TRIBUNALES ECLESIÁSTICOS
Aunque la Jerarquía de la Iglesia, como hemos señalado con
anterioridad, ha alentado habitualmente a los hombres de Dios en
su labor apostólica, no han faltado ocasiones en las que
los santos han sido acusados falsamente ante los Tribunales eclesiásticos.
Han sido pruebas dolorosas tanto para la propia Iglesia como
para los santos, que han sabido descubrir en todos esos
acontecimientos la mano providente de Dios.
Las palabras de Teresa, cuando
le hicieron ver la posibilidad de ser juzgada por la
Iglesia, reflejan la actitud general de los hombres de Dios
ante esta contradicción: confianza en Dios y confianza en la
Iglesia.
"Harto mal sería para mi alma -escribía la Santa-
si en ella hubiese cosa que fuere de suerte que
yo temiese la Inquisición; que si pensare había para qué,
yo me la iría a buscar; y que si era
levantada (una calumnia), el Señor me libraría y quedaría con
ganancia"
Entre los numerosos casos de acusaciones al Santo Oficio
que podrían citarse –como san Pío de Pietrelcina y tantos
otros-nos limitaremos a recordar las denuncias contra san Ignacio de
Loyola, san Juan de Ávila, san José de Calasanz o
el siervo de Dios José Kentenich.
Volveremos a lo de siempreEn
el conocido relato que hizo san Ignacio de Loyola al
P. Luis Goncalves da Camara, denominado habitualmente Autobiografía, se consignan
las penalidades que tuvo que sufrir el Santo con los
Tribunales eclesiásticos.
San Ignacio fue juzgado primero por el Vicario
en Alcalá, Juan Rodríguez de Figueroa, en noviembre de 1525.
En marzo de 1527 se le volvió a procesar; en
abril fue encerrado en la cárcel; y en mayo comenzó
su tercer proceso.
De allí fue a Salamanca, donde, tras un
coloquio con los Dominicos, entró de nuevo en la cárcel
a finales de julio. En agosto fue absuelto y fue
a París, donde se encontró con que "se habían levantado
grandes rumores acerca de él y que el inquisidor le
había hecho llamar.
Mas él no quiso esperar, y se
fue al inquisidor, diciéndole que había oído que lo buscaba;
que estaba dispuesto a todo lo que quisiese (...), pero
que rogaba que lo despachase pronto porque tenía intención de
entrar por San Remigio de aquel año en el curso
de Artes; que deseaba que esto pasase antes para poder
mejor atender su estudios. Pero el inquisidor no le volvió
a llamar, sino sólo le dijo que era verdad que
le habían hablado de sus cosas" .
"En aquel tiempo del
curso -prosigue la Autobiografía no le perseguían como antes. Y
a este propósito una vez le dijo el doctor Frago
que se maravillaba que anduviese tan tranquilo, sin que nadie
lo molestase. Y él respondió:
-La causa es porque yo no
hablo con nadie de las cosas de Dios; pero terminado
el curso, volveremos a lo de siempre".
Ante la Inquisición de
SevillaTambién san Juan de Ávila tuvo que sufrir a causa
de "lo de siempre", es decir, las acusaciones falsas, las
murmuraciones y las insidias. El apóstol de Andalucía fue denunciado
ante la Inquisición de Sevilla en el año 1531. Se
le acusaba de haber proferido en Écija algunas "proposiciones sospechosas
contra la Fe católica".
Sus primeros acusadores fueron Leonor Gómez de
Montenussó, que le acusó de haber dicho en confesión "que
los quemados por el Santo Oficio eran mártires"; Andrés Martel,
jurado de Écija, que afirmó que el Santo había dicho,
en casa de Francisco Aguilar, estando presente su hermano Antonio,
que no había salvación para los que volvían a pecar
habiendo obtenido perdón después de estar en peligro de muerte;
y un tal Felipe Labrador, que aseguraba haberle escuchado esta
frase durante un sermón: "Lo que digo es verdad, y
si no es verdad Dios no es verdad."
A ellos se
sumó un sacerdote, Onofre Sánchez, que denunció otras proposiciones sospechosas.
Comenzó
de este modo un enrevesado proceso en el que se
sucedieron nuevas denuncias y testimonios contradictorios. Antonio Aguilar dijo que
no había entendido lo mismo que aseguraba haber oído Andrés
Martel; y mientras testigos y denunciantes se contradecían entre sí
surgió una nueva denuncia, esta vez en Alcalá de Guadaira:
un médico, Flores, aseguraba haberle oído hablar al Santo de
"una Iglesia del demonio". Más tarde el párroco de Alcalá
de Guadaira denunció al propio Flores por varias proposiciones contra
fidem y por sus intentos para impedir el fruto de
los sermones de Juan de Ávila en aquella localidad.
Depusieron a
favor del acusado 55 testigos que denunciaron la mala voluntad,
los rencores personales y el afán por retorcer tendenciosamente las
palabras del Santo que movía a aquellos detractores.
El Santo Oficio
escuchó las acusaciones y tras la fiesta de San Pedro
de 1532, dictó la orden de prisión. Una vez encarcelado
el Santo fue sometido a sucesivos interrogatorios, hasta que el
16 de junio de 1533 los inquisidores lo absolvieron plenamente,
aunque, eso sí, recomendándole que, en lo sucesivo, atendiese "mucho
y se modere en su manera de hablar".
Al salir le
mandaron predicar en la iglesia del Salvador de Sevilla, donde
"en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas,
con gran aplauso y consolación de la ciudad".
A los ochenta
y seis añosMás breve fue el interrogatorio que tuvo que
sufrir san José de Calasanz; pero de consecuencias más trágicas.
Como explica Fray Justo Pérez de Urbel, lo que sucedió
en vida del Fundador en el seno de la Orden
de las Escuelas Pías, fue "una de esas cosas que
Dios permite para purificar un alma y levantarla a las
cumbres más altas del heroísmo. Toda una Orden va a
ser sacudida y zarandeada por las tormentas más furiosas de
la pasión, para descubrir en toda su belleza maravillosa la
paciencia y la humildad del Fundador" .
El Fundador se encontró
ante una masa ingente de niños y con una notable
escasez de maestros. Se intentaron varias soluciones, como la unión
con la Congregación Luquesa, que fracasaron. Al fin, se fundaron
las Escuelas Pías, que tuvieron un notable desarrollo. Pero en
1636 la situación se volvió borrascosa.
"Hijos míos -decía-, rogad
por mí; que el Señor me dé paciencia para vencer
las tribulaciones. Debo ser zarandeado intensamente. San Francisco tuvo un
sólo fray Elías; yo tendré muchos."
La situación interna de la
Orden en aquellos determinados momentos se deduce por las palabras
del propio Calasanz: "Comunico a vuestra reverencia -escribía el Santo
a un Provincial en 1635- que muchos de los nuestros
se hallan en las más tristes disposiciones. No pueden ir
peor las cosas y sólo de la mano de Dios
espero el remedio." "En Roma -relata Pérez de Urbel- un
coadjutor intentó quitarle la vida; otros le amenazaron descaradamente; otro
se le acercó una vez, estando en la sacristía, para
decirle que era un inútil y que debía renunciar" .
No
disponemos del espacio necesario para describir el marco en el
que sedesarrolló esta historia: el confuso ambiente espiritual de la
época; la interrelación -confusión, tantas veces- que se daba, en
algunos ambientes eclesiásticos, de las cuestiones religiosas con las temporales;
la deficiente situación del clero y el delicado momento político
que atravesaban los diversos Estados de la península italiana. Bastará
con señalar que las contradicciones más graves que sufrió el
Santo tuvieron un nombre propio: el Padre Mario Sozzi, un
personaje de perfil oscuro y contradictorio.
Este sacerdote que vistió el
hábito escolapio en 1630 era un hombre "inquieto, soberbio -escribe
Giner-, lleno de sospechas contra sus hermanos en Religión, a
los que impacientaba con sus delaciones por fútiles motivos. Después
de girovagar por algunos Colegios, siempre mal soportado por los
religiosos, fue mandado por segunda vez a Florencia" 8. Allí
descubrió un ignominioso asunto de meretricio, en el que estaba
involucrado un canónigo de la catedral. Su delación le granjeó
las simpatías del inquisidor de Florencia y, posteriormente, la Inquisición
Romana.
Más tarde el General lo trasladó a Narni, a instancias
de su comunidad a la que hacía la vida imposible.
Pero el P. Mario consiguió que por influencia del Asesor
del Santo Oficio, Mons. Albizzi, se le trasladara de nuevo
a Florencia.
Allí denunció de nuevo a otros escolapios de
herejía, en unas turbias actuaciones en las que tuvo siempre
la habilidad de presentarse como un hombre perseguido. Logró engañar
al Santo Oficio, que impuso al Fundador que lo nombrara
Provincial de Toscana, ante el escándalo de los religiosos, que
conocían la verdad de los hechos.
Al llegar a Florencia muchos
no quisieron recibirle. El P. Mario hizo recaer entonces todas
las sospechas sobre el propio Fundador, lanzando el infundio de
que era él, el mismo José de Calasanz, el que
instigaba, desde Roma, las reticencias de los otros escolapios contra
él.
En julio de 1642 se trasladó de nuevo a Roma
donde siguió con sus maquinaciones. Consiguió que Mons. Albizzi enviara
un notario al Padre General amenazando con graves penas a
los que no le obedecieran. "Apoyado en la protección del
Santo Oficio -relata Giner-, insinuó amenazas contra el Cardenal Cesarini,
Protector de la Orden." Cesarini mandó entonces que se registrara
la habitación del P. Mario, y a pesar de las
advertencias del Santo Fundador que presagiaba consecuencias graves, los mandatarios
del Cardenal llevaron a efecto el registro.
La reacción del P.
Mario fue acusar al Santo ante Mons. Albizzi "como responsable
del registro -continúa Giner- y violador de la jurisdicción del
Santo Oficio, pues entre los documentos había algunos relacionados con
el Santo Tribunal. Mons. Albizzi, fiándose de las calumnias del
P. Mario se presentó en persona en la Casa de
San Pantaleón" .
Era el 15 de agosto de 1642. "José,
que estaba en la iglesia -relata Pérez de Urbel-, presentóse
a la puerta, pero fue recibido con este lacónico saludo:
`Sois preso.´ Inmediatamente se encontró rodeado de soldados, que se
apoderaron de él para llevarle a las prisiones de la
Inquisición, sin darle tiempo para coger el capote ni el
sombrero. La multitud se agolpaba en la calle atraída por
el súbito infortunio de aquel anciano de ochenta y seis
años".
"Marchaba el siervo de Dios -comentaba un testigo- sin turbarse,
a la hora del mediodía, en lo más fuerte del
calor, por la larga calle de Bianchi, con la cabeza
descubierta y el semblante tranquilo y alegre".
Entraron en la cárcel
a las doce, donde el Santo se quedó profundamente dormido.
A las seis horas llegó Albizzi: "No saldrá de aquí
en tanto no sean devueltas las escrituras que ayer tarde
le fueron robadas al P. Mario."
El asunto se aclaró:
ninguno estaba presente cuando se hizo el registro por orden
del Cardenal Cesarini. Dejaron libre al Fundador aquella misma tarde,
pero no cesaron las maquinaciones delP. Mario, que logró -con
la ayuda de Albizzi- que la Inquisición le confirmase como
Provincial de Toscana bajo su total jurisdicción, con plena independencia
de su General 12. y allí marchó de nuevo en
el mes de octubre.
En Toscana siguió promoviendo nuevos escándalos eclesiásticos,
y su actitud fue mal vista por el Gran Duque
que, en plena lucha entre Médicis y Barberinis, acabó desterrando
al P. Mario de Toscona acusándole de vasallo infiel, embustero
y espía de guerra.
De nuevo las iras del P. Mario
recayeron sobre el General y se concretaron en el tristemente
famoso Memorial Calumnioso que envió, según su costumbre, al Santo
Oficio.
Ese Memorial, escribe Bau, "es un monumento de habilidad en
lo que dice, en lo que calla, en lo que
insinúa, en lo que remacha, en lo que entrelaza, en
lo que pide, en lo que rehúsa, en lo que
intriga...".
Engañado de nuevo, Mons. Albizzi pidió a Urbano VIII que
nombrase al P. Mario Vicario General de toda la Orden
con todos los derechos, facultades y honores. La intención del
Papa era posiblemente -como señala Jorge Sánthaque Calasanz se quedase
con el título honorífico de General y que el P.
Mario asumiese el gobierno efectivo 16. Se hablaba ya de
una posible extinción de la Orden.
Tras diversas peripecias se promulgó
más tarde un Decreto en el que, entre otras cosas,
se suspendió al Fundador de su cargo y a sus
cuatro Asistentes, yse nombró a otros cuatro, el primero de
los cuales sería el P. Mario.
A partir de entonces, como
relata Pérez de Urbel, al Fundador "se le trataba despóticamente,
se le tenía de rodillas como a un culpable, se
le vigilaba como a un malhechor. `Viejo chocho -le decía
el nuevo Superior-, no quieren obedecerme y usted no los
sosiega.´ José callaba, obedecía y se esforzaba por hacer obedecer
a los demás".
Durante ese período, el P. Mario "tiranizó a
la Comunidad, hasta el extremo de que los Asistentes recién
elegidos renunciaron a su cargo, asqueados por la conducta altanera
e insoportable del triunfante Primer Asistente.
”Pero su gloria duró
poco. Todavía no se había cumplido el año de su
gobierno, cuando a finales de aquel verano contrajo una terrible
enfermedad, tal vez lepra, que en poco tiempo se lo
llevó a la tumba. El 10 de noviembre de 1643
murió sin reconciliarse con su víctima". Sin embargo el Santo
intentó "visitarle, consolarle y aconsejarle" hasta el último momento, pero
el P. Mario no lo consintió.
No se acabaron las penas
de san José de Calasanz tras la muerte del P.
Mario. Tuvo que soportar nuevas maquinaciones y persecuciones contra él,
que sobrellevó con una paciencia ejemplar. No en vano se
ha comparado su figura con el santo Job. Fue elegido,
como fruto de una antigua intriga del P. Mario, el
P. Querubini, considerado por muchos "el trapo más sucio de
todo el Instituto", que supo presentarse, al igual que el
P. Mario, como una víctima inocente de las maledicencias ante
los Cardenales. Ante esta situación volvió a debatirse de nuevo
la extinción de la Orden.
Más tarde se consiguió una sentencia
por la que el Fundador fue reintegrado oficialmente a su
puesto; pero fue tanta la alegría de los escolapios fieles
al conocer la noticia que, Mons. Albizzi, engañado por los
seguidores de Mario y Querubini, logró qué la sentencia se
sobreseyera antes de que se hiciera oficial.
Nuevas intrigas provocaron
que antes de fallecer el Santo tuviese la amargura de
contemplar la promulgación del Breve del Papa Inocencio X Ea
quae pro felici, de 16 de marzo de 1646, que
tenía como fin disolver la Orden de las Escuelas Pías.
El
25 de agosto de 1648 murió san José de Calasanz,
infundiendo en todos los que le seguían su confianza en
la restauración total del Instituto, como sucedió tiempo más tarde.
Desterrado
en MilwaukeeNo tan alejado de nosotros por el tiempo, en
el siglo XX, el Padre Kentenich, cuya Causa de Canonización
se incoó el 10 de febrero de 1975, también tuvo
que sufrir su "contradicción de los buenos" por parte de
la Jerarquía eclesiástica. Seguimos el estudio de Monnerjahnn: José Kentenich.
Una vida para la Iglesia.
José Kentenich fundó el 18 de
octubre de 1914 la Obra de Schonstatt y más tarde
el Instituto de las Hermanas de María, persuadido de que
eran Voluntad de Dios. "Si Schonstatt no fuera obra de
Dios -había escrito durante los años veinte- no movería un
dedo por ella".
Durante la Segunda Guerra Mundial, el Fundador arrastró
numerosos padecimientos y pasó cuatro años en un campo de
concentración nazi. Con el tiempo, la fundación cobró gran vitalidad
y vigor apostólico, aunque el Fundador, en su humildad, decía
el 8 de julio de 1950: "Tengo la impresión de
que no he hecho nada en estos cuarenta años. No
crean que es exageración. Es literalmente así. Hay un estado
de ánimo peculiar, que el Salvador acuñó en su forma
clásica: `Y cuando todo lo hayáis hecho, decid: Siervos inútiles
somos."
Sin embargo, junto con ese desarrollo apostólico no faltaron críticas
e incomprensiones. A algunos, aunque reconocían que con Schonstatt "había
partido de una enorme ola de conciencia de misión apostólica
y de profunda devoción mariana", les parecía que la dependencia
del movimiento con el Padre Kentenich "excedía toda medida razonable".
En
1950, relata Engelbert Monnerjahn, "el Santo Oficio nombró un Visitador
apostólico en la persona del jesuita holandés, Padre Sebastián Tromp,
profesor de la Universidad Pontificia Gregoriana y consultor del Santo
Oficio. En la Semana Santa de 1951 llegó el Padre
Tromp a Schónstatt para una primera y breve estancia. Un
encuentro entre el Visitador apostólico y el Padre Kentenich tuvo
lugar a principios de mayo del mismo año, cuando de
vuelta a Suramérica, el Padre Kentenich se detuvo en Roma.
En la entrevista le propuso el Visitador que para solucionar
las dificultades, optara por separarse voluntariamente de su Obra. Si
accedía espontáneamente a la separación quedaba siempre la posibilidad de
volver a ella algún día en un futuro lejano. En
cambio, si se le imponía la separación no podría contar
con esa posibilidad".
El Padre Kentenich oró, reflexionó y consultó con
sus allegados. Al final comunicó al Visitador que por fidelidad
a su Obra no podía pensar en una separación voluntaria;
pero que aceptaría la autoridad eclesiástica si se la ordenaba.
El
31 de julio llegó un decreto que le deponía del
cargo de Director de las Hermanas de María. Les escribió
entonces una breve carta:
"Mis queridas hermanas:
(...) Declaremos de boca y
corazón que nos sometemos a las órdenes de toda autoridad
legítima. Esto se aplica especialmente al caso de la autoridad
suprema. Todo lo demás lo dejamos en manos de Dios
y la Santísima Virgen. Y luego seguimos sin amargura trabajando
como hasta ahora en la obra de nuestra vida, aunque
hayamos de renunciar a costumbres y formas de vida con
las que nos hemos encariñado. Sea éste nuestro regalo para
la gran festividad de nuestra amada Madre. No faltará la
retribución.
"Con un saludo cordial y bendición sacerdotal. J. K."
El
30 de septiembre llegó otro decreto que le prohibía la
estancia en Schónstatt. El 22 de octubre Kentenich partió para
Suiza.
El 1 de diciembre el Visitador le ordenó que abandonara
Europa y le depuso del cargo de las ramas de
la Liga de Schonstatt.
En enero del 52 se le
asignó como domicilio la residencia de los palotinos de Milwaukee.
Pero como los visados no podían conseguirse con tanta rapidez,
se le dio permiso para volar a Suramérica y esperar
allí el visado suramericano.
El 21 de junio de 1952 Kentenich
llegó a Milwaukee, donde estuvo trabajando durante once años como
capellán de los emigrantes alemanes, sin mantener, como se había
indicado, el mínimo contacto con Schonstatt.
"La consecuencia general de las
circunstancias concomitantes -escribe Monnerjahn- fue que la separación de su
Obra no se limitaba a un simple traslado, sino implicaba
un destierro, y no sólo eso; esta separación, como era
de temer, arrojó oscuras y espesas sombras sobre la persona
del Padre Kentenich y sobre su Obra. En vano subrayó
el Santo Oficio con énfasis que su alejamiento de Schónstatt
era una simple medida administrativa, no disciplinar y, por tanto,
no equivalía a la imposición de un castigo, al que
ni la vida ni la doctrina del Padre Kentenich habrían
dado pie.
Por más que todas estas explicaciones respondieran a la
verdad, no podían impedir la propagación de rumores y calumnias
que afectaban de consuno al Fundador y a la Fundación,
máxime si se tiene en cuenta que, a raíz del
destierro, no faltaron quienes acudieran a las autoridades eclesiásticas con
testimonios agravantes contra él y contra los suyos" .
La visita
apostólica no había terminado: duró casi dos años. y muchos
pensaron que sería el final de la Obra de Schonstatt.
"Sabemos de fuentes bien informadas -escribe Monnerjalm- que el decreto
de disolución de la fundación del Padre Kentenich estaba a
punto en el escritorio de Pío XII. Sin embargo el
Papa no lo firmó. Por el contrario, en el verano
de 1953, ordenó que se diera por terminada la visita
apostólica. Además el Santo Oficio dio el 3 de agosto
su nihil obstat a un Estatuto General que se había
elaborado entretanto y que venía a ser una especie de
ley fundamental para toda la Obra (...).
"Era claro que el
Fundador tenía otra concepción del Estatuto General y que, por
ejemplo, no quería verlo recargado de tantas minuciosidades jurídicas; pero
en los párrafos, redactados casi todos ellos de modo muy
jurídico, no dejaban de encontrarse también elementos espirituales básicos"
Comenzó
un tiempo difícil para la fundación, en la que muchas
personas ajenas dudaban que fueran ciertas aquellas palabras de Kentenich:
"el soplo de Dios ha animado la fundación del Movimiento
de Schonstatt" .
Un proceso dolorosoFue un proceso doloroso -escribe
Monnerjahn- "cuya aclaración última ha de buscarse en el misterio
de la libertad humana y en los designios y gobierno
de la Providencia Divina.
”A partir de ese momento empezó a
concebirse la Obra de Shonstatt dependiente de la Congregación de
los Palotinos, a pesar de que los miembros del Movimiento
defendían su peculiaridad y reclamaban que había habido una iniciativa
divina implicada en el acto fundacional del 18 de octubre.
"Más
de diez años duraron las vicisitudes de la lucha, que
ocupó y preocupó a Obispos, Conferencias episcopales y diversos Dicasterios
romanos. Sobre ella se discutió en los pasillos del Concilio
Vaticano II y de ella se llegó a hablar indirectamente
en la misma aula conciliar.
”Tres Papas trataron el asunto
y contribuyeron a resolverlo definitivamente: Pío XII, Juan XXIII y
Pablo VI. Sin exageración cabe decir que la controversia constituye
uno de los capítulos más instructivos de la historia eclesiástica
de nuestro siglo, y como dijo una vez el Padre
Kentenich con razón: Es toda una lección ejemplar.
”Pero para
la familia Schonstatt significaba más, porque era una lección vivida
de la Providencia divina. Y así se comprende que, aunque
aquellos años fueron un Viacrucis y un calvario para Schonstatt,
la controversia y la lucha terminaron reforzando su vinculación con
la Iglesia".
Con el tiempo la situación se volvió particularmente confusa.
"Sé que se critica mucho a Schonstatt -dijo el Nuncio
Apostólico de un país suramericano-, pero yo espero que con
el tiempo la opinión pública se habitúe a Schónstatt y
que las críticas vayan desapareciendo. Por lo demás, no tenéis
porqué temer la crítica. Conociendo la historia de la Iglesia
se sabe de antemano que movimientos como el vuestro siempre
han tropezado con dificultades.
”No puede ser de otro modo, porque
vuestro movimiento es de tal vitalidad y predica un cristianismo
tan puro y acendrado, que provoca una instintiva reacción de
defensa en la gente. No es otro el destino de
los movimientos dotados de tal plétora de energía, que invaden
todos los sectores de la sociedad".
El milagro de la NavidadAl
fin, se resolvió la situación. En 1963 el entonces Obispo
de Münster, Joseph Hóffner, fue nombrado moderator et custos de
la Obra de Schónstatt, con lo cual se le confiaba
la tutela de toda la Obra.
En 1964 la Santa
Sede reconoció oficialmente a Schonstatt, que quedaba desligada de los
Palotinos y el 20 de octubre de 1965 los Cardenales
del Santo Oficio, en sesión plenaria, suspendieron todas las resoluciones
sobre el Padre Kentenich, confirmada dos días más tarde por
el Papa.
El 22 de diciembre de 1965, Pablo VI
lo recibió en audiencia. Dos días antes había cumplido ochenta
años. El día de Navidad volvió a Schonstatt. Era el
"milagro de la Navidad", presentido por Kentenich muchos años antes.
Un
año más tarde, el 4 de junio de 1966, fueron
aprobados los Estatutos de los sacerdotes de Schonstatt por la
Santa Sede y, dos años más tarde, el 15 de
septiembre de 1968, fallecía, en olor de santidad, el Siervo
de Dios José Kentenich.
Hemos dado una visión sucinta de todo
el proceso, que fue mucho más complejo y tuvo muchas
más connotaciones, como las falsas acusaciones sobre la pretendida carencia
de "sentido eclesial" de los sacerdotes miembros de este Movimiento.
Sin embargo, como subrayó un Obispo, los sacerdotes de Schonstatt
se habían distinguido siempre por su ejemplar "sentir con la
Iglesia" y se esforzaban todo lo posible por hacer propias
las intenciones del Santo Padre y de los Obispos.
Fdo. Cristobal Aguilar.