Domingo, 20 de diciembre de 2009
LA INFABILIDAD DEL PAPA

No son pocos, incluidos muchos católicos, los que piensan que los Papas son infalibles a partir de la proclamación del Dogma de la Infalibilidad Pontificia. Sin embargo no es así; los Papas siempre han gozado del carisma de la infalibilidad, desde que son Papas. La infalibilidad no les ha sido otorgada por el dogma correspondiente, sino por Dios.

De no ser así, sería el Papa Pío IX quien, al definir el Dogma de la Infalibilidad, se habría dado la infalibilidad a sí mismo, y también a sus sucesores. En tal caso habría que sostener que los Papas anteriores a Pío IX habrían carecido del carisma de la infalibilidad. Y peor aun, en la doctrina católica ―¡dogmática!― habría un círculo vicioso del pensamiento. Veámoslo con mayor detalle.


Proclamar dogmas es ejercicio magisterial en la Iglesia

Los dogmas no “crean” verdades nuevas, sino que dan a conocer el sentido preciso de las verdades que están contenidas en el Depósito de la Revelación, que es inalterable después de la muerte de los Apóstoles. El Magisterio de la Iglesia va luego profundizando, poco a poco, en el conocimiento del Depósito y va dando a conocer a los fieles el sentido preciso de las verdades reveladas que ahí se contienen, como se aprecia en el siguiente texto:

    “Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y de las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Y, ciertamente, la apostólica doctrina de ellos, todos los venerables Padres la han abrazado y los Santos Doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos [Lc. 22, 32]” (Concilio Vaticano I, Denz., n. 1836; Denz.-Sch., n. 3070).

La proclamación de un dogma tan sólo garantiza, con la fuerza de la infalibilidad, que la verdad proclamada o definida dogmáticamente está contenida ―implícita o explícitamente― en el Depósito de la Revelación. Si los dogmas proclamaran verdades nuevas la proclamación de la infalibilidad arrastraría un círculo vicioso, porque no podría proclamarse infaliblemente el Dogma de la Infalibilidad, precisamente porque antes de proclamarlo no se gozaría todavía de dicha infalibilidad, lo cual haría ilegítima su proclamación.

Si ha sido posible proclamar el Dogma de la Infalibilidad, es porque se ha gozado de tal infalibilidad desde antes de su proclamación, desde el principio de la Iglesia. La razón de ello es que si los Papas no gozaran del carisma de la infalibilidad las promesas de Cristo quedarían incumplidas. Nuestro Señor nos enseñó que la salvación eterna se pone en serio peligro por dos motivos importantes. En concreto, nos hizo las dos siguientes severas advertencias:

    En lo que se refiere a la fe: “El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará” (Marcos 16, 16).

    En lo que se refiere a las costumbres: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 7, 21).

Las enseñanzas de Cristo son muy claras; la fe y las costumbres son decisivas para salvarse y poder entrar en el Reino de los Cielos. Si Pedro o sus sucesores pudieran fallar, como supremos Pastores de la Iglesia, al enseñar estos dos caminos básicos que conducen a la salvación, Cristo no habría cumplido su promesa de asistirlos hasta el fin del mundo (cfr. Mateo 28, 20), y las puertas del Infierno habrían prevalecido contra la Iglesia.


Análisis del Dogma de la Infalibilidad Pontificia

Al revisar el texto del dogma que nos ocupa encontramos tres cosas de gran interés. En primer lugar, las circunstancias en las que el Papa es infalible, es decir, cuando habla ex cathedra: definiendo que determinada doctrina debe ser creída, como supremo Pastor de la Iglesia universal, en materia de fe o de costumbres. A partir de este momento queda consagrada la expresión ex cátedra a fin de describir la circunstancias requeridas para la infalibilidad pontificia.

El texto del Dogma también aclara que la infalibilidad proviene de “la asistencia divina”; es decir, que la infalibilidad no es una propiedad personal del Papa, sino una asistencia que Dios le da en determinadas circunstancias, a saber: “en la definición de la doctrina sobre la fe o las costumbres”, esto es, la que atañe a la salvación de los fieles.

El texto finalmente aclara que por voluntad divina ―“el Redentor divino quiso”― el destino de la infalibilidad es la Iglesia, a la cual llega a través del sucesor de Pedro. Por tanto, la infalibilidad papal no es para beneficio personal del Papa, ni de un pequeño grupo de personas, sino para beneficio de toda la Iglesia. Hagamos un desglose de las condiciones requeridas por este dogma, a fin de que tenga lugar la infalibilidad pontificia:

  1. Cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos. Como pastor, el Papa conduce al rebaño de todos los cristianos a la salvación eterna; como doctor, les enseña la doctrina de la salvación. Es necesario, pues, que el Papa enseñe a todos los cristianos alguna doctrina referente a la salvación de todos; es decir, que se dirija a la Iglesia universal enseñando alguna doctrina que se refiera a la salvación de la Iglesia universal.

  2. Por su suprema autoridad apostólica. El Papa tiene esta suprema autoridad en su función de sucesor de Pedro, o sea, ejerciendo el poder supremo de atar y desatar que le dan las llaves del Reino de los Cielos, gracias al cual está constituido como el Guardián de la Iglesia a fin de que las puertas del Infierno no prevalezcan contra Ella. En las definiciones dogmáticas el Papa empeña toda la autoridad que tiene sobre la Iglesia universal.

  3. Define... una doctrina. Se trata de un acto magisterial, docente, por el que se define una doctrina. No se trata, por tanto, de un acto disciplinar o de gobierno, sino de la enseñanza de una doctrina destinada a comunicar una verdad. Y esa doctrina es definida, esto es, precisada y delimitada en su significación y alcances.

  4. Sobre la fe o las costumbres. La doctrina que se define debe versar sobre la fe o las costumbres, es decir, sobre una cosa o la otra o ambas. La doctrina que se define debe versar, por tanto, sobre aquellas cosas que todos los cristianos deben creer o que deben hacer a fin de conseguir la vida eterna. Las cosas que todos los cristianos deben creer tienen que ser verdades; pero las cosas que deben hacer no tienen que ser verdades. Sin embargo, toda doctrina que se defina sobre las cosas que todos los cristianos deben hacer, también tiene que ser expresada en forma de verdad, a fin de que pueda ser creída.

  5. Debe ser sostenida por la Iglesia universal. El texto se refiere a la doctrina que se define, como a una doctrina que debe ser sostenida (“tenendam&rdquoGui?o. Es claro que tal doctrina debe ser creída; sin embargo, el texto no dice creída, sino sostenida o mantenida, indicando así que debe ser creída vitalmente, o creída y vivida. El texto se refiere a una doctrina que debe ser creída, pero con las características propias de la fe católica, es decir, que tienda a manifestarse en obras de vida. Además, la doctrina se define para que sea sostenida por la Iglesia universal. No se trata, pues, de una doctrina que obligue a unos pocos, sino a toda la Iglesia.

  6. Irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. El hecho de que las definiciones del Romano Pontífice sean irreformables por sí mismas indica que se trata de proposiciones verdaderas y respecto a las cuales no hay posibilidad de error o de falibilidad. Esto es así porque todas las verdades tienen la propiedad de ser por sí mismas irreformables y eternas, ya sea en su contingencia o en su necesidad. Por ejemplo, la verdad necesaria Dios existe, es por sí misma eterna e irreformable en su necesidad, porque siempre ha sido y siempre será verdad que Dios existe. Pero también la verdad contingente Judas traiciona a Cristo, es por sí misma eterna e irreformable, aun en su contingencia, porque siempre ha sido y siempre será verdad que Judas traiciona a Cristo. Si las verdades contingentes no fueran eternas e irreformables desde siempre, no podrían profetizarse; y si no fueran eternas e irreformables hasta siempre, no podría hacerse historia de ellas.

Es muy importante notar que las verdades definidas dogmáticamente no se convierten en necesarias en virtud de la definición, sino que siguen teniendo el mismo carácter de necesidad o contingencia que siempre habían tenido. La infalibilidad consiste, precisa y simplemente, en la asistencia divina para enseñar una verdad ―necesaria o contingente― sin posibilidad de errar.

El texto aclara que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables, pero no por el consentimiento de la Iglesia; consentimiento en el que debe incluirse al Papa mismo, ya que la verdad definida no depende de su consentimiento; todo lo que depende de su consentimiento, con la asistencia divina, es la proclamación o acto de definir. El hecho de que las definiciones del Romano Pontífice no dependan del consentimiento de la Iglesia es una simple aclaración derivada del hecho de que son irreformables por sí mismas.


Presencia de la infalibilidad en la historia de la Iglesia

Lo importante de todo esto es que las definiciones dogmáticas del Romano Pontífice son absolutamente definitivas, en el sentido de que comprometen a la Iglesia misma hasta el grado de que si tan sólo una de tales definiciones resultara ser falsa, las puertas del Infierno habrían prevalecido contra la Iglesia, Cristo habría incumplido sus promesas y, como consecuencia, no sería Dios. La única excepción sería que una definición falsa fuera dada justo antes de la segunda venida de Cristo, y que Él llegara a desmentirla.

De otra parte, es un hecho histórico que el Dogma de la Infalibilidad Pontificia no es el primer dogma que se proclama en la Iglesia. Y lo dicho en este dogma ha sido verdad también para los tiempos pasados. Los Papas han sido infalibles siempre que se han reunido las condiciones que hoy describimos con la expresión ex cathedra, aunque esta expresión no se usara en otros tiempos.

Esta verdad ha sido reconocida incluso después del Concilio Vaticano I, en concreto por el Concilio Vaticano II, haciendo mención explícita de definiciones dogmáticas hechas desde los primeros siglos del cristianismo:

    “Y se ha de estimar como es debido el hecho de que los dogmas fundamentales de la fe cristiana sobre la Trinidad y el Verbo de Dios encarnado de la Virgen María hayan sido definidos en los Concilios ecuménicos celebrados en Oriente” (Concilio Vaticano II, Unitatis redintegratio, n. 14).

Después del Concilio Vaticano I no es difícil reconocer la proclamación de un dogma; pero en el pasado no fue tan sencillo, porque las formulaciones no eran siempre tan claras como las de hoy. De hecho, en algunos documentos del pasado se hace necesario discernir la presencia de las condiciones requeridas para la infalibilidad, lo mismo que la manifestación de la intención de definir dogmáticamente. De cualquier modo, el hecho es que los Papas siempre han sido infalibles en lo requerido para salvaguardar las promesas hechas por Cristo.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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