¿CUÁL ES LA UTILIDAD DEL DOLOR? - COMENTARIOS DEL YA FALLECIDO PAPA JUAN PABLO II
"El dolor es una experiencia desagradable, sensorial y emotiva,
asociada con un daño que sufre el organismo" (definición de
la Asociación internacional para el estudio del dolor).
El dolor
puede ser síntoma de enfermedades o una enfermedad en sí
mismo. En el primer caso constituye una señal de alarma
fisiológica útil; en el segundo, no tiene finalidad y puede
constituir punto de partida para otra patología orgánica o psicológica.
Del lugar del organismo donde se origina se transmite al
cerebro por las fibras nerviosas y, una vez llegado a
la médula espinal, sube a la corteza cerebral, donde se
percibe tanto el estímulo nociceptivo cuanto la elaboración del síntoma
del dolor.
El dolor se puede presentar en forma aguda
o crónica. El dolor agudo aparece de improviso y tiene
una duración limitada; cesa en poco tiempo, en el contexto
de la curación de la enfermedad que lo causa. El
dolor crónico (enfermedad) es de duración prolongada (más de tres
meses) y entraña un impacto psico-orgánico elevado en el paciente.
Continúa a veces aun después de sanar de la enfermedad
que lo ha causado (dolor neuropático, herpes zoster), o bien
acompaña a una enfermedad incurable.
La intensidad del dolor es
subjetiva (umbral del dolor): hay personas que soportan el dolor
más que otras; se observa frecuentemente una diferencia de tolerancia
al dolor de parte de la misma persona según la
causa del mismo y, sobre todo, de acuerdo con su
situación psicológica.
Lo esencial de las soluciones dadas al problema
del dolor en las grandes religiones no cristianas En
el hinduismo, la causa del sufrimiento es el "karma", que
se origina como consecuencia de las acciones malas que se
han cometido en la vida presente o en anteriores reencarnaciones.
Se libera alguien del "karma" mediante el conocimiento de la
verdad y el anuncio de la palabra de Dios. Dios
es el remedio. Paralelamente, se mencionan otras causas del dolor,
que son: los dioses, el mundo, la ignorancia y el
sufrimiento.
En el budismo, el problema del dolor se expresa
en "las cuatro nobles verdades":
1) Todo es sufrimiento.
2)
Su causa es la pasión-ansiedad egoísta.
3) Sólo el nirvana
puede eliminar la causa. Ya se hace en esta vida,
pero será plena en el futuro.
4) El sendero que
conduce al nirvana es "la óctuple rectitud": esto es, la
rectitud de visión, de pensamiento, de palabra, de acción, de
vida, de esfuerzo, de atención, y de meditación.
En el
islamismo, el dolor se origina por la oposición a la
palabra de Dios. Dios es quien puede remediar el dolor.
En la corriente "chií" se afirma la solución por una
compensación; según esta corriente existió un redentor, de nombre Al
Hally, que murió crucificado en Bagdad en el año 922.
En la religión africana tradicional, el sufrimiento lo provocan los
espíritus o los ancestros que se han ofendido por los
delitos cometidos contra la vida u otras faltas morales, como
el robo, la esclavitud, etc. La solución al dolor será
primero identificar el espíritu al que se ha ofendido y
luego ofrecerle sacrificios.
En estos esquemas encontramos una cierta constante:
la causa del dolor es la falta cometida: en el
hinduismo es la mala acción o "karma"; en el budismo,
es la pasión-ansiedad egoísta; en el islamismo es la oposición
a la palabra de Dios; en las religiones tradicionales africanas
son los delitos cometidos. Bajo este aspecto no nos encontramos
lejos del cristianismo, en el cual también se fija como
causa del dolor una falta del todo especial como es
el pecado original.
Donde se extrema la diferencia entre estas
religiones y el cristianismo es en la solución al problema.
Quien se encuentra más lejos de la solución cristiana es
el budismo, puesto que piensa en superarlo por una acción
meramente humana, la llamada "óctuple rectitud"; en cambio, las demás
religiones siempre ofrecen como solución una ligazón con la divinidad.
Podemos decir que el budismo es la secularización plena (como
sistema de pensamiento es ateo; sólo se vuelve teísta, por
decirlo así, en su religiosidad popular). En cambio, en el
hinduismo aparece como solución la palabra de Dios; en el
islamismo, también la palabra de Dios; y en las religiones
tradicionales, el sacrificio a Dios.
Dentro de este marco delineamos
ahora las líneas maestras del pensamiento de Juan Pablo II,
tomándolo de la carta apostólica Salvifici doloris. Como título de
mi intervención he elegido: "El dolor, ¿enigma o misterio?", porque
para el Papa Juan Pablo II el dolor es un
enigma que sólo se resuelve en el misterio.
Antes de
adentrarnos en el tema anticipo una precisión terminológica: cuando se
habla de dolor se suele entender más bien un dolor
de incidencias fisiológicas; la otra expresión que se usa es
"sufrimiento". Cuando se emplea esta palabra se tiene en la
mente algo más extenso, se refiere a toda clase de
dolor humano, físico o psíquico, material o espiritual. En el
desarrollo del pensamiento de Juan Pablo II usaremos más bien
la palabra "sufrimiento", en la que englobamos tanto el dolor
físico como cualquier otra clase de dolores. El tema lo
desarrollo en tres partes: la primera es sobre el sufrimiento
como enigma; la segunda, el sufrimiento como misterio; y la
tercera, un comentario a la doctrina de Juan Pablo II.
El enigma del sufrimientoAsí comienza el Papa a tratar el
problema del sufrimiento. No esconde que se trata de algo
complejo y enigmático, intangible, y que se debe tratar con
todo respeto, con toda compasión y aun con temor; pero
ello no excusa de tratar de comprenderlo, pues sólo así
se podrá superar. Da a continuación un primer abordaje para
determinar el campo, hablando de la extensión del sufrimiento y
de su sujeto, anotando ya desde un principio que una
no comprensión del sufrimiento puede conducir incluso a renegar de
Dios.
Dice el Papa: el sufrimiento va más allá de
la enfermedad, pues existe el sufrimiento físico y el espiritual.
Además del sufrimiento individual, está el sufrimiento colectivo, que se
da debido a los errores y transgresiones de los humanos,
en especial en las guerras. Hay tiempos en que este
sufrimiento colectivo aumenta. El sufrimiento tiene un sujeto y es
el individuo quien lo sufre. Sin embargo, no permanece encerrado
en el individuo, sino que genera solidaridad con las demás
personas que también sufren; ya que el único en tener
una conciencia especial de ello es el hombre y todo
hombre. El sufrimiento entraña así solidaridad. Es difícil precisar la
causa del sufrimiento, o del mal que va junto al
sufrimiento. El hombre se la pregunta a Dios y con
frecuencia reniega de él, porque piensa no encontrar dicha causa.
Primero se necesita situar el enigma en su justa dimensión
y empezar a buscar su causa. El sufrimiento, dice el
Papa, consiste en la experiencia de la privación del bien.
La privación del bien es el mal. La causa del
sufrimiento es así un mal; por tanto, sufrimiento y mal
no se identifican. Con respecto al mal, este es privación,
no tiene en sí entidad positiva y así no puede
tener causa o principio positivos; su origen es una mera
privación. Hay tantos males cuantas carencias; genera dolor, tristeza, abatimiento,
desilusión, y hasta desesperación, según la intensidad del mal; existe
en dispersión, pero a la vez entraña solidaridad. Siendo su
principio la privación, se impone la pregunta: ¿por qué hubo
esta privación, quién la causó?
Para responder, abandona el Papa
ya el terreno del enigma y se pasa al del
misterio. No trata de hacerlo con la oscuridad nebulosa de
un mito, sino que entra de lleno en el núcleo
de la fe cristiana. Dentro de la fe cristiana, el
misterio no es oscuridad sino claridad deslumbrante. Nos ayuda a
comprenderlo un poco su raíz etimológica; viene del griego "muo"
o "muein", que significa cerrar los ojos. No en el
sentido de proceder a ciegas, sino en el de cerrar
los ojos, que se origina cuando viene un encandilamiento, como
por ejemplo cuando se mira directamente el sol. Sólo a
la luz que encandila, sólo en el exceso de luminosidad,
que no permite ver de frente, podemos atisbar qué es
el misterio del sufrimiento. Además, el misterio cristiano no es
sólo algo que se contempla, sino que se experimenta. Sólo
en la experiencia del misterio puede adentrarse en su comprensión.
Sólo viviendo el misterio del sufrimiento cristiano se puede comprender
un poco qué significa el sufrimiento, y, como ha dicho
anteriormente el Papa, trascenderlo y superarlo.
Entramos ahora en la
descripción del misterio del sufrimiento.
El misterio (1) Destacamos tres
temas que desarrolla el Papa en el camino que nos
adentra en el misterio: el mal y el sufrimiento; Cristo
asume el sufrimiento; y valor del sufrimiento humano.
El mal
y el sufrimiento Para entrar en el misterio, lo hacemos
bajo la misma conducción de Dios, y es en la
Revelación en la que nos adentra el Papa para proceder
a la ascensión en el misterio. Nos dice el Santo
Padre que en el lenguaje bíblico del Antiguo Testamento, inicialmente,
sufrimiento y mal se identifican. Pero, gracias a la lengua
griega, especialmente en el Nuevo Testamento se distingue sufrimiento y
mal. Sufrimiento es una actitud pasiva o activa frente a
un mal, o mejor, frente a la ausencia de un
bien que se debiera tener (cf. Salvifici doloris, 7).
En
efecto, en el libro de Job y en algunos otros
libros del Antiguo Testamento, la respuesta es que la causa
del mal es la transgresión del orden natural creado por
Dios. Sufrimiento y desorden serían lo mismo, o al menos
se piensa que el sufrimiento es causado por el desorden.
Esta es la tesis de los amigos de Job (cf.
ib., 10). Sin embargo, Dios refuta esta tesis aprobando la
inocencia de Job; su sufrimiento queda como misterio: no todo
sufrimiento viene por transgresión; este es una prueba de la
justicia de Job. Es un preanuncio de la pasión del
Señor (cf. ib., 11). Más aún, se afirma que el
sufrimiento es una pena infligida para corregirse, esto es, para
que del mal se siga un bien, para la conversión,
para la reconstrucción del bien (cf. ib., 12).
Cristo asume
el sufrimiento y lo transforma Da ahora el Papa otro
paso y llega al centro del misterio de la siguiente
forma: Cristo en su vida mortal suprime con los milagros
el dolor, asume el dolor de todos y conscientemente lo
padece en su cruz (cf. ib., 16). La única respuesta
podrá venir sólo del amor de Dios en la cruz
(cf. ib., 13). La solución al problema del sufrimiento la
da Dios Padre: consiste en que "entrega" a su Hijo.
El mal es el pecado, y el sufrimiento la muerte.
Con la cruz vence al pecado, y con su resurrección
la muerte: cf. Jn 3, 16 (cf. ib., 14).
En
el cántico del siervo de Dios, en el profeta Isaías,
se ve todavía con mayor fuerza que en los evangelios
lo que significa el sufrimiento en la pasión de Cristo.
Es un sufrimiento redentor. Su profundidad se mide por la
profundidad del mal histórico en el mundo y en especial
porque la persona que lo padece es Dios (cf. ib.,
17). Cristo da respuesta al problema del sufrimiento con la
misma materia de la pregunta: responde al que le brinda
toda su disponibilidad y compasión; su presencia es eficaz: ayuda,
da y se da a sí mismo (cf. ib., 28).
El sufrimiento genera amor hacia el que sufre, un amor
desinteresado para ayudarlo aliviándolo. Esto se hace ahora en forma
organizada y oficial, mediante las organizaciones sanitarias y sus profesionales,
también a través de los voluntarios. Se trata de una
verdadera vocación, en especial cuando se une en la Iglesia
con una profesión cristiana. Descuella en este campo la ayuda
que las familias prestan a sus miembros enfermos. Y entran
en la categoría del buen samaritano también todos aquellos que
actúan no solamente en favor de los enfermos, sino para
desterrar toda clase de males, los que luchan contra el
odio, la violencia, la crueldad, contra todo tipo de sufrimiento
del cuerpo y del alma. Todo hombre debe sentirse llamado
en primera persona a testimoniar su amor en el sufrimiento
y no debe dejarlo sólo a las instituciones oficiales (cf.
ib., 29). La parábola del buen samaritano converge con lo
dicho por Cristo en el Juicio final: "Estuve enfermo y
me visitasteis": Cristo mismo es el que es curado y
socorrido en el que cayó en manos de bandidos. El
sentido del sufrimiento es hacer el bien con el sufrimiento
y hacer el bien al que sufre (cf. ib., 30).
Concluye el Papa diciendo: en Cristo se revela el misterio
del hombre, y el misterio del hombre es en especial
el misterio del sufrimiento. En Cristo se revela el enigma
del dolor y de la muerte. Sólo en el amor
se puede encontrar la respuesta salvífica del dolor. Que el
dolor de María y los santos nos ayuden a encontrar
esta respuesta. Que el sufrimiento se convierta en fuente de
fuerza para toda la humanidad.
Comentario
Estatuto epistemológico Para comprender
mejor el pensamiento del Papa servirá una anotación epistemológica: ya
habíamos hablado de una forma especial de conocimiento, el conocimiento
reverente que adora; precisamos más ahora: nos encontramos con un
pensamiento que sólo se comprende desde la fe. Dentro de
este nivel, no nos situamos en algo irracional, ni siquiera
dentro de una perspectiva heideggeriana de un misterio confuso y
nebuloso más allá del análisis lingüístico. Ciertamente, no es adecuado
el concepto de conocimiento, analizándolo desde la perspectiva lógica del
lenguaje, constatado por la experiencia científica, o bien por la
formalidad lógica del mismo lenguaje, incluso situándolo en un juego
específico del mismo lenguaje, el lenguaje religioso. Y, por supuesto,
no nos situamos en una especie de paralogía de la
inestabilidad, ni de "pequeños relatos".
Debemos partir de la objetividad
del conocimiento y de la racionalidad lógica del mismo, entendiendo
que un conocimiento es verdadero siempre que se dé la
correspondencia entre este y la realidad circunstante. Desde este punto
de partida, el conocimiento de la fe goza de la
plena racionalidad, no en el sentido de que sus contenidos
sean demostrables racionalmente, sino en el sentido primero, de que
es del todo racional creer, y de que sus contenidos
no encuentran ninguna razón en contra, de manera que se
pudiera presentar absurdo el que se crea en ellos, aunque
no se puedan demostrar internamente como creíbles, ya que sobrepasan
el dominio racional, aunque, repito, no lo nieguen. Las afirmaciones
de fe se fundan en la demostración racional del hecho
de la Revelación, y del hecho histórico de Cristo como
Dios encarnado, de su pasión, de su muerte, y de
su resurrección. Sin embargo, aunque es racional el creer, no
es obligado el hacerlo, porque por una parte la fe
permanece como un don y regalo que Dios hace, y
por otra, incluso recibiendo el ofrecimiento divino de creer, el
hombre permanece libre para asentir o no a este ofrecimiento.
Una vez asentada esta premisa epistemológica, ahora sí podemos adentrarnos
en el pensamiento del Papa, pues no se mueve en
una ideología religiosa inventada, sino en un exponer el contenido
central histórico de la Revelación sobre el misterio del sufrimiento
y del dolor.
Gradación del pensamiento de Juan Pablo II
Pienso que el desarrollo de su pensamiento sube por seis
gradas hacia la plenitud del misterio del sufrimiento y el
dolor; las podríamos resumir así:
1. El sufrimiento no es en
sí malo, sino que es el efecto de una causa
mala. El mal no es una entidad positiva sino una
privación. La privación no exige una causa positiva, sino investigar
quién originó dicha privación.
2. El origen de la privación
es el pecado. El pecado cometido por un hombre se
propaga por la solidaridad humana. El pecado se puede eliminar
mediante el mismo sufrimiento en un contexto solidario del todo
especial.
3. Esta solidaridad la puede dar sólo Dios. Esta
donación de solidaridad es el sentido de la Encarnación, es
el sentido de Jesucristo. Por esta solidaridad Cristo lleva a
cabo la eliminación del pecado mediante su propio sufrimiento en
su vida, pasión, muerte y resurrección. Esta acción divina es
una acción de la santísima Trinidad, en cuanto que el
Padre eterno entrega a su Hijo a la humanidad para
que así la redima por obra del Espíritu Santo. El
Espíritu Santo es el Amor del Padre y del Hijo,
y sólo por el Amor del Espíritu se vislumbra la
solidaridad misteriosa redentiva.
4. Mediante la solidaridad de Cristo con
toda la humanidad, el dolor humano de todos los tiempos
ha sido sufrido por Cristo en su pasión y muerte
redentora. Así, el dolor humano, el sufrimiento, de ser algo
malo se torna bueno, como fuente de vida, pues se
torna redentor.
5. Cada uno, en su sufrimiento se une
al sufrimiento de Cristo y de esta manera, misteriosamente, su
sufrimiento se torna fuente de vida y de resurrección. El
dolor y el sufrimiento son la puerta para encontrarnos con
Cristo y experimentar en él su presencia como vida y
resurrección por obra del Espíritu de Amor que es el
Espíritu Santo. Así lo ha hecho en primer lugar nuestra
Señora la Virgen María y con ella todos los santos.
6. Esta destrucción definitiva del sufrimiento por el sufrimiento nos
lleva a destruir el sufrimiento actual también con toda clase
de medios a nuestro alcance, como es el caso del
buen samaritano.
El núcleo del misterio Nos sitúa así el Papa
en el núcleo del misterio cuya luz nos encandila. Pues
nos encontramos en la intimidad de la santísima Trinidad, en
la realidad amorosa de la unidad de Dios en la
trinidad de Personas. Y nos situamos en la densidad de
este misterio, del misterio central de toda la religión cristiana,
no de una manera abstracta o al menos encerrada en
una infinitud de distancia, sino en una cercanía que significa
la historia humana, en la que irrumpe la eternidad en
la temporalidad, a través de la historicidad de la encarnación
del Verbo, de su nacimiento, vida, pasión, muerte y resurrección.
Comprensión del misterio Es una solidaridad trinitaria y cristológica, en
la que la plenitud absoluta de la vida se realiza
por la muerte y se llama cruz y resurrección. Nos
encontramos en el núcleo del misterio cristiano, núcleo que sólo
se hace accesible al experimentarlo: si alguien permanece ajeno a
él, no puede probar su eficacia y encontrar su solución.
La solución al misterio del mal no se da sólo
por una exposición teológica, sino por una vivencia de algo
que al verlo fijamente se oscurece por su exceso de
luz, pero que sin embargo es tan real, que es
la realidad más real, valga decirlo, pues es la única
forma de alcanzar la felicidad.
De esta manera estamos dentro
del núcleo de la salvación. Este es el núcleo del
cristianismo. Tertuliano había dicho "credo quia ineptum". Al experimentar el
alivio del mal por el sufrimiento, y por el sufrimiento
más horrendo que es la cruz, síntesis de todos los
sufrimientos imaginables, este "ineptum" se vuelve "aptum", lo más justo
y racional que podamos imaginar, pues es la única forma
de experimentar la felicidad.
Del sufrimiento a la solidaridad Por
eso el misterio del dolor se desplaza del dolor en
sí al misterio de la solidaridad. La solidaridad en su
posición de fundamento de toda existencia no es sólo una
simpatía con todos, una especie de comprometerse socialmente y ser
consciente de que todos pertenecemos a la misma raza, cultura,
nacionalidad, etc.; sino que es experimentar una ligazón entre todos
los humanos tan interna que no es una calificación que
nos llega una vez que existimos, sino que es la
misma existencia. Pertenece a la misma vida humana divinizada como
un regalo recibido que participa del misterio mismo de la
misma vida de Dios. La vida de Dios es infinitamente
perfecta en cada una de las personas divinas por la
solidaridad interna entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo. Esta solidaridad infinita es el Amor infinito, que es
el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones,
Amor infinito que es Dios mismo. El misterio del sufrimiento
se encierra en el misterio del Amor, en el misterio
del Espíritu.
Solidaridad constitutiva del hombre De esta manera el
misterio del sufrimiento-amor entra en la misma constitución del Dios
encarnado, el Hijo se encarna por obra del Espíritu Santo.
Siendo Cristo el modelo más íntimo de cada hombre, el
Espíritu Santo, el Amor de Dios, el sufrimiento redentor, entra
en la misma constitución objetiva, diríamos ontológica, de la humanidad.
Pero, a diferencia de una objetividad fría, es algo que
pertenece a nuestro ser en su objetividad, sí, pero con
el máximo de subjetividad amorosa, pues es y depende de
nuestra voluntad libre, de manera que podemos aceptarla o rechazarla.
Al aceptarla nos hacemos totalmente hombres a través del sufrimiento-amor;
al rechazarla, por el contrario, nos deshacemos como hombres a
través del sufrimiento-odio.
El sufrimiento, desde la Resurrección El Papa
es consciente de la dificultad de razonar de esta forma,
y por eso nos dice que la realidad del sufrimiento
solidario sólo se entiende a través de la resurrección. Desde
nuestra solidaridad con el máximo de vida, que es Cristo
resucitado, es como podemos comprender nuestra solidaridad amorosa con Cristo
sufriente en la cruz. Así como Cristo resucita y en
su resurrección está comprendida la resurrección de la humanidad, de
todos y cada uno de nosotros, así también en el
sufrimiento de Cristo están comprendidos los sufrimientos y dolores de
todos y cada uno de nosotros. Entre la resurrección y
la cruz no existe ninguna separación, sino una convergencia, tanto
en Cristo como en nosotros; por eso dice el Papa
que Cristo conserva en su cuerpo glorificado las señales de
sus llagas.
El sentido de la cruz gloriosa Así se
realiza y se comprende lo que de otra forma sería
una paradoja insostenible, un escándalo y una locura: que la
cruz es gloriosa, esto es, que la cruz, en vez
de ser el mal más temido como muerte total, es
el inicio glorioso de toda la segunda creación. La nada
desde la que surge este nuevo mundo de felicidad que
significa el paraíso definitivo no surge de una nada inocente,
sino de una nada culpable que es el máximo mal,
que es el pecado y que en definitiva desemboca en
la cruz. Y desde la cruz, no en virtud de
la cruz, sino en virtud de la omnipotencia del Padre
y por la solidaridad-Amor del Espíritu, el Verbo encarnado recrea
en nosotros el auténtico Adán, el hombre de veras, el
modelo proyectado por Dios desde toda la eternidad, para ser
auténticamente humanos.
Fdo. Cristobal Aguilar.