de predecir tantas cosas algunas tienen que salir, sin que quienes las dicen realmente sepan lo que dicen y se topan con ellas simplemente por suerte y por no haber callado.

2. Entonces tú me procuraste la amistad de un hombre que consultaba con frecuencia a los matemáticos y algo sabía de sus artes, aunqeu no era perito en sus libros y los vivitaba más que nada por curiosidad. Este hombre me contó algo que decía haber oído de su padre y por la cabeza no le pasaba que eso podía destruir por completo la credibilidad del arte de la adivinación. Este hombre, llamado Firmino, que era muy instruido y culto en su lenguaje, considerándome su más caro amigo, me consultó cierta vez sobre algunas cosas de este mundo en las cuales había puesto crecidas esperanzas. Quería saber qué pronóstico le daba yo basado en sus constelaciones, como ellos las llaman. Yo que para entonces me sentía ya muy inclinado a la posición de Nebridio, no quise negarme en redondo a adelantar algunas conjeturas; pero le dije por lo claro, que estaba a punto menos que convencido de la futilidad y ridiculez de la adivinación.

3. Entonces él me contó que su padre había sido muy aficionado a la astrología y muy curioso y que había tenido un amigo que andaba en las mismas. Siempre conversaban de esas vanidades y estaban en ellas hasta el punto de observar cuidadosamente a los mudos animales, si algunos nacían en su casa; notaban el momento en que nacían y lo ponían en relación con la posición de los astros, para adquirir así experiencia en la adivinación. Por su padre supo Firmino que cuando su madre estaba grávida de él comenzó a dar señales de preñez una criada de aquel amigo de su padre. Dicho amigo, que observaba con cuidadosa atención los partos de sus perras advirtió luego que su criada estaba encinta. Y sucedió que mientras su padre observaba a su criada contando los días y las horas, ambas dieron a luz al mismo tiempo. Con esto resultaba necesario que las mismas constelaciones produjeran efectos idénticos hasta en las minucias sobre los dos recién nacidos, uno de los cuales era hijo y el otro, esclavo. Y cuando las dos mujeres se sintieron cercanas al  alumbramiento ellos empezaron a comunicarse lo que pasaba en su propia casa y ambos dispusieron que algunas personas estuvieran listas para anunciar al amigo el nacimiento del hijo esperado. De este modo consiguieron que se supiera inmediatamente en cada casa lo que pasaba en la otra. Y según me contó Firmino, los emisarios de ambos amigos se encontraron a la misma distancia de ambas casas; por manera que ninguno de los dos pudo notar la menor diferencia en la posición de las estrellas ni en las fracciones del tiempo. Y sin embargo, Firmino, nacido en una casa de mucho desahogo, corría por los más honorables caminos del mundo, crecía en riquezas y recibía altos honores; al paso que aquel pequeño esclavo seguía en el vínculo de la esclavitud y sirviendo a sus señores.

4. Escuché pues el relato y lo creí, pues me contaba las cosas quien las conocía. Con esto me derrumbó mi última resistencia y allí mismo traté de apartar a Firmino de su insana curiosidad. Le hice ver que si del examen de su horóscopo iba yo a decirle algo verdadero tendría que haber visto en él que sus padres eran principales entre sus conciudadanos, una noble familia de la misma ciudad y tendría que ver también su cuna distinguida, su buena crianza y su liberal educación. Pero si me consultara aquel esclavo que nació bajo los mismos signos que él, tendría yo que ver en el mismo horóscopo cosas del todo contrarias, una familia de condición servil y en todo el resto distinta y alejada de la de Firmino. ¿Cómo podría ser que considerando las mismas constelaciones pudiera ver cosas tan diferentes y las dijera con verdad; o que dijera que veía lo mismo, pero hablando con falsedad?

De esto saqué la conclusión de que lo que se dice tomando en cuenta las constelaciones no resulta atinado (cuando resulta) por arte, sino nada más por suerte y que las predicciones fallidas no se explican por una deficiencia en el arte, sino por una mentira de la suerte.

5. Con esto comencé a rumiar en mi ánimo la idea de ir a encontrar, para burlarme de ellos y confundirlos, a aquellos delirantes astrólogos que tan buenas ganancias sacaban de sus delirios; seguro de que no podrían resistirme diciendo que Firmino me había contado mentiras, o que su padre se las había contado a él. Me propuse estudiar los casos de esos hermanos gemelos que uno tras otro en tan pequeño intervalo, que por más que se hable de las leyes del mundo no resulta posible determinar con fijeza las diferencias, de modo que el astrólogo pudiera decir algo con seriedad. Mucho habría errado, por ejemplo, el que viendo el horóscopo de Jacob y de Esaú predijera de ambos lo mismo, cuando sus vidas fueron tan diferentes. Y si hubiera predicho estas diferencias, no las hubiera podido sacar del horóscopo, que era el mismo. No habría podido acertar por arte, sino sólo por suerte.

Pero tú, Señor, justísimo moderador del universo, desde el abismo de tus justos juicios y sin que lo sepan ni los consultantes ni los consultados, con oculta providencia haces que el consultante oiga lo que según los méritos de su alma le conviene oír. Y que nadie diga: ¿Qué es esto, o para qué es esto? Que nadie lo diga, porque es nada más un hombre.

 

CAPITULO VII

1. Ya me habías tú, Señor, que eres mi auxilio, soltado de aquellas cadenas, pero seguía yo preguntándome con insistencia de dónde procede el mal y no encontraba solución alguna. Pero tú no permitías que el ir y venir de mis pensamientos me apartara de la firme convicción de que tú existes y de que tu ser es inmutable. Creía también que eres el juez de los hombres y que tu providencia cuida de ellos y que pusiste el camino de la salvación para todos los hombres en tu Hijo Jesucristo y en las santas Escrituras que recomienda la autoridad de la Iglesia Católica. Creía asimismo en la vida futura que sigue a la muerte corporal. Firmemente establecidos y arraigados en mi alma estos puntos de fe, seguía yo agitando en mí el problema del mal. ¡Qué tormentos pasó mi corazón, Señor, qué dolores de parto! Pero tu oído estaba atento, sin que yo lo supiera y mientras yo buscaba en silencio, clamaba a tu misericordia con fuertes voces mi desolación interior.

2. Mis padecimientos no los conocóa nadie sino tú, pues era bien poco lo que mi lengua hacía llegar al oído de mis más íntimos amigos. ¿Cómo podían ellos sospechar nada del tumulto de mi alma, si para describirlo no me hubiera bastado ni el tiempo ni las palabras? Pero a tu oído llegaba todo cuanto rugía en mi corazón adolorido; ante ti estaba patente el anhelo de mi alma y no estaba conmigo la luz de mis ojos (Sal 37, 11). Porque esa luz la tenía yo por  dentro y yo andaba por afuera. Ella no estaba en lugar, pero yo no atendía sino a las cosas localizadas y en ellas no encontraba sitio de reposo. Ninguna de ellas me recibía en forma tal que yo dijera "aquí estoy bien y contento", pero tampoco me dejaba volver a donde realmente pudiera estar bien. Yo era superior a ellas e inferior a ti. Si yo aceptaba serte sumiso, tú eras para mí la verdadera alegría y sometías a mí las criaturas inferiores.

3. Y en esto consistía el justo equilibrio, la región intermedia favorable a mi salud; para que permaneciera yo a tu imagen y semejanza y en tu servicio dominara mi cuerpo. Pero yo me había erguido orgullosamente delante de ti y corrí contra mi Señor con dura cerviz (Jb 15, 26), dura como un escudo. Y entonces las cosas inferiores me quedaron por encima, me oprimían y no me daban respiro ni descanso. Salían a mi encuentro atropelladamente y  en masa cuando yo no pensaba sino en imágenes corporales y estas mismas imágenes me cortaban el paso cuando yo quería regresar a ti, como si me dijeran: ¿A dónde vas, tan indigno y tan sucio?

De mi herida había salido toda esta confusión; porque tú heriste y humillaste mi soberbia, cuando mi vanidad me separaba de ti hinchando mi rostro hasta cerrarme los ojos.

 

CAPITULO VIII

Tú, Señor, permaneces eternamente, pero no es eterno tu enojo contra nosotros; quisite tener misericordia del polvo y la ceniza y te agradó reformar mis deformidades. Con vivos estímulos me agitabas para que no tuviera reposo hasta alcanzar certidumbre de ti por una visión interior. Y así, el toque secreto de tu mano medicinal iba hacindo ceder mi fatuidad y la agudeza de mi mente conturbada y entenebrecida se iba curando poco a poco con el acre colirio de mis saludables dolores.

 

CAPITULO IX

1. Y en primer lugar: queriendo mostrarme cómo a los soberbios les resistes y a los humildes les das tu gracia (St 4, 6) y cuánta misericordia has hecho a los hombres por la humildad de tu Verbo, que se hizo Carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), me procuraste, por medio de cierta persona excesivamente hinchada y fatua, algunos libros platónicos vertidos del griego al latín. En ellos leí, no precisamente con estos términos pero sí en el mismo sentido, que en el principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. Que todo fue hecho por El y sin El nada fue hecho. Y lo que fue hecho es vida en El. La vida era la Luz de los hombres y la Luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron. Decían también esos libros que el alma del hombre, aun cuando da testimonio de la luz, no es la luz; porque sólo el Verbo de Dios, que es Dios El mismo, es también la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y estuvo en este mundo y el mundo fue hecho por El y el mundo no lo conoció.

2. También leí que el Verbo no nació de carne ni de sangre ni por voluntad de varón, sino que nació de Dios; pero no leí que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Aprendí también algo que repetidamente y de varias maneras se dice en aquellos escritos: que el Verbo tiene la forma del Padre y no tuvo por usurpación la igualdad con Dios, ya que es la misma sustancia con El; pero esos libros nada dicen sobre que el Verbo se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, se hizo semejante a los hombres y fue contado como uno de ellos; se humilló hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios lo levantó de entre los muertos y le dio un Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos y para que todo hombre confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre.

3. En esos libros se dice que tu Verbo, coeterno contigo, existe desde antes de los tiempos y sobre todos los tiempos y que de su plenitud reciben todas las almas para llegar a la bienaventuranza y que se renuevan por la participación de la permanente sabiduría. Pero que tu Hijo haya muerto en el tiempo por todos los pecadores y que a tu propio Hijo no perdonaste sino que lo entregaste por todos nosotros, eso no lo dicen. Porque cosas como éstas las has escondido a los ojos de los sabios y los prudentes para revelarlas a los párvulos, de modo que pudieran venir a El los que sufren y están agobiados y el los aliviará; pues El, que es manso y humilde de corazón, dirige a los apacibles en el juicio y enseña sus caminos a los humildes (Rm 5, 6 y 8, 32; Mt 11, 25-29-30; Sal 24, 9), considerando nuestra humildad y nuestros trabajos y perdonándonos nuestros pecados. En cambio, aquellos que se levantan sobre el contorno de una más sublime doctrina no escuchan al que dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis la paz de vuestras almas; y aquello otro, que si conocen a Dios no lo glorifican como a Dios ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus propios pensamientos y se les oscurece el corazón; mientras dicen ser sabios, se convierten en necios (Mt 11, 19 y Rm 1, 21-22).

4. Por eso, leí también que tu gloria incorruptible había sido trocada en imágenes de hombres corruptibles y aun de aves, animales cuadrúpedos y serpientes. Ese era el alimento egipcio por el cual perdió Esaú su primogenitura; proque tu pueblo primogénito adoró en lugar tuyo la cabeza de un cuadrúpedo, convirtiendo a Egipto en su corazón (Ex 32, 9) e inclinando su alma, hecha a tu imagen, ante la imagen de un becerro que come hierba (Sal 105, 20). Tales pastos hallé en aquellos libros, pero no los comí; porque te plugo, Señor, quitar de Jacob el oprobio de su disminución, de modo que el mayor sirva al menor y llamaste a los gentiles a tener parte en tu heredad.

5. Y yo, que vine a ti entre los gentiles, había puesto mi atención en aquel oro que quisiste que tu pueblo sacara de Egipto y que sería tuyo dondequiera que estuviese (Ex 11 y 30). Y a los atenienses les dijiste por boca de tu apóstol que en ti vivimos, nos movemos y somos, como algunos de ellos habían dicho (Hch 17, 28). Y ciertamente de allá procedían aquellos libros. No puse pues los ojos en los ídolos egipcios fabricados con tu oro por los que cambian la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en vez de al creador (Rm 1, 25).

 

CAPITULO X

1. Advertido quedé con todo esto de que debía entrar en mí mismo y pude conseguirlo porque tú, mi auxiliador, me ayudaste. Entré pues y de algún modo, con la mirada del alma y por encima de mi alma y de mi entendimiento, vi la luz inmutable del Señor. No era como la luz ordinaria, accesible a toda carne; ni era más grande que ella dentro del mismo género, como si la luz natural creciera y creciera en claridad hasta ocuparlo todo con su magnitud. Era una luz del todo diferente, muchísimo más fuerte que toda luz natural. No estaba sobre mi entendimiento como el aceite está sobre el agua o el cielo sobre la tierra; era superior a mí, porque ella me hizo y yo le era inferior porque fui hecho por ella. Quien conoce esta luz conoce la Verdad y con la Verdad la eternidad. Y es la caridad quien la conoce.

2. ¡Oh Verdad eterna, oh verdadera caridad y amable eternidad! Tú eres mi Dios y por ti suspiro día y noche. Y cuando por primera vez te conocí tú me tomaste para hacerme ver que hay muchas cosas que entender y que yo no era todavía capaz de entenderlas. Y con luz de intensos rayos azotaste la debilidad de mi vista y me hiciste estremecer de amor y de temor. Entendí que me hallaba muy lejos de ti, en una región distante y extraña y sentí como si oyera tu voz que desde el cielo me dijera: "Yo soy el alimento del las almas adultas; crece y me comerás. Pero no me transfomarás en ti como asimilas los alimentos de la carne, sino que tú te transformarás en mí".

Claro vi entonces que tú corriges al hombre por sus iniquidades e hiciste a mi alma secarse como una araña (Sal 38, 12). Y me dije: "¿Acaso es inexistente la verdad por no difundirse por los lugares del espacio?". Y tú desde lejos me respondiste: Muy al contrario, yo soy El-Que-Es (Ex 3, 14). Esta palabra la oí muy adentro del corazón y no había para mí duda posible. Más fácilmente podría dudar de mi propia existencia que no de la existencia de la Verdad, pues ella se nos manifiesta a partir de la inteligencia de las cosas creadas (Rm 1, 20).

 

CAPITULO XI

Consideré todo cuanto existe debajo de ti y encontré que ni absolutamente son ni absolutamente no son. Son, pues existen fuera de ti, pero no son, por cuanto no son lo que tú eres. Porque verdadera y absolutamente es sólo aquello que premanece inconmutable. Entonces, bueno es para mí adherirme a mi Dios (Sal 72, 28); pues si no permanezco en El tampoco permanezco en mí. Y El, permaneciendo en sí mismo renueva todas las cosas (Sb 7, 27). Y Señor mío eres tú, pues no necesitas de mí (Sal 15,2).

 

CAPITULO XII

1.Y me quedó del todo manifiesto que son buenas las cosas que se corrompen. No podrían corromperse si fueran sumamente buenas, pero tampoco se podrían corromper si no fueran buenas. Si fueran sumos bienes serían por eso incorruptibles; pero si no fueran buenas nada tendrían que pudiera corromperse. La corrupción es un daño por cuanto priva de algún bien, pues si no fuera así a nadie dañaría. Porque o bien la corrupción no implica año, lo cual es evidentemente falso, o bien, como es igualmente evidente, nos daña porque nos priva de algo bueno. Si las cosas se vieran privadas de todo bien no podrían existir en modo alguno; pero si existen y ya no admiten corrupción, ello será sólo porque son mejores y permanecen incorruptibles.

2. ¿Y qué monstruosidad mayor que la de decir que perdiendo algo se hacen mejores? Por consiguiente: si de todo bien se ven privadas, nada son y si algo son, es porque son  buenas. El mal sobre cuya naturaleza y procedencia investigaba yo, no puede ser una sustancia, ya que si lo fuera sería buena. Entonces, no hay escape: o sería una sustancia incorruptible y por eso un sumo bien, o sería una sustancia corruptible que no podría corromperse si no fuera buena. Vi pues de manera manifiesta que tú todo lo hiciste bueno y que no existe sustancia alguna que tú no hayas hecho. Por otra parte, no hiciste todas las cosas igualmente buenas; por eso cada una tiene su bien y el conjunto de todas las cosas es muy bueno. Tú, Señor y Dios nuestro, lo hiciste todo muy bueno.

 

CAPITULO XIII

1. En ti mismo no hay, en absoluto, mal alguno. Pero tampoco en el conjunto del universo, pues fuera de ti nada hay que pudiera irrumpir en él y perturbar el orden que tú le impusiste. Sin embargo, en las partes singulares del mundo hay elementos que no convienen con otros y por eso se dicen malos; pero esos mismos tienen conveniencia con otras cosas y para lelas, son buenos, además de que son buenos en sí mismos. Y todos los elementos que entre sí no concuerdan tienen clara conveniencia con esta parte inferior del mundo que llamamos "tierra" la cual tiene porque así es congruente, su cielo lleno de vientos y nubes.

2. Lejos de mí el decir que sólo estas cosas existen. Pero si no viera yo ni conociera más que éstas, de ellas solas tendría motivo para alabarte. Porque manifiestan que eres laudable, en la tierra, los dragones y los abismos, el calor y el frío, el hielo, la nieve y el granizo y el terrible soplo de las tempestades, que obedecen a tu palabra. Que alaben siempre tu Nombre los montes y las colinas, los árboles frutales  todos los cedros. Que lo canten las bestias y todas las ovejas, los reptiles y las plumadas aves. Que los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y los jueces de la tierra, los jóvenes y las doncellas, los ancianos y los menores de edad canten a tu Nombre.

Y como en el cielo, Señor y Dios nuestro también se te alaba, canten a tu Nombre en las alturas todos los ángeles y las virtudes; el sol y la luna, la luz y todas las estrellas, los cielos de los cielos y las aguas que contienen (Sal 148, 7-12).

No deseaba yo ya cosas mejores, pues pensé en todo lo que existe, donde los seres más perfectos son mejores que los menos perfectos; pero su conjunto es mejor todavía que los mismos seres superiores. Todo eso lo llegué a pensar con mayor cordura.

 

CAPITULO XIV

No hay cordura en quienes sienten disgusto por alguna de tus criaturas, como no la había en mí cuando me disgustaban algunas de la cosas que tú creaste. Y como no se atrevía mi alma a desagradarte a ti, mi Dios, prefería no admitir como tuyo lo que me disgustaba. De ahí me vino la inclinación a la teoría de las dos sustancias, en la cual, por otra parte, no hallaba quietud y tenía que decir muchos desatinos. A vueltas de estos errores me había yo imaginado un dios difuso por todos los lugares del espacio, creyendo que eso eras tú y, ese ídolo abominable para ti, lo había puesto yo en mi corazón como en un templo. Pero luego que alumbraste mi ignorante cabeza y cerraste mis ojos para que no vieran la vanidad (Sal 118, 37), me alejé un poco de mí mismo y se aplacó mi locura. Me desperté en tus brazos y comprendí que eres infinito, pero de muy otra manera; con visión que ciertamente no procedía de mi carne.

 

CAPITULO XV

Consideré pues todas las cosas y vi que te deben el ser; que todo lo finito se contiene en ti no como en un lugar, sino abarcado, como en la mano, por tu verdad. Todas son verdaderas en la medida en que algo son y, en ellas no hay falsedad sino cuando nosotros pensamos que son lo que no son. Y vi que cada cosa está bien en su lugar y también en su tiempo y que tú, eterno como eres, no comenzaste a obrar sólo pasados largos espacios de tiempo; pues todos los tiempos, los que ya pasaron y los que van a venir, no vendrían ni pasarían sino porque tú obras y eres permanente.

 

CAPITULO XVI

Por la experiencia he podido comprobar que el pan mismo, bueno como es y agradable al paladar del hombre sano, no le cae bien al  paladar de un hombre enfermo; así como la luz, agradable para el ojo sano, es un martirio para el que está enfermo de los ojos. Tu justicia misma no place a los inicuos que, a la par de las víboras y los gusanos, buenos en sí, tienen afinidad con las partes inferiores de la tierra y tanto más les son afines cuanto más desemejantes son contigo; por la misma manera como los que más se te asemejan mayor conveniencia tienen con las cosas superiores.

Al preguntarme pues qué es la maldad me encontré con que no es sutancia alguna, sino sólo la perversidad de un albedrío que se tuerce hacia las cosas inferiores apartándose de la suma sustancia que eres tú y que arroja de sí sus propias entrañas quedándose sólo con su hinchazón.

 

CAPITULO XVII

1. Y me admiré entonces de ver que te amaba a ti y no ya a un fantasma. Pero no era estable este mi gozo de ti; pues si bien tu hermosura me arrebataba, apartábame luego de ti la pesadumbre de mi miseria y me derrumbaba gimiendo en mis costumbres carnales. Pero aun en el pecado me acompañaba siempre el recuerdo de ti y ninguna duda me cabía ya de tener a quien asirme, aun cuando carecía yo por mí mismo de la fuerza necesaria. Porque el cuerpo corruptible es un peso para el alma y el hecho mismo de vivir sobre la tierra deprime la mente agitada por muchos pensamientos (Sb 9, 15). Segurísimo estaba yo de que tus perfecciones invisibles se hicieron, desde la constitución del mundo, visibles a la inteligencia que considera las criaturas y también tu potencia y tu divinidad (Rm 1, 20).

2. Buscando pues un fundamento para apreciar la belleza de los cuerpos tanto en el cielo como sobre la tierra, me peguntaba qué criterio tenía yo para juzgar con integridad las cosas mudables diciendo: "esto debe ser así y aquello no". Y encontré que por encima de mi mente mudable existe una verdad eterna e inmutable. De este modo y procediendo gradualmente a partir de los cuerpos pasé a la consideración de que existe un alma que siente por medio del cuerpo y esto es el límite de la inteligencia de los animales, que poseen una fuerza interior a la cual los sentidos externos anuncian sobre las cosas de afuera.

3. Pero luego de esto, mi mente, reconociéndose mudable, se irguió hasta el conocimiento de sí misma y comenzó a hurtar el pensamiento a la acostumbrada muchedumbre de fantasmas contradictorios para conocer cuál era aquella luz que la inundaba, ya que con toda certidumbre veía que lo inmutable es superior y mejor que lo mudable. Alguna idea debía de tener sobre lo inmutable, pues sin ella no le sería posible preferirlo a lo mudable. Por fin y siguiendo este proceso, llegó mi mente al conocimiento del ser por esencia en un relámpago de temblorosa iluminación. Entonces tus perfecciones invisibles se me hicieron visibles a través de las criaturas, pero no pude clavar en ti fijamente la mirada. Como si rebotara en ti mi debilidad, me volvía yo a lo acostumbrado y de aquellas luces no me quedaba sino un amante recuerdo, como el recuerdo del buen olor de cosas que aún no podía comer.

 

CAPITULO XVIII

Andaba yo en busca de alguna manera de adquirir la energía necesaria para gozar de ti, pero no pude encontrarla mientras no pude admitir que Jesucristo es mediador entre Dios y los hombres; que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por todos los siglos (1Tm 2, 5; Rm 9, 5). Y Cristo me llamaba diciendo: yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6).

El alimento que yo no podía alcanzar no era otro que tu propio Verbo por quien hiciste todas las cosas, el cual al hacerse hombre y habitar en nuestra carne (Jn 1, 14) se hizo leche para nuestra infancia.

Pero yo no era humilde y por eso no podía entender a un Cristo humilde, ni captar lo que El nos enseña con su debilidad. Porque tu Verbo, eterna verdad y supereminente sobre lo más excelso que hay en tu creación, levanta hacia sí a quienes se le someten. Siendo la excelsitud misma, quiso edificarse acá en la tierra una humilde morada de nuestro barro por la cual deprimiese el orgullo de los que quería atraer a sí y los sanara nutriéndolos en su amor; para que no caminaran demasiado lejos apoyados en su propia confianza, sino que más bien se humillaran al ver a sus pies a una persona divina empequeñecida por su participación en la vestidura de nuestra piel humana; para que sintiéndose fatigados se postraran ante ella y ella levantándose, los levantara.

 

CAPITULO XIX

1. Pero entonces creía yo de mi Señor Jesucristo algo del todo diferente. Ciertamente lo tenía por un varón de insuperable sabiduría con el cual nadie podía compararse, especialmente porque había nacido de manera admirable de una virgen, como para ejemplo de menosprecio de los bienes temporales poder conseguir la inmortalidad. Por haber tenido de nosotros tan grande providencia, su autoridad me parecía inigualable; pero no me cabía ni la menor sospecha del misterio encerrado en las palabras el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14). De todo lo que sobre El se nos había entregado por escrito asumía yo que Cristo había bebido y dormido, que caminó y predicó, que conoció la tristeza y también la alegría; pero estimaba que aquella carne suya no se había unido a tu Verbo, sino con un alma y con una inteligencia humanas. Esto lo sabe quien ha llegado a conocer la inmutabilidad de tu Verbo, como la conocía yo ya para entonces y lo profesaba sin la menor sombra de dubitación. Porque la capacidad de mover a voluntad los miembros del cuerpo o no moverlos; o sentir un afecto y luego otro diferente en otro momento; o pronunciar en una ocasión admirables sentencias para guardar silencio en otra, es cosa propia de la mutabilidad del alma y de la mente. Y si todas estas cosas que de Cristo se dicen fueran falsas, todo lo demás naufragaría en la mentira y no quedaría en los sagrados Libros ninguna esperanza de salvación para el género humano.

2. Pero yo, teniendo por veraces esos escritos, reconocía en Cristo a un hombre completo. No solamente un cuerpo humano o un alma en ese cuerpo pero sin inteligencia, sino un hombre completo y verdadero. Cristo no era para mí la Verdad personal; pero sí veía en El una incomparable grandeza y excelencia debida a su más perfecta participación en la sabiduría. Alipio pensaba que la fe de los católicos predicaba que en Cristo no había, aparte de Dios y el cuerpo, un alma y una mente de hombre. Y como aceptaba bien en firme lo que había oído y guardaba en la memoria y como pensaba que tales cosas no son posibles sino en un ser dotado de alma y de razón, caminaba con tardos pasos hacia la fe cristiana. Pero cuando más tarde se enteró de que tales enseñanzas eran la herejía de los apolinaristas, se alegró sobremanera y se entregó sin reticencias a la fe católica.

Confieso que sólo más tarde fui capaz de distinguir la mucha diferencia que media entre el error de Fotino y la fe católica a propósito de que el Verbo se hizo carne. Porque la discusión de las herejías pone en relieve cuál es el verdadero sentir de tu Iglesia y cuál es la doctrina verdadera. Era necesario que se produjesen las herejías para que los fuertes en la fe se distinguieran de los débiles en la fe (1Co 11, 19).

 

CAPITULO XX

1. Los libros platónicos que leí me advirtieron que debía buscar la verdad incorpórea y llegué a sentir que en realidad perfecciones invisibles se hacen visibles a la inteligencia por la consideración de las criaturas; pero era repelido por aquellos que las tinieblas de mi alma no me dejaban  conocer. Seguro estaba yo de tu existencia; seguro de que eres infinito pero que no te difundes por lugares ni finitos ni infinitos; que en verdad eres el que siempre has sido, idéntico a ti mismo y deducía que todas las cosas proceden de ti por el simplicísimo argumento de que existen.

De todas estas cosas estaba ciertísimo, pero era débil para gozar de ti. Hablaba con locuacidad, como si fuera muy perito; pero de no buscar el camino en Cristo Redentor sería yo no un hombre perito, sino un hombre que perece. Ya para entonces había yo comenzado a hacer ostentación de sabiduría, lleno como estaba de lo que era mi castigo y, en vez de llorar, me hinchaba con la ostentación de la ciencia.

2. Pues, ¿dónde estaba aquella caridad que edifica sobre el fundamento de la humildad de Jesucristo; o cuándo me enseñaron la humildad aquellos libros? Tú quisiste, creo, que los leyera antes de acercarme a la Sagrada Escritura para que quedara impreso en mi memoria el efecto que me habían producido; así, más tarde, amansado ya por tus libros y curado de mis llagas por tu mano bienhechora, iba yo a tener discernimiento para distinguir la verdadera confesión de la mera presunción; para ver la diferencia entre los que entienden a dónde se debe ir pero no ven por dónde y la senda que lleva a la patria feliz no sólo para verla, sino para habitar en ella.

Porque si primeramente hubiera sido formado en tus sagrados libros y en una suave familiaridad contigo y después hubiera leído los libros de los platónicos, acaso me arrancaran del sólido fundamento de la piedad; o si no me arrancaban afectos en los que estaba profundamente embebido, al menos pudiera yo creer que dichos libros eran capaces, con sólo leerlos, de engendrar tan noble afecto.

 

CAPITULO XXI

1. Así sucedió que con ardiente avidez arrebataba yo la escritura de tu Espíritu, en San Pablo con preferencia a los demás apóstoles y se me desvanecieron ciertas dificultades que tuve cuando en cierta ocasión me parecía encontrarlo en contradicción consigo mismo y no ir de acuerdo el texto de sus palabras con el testimonio de la ley y los profetas. Y se apoderó de mí una trepidante exultación cuando vi claro que uno solo es el rostro que nos ofrecen todas las Escrituras.

Comencé pues y, cuanto había leído de verdadero allá, lo encontré también aquí con la recomendación de tu gracia; para que el que ve no se gloríe como si su visión no la hubiera recibido (1Co 4, 7). Pues, ¿qué tiene nadie que no lo haya recibido? Y para que sea no sólo amonestado de verte, sino también sanado para poseerte a ti, que eres siempre el mismo y para que, siéndole imposible descubrirte desde lejos, tome el camino por donde puede legar a verte y luego a poseerte. Pues cuando se deleite el hombre en la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará con esa otra ley que está en sus miembros y que resiste a la ley de su mente y lo tiene cautivo en la ley del pecado que está en sus miembros? (Rm 7, 22-23). Porque tú, Señor, eres justo y nosotros somos pecadores y hemos obrado la iniquidad (Dn 3, 28). Por eso tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros y con justicia hemos sido entregados al antiguo pecador y señor de la muerte y éste ha modelado nuestra voluntad según la suya en la cual no está la verdad (Jn 8, 44).

2. ¿Qué hará pues el hombre mísero? ¿Quién lo libertará de su cuerpo de muerte sino tu gracia por Jesucristo, Señor nuestro? (Rm 7, 24-25). Jesucristo, a quien engendraste coeterno contigo y a quien creaste en el principio de tus caminos (Pr 8, 22); en el  cual un príncipe de este mundo no halló causa de muerte (Jn 14, 30) y, sin embargo, lo hizo matar y con esa muerte fue destruído el decreto que nos era contrario (Col 2, 14).

Nada de esto dicen los libros de los platónicos, ni en sus páginas se encuenta este rostro de piedad, ni las lágrimas de la confesión, en las que tú ves el sacrificio de un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19); nada dicen de la salud del pueblo, ni de la ciudad desposada, ni de las primicias del Espíritu Santo y el cáliz de nuestra salud. Nadie canta en ellos "mi alma está sujeta al Señor de quien viene mi salud. Porque El es mi Dios y mi salvación; El me ha recibido y ya más no me moveré (Sal 41, 2-3).

Libro VIII
 

CAPITULO I

1. Recuerdo yo mi vida, Señor, dándote gracias y confieso tus muchas misericordias para conmigo. Que se impregnen mis huesos de tu amor y que te digan: "Señor, ¿quién hay que sea semejante a ti? ". "Tú has roto mis cadenas y ofreceré en tu honor un sacrificio vespertino" (Sal 34, 10 y 115, 16).

Y voy a contar ahora cómo las rompiste, por manera que cuantos te adoran digan al oírme: "Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra, grande y admirable es su nombre". Tus palabras se habían ya fincado en mis entrañas y tú me tenías cercado por todas partes. Cierto estaba yo de tu eterna existencia, aunque no la alcanzaba sino en enigma y como en un espejo (1Co 13, 12).

Con todo, habíase ya apartado totalmente de mí la más mínima dubitación sobre que eres una sustancia incorruptible y de que de ti proceden todas las criaturas y mi deseo no era tanto el de estar más cierto de ti, sino el de estar más firme y estable en ti. Pero en mi vida temporal todo era vacilante y mi corazón debía purificarse del viejo fermento; me gustaba el Salvador como camino a la vida, pero me sentía desanimado por las angosturas del camino.

2. Entonces me pusiste en el corazón un pensamiento que me pareció prudente: el de buscar a Simpliciano, que en mi concepto era un buen servidor tuyo y en él resplandecía tu gracia. Había yo sabido de él que te servía desde su juventud y ahora era un anciano muy experimentado en el bien, gracias a una larga vida que mucho le enseñó sobre tus camnos. Así me parecía y así era.

Fdo. Cristobal Aguilar.

 


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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